Anunciar hoy a Jesucristo

PlumaQueridos diocesanos:

Este curso nuestra Iglesia diocesana nos hemos propuesto anunciar la Palabra de Dios para ayudar a nacer a la fe y crecer en la fe. En este sentido es de vital importancia, como os decía en una carta anterior, incorporar en nuestra vida personal y en nuestra acción pastoral el primer anuncio: es decir el ‘Kerigma’, el anuncio de Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado en la historia, muerto y resucitado para que en él tengamos Vida. Este primer anuncio es la base para el nacimiento a la fe y su crecimiento; tiene como fin llevar a la conversión y adhesión a Jesucristo, al encuentro personal y salvífico con Él en la comunidad de los creyentes.

Ahora bien, para anunciar la Palabra de Dios hoy son indispensables dos premisas: hemos de ser “contemplativos de la Palabra” pero también hemos de ser “contemplativos del pueblo”, como nos recuerda el papa Francisco (EG 154-155), para saber cómo presentar y ofrecer de manera comprensible y atrayente a Jesucristo, su Evangelio y, en él, la presencia salvadora del Padre celestial, rico en misericordia.

Un importante momento será, pues, mirar al tiempo y cultura actuales, mirar a nuestra gente y reconocer ahí los designios de Dios. Es en este nuestro mundo, aquí y ahora, donde hemos de anunciar a Jesucristo, sabiendo que éste es el tiempo favorable para nosotros, el tiempo de nuestra salvación, el tiempo que Dios ha querido para nosotros (cfr. 2Co 6,2). Este mundo es como es y a él somos enviados como sal que sazona y como luz que ilumina, pero que sazona con el sabor de Cristo e ilumina con la luz de Cristo (cfr. Mt 5,13-16). Hemos de mirar a este nuestro mundo con sus características, sus contradicciones y sus progresos, porque es a él al que hemos sido enviados para anunciar a Cristo y ofrecer el encuentro transformador y salvador con Él. Tenemos que mirar al mundo actual y descubrir la presencia de Dios en él. Para ello hemos de mirar­lo con ojos de fe y con corazón misericordioso; y esto significa mirarlo desde el amor del Padre misericordioso, que tanto amó al mundo que entregó a su Hijo por nosotros, no para condenarlo, sino para salvarlo (Jn 3, 16-17). El Concilio Vaticano II nos invita a escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio (cfr. GS 4); a discernir en los acontecimientos, exigencias y deseos los signos ver­daderos de la presencia o de los planes de Dios (cfr. GS 11).

Y ¿cómo es nuestro mundo?. Algunas notas de este mundo, que son retos y dificultades para el anuncio del Evangelio, son la escasa valoración social de la religión, el pragmatismo cerrado a la trascendencia, el subjetivismo y el relativismo, la doctrina de la inmediatez que elimina todo proyecto de futuro al absolutizar el presente, una cultura del todo vale y de  la diversión que impide la interioridad y una secularización que elimina el horizonte de Dios y se vuelve contra el hombre. Pero sabemos que Dios no deja nunca de actuar en nuestro mundo, que Dios sigue sanando, y que el ser humano sigue buscando un mundo más humano, fraterno, solidario, justo y en paz. Es el tiempo de saber dar la razón de la esperanza, con dulzura y respeto (cfr. 1Pt 3,13-16). Y todo esto con una certeza: nada ni nadie podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro (cfr. Rm 8,31-39).

Ante la llamada al anuncio de Cristo no podemos olvidar que el evangelizador más que hacer cosas, antes de nada ha de ser. Por ello la primera premisa y la más importante es ser cristiano de verdad, es decir, ser en Cristo: «el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo» (2Cor 5,17). Por tanto, para anunciar a Jesús hoy es necesario, ante todo, ser en Cristo. La novedad de Cristo tiene que irrumpir en nuestra vida, sólo así será creíble y atrayente el anuncio. Sólo siendo en Cristo, y desde ahí, podremos preguntarnos qué hacer para que también otros vivan un encuentro sanador y salvador con Cristo. Poniendo a Dios en nuestro corazón podremos ser testigos y profetas que anuncian al Dios de la vida y de la misericordia y así construir comunidades creíbles que sean memoria viva de la presen­cia salvadora del Señor.

Con mi afecto y bendición,

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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