Apertura del curso académico de la Universidad CEU en Castellón

S.I. Concatedral de Sta. María en Castellón – 26 de octubre de 2010

(Ef 5, 21-33; Sal 127; Lc 13, 18-21)

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Hermanos y hermanas en el Señor:

Con esta Eucaristía y el Acto Académico posterior inauguramos el Año Académico de la Universidad CEU Cardenal Herrera en Castellón. A los estudios de Enfermería, presentes ya en nuestra Ciudad desde el año 2007, se unen ahora los estudios de Medicina y de Educación. La sociedad castellonense está de enhorabuena por la ampliación de la oferta de estudios universitarios en la Ciudad. La sólida e integral formación de enfermeros, en fidelidad al proyecto educativo del CEU, está ya beneficiando a muchos en el ámbito de la enfermería; a partir de ahora, la formación sólida e integral de profesionales de la medicina y de educadores de nuestros niños, adolescentes y jóvenes será igualmente beneficiosa en el ámbito de la medicina y de la educación, como ya ocurre en otros lugares de la geografía española.

También nuestra Iglesia diocesana se considera enriquecida por esta ampliación de estudios superiores en Castellón. Como Obispo, de esta Iglesia que peregrina en Segorbe-Castellón, doy gracias a Dios por este su nuevo don a nuestra Iglesia; agradezco de todo corazón a la Asociación Católica de Propagandistas, a la Fundación CEU y a la Universidad CEU Cardenal Herrera sus esfuerzos por ampliar su presencia en nuestra Ciudad: no es sino expresión del ejercicio del derecho a la libertad de enseñanza y a la creación de centros de estudio superiores, reconocido en nuestra Constitución, y, también, de su compromiso con la acción evangelizadora de la Iglesia. Mi ruego a Dios en 2007, al inaugurar los estudios de Enfermería ha sido escuchado: pedía entonces a Dios que dicha Titulación fuera la puerta de una presencia aún mayor en la formación universitaria de las futuras generaciones desde un planteamiento confesional católico, como es propio del CEU y de la Asociación Católica de Propagandistas que la sustenta. Agradezco también a las Instituciones públicas y privadas, la colaboración prestada para que la Universidad CEU Cardenal Herrera haya podido ampliar su oferta de Grados Universitarios en Castellón.

Como Obispo de esta Iglesia de Segorbe-Castellón ruego a Dios para que en estas Titulaciones se promueva la formación humana, cristiana y profesional de enfermeros, médicos y profesores con exigencia intelectual, excelencia académica y con una visión trascendente del hombre. Así lo proclama el proyecto educativo del CEU; esta será vuestra aportación a la misión evangelizadora de esta Iglesia diocesana. Los valores más significativos del CEU en sus centros educativos son, en primer lugar, la educación católica de los jóvenes con criterios de apertura y búsqueda de la verdad, en un ámbito en el que primen el respeto, la solidaridad y la cercanía; asimismo lo es la concepción integral del hombre, criatura de Dios y abierto a la Trascendencia, de la que se parte y que se propone, en la que la libertad en la verdad se convierte en su dimensión esencial; en tercer lugar, está la búsqueda del rigor, la exigencia y la excelencia académica en la actividad de toda la comunidad educativa; y, finalmente, la profesionalidad y eficacia,

El quehacer diario de toda la comunidad educativa –alumnos, profesores y administrativos- en estos valores será el mejor servicio que vuestros Centros pueden prestar a la Iglesia y a la sociedad actual. No se trata tan sólo de formar buenos y eficaces profesionales en enfermería, en medicina o en educación; se trata antes de nada de formar en el ser enfermeros, médicos o educadores con una visión trascendente y cristiana de la vida y de la persona, de la propia y de los futuros pacientes o educandos, con una visión de la dignidad sagrada e inviolable de toda persona desde su concepción hasta su muerte natural o del derecho a una educación integral, basada en la verdad  para la verdadera libertad y la responsabilidad ante sí mismo, ante Dios y ante la sociedad.

San Pablo, en la lectura de este día, nos exhorta con estas palabras: “Sed sumisos unos a otros con respeto cristiano” (Ef 5,21). De la reunión cultual pasa Pablo a hablar de la familia cristiana. “Familia” en la antigüedad comprendía la comunidad doméstica de marido y mujer, hijos y también los esclavos y sirvientes: una comprensión que bien podemos aplicar a una comunidad educativa católica. Para todos ellos vale esta ley fundamental de San Pablo: “Sed sumisos unos a otros con respeto cristiano o en el temor de Cristo”.

Aquí Pablo pasa, casi sin darse cuenta, del culto a la vida diaria de la familia. Para Pablo la vida cristiana es solamente una; que no hay dos esferas diferentes: Iglesia y casa, Domingo y días laborables, liturgia y vida. De la Eucaristía a la vida, y de la vida a la Eucaristía. Del culto parte siempre una nueva la comprensión de la voluntad de Dios y la fuerza para llevarla a cabo. Y viceversa, la vida vivida -alegría y dolor, éxitos y fracasos, esperanza y preocupaciones- es lo que el cristiano lleva consigo, cuando juntamente con sus hermanos celebra la liturgia en la presencia de Dios.

Para Pablo, la familia cristiana y, por extensión toda comunidad cristiana, se construye sobre la recta sumisión de sus miembros en el respeto y en el amor cristiano, un amor de total entrega como Cristo a su Iglesia. Lo específicamente cristiano es esta sumisión “en el temor de Cristo”, o sea en el santo y respetuoso temor ante la presencia de Cristo, el Señor, para hacerle presente en todo momento. Este hecho da a toda la vida una nueva consagración. Además reconcilia la sumisión con la dignidad de la persona, y da a la recta ordenación un fundamento básico, sobre todo allí donde la cortedad de la parte poseedora de la autoridad  pondría en peligro esta ordenación.

Bien sabemos que el problema central de nuestro tiempo es la apostasía silenciosa de la fe cristiana, el olvido de Dios y la creciente exclusión de Cristo y de lo cristiano de todos los ámbitos de la vida, también de la actividad universitaria. El secularismo y el laicismo ideológico imperantes conducen a la sociedad actual a marginar a Dios de la vida humana. Una de sus graves consecuencias es que arrastran a muchos a la ruptura de la armonía entre fe y razón, y a pensar que sólo es racionalmente válido lo experimentable y mensurable, o lo susceptible de ser construido por el ser humano.

La concepción antropológica que de aquí se deriva es la de un hombre totalmente autónomo, que se convierte en criterio y norma del bien y del mal, un hombre cerrado a la trascendencia, un hombre cerrado en su yo y en su inmanencia. Pero la exclusión de Dios, de su verdad y de su providencia sabia y amorosa abre el camino a una vida humana sin rumbo y sin sentido y a idolatrías de distinto tipo. La ausencia de Dios en la vida social trae consigo consecuencias inhumanas, como son la pérdida progresiva del respeto a la dignidad de toda persona humana o la manipulación esclavizante de las personas.

La exclusión de Dios en nuestra cultura está llevando a la muerte del hombre, al ocaso de su dignidad. Recuperar por el contrario a Dios en nuestra vida llevará a la defensa del hombre, de su dignidad, de su verdadero ser y de sus derechos, y del primer derecho fundamental, el derecho a la vida. Los derechos humanos tienen su fundamento último en Dios. Las leyes no los crean, las leyes los reconocen y protegen ante la permanente tentación de ser conculcados. La dignidad de toda persona humana y sus derechos inalienables proceden de la gratuidad absoluta del amor de Dios creador y redentor.

Vuestra Universidad está llamada a la búsqueda humilde de la verdad por excelencia, propia de los sencillos de corazón: una verdad que sólo se encuentra en Dios. Sin Dios, como “fundamento de la verdad”, sin Cristo, la Verdad, la dignidad de la persona, los valores humanos, la educación de nuestros jóvenes y los mismos derechos fundamentales tienden a convertirse en grandes palabras. Vuestra Universidad, por su carácter confesional católico, ha de formar cristianamente: este será vuestro servició a la Evangelización, a la siembra del reino de Dios, cuya acción es siempre muy discreta, pero efectiva. Todo comienza desde lo pequeño y sencillo hasta llega a lo grande y majestuoso, como el grano de mostaza o la levadura que fermenta la masa: así nos lo recuerda el Evangelio que hemos proclamado (Lc 13, 18-21).

Por eso, pedimos al Señor y oramos al Espíritu de la Verdad que os ilumine y fortalezca a toda la comunidad educativa y a quienes os dedicáis a la ciencia para ser testigos de una conciencia verdadera y recta, para defender y promover el ‘esplendor de la verdad’, en apoyo del don y del misterio de la vida y a la formación de nuestros jóvenes. En una sociedad ruidosa y tantas veces violenta, con vuestra cualificación cultural, con la enseñanza y con el ejemplo, podéis contribuir a despertar en muchos corazones la voz elocuente y clara de la conciencia, de la libertad en la verdad.

Como cristianos somos conscientes de que la luz de Cristo debe brillar en el mundo. Vivimos de la certeza de que el cristiano es, al mismo tiempo, ciudadano del cielo y miembro activo de ciudad terrena: el cristiano debe vivir la unidad de vida para que ser testigo convincente del Evangelio en aquellos campos en los que el hombre necesita la luz del discernimiento y la fuerza para trasformarlos según el espíritu del Evangelio.

Fieles al espíritu apostólico de vuestro Patrono, San Pablo, sentíos llamados a propagar el Evangelio a cada persona en particular y a todos los ambientes de nuestra sociedad en los que se juega el destino de los hombres. Que sólo os mueva la certeza de que el Evangelio es la Verdad que salva al hombre y le lleva a la plenitud de la felicidad. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe- Castellón

 

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