La Diócesis de Segorbe-Castellón permanece firme al lado de los refugiados

Europa está siendo testigo de la mayor crisis migratoria desde la II Guerra Mundial. Miles de personas y familias tienen que huir de sus hogares y países para salvar sus vidas. Desde principios de siglo no había en el mundo un mapa de conflictos tan extenso y con tantos fuegos abiertos a la vez como el que tenemos en el presente. A ello, entre otros muchos lugares en el mundo, contribuye la guerra de Siria, en la que más de 4 millones de mujeres, hombres y niños se han visto obligados a abandonar el país en busca de una vida digna y en paz.

Pero estos cuatro millones no son sólo un número, son multitud de rostros y de historias, de personas y familias que hacen resonar en nuestra conciencia la voz de Jesús que nos impulsa con su gracia a vivir la Caridad con todos.

Esta situación que nos interpela a todos, pero especialmente a los cristianos católicos y a nuestra iglesia diocesana, llevo a nuestro obispo D. Casimiro a crear la Comisión Diocesana de Ayuda a los Refugiados y Cristianos Perseguidos.

Esta comisión, formada por el Vicario General, Cáritas Diocesana e Interparroquial de Castellón, el Secretariado de Migraciones, Manos Unidas, Hijas de la Caridad, Hermanas de la Consolación y las Angélicas, es la encargada de velar por la realidad de los refugiados que llegan a nosotros.

Así pues, la Comisión pone al servicio de estas personas y familias vivienda y los recursos necesarios para la acogida incondicional de los que viven la experiencia del exilio, pero no se olvida de concretar la fraternidad con los que allí se han quedado, enviando a los campos de refugiados 20.000 euros, recaudados de la generosidad de nuestra Iglesia diocesana, para reconstruir un poco de esperanza allí donde todo parece perdido. Esta ayuda será distribuida por Cáritas Siria.

Hay algo que preocupa sobremanera a esta Comisión, y es el riesgo que supone para la convivencia la consolidación del mensaje que se escucha por las calles de “refugiados sí, migrantes no”. Debemos ser capaces de romper este mensaje, trasladando a toda la opinión pública y a nuestros espacios y comunidades eclesiales la complejidad de las causas comunes que motivan la movilidad humana, ya se trate de refugio o de migración, como ámbitos inseparables e íntimamente relacionados.

No se puede perder de vista en ningún momento la inspiración evangélica del compromiso de todos los católicos: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis (Mt 25,31-46).

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