La buena noticia del matrimonio y de la familia

Queridos diocesanos:

El Hijo de Dios, nacido en Belén, nos muestra el rostro amoroso de Dios y el verdadero rostro de ser humano: su verdad y dignidad, su origen y destino. Todas las dimensiones de la vida humana han sido iluminadas y sanadas por el Hijo de Dios. Él nos muestra también el verdadero sentido del matrimonio y de la familia.

El matrimonio es una comunidad de vida y de amor, basada en la donación recíproca, única e indisoluble de un hombre y una mujer. Este es el proyecto originario de Dios, obscurecido por nuestra ‘dureza de corazón’, y que Cristo ha restaurado en su esplendor originario, revelando lo que Dios ha querido ‘desde el principio’. Las raíces más hondas del matrimonio y de la familia se encuentran en Dios, en su amor creador del ser humano, y, por ello, en la misma naturaleza humana. “Los creó hombre y mujer y los bendijo diciendo: creced y multiplicaos, llenad la tierra” (Gn 1,27-28). En todo hombre y en toda mujer hay una llamada de Dios al amor y a la comunión interpersonal. El amor conyugal nace de la admiración mutua de un hombre y de una mujer ante la belleza y la bondad del otro e incluye una llamada a la comunión y a la transmisión de la vida. Es una llamada de Dios al amor esponsal que les lleva a la íntima entrega mutua para ser padre y madre responsables y amorosos. De la comunión del hombre y de la mujer en el matrimonio surge la familia.

Vivimos, sin embargo, tiempos poco favorables para el matrimonio, con un cambio sustancial en nuestra legislación que afecta gravemente a la familia. En nuestro Código Civil, el matrimonio ha dejado de ser la institución de un consorcio de vida en común entre un hombre y una mujer en orden a su mutuo perfeccionamiento y la procreación, y se ha convertido en la institución de convivencia afectiva entre dos personas; una unión que puede ser disuelta unilateralmente por una de ellas, con tal que hayan pasado tres meses desde la formalización del contrato matrimonial. Con la exclusión de toda referencia a la diferencia entre el varón y la mujer, se da vía libre a las uniones entre personas del mismo sexo. De este modo se han puesto las bases para la destrucción del matrimonio y de la familia, negándoles su valor insustituible para la acogida, la formación y desarrollo de la persona humana y para la vertebración básica de la sociedad.  Sus efectos son, entre otros, el debilitamiento del amor duradero entre los esposos, del amor materno y paterno, del amor filial, el notable aumento de hijos con graves perturbaciones de su personalidad y el desarrollo de un clima que termina con frecuencia en la violencia. Si el matrimonio y la familia entran en crisis, la sociedad misma comienza a estar enferma.

No cabe duda que esta situación va minando también la conciencia de muchos católicos. A veces se escucha que la Iglesia ha de ‘adaptarse’ a la sociedad, olvidando que la Iglesia no es dueña, sino servidora, y que no puede abandonar su fidelidad al Evangelio ni su fidelidad al ser humano según el plan de Dios. Se acepta como algo probado que la Iglesia se opone al presunto ‘progreso’ de la sociedad. Pero ¿son de verdad un progreso humano el ‘divorcio expres’, las uniones de hecho, el número creciente de familias rotas o el sufrimiento de los hijos que lo padecen?.

La Jornada de la Familia, el Domingo de la Sagrada Familia de Nazaret, nos invita a volver nuestra mirada a Dios para acoger, proclamar y vivir el Evangelio del matrimonio, de la familia y de la vida en la comunión en la fe y en la moral de nuestra Iglesia.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Navidad, misterio de Amor

Queridos diocesanos:

Navidad está a las puertas. Aunque no falten los intentos de silenciar y los peligros de olvidar su verdadero sentido cristiano, en Navidad resuenan con fuerza las palabras del evangelista Juan: “La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn, 1, 14). Esta frase muestra el contenido propio de la fiesta de la Navidad y el motivo de la  alegría navideña de los cristianos, que se ofrece a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Jesús, el Niño que nace en Belén, es la Palabra de Dios. La Palabra de Dios es Dios hecho hombre. El Niño nacido en Belén es el Dios encarnado. Dios y Hombre, la divinidad y la humanidad, unidas en una sola persona: el Niño-Dios nacido en Belén.

La Navidad es misterio de amor. Es el amor infinito de Dios Padre, que envía al mundo a su Hijo Unigénito para darnos su propia vida y su amor. Es el misterio del amor del “Dios con nosotros”, el Emmanuel: Dios entra en nuestra historia humana y viene a la tierra para entregarnos su vida y el amor de Dios. Con su venida se entablará una lucha angustiosa entre la luz y las tinieblas, entre la verdad y la mentira, entre la muerte y la vida, entre el odio y el amor; al final, por su muerte y resurrección, triunfarán la luz y la verdad, la vida y el amor. El Príncipe de la paz, nacido en Belén, dará su vida para que en la tierra reine el amor.

Jesús, la Palabra de Dios hecha carne y nacido en Belén, nos invita con fuerza a entrar en una vida nueva; es la vida que Él mismo nos ofrece en abundancia. El hombre moderno dice que no necesita de Dios; la época presente se empecina en vivir de espaldas a Dios. Pero el hombre, pese a todos los cambios y progresos, permanece siempre el mismo; aunque se resista algún tiempo a ello, al final se hace siempre las mismas preguntas sobre sí mismo, su origen y su destino; sufre porque le falta amor; necesita amar y ser amado, porque el ser humano existe por el amor y para el amor; todo hombre y toda mujer buscan seguridad y reclaman consuelo en su desvalimiento, en su sufrimiento y en su soledad; buscan y necesitan la felicidad que otorga el ser amados siempre y para siempre. Cuando pasa el frenesí del momento, todo ser humano se da cuenta de que es frágil y limitado, que nada creado le puede colmar el deseo de infinitud que lleva dentro de sí, que está necesitado del amor de Dios, de la salvación de Dios y de Dios mismo.

En Navidad, Dios sale nuestro a nuestro encuentro porque nos ama sin condiciones. Es preciso salir en su búsqueda, como los magos del Oriente; lo encontraremos en el “niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre”. Todas las preguntas del hombre antiguo, moderno o posmoderno, tienen en Jesucristo su respuesta, porque Él es la palabra definitiva de Dios. Jesús es y nos trae la buena Noticia. Como nos dice san León Magno, “alegrémonos, hoy ha nacido nuestro Salvador. No puede haber lugar para la tristeza cuando acaba de nacer la vida”. Esta invitación a vivir la alegría es un ofrecimiento y una llamada para todos.

Alegrémonos: el Amor que sana y salva ha venido en Jesús al mundo; algo ha cambiado definitivamente desde entonces. Y algo puede y debe cambiar en nuestra vida, si contemplamos, adoramos y acogemos al Niño-Dios, nacido en Belén.

Os deseo a todos una feliz y santa Navidad.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Prepararse para la Navidad

Queridos diocesanos:

El Adviento es un tiempo hermoso de preparación para celebrar cristianamente la Navidad. En la Navidad conmemoramos la ‘primera’ venida en la historia de Jesús, el Hijo de Dios en Belén; Él es el Mesías y Salvador. Por otra parte, en Adviento dirigimos nuestra atención hacía la ‘segunda’ venida de Jesucristo al final de los tiempos. Nuestra vida cristiana adquiere sentido a partir de estos dos momentos históricos: la Encarnación de Cristo, que nos salva, y la Parusía, su venida al final de los tiempos, que llevará su obra a total cumplimiento. El cristiano vigila y espera siempre la venida del Señor para dejarse encontrar por Él.

Nos preparamos a la Navidad sabiendo que el Señor y su Salvación están ya presentes en su Iglesia y con la esperanza confiada de su venida definitiva. Ello ha de despertar en nosotros los cristianos actitudes de fe y vigilancia, de hambre o de pobreza espiritual y de misión o presencia en el mundo. Si nos dejamos encontrar personalmente con Cristo, su Salvación llegará a tantas situaciones todavía necesitadas de ella.

El Señor está presente y sale a nuestro encuentro en su Iglesia, el Cuerpo de Cristo, en su Palabra, en los Sacramentos, especialmente en la Eucaristía y en la Penitencia, en el testimonio de muchos bautizados, en el prójimo, sobre todo, en el pobre, en el enfermo, en el hambriento y en el sediento, en el que está en la cárcel o vive en soledad; el Señor está presente y sale a nuestro encuentro en los acontecimientos de la vida. Reavivar nuestra fe equivale estar vigilantes para acoger al Señor presente entre nosotros. La vigilancia es defensa y lucha ante el mal que nos acecha; y es también espera confiada y gozosa de Dios, que nos ama a cada uno, que nos da vida, nos salva y nos libera del pecado y del mal. En Adviento, El Señor pasa por nuestras vidas y quiere que nos dejemos encontrar por Él.

Como nos dice el Papa Francisco en su Exhortación Apostólica La alegría del Evangelio:  “En Jesucristo siempre nace y renace la alegría”; es la alegría de sentirse amados siempre y para siempre por Dios. Quienes se dejan encontrar y “salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento”, que brotan del corazón cómodo y avaro, del corazón cerrado en sus propios intereses, del corazón que no deja espacio para los demás ni para Dios (nn. 1-2).

Adviento es por ello tiempo de conversión, tiempo de salir de sí mismos para volver nuestra mirada y nuestro corazón a Dios y a los pobres, tiempo para recuperar la alegría de creer y de sentirse amados por Dios. Pero ¿cómo podremos buscar al Señor si no reconocemos que tenemos necesidad de Él? Nadie deseará ser liberado si no se siente oprimido. Seamos humildes y pobres en el espíritu; esta pobreza es la actitud de sentirse necesitado de Aquél que es más fuerte que nosotros; es nuestra disposición para acoger todas y cada una de sus iniciativas.

El hombre de hoy busca ansiosamente la felicidad, la paz, la justicia y el amor. La secularización y el progreso técnico le tientan a vivir cerrado a Dios y buscar la felicidad fuera de Jesucristo. Pero cada vez se siente más lejos de la felicidad anhelada. Es en Jesucristo donde el hombre descubre su verdadera imagen, su verdadero destino y su pertenencia a un mundo nuevo que ha comenzado a edificarse en el presente. Cristo ha venido y viene para todos. Dejémonos encontrar por el Señor que viene.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

La Inmaculada, signo de esperanza

Queridos diocesanos:

Un año más nos disponemos a celebrar la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la santísima Virgen María, particularmente querida en nuestro pueblo cristiano. En la Madre de Jesús, primicia de la humanidad redimida, Dios obra maravillas, colmándola de gracia y preservándola de toda mancha de pecado.

En Nazaret, el ángel llama a María “llena de gracia”: estas palabras encierran su singular destino, pero también, en sentido más general, el de todo hombre y mujer. La “plenitud de gracia”, que para María es el punto de partida, es la meta para todos los hombres. Como afirma el apóstol Pablo, Dios nos ha creado “para que seamos santos e inmaculados ante él” (Ef 1, 4). Por eso, nos ha “bendecido” antes de nuestra existencia terrena y ha enviado a su Hijo al mundo para rescatarnos del pecado. María es la obra cumbre de esa acción salvífica; es la criatura ‘toda hermosa’, ‘toda santa’.

A todos, independientemente de sus circunstancias, la Inmaculada nos recuerda que Dios nos ama de modo personal, que Dios quiere únicamente nuestro bien y nos sigue constantemente con un designio de gracia y misericordia, que alcanzó su culmen en el sacrificio redentor de Cristo.

La vida de María nos remite a Jesucristo, único Mediador de la salvación, y nos ayuda a ver nuestra propia existencia como un proyecto de amor, en el que es preciso cooperar con responsabilidad. María es modelo de la llamada y también de la respuesta. En efecto, ella dijo ‘sí’ a Dios al comienzo y en cada momento sucesivo de su vida, siguiendo siempre y plenamente su voluntad, incluso cuando le resultaba oscura y difícil de aceptar. María responde al amor de Dios hacia ella con su fe confiada y su entrega total a Dios. “He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según palabra” (Lc 1,38).

María vive toda su existencia desde la verdad de su persona, que ella descubre sólo en Dios y en su amor. La Virgen es consciente de que ella es nada sin el amor de Dios, y que la vida humana sin Dios solo produce vacío en la existencia. Ella sabe que la raíz de su existencia no está en sí misma, sino en Dios; ella sabe que está hecha para acoger el amor y para darse por amor. Por ello vivirá siempre en Dios y para Dios. En María, Dios dice Sí a la humanidad, y ella dijo Sí a Dios. María, aceptando su pequeñez, se llena de Dios, y se convierte así en madre de la libertad y de la dicha. Por su fe, María es modelo de fe para todos. Dichosa por haber creído, María nos muestra que la fe y la vida en Dios es nuestra dicha y nuestra victoria, porque “todo es posible al que cree” (Mc 9, 23).

En María la misma humanidad comienza a decir sí a la salvación que Dios le ofrece con la llegada del Mesías. La Purísima es así Buena Noticia para la humanidad. En ella. Dios, dador de amor y de vida, irrumpe en la historia humana. Dios no deja a la humanidad aislada y en el temor. Dios busca al hombre y le ofrece vida y salvación. Dios nos ama de modo personal, Él quiere sólo nuestro bien y nos busca con su designio de gracia y misericordia.

En un mundo con miedo y sin esperanza ante el futuro, la Inmaculada es signo de esperanza. En un contexto social que invita a prescindir de Dios en la vida, María Inmaculada nos llama a abrir nuestro corazón al misterio de Dios y a acogerlo con fe. Solo en Dios y en su amor está la verdad del hombre. Sólo en Dios lograremos desarrollar lo mejor que hay en nosotros.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

En Adviento, avivemos la Esperanza

Queridos diocesanos:

Este domingo comenzamos el Adviento. El Adviento es el tiempo fuerte o especial que la Iglesia nos ofrece para prepararnos a la celebración del nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios, en la Navidad, y a su venida al final de los tiempos. Toda la vida de un cristiano debería ser como un adviento continuado; un tiempo de acogida permanente del Señor que viene a nosotros, a nuestras vidas y a nuestra historia.

En nuestro mundo y también en nuestra Iglesia hay signos de obscurecimiento de la verdadera esperanza. El hombre actual está de vuelta de muchas grandes ilusiones y tiene miedo al futuro. Aumentan el invidualismo y el egoismo que conducen a una crisis del ‘nosotros’ y a la pérdida de solidaridad; existe una falta de confianza en el futuro  que se muestra en la crisis de la acogida de la vida humana o la difusión del esoterismo. Ahí están también las nuevas pobrezas y la crisis de la familia, fundada en el matrimonio. Es cierto que no faltan signos de un despertar religioso, pero es preocupante el desalojo de Dios de la vida de muchos, o la ‘silenciosa y tranquila apostasía de las masas’ de la fe cristiana y de la práctica eclesial. Avanza una cultura ‘de tejas abajo’, cerrada a Dios, y una cultura del disfrute de lo inmediato y de lo efímero en la búsqueda de la felicidad posible.

También entre cristianos hay una crisis de la esperanza y una creciente indiferencia respecto de la vida eterna que es la que hace a la existencia mundana realmente digna de ser vivida. La vida eterna, en la que profesamos creer en el Credo, es la plena unión con Dios mismo; Dios mismo en persona y su visión perfecta, que iluminará nuestro deseo de conocer, son el premio y el término de nuestras fatigas. Asimismo, la vida eterna dará una perfecta satisfacción a nuestro deseo de felicidad, que ninguna cosa ni persona creada pueden colmar.

El Adviento, a la vez que nos prepara a la celebración de la Navidad, la primera venida del Hijo de Dios, dirige nuestra atención hacia la vida eterna y hacia la espera de la segunda venida de Cristo al final de los tiempos, cuando llevará a plenitud su obra de salvación. Él y su Reino están presentes ya entre nosotros y vienen a nosotros en su Palabra y en sus Sacramentos, en los hombres y en los acontecimientos de cada día.

Jesucristo es el sí definitivo de Dios al ser humano y la esperanza más profunda de los hombres. En Cristo, Dios ha llevado a la humanidad a su única y verdadera plenitud. Por su venida en la humildad de nuestra carne, el Señor realizó el plan de salvación de Dios. En Él, Dios ha restablecido de un modo único y definitivo la comunión con toda la humanidad y con toda la creación. En Él, la humanidad y el cosmos encuentran su sentido y realización últimos; y son purificados y liberados para siempre de la muerte física, social, ética, espiritual y cósmica. Cristo nos guía a la plenitud de la verdad y de la vida, y nos emplaza a ser fieles ‘hasta que El vuelva’.

El Adviento es tiempo para reavivar la esperanza teologal. Es la esperanza que arraiga en el amor incondicional de Dios, que huye de los optimismos frívolos, que lleva al compromiso y tiende hacia la plenitud al final del tiempo personal y al final de los tiempos. El cristiano ha de vivir su existencia desde la esperanza de la venida en el presente y en el futuro del Señor Jesús, con una fe viva, hecha obras de amor, con verdadera sed de Dios y con una presencia misionera en el mundo.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fray Luis Amigó y Ferrer, Obispo de Segorbe

Queridos diocesanos:

En este año de 2013 conmemoramos los cien años de la llegada a la Diócesis de Segorbe, de mi venerable predecesor, fray Luis Amigó y Ferrer (Masamagrell [Valencia]1854-1934). Perteneciente a la orden capuchina. Fray Luis había fundado los Institutos de Terciarios Capuchinos y Terciarias Capuchinas para la atención de la infancia y juventud marginada. Siendo Obispo de Solsona, el Papa le trasladó a la de Segorbe, de la que fue Obispo desde el 18 de julio de 1913 hasta el año 1934, en que falleció en Masamagrell.

Su episcopado se caracterizó por una fuerte implicación social y una viva preocupación por la atención a los más necesitados, por la organización y atención de las parroquias, la promoción de movimientos juveniles y la difusión de la doctrina a través de cartas pastorales y obras impresas. Fray Luis tenía una profunda devoción a la Eucaristía y a María Santísima. Es de destacar también su gran inquietud por la conservación de los bienes culturales de la Iglesia, creando el ansiado Museo Diocesano en el Palacio Episcopal, precedente del actual Museo Catedralicio de Segorbe; con ello quería favorecer la seguridad, conservación y muestra del patrimonio artístico de la Iglesia, maltratado a lo largo de todo el siglo XIX, tras continuas guerras, expolios, conflictos y desamortizaciones. Su condición de conventual hizo que Fray Luis cuidara de modo particular la presencia de comunidades religiosas en la Diócesis.

 Al Obispo Amigó le tocó, sin embargo, vivir en una España difícil, de incipiente laicismo e indiferencia religiosa así como de ligereza en la práctica cristiana. Reinaba un ambiente de conflictividad, como queda reflejado en sus escritos. Sus pastorales muestran su preocupación por la información y la imagen de la Iglesia en los medios impresos, por la conservación del patrimonio eclesiástico y por la enseñanza de la doctrina cristiana. Famosa fue su Pastoral Acatamiento y colaboración con las autoridades de la República, donde denunció la persecución de la Iglesia tras el ataque a los templos en mayo de 1931, a la vez que mostró el papel conciliador de los hijos de Dios:“No neguemos nuestro concurso a las autoridades que lo deseen, para que nuestra España siga por el camino de la paz y orden, y respeto comenzados”. Ante la precariedad del mantenimiento del Culto y del clero por la supresión de las partidas respectivas en el presupuesto del Estado, sus palabras siempre fueron esperanzadas, buscando la colaboración de todos los fieles en el mantenimiento de la Iglesia ante la nueva situación. Sin embargo, Fray Luis veía en la buena catequesis e instrucción cristiana del pueblo fiel el mejor apostolado en aquellos tiempos difíciles.

Como religioso, prelado y fundador de dos Congregaciones, Monseñor Amigó fue una de las personalidades más prestigiosas en el ámbito de la espiritualidad hispana de la primera mitad del pasado siglo. Que esta efeméride sirva para recordar y difundir la persona y los valores del Obispo Amigó, ejemplo y testimonio de buen cristiano y obispo, de fe eucarística y devoción mariana, de preocupación pastoral y social en momentos de especial dificultad, siempre bajo el amor misericordioso de Dios y a la sombra de la cruz de Cristo crucificado. Que la fe en Cristo y la impronta de su caridad en nuestros corazones nos acerquen a las ‘periferias existenciales’ y a los marginados y abandonados por la sociedad, como reflejo del amor y de la misericordia de Dios.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Clausura del Año de la Fe

Queridos diocesanos:

El Año de la Fe, convocado por el Papa emérito Benedicto XVI e inaugurado por él mismo el 11 de octubre del pasado año, será clausurado por su sucesor, el papa Francisco, el próximo Domingo, 24 de noviembre, Festividad de Jesucristo, Rey del Universo. En nuestra Diócesis celebraremos la clausura la víspera, la mañana del sábado 23 de noviembre, con una solemne celebración Eucarística en la Santa Iglesia Concatedral de la Diócesis en Castellón; estará precedida con concentraciones y celebraciones en torno a la fe en cuatro iglesias cercanas, desde las que peregrinaremos en procesión a la Concatedral haciendo profesión pública de nuestra fe. Os invito de corazón a todos a esta celebración diocesana para mostrar con humildad la belleza de nuestra fe y compartir la alegría de creer.

Con estos actos, deseamos, ante todo, dar sentidas gracias a Dios por los abundantes dones que de Él hemos recibido durante este tiempo de verdadera gracia: ha sido un año en que, con la ayuda de Dios, hemos abierto un poco más nuestro corazón a Dios, y se ha avivado y fortalecido nuestra fe personal y comunitaria; un año en que hemos profesado repetidamente nuestra fe, recitando más conscientemente el Credo; un tiempo en que muchos hemos podido profundizar en el conocimiento de los contenidos fundamentales de nuestra fe, en que hemos celebrado en las comunidades y en la Diócesis el tesoro inmenso de la fe recibida; un año en que, con la ayuda de la gracia, hemos intentado vivir más fiel y radicalmente la fe y vivirla en la caridad y en la existencia diaria.

Gracias queremos dar a Dios por el don de los 522 mártires del siglo XX en España, beatificados en Tarragona, en especial por los siete naturales del actual territorio de nuestra Diócesis. Como os decía en una carta anterior, nuestros mártires son “testigos de la fe y del perdón”. A nadie debería molestar que demos gracias a Dios por estos testigos de la fe. Tampoco podemos avergonzarnos de hacerlo. El mismo Benedicto XVI, en su carta Porta fidei, nos invitaba a recorrer la historia de nuestra fe, entremezclada del misterio de la santidad y del pecado. Si la constatación del pecado ha de llevarnos a la conversión y a la reconciliación con Dios y los hermanos, esto no impide que recordemos que “por la fe, los mártires entregaron su vida como testimonio de la verdad del Evangelio, que los había trasformado y hecho capaces de llegar hasta el mayor don del amor con el perdón de sus perseguidores” (n. 13).

Concluido el Año de la fe permanece la necesidad de mantenerla viva, de profesarla y conocerla, de celebrarla y vivirla para ser testigos de Jesucristo y de su Evangelio. Jesús nos llama a ser sus discípulos y misioneros. Lo que hemos recibido gratis, gratis lo hemos de ofrecer a todos. Nuestra Iglesia diocesana, todos cuantos la integramos, fieles y comunidades, deberíamos sentirnos misioneros. El Papa Francisco nos urge a salir a las “periferias existenciales”. Son todas aquellas realidades a las que no ha llegado la Buena Noticia del Amor de Dios revelado y realizado en su Hijo Jesucristo, que cura y sana, que perdona y reconcilia, que da aliento y esperanza en el camino hacia la vida eterna, que da la fuerza para que hombres y mujeres se dejen transformar por el amor y la misericordia de Dios. Y estas periferias no están lejos; están a nuestro lado, a nuestra puerta. Y esperan que se les anuncie y ofrezca a Cristo.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Nuestra Iglesia: Con todos y al servicio de todos

Queridos diocesanos:

El domingo, 17 de noviembre celebramos el día de la Iglesia Diocesana. Esta Jornada quiere ayudarnos a todos los católicos a tomar conciencia de nuestra pertenencia a una Iglesia diocesana, en nuestro caso a la Diócesis de Segorbe-Castellón.

Con frecuencia me encuentro con cristianos católicos que desconocen qué es la Iglesia diocesana, o con católicos que tienen una imagen distorsionada de la misma. Se piensa que es un conjunto de organismos o servicios, o un territorio concreto; en cualquier caso, para muchos se trata de algo ajeno y lejano a ellos. Y, sin embargo, nuestra Diócesis es todo lo contrario.

La Iglesia diocesana la formamos todos los católicos que vivimos en el territorio diocesano: el Obispo, los sacerdotes, los diáconos, las religiosas y los religiosos y todos aquellos católicos, creyentes en Jesucristo, Hijo de Dios. En ella se hace presente la única Iglesia de Cristo, se comunica la vida divina al hombre y experimentamos en nuestras vidas el misterio del amor insondable que es Jesucristo, muerto y resucitado por nosotros. En esta Iglesia nacemos a la fe, conocemos y nos encontramos con Jesucristo, proclamamos y acogemos la Palabra de Dios y la celebramos con alegría en la liturgia; en ella vivimos la caridad con el prójimo, en especial con los más necesitados de pan, de cultura y de Dios. En ella actúa el amor de Dios como fermento y alma de la sociedad para que, descubriendo la verdad más profunda del ser humano, todo se vaya transformando  y humanizando según Dios. Desde ella hemos de salir del propio ambiente para llevar el Evangelio a todos, especialmente a aquellos que aún no han tenido la oportunidad de conocer a Cristo o que, conociéndolo, se han alejado de Él y de la comunidad eclesial.

Nuestra Iglesia diocesana es una porción del Pueblo de Dios, extendido por todo el mundo; somos -y estamos llamados a ser- una verdadera comunidad, una gran familia: la gran familia de los creyentes en Cristo y de los hijos de Dios, en la que todos hemos de sentirnos como en nuestra propia casa. Al igual que ocurre en nuestra familia humana, ningún cristiano católico puede considerarse ajeno a la gran familia de la Iglesia diocesana: es nuestra iglesia, la iglesia de todos. La Diócesis es nuestra familia y como tal la debemos amar, conocer, vivir y ayudar. Todos estamos llamados a vivir en una relación viva, participativa y real con la vida y misión de nuestra Diócesis; los responsables de las comunidades parroquiales y otras comunidades cristianas están llamados a favorecer la relación de su respectiva parroquia o comunidad y de quienes la integran con el Obispo y la iglesia diocesana.

Y, así como el amor de Dios Padre y la obra salvadora de su Hijo, Jesús, están destinados a todos, del mismo modo la Iglesia está con todos y al servicio de todos, especialmente de los más pobres y necesitados, de los cercanos y alejados, de los nativos y de los inmigrantes. Colaborar con nuestra Iglesia Diocesana es colaborar con el bien propio, con el de nuestra familia, con el de nuestros jóvenes y mayores, con el de los más necesitados en estos momentos de crisis, con el de una sociedad en la que vaya creciendo cada día la civilización del amor fraterno y solidario, donde el amor misericordioso de Dios se haga presente. Hemos de redoblar nuestra generosidad para que no nos falten los medios para que el amor de Dios llegue a todos.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

El Año de la fe toca a su fin

Queridos diocesanos:

Dentro de tres semanas clausuraremos el Año de la Fe que Benedicto XVI inauguraba el 11 de octubre del pasado año. Nuestra Iglesia lo ha vivido de manera muy intensa. Ha sido sin duda un Año de Gracia en el que hemos tenido la oportunidad de volver nuestra mirada a Dios, de renovar nuestra fe y nuestra vida cristiana, de experimentar una sincera y autentica conversión a Dios y a Jesucristo, de descubrir que sólo Cristo es capaz de colmar el vacío que produce vivir alejados de Dios. La increencia e indiferencia religiosa, el relativismo, el agnosticismo y el nihilismo han provocado en nuestro tiempo un tremendo vacío existencial. Pero, como dijo Benedicto XVI, “a partir de la experiencia de este desierto, de este vacío, es como podemos descubrir nuevamente la alegría de creer, su importancia vital para nosotros, hombres y mujeres. En el desierto se vuelve a descubrir el valor de lo que es esencial para vivir”.

Durante este Año de la Fe hemos podido palpar una vez más en nuestras parroquias y comunidades eclesiales así como en nuestros movimientos eclesiales signos de la sed de Dios y del sentido último de la vida que, aunque a veces sea de una forma velada o implícita, se esconde en el corazón de todo hombre, especialmente de los jóvenes: sed de verdad, sed de belleza, sed de amor, sed de felicidad. La respuesta del Señor no es otra sino una fe total en Él y su seguimiento. Antes de nada es necesario abrirse a Dios, a su gracia y a su amor, que nos transforma y renueva, que nos llama a la conversión y a una vida nueva y renovada. Para seguir a Cristo Jesús es necesario creer en Él, fiarse de Él y confiar plenamente en Él. La fe es esa puerta (cf. Hch 14, 27), que nos introduce en la vida eterna, en la felicidad, en la vida de comunión con Dios; a la vez que nos permite la entrada en su Iglesia. Y esta puerta está siempre abierta.

Hemos de dejarnos amar y abrazar por el Señor que sale diariamente a nuestro encuentro en su Palabra y en sus Sacramentos, en cada persona y en cada acontecimiento. En esto consiste precisamente la fe cristiana: en el encuentro personal con Jesucristo, el Hijo de Dios vivo y presente en medio de nosotros, en el seno de la comunidad de los creyentes. Cristo es el centro de nuestra fe, que es, ante todo, la adhesión plena de mente y de corazón a Cristo y a su Evangelio; una adhesión gozosa y total que cambia y orienta la vida, que mueve al seguimiento radical de Cristo, dejando falsas seguridades. Así lo decía el Papa Francisco: “Quien ama al Señor Jesús, acoge en sí a Él y al Padre, y gracias al Espíritu Santo acoge en su corazón y en su propia vida el Evangelio. Aquí se indica el centro del que todo debe iniciar, y al que todo debe conducir: amar a Dios, ser discípulos de Cristo viviendo el Evangelio”. De esta forma los cristianos nos convertiremos en la “sal de la tierra y luz del mundo” (Mt 5,13-16) que, en medio del vacío y del desierto, indicarán el camino hacia la Tierra prometida y mantendrán viva la esperanza. Hoy más que nunca evangelizar en nuestro mundo significa dar testimonio de una vida nueva, trasformada por Dios, y así indicar el camino.

Pidamos a nuestra Madre, la Virgen María, que nos enseñe a abrir nuestra mente y nuestro corazón al Señor. Él nos quiere enseñar nuevamente el ‘arte de vivir’, que se surge de una intensa relación con Él, para redescubrir todos los días de nuestra vida la alegría de creer y volver así a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Aunar esfuerzos en la educación cristiana

Queridos diocesanos:

Hace unos semanas inaugurábamos el curso escolar para los colegios diocesanos con una Santa Misa en la Catedral de Segorbe. Nuestro deseo es que los cuatros colegios, cuyo titular es la diócesis, ofrezcan a los alumnos una educación que les ayude al pleno desarrollo su personalidad y de su ser cristianos, así como que trabajen acordes y concordes con los padres y las parroquias.

Como todos los colegios, también nuestros colegios diocesanos están influenciados por los cambios de la sociedad y de la cultura, por los problemas de la familia, por los continuos cambios del sistema educativo  y por las dificultades propias de la acción educativa, que hoy toma la forma de ’emergencia educativa’. Como dijo Benedicto XVI, cada vez es más ardua la tarea de la educación en general y de la educación cristiana en particular. Cada vez es más arduo “transmitir a las nuevas generaciones los valores fundamentales de la existencia y de un correcto comportamiento”. Ésta es la difícil tarea no sólo de los padres, que ven reducida cada vez más la capacidad de influir en el proceso educativo de sus hijos, sino también del resto de agentes de la educación, comenzando por la escuela.

El objetivo de la educación no es simplemente enseñar cosas útiles, destrezas o habilidades, ni meramente transmitir una serie de conocimientos para ser más competitivos o alcanzar un título que garantice un puesto de trabajo lucrativo. Educar es ayudar a cada educando al pleno desarrollo de su propia personalidad en todas sus dimensiones: físicas, intelectuales, volitivas, afectivas y espirituales. Se trata de ayudar al educando a crecer en libertad y responsabilidad, a aprender a vivir en la verdad y en el bien, con amor, esperanza y perseverancia. Por eso, la educación ayuda al educando a conocerse, a poseerse, a hacerse cargo de lo que es la propia vida en el mundo para ser capaz de desarrollarla lo mejor posible, hacia adentro y hacia afuera, en la sinceridad de la propia conciencia y en el complejo entramado de relaciones interpersonales en que vivimos. Para un cristiano, todo ello ha de hacerse desde la dimensión trascendente de la persona, desde su apertura a Dios, nuestro Padre y Creador.

Por ello, si toda buena educación sólo termina cuando el educando consigue tener ante sí un ideal y un referente concreto de vida, para los cristianos este referente imprescindible es Jesucristo. Él es nuestro ideal absoluto, hombre perfecto y Dios verdadero para nosotros, en quien nos descubrimos en nuestro origen, en nuestra vocación y en nuestro destino. Por ello no hay verdadera educación si los padres católicos, con la ayuda de la escuela, de la parroquia y otros educadores, no son capaces de llevar a sus hijos al descubrimiento, la elección y la estima de Jesucristo como modelo y norma viviente de su pensamiento, de sus deseos y de sus acciones. Jesucristo es la columna vertebral de la educación de todo cristiano.

Todo lo que favorezca el crecimiento en la fe y la vida cristiana de niños y adolescentes, será beneficioso para su educación integral, es decir para el pleno desarrollo de su personalidad. En la educación, padres, escuela y parroquia no pueden ir por separado y menos aún ser contrapuestos, sino que han de caminar acordes y concordes, bien conjuntados y coordinados.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón