A vueltas con la Religión en la escuela (II): No es un privilegio anacrónico

Queridos diocesanos:

En una gran mayoría de ciudadanos, todo privilegio suscita prevención y provoca rechazo. Por ello los adversarios de la presencia de la clase de Religión en la escuela estatal proclaman con machacona insistencia que se trata de un privilegio; y para darle más énfasis añaden que es además un privilegio anacrónico, desfasado, propio de tiempos pasados e impropio de la modernidad. El beneficiario de este privilegio serían presuntamente la Iglesia católica y los padres y alumnos católicos.

Veamos qué hay de verdad en esta afirmación. Decir que la clase de Religión en la escuela y, de modo especial, la clase de religión y moral católica es un privilegio, es una falacia de quienes, en nombre de la ‘libertad’, intentan imponer sus ideas laicistas a todos. Esta afirmación se basa, en efecto, o bien en un desconocimiento del significado del término en el lenguaje ordinario y, por supuesto, en el jurídico, o bien en un uso conscientemente inapropiado y demagógico del mismo. El Diccionario de la RAE define privilegio como la “exención de una obligación o ventaja exclusiva o especial que goza alguien por concesión de un superior o por determinada circunstancia propia”. Y en el mundo jurídico -el Código de Derecho Canónico, entre otros-, se define como “la gracia otorgada por acto peculiar en favor de determinadas personas, tanto físicas como jurídicas, por el legislador y también por la autoridad ejecutiva (c. 78 § 1).

Ahora bien: ya en la actualidad, en la escuela no se ofrece exclusivamente clase de religión católica, sino que hay o puede haber clase de religión de otras confesiones cristianas (protestante, ortodoxa) o de otras religiones (musulmana), si estas confesiones o religiones así lo han acordado o lo acuerdan con el Estado. Y esto es lo que prevé también el proyecto de la LOMCE. En este proyecto de Ley se habla en general de ‘Religión’ para referirse a esta asignatura: no habla de ‘religión y moral católica’, con lo tiene cabida la clase de religión de otras confesiones religiosas, con las que el Estado haya firmado o pueda firmar acuerdos (Disposición Adicional 2ª). De otro lado, al menos en lo que toca a la clase de religión católica, ningún padre o alumno es preguntado por su confesión religiosa a la hora de inscribir a sus hijos o de inscribirse a la clase de religión ni ningún alumno es excluido por los profesores de la misma si tiene otra confesión o religión distinta a la católica; y, de hecho, alumnos no católicos son inscritos por sus padres a la clase religión y moral católica y la están recibiendo.

Finalmente decir que se trata de algo anacrónico o desfasado, supone una toma de posición ideológica en contra de la religión misma, como si ésta y la dimensión religiosa de la persona fueran algo propio de un estadio ya superado en el proceso de la evolución del ser humano y la sociedad. Esta postura además de quedar rebatida por la realidad, ataca indebidamente el libre ejercicio del derecho fundamental a la libertad religiosa, impropio de una sociedad democrática y plural y más propio de ideologías totalitarias. Y queda también desmentida por la inmensa mayoría de padres –y alumnos- que año tras año la piden la clase de religión católica. Si no se está de acuerdo con estos padres, al menos que se respete el ejercicio libre de sus derechos a la libertad religiosa y a su derecho originario a la educación de sus hijos.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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