Apertura del Año Jubilar Vicentino

S.I. Catedral-Basílica de Segorbe, 9 de abril de 2018

 (Apc 14,6-7, Sal 95; 1 Cor 9,16-19;22-23)

 

  1. Hoy, en la Fiesta de San Vicente Ferrer, el Señor nos convoca en esta S.I. Catedral-Basílica diocesana para la apertura del Año Jubilar Vicentino. A lo largo de este año, las Diócesis de la Comunidad Valenciana nos queremos preparar para celebrar debidamente el VI Centenario de la muerte de san Vicente Ferrer, que tendrá lugar el día 5 de abril del próximo año 2019, día de su tránsito de este mundo a los brazos del padre en Vannes (Francia) en 1419.

Dios nos ofrece a todos un tiempo de gracia para centrar nuestras vidas en Jesucristo que nos apremia a la misión de la nueva evangelización. Será un tiempo de gracia para aprender de san Vicente Ferrer a vivir en el camino de la santidad y para dejarnos imbuir de su espíritu eclesial y evangelizador. Un año para conocer su persona y su obra, sus aportaciones en el campo del pensamiento y en la recomposición de la Iglesia y de la sociedad en Valencia, en España y en Europa. Es, pues, una oportunidad para que todos conozcamos mejor la figura de San Vicente Ferrer.

 

  1. ¿Quién es nuestro Santo? Recordemos que san Vicente nace en Valencia en 1350. A los diecisiete años se incorpora a la Orden de Santo Domingo. Era un hombre de gran inteligencia, viva imaginación e ingenio penetrante. A los veintiocho años recibe el doctorado en Teología y se dedica a la enseñanza de la ciencia sagrada durante ocho años en las universidades de Valencia, Barcelona y Lérida. Ya desde sus años más jóvenes, a nuestro santo le inquieta la lamentable situación de la Iglesia y de la sociedad de su tiempo, necesitadas de una profunda reforma. Pronto lo vemos compaginar su docencia con la predicación -también aquí en Segorbe, donde predicó la cuaresma de 1386-, tareas en las que se expresa su decidido compromiso evangelizador. Este compromiso le llevó a entrar con protagonismo en las cuestiones políticas, sociales y religiosas más relevantes de su época como en el Cisma de Avignon o el Compromiso de Caspe, trabajando en todo momento por la unidad y la paz de la Iglesia y de la sociedad. Después de su visión en Avignon, la noche del 3 de octubre de 1396, en la que Nuestro Señor Jesucristo le envía a predicar por el mundo, como habían hecho santo Domingo de Guzmán y san Francisco de Asís, y más concretamente a partir de 1399, Vicente consagrará el resto de sus días (20 años) a la predicación itinerante del Evangelio por buena parte de la Europa occidental de su tiempo. San Vicente muere en Vannes (Francia) el 5 de abril de 1419.

 

San Vicente es un gran santo, un predicador incansable del Evangelio y un trabajador comprometido por la paz y la unidad en la Iglesia y en una Europa divididas.

 

  1. Nuestro santo fue un hombre tocado por la gracia de Dios, a la que él supo responder con total entrega. Siempre tuvo siempre la mirada puesta en Dios y en su gloria. El hizo suyas las palabras del Apocalipsis: “Temed a Dios y dadle gloria, porque ha llegado la hora de su Juicio; adorad al que hizo el cielo y la tierra, el mar y los manantiales de agua” (14,7). Su amor, su unión, su fidelidad y su obediencia a Dios por encima de todo le hicieron libre frente a los poderes de su época. Nuestro santo supo vivir su amor a Dios unido al amor al prójimo, en especial hacia los más pobres y necesitados dando constante testimonio de coherencia y fidelidad evangélica, de austeridad y de penitencia. Vicente Ferrer fue un predicador comprometido del Evangelio, un testigo de la fe, que con su vida acreditaba lo que decía. ¡Y de qué modo!

 

San Vicente es uno de los santos más arraigados en las costumbres y tradiciones de nuestra tierra; un santo que sigue muy vivo en la memoria y piedad popular, que ha dejado una huella profunda en nuestra historia y en la vida de nuestra tierra. Son muchos los pueblos que conservan el recuerdo vivo de su paso, de su predicación y de sus milagros. En nuestra Diócesis son numerosos los templos, ermitas, capillas, altares, imágenes y cuadros que nos recuerdan su periplo de apostolado y predicación. !Que su recuerdo nos ayude a poner el amor a Dios y al prójimo en el centro de nuestra vida para caminar hacia la santidad siguiendo la senda de las Bienaventuranzas! A estas horas se está presentando en Roma la nueva Exhortación apostólica Gaudete et exsultate en la que el papa Francisco nos llama de nuevo a todos a la santidad. Acojámosla con corazón bien dispuesto.

 

  1. Nuestro Santo fue ante todo un predicador incansable del Evangelio. En san Vicente Ferrer, tenemos a ese hombre nuevo, a ese evangelizador, que, en su época, llevó a cabo una obra de evangelización tan grande y transformadora como la que hoy necesitamos. Fue predicador del Evangelio, a tiempo y a destiempo; como san Pablo, fue un hombre de fe profunda a quien el amor de Cristo le apremiaba a anunciar el Evangelio; por eso, no podía dejar de evangelizar. De Vicente se puede decir: “El hecho de predicar no es para mí motivo de soberbia. No tengo más remedio y, ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!” (1 Cor 9, 16). Lo vemos evangelizando por todas las partes. Recorre comarcas de España, Francia, Bélgica, Holanda, Italia e Inglaterra, predicando el Evangelio en plazas, caminos y campos.

 

El tema fundamental de su predicación es la conversión a Dios; llama a salir de costumbres de muerte para seguir a Cristo y llevar una vida nueva según el Evangelio. Nuestro santo fue modelo en su tiempo de una predicación centrada en el evangelio de la misericordia de Jesucristo; una predicación que llevaba a un encuentro salvador con Dios y a la conversión de sus oyentes. Los grupos de penitentes, que acompañaban a Vicente en sus campañas de predicación, son un signo elocuente del evangelio de hoy: “El que crea y se bautice, se salvará”.

 

Como pocos impulsó la renovación de la humanidad en la Europa de su siglo, predicando el Evangelio, con los signos y milagros que le acompañaban, y, sobre todo, con un testimonio de vida coherente con el Evangelio y de caridad hacia los más pobres. Vicente supo hacer llegar al corazón de las gentes la alegría del Evangelio en un momento de incertidumbre, de debilitamiento de principios, de relativismo y de relajación de costumbres; y lo hizo con un lenguaje sencillo y cercano, y con un ardor tal que penetraba el corazón del pueblo anhelante de la alegría del Evangelio. Así contribuyó decisivamente a la reconstrucción europea de entonces a partir del Evangelio de la caridad, de la alegría, de la paz.  La participación en la Eucaristía y la búsqueda en la oración fueron el alimento de su tarea evangelizadora. “Contemplar y dar lo contemplado” era el lema de san Vicente, como buen fraile dominico. Su palabra era fuego que conmovía el corazón de las multitudes, que se dejaban tocar por la gracia y la misericordia de Dios.

 

Para nosotros, llamados y enviados a una nueva evangelización de nuestras viejas tierras de cristiandad y de reconstrucción humana y cristiana del viejo continente, san Vicente es un punto de referencia y un estímulo constante para llevar a cabo la misión que él llevó. El Señor nos apremia evangelizar. “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado (Mc 16, 15), nos dice hoy el Señor Resucitado. Es la hora de llevar el Evangelio a todos. Es la hora de Dios; es la hora de la esperanza que no defrauda. Aunque no lo quiera reconocer, nuestra sociedad nos está pidiendo el Evangelio de la alegría y de la paz. San Vicente Ferrer, hoy, nos estimula a no callar y a ofrecer a todos el gran tesoro de la Iglesia. Este tesoro no es otro que Jesucristo, muerto y resucitado, para que en él tengamos Vida y vida en abundancia; en Cristo Jesús tenemos todo el amor, toda la gracia y toda la misericordia que necesitamos para vivir de otra manera y construir una sociedad nueva, una nueva Europa, una nueva España, una nueva Comunidad Valenciana, hechas de hombres y mujeres nuevos con la novedad del Evangelio.  Jesucristo es el sí más grande e incondicional de Dios al hombre, a todo hombre y mujer, y la realización plena y perfecta del nuevo arte de vivir que Él nos enseñó.

 

  1. San Vicente fue también árbitro en una Europa dividida política y religiosamente, trabajando incansablemente por la paz y la unidad de la Iglesia y de la sociedad. Si bien nuestro santo reconoce primero a los Papas de Avignon y Benedicto XIII, el Papa Luna, le hará su confesor, más tarde, viendo el escaso interés de este Papa para solucionar el Cisma de Occidente, lo abandona y aconseja a príncipes que, por el bien de la Iglesia, retiren su obediencia a los Papas avignonenses. En este propósito coincide al final con Catalina de Siena. Posteriormente lo veremos en el compromiso de Caspe, para solucionar la sucesión de Martín el Humano y en otras misiones diplomáticas. Su carácter franco y jovial, y su sentido de la justicia lo habían preparado para ser también apóstol del Evangelio de la paz.

 

San Vicente Ferrer fue un infatigable promotor de paz y de concordia. ¡Cómo necesitamos esto hoy, en la vieja Europa, en nuestra Comunidad Valenciana, en España!. ¿Qué nos diría hoy, qué nos dice hoy, san Vicente Ferrer? Seguro que nos diría: “¡Construid la paz!”. Construir la paz es una tarea permanente y siempre actual. !Cuánto nos apremia en un mundo tan violento, tan descalificatorio de los demás, tan excluyente, tan cerrado en sus egoísmos y opiniones particulares como el que vivimos. La Iglesia y los creyentes cristianos tenemos una gran responsabilidad. Es una responsabilidad inherente al mandamiento nuevo que el Señor nos dio en su última Cena, al precepto de la caridad que se ha de manifestar y palpar en el amor para con los pobres, los más pobres, los inmigrantes y refugiados, los perseguidos en sus países de origen, los desahuciados y sin techo; la Iglesia y nosotros como Iglesia nos sentimos llamados a compartir los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de hoy. Todos estamos llamados a construir la unidad tan necesaria en los momentos que vivimos. Es hora de unidad y de trabajar unidos por el bien común; es hora de sumar y no de restar; es hora de buscar juntos respuestas a los problemas comunes.

 

Sigamos las huellas de san Vicente Ferrer que son las huellas de la santidad, las huellas de las Bienaventuranzas que proclaman dichosos a los pobres, a los misericordiosos, a los que lloran, a los que trabajan por la paz, a los que confían plenamente en Dios y escuchan y cumplen su Palabra. En la vida de los santos, en san Vicente Ferrer, Dios mismo nos habla y nos ofrece un signo de su Reino, de su amor, de su invitación a la auténtica fraternidad en la que impera la comprensión mutua, la misericordia y la búsqueda esperanzada del bien común.

 

Que Dios nos bendiga a todos para que sepamos acoger la gracia de este Año Jubilar Vicentino. Que san Vicente Ferrer nos proteja en nuestra llamada a la santidad de vida, a evangelizar nuestra sociedad  y a ser constructores de unidad y de paz en la Iglesia y en la sociedad. Amén.

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

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