Fiesta de la Virgen del Pilar, Patrona de la Guardia Civil

Castellón, 12 de octubre de 2011

(1 Cr 15, 3-4. 15-16; 16,1-2; Sal 26; Lc 11,27-28)

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¡Hermanas y  hermanos todos en el Señor!

Estimados Sr. Subdelegado del Gobierno y Sr. Coronel Jefe de la Comandancia de la Guardia Civil de Castellón: Les agradezco su amable invitación a presidir esta Eucaristía en el Día de la Patrona de la Guardia Civil. Estimadas autoridades civiles, judiciales y militares. Saludo con afecto a todos los miembros del Cuerpo de la Guardia Civil y a sus familias en el día de la Virgen del Pilar; ella es desde 1913, por propio deseo del Cuerpo, patrona, protectora y guía de la Guardia Civil. Hoy nos unimos a todos vosotros con esta Eucaristía de acción de gracias y de oración en la Fiesta de vuestra patrona.

La Virgen del Pilar nos remonta a los primeros momentos de la Evangelización de nuestra patria. La Virgen está con Santiago en el primer anuncio del Evangelio en nuestra tierra. Una antigua y venerada tradición nos dice que María reconforta y fortalece a orillas del Ebro en Zaragoza al Apóstol Santiago, cansado y desalentado en la difícil tarea de anunciar el Evangelio. Desde entonces, la Virgen del Pilar es aliento y protección de los cristianos de España y, más tarde, de los pueblos hispanos de América, en la obra siempre nueva y urgente de anunciar el Evangelio de Jesucristo, así como en la tarea para acogerlo y vivirlo en nuestra vida personal, familiar y profesional.

Este aliento y protección lo siento ahora al proclamar y explicar la Palabra de Dios ante todos Uds. en esta Misa, parte integrante de los actos oficiales de la Guardia Civil en honor a su Patrona, la Virgen del Pilar. Y no puedo hacer otra cosa sino anunciar el Evangelio de Jesucristo: porque con palabras de San Pablo: “¡Ay de mi si no anuncio el Evangelio!” (1 Cor 9, 16); y esto he de hacerlo “a tiempo y a destiempo”, con ocasión o sin ella (Cf. 2 Tim 2,4).

La primera lectura de hoy nos habla del Arca de la Alianza, que el rey David mandó trasladar a la tienda construida para darle cobijo. En el A.T., el Arca de la Alianza era el lugar por excelencia de la presencia de Dios en medio del pueblo de Israel en su peregrinar por el desierto (1 Cró 15,3-4.16; 16,1-2); si en esta día proclamamos esta lectura es porque María, la Virgen del Pilar, es el Arca de la Nueva Alianza por ser la Madre de Dios, por haber llevado en su seno virginal al mismo Dios; ella es signo elocuente de la presencia de Dios en nuestro mundo, en medio del pueblo cristiano y en medio de nuestro pueblo español.

Pero es más; La Virgen es como la columna que nos guía y sostiene día y noche en nuestro peregrinaje terrenal. El Pilar, esa columna sobre la que se aparece y es representada la Virgen, es símbolo del conducto que une el cielo y la tierra; es el signo de la acción de Dios en la historia y de lo que el hombre puede cuando da cabida a Dios en su vida. El Pilar es el soporte de lo sagrado, de la vida y del mundo, el lugar donde la tierra se une con el cielo, el eje a cuyo alrededor ha de girar la vida cotidiana, si quiere ser verdaderamente humana.

En María, Madre de Dios, la tierra y el cielo, Dios y el hombre, se han unido para siempre en su Hijo, Jesucristo. En Cristo Jesús, Dios mismo entra en nuestra historia y se hace presente, para mostrarnos quién y qué es Dios, y para desvelarnos la verdad del ser humano, del mundo y de la historia: su origen, su fundamento y su destino no son otros sino Dios mismo.

Por eso dice Jesús en el evangelio de hoy: “¡Mejor, dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!” (Lc 11, 27-28). María es dichosa, sí, por ser la Madre de Dios, por haberle llevado en su vientre y haberle amamantado. Pero, sobre todo, es dichosa por haber creído en Dios y a Dios, por haberse fiado de su Palabra, y por haberla puesto en práctica.

María se convierte así en modelo de fe, y en pilar seguro y firme de la Iglesia y de los creyentes: la fe en su Hijo, Jesucristo, y la profunda devoción a María, son los pilares sobre los que se fundamenta y va creciendo el pueblo de Dios en nuestra patria y en los pueblos de Hispanoamérica.

“¡Mejor, dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!”. Estas palabras van dirigidas hoy a nosotros. Jesús nos invita a abrir nuestra mente y nuestro corazón a Dios, a convertirnos a él, a escuchar y acoger su Palabra, a avivar nuestra fe cristiana, a llevar una vida coherente con la fe que profesamos. El Señor nos invita hoy a una renovación profunda de nuestra fe y vida cristiana, personal y comunitaria, profesional y pública. La fe, que hemos heredado, es un tesoro, que hoy necesita ser personalizada e impregnada por la experiencia de Dios, por el encuentro personal con Cristo, para que nuestra fe no sea mera tradición y los bautizados lleguemos a ser verdaderos creyentes y testigos.

Como antaño a Santiago, la Virgen del Pilar nos alienta hoy a todos los cristianos, independientemente de nuestra condición y profesión, para que no tengamos miedo de creer en Dios y a Dios. Ella nos susurra en este día: No tengáis miedo y abrid vuestro corazón a Jesucristo, arraigad vuestra existencia en él, fiaros de su Palabra, manteneos firmes en la fe cristiana, tened el valor de cumplir la Palabra y los mandamientos de Dios, cooperad día a día en la edificación del Reino de Dios: que es el reino de la verdad y de la justicia, de la gracia y de la vida, del amor y de la paz.

No nos avergoncemos de ser cristianos, en privado o en público, en nuestra familia o en nuestra profesión. La fe cristiana no es algo del pasado, sino tremendamente actual, porque Cristo Jesús vive, y da la vida porque ha resucitado. La fe cristiana no es un sentimiento subjetivo y volátil, propio de personas débiles o pusilánimes. La fe cristiana no es destructora, sino constructora de humanidad.

La fe cristiana, si es verdadera, lleva a asumir y vivir los valores, las actitudes, los sentimientos y los comportamientos de Cristo en nuestra concreta situación de vida. La fe no es asunto exclusivo de la conciencia, ni de la esfera privada. La fe cristiana afecta a la existencia y la transforma en todas sus dimensiones: en la esfera personal y en la familiar, en la esfera laboral y en la pública. “¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!”.

La Virgen del Pilar vuelve nuestra mirada a Dios y desea ardientemente que abramos nuestro corazón a Dios. Una sociedad que se cierra a Dios se va haciendo cada vez más inhumana. Por el bien del ser humano, por el bien de nuestra sociedad y por el bien de nuestro pueblo es hora de volver a abrir las ventanas para que la luz de Dios entre en nuestra vida y en nuestra sociedad. Y más lo es, si cabe, en estos momentos de crisis profunda y generalizada: es hora de contar con Dios, de avivar las raíces cristianas de nuestro pueblo en lugar de negarlas, combatirlas o marginarlas. Nuestra herencia cristiana no pertenece a la arqueología; tampoco es un fardo que obstaculice el camino hacia el progreso, sino el mejor capital que poseemos, lo mejor que los cristianos podemos aportar a nuestra sociedad. Miremos hoy a la Virgen del Pilar y, como ella, fundamentemos nuestra vida y nuestro trabajo en Dios.

Queridos miembros del Cuerpo de la Guardia Civil. Pido a Dios, que María, la Virgen del Pilar, os siga protegiendo en vuestro trabajo de servicio al bien común de nuestra sociedad y de nuestro pueblo español: un trabajo silencioso, que no siempre es bien comprendido ni suficientemente valorado; pero un trabajo que es siempre necesario para la libertad, la seguridad y la convivencia en nuestra sociedad.

A Dios ruego también por todos vuestros compañeros y familiares, fallecidos o víctimas de la violencia, así como por todas sus familias. Que el Señor conceda su paz eterna a los difuntos, y consuelo y esperanza a los atribulados. A El se lo pedimos de manos de María, la Virgen del Pilar, por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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