Volver el corazón a Dios

Queridos diocesanos:

En nuestro itinerario cuaresmal llegamos al V Domingo de Cuaresma. No cabe duda que estamos viviendo una cuaresma muy especial a causa de la pandemia del coronavirus (Covid 19). Esta epidemia ha trastocado el ritmo de nuestra vida ordinaria y nuestras costumbres; salvo necesidad o causa mayor, estamos todos confinados en casa. El virus ha puesto en jaque nuestro sistema sanitario, la economía y la vida laboral, la política, las escuelas y universidades, y la vida sacramental y la tarea pastoral de nuestras parroquias. Es como si, de pronto, nos hubieran quitado el suelo bajo los pies y todos flotásemos en el aire sin pisar tierra firme. A todos nos entra una cierta dosis de incertidumbre, de preocupación, de angustia y de miedo.

Esta situación de ‘desgracia’ y dramática para toda la sociedad –especialmente para los fallecidos y sus familias, para los contagiados y los sanitarios, que los atienden con una entrega encomiable y heroica-, se puede convertir en un momento de gracia; más aún: es un momento de gracia de Dios, una oportunidad para vivir la cuaresma desde su raíz, para prepararnos a la Pascua de la Resurrección.

En la cuaresma, la Iglesia nos llama a la conversión de corazón a Dios y a los hermanos, mediante la oración, el ayuno y la limosna. Si volvemos nuestra mirada, nuestro corazón y nuestra vida a Dios, si ayunamos de tantas cosas que nos impiden abrirnos al amor de Dios –“porque no sólo de pan vive el hombre”-, nuestro corazón se abrirá también al amor a nuestros hermanos, siendo caritativos y solidarios. En esta situación de pandemia, la cuaresma nos está ofreciendo la gracia de vivir nuestra caridad hacia los fallecidos y sus familiares, hacia los contagiados y los sanitarios, y hacia las personas mayores, impedidas, solas y más vulnerables, estando pendientes de ellas y ofreciéndoles nuestra ayuda, cercanía y solidaridad. Estamos viendo muchos casos de caridad estos días: en nuestros sacerdotes –tan cercanos y servidores de sus feligreses en lo espiritual, humano y material-; de religiosos y religiosas, que rezan por todos y/o atienden a los mayores y a los mas desfavorecidos; y de tantos laicos voluntarios en cáritas, residencias, alberges, hospitales, en el vecindario o en otras realidades o tareas. ¡Gracias  sean dadas a Dios; gracias a todos por vuestra caridad y solidaridad!

Y en esta pandemia, la cuaresma nos pide y ofrece la gran oportunidad de volver nuestra mirada y nuestro corazón en Dios mediante la oración, para que avive nuestra fe, afiance nuestra esperanza y fortaleza nuestra caridad. Él es la fuente del amor y de la vida. Sabemos bien de Quien nos hemos fiado. Dios es misericordia y nunca nos abandona. Como cuando los apóstoles navegaban en el lago de Tiberíades y un fuerte viento zarandeaba la barca, Jesús se acerca y nos dice: “No tengáis miedo, soy yo”.

Hace unos días, leía el testimonio de una religiosa carmelita misionera, infectada e ingresada por el coronavirus; persona de alto riesgo por la edad y su historial clínico, pronto iba a ser dada de alta del hospital. El secreto de su fortaleza en la vida y en la enfermedad ha sido y es vivir sin miedo y con la confianza puesta en Dios. “Confío en ti, Señor”, fue su pensamiento y oración al conocer que estaba infectada. Esta confianza le da tranquilidad y le ayuda a vivir su enfermedad. “Ir de la mano de alguien como Dios ayuda porque el miedo desaparece y la esperanza crece”, comenta esta misionera. En su situación, ella se une a todos los contagiados y reza por ellos.

Ante tanto sufrimiento y muerte, muchos pueden preguntarse dónde está Dios. Quizá mejor nos deberíamos preguntar, dónde estamos nosotros para no sentir la presencia y el cuidado de Dios en la enfermedad  y en la pandemia. “Dios –decía esta religiosa- está en el hospital moviéndose con todos ellos –personal sanitario- y con todos nosotros –los enfermos-. Es algo palpable”.

Está situación de pandemia pasará, así se lo pedimos al Señor. Pongamos nuestra mirada en Dios. Recemos. Quien no sabe el Padrenuestro, el Ave María o la Salve. Sabemos bien de quien nos hemos fiado; Jesús y la Virgen María están con nosotros, se compadecen de nosotros, sufren con nosotros, cuidan de nosotros. Dios no nos abandona nunca, ni tan siquiera en la muerte: Jesús ha sufrido, muerto y resucitado para que él tengamos vida, y vida en plenitud. Nuestra vida terrena es frágil y limitada; no es eterna. No somos dueños de la vida. Hemos de cuidarla con todas nuestras fuerzas y nuestros medios, siendo prudentes y responsables. Pero sabemos que al final de nuestro camino terrenal nos encontraremos con el Dios que nos ama y quiere darnos su vida para siempre.

 

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Sembradores de esperanza

Queridos diocesanos:

Nueve meses antes de la Natividad de Jesús, la Iglesia celebra la solemnidad de la Encarnación del Señor. En este día recordamos con gratitud la plena disponibilidad de María, que acogió de una forma generosa la vida de Dios como un don, a pesar de las dificultades. Celebrar esta apertura del corazón de la Virgen al designio divino nos mueve a imitarla para acoger, celebrar y comunicar al mundo la alegría del Evangelio y promover una cultura de la vida. Por ello, en toda la Iglesia en España celebramos en este día la Jornada por la vida.

La jornada de este año tiene por lema Sembradores de esperanza, inspirado en el documento de la Conferencia Episcopal de diciembre pasado con el título “Sembradores de esperanza: acoger, proteger y acompañar las etapas finales de esta vida”; somos invitados este año a reconocer con profundo asombro el don de la vida y a testimoniar la esperanza de la vida eterna cuidando a los enfermos que se acercan al final de su vida terrena. Os invito a todos leer y estudiar este documento. Escrito con un lenguaje fácil de entender, su lectura y estudio harán mucho bien al lector, a todas las personas, a la sociedad, al bien común y a la cultura de la vida, y abrirá caminos para la esperanza a muchas personas, a los enfermos terminales, a los médicos y sanitarios, a todos aquellos que trabajan en el mundo de la salud.

El tema es de enorme actualidad. Ya ha comenzado la tramitación parlamentaria de las iniciativas legislativas sobre la eutanasia y el suicidio asistido, presentadas por algunos partidos políticos. De diferentes modos y con diversos argumentos se intenta que la eutanasia y el suicidio asistido sean social y legalmente aceptables. Con este fin se manipula el lenguaje, llamando muerte digna o buena muerte a lo que no es sino la eliminación de un ser humano. Se juega con el miedo ante el sufrimiento ante la enfermedad y el dolor o se suscita una falsa piedad con el que sufre, que no lleva al compromiso con él, sino a su aniquilación. A veces se aplica un criterio tan relativo como ‘calidad de vida’ para decidir quién tiene derecho a seguir viviendo o ha de ser eliminado. Algunos presentan incluso la eutanasia y el suicidio asistido como respuestas viables y aceptables al problema del dolor y del sufrimiento. Como en tantos otros temas, también es necesario recabar una información veraz y adquirir una seria formación para saber darnos y dar razón de nuestra fe, y para ser sembradores de esperanza, en este caso en la etapa final de la vida.

En sentido propio y verdadero, por eutanasia (y suicidio asistido) se entiende toda acción u omisión que por su naturaleza y en la intención causa la muerte de un ser humano con el fin de evitarle sufrimientos o de acabar con su vida porque no quiere seguir viviendo, bien a petición de éste, bien porque otros o él consideran que su vida ya no merece ser mantenida o vivida. La eutanasia y el suicidio asistido es siempre una forma de homicidio, pues implica que un hombre da muerte a otro. La eutanasia y el suicidio asistido son un mal moral, un grave atentado a la dignidad de la persona y una grave violación de la ley de Dios. La legalización de prácticas como la eutanasia y el suicidio asistido pretende mostrar como un bien un proceder del todo inaceptable, tanto médicamente como desde una perspectiva bioética, basada en el respeto a la dignidad humana y su defensa en toda circunstancia.

Cosa distinta a la eutanasia o al suicidio asistido es aquella acción u omisión que no causa la muerte por si misma o por la intención, como son la administración adecuada de calmantes o los cuidados paliativos, aunque puedan acortar la vida, o la renuncia a terapias desproporcionadas, que retrasan indebidamente la muerte. Una cosa es lo que subyace a la llamada ‘muerte digna’, que no es sino la eliminación de un ser humano; y otra cosa muy distinta es acompañar a una persona a morir con dignidad mediante el empleo de medios éticamente lícitos. En el estado actual de la medicina, existen recursos para aliviar el sufrimiento de los enfermos crónicos o terminales y constituyen, a través de los cuidados paliativos de calidad, la herramienta que procura el trato digno que toda persona merece en atención a su inviolable dignidad, máxime cuando padece un estado de dependencia absoluta. Es lo que piden reiteradamente los enfermos y sus familias: ayuda mediante los cuidados paliativos, incluidos los cuidados espirituales, para asumir los problemas y las dificultades personales y familiares que se suelen presentar en los últimos momentos de la vida.

Defender la dignidad de toda vida humana desde su concepción hasta su muerte natural es trabajar por una cultura de la vida y ser promotores de esperanza. Porque la vida humana es digna y ha de cuidarse siempre, también y especialmente la de los débiles, enfermos, discapacitados o ancianos. Esta es también la enseñanza que nos brinda, en toda su crudeza, la expansión de la actual pandemia del coronavirus. Seamos cuidadores de la vida, propia y ajena, y promotores de esperanza. No caigamos en el pánico. Dios vela por nosotros.

Con mi afecto y bendición,

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbee-Castellón

Pastores misioneros

Queridos diocesanos:

Por san José celebramos cada año el Día del Seminario. Este año será el domingo, 22 de marzo, y en las Misas vespertinas del sábado anterior. San José es patrono de la Iglesia universal y de los seminarios. Él es el hombre justo, que Dios puso al frente del hogar de Nazaret para cuidar de María y de Jesús. Allí se fue educando y formando el corazón sacerdotal de Jesús. Hoy san José sigue cuidando de los que se preparan para ser pastores misioneros al servicio de los hermanos.

En el Día del Seminario, nuestros Seminarios diocesanos mayores –Mater Dei y Redemptoris Mater- y el menor –Mater Dei-, están en el primer plano de nuestra atención y de nuestra oración. El Seminario es el corazón de nuestra Iglesia diocesana, donde germinan las semillas de las vocaciones al sacerdocio ministerial. De nuestros seminarios depende en gran medida el futuro de la vitalidad cristiana y misionera de nuestra Iglesia; en ellos se forman los futuros pastores misioneros –como reza el lema de este año- de nuestras comunidades. Sin sacerdotes no hay Eucaristía, no hay Iglesia, ni comunidad cristiana como tampoco servidores del resto de los cristianos, vocaciones y carismas, que salen y alientan a salir a la misión del anuncio el Evangelio.

Todos los diocesanos debemos sentir nuestros Seminarios como algo nuestro, conocerlos, quererlos, acercarnos a ellos y apoyarlos, también en la economía. Nuestros sacerdotes gozan en general de alta estima en las comunidades cristianas; todas quieren contar con un buen sacerdote. Su renuevo, sin embargo, es cada día más difícil por la escasez de vocaciones. Decía san Juan Pablo II que “la falta de vocaciones es ciertamente la tristeza de cada Iglesia”; por ello añadía que “la pastoral vocacional exige ser acogida, sobre todo hoy, con nuevo, vigoroso y más decidido compromiso por parte de todos los miembros de la Iglesia” (PDV, n. 34d). No nos quedemos en una tristeza o queja inútil; es la hora de la fe y de la confianza en el Señor que nos envía a seguir echando las redes en la tarea de la pastoral vocacional; ésta pide de todos una implicación activa y gozosa: del Obispo y los sacerdotes, del resto de los cristianos y las familias cristianas, de catequistas y  comunidades parroquiales y eclesiales en general.

Ante todo quiero resaltar la necesidad de una oración personal y comunitaria más intensa a Dios, ‘el Dueño de la mies, para que envíe obreros a su mies’. Sabemos que toda vocación es un don gratuito de Dios para su Iglesia y para la humanidad; un don que hemos de saber pedir con humildad, pero con insistencia. Nuestra oración por las vocaciones sacerdotales, más intensa estos días, no puede faltar a lo largo del año.

Nuestra oración al Dueño de la mies ha de ir acompañada de obras. Entre todos hemos de crear un clima vocacional en el que pueda ser escuchada y acogida la llamada de Dios al sacerdocio ordenado. Toda vocación nace de un encuentro con el Señor; por ello lo primero que hemos de hacer es que haya familias y comunidades cristianas vivas y fervorosas, capaces de suscitar ese encuentro con Cristo que entusiasme, enamore y provoque la entrega incondicional a los demás en los más jóvenes.

Además, la principal manera de ayudar a un niño, adolescente o joven a discernir la vocación es ayudarle y acompañarle a llevar una vida de oración profunda y constante para que su corazón esté abierto a la llamada amorosa del Señor. Esto requiere espacios de soledad y silencio, porque se trata de una decisión muy personal que otros no pueden tomar por uno (Christus vivit, n. 283). A pesar del ruido que nos envuelve, los jóvenes son sensibles a momentos de silencio y de encuentro personal con Cristo, vividos en comunidad, que hacen posible que se escuche la voz interior de Aquel que nos llama siempre. Nuestras vigilias con jóvenes son una muestra de esta sensibilidad.

En la maduración de la vocación hay etapas y altibajos; pero lo importante es saber orientar un camino que, confiando en la gracia del Señor, mira siempre a una entrega más grande y total. Quien se abre al amor de Dios no se encierra en sí mismo, sino que se deja llenar de Dios, para consagrarse de por vida a Él y para entregar su vida para los demás. Toda la Iglesia es misionera. La vocación a ser pastor y a ser misionero está estrechamente entrelazada. En estos tiempos de sombras, Dios quiere seguir haciendo brillar su Rostro lleno de amor por los hombres y mujeres de esta generación y hacer oír su voz que es luz y vida. Los sacerdotes son hoy más necesarios que nunca.

Oremos y ayudemos a que la vocación al sacerdocio sea descubierta y acogida con generosidad por niños, adolescentes y jóvenes, y por sus familias.

Con mi afecto y bendición,

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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“¡Dejaos reconciliar con Dios!”

Queridos diocesanos:

En Cuaresma resuenan las palabras de San Pablo: “¡Dejaos reconciliar con Dios!” (2 Cor 5, 20). La reconciliación es un don de Dios. Para comprenderlo es necesario admitir la realidad del mal moral y del pecado en nosotros y en nuestro mundo; y es preciso dejar que el Espíritu Santo suscite en nosotros el deseo de conversión de corazón a Dios y al hermano.

No se puede negar que existe el mal moral en nosotros y entre nosotros; valga con citar la codicia y la corrupción, la envidia y la mentida, el odio y el rencor, las relaciones rotas por la traición, el uso y abuso de las personas para satisfacción y provecho propio, la explotación de personas, la indiferencia  ante el necesitado o el descarte de muchos. Existe la división en nuestro corazón, entre los hombres y los grupos humanos, entre el hombre y la naturaleza, y entre el ser humano y su Creador. Se pueden aducir causas de tipo social o estructural, pero la raíz se halla en lo más íntimo del ser humano, en la herida del pecado original. Sin embargo ha disminuido el reconocimiento de la pecaminosidad individual  y de la responsabilidad personal, el sentido de culpa y el sentido mismo de pecado. Parece como si ya no hubiera pecado; a lo sumo, errores. Se ha debilitado también la relación con Dios, que disminuye la necesidad de dejarse reconciliar por Dios. Se relativiza el valor absoluto de las normas morales y las categorías de bien o mal. Poco a poco se va perdiendo el sentido de Dios y del pecado como ofensa contra Dios, que es el verdadero sentido del pecado.

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Celebración del Día del Seminario

Castellón de la Plana, 1 de marzo de 2020

Queridos todos en el Señor: sacerdotes, diáconos, religiosos y seglares.

Como cada año, en torno a la Solemnidad de San José, el día 19 de marzo, celebramos el Día del Seminario. Es un medio muy concreto para conocer y dar a conocer a nuestros seminarios mayores, Mater Dei y Redemptoris Mater, y a nuestro seminario menor Mater Dei; un día para rezar de modo especial por los seminaristas que en ellos disciernes y maduran su vocación al sacerdocio, y para expresarles nuestra cercanía y apoyo económico. El lema de la campaña de este años es: “Pastores misioneros”.

En los lugares donde el día de San José no es fiesta civil, el Día del Seminario se traslada al fin de semana siguiente. En nuestra diócesis, aunque el día 19 sí es fiesta civil, sin embargo el Día del Seminario se celebrará en las Misas dominicales del domingo siguiente, día 22 de marzo y su víspera, en vez del día de San José.

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“Para que en Él tengan vida”

Queridos diocesanos:

Acabamos de iniciar el tiempo de la Cuaresma, un tiempo de gracia para prepararnos a la celebración gozosa de la Pascua del Señor. El papa Francisco, en su Mensaje para la Cuaresma de este año, nos exhorta a volver continuamente nuestra mirada y nuestro corazón al misterio pascual, a la muerte y resurrección del Señor. Porque la Pascua es un acontecimiento siempre actual por la fuerza del Espíritu Santo. “Este Misterio -dice el Papa- no deja de crecer en nosotros en la medida en que nos dejamos involucrar por su dinamismo espiritual y lo abrazamos, respondiendo de modo libre y generoso”. Así podremos renacer a la vida misma de Dios y crecer en ella.

La muerte y la resurrección del Jesús es fuente de vida. “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia. Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por sus ovejas”, dice Jesús de sí mismo (Jn 10. 10-11). “Para que tengan vida” es el objetivo de su venida. Es más; Jesús afirma: “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11,25). Para mostrarlo devolvió a la vida terrena a Lázaro que yacía en el sepulcro. Sus curaciones muestran que Él ejerce su poder en favor de la vida. Donde está Jesús prospera la vida; donde Él no está se extienden las fuerzas del mal y de la muerte. Pero con la expresión “y la tengan en abundancia”, Jesús va más allá: se refiere a la vida que Él, como Hijo de Dios, posee: la vida misma de Dios, la “vida eterna”, la vida plena y feliz, inmortal y gloriosa. Comunicarnos esta vida es el objetivo último de su venida: no viene para que poseamos simplemente la vida de este mundo, que acaba con la muerte corporal, sino para que poseamos ya desde ahora la vida eterna, que no tiene fin. “Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y yo lo resucite el último día” (Jn 6,40).

Jesús, que muere en la cruz y resucita del sepulcro al tercer día, resucita con toda su humanidad, y así nos involucra, a cada hombre, en su paso de la muerte a la vida. La vida eterna comienza ya aquí; y, como Jesús, hemos de acoger, cuidar y promover la vida y la dignidad de todo ser humano, de los pueblos y de sus culturas, y de toda la creación. Pero sin olvidar que estamos de camino hacia la casa del Padre. En la oración después de la comunión del 2º Domingo de Adviento pedimos a Dios que nos enseñe “a sopesar con sabiduría los bienes de la tierra y amar intensamente los del cielo”.

Las citadas palabras de Jesús fueron comprendidas en todo su alcance por los apóstoles después de la resurrección de Cristo. Constituyen el mensaje central de su predicación como muestra el discurso misionero de Pedro el día de Pentecostés. Pedro proclama a Jesús constituido Señor y Mesías por el Padre. Reconocer a Jesús muerto y resucitado, como Señor y Mesías, lleva a la conversión por la fe en Él y al bautismo en su nombre para la salvación eterna. Este es el contenido del kerigma de los Apóstoles.

“Para que en Él tengan vida”, son las palabras elegidas también para la Jornada de Hispanoamérica que celebramos en España este I Domingo de Cuaresma. En este día oramos para que la fe y vida cristiana de nuestros hermanos de Hispanoamérica se mantenga, se cuide y se fortalezca. Allí se encuentra el mayor número de católicos del mundo. De ellos puede depender en gran parte la evangelización de los lugares en los que todavía Cristo no es conocido. Allí es donde mas misioneros españoles hay: hombres y mujeres, sacerdotes y religiosas, seglares y familias enteras que han partido a esos países para mantener viva la llama de la fe en las personas que allí viven. Son un gran regalo para la Iglesia misionera y para nuestra Iglesia diocesana.

El lema de este año se hace eco de lo que el papa Francisco intenta alentar una y otra vez: el cuidado de la ecología integral, el deseo de promover el respeto a la dignidad de las personas, de los pueblos y de toda la creación. Pero poniendo la mirada en Aquel que puede dar la vida, la vida de verdad, la única que sacia la sed de eternidad que tiene el hombre: Cristo Jesús, nuestro Señor. Es Jesus, que es el Camino, la Verdad y la Vida, el único que puede hacer que la dignidad de cada persona y de la creación entera sean respetadas y estén por encima de intereses económicos, partidistas o ideológicos, que tanto hacen sufrir a los pueblos de Hispanoamérica. Ante ello, Cristo y su Evangelio son la respuesta y la solución. Oremos y trabajemos para que en Cristo, los pueblos de Hispanoamérica, tengan vida y la tengan en abundancia.

Con mi afecto y bendición,

    +Casimiro López Llorente

            Obispo de Segorbe-Castellón

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Acompañar en el duelo

Queridos diocesanos:

Terminada la semana, dedicada de modo especial a los enfermos y a la pastoral de la salud, deseo referirme hoy a la pastoral del duelo; es decir al acompañamiento pastoral de las personas que han perdido a un ser querido. Quien ha pasado o está pasando por esta situación, sabe que es una de las experiencias más duras y difíciles de la vida. Cuando perdemos a un ser querido, algo se nos rompe por dentro; su muerte siempre supone una ruptura con el consiguiente desgarro interior.

A veces se intenta superar el dolor por la muerte de un ser querido dejando pasar el tiempo “que todo lo cura”, sufriéndolo en silencio y en soledad. Otras veces se intenta  negar lo ocurrido, evitar los recuerdos o vivir como si nada hubiera pasado. Y otras quizás suponiendo que no hay más salida que el lamento y el desahogo. Pero el tiempo del duelo ofrece la oportunidad para entrar en un proceso de sanación; para ello es necesario dar expresión y cauce sano a los sentimientos, serenar el sufrimiento aceptando la realidad de la muerte, abriéndose al futuro con esperanza, amando con un nuevo lenguaje de amor a la persona a quien echamos en falta.

 

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El cuidado de la casa común

Queridos diocesanos:

La organización católica ‘Manos Unidas’ celebra estos días su campaña anual en la lucha contra el hambre en el mundo y por el desarrollo de los pueblos más pobres. “Quien más sufre el maltrato al planeta no eres tú”. Así reza el lema de este año que quiere mostrar la íntima relación que existe entre el hambre y la pobreza, y el deterioro del planeta. En efecto: los pueblos más pobres son también los más afectados por la crisis medioambiental. Manos Unidas se hace eco de esta situación y nos cuestiona nuestros modos de vida y de consumo insolidarios e insostenibles; y quiere contribuir a la defensa de los derechos humanos, especialmente de las personas más vulnerables del planeta, trabajando por el derecho a una vida digna, que incluye el indispensable derecho a la alimentación en un medioambiente adecuado.

  1. Nueva campaña de Manos Unidas

2. El cuidado de la casa común

3. Consecuencias del egoísmo y la codicia

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Con María, testigos de esperanza

Queridos diocesanos:

La vida consagrada es un don de Dios a su Iglesia. Injertados en el misterio de Cristo y de la Iglesia, son muchos los hombres y las mujeres que quieren responder al don del bautismo siguiendo al Señor en la vida religiosa en las distintas formas que el Espíritu Santo ha ido suscitando en la Iglesia a lo largo de los siglos.

La fiesta de la Presentación del Señor cada 2 de febrero nos acerca de un modo especial a este estado de vida cristiana. Recordando la ofrenda y la consagración de Jesús al Padre en el templo celebramos en este día la Jornada Mundial de la vida consagrada. Es un momento propicio para reflexionar sobre la vida consagrada, para rezar por todos ellos y por las vocaciones a la vida consagrada.

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El Domingo de la Palabra de Dios

Queridos diocesanos:

Este veintiséis de enero celebraremos por primera vez el Domingo de la Palabra de Dios. Así lo estableció el Papa Francisco el pasado 30 de septiembre con su Carta Apostólica, titulada Aperuit illis; estas palabras están tomadas del Evangelio de Lucas, donde se narra que Jesús, el Señor resucitado, antes de su Ascensión se aparece a los discípulos reunidos, parte el pan con ellos y “les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras” (Lc 24,45).

Esta Jornada, que celebraremos todos los años el III Domingo del Tiempo Ordinario, estará dedicada a la celebración, reflexión y divulgación de la Palabra de Dios (n. 3). El Papa desea, sobre todo, que la Iglesia reviva el gesto del Resucitado con sus discípulos que abre también para nosotros –sus discípulos de hoy- el tesoro de su Palabra para que comprendamos y podamos anunciar por todo el mundo su riqueza inagotable; porque “si el Señor no nos introduce es imposible comprender en profundidad la Sagrada Escritura” (n. 1). La Palabra de Dios, contenida en la Biblia, es una palabra viva y siempre eficaz. Es la Palabra del Dios vivo que nos sigue hablando y actuando aquí y ahora: cuando la leemos, proclamamos, estudiamos, meditamos o contemplamos es el Señor resucitado quien nos habla y actúa en nosotros y para nosotros. Tampoco el Antiguo Testamento se hace viejo: sigue latiendo en el Nuevo, transformado por el único Espíritu Santo que ha inspirado a ambos. La Sagrada Escritura se hace eficaz en aquel que la escucha, trata de compartirla con otros y hacerla vida para vivir en profundidad nuestra relación con Dios y con nuestros hermanos.

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