Domingo de Ramos

Castellón y Segorbe, S.I. Concatedral y Catedral, 29 de marzo de 2015

 (Is 50,4-7; Sal 21; Filp 2,6-11; Mc 14, 1-15.47)

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Semana Santa, celebración de la fe cristiana

Es Domingo de Ramos, el pórtico de la Semana Santa: la “semana mayor”, la “semana grande” del año litúrgico de la Iglesia. Nos disponemos a conmemorar los misterios centrales de nuestra fe: la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. Estos días son los de mayor intensidad litúrgica de todo el año, que tan hondamente han calado en la religiosidad cristiana de nuestros pueblos y ciudades. Las procesiones y las representaciones de la pasión son el mejor ejemplo del profundo arraigo de la fe cristiana y de sus misterios centrales entre nosotros.

Sin embargo, bien pudiera ocurrir que nos quedáramos en lo superficial y exterior y perdiéramos de vista la profundidad divina de la Semana Santa.  Esto ocurre cuando nuestras procesiones y representaciones no son ya expresión de una fe viva y vivida en Cristo Jesús, que padece, muere y resucita. Dejemos, pues, que nuestra celebración de hoy avive nuestra fe en el Señor, para mejor disponernos a conmemorar su camino pascual, para recordarlo con fe y devoción, es decir para traerlo no sólo a nuestras calles y plazas, sino ante todo a nuestra memoria y a nuestro corazón.

 El Siervo de Dios se entrega por todos

Hoy toda nuestra celebración está centrada en Cristo y nos debe llevar a Él, al encuentro personal con Él. La Palabra de Dios conduce nuestra mirada a su persona y a su camino pascual. Cristo Jesús va a pasar, a través de la muerte, a la nueva vida: Él es el Siervo de Yahvé, solidario con sus hermanos, que sufre, padece y se entrega hasta la muerte en la cruz, y así salva a toda la humanidad. Como el Siervo de Dios, Jesús Nazareno no se retrae ante las dificultades en su misión, ni ante la persecución, los golpes e insultos en su camino. Su fidelidad a Dios y a los hombres –a la misión recibida en su favor- hace que el Siervo de Yahvé permanezca firme en el sufrimiento, en la ignominia, en el aparente fracaso.

El Siervo de Dios con su suerte prefigura la de Cristo: que no opuso resistencia a la voluntad el Padre ni se sustrajo a la maldad de los hombres; él está seguro de que el designio de Dios es don de salvación que se ofrece a todos; puso plenamente su confianza en Dios y ésta es la que le permitió ser fiel hasta el final (cfr. Is 50, 4-7). San Pablo nos dirá en su ‘himno’ en la carta a los Filipenses: Cristo se ha abajado, en su solidaridad con nosotros, hasta la renuncia total de sí mismo y hasta la humillación de la muerte, pero ha sido elevado por el Padre hasta la gloria (cfr. Filp 2, 6-11). Es la Pascua: el ‘paso’ por la muerte a la vida.

 Jesús, verdadero Dios y hombre

El relato de la pasión de Marcos (14, 1-15.47) da un paso más y nos ofrece la respuesta a la pregunta fundamental sobre la persona de Jesús. ¿Quién es Jesús?, esta es la pregunta que late en todo el evangelio de Marcos. ¿Quién es Jesús? Es la pregunta que nos hemos de hacer y responder hoy. En un tiempo en que avanza la increencia y tantos cristianos apostatan silenciosamente de su fe, es también la pregunta que debemos ayudar a que tantos otros se hagan estos días, especialmente a nuestros jóvenes que en alto número participan en las procesiones.

La narración de la pasión de Marcos revela que Jesús es verdadero hombre y verdadero Dios. Jesús es verdadero hombre, que en Getsemaní cae a tierra orando, en un gesto de súplica y abandono; y en la cruz dirá: “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?”: es la expresión dramática de la soledad y del dolor de un moribundo que se siente olvidado incluso por Dios. Cristo se ha solidarizado con nuestra condición humana hasta la profundidad de la misma muerte. Pero Jesús es, a la vez, verdadero Hijo de Dios. Por ello puede invocar a Dios, el Altísimo, llamándole Abba, Padre, y ponerse en sus manos: “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu”. “Realmente este hombre era Hijo de Dios”, dirá el Centurión –un pagano- que lo ve morir de aquella manera. Estas palabras del Centurión son el símbolo del camino a dar desde incredulidad o desde la indiferencia agnóstica a la confesión de fe en Jesús, el Cristo; un camino que cada uno de nosotros está llamado a hacer contemplando al Crucificado. También nosotros estamos invitados a pronunciarnos con las palabras del Centurión, con verdad y con franqueza, para no pasar, como la muchedumbre, del ‘hosanna’ al ‘crucifícalo’

En silencio hemos proclamado el camino de Jesús hasta la cruz. Un camino solidario con todo el dolor de la humanidad; es el estilo de Dios, que carga con nuestros pecados y en su amor misericordioso los perdona. Debemos preguntarnos si de verdad estamos dispuestos a afrontar con nuestro Maestro y Señor el camino de la reconciliación, del perdón y del amor. Es una senda que se manifiesta en un abandono confiado e incondicionado a la voluntad del Padre y a su misericordia. Sólo así a los pies de la cruz, nos encontraremos de verdad con Cristo y podrá renacer en nosotros una fe más madura y más viva en Él, verdadero hombre y verdadero Dios: un Dios tan enamorado de su criatura que acepta morir por amor.

Avivar la fe en Cristo

¡Dejemos que Dios avive nuestra fe en Cristo Jesús en estos días de Semana Santa! No creemos en una historia del pasado; creemos en una persona, creemos en Cristo Jesús, que se entrega por amor hasta la muerte por todos nosotros y por nuestros pecados; creemos en un Cristo Jesús que ha resucitado y vive para siempre; Jesús sale a nuestro encuentro para que, creyendo en él, también nosotros tengamos vida. Dejémonos encontrar por Él, dejémonos amar por Él, dejémonos perdonar y reconciliar por Él, dejemos que su vida transforme nuestras personas y nuestra vida.

Hoy, en nuestra procesión de entrada, hemos mostrado que queremos acompañar al Señor en su camino hacia la Pascua, para dejarnos encontrar por él. Acompañar a Cristo en su Semana Santa supone hacerlo en su muerte y en su resurrección, en su dolor y en su alegría, en su entrega y en su premio. Dejémonos encontrar por Cristo Jesús; meditemos y oremos su misterio pascual; vivamos la Pascua en nuestra existencia, aceptando con fidelidad nuestro ser cristianos y alimentando una confianza absoluta en Dios, que es Padre lleno de amor, y cuyo última palabra no es la muerte, sino la vida, como en Jesús. Si le acompañamos a la cruz, también seremos partícipes de su nueva vida de Resucitado. Amén.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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