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Adviento: tiempo para la esperanza

Queridos Diocesanos:

Este domingo comienza el Adviento. En este tiempo, la liturgia nos asegura que Dios “viene”. Adviento no sólo mira al pasado, recordando la primera venida de Dios en la historia que celebramos en la Navidad; y no sólo mira al futuro, cuando Jesús venga como Juez al final de la historia. Adviento nos recuerda ante todo que Dios “viene”. Ya al comienzo de este tiempo rezamos: “Anunciad a todos los pueblos y decidles: Mirad, Dios viene, nuestro Salvador”. Se trata de un presente continuo, es decir, de una acción que se realiza siempre: está ocurriendo, ocurre ahora y ocurrirá también en el futuro. En todo momento Dios viene: Cristo vive porque ha resucitado, Jesús es el Enmanuel, Dios-con-nosotros.

En Jesús, Dios mismo viene a estar y quedarse con nosotros en todas nuestras situaciones; viene a habitar en medio de nosotros, a vivir con nosotros y en nosotros; viene a colmar las distancias que nos dividen y nos separan; viene a reconciliarnos con Dios y entre nosotros; viene a salvar y sanar. Viene a la historia de la humanidad, llama a la puerta de cada hombre y de cada mujer de buena voluntad, para traer a las personas, a las familias y a los pueblos el don de la fraternidad, de la concordia y de la paz.

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Cristo Rey: Testigo de la verdad

Queridos diocesanos:

Este domingo, el último del año litúrgico, celebramos la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Jesús mismo se declara Rey ante Pilatos en el interrogatorio a que lo sometió cuando se lo entregaron con la acusación de que había usurpado el título de ‘rey de los Judíos’. “Tú lo dices, yo soy rey”, responde Jesús a Pilatos; “pero mi reino no es de este mundo”, aclara (cf. Jn 18, 36-37). Por esta razón, Jesús rechazó el título de rey cuando se entendía en sentido político (cf. Mt 20, 25).

El reino de Jesús, en efecto, nada tiene que ver con los reinos y los poderes de este mundo. No tiene ejército ni policía, no dispone de fuerza coactiva ni de un boletín oficial para imponer su voluntad, no usa el dinero para comprar voluntades. Jesús no pretende imponer su autoridad ni su Evangelio por la fuerza, sino que usa la palabra, la convicción personal y la adhesión de corazón para ofrecer a todos el Reino de Dios. Jesús no vino a dominar sobre los pueblos, sino a liberar a la humanidad de la esclavitud del pecado, de la mentira, de la opresión e injusticias humanas, para reconciliarnos con Dios y con nuestros semejantes.

Con su encarnación, muerte y resurrección, Jesús ha instaurado definitivamente el Reino de Dios: un Reino de la verdad y de la vida, de la santidad y de la gracia, de la justicia, del amor y de la paz. Este Reino está ya presente y actúa en este mundo, y llegará a su plenitud al final de los tiempos, después de que todos los enemigos y por último la muerte sean sometidos. Entonces el Hijo entregará el Reino al Padre y finalmente Dios será “todo en todos” (1 Co 15, 28).

Jesús ha nacido y ha venido al mundo para ser testigo de la verdad (Jn 18, 37). La ‘verdad’ que Cristo vino a testimoniar en el mundo es que Dios es Amor, y que Dios crea todo por amor y para la vida, para darnos parte en su misma Vida y para que seamos eternamente felices con Él. Venimos del amor de Dios y hacia Él caminamos. Su amor es tal que nunca abandona al ser humano, tampoco en momentos de dificultad, como en la actual pandemia. Esta es la verdad de Dios, del hombre y del mundo, que es fuente de esperanza. De ella dio pleno testimonio Jesús con el sacrificio de su vida en el Calvario. La cruz es el ‘trono’ desde el que manifestó la sublime realeza de Dios-Amor: ofreciéndose como expiación por el pecado del mundo, venció el dominio del ‘príncipe de este mundo’ (Jn 12, 31) y, resucitando, instauró definitivamente el Reino de Dios.

Todos estamos llamados a participar de este amor de Dios y de su Reino. El camino para llegar a esta meta no admite atajos. En efecto, toda persona está invitada a acoger libremente la verdad del amor de Dios. Y tanto el amor como la verdad no se imponen jamás: llaman a la puerta del corazón y de la mente y, donde pueden entrar, infunden paz, alegría y esperanza. Este es el modo de reinar de Dios, este es su proyecto de salvación, que se revela y desarrolla poco a poco en la historia.

La realeza de Cristo no puede ser comprendida por quien se aferra al poder de este mundo. Confesar hoy, en tiempos de relativismo, la verdad que Cristo nos ofrece, es objeto de incomprensión o de burla escéptica, como lo fue Jesús por parte de Pilatos. Además la realeza de Cristo va unida al amor por la verdad, que no siempre es cómoda. Hay una forma de ejercer hoy el poder que busca someter la verdad a la ‘verdad oficial’. El totalitarismo, dijo san Juan Pablo II “nace de la negación de la verdad en sentido objetivo. Si no existe una verdad trascendente, con cuya obediencia el hombre conquista su plena identidad, tampoco existe ningún principio seguro que garan­tice relaciones justas entre los hombres”.

Se manipula la verdad con el fin de lograr y mantener el poder. Y así el fraude, el robo, la corrupción, la mentira, el aborto o la eutanasia -vendidos como progreso y como un derecho, cuando en verdad son un crimen-, y muchas otras formas injus­tas de tratar al hombre y de no reconocer su dignidad sagrada, dejan de reconocerse como males. La manipulación de la verdad mantiene a los hombres en la esclavitud, bajo la apariencia de libertad. Algunos experimentan la crueldad de esta situación, mientras que otros son esclavos de la mentira en el sueño de una aparen­te libertad.

Jesucristo, al liberarnos de la mentira, nos capacita para ordenar toda nuestra vida y nuestras acciones según Dios. Jesucristo abre ante nosotros un nuevo horizonte de libertad, que vence el miedo ante todo poder humano. Dejemos que su Reino se haga presente en medio de noso­tros. Sólo él puede liberarnos de toda forma de tira­nía.

 

Con mi afecto y bendición,

+Casimiro López  Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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Mirar a Dios y tender la mano al pobre

Queridos diocesanos:

Celebramos la Jornada mundial de los pobres, inmersos en una segunda ola de la pandemia del Covid-19. El coronavirus nos sigue trastocando la vida todos los ámbitos, también en las actividades de nuestra Iglesia. Junto a la crisis sanitaria, el virus está provocando una profunda crisis económica, laboral y social en nuestra nación y en todo el mundo. Aquí nos dijeron alegremente que la pandemia estaba vencida y el virus nos ha devuelto a la cruda realidad. Aumentan los contagios y las muertes, vuelven las restricciones, crece el paro y el cierre de empresas, y, con ello, el número de los pobres y necesitados. Seguimos en la incertidumbre, vuelven la angustia, el miedo, la tristeza, y, en muchos, el desaliento y la desesperanza. ¿Qué hacer en esta situación?

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Contigo, somos una gran familia

Queridos diocesanos:

Este domingo celebramos el Día de la Iglesia Diocesana. Es una ocasión muy apropiada para conocer algo más a nuestra Iglesia diocesana, para sentirla y amarla como propia, y así implicarse más, si cabe, es nuestra propia gran familia.

Nuestra Iglesia diocesana de Segorbe-Castellón es antes de nada la comunidad, que formamos todos los cristianos católicos que vivimos en el territorio diocesano. Está presidida por el Obispo quien, como sucesor de los apóstoles y con la cooperación de los sacerdotes, la pastorea en nombre de Jesús, el Buen Pastor; nuestra Iglesia diocesana anuncia, celebra y realiza el Evangelio de Jesús, la Salvación de Dios, para todos. Está integrada por 146 comunidades parroquiales y por otras comunidades eclesiales, que son como células o miembros de un cuerpo mayor: la Iglesia diocesana; una gran familia de familias. Todas ellas serán células vivas y evangelizadoras, verdaderas comunidades eclesiales, si están unidas con la Iglesia diocesana en su vida y misión.

Como nos enseña el Concilio Vaticano II, en la Iglesia diocesana – unida a la Iglesia universal- vive y actúa la Iglesia de Cristo. Sólo unidas a la Iglesia diocesana, las parroquias y otras comunidades serán de verdad comunidades eclesiales donde se anuncie, celebre y viva la comunión de Dios en la comunión fraterna, siendo así signo y sacramento de unidad con Dios y entre los hombres.

Nuestra Iglesia diocesana no es algo ajeno a cada uno de los que la formamos; es nuestra Iglesia, es la gran familia de los creyentes, es nuestra propia gran familia. Nuestra Diócesis es un don del amor gratuito de Dios para todos y cada uno de nosotros. Es querida por Jesucristo y está alentada por la presencia del Espíritu Santo para ser el lugar de la presencia del Señor y de su obra salvadora, sanadora y liberadora entre nosotros y para todos. El mismo Jesús nos ha encomendado la hermosa misión de anunciar el Evangelio, de celebrar los sacramentos, de vivir la caridad y la misericordia de Dios para que su Vida y Salvación lleguen a todos. Hemos de saber acogerla con gratitud y amarla de corazón.

Muchos cristianos se han alejado de la fe y de la Iglesia. Otros muchos acuden a la Iglesia sólo cuando la necesitan; satisfecha la necesidad, la olvidan y viven al margen de ella, de su vida y de su misión, y de sus necesidades personales y materiales. Con frecuencia no valoramos debidamente tantos bienes recibidos a través de ella, como son, entre otros: la fe en Jesucristo y su Palabra, la vida nueva del Bautismo, la Eucaristía y los demás sacramentos, la educación en la fe de niños, adolescentes, jóvenes y adultos, el acompañamiento de matrimonios y familias, la atención a mayores y enfermos, la ayuda  a los necesitados, el compromiso con nuestra tierra y la esperanza en la vida eterna. En estos tiempos de pandemia hemos podido observar la implicación de nuestras cáritas, la entrega de sacerdotes y capellanes de hospitales, de catequistas, de voluntarios y de un largo etcétera, para seguir sirviendo a los enfermos y sus familias, a los necesitados, a los mayores o a los niños en su formación cristiana.

A los católicos nos urge redescubrir y vivir nuestra identidad cristiana y eclesial. Ambas son inseparables. No se puede ser cristiano al margen de la comunidad de los creyentes. Amar, sentir y vivir la Iglesia como algo propio no será posible si cada uno no vive la fe y la vida nueva recibidas en el bautismo; y esto siempre, en el seno de la comunidad parroquial unida a la gran familia de la Iglesia diocesana. Un cristiano solo no existe, decía S. Agustín; somos cristianos junto con el resto de los cristianos, como miembros de una gran familia: la gran familia de los hijos de Dios.

Amemos a nuestra Iglesia diocesana, valoremos y agradezcamos los bienes que recibimos de ella. Cada uno la necesitamos si queremos vivir nuestra condición de bautizados, máxime en tiempos de pandemia, de crisis económica y social, de desesperanza e incertidumbre. Como en nuestra propia familia, la vida y la misión de nuestra Iglesia piden nuestro compromiso. La prueba del grado de nuestro amor a nuestra Iglesia será nuestro compromiso en la vivencia de la fe y vida cristianas, y en la cooperación en sus tareas.

Para llevar a cabo su misión, nuestra Iglesia diocesana tiene muchas necesidades materiales que atender y que cubrir. Esto no es posible sin la generosa colaboración económica de todos sus miembros. Hemos de crecer en la comunicación de bienes, de las personas y de las comunidades. Seamos generosos. Muchas gracias a todos.

 

Con mi afecto y bendición,

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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Oremos por los difuntos

Queridos diocesanos:

Al comienzo del mes de noviembre celebramos a Todos los Santos, el día uno, y recordamos a todos los fieles difuntos, el día dos. Todos los Santos son esa multitud  innumerable de hombres y mujeres de todo tiempo y nación, edad, estado y condición que han alcanzado la meta del cielo, que ya gozan para siempre del amor y la gloria de Dios. Todos ellos viven ya con Dios, gozando de su gloria e intercediendo por nosotros para que viviendo como ellos, unidos a Dios en esta vida, podamos alcanzar también la felicidad eterna. Y junto a los santos recordamos en la liturgia de la Iglesia a los difuntos en la Conmemoración de todos los fieles difuntos, el día dos.

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Los santos: amigos de Dios

Queridos diocesanos:

En unos días celebramos la fiesta de Todos los Santos. En este día recordamos a esa muchedumbre innumerable de hombres y mujeres de todo tiempo y nación, de edad, estado y condición –laicos, matrimonios, religiosos y consagrados a Dios y pastores- que han alcanzado la santidad como regalo y gracia de Dios. Ellos acogieron con humildad y generosidad el don del amor y de la vida de Dios en su vida terrena. De la gran mayoría no conocemos su nombre, porque no han sido canonizados por la Iglesia; es decir, no han sido reconocidos como santos ni propuestos a todos los fieles como ejemplos de santidad y de vida cristiana. Pero por la fe sabemos que gozan ya para siempre del amor y la gloria de Dios.

A todos los une haber encarnado en su existencia terrenal las bienaventuranzas con la ayuda y el impulso del Espíritu Santo: fueron pobres en espíritu, hambrientos y sedientos de justicia, humildes, misericordiosos y limpios de corazón, trabajadores por la paz y, muchos de ellos, insultados y perseguidos a causa del nombre de Jesús. Son una multitud de hombres y mujeres, también personas de la ‘puerta de al lado’ (papa Francisco), que han llegado a la casa del Padre siguiendo a Cristo por el camino de las bienaventuranzas. Todos ellos viven ya con Dios, gozando de Él e intercediendo por nosotros.

Como nos recuerda san Bernardo, el significado principal de esta solemnidad es que la contemplación del ejemplo de los santos suscite en nosotros el gran deseo de ser como ellos: es decir, el deseo de vivir en esta vida como hijos y amigos de Dios para ser contados para siempre en la gran familia de sus hijos. Ser santo significa, en efecto, vivir unido a Dios como amigo suyo y miembro de su familia en esta vida para vivir así para siempre en el cielo.

Todos estamos invitados y llamados a la santidad. Dios nos crea por amor para la vida, para la presente y para la futura: Dios quiere que todos tengamos parte de su misma vida y de su amistad para siempre. Pero, ¿cómo podemos llegar para ser santos, para ser amigos de Dios? Para ser santos no es preciso realizar obras extraordinarias, ni poseer carismas excepcionales. La santidad es antes de nada don de la gracia de Dios, que viene a nuestro encuentro. Para ser santo es necesario, ante todo, acoger y vivir la vida nueva que Dios nos ofrece y da en el bautismo; el camino para ello es conocer, escuchar y creer en su Hijo, Jesús, dejarse encontrar personalmente por Él, adherirse a Él y a su Palabra de corazón, dejarse transformar por la Palabra y la gracia de Dios, alimentar la nueva vida bautismal en los sacramentos y seguir a Cristo día a día sin desalentarse ante las dificultades.

Quien confía en Jesús y se fía de Él, hace de Cristo el centro y fundamento de su vida, lo ama de verdad y se entrega a Dios viviendo en el camino de la Vida, que Jesús nos propone. Quien quiere se santo, sabe que ha de ir muriendo a sí mismo, porque el que quiere guardar su vida para sí mismo la pierde, y quien la entrega a Dios y a los demás, encuentra la Vida (cf. Jn 12, 24-25). Es el camino de la Cruz, el camino de la ofrenda de sí mismo por amor entregado a Dios y al hermano.

La llamada e invitación a la amistad y la unión con Dios en Cristo, es siempre actual y también es válida para los bautizados de hoy. Esto pide tomarse en serio nuestra condición de bautizados, de hijos e hijas de Dios, de discípulos del Señor y de miembros de la Iglesia; y esto no de modo superficial, puntual o limitado a unos actos, tiempos o circunstancias; abarca a toda la persona y toda la vida.

El camino hacia la santidad tiene sus exigencias y pide un esfuerzo constante, pero es posible para todos: porque, más que obra del hombre, la santidad es ante todo don de Dios. Es Dios quien nos ha amado primero y nos ha hecho sus hijos adoptivos en su Hijo, Jesús; su amor habita en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado. El amor de Dios, que nos precede siempre, espera nuestra repuesta libre, que es posible con el auxilio de gracia. ¿Cómo no responder al amor del Padre celestial con una vida de hijos agradecidos? Cuanto más acogemos el amor de Dios, tanto más entramos en el misterio de su vida y amistad.

Descubrir que somos amados por Dios de modo gratuito y personal, nos ha de impulsar a amarle y a amar también a nuestros hermanos. Amar con un amor verdadero a Dios y al prójimo, buscando siempre el bien del otro: este es el camino el camino de la santidad, de la dicha y de la felicidad eterna.

Con mi afecto y bendición

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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Día de las personas sin hogar

Queridos diocesanos:

Desde hace unos años, el último de domingo de octubre celebramos el día de las personas sin hogar. El lema para la campaña de este año reza: “No tener casa, mata”. En efecto: no tener casa mata los sueños, las oportunidades, la confianza, la salud o los derechos de las personas que no tienen acceso a una vivienda digna.

Se estima que en España hay 40.000 personas sin hogar. Muchas de estas personas están nosotros. No disponemos de datos exactos; pero, sí sabemos que nuestra Cáritas diocesana atendió en 2019 a 778 personas en situación de grave exclusión residencial; si a esto añadimos, las 115 personas, derivadas a los Servicios Sociales, son en total 893 las personas que hemos detectado sin hogar.

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Misioneros, testigos del Amor de Dios

Queridos diocesanos:

Nos disponemos a celebrar el próximo domingo, 18 de octubre, la Jornada Mundial de las Misiones, el Domund, bajo el lema “Aquí estoy, mándame” (Is 6,8). Este año, marcado por el dolor, el temor y la incertidumbre que en todo el mundo está causando la pandemia de la Covid-19, el camino misionero queda iluminado por la frase del lema, tomada del relato de la vocación del profeta Isaías. Es la respuesta siempre nueva a la pregunta del Señor: “¿A quién enviaré?” (ibíd.). Esta llamada viene del corazón de Dios, de su Amor misericordioso que interpela a nuestra Iglesia y a cada bautizado personalmente. Dios nos invita a ser misioneros de su Amor, mostrado y ofrecido en Jesucristo. Jesús nos llama especialmente en esta situación a salir de nosotros mismos por amor a Dios y al prójimo para compartir, servir e interceder.

“En el sacrificio de la cruz, -escribe el Papa en su Mensaje- donde se cumple la misión de Jesús, Dios revela que su amor es para todos y cada uno de nosotros. Y nos pide nuestra disponibilidad personal para ser enviados, porque Él es Amor en un movimiento perenne de misión, siempre saliendo de sí mismo para dar vida. Por amor a los hombres, Dios Padre envió a su Hijo Jesús (cf. Jn 3,16). Jesús es el Misionero del Padre: su Persona y su obra están en total obediencia a la voluntad del Padre (cf. Jn 4,34; 6,38; 8,12-30; Hb 10,5-10). A su vez, Jesús, crucificado y resucitado por nosotros, nos atrae en su movimiento de amor; con su propio Espíritu, que anima a la Iglesia, nos hace discípulos de Cristo y nos envía en misión al mundo y a todos los pueblos”.

Jesucristo mismo es la encarnación, revelación y realización más perfecta del amor de Dios en la historia humana. Quien se encuentra personalmente con Cristo resucitado, vivo y presente, escucha su pregunta y acoge su propuesta a compartir su misión de llevar el amor de Dios a todos los hombres y mujeres; el misionero sabe que Jesús “camina con él, habla con él, respira con él. Percibe a Jesús vivo con él en medio de la tarea misionera” (Francisco, EG 266).

El misionero sale de sí mismo para ir al encuentro de todos, especialmente de los más pobres, enfermos y necesitados, y mostrarles con palabras y obras a Dios, que es compasivo y misericordioso, cercano y providente. Con su vida entregada al Señor, el misionero sirve a los hombres y les revela la alegría que produce ser y saberse amados por Dios. Por medio de los misioneros, la cercanía y el amor de Dios alcanzan a cada persona allá donde se encuentra. El amor es la identidad de Dios que ofrece y da a todo aquel que lo acoge amor, perdón, reconciliación, luz, vida, esperanza y salvación. El amor es también la identidad de la Iglesia, hogar donde cada persona puede y debe sentirse acogida, amada y alentada a vivir desde el amor de Dios manifestado en Cristo; y es también la identidad del misionero, que acompaña a las personas, compartiendo su día a día en sus alegrías y en sus penas.

La misión nace de un amor apasionado por Jesús y que se convierte en un amor apasionado por todo hombre y mujer. Quien contempla a Jesús crucificado, reconoce todo el amor, que nace del corazón traspasado de Cristo, y que está destinado a la humanidad entera. El misionero descubre que Jesús le quiere tomar como instrumento para llegar cada vez más cerca de su pueblo amado y de todos aquellos que lo buscan con corazón sincero.

El día del Domund es una ocasión privilegiada para que todos los integrantes del Pueblo de Dios tomemos conciencia de la permanente validez y la urgencia del mandato misionero de Jesús: “Id por todo el mundo y anunciad el Evangelio a toda creatura”. Un mandato y un envío que valen para todos los cristianos. La Iglesia, toda comunidad cristiana y todos los cristianos hemos sido convocados para ser enviados, para salir al mundo y ser testigos con obras y palabras de la Buena Noticia del Amor de Dios.

Esta Jornada debe servir también para renovar nuestro recuerdo agradecido por los misioneros, para orar por ellos y ofrecerles nuestra ayuda generosa: los misioneros, siguiendo la llamada del Señor, lo han dejado todo y entregan su vida para que la Buena Nueva del Amor de Dios resuene en todos los continentes. Son muchas y, en algunos casos extremas las carencias y necesidades materiales de los misioneros en el cumplimiento de su tarea evangelizadora y promotora del desarrollo integral de las personas, en especial de los más pobres. Seamos generosos en la colecta de este día. Sigamos rezando al Señor para que suscite en nuestra Iglesia nuevas vocaciones para la misión, entre nosotros y en los países llamados de misión: para que no falten nunca misioneros, testigos del Amor de Dios.

 

Con mi afecto y bendición,

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

A todos los sacerdotes de Segorbe-Castellón

Queridos hermanos sacerdotes:

Hace dos años iniciábamos la reflexión sobre la vida y el ministerio de los sacerdotes en nuestra diócesis. Después de haber reflexionado juntos sobre nuestra situación humana, en este curso vamos a iniciar la reflexión sobre la dimensión espiritual. Sin duda que es un tiempo de gracia para cada uno de nosotros y para nuestro presbiterio diocesano, en el cual Dios, nuestro Padre, nos ayudará a vivir una mayor intimidad con Él y con nosotros mismos.

En la celebración de la Santa Misa Crismal escuchamos cada año aquella sorprendente declaración de Jesús en la Sinagoga: “el Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista; para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor”. También nosotros, como dijo el Papa Francisco, “somos ungidos para ungir. Ungimos repartiéndonos a nosotros mismos, repartiendo nuestra vocación y nuestro corazón […]. Ungimos ensuciándonos las manos al tocar las heridas, los pecados y las angustias de la gente; ungimos perfumándonos las manos al tocar su fe, sus esperanzas, su fidelidad y la generosidad incondicional de su entrega”.

Pero para poder ungir al pueblo que busca a Dios, necesitamos nosotros poder experimentar antes cómo Dios sigue ‘ungiéndonos’, amándonos. En nuestro ejercicio ministerial descubrimos que, para ser buenos pastores del Pueblo de Dios, necesitamos una profunda relación de amor con Dios Padre, buscando siempre su voluntad, como Cristo Jesús. Para poder ungir a nuestro pueblo con el perfume del amor de Dios, necesitamos cultivar una profunda relación de amor y amistad con Cristo Jesús, el Buen Pastor, que se alimenta en la oración, en la Eucaristía, en la adoración, en el sacramento de la Penitencia y en el ejercicio de nuestro ministerio. Recordemos la triple pregunta de Jesús a Pedro antes de encomendarle el pastoreo de la Iglesia: “Pedro ¿me amas?” (cf. Jn 21, 15-17). Nadie da lo que no tiene. Nadie puede transmitir y llevar a Cristo, si no está unido vital y existencialmente a Él por el amor. Si estamos desnutridos, si estamos alejados de la fuente de la Vida, no podremos transmitir vida. Sólo desde nuestro amor a Cristo, podremos amar, cuidar y apacentar a aquellos que Él nos encomienda. Nuestra caridad pastoral será la prueba de nuestro amor a Cristo.

Por ello os animo a acoger con un corazón generoso y disponible este momento de gracia que iniciaremos juntos, como presbiterio, el próximo lunes 19 de octubre a partir de las 10,30 horas en la S.I. Concatedral de Santa María en Castellón. Tras una breve charla que impartirá el Rvdo. D. Agustín Sánchez Manzanares, Delegado episcopal para el Clero de la Diócesis de Orihuela-Alicante sobre la espiritualidad sacerdotal, celebraremos la Eucaristía en el transcurso de la cual tendremos la ocasión de renovar las promesas sacerdotales que no pudimos realizar en la Santa Misa Crismal de este año. Será ocasión para mostrar nuestro agradecimiento a Dios y nuestra alegría por el don del sacerdocio y renovar así también nuestra llamada a vivir la fraternidad sacerdotal. Del mismo modo daremos gracias a Dios por los sacerdotes que a lo largo de este año 2020 han celebrado sus bodas de oro y plata sacerdotales, por aquéllos que han recibido la ordenación sacerdotal y por aquéllos que han pasado a la casa del Padre desde la celebración de la Santa Misa Crismal del pasado año 2019. Contamos con vuestra participación y la tuya. Muchas gracias.

 

Con mi afecto y bendición, vuestro Obispo y hermano,

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

El cuidado de los enfermos incurables

Queridos diocesanos:

El tema del final de la vida humana está de nuevo en el primer plano de la actualidad.  Es sabido que el Parlamento está tramitando la ley de la eutanasia y el suicidio asistido. ¡Como si nuestros legisladores no tuvieran suficientes muertos a causa de la pandemia! Para hacer social y legalmente aceptable la eutanasia se manipula el lenguaje: se llama ‘muerte digna’ a lo que no es sino la eliminación de un ser humano. Se juega con el temor ante el dolor en la enfermedad o la muerte, o se suscita una falsa piedad con el que sufre, que no lleva al compromiso con él, sino a su aniquilación. A veces se aplica un criterio tan subjetivo y relativo como ‘calidad de vida’ para decidir quién tiene derecho a seguir viviendo o ha de ser eliminado. Algunos lo presentan incluso como respuesta aceptable al problema del dolor y del sufrimiento; pero sabemos que, si bien hemos de hacer todo lo posible para paliar el sufrimiento, no está en nuestras manos extirparlo por completo, porque no podemos desprendernos de nuestra limitación humana.

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