Domingo de Ramos

S.I. Concatedral de Castellón y S.I. Catedral-Basílica de Segorbe, 20 de marzo de 2016

(Is 50, 4-7; Sal 21; Filp 2,6-11; Lc 22,14-26,56)

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Con alegría hemos salido con palmas y ramos al encuentro de Jesús, como lo hizo aquella masa de gente y discípulos en su entrada en Jerusalén. A él le hemos cantado: “Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en nombre del señor, el Rey de Israel” (Lc 19). Con el recuerdo de aquella entrada de Jesús en Jerusalén, iniciamos la celebración de la Semana Santa: es la “semana mayor”, la “semana grande” del año litúrgico de la Iglesia. Nos disponemos a conmemorar los misterios centrales de nuestra fe: la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. Estos días son los de mayor intensidad litúrgica de todo el año, que tan hondamente han calado en la religiosidad cristiana de nuestro pueblo. Las procesiones y representaciones de la pasión son expresión del profundo arraigo de la fe cristiana y de sus misterios centrales entre nosotros. ¡No caigamos en la tentación de diluir su esencia y su identidad, y reducirlas a meras expresiones culturales o de interés turístico!

Dejemos que nuestra celebración de hoy avive nuestra fe en Cristo Jesús, el Hijo de David, el Mesías que viene en nombre del Señor. Así nos dispondremos convenientemente a recorrer con Jesús su camino pascual,  le acompañaremos estos días con fe viva y con devoción sincera, es decir lo traeremos no sólo a nuestras calles y plazas, sino ante todo a nuestra memoria y a nuestro corazón.

 Toda la celebración de este Domingo de Ramos en la Pasión del Señor está centrada en Cristo y nos debe llevar Él. La Palabra de Dios conduce nuestra mirada a su persona y a su camino pascual. Cristo Jesús va a pasar, a través de su pasión y muerte, a la nueva vida. El es el Hijo de David que entra en Jerusalén, manso y humilde, para culminar su entrega redentora en la Cruz. Él es el Siervo de Yahvé, solidario con sus hermanos, que sufre y muere por nuestros pecados, y así salva a toda la humanidad. Como el Siervo de Dios, Jesús Nazareno no se retrae ante las dificultades en su misión, ni ante la persecución, golpes e insultos en su camino. La fidelidad a Dios y a los hombres, su fidelidad hasta el final a la misión recibida de Dios en favor de la humanidad hace que el Siervo de Yahvé permanezca firme en el sufrimiento, en la ignominia y en el aparente fracaso.

El Siervo de Dios con su suerte prefigura la de Cristo, el siervo humilde que no opuso resistencia a la voluntad el Padre ni se sustrajo a la maldad de los hombres. Él está seguro de que el designio de Dios es don de salvación que se ofrece a todos. Él pone totalmente su confianza en Dios; una confianza que le permite ser fiel hasta el final (cfr. Is 50, 4-7). San Pablo nos dirá en su ‘himno’ en la carta a los Filipenses: Cristo, en su solidaridad con nosotros, se ha rebajado hasta la renuncia total de sí mismo y hasta la humillación de la muerte, y muerte en Cruz, pero ha sido elevado por el Padre hasta la gloria (cfr. Filp 2, 6-11). Es la Pascua: el ‘paso’ por la muerte a la vida.

 El relato de la pasión de Lucas (22,14-26,56) da un paso más y nos ofrece la respuesta a la pregunta fundamental sobre la persona de Jesús: ¿Quién es Jesús?. Esta es la pregunta que nos hemos de hacer y responder hoy. En un tiempo en que avanza la increencia y la indiferencia religiosa, en estos tiempos de cristofobia y cristianofobia, en un tiempo en que tantos bautizados se alejan silenciosamente de su fe, ésta es la pregunta que debemos hacernos y debemos ayudar a que tantos otros se hagan estos días, especialmente nuestros jóvenes y visitantes.

La narración de la pasión de Lucas revela que Jesús es verdadero hombre y verdadero Dios. Jesús es verdadero hombre: en Getsemaní cae a tierra, “y en medio de su angustia, oraba con más insistencia. Y le bajaba hasta el suelo un sudor como de gotas de sangre” (Lc 22,44). Es la expresión dramática de la soledad y del dolor del ser humano ante la muerte. Y en un gesto de súplica y abandono, dirá “Padre, si quieres aparta de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22, 42) y en la cruz dirá: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46). Es la expresión del Hijo, que ni tan siquiera en la muerte se siente olvidado por su Padre Dios. Jesús, verdadero Hijo de Dios, puede invocar a Dios, el Altísimo, llamándole Abba, Padre.

“Realmente este hombre era justo” (Lc 23,47), dirá el Centurión –un pagano- que lo ve morir de aquella manera. Con estas palabras el Centurión vislumbra que Jesús es más que un hombre, que es el Hijo de Dios, como nos relata Marcos.  Esta confesión del Centurión es el símbolo del paso desde incredulidad o desde la indiferencia agnóstica a la confesión de fe en Jesús, el Cristo; un camino que cada uno de nosotros está llamado a hacer contemplando al Crucificado.

Hemos escuchado en silencio el camino de Jesús hasta la cruz. Jesús se hace solidario con todo el dolor de la humanidad, fruto de los pecados de los hombres, y ha cargado con los pecados y el dolor de la humanidad ; pero también en Él Dios ha aceptado su entrega, su humildad, su amor y nos ha perdonado. Debemos preguntarnos si de verdad estamos dispuestos a afrontar con nuestro Maestro y Señor el camino de la humildad, de la reconciliación, de la misericordia, del perdón y del amor. Es la senda que se manifiesta en un abandono confiado e incondicionado a la voluntad y a la misericordia del Padre. Sólo así, a los pies de la cruz, podrá renacer en nosotros una fe más viva y fuerte en Jesús, verdadero hombre y verdadero Dios: un Dios tan enamorado de su criatura que acepta morir por amor. Nuestra vida, la de nuestros jóvenes, la de nuestras familias, la de nuestra sociedad necesita esta fe parar crear gestos que sólo el amor humilde es capaz de generar; gestos que transformen la realidad cotidiana en una manifestación del Reino de Dios.

¡En este Año de la misericordia, dejemos que Dios avive nuestra fe en Cristo Jesús, la misericordia encarnada de Dios, en estos días de Semana Santa!. No creemos en una historia del pasado, ni damos culto a unas tallas, por hermosas que estás sean. El centro de nuestra fe es una persona: creemos en Cristo Jesús, que se entrega por amor hasta la muerte por todos nosotros y por nuestros pecados; creemos en un Cristo Jesús que ha resucitado y vive para siempre, para que en Él también nosotros tengamos vida. Dejémonos encontrar por Él, dejémonos amar por Él, dejémonos perdonar y reconciliar por Él, dejemos que su vida transforme nuestras personas y nuestra vida. Abramos nuestro corazón a la Misericordia de Dios.

Hoy, en la procesión de palmas y ramos hemos acompañado a Jesús con cantos de alegría; y hemos mostrado que nos queremos encontrar con el Señor, seguirle y acompañarle en su Semana Santa hacia la Pascua. Acompañar a Cristo en su Semana Santa supone hacerlo en la muerte y en la resurrección, en el dolor y en la alegría, en la entrega y en el premio. Dejémonos encontrar por Cristo Jesús; meditemos y oremos su misterio pascual; vivamos la Pascua en nuestra existencia, aceptando con fidelidad nuestro ser cristianos y alimentando una confianza absoluta en Dios, que es Padre lleno de amor, y cuyo última palabra no es la muerte, sino la vida, como en Jesús. Si le acompañamos a la cruz, también seremos partícipes de su nueva vida de Resucitado. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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