Domingo de Pascua de Resurrección

 

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 31 de marzo de 2013

(Hch 10,34a.37-43; Sal 117; Col 3,1-4; Jn 20,1-9)

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¡Hermanas y hermanos en el Señor!

 

  1. “!Cristo ha resucitado! Aleluya!”. Es la Pascua de la Resurrección del Señor, el Día en que actuó el Señor, día del gozo y del triunfo. Cristo ya no está en la tumba, en el lugar de los muertos. Su cuerpo roto, enterrado con premura el Viernes Santo ya “no está aquí”, en el sepulcro frío y oscuro, donde las mujeres lo buscan al despuntar el primer día de la semana. No: El no está aquí: Ha resucitado. El Ungido ya perfuma el universo y lo ilumina con nueva luz.

 

Y porque Cristo ha resucitado podemos cantar: “¿Dónde está muerte tu victoria? ¿Dónde está muerte tu aguijón?”. El autor de la vida ha vencido a la muerte. Alegrémonos, hermanos: Cristo ha resucitado y, en su resurrección, Dios muestra que ha aceptado el sacrificio de su Hijo y en Él hemos sido salvados. “Muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando restauró la vida”.

 

¡Cristo vive! Esta es la gran verdad de nuestra fe. Aquel, al “que mataron colgándolo de un madero” (Hech 10, 39) ha resucitado, triunfando sobre el poder del pecado y de la muerte, de las tinieblas, del dolor y de la angustia. La resurrección de Cristo, hermanos, no es un mito, ni tampoco es una historia piadosa nacida de la credulidad de las mujeres o de la profunda frustración de un puñado de discípulos. La resurrección de Jesús es un acontecimiento histórico y real que sucede una sola vez y una vez por todas: El que murió bajo Poncio Pilato, éste y no otro, es el Señor resucitado de entre los muertos. No se trata de la vuelta a esta vida de un muerto para volver a morir. No: el cuerpo muerto y sepultado de Jesús vive ya glorioso y para siempre junto a Dios.

 

 

  1. En el Credo confesamos que Jesús, muerto y sepultado, al tercer día resucitó de entre los muertos. La Palabra de Dios de hoy nos invita a avivar nuestra fe en este Año de la fe, no invita a acercarnos a la resurrección del Señor, acogiendo con fe el signo del sepulcro vacío y, sobre todo, el testimonio de personas concretas, “los testigos que él había designado”, a los que se apareció, con los que comió y bebió después de su resurrección; a ellos les encargó dar solemne fe y testimonio de su resurrección (cf. Hech, 10, 41-42) .

 

La tumba-vacía es un signo esencial, aunque imperfecto, de la resurrección. Algunos, como María Magdalena, ante el hecho del sepulcro vacío, exclamarán: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto” (Jn 20,2). Otros, como Pedro, se contentarán con certificar fríamente el hecho: “entró en el sepulcro y vio las vendas en el suelo y el sudario con el que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte” (Jn 20,6). Otros, como Juan, no se contentarán con la sola certificación del hecho.  Juan “vio y creyó.  Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos” (Jn 20,8-9). El suceso mismo de la resurrección, el paso de la muerte a la vida de Jesús, no tiene testigos. Las mujeres, los Apóstoles y los discípulos se encuentran con Cristo Vivo, una vez resucitado. Para aceptar el sepulcro vacío como signo de su resurrección es necesaria le fe, como Juan; y como en el resto de los discípulos es necesario el encuentro personal con el Resucitado para superar las dudas y la primera incredulidad.  “Nosotros esperábamos…” (Lc 24, 21), dirán los discípulos de Emaús; o “Si no veo en sus manos la señal de los clavos… no creeré”, dirá Tomás (Jn 20, 25).

 

Como en el caso de los discípulos, la Pascua pide tamben de nosotros un acto de fe en comunión con la fe de los apóstoles, testigos de la resurrección; una fe que nos es trasmitida en sus sucesores, los Obispos, y en la comunidad de sus discípulos, la Iglesia. La resurrección pide creer personalmente que Cristo vive; pide el encuentro personal con El en la comunidad de los creyentes. Nuestra fe no es credulidad débil o fácil; se basa en el testimonio unánime y veraz de aquellos que trataron con Él directamente en los cuarenta días que permaneció resucitado en la tierra. “Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con Él después de su resurrección. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos” (Hech 10, 39-41). A los testigos se les cree, según la confianza que merecen, según el índice de credibilidad que se les reconoce. Pedro y el resto de los Apóstoles dan testimonio de algo de lo que están convencidos. Tan convencidos, que llegarán a dar la vida por Cristo.

 

 

  1. ¡Cristo ha resucitado! La resurrección de Cristo no es un hecho histórico hundido en el pasado y sin actualidad y vigencia para nosotros. No: ¡Cristo vive!. Su resurrección nos muestra que Dios no abandonará nunca a los suyos, a la humanidad, a la creación entera. Con la resurrección gloriosa del Señor todo adquiere nuevo sentido: la existencia humana, la historia de la humanidad y el futuro de la creación.

 

Y, porque Cristo ha resucitado, es posible un mundo más justo, más fraterno, más dichoso, un mundo según el deseo de Dios. Desde entonces, la esperanza no es una utopía sino una actitud fundada y realista. Desde la resurrección de Cristo cabe pensar en una sociedad más humana, más solidaria, más dichosa, más según Dios; y cabe pensar en una Iglesia más evangélica, más de Dios y más de los pobres, más creyente, más fraterna, más apostólica y más orante. Todo esto es posible porque Cristo ha resucitado.

 

Es importante recordarlo en estos tiempos de cierto pesimismo social y eclesial. Existe hoy en la Iglesia y en la sociedad, una tendencia bastante generalizada a creer que la oscuridad es más espesa que la luz. Que la increencia es más fuerte que la fe. Que la corrupción es más fuerte que la honradez. Que la mentira es más poderosa que la verdad. Que la esclavitud es más fuerte que la libertad. Que el egoísmo es más potente que el amor. Que la tristeza es más persistente que la alegría. Que la muerte es más definitiva que la vida. Que el pecado es más vigoroso que la gracia.

 

Pues bien: sucumbir a esta tendencia equivale, en la práctica, a no creer, a negar la resurrección de Jesucristo. Porque creer que Cristo ha resucitado significa que El ha inyectado ya en el corazón de la historia un fermento, una levadura, un brote de vida, que nada ni nadie podrá apagar. Creer en Jesucristo resucitado significa que Dios ha apostado efectivamente por la humanidad, por la Iglesia, por ti y por mí. Dios ha dicho sí al hombre nuevo y a la humanidad nueva al resucitar a Jesucristo. Él no ha resucitado en vano.

 

De aquí se deriva una actitud básicamente positiva ante las personas, la sociedad y la Iglesia, pese al pecado y todo lo negativo que podamos encontrar. Cristo ha resucitado y Dios acabará ganando. Y ello nos da fuerza para luchar contra el pecado y todas sus manifestaciones, para que la gracia, el amor de Dios y la resurrección de Cristo prevalezcan sobre el mal, sobre el pecado y sobre la muerte. La pregunta capital es esta: ¿creemos esto?, ¿nos lo creemos de verdad?.

 

 

  1. ¡Cristo ha resucitado! Y lo ha hecho por todos nosotros y por todos los hombres. El es la primicia y la plenitud de una humanidad renovada. Su vida gloriosa es como un inagotable tesoro, que todos estamos llamados a compartir desde ahora.

 

A los bautizados, nos recuerda San Pablo: “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios…” (Col 3,1). Celebrar a Cristo resucitado significa también reavivar la vida nueva que los bautizados hemos recibido en la fuente del bautismo: una vida que rompe las fronteras del tiempo y del espacio, porque es germen de eternidad; una vida, que anclada en la tierra, vive, sin embargo, según los bienes de allá arriba, los bienes del Reino de Dios: la verdad y la vida, la santidad y la gracia, la justicia, el amor y la paz. Celebrar a Cristo resucitado nos llama a vivir libres de la esclavitud del pecado y en el servicio constante del Dios vivo, presente en los hombres y en la creación.

 

Cuantos celebramos esta Pascua podemos y debemos afirmar: ¡Cristo resucitado está aquí!, en medio de nosotros. Él está aquí, en medio de nosotros, y nos habla al corazón. Él está aquí, y nos cura de nuestras dudas y nuestros miedos. Él está aquí, y se deja palpar y exhala su Espíritu en nosotros. Él está aquí, y nos alimenta con su palabra y con su cuerpo. Él está aquí, nos renueva, nos reconcilia, nos pacifica y nos resucita.

 

 

  1. ¡Cristo ha resucitado! Él está aquí y nos envía a ser testigos de su resurrección. Hemos de contar lo que hemos visto y oído. Como los Apóstoles, estamos llamados a ser ante todo testigos del Señor Resucitado y de su resurrección, mediante un testimonio creíble en obras y palabras, que será señal de vida y de esperanza para el mundo. Porque vida es buscar sinceramente la presencia de Cristo y confesar públicamente el nombre de Jesús, su mensaje, su salvación. Porque vida es recibir la gracia que se ofrece en la fe y en los sacramentos pascuales para tener la fuerza necesaria para seguir fielmente a Cristo. Porque vive la resurrección de Cristo, quien renace con Él; y porque muere el hombre que permanece hundido en el pecado. Y muerte es la indiferencia, la carcoma que mata la esperanza; como muerte es también el cobarde y falso respeto humano que esconde y trata de meter en el sepulcro al que ha resucitado; y muerte es el desprecio del favor que Dios ofrece, creyéndose uno autosuficiente y hasta orgulloso de poder prescindir de Dios.

    El testimonio del cristiano resucitado con Cristo ha de llegar a un verdadero y eficaz compromiso social, participando de las esperanzas y de los sufrimientos de los hombres.  El hombre nuevo, renacido con Cristo resucitado, es el que busca sinceramente la verdad y quiere vivir en consecuencia con ella; el que está abierto al Espíritu, a la posibilidad de que Dios pueda hablar con un lenguaje original y desconocido; el que se acepta gozoso como imagen e hijo de Dios; el que se ha revestido de Cristo y hace de su vida imitación de su Maestro; el que se siente permanentemente agradecido a la bondad de Dios;  el que hace de la caridad y del amor fraterno norma constante de su vida. Hombre nuevo es el que ha resucitado con Cristo, goza con la esperanza y se alegra con el bien. Hombre envejecido, por el contrario, es el que se empeña en la mentira, confundiendo el camino de los demás;  el que se cierra a cualquier tipo de conocimiento que no sea evidenciado por los sentidos; el que se empeña en desconocer su origen y su destino y camina por este mundo sin razón de ser ni horizonte que alcanzar; el que insiste en ser el único maestro de sí mismo; el que ha perdido la capacidad del agradecimiento, porque el egoísmo le ha secado el alma; el que no quiere a nadie y no se siente querido por ninguno; el que ha perdido la capacidad de gozar y de esperar.

    Con la resurrección del Señor todo ha cambiado: de la cruz hemos pasado al gozo, de la muerte a la vida, de las afrentas a la alabanza, de las lágrimas al consuelo, del pecado a la gracia, de las tinieblas a la luz. Así debe ser nuestra pascua: tránsito y cambio de lo viejo a lo nuevo, del pecado a la virtud, de la mentira a la verdad.

  2. ¡Cristo ha resucitado!. Y con su resurrección toman nueva vida todas las cosas. El mundo entero tiene que ser como un sacramento, como una señal en la que descubramos y aprendamos a vivir en la gracia de Cristo. Será el amor fraterno el que haga olvidar viejos odios. Será la justicia practicada con fidelidad la que deje atrás enfrentamientos enconados entre hermanos. Será la misericordia la que haga fuerte la unidad de los hombres y mujeres.

 

La Pascua de Cristo está llamada a prolongarse en la Iglesia y en el mundo, en cada persona y en la sociedad. Es un proceso de lucha contra el mal y de superación de la muerte, porque en Cristo resucitado la Vida ha vencido a la muerte.

 

Como a los Apóstoles asustados en la tempestad del lago, Cristo nos repite hoy a todos: “¡Ánimo, soy yo, no temáis!”. (Mc 6,50). Si Él está con nosotros, ¿por qué tener miedo? Aunque parezca muy oscuro el horizonte de la humanidad y de nuestra sociedad, hoy celebramos el triunfo esplendoroso de la luz, de la vida y del amor de Dios. Si un viento contrario obstaculiza el camino personal o familiar, el de la sociedad, de la humanidad o de la creación, si se hace borrascoso el mar de la historia, no podemos ceder al desaliento, al pesimismo o a la desconfianza.
¡Cristo ha resucitado!. Cristo está vivo entre nosotros. Él está realmente presente en el sacramento de esta Eucaristía.  Él se nos ofrece como Alimento de los peregrinos. Ha resucitado Cristo, nuestra paz y nuestra esperanza. ¡Aleluya!

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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