Homilía en la fiesta de la Presentación del Señor. Jornada de la Vida Consagrada

Iglesia parroquial de La Sagrada Familia de Castellón, 2 de febrero de 2020

(Ml 3,1-4; Sal 23; Hb 2,14-18; Lc 2,22-40)

Hermanas y hermanos, muy amados todos en nuestro Señor!

  1. Os saludo a todos en la Fiesta de la Presentación del Señor. De modo especial os saludo a vosotros, queridos consagrados y consagradas, en la Jornada Mundial de la Vida Consagrada. Nuestra Iglesia diocesana de Segorbe-Castellón, unida a la Iglesia universal, da gracias y ora hoy a Dios por todos vosotros y por la diversidad de carismas de vuestros institutos: sois verdaderos dones del Espíritu Santo con los que Dios enriquece a nuestra Iglesia. Con vosotros oramos hoy al Señor para que nos siga enriqueciendo con nuevas vocaciones y carismas, y para que con la fuerza del Espíritu os mantengáis fieles a vuestra consagración siguiendo al Señor obediente, virgen y pobre al servicio siempre de la Iglesia y de la humanidad.

Hoy me voy a fijar hoy en tres palabras que resumen la Palabra proclamada: encuentro, consagración y esperanza.

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Homilía de monseñor López Llorente en la ordenación de los ocho nuevos diáconos permanentes

S.I. Concatedral de Sta. María de Castellón, 1 de febrero de 2020

(Jer 1,-9; Sal 88; Hech 6,1-7b; Lc 22,14-20.24-30) 

Hermanas y hermanos, muy amados todos en el Señor!

Acción de gracias a Dios

  1. “Cantaré eternamente las misericordias del Señor” (Sal 88). Con estas palabras del salmista cantamos hoy una vez más las misericordias del Señor. Porque, queridos candidatos, Francisco, Alejandro, Vicente, Daniel Orlando, Guillem, Julio, Carlos y Manuel, vuestra vocación y ordenación al diaconado permanente es una muestra más de la misericordia divina para con cada uno de vosotros, para con vuestras familias y comunidades y, sobre todo, para con nuestra Iglesia diocesana.

Casi treinta años después nuestra diócesis acoge de nuevo la ordenación de diáconos permanentes. No nos mueve el deseo de tener personas para tareas pastorales que ya no pudieran atender los sacerdotes ante su progresiva escasez. Nos mueve la voluntad de acoger con gratitud las vocaciones que el Señor nos envía al diaconado permanente. Porque a la luz del Concilio Vaticano II, el ministerio apostólico, “instituido por Dios, se ejerce por diversos órdenes que ya desde antiguo recibían los nombres de obispos, presbíteros y diáconos” (LG, n. 28). Por el diaconado, como “grado propio y permanente del sacramento  del orden, se posibilita ofrecer algunas “funciones tan necesarias para la vida de la Iglesia” (LG, n. 29). Y “es justo que los hombres que desempeñan un ministerio diaconal,…, sean fortalecidos por la imposición de las manos trasmitida desde los Apóstoles y se unan más estrechamente al altar, para que cumplan con mayor eficacia su ministerio por la gracia sacramental del diaconado” (AG 16). Por tanto, vuestra vocación y ordenación diaconal son dones de Dios que enriquecen al Pueblo santo de Dios y nos recuerda que nuestra Iglesia es y está llamada a ser diaconal, servidora de Cristo y de los hombres. Por todo ello cantamos las misericordias del Señor y le damos gracias.

Contar con diáconos permanentes no nos exime de la tarea urgente de promover entre nuestros niños y jóvenes las vocaciones al presbiterado. Muy al contrario. Esta celebración nos llama a orar con más insistencia al Señor para que nos envíe nuevas vocaciones al presbiterado y a trabajar con mayor entrega en esta pastoral vocacional específica. Porque los sacerdotes son imprescindibles para que siga existiendo nuestra Iglesia. Sin sacerdotes no hay Eucaristía, y sin Eucaristía no hay Iglesia, y dejaría de tener sentido el mismo diaconado. Sin sacerdotes no habrá pastores y guías de las comunidades cristianas, en nombre de Jesús, el buen Pastor.

A la luz de la Palabra de Dios que hemos proclamado, fijémonos ahora en estas tres palabras: elección, consagración y servicio.

Elegidos y llamados por Dios

  1. “Antes de formarte en el vientre, te escogí” (Jer 1, 4-5). Jeremías es elegido para ser profeta por pura gracia de Dios: no por mérito alguno suyo, no por un deseo personal de autorealización, sino por puro don y gracia de Dios. Es la elección de Dios, es su llamada y es su fuerza las que hacen de Jeremías profeta del Señor. También Jesús les dijo a sus apóstoles: “No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os ha elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto dure” (Jn 15, 16). Y así mismo los primeros siete diáconos fueron elegidos por indicación de los Apóstoles: “… escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y sabiduría, y los encargaremos de esta tarea” (Hech 6, 3).

Vosotros también, queridos candidatos, habéis sido elegidos y llamados por Dios al diaconado para servir a su Iglesia; no por vuestros méritos, sino por pura gracia suya. Vosotros habéis escuchado la llamada certera del Señor a su seguimiento en este grado del sacramento del orden, cada uno en un momento concreto de su historia personal. Después del discernimiento eclesial y la formación apropiada, hoy se verifica vuestra vocación por la llamada de la Iglesia, como ocurrió con los primeros diáconos y hemos hecho hace un momento.

Jeremías se sintió indigno e incapaz para la misión que Dios le encomendaba; tuvo miedo ante la misión. Puede que también a vosotros os hayan embargado el miedo o las dudas: dudas y miedos por vuestras limitaciones y debilidades o por vuestra situación espiritual, familiar, cultural o laboral; miedos ante la misión en un mundo secularizado y secularista, o ante la debilidad actual de nuestra iglesia o ante el clericalismo presbiteral de algunos; o miedo ante un ambiente cada vez más hostil a Cristo y a su Iglesia. En estas circunstancias resuenan hoy de nuevo las palabras del Señor a Jeremías: “No les tengas miedo, que yo estaré contigo para librarte” (Jer 1, 30). La iniciativa divina y la fuerza de Dios rompen siempre los débiles razonamientos humanos.

¡No tengáis miedo! Les dijo Jesús a los Apóstoles cuando dudaron en su fe o cuando desconfiaron de la fuerza de su palabra. ¡No tengáis miedo! Os dice el Señor hoy a vosotros. Dios, que os concede el don del diaconado, os concede también la fuerza para vivirlo con pasión y alegría, con fidelidad, entrega y perseverancia. Es bueno, sin embargo, que lo acojáis y viváis siempre con el temor de Dios, para que no dejéis nunca de sentiros pobres y necesitados de Dios y seáis conscientes de vuestra flaqueza y debilidad ante la grandeza del ministerio que hoy os concede. Jeremías se ve indigno e incapaz; es la fuerza de Dios lo que le hace superar sus miedos. También María, la humilde doncella de Nazaret, se ve tan poca cosa… ¡pero pone su confianza en Dios! Y así puede responder: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mi según tu palabra” (Lc 1, 38).

Consagrados como siervos

  1. Como ocurrió con los primeros diáconos, mediante la imposición de mis manos y la oración consagratoria, el Señor va a enviar sobre vosotros su Espíritu Santo y os va a consagrar diáconos para siempre. Participaréis así de los dones y del ministerio que los Apóstoles recibieron del Señor. Seréis a partir de ahora en la Iglesia y en el mundo signo e instrumento de Cristo siervo, que vino “no para ser servido sino para servir” (cf. Mt 20, 28). El Señor imprimirá en vosotros un sello imborrable, por el que os configurará para siempre con Él, el Siervo de Dios. Habréis, pues, de vivir y mostrar en todo momento con la palabra y con la vida esta vuestra condición de signos de Cristo siervo, obediente hasta la muerte y muerte de Cruz, para la salvación de todos.

Como Jesús, que está medio de nosotros “como el que sirve” (cf. Lc 22,27), no os sintáis nunca señores sino servidores suyos y de todos los que están sentados a la mesa de la Palabra, de la Eucaristía y de la Caridad. No caigáis en la tentación de la vanidad o de buscar la grandeza mundana de ser el primero o el mayor de todos. Hemos escuchado en el Evangelio que esto lleva a los discípulos a la disputa, al altercado y a la envidia, que provoca la necesaria corrección del Señor (cf. Lc 22, 24). Evitad en todo momento ocupar el centro, especialmente, en la celebración eucarística; sed sobrios en vuestras palabras, gestos y movimientos; el centro sólo le corresponde a Jesucristo, y a quien le representa en, para y frente a la comunidad. Poned vuestras personas, capacidades, energías y deseos al servicio de Cristo, de su Evangelio y de la Iglesia. La gracia divina, que recibiréis con el sacramento, os hará posible esta entrega y dedicación a los otros por amor de Cristo; y os ayudará a buscarla con todas vuestras fuerzas. Todos nosotros pediremos al Señor hoy y siempre que os conceda la gracia para transformaros en fiel espejo de Cristo siervo.

En el ejercicio de la triple diaconía

  1. Por la ordenación quedaréis capacitados para ejercer el servicio, la diaconía, de la Palabra, de la Liturgia y de la Caridad. Como enseña el Concilio Vaticano II sois ordenados diáconos “no para ejercer el sacerdocio, sino para realizar un servicio” (LG, n. 29). No sois llamados, pues, para presidir la Eucaristía sino para llevar a cabo el ministerio pastoral que os sea confiado. Sólo los obispos y los presbíteros reciben de Cristo la misión y la facultad de actuar en la persona de Cristo Cabeza; los diáconos, en cambio, recibís las fuerzas para servir al Pueblo de Dios en la diaconía de la liturgia, de la palabra y de la caridad, en comunión con el obispo y su presbiterio (cf. CCE, n. 875; c. 1009 § 3 CIC).
  2. Hoy sois constituidos en heraldos y mensajeros de la Palabra de Dios. Recordad siempre que no sois dueños, sino servidores de la Palabra de Dios; no es vuestra palabra, sino la de Dios, la que habéis de predicar y enseñar. Y, en último término, la Palabra de Dios es el Verbo de Dios, el Hijo de Dios, Jesucristo, muerto y resucitado. Cristo Jesús, muerto y resucitado, para la vida del mundo, será también el centro de vuestra predicación y enseñanza, para que todos los que crean en él, reciban, por su nombre, el perdón de sus pecados (cf. Hech 10, 42-43). Cristo mismo es quien ha de llegar a los demás por medio de vuestros labios y de vuestra vida.

Más tarde os entregaré a cada uno el Evangelio con estas palabras: “Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero: convierte en fe viva lo que lees y lo que has hecho fe viva enséñalo, y cumple aquello que has enseñado”. Poneos en camino, “en salida” –como dice el papa Francisco-, dóciles a la moción del Espíritu, para anunciar a todos –niños, adolescentes, jóvenes y mayores- el Evangelio de Jesús, para guiarles en su comprensión y acompañarles hasta el encuentro personal con el mismo Señor, que transforma y salva. Una de las tareas más urgentes de nuestra Iglesia y el mejor servicio que podéis prestar hoy es el primer anuncio del Evangelio, el kerigma, que lleve a hombres y mujeres al encuentro o reencuentro con Cristo, que llena el corazón de alegría y de esperanza. Para ello habéis de saber acoger vosotros mismos con fe viva el Evangelio que anunciáis. El diácono ha de leer y estudiar, escuchar y contemplar, asimilar y hacer vida la Palabra de Dios; es decir, ha de dejarse transformar y conducir por la Palabra de Dios

Sed servidores de la Palabra de Dios en comunión con la tradición viva de la Iglesia. Esta Palabra pide ser proclamada y enseñada sin reducciones, sin miedos y sin complejos; no puede ser domesticada a fin de acompasarla a nuestros gustos o al de los oyentes, o adaptada a lo que se lleva. No olvidemos que no se trata de una teoría más, y menos de una ideología: en último término la Palabra de Dios es una Persona, el Verbo de Dios, Jesucristo, el Camino, la Verdad y la Vida para el hombre, la sociedad y el mundo.

  1. Como diáconos seréis también servidores en la Liturgia, en especial, en la celebración de la Eucaristía, el “misterio de la fe”. Ayudad a nuestros fieles a acoger y creer en el misterio de la Eucaristía, porque no se valora lo que no se conoce y en lo que no se cree; ayudadles a participar en ella asiduamente, debidamente preparados y limpios de todo pecado –si es necesario por el sacramento de la Confesión-, y a hacerlo de una forma activa, plena y fructuosa, y que su vida sea una existencia eucarística. Se os entregará el Cuerpo del Señor para repartirlo a los fieles, y para llevarlo a los enfermos. Tratad siempre los santos misterios con íntima adoración, con recogimiento exterior y con delicadeza espiritual. No descuidéis la devoción eucarística y la adoración del Señor, presente en la Eucaristía, fuera de la Misa.
  2. Como diáconos se os confía, finalmente y de modo particular, el servicio de la Caridad, como a los primeros diáconos. El servicio en la Eucaristía os lleva necesariamente al servicio de la Caridad. La Eucaristía es el centro de la vida la Iglesia, de todo cristiano y de todo diácono. La comunión con Cristo en la Eucaristía, el sacramento de la Caridad, os urge a vivir la comunión y la caridad con los hermanos, a hacer comunidad y a ser fermento de fraternidad. Atender las necesidades de los demás, especialmente de los más necesitados, tener en cuenta las penas y sufrimientos de los hermanos, ser capaces de entregarse buscando siempre el bien del prójimo: estos son los signos distintivos de todo diácono del Señor, que sirve a la Eucaristía y se alimenta con el Pan Eucarístico.

El Señor nos dio ejemplo para que lo que Él hizo también lo hagáis vosotros. En vuestra condición de siervos de Jesucristo, que se mostró servidor de los discípulos, servid con amor y alegría tanto a Dios como a los hombres. Sed compasivos y misericordiosos, acogedores y comprensivos con los demás; amadles como Cristo mismo les ama, dedicadles vuestro tiempo y vuestras energías. El diácono, colaborador del Obispo y de los presbíteros, debe ser juntamente con ellos, la viva y operante expresión de la caridad de Cristo y de la Iglesia.

  1. El don del celibato que algunos de vosotros acogéis libre, responsable y conscientemente y que prometéis observar durante toda la vida por causa del reino de los cielos, ha de ser para vosotros símbolo y estímulo de vuestro amor servicial y fuente de fecundidad apostólica. Movidos por un amor sincero a Jesucristo, desposado con su Iglesia y viviendo este estado con total entrega, os resultará más fácil consagraros con corazón indiviso al servicio de Dios y de los hombres.

Y vosotros, los que estáis casados, estáis llamados al igual que los primeros diáconos a dar testimonio del bien, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría. Mostraos sin mancha e irreprochables ante Dios y ante los hombres, especialmente en vuestra vida matrimonial y familiar. Así conviene a vuestra condición de ministros y dispensadores de los santos misterios.

  1. Queridos todos: Dentro de pocos momentos suplicaré al Señor que derrame el Espíritu Santo sobre nuestros hermanos, para que los “fortalezca con los siete dones de su gracia y cumplan fielmente la obra del ministerio”. Unámonos todos en esta suplica. A Dios se lo pedimos por intercesión de María, la esclava del Señor, y por Jesucristo, el Siervo de Dios. Amén.

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Homilía Misa Crismal 2019

Homilía en la Misa Crismal

Castellón, S. I. Concatedral, 15 de abril de 2019

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(Is 61,1-3ª.6ª.8b-9; Sal 88; Ap 1,5-8; Lc 4,16-21)

 

Hermanas y hermanos, muy amados todos en nuestros Señor Jesucristo!

 

  1. Os saludo de corazón a los sacerdotes, diáconos, los seminaristas, religiosos y religiosas y fieles laicos-, que habéis venido de toda la Diócesis hasta esta Concatedral de Santa María para la Misa Crismal. Os agradezco vuestra presencia numerosa y a todos os deseo la “gracia y la paz de parte de Jesucristo, el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el Alfa y la Omega, el que es, el que era y ha de venir (Apoc. 1,5, 8).

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Homilía Ramos

Homilía en el Domingo de Ramos

S.I. Concatedral de Castellón y S.I. Catedral-Basílica de Segorbe,

14 de abril de 2019

(Is 50, 4-7; Sal 21; Filp 2,6-11; Lc 22,14-26,56)

 

Inicio de la Semana Santa, celebración de la fe cristiana

  1. Con alegría hemos salido con palmas y ramos al encuentro de Jesús, como lo hizo aquella masa de gente y discípulos en su entrada en Jerusalén. A él le hemos cantado: “Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en nombre del señor, el Rey de Israel” (Lc 19). Con el recuerdo de aquella entrada de Jesús en Jerusalén, iniciamos la Semana Santa: es la “semana mayor”, la “semana grande” del año litúrgico de la Iglesia. Nos disponemos a conmemorar los misterios centrales de nuestra fe: la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. Estos días son los de mayor intensidad litúrgica de todo el año, que tan hondamente han calado en la religiosidad cristiana de nuestro pueblo. Las procesiones y representaciones de la pasión son expresión del profundo arraigo de la fe cristiana y de sus misterios centrales entre nosotros.

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Monseñor López Llorente: “Quien no olvida el pasado para mirar al presente, puede proyectar el futuro con firmeza”

Monseñor López Llorente ha conmemorado esta mañana el Centenario de la Caixa Rural de Vila-real con la celebración de la Santa Misa de acción de gracias en la Iglesia Arciprestal de la localidad de la Plana Baja. El obispo de Segorbe-Castellón ha animado a los miembros de dicha institución a “no olvidar el pasado para mirar al presente y poder, así, proyectar el futuro con firmeza para caminar desde esos principios que están en su origen, que tan sabiamente percibieron los fundadores, y que se pueden resumir en tres palabras: vocación, misión y el camino del amor”.

“Estáis llamados, como lo estuvieron vuestros fundadores, a vivir desde la fe, en el compromiso cristiano, unidos, para favorecer a todos aquellos que trabajan en el campo. Una caja que se denomina católica no puede estar dirigida solo por el lucro, sino que debe tener también esta sensibilidad social, como la que tenéis y debéis mantener vosotros. Porque en el centro de la obra cooperativa debe estar la persona, para que se desarrolle en todas sus dimensiones, porque así es como colaboráis a la construcción del bien común, generando aquellas condiciones que favorecen el desarrollo de las personas”, ha manifestado.

Proclamación del Evangelio.

Compromiso cristiano en la vida económica y social

El obispo de Segorbe-Castellón ha recordado que estos 100 años de historia de la Caja Rural y la Cooperativa no pueden entenderse sin la presencia del Sindicato Agrario Católico: “Hoy recordamos a aquellos catorce jóvenes que el día 30 de enero de 1919 se reunían en el Círculo de la Inmaculada de Jóvenes Obreros para fundar el Sindicato Agrario Católico y su Caja Rural. Y lo hacían desde su fe, su compromiso cristiano, llevados por las exigencias de la doctrina social de la Iglesia, alentados por el padre jesuita Vicent. Ellos tenían muy presente la doctrina social de la Iglesia, plasmada en la magna encíclica ‘Rerum Novárum’ (‘De las Cosas Nuevas’) de León XIII y, también, la ‘Quadragésimo Anno’ (‘En el Cuadragésimo Año’) del Papa Pío XI. Todo lo que, como fruto y derivación de la fe, impulsa a un cristiano a vivir su compromiso en la vida económica y social, porque la fe no pertenece al ámbito privado sino que impulsa el compromiso con los demás”.

La finalidad de la puesta en marcha del Sindicato Agrario Católico y la Caja Rural –ha subrayado- “fue ayudar a los agricultores para que accedieran a maquinaria, a plantas, a fertilizantes y para que los menos pudientes pudieran acceder a préstamos. Ese impulso social les llevó también a ampliar el sindicato, donde no solo entraron agricultores sino obreros y la misma patronal. En un momento donde la Seguridad Social no existía, ellos se preocupaban de que a los socios pobres y enfermos no les faltara dinero ni atención médica. Consideraron también como deber suyo la promoción cultural, por lo que surgió la escuela gratuita nocturna, a la que llegaron a asistir entre 150 y 200 personas. También su implicación en las obras sociales que surgían en la ciudad y su ayuda a la Iglesia de la Sangre y a la reconstrucción de San Pascual. Eso es lo que hay que recordar y agradecer”.

Vista general de los asistentes a la celebración.

Asimismo, se ha felicitado de que los actuales responsables de la institución centenaria hayan adaptado la Caja Rural y la Cooperativa a los nuevos tiempos y necesidades, al tiempo que han hecho posible el acceso a medios para el trabajo de los agricultores en un mundo globalizado, así como no haber olvidado nunca su dimensión social,”no sólo para vuestros socios de la cooperativa, sino para otras entidades como la Cruz Roja, la Joventut Antoniana y Cáritas”, ha recalcado.

Finalmente, Monseñor López Llorente se ha referido al camino del amor que nos muestra hoy san Pablo en la segunda lectura de la Santa Misa: “Ya podíais ser inmensamente ricos; si no tenéis amor, no sois nada. El amor debe ayudar también al trabajo comunitario, cooperativo, con vuestro consejo rector. Y, cuando hablamos de amor, hablamos del “agapé”, que no es hacer una simple caridad. Fijaos que san Pablo se dirige a aquella comunidad de Corinto donde los más débiles estaban marginados, y les llama la atención porque aquella situación es la que generaba envidia, avaricia, codicia, el deseo de marginar, oprimir y excluir a aquel que no tenía una condición social determinada. Por eso hemos rogado al principio de la eucaristía que El Señor nos conceda la gracia de amarle para que, así, desde Él, podamos amar a los demás. Ese mandamiento nuevo que también tiene que estar presente en vuestra cooperativa y en la caja rural. Que esta magna obra que tantos frutos ha dado en Vila-real y en toda su comarca, siga produciendo frutos de bien para todos. Que aquella andadura que comenzó hace ahora cien años siga con la bendición del Señor por muchos años más, pero sin olvidar la raíz, la condición católica. Cada uno por todos y Dios para todos”, ha concluido.

Fiesta de la Sagrada Familia

Jornada de la Familia 

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Iglesia de San Francisco, Castellón de la Plana – 30 de diciembre de 2018

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(Si 3,2-6.12.14; Sal 127; Col 3,12-21; Lc 2.41-52)

Amados todos en el Señor!

1. En este domingo dentro de la octava de la Navidad celebramos la Fiesta de la Sagrada Familia. La Navidad es no es sólo la Fiesta del amor de Dios que se hace hombre para hacerle partícipe de su amor y de su vida. Navidad es también la fiesta de la familia. Porque es el seno de una familia humana, donde es acogido con gozo, nace y crece Jesús, el Hijo de Dios. Dios quiso nacer y crecer en una familia humana. De este modo, consagró la familia como camino primero y ordinario de su encuentro con la humanidad. Por ello, también la Iglesia en España celebra hoy la Jornada de la familia. 

2. La Iglesia nos ofrece hoy a nuestra contemplación la Sagrada Familia de Nazaret. Una familia integrada por José, María y Jesús. Un padre carpintero, que cuidó del hijo y le inició en las artes de su oficio para servir a la comunidad. Una madre generosa, capaz de guardar en el corazón los tesoros silenciosos de su experiencia de vida. Un hijo que crecía en amor y sabiduría delante de los ojos de Dios y de todos los hombres, escuchando a sus padres y siguiendo las tradiciones de su pueblo.

En el Evangelio (Lc 2,41-52) hemos escuchado que María, José y Jesús acuden a Jerusalén como cada año por la fiesta de Pascua, según la costumbre de Israel, para celebrar la liberación de la esclavitud de Egipto. Este dato nos invita a comprender que toda familia ha de vivir siempre referenciada a Dios. Cada vez que contemplamos a la Sagrada Familia encontramos su obediencia pronta a la voluntad de Dios; nunca hay excusas para retrasar el cumplimiento de cualquier llamada de Dios. Jesús, María y José vivieron la aventura humana de la familia teniendo a Dios en el centro. 

En el hogar de Nazaret cada uno de sus integrantes vive la propia vocación recibida de Dios: José la de esposo y padre, Maria la de esposa y madre y Jesús la de hijo. En este hogar, Jesús es acogido con gratitud y alegría; en este hogar, Jesús aprende a prepararse para la misión que el Padre le ha confiado; en este hogar Jesús se desarrolla humana y espiritualmente, crece en estatura, sabiduría y gracia ante Dios y ante los hombres. La Sagrada Familia es una escuela de amor, de acogida, de respeto, de diálogo y de comprensión mutuos; es una escuela de oración. 

De la familia de Nazaret se puede decir con el salmista: “Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos”(Sal 127). Temer a Dios, poner a Dios en el centro de la familia, nunca va en detrimento de la misma ni de sus miembros. Cuanto más abrimos nuestro corazón a Dios-Amor, más y mejor amamos y podemos amar a nuestros seres queridos; más fuerte se hace el amor y la unión entre los esposos, más verdadero y fuerte es el amor de los padres a los hijos y de los hijos a los padres. Dios siempre bendice a la familia y quiere que los hijos se adentren en su amor a través de ella.

3. La Sagrada Familia es así el modelo donde los cristianos y las familias cristianas pueden encontrar la luz para vivir de acuerdo con la vocación recibida de esposos, padres e hijos. El mejor servicio que podemos hacer hoy a la familia cristiana es ayudarle a recuperar y potenciar su original sentido natural y cristiano. Necesitamos que la familia cristiana descubra su ser y misión en la Iglesia y en el mundo. 

Basados en la palabra de Dios, fijémonos hoy en tres palabras, que son tres notas que caracterizan a la familia cristiana, basada en el matrimonio sacramental entre un hombre y una mujer y formada por padres e hijos. Estas tres palabras son: amor, educación y misión. 

Primero está el amor: La familia cristiana es una “Iglesia doméstica”, una iglesia en pequeño, signo y presencia del amor de Dios en el amor entre sus miembros. Pablo nos recuerda que el amor que ha de darse en la familia cristiana es un amor recíproco, entregado, desinteresado y respetuoso, un amor que incluye necesariamente el perdón: “Sobrellevaos mutuamente y perdonaos”(Col 3, 13). Este amor, sustentado por la gracia de Dios, es el vínculo que mantiene unidos a los esposos y a la familia más allá de todas las tensiones y dificultades, en la salud y en la enfermedad, en las alegrías y en las penas; este amor busca siempre y sólo el bien del otro; es el antídoto contra todo falso amor, el egoísmo, el aislamiento y la soledad en una sociedad de “solitarios interconectados”; este amor es fuente alegría para todos y el verdadero alimento de la familia, de los esposos y de los hijos; este amor preserva a la familia de la desintegración. Los esposos, además de vuestra permanente apertura al amor de Dios, recordad las tres palabras del papa Francisco para mantener vivo vuestro amor esponsal: permiso, gracias y perdón.

En la familia cristiana, comunidad de fe, de esperanza y de amor, se vive y se transmite la fe, se vive la comunión de personas, al igual que Dios Trino y la Iglesia; y se vive el amor porque por encima de todo se sabe perdonar y entregarse desinteresadamente por el otro. Se comparten penas y alegrías, el dinero, la vivienda y las vacaciones. En la familia cristiana se comprenden las dificultades, las limitaciones y los esfuerzos de sus miembros; se convive dialogando, comiendo o saliendo juntos. La familia cristiana escucha la Palabra de Dios, sus miembros oran juntos y juntos participan en la Eucaristía los domingos en su comunidad parroquial, ‘familia de familias’.    

La segunda palabra es educación. En la familia de Nazaret, “Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres”(Lc 2, 52).  El Evangelio nos ofrece aquí el núcleo de una educación integral que pide necesariamente la apertura a Dios. María y José introdujeron a Jesús en la comunidad religiosa, frecuentando la Sinagoga de Nazaret, que era la escuela de entonces. También con José y María aprendió Cristo a hacer la peregrinación a Jerusalén, como hemos escuchado hoy. Este episodio de la vida de Jesús adolescente revela así la vocación más auténtica y profunda de la familia: acompañar a cada uno de sus componentes en el camino de descubrimiento y de acogida del plan que Dios ha preparado para él. ¡Padres! Ayudad a vuestros hijos a descubrir y acoger en libertad la vocación que Dios ha pensado desde siempre para ellos. Es el mejor servicio que les podéis prestar.  Es el camino para que sean felices de verdad. María y José educaron también a Jesús ante todo con su ejemplo: en sus padres conoció Él toda la belleza de la fe, del amor de Dios y a su Ley, así como las exigencias de la justicia, que encuentra su plenitud en el amor. De ellos aprendió Jesús que en primer lugar es preciso cumplir la voluntad de Dios, y que el vínculo espiritual vale más que el de la sangre.

A los que sois padres cristianos y os preocupan vuestros hijos, el evangelio de hoy os recuerda el valor primario y prioritario de la familia en la educación de la persona. Esto es algo constantemente negado y rechazado por legisladores y gobernantes. No es fácil entender cómo padres católicos, que piden que sus hijos sean bautizados y se comprometen a educarlos en la fe, luego aceptan tranquilamente que sus hijos sean “educados” (es un decir) en lo fundamental de la vida moral por los que son secundarios en la educación de sus hijos, como son el Estado o la Comunidad Autónoma o aquellos profesores que, sin ningún derecho, violan la conciencia de los que les ha sido confiado. No es fácil entender tampoco que los padres cristianos estén tan adormecidos en este campo de la educación de sus hijos y que acepten callados que el Gobierno de la Nación o de la Comunidad autónoma apruebe leyes educativas sin tener en cuenta el derecho originario y prioritario de los padres a la educación de sus hijos o que intentan imponer ideologías contrarias a su convicción religiosa y moral.  

Y, finalmente, la tercera palabra es misión.Al igual que Jesús y la Iglesia, la familia cristiana tiene la misión de anunciar la Buena Nueva: a sus hijos, a los que están en su entorno y más allá; por eso la familia cristiana también es misionera porque siente el deseo anunciar el Evangelio y transmitir el amor de Dios a otras personas; y se pone al servicio de la caridad, especialmente hacia los más necesitados. El Espíritu de Dios vive en la familia, porque la anima e impulsa a preocuparse por las demás familias; no se queda ni se cierra en sí misma. Es testimonio de vida con su palabra y su ejemplo. 

La familia cristiana está llamada a ser una comunidad de vida y amor, una escuela de comunión, una iglesia doméstica. Tiene la misión de acoger, vivir, revelar y comunicar el amor, reflejo vivo y participación real del amor de Dios hacia la humanidad, manifestado en el Nino, nacido en Belén. Esta misión implica ser comunión de personas, acoger con gozo toda nueva vida, educar a los hijos y ayudarles en la acogida libre y generosa de la vocación, que cada uno recibe de Dios, integrarse en su parroquia, ejercer su apostolado hacía otras familias e influir en la sociedad por la irradiación de su amor.

4. Encomendemos hoy a la familia de Nazaret a todas nuestras familias cristianas para que se mantengan unidas en el amor, sean “iglesias en pequeño” y produzcan abundantes frutos de santidad en bien de la Iglesia y de la sociedad. A la Sagrada Familia os encomendamos a todos los matrimonios que hoy vais a renovar vuestras promesas matrimoniales: que ella os acompañe como modelo, os enseñe a estar abiertos en todo momento a la gracia y voluntad de Dios y os proteja todos los días de vuestra vida en la salud y en la enfermedad, en las alegrías y en las penas. A la Sagrada Familia acudimos hoy para que en estos momentos tengamos la fuerza y valentía de acoger, vivir y anunciar la buena Nueva de la familia cristiana. 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Ordenación Presbiteral de Servilien Ndagijimana

Capilla del Seminario Diocesano Mater Deide Castellón, 6 de octubre de 2018

 (Jer 1, 4-9; Sal 88; 1 Pt 5,1-4; Jn10,11-16)

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor

 

Alabanza y acción de gracias
  1. “Cantaré eternamente, tus misericordias, Señor”(Sal 88). Con estas palabras, el Salmista nos invita hoy, querido Servilien, a la alabanza y a la acción de gracias a Dios por tu elección para ser su sacerdote y por tu ordenación sacerdotal. Son dones de Dios para ti, pero también y ante todo para nuestra Iglesia, que se ve una vez más agraciada a través de tu persona. En esta mañana nos unimos a tu alegría y contigo cantamos al Señor por su gran amor y misericordia para con todos nosotros. Gracias sean dadas a Dios, que te ha llamado y enriquecido con sus dones a lo largo de tu vida y en estos años de Seminario en que has sabido acoger, discernir y madurar su llamada. Gracias damos a Dios por tu corazón disponible, generoso y agradecido a su llamada; gracias por tu fe confiada en el Señor, que te ha ayudado a superar dificultades, pruebas, miedos y temores.

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Fiesta de la Virgen de la Cueva Santa en Segorbe

S.I. Catedral-Basílica de Segorbe – 2 de septiembre de 2018

(Judit 13, 17-20; Romanos 5, 12.17-19; Lucas 1, 39-47)

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor!

1.Os saludo de corazón a todos cuantos habéis acudido a esta celebración para honrar y venerar a nuestra Madre y Patrona, la Virgen de la Cueva Santa, para mostrarle nuestro sincero amor de hijos. Saludo cordialmente al Ilmo. Cabildo Catedral de Segorbe, al Ilmo. Cabildo Catedral de la Valencia, a los párrocos de la Ciudad, a los sacerdotes concelebrantes y al diácono asistente. Saludo también con respeto y agradecimiento al Sr. Alcalde y a la Corporación Municipal, a las autoridades que nos acompañan, a las Reinas Mayor e Infantil de las Fiestas y a sus damas, a las doncellas segorbinas, a los portadores de la Virgen así como a las representaciones de las Asociaciones y Cofradías.

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Homilía diaconado Ndagijimana

Ordenación de diácono de Servilien Ndagijimana

Iglesia Parroquial de Almenara – 7 de julio de 2018

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(Núm 3, 5-9; Sal 88, 21-22. 25. 27; Hech 6, 1-7b; Mt 20, 25b-28)

 

Hermanas y hermanos, muy amados todos en el Señor Jesús.

 

Acción de gracias a Dios por el don de un nuevo diácono

1.“Cantaré eternamente las misericordias del Señor” (Sal 88). Esta mañana hacemos nuestras estas palabras del salmista, y cantamos con emoción y gratitud la misericordia del Señor. Porque, querido Servilien, tu vocación al sacerdocio y tu ordenación de diácono son una muestra de la permanente misericordia divina para contigo y para con nuestra Iglesia diocesana.

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profesión perpetua esclavas 2018

Profesión perpetua de cinco hermanas Esclavas del Santísimo Sacramento y de la Inmaculada

II DOMINGO DE PASCUA – FIESTA DE LA DIVINA MISERICORDIA

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Castellón de la Plana, Capilla del Convento, 8 de abril de 2018

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(Hech 4,32-35; Sal 117,2-4. 16ab-18. 22-24; 1 Jn 5,1-6; Jn 20,19-31)

 

 

Hermanas y hermanos, muy amados todos en el Señor Resucitado!

Saludo de corazón a los sacerdotes concelebrantes. Saludo también con especial afecto a la M. General de la Congregación de Esclavas del Smmo. Sacramento y de la Inmaculada, a la M. Superiora de este Convento y -¿cómo no?- a las hermanas que hoy van a hacer su profesión perpetua: Lidia Marisol, Paulina de la Santa Faz, Corona Azucena, Álida de la Inmaculada y Margarita.

 

Dios es misericordia

  1. 1. “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia” (Sal 117, 1). Así hemos cantado con toda la Iglesia durante la octava de Pascua. Así cantamos de nuevo hoy, domingo de la Divina Misericordia. En el misterio Pascual del Señor, en la muerte y resurrección de Cristo Jesús, Dios nos muestra de modo supremo su amor misericordioso. Y Cristo resucitado, nos ofrece hoy el gran anuncio de la misericordia divina, a la vez que confía su ministerio a los Apóstoles: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. (…) Recibid el Espíritu Santo; a quienes  les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos” (Jn 20, 21-23).

 

Fijémonos cómo Jesús, antes de pronunciar estas palabras, muestra sus manos y su costado, es decir, señala las heridas de la Pasión, sobre todo la herida de su corazón: su corazón es la fuente de la que mana la misericordia de Dios sobre la humanidad. Sí, hermanos y hermanas en el Señor: La misericordia divina nos llega a los hombres a través del corazón de Cristo crucificado. Cuando un soldado traspasó con su lanza el costado de Cristo en el Calvario, vio salir “sangre y agua” (Jn 19, 34). Y si la sangre evoca el sacrificio de la cruz y el don de la Eucaristía, el agua nos recuerda el bautismo y el don del Espíritu Santo (cf. Jn 3, 5; 4, 14; 7, 37-39). Cristo derrama la misericordia de Dios sobre la humanidad mediante el envío del Espíritu que, en la Trinidad, misterio de comunión de amor, personifica al Dios que es Amor. Y la misericordia es el amor de Dios en su aspecto más profundo y tierno, en su actitud de aliviar cualquier necesidad, y, sobre todo, en su infinita y eterna capacidad de perdón. Como nos dice el Papa Francisco: El nombre de Dios es misericordia,

 

Como sucedió con los Apóstoles, es necesario que también nosotros nos dejemos encontrar hoy por el Señor resucitado, que nos muestra las heridas de su crucifixión y nos dice: “Paz a vosotros”. Es necesario que, como los discípulos, nuestro corazón se llene de alegría al ver al Señor presente en medio de nosotros. Es preciso que nos dejemos impregnar por la paz de Dios mediante el Espíritu que Cristo resucitado nos infunde. Este Espíritu sanará las heridas de nuestro corazón, derribará las barreras que nos separen de Dios y debilitan o rompen la comunión entre nosotros; este Espíritu  nos devolverá la alegría del amor del Padre y de la unidad fraterna. Demos gracias al Señor por su amor misericordioso, que es más fuerte que el pecado y la muerte; un amor que se revela como misericordia en nuestra existencia, y, hoy lo hace en nuestras hermanas, Lidia Marisol, Paulina, Corona Azucena, Alida y Margarita, y en vuestra Congregación y en esta comunidad.

 

La profesión perpetua: signo de la misericordia de Dios

  1. Celebremos con estos sentimientos la profesión perpetua de nuestras hermanas. Para mí es motivo de gran alegría poder presidir esta celebración y unirme a vuestro gozo y a vuestra acción de gracias, queridas hermanas. En esta celebración se manifiesta una vez el amor que Dios os tiene a cada una de vosotras. Porque ¿qué es vuestra vocación y la bendición que hoy vais a recibir sino una nueva muestra del amor misericordioso de Dios? Vosotras, queridas hermanas, lo sabéis muy bien: vuestra vocación es una llamada personal del amor de Dios hacia cada una de vosotras, hacia vuestras familias y vuestra congregación y hacia toda su Iglesia. Repasando vuestra vidas descubrís que El os ha ido atrayendo hacia sí y os ha ido llamando para estar con Él, para ser suyas susurrándoos con sus silbos amorosos; cada una tenéis una historia vocacional distinta: cada una habéis escuchado y sentido la voz de Dios de manera y por medios diferentes. Y sólo cuando decidisteis acoger su amor y que El fuese vuestro Todo, experimentasteis esa paz inmensa que llena el alma, la paz que procede de Dios, que es el don del Resucitado.

 

Por vuestra profesión perpetua, Dios va a hacer de vosotras testigos y mensajeras de su amor misericordioso, y de la paz y la alegría que brotan del encuentro con el Señor Resucitado, presente realmente en la Eucaristía. Vuestra profesión no es, en primer lugar, algo vuestro; sino que es vuestra respuesta al don precedente del amor de Dios hacia cada una de vosotras. Por ello debéis saber ofrecer vuestra profesión a vuestra comunidad, a la Iglesia y a toda la humanidad.

 

Para ser testigos y mensajeras del amor misericordioso de Dios es muy importante que acojáis y viváis la Palabra de Dios de este segundo domingo de Pascua. Las lecturas de hoy trazan el camino de la misericordia divina que, a la vez que reconstruye la relación de cada uno con Dios, suscita también entre nosotros nuevas relaciones de fraternidad. Y su manantial es siempre la misericordia de Dios. Jesús nos enseña que “el hombre no sólo recibe y experimenta la misericordia de Dios, sino que está llamado a ‘usar misericordia’ con los demás: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5, 7)” (Juan Pablo II, Dives in misericordia, 14). El mismo Jesús nos señala los múltiples caminos de la misericordia: la misericordia no sólo perdona los pecados, sino que también va al encuentro de los demás y de todas sus necesidades, de los próximos y de los lejanos. Jesús se inclinó sobre todas las miserias humanas, tanto materiales como espirituales. Su mensaje de misericordia sigue llegándonos a través del gesto de sus manos tendidas hacia todos, especialmente hacia todo el que sufre.

 

Amar a Dios y al prójimo

  1. En la soledad y en silencio del Convento, haciendo de vuestra vida oración y de vuestra oración vida, habéis de aprender a conocer y contemplar cada vez más y mejor el verdadero rostro de Dios en la adoración de Cristo Eucaristía y, en él, el verdadero rostro de vuestras hermanas y de todos los hombres. La contemplación del rostro de Dios, que es misericordia, os ha de llevar a amar a Cristo, vuestro esposo, y a uniros a él cada día más intensa y profundamente en perfecta castidad. Pero no olvidéis que el amor a Dios y el amor a los hermanos son inseparables: “En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos” (1 Jn 5, 2). El Apóstol nos recuerda aquí la verdad del amor a Dios: su medida y su criterio radican en la observancia de los mandamientos y de la obediencia que vais a prometer. El termómetro de vuestro amor a Dios será vuestro amor a vuestras hermanas y a vuestras superioras .

 

No es fácil amar con un amor profundo, basado en la entrega auténtica y total de sí misma. Este amor sólo se aprende en la escuela de Dios, en la escuela de la Eucaristía, al calor del amor del Señor entregado hasta el extremo. Fijad vuestra mirada en Él, presente en la Eucaristía. Decidle una y otra vez como Tomás: “Señor mío y Dios mío”; amad a Cristo Jesús con todo vuestro corazón, con toda vuestra alma y con todas vuestras fuerzas. Así seréis capaces de mirar a vuestras hermanas con ojos nuevos, de amarlas sabiendo que son un don de Dios para cada una de vosotras; hacedlo con gratuidad y generosidad, sabiendo en todo momento disculpar y perdonar, buscando siempre la comunión. Así os será también posible trabajar por el ideal propuesto por la primera lectura: “En el grupo de los creyentes, todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían  todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía” (Hch 4, 32). !Que la misericordia del corazón sea para todas vosotras un estilo de vida!. Con vuestra  “obras de misericordia”, espirituales y corporales, seréis en verdad ‘signo de fraternidad’ y  ‘epifanía del amor misericordioso de Dios para el mundo’.

Apertura del corazón a Cristo

  1. Queridas hermanas profesas. Sé muy bien que desde la felicidad que sentís el día de vuestro desposorio con Cristo querríais decir a los jóvenes –y yo con vosotras- aquellas palabras del querido Papa, san Juan Pablo II: “No tengáis miedo; abrid de par en par las puertas de vuestro corazón a Cristo: que es el único que puede saciar vuestra hambre y sed de felicidad”. Vosotras lo habéis experimentado ya: quien aspira a la felicidad auténtica y duradera, sólo puede encontrar su secreto en Cristo y en su corazón. El arde por el deseo de ser amado; él no quita nada sino que lo da todo; quien sintoniza con los sentimientos de su corazón encuentra el amor, la felicidad y la vida; y aprende a ser constructor de la nueva civilización del amor. Un simple acto de fe y de abandono total en El, el Resucitado, el viviente, basta para encontrar el camino de la vida y romper así las barreras de la oscuridad y la tristeza, de la duda y del sinsentido. Porque toda persona es valiosa a los ojos de Dios, Cristo dio su vida por cada uno, y a todos el Padre concede su Espíritu y ofrece su amor misericordioso.

 

¡Que María, Madre Inmaculada y Madre de la misericordia, mantenga en vosotras siempre vivo vuestro amor de esposas de su Hijo! ¡Que ella os proteja siempre a vosotras y a vuestra Congregación! Amén.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón