Vigilia en el 50º aniversario de A.N.E. y 25º de A.N.F.E.

 

Iglesia Parroquial de Las Alquerías del Niño Perdido, 7 de Junio de 2008

 (Os 6,3-9; Sal 49; Rm 4,18-25; Mt 9,9-13)

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor Jesús.

Sed bienvenidos todos cuantos habéis secundado la llamada del Señor a esta celebración, en la que conmemoramos el 50º Aniversario de la Sección de Adoración Nocturna Española y el 25º Aniversario de la Sección de Adoración Nocturna Femenina en esta querida parroquia de Las Alquerías del Niño Perdido; os saludo de corazón a todos cuantos de cerca y de lejos habéis venido a esta Vigilia Eucarística. Procedemos de distintos lugares, pero estamos todos hermanados en Cristo Eucaristía; a todos nos une un mismo ideal: el de la Adoración Nocturna a Cristo Sacramentado.

En esta noche cantamos y damos gracias, alabanza y gloria a Dios por el don de la Eucaristía, sacramento memorial de su pasión, alimento sacramental de su Iglesia, sacramento de su presencia real y permanente entre nosotros, vínculo y fermento de unidad. Y en nuestra acción de gracias por la Eucaristía, le damos gracias al Padre en el Hijo por Espíritu por tantos dones recibidos, del Dios Uno y Trino, fuente y origen de todo bien; esta noche le damos gracias de modo especial por las secciones de ANE y ANFE de Las Alquerías en su 50º y 25º Aniversario.

En el Evangelio de este X Domingo del tiempo ordinario hemos proclamado la llamada de Mateo por Jesús a seguirle. Nos puede sorprender la forma directa, escueta y tajante, sin remilgos y sin titubeos, con que Jesús llama a Mateo: “Sígueme”. Nos puede sorprender que Jesús llame a su seguimiento, a formar parte del grupo de sus discípulos y amigos a un publicano, a un pecador público, a alguien que, como ‘publicano’, a los ojos de un judío piadoso vivía al margen de la ley mosaica y, por tanto, era una persona impura. Jesús, sin embargo, se acerca a él y le llama. Y también nos puede sorprender la prontitud, con que Mateo responde a la llamada del Señor: “El se levantó y lo siguió”.

Después Jesús va a comer a casa de Mateo. El sentarse a la mesa evoca la institución y la celebración de la Eucaristía, a la que también somos llamados, especialmente el Domingo, con independencia de nuestro pasado. Pero también indica que Jesús sana al hombre hasta el fondo más recóndito. Se introduce en la casa de Mateo, como hizo en el caso de Zaqueo, porque viene a sanar toda la existencia del antiguo cobrador de impuestos. Mateo dejó su anti­gua vida y Jesús se sentó junto a él en la mesa de la nueva vida que le era propuesta. Jesús propone a Mateo una relación íntima de amistad. Lo salva uniéndose a él para siempre en una relación que Dios no va a abandonar nunca.

El Papa, Benedicto XVI, señala que “con la figura de Mateo, los Evangelios nos presentan una auténtica paradoja: quien se encuentra aparentemente más lejos de la santidad puede convertirse incluso en un modelo de acogida de la misericordia de Dios, permitiéndole mostrar sus maravillosos efectos en su existencia”. Aquel pecador ha pasado a ser un discípulo, un apóstol y un santo y, por tanto, un modelo que nos es dado a imitar.

¡Cómo no vernos reflejados también nosotros en este pasaje del Evangelio! Como cristianos y como adoradores nos dice Jesús: “Sígueme”. De un cristiano, el Señor espera un seguimiento pronto, incondicional, radical. El quiere entrar en nuestra casa, hasta el fondo de nuestra alma para sanarnos de nuestros pecados y darnos vida. El nos invita a la mesa de la Eucaristía, para unirse con nosotros, para intimar con nosotros, para darnos su amor, para transformar nuestras vidas, para ser alimento de nuestras almas, para enviarnos a anunciar y testimoniar el Amor celebrado.

Todo cristiano y, en especial, todo adorador eucarístico está llamado a creer el misterio de la Eucaristía, a celebrarla con frecuencia, a comulgar el Cuerpo del Señor, dejándose transformar por él, y a vivir la Eucaristía en el día a día en una existencia eucarística. “El Señor Jesús, -nos recuerda el Papa Benedicto-, que por nosotros se ha hecho alimento de verdad y de amor, hablando del don de su vida nos asegura que ‘quien coma de este pan vivirá para siempre’ (Jn 6,51). Pero esta ‘vida eterna’ se inicia en nosotros ya en este tiempo por el cambio que el don eucarístico realiza en nosotros: ‘El que come vivirá por mí’ (Jn 6,57). Estas palabras de Jesús nos permiten comprender cómo el misterio creído, celebrado y adorado contiene el principio de vida nueva en nosotros y la forma de la existencia cristiana. Comulgando el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo se nos hace partícipes de la vida divina de un modo cada vez más adulto y consciente. … No es el alimento eucarístico el que se transforma en nosotros, sino que somos nosotros los que gracias a él acabamos por ser cambiados misteriosamente. Cristo nos alimenta uniéndonos a él; nos atrae hacia sí” (Sacramentum Caritatis, 70)

La Eucarística, si es celebrada y adorada con verdadera piedad, se convierte en verdadera fuente y cima de la existencia de todo adorador: es el inicio y el cumplimiento del nuevo y definitivo culto. Porque la Eucaristía ha de transformar toda nuestra vida en culto espiritual agradable a Dios: “Os exhorto, por la misericordia de Dios, -nos dice San Pablo-, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable” (Rm 12,1). El nuevo culto, el verdadero culto de todo cristiano, de todo adorador es la ofrenda total de la propia persona en comunión con toda la Iglesia. La insistencia del Apóstol sobre la ofrenda de nuestros cuerpos subraya la concreción humana de un culto que no es para nada desencarnado.

Glosando las palabras del Profeta Oseas en este Domingo podemos decir: ¡Que no sea nuestra piedad y adoración eucarística “como nube mañanera” o “como rocío de madrugada que se evapora” una vez pasada la adoración”! El culto eucarístico no puede quedar relegado a un momento particular y privado, sino que, por su naturaleza, tiende a impregnar cualquier aspecto de nuestra existencia. La adoración eucarística, si es auténtica se convierte en un nuevo modo de vivir todas las circunstancias de la existencia, en la que cada detalle ha de ser vivido dentro de la relación con Cristo y como ofrenda a Dios.

Participar en la Eucaristía, comulgar el Cuerpo de Cristo y la adoración significan, al mismo, hacer cada vez más íntima y profunda la propia pertenencia al Señor, que ha muerto por nosotros (cf. 1 Co 6,19 s.; 7,23). La comunión de Cristo es siempre comunión con Dios y comunión con los hermanos y hermanas. Ambas, no lo olvidemos, son inseparables. Porque “donde se destruye la comunión con Dios, que es comunión con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo, se destruye también la raíz y el manantial de la comunión con nosotros. Y donde no se vive la comunión entre nosotros, tampoco es viva y verdadera la comunión con el Dios Trinitario” (Benedicto XVI).

El pan eucarístico es fruto de muchos granos de trigo, que, molidos, forman un único pan; el vino es fruto de muchos granos de uva, que, prensados, forman una unidad; así también los que participamos de la Eucaristía: siendo muchos formamos una unidad al participar de un único Pan y un único Vino, que son el Cuerpo y la Sangre del Señor; por ello debemos ser también un solo corazón y una sola alma.

La Eucaristía es y debe ser signo eficaz de la unidad de la Iglesia, cuya unidad se significa y se construye en la Eucaristía; y es y debe ser signo y fermento de unidad de cuantos participan en ella y de ella, y de cuantos adoran a Jesús Sacramentado. Traicionaríamos el sentido más profundo de la Eucaristía y, consecuentemente, de la adoración eucarística si ellas no fueran fuente y motor de unidad en nuestra comunidad parroquial, si ellas no fuesen fermento de reconciliación en nuestro pueblo. Eucaristía y personas divididas, Eucaristía y comunidad divida no son compatibles; Eucaristía y grupos cerrados, se excluyen mutuamente. La Eucaristía nos hace un solo cuerpo, una sola comunidad, una sola Iglesia, en la que no cuenta ser hombre o mujer, joven o adulto, rico o pobre, ni tampoco las afinidades políticas. Lo que cuenta son los efectos de la Eucaristía: ser una sola familia en la que reina siempre el amor, la comprensión, el perdón, la misericordia entrañable, la comunión. El grupo de adoradores o adoradoras debe ser considerado por vosotros como vuestra propia casa, como vuestra propia familia. A la vez, el grupo y cada adorador auténtico deben ser promotores de unidad en la Iglesia, en la parroquia, en el pueblo y en el mundo.

No podemos guardar para nosotros el amor que celebramos en la Eucaristía. Éste exige por su naturaleza que sea comunicado a todos. Lo que el mundo necesita es el amor de Dios, encontrar a Cristo y creer en Él. Por eso la Eucaristía es también fuente y cima de la misión de la Iglesia y de toda comunidad parroquial. Una Iglesia, una parroquia, auténticamente eucarísticas son misioneras. También nosotros podemos decir a nuestros hermanos con convicción: “Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos para que estéis unidos con nosotros” (1 Jn 1,3). Nada hay más hermoso que encontrar a Cristo y comunicarlo a los demás. No podemos acercarnos a la Mesa eucarística sin dejarnos llevar por ese movimiento de la misión que, partiendo del corazón mismo de Dios, tiende a llegar a todos los hombres.

La misión primera y fundamental que surge de la Eucaristía es la de dar testimonio con nuestra vida. Celebrar, participar y adorar la Eucaristía nos compromete a ser testigos del Amor de Dios celebrado, participado y adorado. Nos convertimos en testigos cuando, por nuestras acciones, palabras y modo de ser, aparece Cristo y se comunica a los demás. Nuestro testimonio de vida, coherente con la fe y el misterio de amor celebrado en la Eucaristía,  será el medio con el que la verdad del amor de Dios llega al hombre en la historia, invitándolo a acoger libremente esta novedad radical.

Volviendo al Evangelio de hoy, adentrándonos en el corazón de Mateo, viendo la prontitud de su respuesta y su paso de llevar una vida de pecado a la nueva vida que Jesucristo le propone, surge una pregunta: ¿cuántas personas en una situación similar a la de Mateo no cambiarían de vida si alguien, con la misma mirada amorosa del Señor, no se acercara a ellos? Pro­bablemente en la contemplación de estos gestos y palabras del Señor aprendamos mucho sobre el modo de proponer el Evangelio a los alejados,  y a no condenar a quienes no consideramos de los nuestros.

A aquella mesa acudieron muchos publicanos y pecadores. Se anticipa aquí lo que será la misión de Mateo como apóstol y evangelista. Salvado por el Señor de su anterior vida de pecado, a partir de enton­ces se dedicará totalmente a comunicar esa buena noti­cia a los demás. Todos los que hemos sido redimidos por Jesús pasamos a ser colaboradores suyos. Y así se expresa la misericordia de Dios hacia el pecador y se nos indica que, como ocurre en los torrentes de agua, para los demás hombres, noso­tros somos transmisores del amor que hemos recibido de Dios. Comunicamos el amor que Dios ha tenido con nosotros y que nos hace capaces de amar como Jesús nos ha amado.

La Virgen María, la Madre de Jesús, peregrina de la fe, signo de esperanza y del consuelo del pueblo peregrino, nos ha dado a Cristo, Pan verdadero. ¡Que Ella nos ayude a descubrir la riqueza de este sacramento, a adorarlo con humildad de corazón y, recibiéndolo con frecuencia, a hacer presente a Cristo en medio del mundo con nuestras obras y palabras! Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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