Domingo de Ramos

S.I. Concatedral de Castellón y S.I. Catedral-Basílica de Segorbe, 24 de marzo de 2013

 (Is 50, 4-7; Sal 21; Filp 2,6-11; Lc 22,14-26,56)

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Semana Santa, celebración de la fe cristiana

  1. Hoy, con la celebración de la entrada de Jerusalén en el Domingo de Ramos, iniciamos la celebración de la Semana Santa: es la “semana mayor”, la “semana grande” del año litúrgico de la Iglesia. Nos disponemos a conmemorar los misterios centrales de nuestra fe: la Pasión, la Muerte y la Resurrección del Señor. Estos días son los de mayor intensidad litúrgica de todo el año, que tan hondamente han calado en la religiosidad cristiana de nuestro pueblo. Las Cofradías de Semana Santa desean ser la expresión del profundo arraigo de la fe cristiana y de sus misterios centrales entre nosotros. ¡No caigamos en la tentación de diluir su esencia y su identidad, y reducirlas a meras expresiones culturales!

 

Dejemos que nuestra celebración de hoy avive nuestra fe en Cristo Jesús, el Hijo de David, el Mesías que viene en nombre del Señor. Así nos dispondremos convenientemente a recorrer con Jesús su camino pascual y le acompañaremos estos días con fe viva y con devoción sincera, es decir lo traeremos no sólo a nuestras calles y plazas, sino ante todo a nuestra memoria y a nuestro corazón.

 

 

Jesús es el Siervo de Dios se entrega por todos

  1. Toda la celebración del Domingo de Ramos está centrada en Cristo y nos debe llevar Él. La Palabra de Dios, que hemos proclamado, dirige nuestra mirada a su persona y a su camino pascual. Cristo Jesús va a pasar, a través de la muerte, a la nueva vida. Él es el Hijo de David que entra en Jerusalén, manso y humilde, para culminar su entrega redentora en la Cruz. Él es el Siervo de Yahvé, solidario con sus hermanos, que se entrega hasta la muerte, y así salva a toda la humanidad. Como el Siervo de Dios, Jesús Nazareno no se retrae ante las dificultades en su misión, ni ante la persecución, golpes e insultos en su camino. La fidelidad a Dios y a los hombres, su fidelidad hasta el final a la misión recibida de Dios en favor de la humanidad hace que el Siervo de Yahvé permanezca firme en el sufrimiento, en la ignominia y en el aparente fracaso.

 

Atento discípulo de la Palabra de Dios, el Siervo de Dios con su suerte prefigura la de Cristo, el hijo humilde que no opuso resistencia a la voluntad el Padre ni se sustrajo a la maldad de los hombres. Él está seguro de que el designio de Dios es don de salvación que se ofrece a todos; Él puso totalmente su confianza en Dios y esta confianza es la que le permitió ser fiel hasta el final (cfr. Is 50, 4-7).

 

San Pablo nos dirá en su ‘himno’ en la carta a los Filipenses: Cristo, en su solidaridad con nosotros, se ha rebajado hasta la renuncia total de sí mismo y hasta la humillación de la muerte, pero ha sido elevado por el Padre hasta la gloria (cfr. Filp 2, 6-11). Es la Pascua: el ‘paso’ por la muerte a la vida.

 

Jesús, es verdadero Dios y verdadero hombre

  1. El relato de la pasión de Lucas (22,14-26,56) da un paso más y nos ofrece la respuesta a la pregunta fundamental sobre la persona de Jesús: ¿Quién es Jesús?. Esta es la pregunta que nos hemos de hacer y responder hoy. En un tiempo en que avanza la increencia y la indiferencia religiosa, en un tiempo en que tantos bautizados apostatan silenciosamente de su fe, ésta es la pregunta que debemos ayudar a que tantos otros se hagan estos días, especialmente nuestros niños, jóvenes y visitantes que en alto número participan en las procesiones.

 

La narración de la pasión de Lucas revela que Jesús es verdadero hombre y verdadero Dios. Jesús es verdadero hombre: en Getsemaní cae a tierra, “y en medio de su angustia, oraba con más insistencia. Y le bajaba hasta el suelo un sudor como de gotas de sangre” (Lc 22,44). Es la expresión dramática del sentimiento del ser humano ante el dolor y ante la muerte. Pero, en un gesto de súplica y de abandono, dirá “Padre, si quieres aparta de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22, 42); y más tarde en la cruz dirá: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46). Es la expresión del hijo, que no se siente olvidado por su Padre Dios, ni tan siquiera en la muerte. Jesús, verdadero Hijo de Dios, puede invocar a Dios, el Altísimo, llamándole Abba, Padre.

 

“Realmente este hombre era justo” (Lc 23,47), dirá el Centurión –un pagano- que lo ve morir de aquella manera. Con estas palabras el Centurión vislumbra que Jesús es más que un hombre, que es el Hijo de Dios, como nos relata Marcos la confesión del Centurión. Esta confesión del Centurión es el símbolo del paso desde incredulidad o desde la indiferencia agnóstica a la confesión de fe en Jesús, el Cristo; un camino que cada uno de nosotros está llamado a hacer contemplando al Crucificado.

 

Hermanos: Hemos escuchado en silencio el camino de Jesús hasta la cruz. Jesús se hace solidario con todo el dolor de la humanidad, fruto de sus pecados, que ha cargado sobre sí; pero también en Él Dios ha asumido nuestro mal y nos ha salvado por el perdón y el amor. Debemos preguntarnos si de verdad estamos dispuestos a afrontar con nuestro Maestro y Señor el camino de la reconciliación, de la misericordia, del perdón y del amor. Es la senda que se manifiesta en un abandono confiado e incondicionado a la voluntad y a la misericordia del Padre. Sólo así, a los pies de la cruz, podrá renacer en nosotros una fe más viva y más fuerte en Jesús, verdadero hombre y verdadero Dios: un Dios tan enamorado de su criatura que acepta morir por amor. Nuestra vida, la de nuestros jóvenes, la de nuestras familias necesita esta fe para crear gestos que sólo el amor humilde es capaz de generar; gestos que transformen la realidad cotidiana en una manifestación del Reino de Dios.

Avivar la fe en Cristo

  1. ¡En este Año de la fe, dejemos que Dios avive nuestra fe en Cristo Jesús en estos días de Semana Santa! No creemos en una historia del pasado, ni damos culto a unas tallas, por hermosas que estás sean. El centro de nuestra fe es una persona: creemos en Cristo Jesús, que se entrega por amor hasta la muerte por todos nosotros y por nuestros pecados; creemos en un Cristo Jesús que ha resucitado y vive para siempre, para que en Él también nosotros tengamos vida. Dejémonos encontrar por Él, dejémonos amar por Él, dejémonos perdonar y reconciliar por Él, dejemos que su vida transforme nuestras personas y nuestra existencia.

 

Hoy, en la procesión de palmas y ramos caminando hasta esta Iglesia, hemos acompañado a Jesús con cantos de alegría; y hemos mostrado que nos queremos encontrar con el Señor, seguirle y acompañarle en su Semana Santa hacia la Pascua. Acompañar a Cristo en su Semana Santa supone hacerlo en la muerte y en la resurrección, en el dolor y en la alegría, en la entrega y en el premio. Dejémonos encontrar por Cristo Jesús; meditemos y oremos su misterio pascual; vivamos la Pascua en nuestra existencia, aceptando con fidelidad nuestro ser cristianos y alimentando una confianza absoluta en Dios, que es Padre amoroso, cuya última palabra no es la muerte, sino la vida, como en Jesús. Si le acompañamos a la cruz, también seremos partícipes de su nueva vida de Resucitado. Amén.

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

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