Por una parroquia viva y evangelizadora

Queridos diocesanos:

Hace unos día celebrábamos el 25º Aniversario de la Parroquia de Nuestra Señora de la Esperanza de Castellón. Veinticinco años de existencia son motivo para la acción de gracias a Dios, para la alegría y para la esperanza.

Esta comunidad parroquial está de enhorabuena al celebrar veinticinco años de rica existencia. Damos gracias a Dios, porque en ella muchos han nacido a la fe cristiana, han sido engendrados a la vida de los hijos Dios, incorporados a Cristo y a la comunidad de la Iglesia por el Bautismo; gracias a ella, muchos han conocido a Jesús y su Evangelio, se han encontrado con Él y han madurado en la fe mediante la escucha y la acogida de la Palabra de Dios y han alimentado su vida cristiana en la oración y en los Sacramentos. Y otros muchos han encontrado en ella fuerza para la misión y el testimonio de la fe, personal o asociado, motivos para la esperanza, consuelo en la aflicción y ayuda en la necesidad.

Pero ¿qué hacer cuando muchos bautizados se alejan de la vida parroquial y cada vez más personas en el barrio no conocen a Jesucristo? ¿Qué hacer para que la parroquia sea viva y evangelizadora? Son las preguntas que me hizo un feligrés después de la Misa de acción de gracias; unas preguntas que valen para otras parroquias.

Antes de nada hay que caer en la cuenta que una parroquia es una comunidad cristiana estable, que está formada por todos los cristianos que viven en un territorio determinado y presidida por un sacerdote enviado por el Obispo. La parroquia no es el territorio, el templo o un simple lugar donde se ofrecen servicios religiosos, sino la comunidad de fieles, que presidida por el párroco, anuncia y acoge la Palabra de Dios, celebra la fe en los Sacramentos, vive la caridad y sale a evangelizar. En cada parroquia se hace presente y operante la Iglesia de Cristo y, por consiguiente, a cada una se le confía la misma misión de la Iglesia: evangelizar a todos los hombres que viven en su territorio y con ellos colaborar a extender el Evangelio por todo el mundo. Toda la vida interna de una comunidad parroquial – la escucha de la palabra de Dios, la oración, la caridad fraterna, la Eucaristía y el restos de los sacramentos – debe hacerse testimonio, provocar la admiración y la conversión, y hacerse anuncio de la Buena Noticia.

Para que esto sea posible, todos los fieles cristianos que integran la comunidad parroquial están llamados y han de ser ayudados a ser miembros vivos de la comunidad, unidos a la piedra angular que es Cristo, Vida para el mundo; es decir, están llamados y han de ser ayudados a ser verdaderos creyentes, co-discípulos y testigos del Señor. Así se generará esa comunidad que será en el pueblo o en el barrio signo de la presencia de Dios, ámbito donde Cristo sale al encuentro de los hombres para comunicarles su vida de amor que crea lazos de comunión fraterna. La parroquia será viva en la medida en que viva fundamentada y ensamblada en Cristo, piedra angular; la comunidad parroquial será iglesia viva si por sus miembros corre la savia de la Vid que es Cristo, que genera comunión de vida y de amor con Dios y con los hermanos, que se deja evangelizar y sale a la misión.

Necesitamos una conversión personal de todos a Cristo y a nuestra condición de cristianos; y también necesitamos una conversión ‘pastoral’ para pasar del mantenimiento a la misión. Sabemos que el Señor Resucitado sigue presente por su Espíritu en medio de nosotros. Él nos impulsa a unir esfuerzos para que cada comunidad sea viva y evangelizadora hacia adentro y hacia afuera.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Visita Pastoral al Arciprestazgo de Ntra. Sra. la Virgen del Carmen (Costa)

A todo el Pueblo de Dios en el Arciprestazgo de  ‘Ntra. Sta. Virgen del Carmen’ (COSTA)

 

Amados todos en el Señor:

En el nombre de nuestro Señor Jesucristo os saludo a todos los fieles cristianos católicos del Arciprestazgo de la ‘Costa’. Os anuncio que, si Dios quiere, desde el día 9 de noviembre hasta el día 22 de diciembre próximos haré la Visita Pastoral a todas las parroquias y comunidades religiosas de vuestro Arciprestazgo.

La Visita Pastoral es un tiempo de gracia de Dios. Se llama Pastoral por ser la visita del pastor de la Iglesia diocesana. Esto es el Obispo en nombre y a imagen de Jesucristo, el Buen Pastor. La Visita Pastoral es una de las tareas más importantes y hermosas del ministerio del Obispo. En ella quiero, ante todo, confirmaros en la fe en Cristo Jesús para avivar vuestra caridad y fortalecer vuestra esperanza. En este momento, el Señor nos llama y nos alienta a vivir con mayor alegría y fidelidad el don y la belleza de nuestra condición de cristianos en el seno de su Iglesia. El Señor quiere que seamos sus testigos en medio de un mundo desorientado y de una sociedad que sufre una profunda crisis no sólo económica, sino sobre todo moral, familiar, social y espiritual. Todos estamos invitados a implicarnos en la misión de la Iglesia, que nos llama a una nueva evangelización.

En la Visita deseo encontrarme con todos: sacerdotes, religiosas y seglares. Deseo estar con los niños y los adolescentes, con los jóvenes y los adultos, con los mayores y los enfermos, con los miembros de asociaciones y cofradías, con los consejos y los grupos parroquiales, con los catequistas, voluntarios de cáritas, cantores y otros colaboradores de las parroquias, así como con los alumnos y profesores de colegios de la Iglesia y de clase de Religión en otros colegios e institutos. Vuestros sacerdotes os darán a conocer el horario de los actos de la Visita Pastoral en cada parroquia. En cada una celebraré la Eucaristía para orar con vosotros y por vosotros. A ella os invito muy especialmente. Oremos ya desde ahora por la intercesión de la Virgen de la Cueva Santa y Santa Quiteria por los frutos espirituales de esta Visita Pastoral.

Finalmente os invito a todos a la Eucaristía de apertura de la Visita Pastoral para todo el Arciprestazgo el día 9 de noviembre en la Iglesia parroquial de Torreblanca a las 6 de la tarde. Haced un pequeño esfuerzo. Os espero.

Con mi afecto y bendición, vuestro Obispo

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fe, caridad y misión

Queridos diocesanos:

La Jornada del Domund, el domingo 20 de octubre, nos recuerda algo que es connatural a la Iglesia entera y a todo bautizado: la misión. La comunidad de los creyentes ha sido convocada por Jesús para ser enviada. Su misión consiste en llevar a todos los hombres de todos los tiempos la Buena Nueva del amor de Dios hacia todos los hombres, realizada y ofrecida en Jesucristo y en su Iglesia.

En el Año de la fe, esta Jornada tiene como lema: ‘Fe + caridad = misión”. La fuerza misionera de todo cristiano y de toda comunidad cristiana dependen de la fortaleza de su fe y de su caridad. Como nos recordó Benedicto XVI: “No hay mayor obra de caridad que el anuncio del Evangelio”. Durante este Año de la fe hemos tenido ocasión de avivar la fe y de redescubrir la alegría de creer para impulsar el anuncio del Evangelio. La fe es un don precioso de Dios, que abre nuestra mente y nuestro corazón para que lo podamos conocer y amar. Dios sale a nuestro encuentro, Dios quiere hacernos partícipes de su misma vida y hacer que la nuestra esté más llena de significado, sea más bella y mejor. Pero la fe necesita ser acogida, es decir, necesita nuestra respuesta personal, el coraje confiar en Dios, de vivir su amor, agradecidos por su infinita misericordia.

Ahora bien, la fe es un don que no es sólo para unos pocos, sino que se ofrece a todos generosamente; es un don que no se puede conservar para uno mismo, sino que debe ser compartido. Si lo guardamos sólo para nosotros mismos, nos convertiremos en cristianos aislados, estériles y enfermos. El anuncio del Evangelio forma parte del ser discípulos de Cristo y es un compromiso constante que anima toda la vida de la Iglesia. “Una comunidad es “adulta”, nos recuerda el Papa Francisco, cuando profesa la fe, la celebra con alegría en la liturgia, vive la caridad y proclama la Palabra de Dios sin descanso, saliendo del propio ambiente para llevarla también a los “suburbios”, especialmente a aquellos que aún no han tenido la oportunidad de conocer a Cristo”.

El mandato de Jesús,“Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes” (Mt 28, 19) sigue siendo válido hoy. Y no sólo en los llamados ‘países de misión’; también nuestra tierra es país misión: crece el número de quienes desconocen a Jesucristo y, para muchos bautizados, Dios, Jesucristo y su Evangelio significan poco o nada en su vida. Jesús nos llama de nuevo a todos, comunidades y fieles cristianos, a reavivar nuestra conciencia y compromiso misioneros: es hora de anunciar a Dios y su Amor. !Dios nos ama!. Es hora de anunciar a Jesucristo y su Evangelio sin complejos y sin miedos. Requisito básico para acoger la invitación del Señor es que experimentemos personalmente que Dios nos ama, que las comunidades vivan y transmitan el misterio del amor misericordioso de Dios hacia todos y que sean signos de este Dios para los hombres y mujeres de hoy.

Es necesario también que los cristianos nos encontremos personalmente con el Señor Jesús, acojamos en Él a Dios que nos ama, aprendamos a amarle, vivamos la fe y la caridad. Este es el humus en que surgen las vocaciones a la misión. Quien acoge y experimenta el amor de Dios, se convierte en testigo de este amor para los demás.  Este ha sido el caso de tantos hijos e hijas de esta Iglesia, que han desgastado sus vidas en la misión. El amor es la fuerza y el criterio de la misión. Ser misioneros significa amar a Dios con todo lo que uno es hasta dar la vida por Él para que otros lo conozcan y experimenten en su vida.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente,

Obispo de Segorbe-Castellón

Testigos de la fe y del perdón

Queridos diocesanos:

El próximo Domingo, día 13 de octubre, serán beatificados en Tarragona 522 mártires, que entregaron su vida por amor a Jesucristo en España durante la persecución religiosa de los años treinta del pasado siglo XX. Tres de ellos habían nacido en el territorio actual de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón: Enrique Andrés Monfort, hermano Marista (H. Benedicto), era natural de Villafranca del Cid; Mosén José Mª Piquer Arnau, era natural de Onda, y Mosén José Manuel Claramonte Agut, de Almazora; ambos eran sacerdotes de la Hermandad de los Operarios diocesanos. A ellos se une Sor Martina Vázquez, natural de Cuellar (Segovia) e Hija de la Caridad, que estaba al frente de la Comunidad que atendía el Hospital de Segorbe. Es, pues, una celebración que nos toca muy de cerca; un día para la acción de gracias a Dios por estos hermanos nuestros que derramaron su sangre por su condición de creyentes cristianos.

Con su beatificación, la Iglesia declara solemnemente que todos ellos murieron como testigos heroicos del Evangelio. Después de un largo y minucioso estudio e investigación, caso por caso, consta que todos entregaron su vida cruentamente por ser cristianos católicos. Esa fue la única razón por la que murieron. No son caídos de la guerra, sino mártires de Cristo. No son fruto de una contienda en la que caen de uno y otro bando, sino testigos de la fe en Jesucristo hasta la muerte. No cabe duda que murieron víctimas de una persecución religiosa contra la fe e Iglesia católica. Nuestros mártires no murieron en el frente, ni por su militancia política; fueron buscados y asesinados por ser cristianos católicos. Eran obispos, sacerdotes, frailes o monjas o seglares creyentes, de todas las edades y clases sociales. Se les pidió renunciar a su fe, y ellos se mantuvieron firmes en esa fe y en su amor a Cristo.

Este mismo amor a Cristo les llevó a responder al odio con el amor y el perdón. Ellos murieron perdonando y amando a sus verdugos. Así nos dejaron el hermoso e impagable testimonio del perdón como el único camino para la reconciliación y la construcción de un futuro común donde todos tienen su sitio. El camino de la construcción de una sociedad verdaderamente humana no son ni el odio ni el deseo de destrucción del diferente, sino sólo el amor, que implica respeto, perdón y reconciliación. Nuestros mártires no ofendieron a nadie, no impusieron a nadie sus creencias, querían vivir en libertad la fe cristiana. Su trabajo, como el de Jesucristo, fue pasar haciendo el bien, pero el odio contra la religión no los soportaba. Llenos de fe y de amor al Señor, su Dios, confortados por el rezo del santo rosario, alimentados, cuando era posible, con la eucaristía, cantando salmos, gritando vítores a Cristo, en ellos triunfó el amor y el perdón.

En este Año de la fe, los mártires del siglo XX son para nosotros modelos de fidelidad en la fe y vida cristiana en tiempos realmente convulsos: su legado es su testimonio personal de fe firme hasta la muerte y su testimonio de perdón y reconciliación. Son vidas truncadas de hombres y mujeres que merecen ser recordadas en tiempos de debilitamiento de la fe y de alejamiento de Dios y de su Iglesia, y en unos tiempos de crisis y crispación social. Demos gracias a Dios por el testimonio de estos mártires. Ellos son un signo de esperanza para todos. Que su ejemplo nos ayude a vivir nuestra fe con fidelidad en nuestros días.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Los pilares de la paz auténtica

Queridos diocesanos.

Con la paz ocurre como con la salud: la valoramos de verdad cuando la hemos perdido o corremos peligro de perderla. Y de la misma manera que todos deseamos gozar de buena salud, también la humanidad desea la paz. Sin embargo, estamos aún lejos de haber logrado la paz entre las personas, en las familias, en la sociedad y entre los pueblos de la tierra. Una y otra vez constatamos a nuestro alrededor y en el mundo la enemistad, el rencor y el odio, la crispación y la violencia verbal y física, la falta de diálogo y de reconciliación, el afán de eliminar o dominar al otro -sea persona, grupo o pueblo-, o el recurso a las armas. La violencia y las guerras son una triste y lacerante realidad.

Pese a todo ello, la paz es uno de los mayores anhelos de la humanidad. Los cristianos sabemos que la paz es un don de Dios, que nos ofrece en Cristo Jesús, ‘el príncipe de la paz’. Él es el único capaz de darnos la paz auténtica, la que necesita la humanidad: una paz que se basa en la comunión de Dios con los hombres y de los hombres entre sí. La paz, en efecto, es fruto de la reconciliación y comunión con Dios, restablecidas por Cristo Jesús con su muerte y resurrección, y que, a su vez, son fuente de reconciliación y comunión, de encuentro y diálogo entre los hombres y los pueblos. Como don de Dios, que es, hemos de orar y pedirla con insistencia y constancia. No olvidemos que la paz es mucho más que la mera ausencia de guerra, el equilibrio de las fuerzas adversarias o el fruto de una dominación despótica; la paz comienza en el corazón reconciliado y pacificador de cada persona y se va ampliando a las relaciones entre las personas, a las familias, a los grupos, a la sociedad y a los pueblos.

Pero la paz, don de Dios, es, a la vez, tarea de todos. Cada cual en su lugar, todos hemos de trabajar para que la paz se extienda entre los hombres y los pueblos. El Papa Juan XXIII, en su encíclica Pacem in terris, señalaba hace 50 años que los cuatro pilares sobre los que construye la paz auténtica son la verdad, la justicia, el amor y la libertad, y que tiene su corazón en el respeto a toda persona humana. Hemos de promover la verdad, para ser rectos y honrados en el pensamiento y en la acción. A la verdad ha de unirse el compromiso por la justicia que pide el respeto exquisito de la dignidad y derechos inviolables de todos. Pero no se puede construir la paz en el mundo sin amor sincero y compromiso desinteresado. La justicia por sí sola no podrá asegurar la paz al hombre y al mundo. La verdadera paz florece cuando en el corazón se vence el egoísmo y el afán desmedido de lucro, dando paso a la solidaridad y al compromiso efectivo.

Todo ser humano es creado por Dios a su imagen; ésta es la base de la dignidad y de la libertad de toda persona humana y el fundamento de los derechos humanos, que debemos acoger, respetar y promover. si queremos construir la auténtica paz. Todo cristiano ha de ser testigo comprometido de la paz. Unido a todos los hombres de buena voluntad, el cristiano ha de trabajar por el respeto efectivo de la igual dignidad de todo ser humano. El testigo de la paz acoge, respeta y perdona al otro, respeta su cultura y religión, trabaja para que se implante la justicia, fomenta el dialogo sincero y la reconciliación entre los hombres desde la verdad y la libertad. Oremos y trabajemos por la paz.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Ante la crisis, caridad solidaria y renovación moral y espiritual

Queridos diocesanos:

Llevamos más de siete años de una grave crisis económica. Algunos indicadores macroeconómicos positivos en estos últimos meses parecen anunciar una salida de la crisis. Pero lo cierto es que sus efectos serán aún duraderos y que muchos seguirán sufriendo todavía mucho tiempo sus consecuencias: familias, jóvenes, pequeños y medianos empresarios, agricultores y ganaderos, los trabajadores y los inmigrantes, entre otros sectores sociales.

Ante esta situación me quiero fijar en dos actitudes propias de todo cristiano. De un lado es necesario mantener el compromiso generoso de nuestra caridad cristiana con los más pobres y afectados por la crisis. Es muy de agradecer la respuesta generosa de muchos cristianos con donaciones de distinto tipo -dinero, comida y otros artículos- y con su trabajo en las Cáritas parroquiales y diocesana, en Manos Unidas y otras instituciones eclesiales, y la implicación de todas ellas. Ante la persistencia de la crisis deberemos intensificar, si cabe, nuestro compromiso en donaciones y en tiempo. La caridad de Cristo nos urge a ayudar al necesitado, a estar a su lado y, también, a escuchar sus problemas, a buscar soluciones si están a nuestro alcance y a mostrar una verdadera compasión con el necesitado, que es compartir su dolor y su angustia con palabras de consuelo y de esperanza.

Por otro lado sería un grave error pasar por alto las causas de esta crisis económica si queremos salir bien de la misma. Y éstas causas son, en primer lugar, de carácter ético o moral. No cabe duda que esta grave situación tiene su origen en la pérdida de valores morales, en la falta de honradez, en la codicia, que es raíz de todos los males, en la mentira, en el vivir por encima de nuestras posibilidades, en el despilfarro, en la corrupción y en la carencia de control de las estructuras financieras, potenciada por la economía globalizada. Todo ello ha provocado la situación actual, cuyas repercusiones llegan a diversos ámbitos de la vida social y afectan gravemente a los más débiles, con especial incidencia en los países en vías de desarrollo.

A todo ello subyace una crisis antropológica y espiritual. Hemos reducido el hombre a lo material, olvidando su alma y su espíritu; hemos idolatrizado el bienestar material, marginando el desarrollo integral de la persona. En último término hemos marginado a Dios del horizonte humano y social. Pero, como dijo el Papa Benedicto, “Dios es el garante del verdadero desarrollo del hombre” ¿Dónde, sino en el Amor verdaderamente infinito podrá encontrar su fuente y su alimento el “anhelo constitutivo de ser más” que mueve la vida humana? (Caritas in veritate, 29). Cuando el hombre se cierra a Dios y de su amor, su corazón se empequeñece y las personas acaban por convertirse a sí mismas en centros del mundo, sin otro referente que los propios intereses. La fe en Dios, por el contrario, libera el juicio de la razón y de la conciencia para distinguir rectamente el bien del mal y para arrostrar el sacrificio que comporta el compromiso con el bien y la justicia; y, por eso mismo, otorga a la vida el aliento y la fortaleza necesarios para superar los momentos difíciles y para contribuir desinteresadamente al bien común.

Necesitamos abrir nuestro corazón a Dios para descubrir la verdad sobre el hombre y tener la fuerza para acogerla y afrontarla. Os invito a todos a la conversión, es decir, a apartarse de los ídolos de la ambición egoísta y de la codicia que corrompen la vida de las personas y de los pueblos, y a acercarse a la libertad espiritual que permite querer el bien y la justicia, aun a costa de su aparente inutilidad material inmediata. No será posible salir bien y duraderamente de la crisis sin personas rectas, si no nos convertimos de corazón a Dios y a sus mandamientos.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Jornada de Apertura del Curso Pastoral

Queridos diocesanos:

Poco a poco se pone en marcha un nuevo curso, también en la vida de nuestra Iglesia diocesana, en sus servicios diocesanos, en sus comunidades parroquiales y religiosas, en sus movimientos, asociaciones y grupos. Al reemprender las tareas pastorales he convocado a todos cuantos formamos esta porción del Pueblo de Dios, que es nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón, a una Jornada diocesana de Apertura del Curso pastoral. Tendrá lugar, Dios mediante, el sábado 21 de septiembre en el Seminario Diocesano Mater Dei en Castellón. A ella os invito a todos los cristianos católicos.

Nuestra oración y nuestra reflexión en ese día se centrarán en la formación. Uno de los objetivos diocesanos para este curso es precisamente el cuidado de la formación de cuantos formamos la Iglesia diocesana y las comunidades parroquiales. Al hablar de formación nos referimos a la formación de que habla San Pablo en su carta a los Gálatas: “… hasta que Cristo se forme en vosotros” (Ga 4,19). Se trata de dejarnos conformar por y con Cristo, hasta llegar a la madurez de vida según la vocación bautismal de todos y la vocación específica -presbiteral, consagrada o laical- de cada uno, y según el ministerio y la tarea encomendada a cada uno en la Iglesia.

No podemos reducir la formación a su dimensión doctrinal, aunque ciertamente ésta es muy importante y la incluye, pues hemos de conocer a Jesucristo y su Evangelio en la tradición viva de la Iglesia; y hemos de saber darnos y dar razón de nuestra fe y de nuestra esperanza. Se trata, más bien, de una formación integral e integradora de las dimensiones espiritual, humana, comunitaria, pastoral, misionera y evangelizadora, que ha de cuidar todo cristiano. En una palabra: se trata de crecer como verdaderos creyentes discípulos y testigos del Señor al servicio de la misión de la Iglesia, que hoy toma la forma de la nueva evangelización. Sin cristianos de verdad no habrá comunidades vivas y evangelizadoras.

No olvidemos, sin embargo, que es el Señor quien construye su casa -la Iglesia- y hace de los bautizados ‘piedras vivas’ de ella mediante la acción eficaz de la gracia. De aquí que lo nuclear de la formación es la espiritualidad en la que ha de vivir el discípulo: en una palabra, lo nuclear es el encuentro con Cristo que implica una experiencia trinitaria y eclesial. Fundamental para el cultivo de esta espiritualidad es, pues, dejar que el Espíritu Santo actúe en cada uno, participar en la vida de fe de la Iglesia, en el Pan de la Palabra y de la Eucaristía, en la liturgia sacramental y no sacramental, cuidar la oración personal, comunitaria y familiar, la vida comunitaria misma, el testimonio de los pastores y de los religiosos y el encuentro con Jesucristo en los pobres.

Alguno podrá quizá pensar, con cierta dosis de cansancio y escepticismo, que se trata de una reunión más, ¿Porqué, pues, esta Jornada diocesana? Pensemos que un nuevo curso es, ante todo, un nuevo tiempo de gracia que Dios nos concede a todos para seguir caminando como Iglesia del Señor en la tarea de vivir y anunciar a Jesucristo y su Evangelio de Salvación. Antes de emprender las nuevas actividades es necesario, pues, orar juntos para escuchar la voz del Señor; y es igualmente oportuno reflexionar juntos sobre el camino que Él nos marca en las circunstancias actuales de nuestra Iglesia y de nuestra sociedad. Hasta ese día os saludo a todos.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

En el XXV Aniversario de la Coronación de la Virgen de la Cueva Santa

Queridos diocesanos:

Retomamos nuestra cita semanal y lo hacemos recordando la coronación canónica hace veinticinco años de la imagen de la Virgen de la Cueva Santa, Patrona de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón. Este domingo, festividad de la Natividad del Virgen María, celebraremos una Misa en acción de gracias por este acto de hondo calado para nuestros antepasados en la fe y para nosotros peregrinos en esta vida.

Porque ¿qué significa haber coronado a la Virgen de la Cueva Santa? Con este gesto proclamamos a la Virgen María como nuestra Reina. Y lo hacemos porque reconocemos en ella a la Madre del Rey mesiánico, Jesús, el Hijo de Dios, cuyo reino no tendrá fin (cfr. Lc 1, 33). A María la llamados Reina, porque, ella, la llena de gracia de Dios, fue unida íntimamente a Cristo y asociada a la obra redentora de su Hijo, y así nos lleva a la fuente de la Gracia (cfr. Jn 19, 26-27). Y, finalmente, a María la proclamamos Reina, porque ya participa plenamente de la gloria de su Hijo en cuerpo y alma: ella ha recibido ya la corona merecida (cfr. 2Tm 4,8), la corona de gloria que no se marchita. María se ha convertido así en esperanza nuestra (cfr. 1Pe 5, 4).

María es la Madre de Dios y también Madre nuestra, la Madre de la Iglesia y la Madre de todos los creyentes; ella es la buena Madre, que nos acompaña con su protección maternal a los creyentes de todos los tiempos en nuestro peregrinaje por los caminos de la historia. Generación tras generación, los creyentes experimentamos su protección maternal; por ello la invocamos con confianza, la llamamos bendita entre todas las mujeres y la proclamamos Reina. Pero no podemos separar a María de su Hijo. Su grandeza y realeza radican en ser la criatura elegida por Dios para ser Madre de su Unigénito, el Mesías y Rey: Ella nos da y nos lleva en todo momento a Cristo.

Al proclamar Reina a la Virgen de la Cueva Santa queremos que ella reine en nuestro corazón, en nuestras familias, en nuestras comunidades parroquiales, en nuestra Iglesia diocesana. Y ella nos invita a volver nuestra mirada a Dios, a su Hijo Jesucristo, el Redentor y Salvador de todos los hombres, el único que tiene palabras de vida eterna: él es nuestra Esperanza. Acudimos a María porque ella brilla en nuestro camino, como signo de consuelo y de esperanza. Todo su gozo está en darnos a Cristo, en llevarnos hasta Jesús. En el fondo no acudimos a María si no es para encontrar en Ella a Jesús y su salvación. Quien se acerca a María que nos da a Jesús, fruto bendito de su vientre, se acerca también al Salvador. Es preciso que cada uno de los cristianos demos un gran paso y por medio de Maria nos encontremos con Jesucristo, lo conozcamos, lo acojamos en nuestra vida, lo amemos, lo sigamos y demos testimonio de Él.

Como María, abramos de par en par nuestro corazón a Cristo. El, verdadero Dios y verdadero hombre, es el Señor del universo y de nuestra historia. El camino de la necesaria renovación de nuestra Iglesia, de nuestras comunidades, de nuestras familias y de cada uno de nosotros no puede ser otro que Cristo y nuestra conversión a Él y a su Evangelio. La Virgen de la Cueva Santa será de verdad Reina nuestra si como ella nuestro pensar, sentir y actuar es según Dios. Volvamos nuestra mirada a Aquella que nos entregó como regalo a su propio Hijo. A ella le decimos: Virgen de la Cueva Santa, guárdanos siempre en el camino de la fe.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Jornada de ayuno y oración por la paz en Siria

Queridos hermanos:

En los últimos días estamos viviendo con especial preocupación los acontecimientos bélicos en Siria, en Oriente Medio y también en otras partes del mundo, que superan los límites geográficos y afectan a toda la comunidad internacional. Ante tanto sufrimiento que provoca la guerra y la violencia, la Iglesia no puede permanecer en silencio, sino que debe alzar la voz en defensa de los más débiles e inocentes, y trabajar y orar por la paz. En este sentido, el Santo Padre Francisco ha lanzado un grito profético a toda la comunidad internacional: “¡Queremos un mundo de paz, queremos ser hombres y mujeres de paz, queremos que en nuestra sociedad, destrozada por divisiones y por conflictos, estalle la paz; nunca más la guerra! ¡Nunca más la guerra!”

El mismo Papa Francisco ha convocado en toda la Iglesia, el próximo 7 de septiembre, víspera de la Natividad de María, Reina de la Paz, una Jornada de oración y ayuno por la paz en Siria, en Oriente Medio y en el mundo entero, invitando a todas las personas de buena voluntad, sean cristianas o no, a adherirse a esta jornada. El mismo Papa celebrará una vigilia de oración en la plaza de San Pedro “en espíritu de penitencia para invocar de Dios este gran don para la amada nación Siria y para todas las situaciones de conflicto y de violencia en el mundo.”

Como Diócesis de Segorbe-Castellón nos uniremos a esta oración promovida por el Papa. Con el fin de facilitar la participación de nuestra Iglesia diocesana en esta iniciativa, ruego a los Sres. Curas párrocos y Rectores de Iglesias que exhorten a los fieles a vivir esta Jornada de ayuno y de oración, que, donde sea posible, organicen vigilias u otros actos de oración por la paz y que, en cualquier caso, tengan en cuenta esta intención en la celebración de las Misas del sábado 7 de septiembre e introduzcan en la oración de los fieles de todas las celebraciones litúrgicas de ese día una petición para implorar de Dios el don de la paz para la nación siria y para todas las situaciones de conflicto y de violencia en el mundo.

Con motivo de las Fiestas en honor de la Patrona de nuestra Diócesis y de Segorbe, la Virgen de la Cueva Santa, la tarde del 7 de septiembre, presidiré la tradicional ofrenda de flores; y, al día siguiente, 8 de septiembre, por la mañana presidiré en el Santuario de la Cueva Santa la Misa de acción de gracias en el 25º Aniversario de la Coronación Canónica de la imagen de la Virgen, y, por la tarde en la Catedral de Segorbe, la Santa Misa con motivo de la Fiestas patronales. En todos estos actos, pediremos a María, la Virgen de la Cueva Santa, que nos ayude a responder a la violencia y a la guerra, con la fuerza del diálogo, de la reconciliación y del amor. Que María, la Madre de todos y Reina de la Paz, nos ayude a todos a encontrar la paz, y, en especial, a superar este momento difícil y a empeñarnos a construir cada día y en todo ambiente una auténtica cultura del encuentro y de la paz.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

A vueltas con la clase de religión (y IV): De oferta obligatoria, opcional y evaluable, como en Europa

Queridos diocesanos:

Otro de los tópicos de quienes se oponen a la presencia de la asignatura de Religión en la escuela es la afirmación de que es algo anacrónico y una excepción en la Europa de hoy. ¿Es verdad esta afirmación? Pues no; se trata de una falacia más. Veamos. Salvo en Francia, -y no en toda ella, porque la Religión está presente en la escuela en Alsacia y Lorena- en toda Europa se enseña Religión en la escuela. En Suecia, Noruega y Dinamarca es obligatoria para los alumnos. En Alemania, la enseñanza religiosa es obligatoria para los alumnos según su confesión, aunque los padres pueden pedir la exención para que sus hijos reciban en su lugar una alternativa, que varía según los Länder. En Finlandia, la asignatura de religión es de obligada oferta para los centros, aunque de libre elección en los públicos y obligatoria en los colegios confesionales. Y la situación es similar en el Reino Unido, Austria, Holanda, Polonia, Bélgica, Portugal, Italia, Grecia, Luxemburgo, Ucrania, etc.

Como en la mayoría de estos países europeos, en el proyecto de la LOMCE, la Religión será de oferta obligatoria para los centros y optativa para los alumnos, que también tendrán una alternativa para los que no cursen Religión. Esto es lo que, de otra parte, exige el Acuerdo con la Santa Sede, que desarrolla el art. 27.3 de la Constitución en relación con la clase de Religión y moral católica. En Primaria, la alternativa a la Religión será ‘Valores Sociales y Cívicos’, y en Secundaria, ‘Valores Éticos’. En Bachillerato, por el contrario, los centros no tendrán que ofertar Religión, y, si lo hacen, los alumnos podrán elegirla entre más de 12 asignaturas, de las que tendrán que cursar un mínimo de dos y un máximo de tres; hay que decir que, en este punto, la LOMCE no se ajusta al Acuerdo con la Santa Sede, porque, entre otras cosas, no garantiza la oferta obligatoria de Religión.

Además, según este proyecto de Ley, la Religión tendrá el mismo tratamiento que el resto de las asignaturas del grupo de las ‘específicas’: como su alternativa, la Religión será evaluable y computará para el paso de curso y la nota media, aunque no computará para la evaluación final de etapa. La evaluación de los alumnos es propio de toda asignatura con estatuto y rigor académico como lo tiene la asignatura de religión, que cuenta con un currículo propio, y contenidos, objetivos y didáctica propios, fijados por la Iglesia católica para la religión y moral católica. Una asignatura que no se evalúa, se devalúa. En lo que se refiere a la asignatura de religión y moral católica, la LOMCE cumple con ello con el carácter de ‘asignatura equiparable a las fundamentales’, que ha de tener según el Acuerdo con la Santa Sede.

Alguno se preguntará: Y ¿por qué es la Iglesia católica quien fija los contenidos de la  asignatura de religión y moral y designa a sus profesores? La Religión no es una asignatura más, sino que tiene carácter confesional, para cumplir con el derecho de los padres a que “sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus convicciones” (art. 27.3 de la Constitución); este carácter confesional no merma en nada su rigor académico. Ahora bien, tanto la Ley Orgánica de Libertad Religiosa como una reciente sentencia del Tribunal de Estrasburgo reconocen que ningún Estado es competente para establecer qué se ajusta y qué no a un credo religioso y, por tanto, que depende sólo de las autoridades de la confesión religiosa en cuestión designar los contenidos de su fe y a las personas encargadas de transmitirla.

Con mi afecto y bendición.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón