Oraciones por la lluvia

Castellón de la Plana, 11 de octubre de 2017

Carta al Pueblo de Dios en Segorbe-Castellón

 

Queridos sacerdotes, religiosos y religiosas, diáconos y laicos:

 

En muchas regiones de España y también en nuestra Comunidad Valenciana padecemos desde hace meses una grave sequía. La falta de lluvia nos afecta a todos; no solo a nuestros campos y montes, a las cosechas y pastos, sino también a las fuentes y embalses y, en consecuencia, al consumo humano e industrial.

 

Los creyentes sabemos que el agua es un regalo de Dios. Hemos de ser responsables en su uso y saber compartirla con todos. Además el Señor nos enseñó a orar por el alimento de cada día. Fieles a esta recomendación de Jesús os invito a todos a rezar a Dios con confianza por el don de la lluvia necesaria en estos momentos.

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Cambio de mentalidad y de pastoral

Queridos diocesanos:

En la Jornada diocesana de Apertura del Curso pastoral tuvimos la ocasión de reflexionar sobre los problemas de fondo de la iniciación cristiana hoy. La cuestión que latía en el corazón de los numerosos participantes en el encuentro era cómo hacer hoy un cristiano para ser fieles al mandato de Jesús: “Id y haced discípulos míos… bautizándolos”. Pues constatamos con dolor que nuestros esfuerzos no consiguen su objetivo: hacer discípulos misioneros del Señor de los bautizados.

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La liturgia, como celebración de la fe

Queridos diocesanos:

Con la alegría y la certeza de sabernos amados por Dios, acompañados por el Señor resucitado y alentados por el Espíritu Santo acabamos de comenzar un nuevo curso pastoral. Como Iglesia diocesana queremos seguir trabajando juntos “por una parroquia evangelizada y evangelizadora”, como reza nuestro Plan Pastoral. Este año nos centramos en su tercer objetivo; y, en concreto, en la Liturgia y la Iniciación cristiana, de la que ya traté algo en la última carta.  Fijémonos hoy en la primera.

El centro de la Liturgia es la Eucaristía en la que actúa Cristo mismo a través de su Iglesia y actualiza el misterio pascual, su muerte redentora y su resurrección vivificadora. También forman parte de la Liturgia los otros sacramentos, la Liturgia de las horas, las bendiciones, etc.

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Un nuevo curso pastoral

Queridos diocesanos:

Después de la pausa del verano, os saludo a todos en el Señor. Poco a poco se va poniendo en marcha un nuevo curso. También en nuestra Iglesia diocesana, en nuestras comunidades parroquiales y religiosas, movimientos, asociaciones y grupos nos disponemos a comenzar un nuevo curso pastoral al servicio de la misión evangelizadora que Jesús nos ha confiado. Esta misión es la que nos identifica como cristianos, como parroquias y comunidades cristianas, como Iglesia. Jesús nos sigue diciendo hoy: “Id y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado” (Mt 28,19-20). Leer más

Responsabilidad y prudencia en el tráfico

Queridos diocesanos:

Cada primer domingo de julio y cercana la fiesta de San Cristóbal celebramos la Jornada de Responsabilidad en el tráfico. Es una invitación a reflexionar sobre el significado y la importancia de la conducción, así como sobre la urgente necesidad de esmerar nuestra prudencia y responsabilidad en el tráfico. No podemos ignorar que nuestras imprudencias pueden causar desgracias a otras personas. A este respecto, el Concilio Vaticano II, en la Constitución Apostólica Gaudium et Spes, dice: “Algunos subestiman ciertas normas de la vida social, por ejemplo, las referentes a las normas de vialidad, sin preocuparse de que su descuido pone en peligro la vida propia y la vida del prójimo”.

Circular en automóvil, motocicleta o bicicleta, o transitar a pie por la carretera o la calle, es un derecho legítimo, y, la mayoría de las veces, una necesidad. El vehículo es un instrumento de trabajo para muchos y de esparcimiento para otros. En estos días de verano, millones de personas se desplazan de un lugar a otro para iniciar sus vacaciones o regresar de ellas; no olvidemos tampoco a los millones que diariamente lo hacen por motivos laborales y sociales. La conducción se ha convertido en un hecho habitual en nuestra vida cotidiana. Los desplazamientos de un lugar a otro tan frecuentes y tan propios de la vida moderna son expresión de la vida como viaje y como camino.. Cuando nos ponemos en camino, tenemos la esperanza de llegar felizmente a nuestro destino. Pero esto, por desgracia, no siempre sucede así.

Viajar en automóvil, en moto o en bicicleta, o desplazarse a pie es una acción humana. Pero esa acción, buena en sí y que persigue también un fin bueno, se ve afectada para mal, si no se respetan las normas de la circulación y de la convivencia; no hacerlo pone en juego las vidas y los bienes de otras personas, incluidos los propios. Y de todos ellos, evidentemente, es responsable el hombre.

El factor humano lo abarca todo. La vialidad supone la existencia de tres importantes elementos: el hombre, el vehículo y la vía sea la carretera o la calle. Sin embargo, el ámbito humano lo abarca todo, ya que el estado de las carreteras, las condiciones mecánicas del vehículo y el cumplimiento de las normas de circulación dependen de la actuación humana. En este sentido, la atención debe centrarse, sobre todo, en educar la conciencia cívica y moral de quienes circulan o transitan. Es cierto que el número total de accidentes y de víctimas mortales ha descendido notablemente. Con todo, es preciso redoblar los esfuerzos, por parte de cada uno y desde todas las instancias públicas y privadas, para seguir reduciendo dichas cifras hasta donde sea posible. Salvar una sola vida humana bien merece la pena.

Conducir quiere decir ‘convivir’. Esto pide de todos los implicados hacer que la carretera y la calle sea más humana. Conducir un vehículo o transitar por la calle es, en el fondo, una manera de relacionarse, de acercarse y de integrarse en una comunidad de personas. Esto supone, sobre todo en el conductor, ser dueño de sí mismo, prudencia, responsabilidad, espíritu de servicio, conocimiento y observancia de las normas del código de circulación y disponibilidad para prestar una ayuda desinteresada a los que la necesitan, dando ejemplo de caridad. Conducir quiere decir también controlarse y dominarse, no dejarse llevar por los impulsos.

La actitud al volante debería ser de atención y prudencia. La mayor parte de los accidentes son provocados precisamente por la falta de atención y por imprudencia. Por eso la prudencia es una de las virtudes más necesarias e importantes en relación con la circulación. Esta virtud exige un margen adecuado de precauciones para afrontar los imprevistos que se pueden presentar en cualquier ocasión. Desde luego, no se comporta según la prudencia el que se distrae al volante con el móvil, el que conduce a una velocidad excesiva, el que descuida el mantenimiento de vehículo, el que conduce bajo los efectos del alcohol o de las drogas. Redoblemos nuestros esfuerzos y nuestro sentido de responsabilidad y de prudencia como conductores y también como peatones.

Con mi afecto y bendición,

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Peregrinación diocesana anual a Lourdes

Queridos diocesanos:

Este fin de semana, junto con nuestra Hospitalidad diocesana de Lourdes peregrinaremos un año más al Santuario francés, acompañando a unos sesenta enfermos. Quien ha estado en Lourdes sabe que en pocos otros lugares como ante la Gruta de Massabielle se experimenta la presencia cercana y protectora de nuestra Madre, la Virgen María. Este año, ante la imagen de la Inmaculada en la Gruta, cantaremos con la Virgen el Magníficat porque “el Poderoso ha hecho obras grandes por mí…” (Lc 1,49). María alaba y da gracias a Dios por el don de la vida que nace en su vientre, por haber sido elegida para ser Madre de Dios, el Salvador, por tantas maravillas como Dios ha hecho en ella y por ella para toda la humanidad. Leer más

Tiempo de confirmaciones

Queridos diocesanos:

Desde Pascua hasta el mes de julio es en nuestra Diócesis el tiempo por excelencia de las confirmaciones. Este año ya he confirmado a varios centenares muchachos, jóvenes y adultos. Para mí, como Obispo y sucesor de los Apóstoles, ha sido una verdadera gracia y un motivo de profunda alegría imponerles las manos, ungirles en la frente con el santo Crisma y decirles por su nombre: “recibe por esta señal el don del Espíritu Santo”.  Han quedado así llenos del Espíritu Santo como los Apóstoles en Pentecostés y, como ellos, han recibido la fuerza del Espíritu para ser testigos de Jesucristo hasta los confines de la tierra. Leer más

Contemplar al mundo con la mirada amorosa de Dios

 

Queridos diocesanos:

A lo largo del Año litúrgico celebramos los misterios de la vida de Cristo y la obra salvadora de Dios en el mundo. Terminada la cincuentena pascual con la venida del Espíritu Santo, este domingo celebramos la Solemnidad de la Santísima Trinidad para alabar a Dios no por lo que hace, sino por lo que es. La Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. “Es la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina… Toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia del camino y los medios por los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela a los hombres, los aparta del pecado y los reconcilia y une consigo”  (CICa, n.234) . Dios es amor, nos dice San Juan: un amor eterno e infinito. Y san Agustín nos recuerda que el Padre es el eterno amante, el Hijo es el eterno amado, y el Espíritu es el amor eterno de ambos que ha llegado hasta nosotros.

El Domingo de la Trinidad celebramos también la Jornada Pro orantibus, es decir, por lo que oran. Es un día dedicado a los monjes y monjas de vida íntegramente contemplativa. Nuestra Diócesis cuenta con diez monasterios de monjas contemplativas, que oran por nosotros todos los días del año; en este día les queremos mostrar nuestra gratitud y estima, orando por ellos y por las vocaciones a la vida contemplativa. Damos gracias por sus vidas entregadas a la alabanza trinitaria, por su ofrenda permanente al Señor por nuestra Iglesia y nuestra sociedad, por el ejercicio activo de la caridad según su propia vocación.

El lema para la Jornada de este año es Contemplar el mundo con la mirada de Dios; es una expresión tomada de la constitución apostólica del papa Francisco para la vida contemplativa femenina Vultum Dei quaerere (2016). El mismo santo Padre les llama y nos invita a contemplar el mundo y a las personas con la mirada de Dios, que es una mirada de amor. San Juan de la Cruz dice que el mirar de Dios es amar; Dios siempre mira al mundo y a cada ser humano desde el amor eterno que hay en las Tres Personas Divinas. Dios siempre nos contempla con una mirada compasiva y misericordiosa, benévola y llena de ternura. La revelación bíblica -especialmente los evangelios- nos muestra la mirada del amor incondicional de Dios que siempre nos salva. El mirar de Dios que nos ha manifestado Jesucristo es amar, y amar siempre, a todo hombre y a todo el hombre. En esa mirada cada ser humano redescubre su dignidad y su verdadera identidad: ser amado por Dios. Y con esa mirada redescubrimos la dignidad e identidad de todo ser humano, y aprendemos a mirar a todos con la mirada de Dios.

Los monjes y monjas que viven, oran y trabajan en los monasterios han sido mirados por Dios con un amor que ha cautivado sus corazones y lo ha transformado. Contemplados por la Trinidad aprenden a diario ellos mismos a contemplar al mundo y a cada persona con esa misma mirada divina, amorosa y compasiva, intercesora y benévola, bendita y salvífica, amando hasta comulgar con las penas y las tristezas de los hombres, con sus gozos más nobles y sus esperanzas más altas. En la contemplación suben al monte de la fe y miran el horizonte de nuestro mundo con sus guerras y terrorismo, y descubren con los ojos de la esperanza que Dios tiene “designios de paz y no de aflicción” (Jr 29, 11); ellos acogen en el silencio de su corazón contemplativo el hambre, la miseria, la injusticia, la soledad y el desencanto de tantos hermanos con la seguridad de que “los que lloran serán consolados” y “los que tienen hambre de justicia serán saciados” (Mt 5, 3 ss). Hoy como entonces, Dios pone en lo alto del monte, como hizo con Moisés, a los monjes y monjas contemplativos para que, permaneciendo con los brazos en alto -en continua actitud orante- ayuden al pueblo de Dios a vencer en las batallas.

Los contemplativos no se desentienden de nadie ni les es ajeno nada de cuanto ocurre en la Iglesia y en el mundo. Mediante su vida orante, retirada y oculta reciben el amor divino y se transforman en ofrenda permanente por nuestra Iglesia y nuestro mundo, por cada ser humano. Los monjes y las monjas viven la comunión con Dios para comulgar también con los padecimientos de cada hombre. Con su entrega y su oración continua hablan a Dios de los hombres y nos hablan a los hombres del mucho amor que Dios nos tiene. Las personas contemplativas son ‘faros luminosos’ en medio de un mundo que ha perdido la luz del amor de Dios. En nuestro desierto y en nuestras evasiones nos dan el más precioso testimonio de su encuentro con Dios en Cristo Jesús, para que nos sea devuelta la luz a los ojos y nos vuelva a latir el corazón con el fuego del amor de Dios. Nada hace ensanchar el corazón humano tanto como considerar que Dios nos ama, hasta dar su vida en su Hijo por el mundo.

Oremos hoy de modo especial por nuestras monjas, que interceden por la humanidad y cooperan en la construcción de un mundo más evangélico. Descubramos la vida contemplativa como escuela de escucha de la voluntad de Dios y de quienes necesitan del amor de Cristo. Aprendamos a contemplar, como ellas, el mundo y las personas con la mirada amorosa de Dios. Será la mejor manera de comenzar la Semana de la Caridad.

Con mi afecto y bendición,

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Salir, caminar y sembrar

Queridos diocesanos:

Poco antes de ascender al Cielo, Jesús dice a sus Apóstoles: “Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo” (Hech 1,8). En la mañana de Pentecostés, se cumple esta promesa de Jesús. Estando junto los discípulos en una sala, vieron aparecer unas lenguas como llamaradas de fuego, que se posaron sobre cada uno de los presentes. Y “se llenaron todos de Espíritu Santo” (Hecho 2, 4). Fortalecidos por el Espíritu, los Apóstoles superan el miedo y el respeto humano, y salen a anunciar por las calles de Jerusalén a Jesucristo, muerto y resucitado, para la vida del mundo. Comienza así el tiempo de la Iglesia y de su misión permanente de testimoniar a Jesucristo y de anunciar el Evangelio a todas las gentes  Desde el día de Pentecostés, nadie ni nada podrá frenar el ardor evangelizador de Pedro, del resto de los Apóstoles y de los discípulos. Lo que ellos han visto y oído, lo que han tocado y experimentado, lo anuncian a todos: Cristo Jesús, muerto y resucitado, es el Mesías y Salvador de la humanidad. Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres. Leer más

El desafío educativo

 

Queridos diocesanos:

El sábado, día 20, celebrábamos la Jornada preparatoria en nuestra Diócesis del Congreso Interdiocesano sobre educación, que tendrá lugar en Valencia el próximo mes de Octubre para todas las Diócesis de la Comunidad Valenciana. El Congreso bajo el lema: “La educación: un reto para la familia, la Iglesia y la sociedad”, está destinado a todos los interesados y preocupados por la educación de las nuevas generaciones, y en especial, a quienes estamos implicados en la hermosa tarea educativa, educandos y educadores;  a los padres, que son los “primeros y principales educadores de sus hijos” (GE, 3), así como a sacerdotes, catequistas, profesores, monitores de tiempo libre, entre otros. El Congreso tiene como finalidad reflexionar y sensibilizar sobre la educación hoy, sobre lo que es y significa educar, sus posibilidades y sus dificultades, sobre el modo de educar y sobre cómo complementarse para que la educación sea acorde y concorde en bien de nuestros hijos; queremos también mostrar la alegría de la tarea educativa, porque, pese a su dificultad, educar es amar.

Antes de nada, ¿qué es educar?. La educación no se puede limitar a la enseñanza o instrucción, a la adquisición de conocimientos o de habilidades. Educar –que viene de educere en latín– significa conducir a los educandos fuera de sí mismos para introducirlos en la realidad, hacia una plenitud que hace crecer a la persona. Ese proceso se nutre del encuentro de dos libertades, la del adulto y la del joven. Requiere la responsabilidad del educando, que ha de estar abierto a dejarse guiar al conocimiento de la realidad, y la del educador, que debe de estar dispuesto a darse a sí mismo. Por eso, los testigos auténticos, y no simples dispensadores de reglas o informaciones, son más necesarios que nunca. El testigo es el primero en vivir el camino que propone. Educar es, por lo tanto,  ayudar a alguien a ser per­sona; es ayudarle a descubrir e integrar su propia identidad como hombre o como mujer, a crecer en la libertad y en la responsabilidad basadas en la verdad, en el bien y en la belleza; es ayudarle a descubrir la razón de su ser en el mundo y el sentido de su existencia, para hacerle capaz de vivir en plenitud y con esperanza y de contribuir al bien de la comunidad y de la sociedad.

La tarea educativa nunca ha sido fácil. Sin embargo, la educación se ha convertido hoy en un verdadero problema. El papa Francisco habla del desafío educativo, como uno de  los fundamentales ante los que encuentran los padres, las familias -y el resto de los educadores-, que se hace más arduo y complejo por la realidad cultural actual y la gran influencia de los medios de comunicación y redes sociales (cf. AL, 84). El papa emérito, Benedicto XVI, acuño el término “emergencia educativa”,  para referirse a las dificultades que hoy encuentra todo educador a la hora de “transmitir a las nuevas generaciones los valores fundamentales de la existencia y de un correcto comportamiento” debido a la fractura inter-generacional, el relativismo, el subjetivismo y la exaltación de la autonomía absoluta de la persona. En este contexto es muy ardua una auténtica formación de la persona humana, que le capacite para orientarse en la vida, para encontrar motivos para el compromiso y para relacionarse con los demás de manera constructiva, sin huir ante la dificultad y las contradicciones. En esta situación tanto los educadores se ven muchas veces desbordados y fácilmente tentados a abdicar de sus deberes educativos. Sin embargo, cada día sentimos más la necesidad de ayudar a nuestros hijos para que desarrollen globalmente su personalidad, incluidos los valores humanos y espirituales.

Es preciso retomar la idea de la formación integral, como propone el papa Francisco en el capítulo 7 de la Exhortación Amoris laetitia. La formación integral podríamos describirla como el proceso continuo, permanente y participativo que busca desarrollar armónicamente todas y cada una de las dimensiones del ser humano -ética, espiritual, cognitiva, afectiva-sexual, estética, corporal, comunicativa y trascendente-, a fin de lograr su realización plena.  Todas estas capacidades deben responder a las preguntas más profundas del ser humano. A la vista de todos está la necesidad y la urgencia de ayudar a los niños, adolescentes y jóvenes a proyectar la vida según valores auténticos, que hagan referencia a una visión ‘alta’ del hombre. Para los cristianos, Jesús es el modelo educativo: sólo en Él se esclarece el misterio del hombre (cf. GS 22).

Con mi afecto y bendición,

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón