Coronación Canónica y Pontificia de la Virgen del Rosario de Almazora

Almazora, 7 de septiembre de 2011

(Is 61, 9-11; Magnificat; Gal 4, 4-7; Lc 1, 26-38)

****

 

“Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1, 28). Con estas palabras del Ángel Gabriel saludamos esta mañana con gozo desbordante y con afecto filial a la Virgen del Rosario, a la Mare de Déu del Roser. Y, con las palabras de María, la Virgen, alabamos y damos gracias ante todo a Dios, proclamamos la grandeza del Señor, porque ha hecho en ella maravillas. Con este sentimiento de alegría y de gratitud nos disponemos a coronar su imagen en nombre y con la autoridad del Santo Padre, Benedicto XVI, en este día en que con toda la Iglesia celebramos la Fiesta de la Virgen del Rosario. Agradecemos de todo corazón al Santo Padre la gracia que nos ha dispensado; y una vez le expresamos nuestro afecto filial y nuestra cordial comunión a Él que nos preside en la fe y en la caridad. Gracias Santo Padre. Y gracias también por los días de la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid, que han sido una rica fuente de gracia y de aliento y esperanza para todos.

 

Os saludo de corazón a todos cuantos os habéis unido a esta celebración: a los Sr. Párrocos de la Natividad, Mn. Joaquín Guillamón, de San José, Mn. José Manuel Agost, y de San Vicente, Mn. Anotnio Caja, así como a los Sres. Vicarios General y Episcopal de Pastoral y al resto de sacerdotes que en buen numero nos acompañan. Saludo con afecto y respeto a las muy dignas autoridades civiles y militares: al Sr. Alcalde y a los miembros de la Corporación Municipal. Mi saludo a la Reina y a las Damas de las Fiesta. Y -¡cómo no!- a la Presidenta y Corte de Honor de Santa Quiteria y de la Santísima Virgen del Rosario en sus Bodas de oro y a cuantos de un modo u otro estáis unidos a nosotros, muy especialmente a los enfermos y a los mayores.

La historia de Almazora es impensable sin su devoción a la Virgen del Rosario, a la Mare de Déu del Roser. A lo largo de los siglos hasta el día de hoy, ella ha sido y es para los almazorinos la Madre atenta y solícita, la mediadora de todo don y de toda gracia, venerada e invocada como auxilio de los cristianos, consuelo de los afligidos y refugio de los pecadores. Ella es signo y medio permanente de la bondad de Dios para con todos vosotros. Así lo entendieron y vivieron vuestros antepasados en la fe: fue su experiencia de la cercanía maternal de María, la que os llevó hace cincuenta años a la creación de la Corte de Honor de Santa Quiteria y de la Santísima Virgen del Rosario. Al hacerlo no sólo manifestabais vuestra sincera gratitud a la Madre por todos los bienes recibidos por su intercesión, sino que también se expresaba vuestra fe viva y vivida en ella como Madre de Dios y Madre nuestra.

En recuerdo del 50º Aniversario de la creación de la Corte, a petición de las tres parroquias y del Ayuntamiento de la Ciudad, y para mantener viva la devoción a la Mare de Déu del Roser hoy coronamos su imagen. Hoy recordamos también el Año Mariano de 1987, en que fue construida la Ermita y comenzó a celebrarse con gran solemnidad el traslado anual de la imagen de la Virgen. La devoción a la Virgen del Rosario ha crecido a lo largo de estos años; el pueblo fiel de Almazora la sigue venerando con gran devoción como Madre y Patrona.

Pero ¿qué significa coronar a la Mare de Déu del Roser? ¿Por qué coronamos su imagen? Al coronar la imagen de la Virgen del Rosario proclamamos a María, la Virgen, como Reina nuestra. Y lo hacemos porque ella es la Madre de Hijo de Dios, el Rey mesiánico, cuyo reino no tendrá fin (cfr. Lc 1, 33). A María la llamados Reina, porque, por amor de Dios, -la llena de gracia de Dios-, fue unida íntimamente a Cristo y asociada a la obra redentora de su Hijo, y así nos lleva a la fuente de la Gracia (cfr. Jn 19, 26-27). Y, finalmente, a María la proclamamos Reina, porque ya participa plenamente de la gloria de su Hijo en cuerpo y alma: ella ha recibido ya la corona merecida (cfr. 2Tm 4,8), la corona de gloria que no se marchita: María se ha convertido así en esperanza nuestra (cfr. 1Pe 5, 4). María, la Mare de Déu del Roser, es la Madre de Dios y también Madre nuestra, la Madre de la Iglesia y la Madre de todos los creyentes; ella es la Madre que nos acompaña con su protección maternal a los creyentes de todos los tiempos en nuestro peregrinaje por los caminos de la historia. Generación tras generación, los creyentes experimentamos su protección maternal; por ello la invocamos con confianza, la llamamos bendita entre todas las mujeres y la proclamamos Reina.

Pero no podemos separar a María de su Hijo. Su grandeza y realeza radican en ser la criatura elegida por Dios para ser Madre de su Unigénito, el Mesías y Rey. El Hijo de tu vientre le dice el Ángel “será grande, se llamará hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin” (Lc 1, 30). Los cristianos sabemos bien que María no es una deidad –como a veces se puede leer en algún medio de nuestro entorno-. María es la Hija amada del Padre, la más grande de las mujeres de la tierra, la más excelsa de las criaturas, pero es una creatura no una diosa.

Ella supo responder con todo su ser a la elección amorosa y gratuita de Dios. Gracias a María, gracias a su fe y confianza en Dios, gracias a su esperanza en el cumplimiento de las palabras del Ángel y gracias a su gran amor, se ha podido realizar el acontecimiento central y decisivo en la historia de la humanidad. Con María se abre la puerta de la restauración humana. Por el ‘fiat’ de María, por la Encarnación del Hijo de Dios en su seno virginal, Dios ha venido a nosotros, Dios ha entrado en nuestra historia, Dios se ha hecho el Dios con nosotros, el Dios que camina a nuestro lado.

Gracias a María, la Palabra de Dios se ha hecho hombre en su seno por obra del Espíritu Santo; en su Hijo, Dios nos comunica su misma Vida y la Verdad última y definitiva de Dios sobre sí mismo, sobre la creación y sobre el hombre: en Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre en el seno de María, Dios nos muestra que Él es amor, que nos ama a cada uno, que ama a este nuestro mundo, que conduce nuestra historia y la del mundo entero. No caminamos hacia la destrucción o la nada. Nuestra meta no está en el disfrute de lo efímero de las cosas, sino en Dios: Dios, que es amor, llama al hombre a la vida para hacerle partícipe de su misma vida, que es vida sin fin, que es felicidad plena. En el Verbo de Dios encarnado, Dios mismo se ha unido definitivamente al hombre y a todo hombre para hacernos partícipes de la misma Vida de Dios; por su muerte y resurrección nos ha liberado de esclavitud del pecado y de la muerte, y nos ha devuelto la Vida. Jesús de Nazaret, el Hijo de María, es el Camino hacia Dios y los hermanos; El es la Verdad plena sobre el mismo hombre; El es la Vida para el mundo.

Por esto, nos preguntamos ¿qué significa para nosotros coronar la imagen de la Mare de Déu del Roser? ¿Es un acto bello y solemne, histórico –como escuchaba está mañana en la radio- o es algo más, o es bastante más? No nos quedemos en lo externo y superficial. Si la proclamamos Reina debería ser porque queremos que ella reine en nuestro corazón, en nuestras familias, en nuestras comunidades parroquiales, en nuestra Ciudad y en nuestra Iglesia diocesana. Por ello este acto es una ocasión más que privilegiada para volver nuestra mirada Dios, a Jesucristo, Redentor de todos los hombres y el único en el que podemos ser salvos, el único que tiene palabras de vida eterna.

La imagen de la Virgen del Rosario tiene en su brazo a su Hijo. Acudimos a Ella porque brilla en nuestro camino, como signo de consuelo y de esperanza. Todo su gozo, gozo de madre nuestra, está en darnos a Cristo, en llevarnos hasta Jesús. En el fondo no se acude a María si no es para encontrar en Ella a Jesús y su salvación. Quien se acerca a María que nos muestra a Jesús, fruto bendito de su vientre, se acerca también al Salvador. Es preciso que cada uno de los cristianos demos un gran paso y nos encontremos con Jesucristo, lo conozcamos, lo acojamos en nuestra vida, lo amemos, lo sigamos. Es necesario, mis queridos hermanos y hermanas, que abramos de par en par nuestro corazón a Cristo, al Hijo de Dios, al Enmanuel, Dios-con-nosotros, al Hijo de María. El es la Palabra de Dios, que, encarnándose, renueva todo; él, verdadero Dios y verdadero hombre, el Señor del universo, es también señor de nuestra historia, el principio y el fin de toda ella.

Esta persuasión y certeza es el eje sobre el que se debe articular nuestra vida personal, familiar y comunitaria. Mirar a Jesucristo, encontrarnos con Él, identificarnos con Él, conocerle, amarle, seguirle, poner todo en relación con Él, hacer que Él esté en el centro, y que Él dé vida e ilumine todo: ése es precisamente el sentido de nuestro existir cristiano. El camino de la necesaria renovación de la Iglesia, de nuestras comunidades, de nuestras familias y de cada uno de nosotros no puede ser otro que Cristo y nuestra conversión a él y a su Evangelio. Madre Teresa de Calcuta fue preguntada por donde debía comenzar el cambio de la Iglesia: “Por Ud. y por mi”, contestó. Necesitamos cambiar nuestra mente y nuestro corazón para pensar, sentir y obrar según Dios como ocurre en María. ¿No es verdad que nuestra mente y nuestro corazón con demasiada frecuencia se han adaptado a los criterios del mundo alejado de Dios, se han secularizado? En el Rosario, rezado con atención, contemplación y devoción tenemos un camino precioso para acercarnos a Jesús y conocerlo, para dejarnos configurar por él nuestra mente y nuestro corazón. El Rosario es con sus misterios de gozo y de luz, de dolor y de gloria es un compendio del Evangelio, que nos lleva a Cristo. Recuperemos el rezo del Rosario personalmente y en familia: una familia que reza unida permanece unida.

De manos de María hemos de volver a la escuela de Cristo para hallar el verdadero, el pleno, el profundo sentido de palabras como paz, amor, justicia, libertad. Se hace urgente, mis queridos hermanos, un continuo esfuerzo por volver a Cristo, para que podamos tener el valor de decir sí a la vida, al respeto de la dignidad de todo ser humano, a la familia, fundada en el verdadero matrimonio, a una educación cristiana de nuestros hijos y de nuestros jóvenes, al trabajo honrado para todos, al sacrificio intenso para promover el bien común. Necesitamos volver a esta escuela de Cristo, que es conocimiento de El, que es escucha de su palabra, que es trato de amistad con El, para convertirnos a Dios, para poder decirle sí a Cristo, que es el Camino, la Verdad y la Vida. Para edificar la nueva civilización del amor, sólo existe un camino: ponerse a la escucha de Cristo de manos de María, que nos dice “Haced lo que Él os diga”: dejémonos empapar por la fuerza de palabra y por su gracia; volvamos a la escuela de Cristo.

Miremos, una vez más, a la Virgen del Rosario. La Virgen, unida estrechamente a su Hijo Jesús, señala la senda que ha de seguir el cristiano tras su Señor. Una verdadera devoción a la Virgen llevará consigo una constante voluntad de seguir sus huellas en el modo de seguir a Jesús, su Hijo y Señor. María dedicada constantemente a su Hijo, se nos propone a todos como modelo de fe, como modelo de existencia que mira constantemente a Jesucristo. Como María, el cristiano se abandona confiado y esperanzado en las manos de Dios, vive dichoso, como ella, de la fe: nada hay tan apreciable como la fe que se traduce en amor a Dios y a los hermanos, en especial a los más pobres y necesitados. Que vuestra caridad hacia los necesitados se muestre en la generosidad en la colecta: al menos una cantidad igual a los gastos por la coronación debería ir destinada a los pobres.

Miremos, hermanos, a María. Ella es la estrella que nos guía en el peregrinaje de nuestra vida. Ella es la causa de nuestra alegría; su gloria es aliento para nuestra esperanza. Su fe y obediencia a la Palabra de Dios, que se hace carne en su seno virginal, el modelo y camino para llegar a la meta prometida. Ella es nuestra intercesora ante el Padre, el Hijo y el Espíritu. Acudamos a ella en todos los momentos de nuestra vida, en el dolor y en la enfermedad, en las alegrías y en las penas. Ella nos remite a su Hijo muerto y resucitado, el Evangelio de la esperanza.

Que la Mare de Déu del Roser os ayude a manteneros firmes en la fe y en la vida cristiana a los niños y a los jóvenes, a los matrimonios y a las familias. Que la Virgen del Rosario, vuestra Patrona, a quien a partir de hoy el pueblo fiel de Almazora proclamará Reina, reine en vuestros corazones. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

 

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.