Encuentro del CEAM y de asociaciones de mayores de Segorbe

2º Domingo de Adviento

S.I. Catedral de Segorbe, 17.12.2006

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor!

Me alegra estar entre vosotros y compartir con todos este día de encuentro y de alegría. Y, como creyentes cristianos, siguiendo la exhortación de San Pablo, lo queremos hacer desde el Señor Jesús, desde la alegría que brota del encuentro con Él en la Eucaristía del Domingo, el día del Señor. ¡Que sea hoy un día de intensa y común alegría espiritual para todos!

Nuestro encuentro tiene lugar en el Adviento, tiempo especial de preparación para acoger al Señor, que viene en la Navidad. En estos días la liturgia nos recuerda constantemente que ‘Dios viene’ a visitar a su pueblo, para habitar en medio de los hombres y formar con ellos una comunión de amor y de vida, esto es, una familia. El Evangelio de Juan expresa así el misterio de la Encarnación: “La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”; literalmente: ‘puso su Morada entre nosotros’ (Jn 1, 14).

Si bien es Dios quien toma la iniciativa de venir a habitar en medio de los hombres, y es siempre Él el artífice principal de este proyecto, también es cierto que Él no quiere llevarlo a cabo sin nuestra colaboración activa. Por lo tanto, prepararse para la Navidad significa comprometerse a construir la “morada de Dios con los hombres”. Nadie está excluido; cada uno puede y debe contribuir para que esta casa de la comunión sea más espaciosa y bella. El Adviento nos invita a dirigir la mirada hacia la ‘Jerusalén celeste’, que es el fin último de nuestra peregrinación terrena. Al mismo tiempo, nos exhorta a comprometernos con la oración, la conversión y las buenas obras, a acoger a Jesús en nuestra vida.

Es muy doloroso ver cómo muchas personas se apartan de Dios, de Jesucristo y de la Iglesia, en nombre de la vida, de la libertad y de la alegría. Y es doloroso porque la religión no es contraria, sino aliada de la vida, y fuente de verdadera libertad y alegría. La liturgia de este domingo nos llama precisamente a vivir nuestra fe y vida cristiana como una invitación a la alegría. Nuestra fe comienza por la aceptación de la revelación de Dios. Y Dios se nos ha manifestado como un Dios poderoso, omnipotente, pero lleno de amor. Dios es nuestro Creador, nuestro Padre y nuestro Salvador.

El profeta Sofonías, en tiempos en que reinaba el pesimismo en el Pueblo de Israel, llama a la alegría (3, 14-18a). En aquel momento el ve brillar una nueva aurora, llena de luces y de esperanza e invita al pueblo a alegrarse porque Dios poderoso y salvador está en medio de él. Esta es la razón de la alegría: la cercanía y la presencia de Dios en medio del pueblo.

Por eso los grandes maestros de la fe cristiana nos invitan a la alegría. San Pablo les dice a sus cristianos: “Estad siempre alegres, os lo repito, estad alegres” (Filp 4,4-7.4). Y vale la pena que nos fijemos en la razón que Pablo aduce para fundamentar esta alegría: “El Señor está cerca”.

El Señor es Jesús, el Hijo de Dios, hecho hombre y venido a este mundo para salvarnos. Jesús vive ahora cerca de nosotros gracias a la Iglesia. En ella encontramos su palabra, el ofrecimiento de su cuerpo y de su sangre, con los demás sacramentos que son la continuidad de sus acciones santificadoras. Y está también cerca y dentro de nosotros, invisiblemente, por la acción del Espíritu Santo que, cuando somos fieles, va profundizando sin cesar su presencia en nuestros corazones.

El Papa Benedicto XVI ha escrito que la alegría es esencial a la vida cristiana. La revelación de Dios en el Nuevo Testamento comienza con esta promulgación de la alegría hecha a María: “Alégrate María, porque Dios está contigo y has encontrado gracia en su presencia” (Lc 1,28). Estas palabras dirigidas a María son también para cada uno de nosotros, para la humanidad entera.

Aunque nos veamos pecadores, aunque no estemos conformes con nosotros mismos, aunque tengamos preocupaciones y sufrimientos, aunque suframos enfermedad y nos veamos cada día más limitados podemos y debemos estar alegres. La cercanía del Señor y del Dios que nos ama en toda circunstancia es suficiente razón para estar alegres en cualquier situación, en la salud y en la enfermedad, en la juventud y en la vejez, en la pobreza y en la riqueza. Cuando estamos tristes es que nos olvidamos de la cercanía y del amor de Dios. Dios está siempre cerca de nosotros y su amor nos da fuerzas y confianza para estar alegres. Incluso ante los males que no podemos vencer, injusticias, enfermedades, la misma muerte, podemos aceptarlas con paz porque Dios es más fuerte que todo, su amor es más fuerte que la muerte, y El sabe sacar bienes de todos los males para los que confían en El.

Vivamos espiritualmente la Navidad. Recibamos a Jesucristo en nuestro corazón. El es la verdadera cercanía de Dios. En la Iglesia, en la Eucaristía, en los sacramentos. El es en verdad la fuente honda y segura de nuestra alegría. Nos lo ha dicho el mismo Jesús: “Se alegrará vuestro corazón, y nadie os podrá quitar vuestra alegría” (Jn 16, 22). La alegría del Señor es nuestra fuerza.

Dios tiene un rostro y un nombre. En Cristo, Dios se ha encarnado y nace para nosotros y se entrega a nosotros en el misterio de la santísima Eucaristía. Dios viene a nuestro encuentro en su Hijo, Jesús. Esta es la alegría que Dios nos da en la Navidad: que él se ha hecho uno de nosotros, que nosotros podemos casi tocarlo y que él vive con nosotros. Realmente, la alegría de Dios es nuestra fuerza.

Vayamos al encuentro del Señor que sale a nuestro encuentro. Dios ha querido dar a la humanidad un color de alegría anun­ciando la promesa de luz y de alegría. Dios quiere despertar en el corazón de las mujeres y de los hombres la esperanza al gozo. ¿Qué podemos hacer ante un mundo cargado de llanto y de su­frimiento? La respuesta de Juan Bautista es precisa y lapidaria: Compartid, sed justos, sed honestos e incorruptos (cf  Lc 3, 10-18). Todo un reto de cambio para aquel tiempo y para hoy.

El Bautista nos re­cuerda que no existe auténtica conversión si no luchamos contra el egoísmo que lleva a acumular bienes materiales y si no bus­camos cambiar las actitudes cotidianas de nuestra vida que nos alejan del Señor y de los hermanos. Juan preconiza un tiempo de esperanza y dispone al pueblo a acoger con alegría la salva­ción. El mandamiento: ‘Alegraos’, significa: vivid gozamente en el Señor y derramad alegría a nuestro alrededor. Cumplir este mandamiento consiste en sonreír y comunicar siempre cosas po­sitivas a los demás y retener para sí las cruces y las penas. Las cruces y penas aceptadas con gozo en el Señor son sacrificios que redimen y salvan.

Preparémonos para celebrar cristianamente la Navidad. El ambiente consumista y neopagano que rodea la Navidad está influyendo también en los cristianos y puede que no vivamos la Navidad con verdadero sentido cristiano. No olvidemos que en Navidad celebramos el nacimiento del Hijo de Dios en Belén hace dos mil y dos años. “Y el Verbo (la Palabra, el Hijo de Dios) se hizo carne y acampó entre nosotros”, nos recuerda el Evangelista Juan (Jn 1,14). En Belén se muestra la entrañable humanidad de Dios y su infinito amor por el hombre. El Niño, nacido en Belén, es el ‘Emmanuel’, el ‘Dios con nosotros’, el Mesías, el Salvador. En este Niño, Dios y hombre a la vez, Dios se ha unido para siempre con la humanidad, con todos nosotros. En El se manifiesta el amor de Dios, que nos ofrece amor, vida y paz. Dios ama tanto al hombre, que no tiene a menos hacerse uno de los nuestros para abrirnos el camino hacia su amor, para ser sus hijos y, en Él, hermanos de todos los hombres. En Belén, Dios nos abre el camino y nos llama al amor fraterno y solidario, comprometido y universal, y a una paz justa y duradera.

El amor de Dios a los hombres, manifestado en la Belén, es el verdadero motivo de nuestra alegría y de nuestra fraternidad, el fundamento real de una paz justa y duradera y la razón última para nuestra esperanza. Jesús viene para curar e iluminar, para levantar y liberar, para perdonar y salvar; esto es lo que significa su nombre. Jesús es el Dios que salva, que ama y ofrece su propia vida; una vida más fuerte que el odio y el egoísmo humano, la destrucción y la muerte.

Acojamos con gratitud al Niño Dios. La Navidad nos invita a abrir el corazón a la vida y al amor de Dios, a acoger y promover la vida humana, a vivir el amor fraterno y el perdón. Navidad llama al compromiso para que todo hombre y mujer sea respetado, para que reine la paz entre los hombres y se extienda la justicia en todas partes.

Por intercesión de María, la Virgen de la Esperanza, oremos para que este Adviento sea para toda la Iglesia un tiempo conversión y de preparación espiritual a la Navidad. ¡Que Dios nazca en verdad en nosotros y entre nosotros! Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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