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Conducir bien, conducir con responsabilidad

Queridos diocesanos:

Cada primer domingo de julio celebramos la Jornada de responsabilidad en el tráfico ante su aumento por el comienzo de las vacaciones y cercana la fiesta de San Cristóbal, patrono de los conductores y también de la ciudad de Castellón.

Es una buena tradición que, en muchos pueblos y ciudades, se junten los transportistas y conductores para celebrar la Eucaristía en honor de su santo y patrono y para bendecir los vehículos. En muchas ocasiones sigue el almuerzo en familia o con los amigos. Este año, seguramente la celebración será distinta, debido a la pandemia del coronavirus y a la actual crisis laboral y económica, que afecta de lleno al transporte. Son muchas las empresas de transportes de personas, bienes y servicios que luchan y se manifiestan por su supervivencia; y son muchas las familias de conductores y transportistas afectadas por la crisis; algunas están ya pasando necesidad. Tengámoslo muy presente en este día de su patrono. Por parte de nuestra Iglesia contad por supuesto con nuestra oración, pero también con nuestro apoyo a través de nuestras cáritas y del fondo diocesano.

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En comunión con el Papa, sucesor de Pedro

Queridos diocesanos:

 

El próximo lunes, día 29 de junio, celebramos la festividad litúrgica de San Pedro y San Pablo. Simón fue el primero entre los discípulos que confesó a Cristo como Hijo de Dios vivo, y por ello fue llamado Pedro. Pablo, convertido a la fe en su encuentro con Cristo camino de Damasco, fue el apóstol de los gentiles y predicó a Cristo crucificado a judíos y griegos. Ambos, con la fuerza de la fe y del amor a Jesucristo, anunciaron el Evangelio en Roma, donde en tiempo del emperador Nerón sufrieron el martirio. Los dos son columnas de la Iglesia y heraldos del Evangelio.

Entre los doce Apóstoles, testigos directos de la vida y, sobre todo, de la resurrección de Jesús, elegidos y enviados por Él mismo para ser sus testigos y evangelizar en su nombre, Pedro tiene por voluntad expresa de Jesús un puesto especial. Jesús le eligió y puso a la cabeza del grupo de los doce Apóstoles, sobre el que fundó su Iglesia; a Pedro le confió la misión de ser el apoyo firme de la fe y de la vida de sus discípulos. Jesús le dijo: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16,18) y “yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos” (Lc 22, 32). Los Apóstoles le reconocieron esta  función de presidencia en el grupo. Después de ascender Jesús al Cielo, Pedro presidía la vida y las actividades de los Doce. Pedro es testigo, fundamento y roca firme de la fe de todos los creyentes: él es la piedra sobre la que Jesús construye su Iglesia, el fundamento de la unidad en la fe y vida de toda la comunidad de los creyentes.

Después de anunciar el Evangelio en Jerusalén, Pedro marcha a Antioquia, y después a Roma. Será su primer Obispo. Roma era el centro del mundo conocido. Situarse allí era la manera de manifestar la universalidad del Evangelio de Jesús y de impulsar la difusión de la fe cristiana por todo el mundo. Hay testimonios muy antiguos de que los Obispos de todo el mundo se sentían vinculados a la tradición cristiana de Roma. La huella de Pedro ha dado a la Iglesia romana el papel de ser referencia para todas las demás Iglesias, garantía de la autenticidad y de la unidad católica de la fe y de la vida de todos los cristianos.

Como Obispo de Roma, el Papa es el sucesor de Pedro. En él se perpetúa el ministerio petrino. El Papa garantiza así la unidad en la fe de todos los Obispos, de todas las Iglesias diocesanas y de todos los fieles. Los cristianos católicos sabemos que nos encontramos dentro de la corriente viva de la fe de los Apóstoles, que arranca del mismo Cristo, si estamos en comunión amorosa y creyente con el sucesor de Pedro, con su persona y sus enseñanzas. Esta es la garantía para saber que nuestra fe es auténtica, que somos verdaderos discípulos de Jesús. Acojamos de corazón y vivamos con fidelidad lo que el Papa nos enseña. Nuestra fe ha de ser personal, sí; pero también eclesial, apostólica y en comunión afectiva y efectiva con el Papa.

En el día de la fiesta de San Pedro tengamos un recuerdo muy especial para el Papa en nuestra oración personal y comunitaria. Demos gracias a Dios por el don de su ministerio, y por el Santo Padre Francisco que nos guía ahora. Que crezca entre nosotros nuestra adhesión personal e inquebrantable al Papa. Que se acreciente nuestro amor hacia él y nuestra fidelidad a sus enseñanzas. Demos gracias a Dios por su persona y por su ministerio, insustituible para toda la Iglesia.

Necesitamos del Papa y él necesita de nosotros, de nuestra oración y apoyo filial y gozoso. Para ejercer el ministerio en favor de toda la Iglesia también necesita de nuestra ayuda económica, generosa y verdadera; son inmensas las obras que debe atender en su solicitud amorosa por los fieles y las iglesias diocesanas de todo el mundo. Otros años hacíamos en este día la colecta del ‘óbolo de San Pedro’. Este año, a causa de la pandemia y por deseo expreso del Santo Padre, la haremos el día 4 de octubre, festividad de San Francisco de Asís.

Que Dios nos guarde al Papa Francisco. Es un gran regalo suyo a toda su Iglesia santa. Dios nos ha dado un gran testigo de esperanza y caridad evangélica, un incansable defensor y servidor de todo hombre, de los más débiles, inocentes e indefensos, y un gran promotor del cuidado de toda la creación.

 

Con mi afecto y bendición,

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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Oración-funeral por los fallecidos a causa del Covid-19

Queridos diocesanos:

Durante estos meses de pandemia estamos viviendo momentos muy amargos, llenos de dolor, de sufrimiento y de obscuridad. Hemos sufrido muy de cerca la muerte de familiares, amigos y conocidos. El número tan elevado de fallecidos nos ha hecho caer en la cuenta de que somos frágiles, vulnerables y mortales. La muerte de tantas personas ha sido como un mazazo muy fuerte para todos y, en especial, para sus familias. Y así lo ha vivido nuestra sociedad y nuestra Iglesia, y así lo estamos viviendo.

Creo que es un deber de caridad cristiana y de justicia orar por nuestros fallecidos y por sus familiares, que, en muchos casos, han quedado desolados. Lo hemos venido haciendo desde un primer momento. A los fallecidos y a sus familias nunca les ha faltado nuestra oración personal, la de las familias y la de las comunidades religiosas y parroquiales. Ahora que ha amainado la pandemia y las circunstancias lo permiten, queremos orar como Iglesia diocesana por todos los fallecidos a causa del Covid-19, junto con sus familiares tan necesitados de consuelo. Y lo haremos con la celebración de la Eucaristía, en la que actualizamos la Pascua de Jesucristo, su muerte y resurrección para la Vida del mundo, fuente de esperanza y de consuelo.

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Sacerdotes según el corazón de Cristo

Queridos diocesanos:

En el centro del Corpus Christi, que celebramos este domingo, está la Eucaristía, que “contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida” (PO 5). La Eucaristía es vital para la Iglesia; es la fuente de la que nos nutrimos y la cima a la que caminamos para vivir el día a día de modo que el amor de Dios, ofrecido en Cristo, llegue a todos. Sin la Eucaristía no hay Iglesia; y sin la Iglesia y sin sacerdotes no hay Eucaristía. Por ello hemos de dar gracias a Dios por el don de dos nuevos sacerdotes, “porque eterna es su misericordia”, que ordenaré el próximo sábado.

Dios, que es eternamente fiel, ha prometido que no faltarán pastores a su Iglesia: “Os daré pastores según mi corazón” (Jr 3,15). Y el ‘corazón’ de Dios se nos ha revelado plenamente en el Corazón de Cristo, el Buen Pastor; un Corazón que sigue hoy teniendo compasión de las muchedumbres y dándoles el pan de la verdad, del amor y de la vida (cf. Mc 6, 30 ss.), y desea palpitar en los corazones de los sacerdotes para que sean pastores en su nombre y persona (cf. PDV 82).

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Ante la crisis global, intensificar la caridad

Queridos diocesanos:

A lo largo de la próxima semana nos prepararemos para la celebración del Corpus Christi ayudados por nuestras parroquias y Cáritas diocesana. Lo haremos afectados aún por la pandemia del Covid-19,  y, también, por sus graves consecuencias económicas, laborales, sociales, morales y espirituales. Vivimos una crisis global que abarca los distintos ámbitos de la vida: el personal, el  familiar y el social, en nuestra nación y en el mundo entero. Toda crisis, junto a sus efectos negativos, tiene también una dimensión positiva: ofrece la gran oportunidad para crecer corrigiendo lo que es incorrecto e injusto, purificando lo erróneo y pecaminoso, y dejándonos renovar para construir un mundo más humano. Más que nunca, como cristianos estamos llamados a trabajar por la civilización del amor, a lo que tantas veces nos exhortó san Juan Pablo II.

El Corpus Christi nos lleva a la raíz y la fuente de la civilización del amor. En el centro de esta fiesta está la Eucaristía, el Sacramento del amor; en él Cristo Jesús nos ha dejado el memorial de su sacrificio y entrega total en la Cruz por amor a toda la humanidad y a la creación. Cristo nos ha redimido del pecado y ha restaurado el orden original de amistad y comunión con Dios, con los demás y con la naturaleza entera. En la Eucaristía, el mismo Jesús se nos da como alimento de Vida y de Amor, que cambia y transforma;  Él se queda realmente presente entre nosotros para que, en adoración, contemplemos su amor supremo y nos dejemos empapar de él. La Eucaristía es central y vital para la Iglesia y para cada cristiano; es la fuente de la que nos nutrimos y el motor para vivir el día a día desde el amor de Dios; es el anticipo de la vida eterna y el inicio de la nueva tierra  y los nuevos cielos, cuando todo quede restaurado en Cristo.

En la Eucaristía, el Señor mismo nos invita a su mesa y nos sirve; Él se nos da a sí mismo en el pan partido y repartido; nos muestra así que amar es servir, y que el servicio es no solo dar sino darse. La comunión del Cuerpo de Cristo une a los cristianos con el Señor y crea la unión de unos con otros. La Eucaristía crea y recrea la nueva fraternidad que es expansiva y que no conoce fronteras.  Por ello, la Eucaristía tiene unas exigencias concretas para el vivir cotidiano, tanto de la comunidad eclesial como de los cristianos; de ella brota el mandamiento nuevo del Amor: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”. Y Cristo nos ha amado dándose a sí mismo por puro amor, de forma totalmente gratuita y desinteresada. La Iglesia y cada cristiano estamos llamados a dejarnos empapar por este amor entregado de Cristo y a vivirlo  de tal modo que este amor llegue a todos, pues a todos está destinado.

Por todo ello, en la Fiesta del Corpus Christi celebramos el Día de la Caridad. “La caridad de Cristo nos apremia” (2Cor 5,14). Ante la profunda crisis, que padecemos, el Señor nos apremia a ser testigos comprometidos de la caridad. Nos urge a orar por el eterno descanso de los fallecidos y por el consuelo de sus familiares; nos insta a atender a aquellos que en número creciente pasan hambre, se quedan sin trabajo, pierden sus empresas o negocios; nos urge a atender a familias enteras sin medios para subsistir o pagar los gastos corrientes y el alquiler. El mandamiento nuevo del amor nos llama a redoblar nuestro compromiso personal y nuestra generosidad para con los necesitados entre nosotros, a través de nuestras cáritas y de nuestra aportación al fondo diocesano ante el Covid-19; y también a ayudar a los más pobres de la tierra a través de  Manos Unidas y de la Delegación diocesana de Misiones.

El Señor Jesús nos apremia a vivir la caridad para reconstruir entre todos el tejido económico, laboral y social, tan castigado y debilitado por la pandemia, en el que todos puedan encontrar un trabajo digno. Y nos urge a vivir la caridad en la verdad para construir un orden social y político, basado en la verdad, en el encuentro y el diálogo constructivo entre todos, superando la mentira, el rencor, el insulto, la exclusión del diferente, el sectarismo y la imposición de ideologías. Necesitamos recuperar la categoría del bien común para crear entre todos las condiciones necesarias para que personas, familias y grupos puedan desarrollarse y alcanzar su perfección. Este debería ser objetivo de todos y, en especial, de los servidores  públicos.

Así esta crisis global se convertirá en oportunidad para crear un mundo más humano, más fraterno y más solidario. A ello nos apremia la caridad de Cristo.

Con mi afecto y bendición

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Ante la Solemnidad del Corpus Christi

Castellón de la Plana, 4 de junio de 2020

 

A todo el Pueblo de Dios de Segorbe-Castellón:

Sacerdotes, diáconos, religiosos/as y seglares. 

 

Queridos todos en el Señor:

 

Aún afectados por la pandemia del coronavirus y por las limitaciones establecidas para su control nos disponemos a celebrar la Solemnidad del Corpus Christi, el próximo día 14 de junio; en la Víspera, el día 13 por la tarde, presidiré como otros años la santa Misa y la procesión en la Concatedral de Santa María en Castellón. También la celebración del Corpus de este año será distinta, pero no por ello menos gozosa e intensa. Si me apuráis, este año deberíamos dejar que se acreciente nuestra fe y nuestra devoción en la presencia real de Cristo en la santa Eucaristía para que aumente así también nuestra caridad.

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Llenos de Espíritu Santo, en salida a la misión

Queridos diocesanos:

Poco antes de su Ascensión, Jesús promete a sus discípulos el don del Espíritu Santo para ser sus testigos hasta el confín de la tierra (cf. Hech 1, 8); y su última palabra fue: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que yo he enseñado” (Mt 28, 19-20). Estas frases contienen una promesa, un mandato y una misión. La promesa de Jesús es el envío del Espíritu Santo; su mandato, id y salid; y su misión, hacer discípulos suyos.

Sin el Espíritu Santo es imposible cumplir el mandato y llevar a cabo la misión. Ya en la Última Cena, Jesús había prometido a sus Apóstoles que les enviaría el don del Padre: el Espíritu Santo (cf. Jn 15, 26). Esta promesa la cumplió el día de Pentecostés, cuando el Espíritu descendió sobre los discípulos en el Cenáculo. Aquel día “se llenaron todos de Espíritu Santo” (Hch 2, 4). Esa efusión, si bien extraordinaria, no fue única y limitada a ese momento. El Espíritu sopla cuando y donde quiere. Pero cada año, en la Solemnidad de Pentecostés, actualizamos la efusión del Espíritu Santo sobre la comunidad de los discípulos de Jesús de hoy. Cristo glorificado a la derecha del Padre sigue cumpliendo su promesa y enviando el Espíritu vivificante; el Espíritu sigue derramándose sobre las personas, las comunidades y sobre toda la Iglesia.

Para salir a la misión, hemos de abrir nuestros corazones a una nueva efusión del Espíritu Santo, que nos enseña, renueva, fortalece y alienta a salir a la misión. El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia en su vida y en su misión. Él es el Maestro interior, que nos enseña a escuchar la voz del Resucitado, a seguirlo y a ser sus discípulos misioneros; Él es la memoria viviente de Jesús en la Iglesia, que recuerda y actualiza todo lo que Él dijo e hizo. El Espíritu Santo nos guía “hasta la verdad plena” (Jn 16, 13) y nos introduce en la verdad y en la belleza del evento de la salvación, la muerte y la resurrección de Jesús, como la expresión suprema del amor de Dios. Y esta realidad se convierte en Buena Noticia que se debe anunciar a todos.

El Espíritu Santo es el aliento que nos empuja a recorrer el camino del seguimiento y del anuncio de Jesús. Cuanto más generosa es nuestra respuesta, en mayor medida las palabras de Jesús se hacen vida en nosotros en actitudes, opciones, gestos y testimonio. El Espíritu Santo nos ayuda a estar con Dios en la oración, en la que Él ora en nosotros; y nos lleva a hablar con los hombres, haciéndonos ‘canales’ humildes y dóciles de la Palabra de Dios. Llenos del Espíritu de amor, podemos ser signos e instrumentos de Dios que ama, sirve y dona la vida.

El Espíritu Santo cambia nuestros corazones. Los Apóstoles son transformados por el Espíritu y salen a las calles de Jerusalén a proclamar el Kerigma. Pierden el miedo y salen a anunciar a Jesús muerto y resucitado hasta los confines del mundo. El Espíritu Santo libera nuestros corazones bloqueados; vence nuestra resistencia y mediocridad; agranda los corazones y anima a dejar la comodidad; despereza en la tibieza y mantiene joven el corazón. De este modo, el Espíritu Santo hace que renazca la alegría en la misión. “Ven, Espíritu Santo, riega nuestra tierra en sequía, sana nuestro corazón enfermo, lava nuestras manchas e infunde calor de vida en nuestro hielo”.

Jesús nos dice hoy de nuevo: “Id y haced discípulos a todos los pueblos”. Su mandato no es facultativo. La Iglesia fue convocada para ser enviada, nació “en salida” y existe para evangelizar. El mandato de Jesús tiene una finalidad bien precisa: Hacer discípulos del Señor mediante el anuncio, el bautismo y una vida conforme a lo que Jesús ha enseñado y mandado. La Iglesia somos todos los bautizados: el obispo, los sacerdotes, los diáconos, los religiosos, sí, pero también los laicos. En Pentecostés recordamos de modo especial la llamada de todos los laicos a la misión. Todos, también y especialmente los laicos, estamos invitados a comprender mejor que Dios nos ha dado la gran dignidad y la responsabilidad de anunciar a Cristo al mundo y de hacerlo accesible a la humanidad. Este es el honor más grande para cada uno de los bautizados.

“Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos” (Mt, 28, 21). Solos, sin Jesús y sin el Espíritu Santo, no podemos hacer nada. Para la misión no bastan nuestras fuerzas, recursos y estructuras. Sin la presencia del Señor y la fuerza de su Espíritu, nuestro trabajo resulta ineficaz. Su presencia es fortaleza ante la persecución, consuelo en la tribulación y aliento en el cansancio de la misión.

Con mi afecto y bendición,

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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La clase de Religión, un bien para todos

Mis queridos padres y madres, queridos diocesanos:

Sin darnos cuenta por el ritmo de vida que nos ha impuesto la pandemia del coronavirus, el presente curso escolar toca a su fin; y hay que ir preparando el próximo. La Consellería de Educación ha publicado ya el calendario de admisión para el próximo curso, que esta vez sólo se podrá hacer de forma telemática. Las fechas para Infantil y Primaria son del 8 al 16 de junio y para ESO/Bachillerato del 17 al 25 de junio. Una vez formalizados los trámites, la matriculación efectiva se hará a partir del próximo 13 de julio. Hay que tenerlo muy en cuenta para hacer también en tiempo y forma la inscripción a la clase de Religión; y, sobre todo, que se ha de hacer de forma telemática lo que puede significar una dificultad añadida para muchos padres y madres.

De nuevo me dirijo a vosotros, padres y madres, para recordaros la importancia que tiene que pidáis para vuestros hijos en edad escolar la asignatura de Religión y Moral católica. En ella adquieren en la escuela una formación académica complementaria a la educación en la fe en Jesucristo, que reciben en la familia y en la Iglesia. Los tres ámbitos son necesarios a dicho fin. La clase religión es muy importante para la educación integral de vuestros hijos, para su formación moral y para la comprensión de nuestra cultura.

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San Pascual en la crisis actual

Queridos diocesanos:

Este domingo es la fiesta de san Pascual, nuestro Patrono diocesano. Al coincidir  con el VI Domingo de Pascua, sólo lo podremos celebrar litúrgicamente en su Basílica en Vila-real. En el resto de la Diócesis, con el fin de mantener vivas su memoria y devoción y suplicar su intercesión ante Dios en este tiempo de pandemia, lo celebraremos litúrgicamente, con el rango de ‘fiesta’ el lunes, día 18 de mayo. La fecha de la fiesta de san Pascual coincide este año con la pascua del enfermo, que se celebra este VI domingo de Pascua. Ambas celebraciones están marcadas este año por la pandemia del Covid-19, que tanto sufrimiento está causando. En un momento tan doloroso resuenan las palabras de Jesús: “Venid a mi todos los que estáis cansados  y agobiados, y yo os aliviaré” (Mt 11,28). Jesús nos llama a acudir a él, siempre y de modo especial en estos momentos de tribulación, en busca de esperanza, de consuelo y de alivio.

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Ante la reapertura de los templos

Queridos diocesanos todos:

Todos esperábamos poder reabrir este lunes, 11 de mayo, nuestros templos e iglesias, cerrados a causa de la pandemia del Covid-19. Así se nos venía anunciando y prometiendo; la misma Generalitat Valenciana afirma que se cumplen los requisitos requeridos. Pero la autoridad sanitaria nacional ha decido este viernes que en el territorio de nuestra Diócesis no se puede comenzar aún la llamada Fase 1. Tendremos que esperar aún un tiempo, que por desgracia desconocemos a día de hoy; quizá no lo sepa ni la misma autoridad sanitaria.  Confiamos que la toma de esta decisión se haya basado sólo en motivos científicos objetivos. Ya sabemos que en esta fase se suprimirán algunas medidas que restringen la libertad ciudadana de movimientos y que afectan también a la libertad religiosa y de culto: a la libertad para reunirnos como comunidad cristiana en los templos para celebrar la Eucaristía y el resto de los sacramentos, y para tener otras actividades pastorales presenciales. Esperamos que pronto podamos reabrir los templos y que poco se vayan suprimiendo todas las medidas restrictivas para volver a la normalidad sin adjetivos.

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