Fiesta de la Presentación del Señor. Jornada Mundial de la Vida Consagrada

Iglesia Parroquial de El Salvador, Castellón de la Plana, 2 de febrero de 2014

(Ml 3,1-4; Sal 23; Hb 2,14-18; Lc 2,22-40)

 ****

 

Queridos hermanos y hermanas en el Señor Jesús:

 

Fiesta del encuentro de Jesús

  1. La Fiesta de la Presentación de Jesús en el templo, como nos recordaba esta mañana el Papa Francisco, se llama también la Fiesta del encuentro. Al comienzo de la liturgia de este día se nos dice que Jesús va al encuentro con su pueblo. La ley de Moisés prescribía a los padres, que cuarenta días después del nacimiento del primogénito, subieran al Templo de Jerusalén para ofrecer a su hijo al Señor y para la purificación ritual de la madre (cf. Ex 13, 1-2.11-16; Lv 12, 1-8). También María y José cumplen con este rito, ofreciendo, según la Ley, dos tórtolas o dos pichones. El Hijo de Dios, que, al encarnarse, quiso “parecerse en todo a sus hermanos” menos en el pecado (Hb 2,17), comparte en todo su vida con los hombres, sin excluir la observancia de la ley prescrita para el hombre pecador.

 

Y así, Dios se sirve del cumplimiento de la Ley para se produzca el encuentro entre Jesús y su pueblo. Cuando María y José llevaron al Niño al templo de Jerusalén tiene lugar el primer encuentro entre Jesús y su pueblo, representado por los ancianos Simeón y Ana. Simeón reconoce y proclama que Jesús es la “salvación” de la humanidad, la “luz” de todas las naciones y “signo de contradicción”, porque desvelará las intenciones de los corazones (cf. Lc 2, 29-35).

 

Es la fiesta del encuentro de Jesús con su pueblo, en Simeón y Ana que lo reconocen como el Mesías esperado. Simeón y Ana representan a su pueblo, el pueblo de Dios, y a la humanidad que encuentra a su Señor en la Iglesia. Como Simeón o Ana hemos de tener la mirada y el corazón bien abiertos para ver en Jesús, la respuesta de Dios a la milenaria búsqueda de los hombres: a su espera de salvación, a su búsqueda de luz, de sentido, de amor, de vida y de felicidad, a su deseo del Infinito.

 

Fiesta de la consagración de Jesús a Dios Padre

  1. La Fiesta de la Presentación de Jesús en el templo es también Fiesta de la consagración de Jesús a Dios Padre. María y José presentan a Jesús en el templo, para ofrecerlo, para consagrarlo al Señor (Lc 2, 22). Jesús viene a este mundo para cumplir la voluntad del Padre con una oblación total de sí, con una fidelidad plena y con una obediencia filial al Padre (cf. Hb 10, 5-7). Simeón anuncia con palabra profética la suprema entrega de Jesús y su victoria final (cf. Lc 2, 32-35).

 

El Señor viene para purificar a la humanidad del pecado, para restablecer la alianza definitiva de comunión de Dios con su pueblo y para que así se pueda presentar a Dios “la ofrenda como es debido”. La primera y verdadera ofrenda, la que instaura el culto perfecto y da valor a toda otra oblación y consagración, es la que Cristo hace de sí mismo, de su propia persona y de su propia voluntad, al Padre. Así, Jesús nos muestra cuál es el camino de la verdadera consagración a Dios: este camino es la acogida incondicional del designio de Dios, de su amor y de su voluntad sobre cada uno, es la acogida gozosa de la propia vocación mediante la entrega total y radical de sí mismos a Dios en favor de los demás.

 

En la carta a los Hebreos podemos leer que Cristo por su oblación amorosa y obediente al Padre hasta la muerte, nos libera del pecado y de la muerte que nos esclavizan. En esta oblación total de Jesús al Padre descubrimos el valor de la humildad, de la pobreza y de la obediencia ante Dios, necesarios para que toda persona encuentre su propia verdad, su propio bien, su propia felicidad y alegría y esperanza en su vida. Este camino de Jesús es válido para la consagración a Dios de todo bautizado; y lo es también y de modo especial para todos los llamados a reproducir en la Iglesia y en el mundo, “los rasgos de Jesús virgen, pobre y obediente” (VC 1), mediante los consejos evangélicos.

 

En nuestros intentos de buscar la felicidad, la vida y la propia realización, los humanos vivimos con miedo al fracaso. En la raíz de todos nuestros miedos está nuestro miedo ante Dios y pensar que Dios es un dios celoso de la felicidad humana; está el temor a no alcanzar la vida con Dios siguiendo sus caminos, el temor a poner a Dios en el centro de nuestra existencia, el temor a entregamos totalmente a Él. Eso nos lleva tantas veces a mendigar seguridades fuera de Dios y a buscar vida fuera de El. Así acabamos esclavos de todo lo que pretende darnos una seguridad imposible. Nos cerramos a Dios y a su amor, y ello nos lleva a cerrarnos al otro: así nos aferramos a nuestros horizontes limitados y a nuestros egoísmos, a nuestro afán desordenado de autonomía personal al margen del designio de Dios, al goce efímero de nuestro cuerpo o a la posesión insaciable de bienes materiales. A partir de esta esclavitud se comprenden las demás esclavitudes humanas. Los intentos de liberación que no vayan a esta raíz no harán sino cambiar el sentido de la esclavitud.

 

La Fiesta de la Vida Consagrada

  1. La Fiesta de la Presentación de Jesús en el templo es la Fiesta de la Vida Consagrada. La oblación del Hijo de Dios, en su presentación en el Templo, es un modelo para los hombres y mujeres que consagran toda su vida al Señor. Por esta razón, hoy celebramos la Jornada especial de la vida consagrada. En este día, en primer lugar, alabamos y damos gracias al Señor por el don de la vida consagrada; para que, en segundo lugar, la vida consagrada en su diversidad de carismas sea conocida y estimada por todo el pueblo de Dios. Y este día es, por último, una invitación a todos los consagrados a celebrar las maravillas que el Señor ha realizado en vosotros.

 

El lema escogido para este año es “La alegría del Evangelio en la vida consagrada”, en sintonía con la primera exhortación apostólica del Papa Francisco (Evangelii gaudium). “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvara por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”. Estas son las palabras al inicio de la exhortación apostólica del Papa. Así ocurrió con Simeón y Ana el día de la presentación de Jesús en templo. Así ocuurre con todos los que se dejan encontrar y enamorar por Cristo. Entre los que se encuentran con Jesucristo estáis de modo especial las personas consagradas, cuya vocación (consagración-comunión-misión) se entiende plenamente desde el encuentro personal con Jesucristo pobre, casto y obediente, para seguirle más de cerca y con radicalidad evangélica.

 

Vuestra alegría, querido consagrados, nace de Dios en el encuentro con Jesucristo, que es la fuente de la verdadera alegría, La alegría en la vida consagrada procede de la fe, que a su vez proviene de la acogida de la Palabra de Dios. “El anuncio de la Palabra crea comunión y es fuente de alegría. Una alegría profunda que brota del corazón mismo de la vida trinitaria y que se nos comunica en el Hijo ( … ). Según la Escritura, la alegría es fruto del Espíritu Santo (cf. Gál 5,22), que nos permite entrar en la Palabra y hacer que la Palabra divina entre en nosotros trayendo frutos de vida eterna” (Benedicto XVI, Verbum Domini, 123). Para mantener viva esta alegría es necesario mantener viva la fascinación que os produjo vuestro primer encuentro con Cristo, un encuentro que debe ser cultivado día a día, para que se mantenga fresca vuestra condición de consagrados, para que no se apague vuestro amor primero, para que vuestra fidelidad no sea un mero conservar sino que se mantenga siempre fresca, arraigada junto al río de la vida, que es Cristo, que se nos da en su Palabra, en su Eucaristía, en el Sacramento de la Penitencia, en su Iglesia. El encuentro constante con el amor de Dios en Cristo y la acogida de la llamada amorosa y gratuita de Dios cambian radicalmente la vida de una persona y la mantienen joven. Nada hace ensanchar el corazón humano tanto como la convicción de que Dios es el ‘único bien’, que sólo en El está la Salvación, que sólo en Él está la plenitud (Sal 39, 10).  Pretender dignificar la vida humana de espaldas a Dios devalúa la existencia humana. La vida tiene sentido sólo cuando Dios es reconocido como dueño y como bien.

 

Exhortación final

  1. Así pues, queridos consagrados todos, os invito a que, llenos de confianza, gratitud y gozo, renovéis a continuación vuestros votos, signo de la ofrenda total de vosotros mismos a Dios. Acercaos al Dios tres veces santo, para ofrecer vuestras personas, vuestra vida y vuestra misión, personal y comunitaria, de hombres y mujeres consagrados al Reino de Dios. Hacedlo en íntima comunión espiritual con la Virgen María: ella es la primera y perfecta consagrada, llevada por el Dios que lleva en brazos; Virgen, pobre y obediente, totalmente entregada a nosotros, porque es toda de Dios. Siguiendo su ejemplo, y con su ayuda maternal, renovad vuestro “fiat“. Amén.

 

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.