Fiesta de San José María Escrivá de Balaguer

Castellón de la Plana, Basílica de la Mare de Déu de Lledó, 26 de Junio de 2014

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Amados todos en el Señor:

 

  1. En la fiesta de San Josémaría Escrivá de Balaguer hemos sido convocados por el Señor para la acción de gracias a Dios, fuente y origen de todo ser, fuente y origen de la santidad de sus criaturas. Al Dios uno y Trino se dirige nuestra mirada y nuestro corazón agradecido por todo lo que Él ha obrado en su siervo Josemaría: gracias le damos por su persona entregada al amor y a la voluntad de Dios, por su vida en el seguimiento de Cristo, por su santidad y por su obra – la Obra de Dios – como él la llamó.

 

  1. San Josemaría nacía el 2 de enero de 1902 en Barbastro del matrimonio formado por José Escrivá y Corzán y Dolores Albás y Blanc. A los cuatro días de su nacimiento recibía las aguas bautismales y le impusieron los nombres de José María, Julián y Mariano; más tarde, como signo de su gran amor a la Virgen María y a San José, él mismo uniría los dos primeros nombres en un solo: Josemaría. A la edad de quince o dieciséis años comienza una etapa esencial en su vida, que dura hasta los veintiséis años; es la ‘época de los barruntos’, como él gustaba decir: comenzó a percibir que Dios, en su infinita bondad, le pedía algo, esperaba algo de él, sin saber muy bien en qué se concretaba esa voluntad. Afirmaba en alguna ocasión: ‘Comencé a barruntar el Amor, a darme cuenta de que el corazón me pedía algo grande y que fuese Amor (Meditación Los caminos de Dios, 19-III-1975, en Diálogo con el Señor, pp. 215-216).

 

Un día de invierno, en Logroño, le removió la visión de las huellas penitentes de un carmelita descalzo en la nieve; pisadas que le hablaban de los pasos de Cristo por este mundo y parecían invitarle a ir en su seguimiento. Años después, rememorando este suceso providencial, contaba: “El Señor me fue preparando a pesar mío, con cosas aparentemente inocentes, de las que se valía para meter en mi alma esa inquietud divina. Por eso he entendido muy bien aquel amor, tan humano y tan divino, de Teresa del Niño Jesús, que se conmueve cuando por las páginas de un libro asoma una estampa con la mano herida del Redentor. También a mí me han sucedido cosas de ese estilo, que me removieron y me llevaron a la comunión diaria, a la purificación, a la confesión… ya la penitencia” (Meditación Los pasos de Dios, 14-II-1964, ibid., p. 72).

 

Pensó que ser sacerdote entraba dentro de los planes divinos y decidió iniciar los estudios en el Seminario; al mismo tiempo parte de aquellos planes quedaban velados para él. De ahí que comenzara a rezar, ya desde los primeros momentos de su vocación, con palabras del ciego de Jericó: “Señor que vea”; y también “que sea lo que Tú quieres”. Su oración perseverante, su atenta escucha y su correspondencia a la gracia durante toda una década tuvieron como fruto la luz. Fue el 2 de octubre de 1928, cuando Dios al fin le hizo ver el Opus Dei. Esa, y no otra, era la misión para la que el Señor le venía preparando.

 

  1. Rema mar adentro y echad las redes para pescar’ (Lc 5,4) dice Jesús a Pedro. De modo semejante, ese día 2 de octubre, durante unos ejercicios espirituales en Madrid, el jovencísimo sacerdote Josemaría escuchó la voz del Señor que le confiaba abrir un camino nuevo de santidad y de apostolado en el amplio mar de la Iglesia, debería dejar la tranquilidad de la orilla, para lanzarse a una aventura de proyección universal tanto en el espacio como en el tiempo.

 

Jesús le quería como instrumento para recordar que en virtud del bautismo todo cristiano es hijo de Dios, ‘imagen del Hijo’, como nos recuerda San Pablo (Rom 8,29); le quería parar recordar que el don del bautismo -la filiación divina, la incorporación a Cristo y a su Iglesia-, es la vez una tarea común a todo bautizado: una llamada a la santidad, una llamada a vivir y desarrollar la vida de los hijos de Dios, recibida en el Bautismo, en el seguimiento de Cristo y como miembros corresponsables en la vida y misión de la Iglesia. Josemaría recupera esta verdad básica del cristianismo y propone la necesidad de conducirse de acuerdo con la realidad bautismal; fomenta la confianza en la providencia divina, la sencillez en el trato con Dios, el aprecio por las realidades naturales y humanas, la serenidad y el optimismo.

 

Nuestro Santo percibe que el Señor le quiere para ayudar a descubrir el camino de la unión con Dios, de la santidad, en medio del mundo, en el trabajo cotidiano, en el matrimonio, en la familia, en el cumplimiento de los deberes sociales, en la amistad, en el descanso, en el desempeño de todas las actividades honestas. Había que difundir el mensaje de que la plenitud de la vida cristiana es accesible para todo hombre, cualquiera que sea su estado y condición, y que la vida ordinaria nos ofrece una ocasión providencial para una ilimitada entrega a Dios y para llevar acabo un apostolado eficaz en los más variados ambientes. Todo cristiano puede y está llamado a buscar la santidad –es decir a vivir la propia condición bautismal- a través de las circunstancias de su vida, y de las actividades de las que se ocupa. En palabras del fundador del Opus Dei: “La vida ordinaria puede ser santa y llena de Dios“; “el Señor nos llama a santificar la tarea corriente, porque ahí está también la perfección cristiana” (En Es Cristo que pasa, n. 148).

Nuestro Santo descubre y proclama que el trabajo ocupa un lugar central entre las realidades que se han de santificar. La profesión, el oficio que cada uno desempeña, es camino de santidad. Para santificar el trabajo, éste deberá ser realizado “con la mayor perfección posible: con perfección humana (competencia profesional) y con perfección cristiana (por amor a la voluntad de Dios y en servicio de los hombres)” (En Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 10).

 

  1. Estas enseñanzas resultaban por aquel entonces muy novedosas. No era frecuente oír hablar de santidad en medio del mundo. Era como si se hubiera producido un paréntesis de siglos, y, por ello, como el resurgir de un mensaje nuevo y viejo; tan nuevo y antiguo como el mismo Evangelio. La santidad no es cosa de privilegiados, dirá. La santidad no es algo reservado exclusivamente a algunas almas escogidas o a sacerdotes y religiosos. Las palabras de San Pablo son muy claras: “Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación”, dichas para todos los discípulos de Jesucristo. Desde que el Concilio Vaticano II la propuso de modo solemne en la Constitución Dogmática sobre la Iglesia, se ha hecho doctrina común en la Iglesia la llamada universal a la santidad, que San Josemaría había recuperado años antes del olvido. La Lumen Gentium y el Catecismo de la Iglesia Católica nos lo recuerdan: “Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad”. Todos estamos llamados a la santidad: ‘Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto’. (Cfr. LG 40; CEC 2013)

 

La vocación a la vida cristiana y la llamada a la santidad son equivalentes. Todo fiel cristiano está llamado a la santidad. La santidad es la conformación con Aquel que es Maestro y Modelo de santidad. Nadie pues que realmente quiera ser cristiano puede considerarse exento de la llamada de Jesús a aspirar a la santidad. Ninguna excusa, como la dificultad de ese camino o las atracciones del mundo o lo complejo de la vida moderna, puede aducirse para escamotear el destino de felicidad al que Dios llama al hombre.

 

Desde los comienzos de su labor apostólica, san Josemaría resaltó la dignidad del matrimonio y recordó con vigor que también el matrimonio es una vocación divina y una llamada a la santidad. Había escrito en el n. 27 de Camino: “¿Te ríes porque te digo que tienes “vocación matrimonial”? —Pues la tienes: así, vocación. Encomiéndate a San Rafael, para que te conduzca castamente hasta el fin del camino, como a Tobías”.

 

“El matrimonio no es, para un cristiano —precisaba en Es Cristo que pasa— una simple institución social, ni mucho menos un remedio para las debilidades humanas: es una auténtica vocación sobrenatural. Sacramento grande en Cristo y en la Iglesia, dice San Pablo y, a la vez e inseparablemente, contrato que un hombre y una mujer hacen para siempre, porque —queramos o no— el matrimonio instituido por Jesucristo es indisoluble: signo sagrado que santifica, acción de Jesús, que invade el alma de los que se casan y les invita a seguirle, transformando toda la vida matrimonial en un andar divino en la tierra. Los casados están llamados a santificar su matrimonio y a santificarse en esa unión”.

 

Experimentó una gran alegría cuando durante los años cincuenta, se encontró el camino jurídico para que las personas casadas formaran parte del Opus Dei. En cuanto pudo, organizó un retiro espiritual en Molinoviejo, una casa de retiros cercana a Segovia, en el que participaron muchas personas que deseaban entregarse plenamente a Dios, en el matrimonio.

 

El Papa Francisco nos recordaba a los Obispos en Visita ad limina la necesidad de cuidar la “preparación al matrimonio y el acompañamiento de las familias, cuya vocación es ser lugar nativo de convivencia en el amor, célula originaria de la sociedad, transmisora de vida e iglesia doméstica donde se fragua y se vive la fe. Una familia evangelizada es un valioso agente de evangelización, especialmente irradiando las maravillas que Dios ha obrado en ella. Además, al ser por su naturaleza ámbito de generosidad, promoverá el nacimiento de vocaciones al seguimiento del Señor en el sacerdocio o la vida consagrada”.

 

El camino de la santidad es el amor. El amor es el misterio más grande del mundo. En su sentido pleno implica participación en la misma vida de Dios. La tarea de los hombres es abrirnos al amor de Dios y dejar que éste penetre profundamente en nuestro corazón. El amor es principio y meta de los caminos de Dios, es y debe ser también el principio y meta de los caminos del hombre. Dios habita en la Iglesia y en los hombres en la medida en que se amen mutuamente. El amor que procede de Cristo y el amor del cristiano no son sensaciones vagas, sino que incluyen un compromiso definitivo para que el amor de Dios se manifieste y transforme la persona, los matrimonios y las familias, las relaciones humanas, la sociedad y el mundo.

 

También nosotros estamos llamados a buscar una santidad auténtica en medio de nuestro vivir ordinario, que no es otra cosa sino buscar la plenitud  de vida cristiana. El secreto de la santidad está en poner siempre amor de Dios y espíritu de servicio a los demás en todo lo que emprendemos. El secreto reside en el amor y la perfección con que se lleva a cabo lo pequeño, lo menudo, lo cotidiano. Ciertamente, una santidad escondida, discreta, sin brillo externo, pero con evidente heroísmo.

 

  1. Vale la pena ir por este camino. Fiémonos de la palabra de Cristo como Pedro y como San Josémaría: ‘Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero por tu palabra echaré las redes’ (Lc 5,5). Si nos ponemos en la situación del joven sacerdote Josemaría, lo que se le pedía tenía que parecerle, humanamente hablando, como un imposible. El se consideró sin fuerzas, sin condiciones, incapaz de sacar adelante una tarea de la magnitud. Pero su respuesta fue, similar a la de Simón Pedro: ‘por tu palabra echaré las redes’; confió en el Señor y, lleno de fe, inició su trabajo fundacional sin desmayos, con tenacidad, poniendo los medios sobrenaturales para cimentar bien el Opus Dei en la oración y en la expiación, y, en la medida de lo posible, también los escasos medios humanos a su alcance, actuando con lógica divina y dándose con generosidad a la labor apostólica.

 

  1. San Josemaría acostumbraba a decir que él no era modelo de nada; que el único modelo era Jesucristo; y que, por tanto, nadie tenía por qué imitarle. Pero también añadió en algún momento: “Si en algo podéis imitarme es en mi amor a Santa María”. Procuró caminar siempre muy cogido de su mano. Con seguridad una de las facetas que más admiró en la Virgen fue que Ella es Maestra del sacrificio escondido y silencioso (Camino. n. 509), modelo de quien quiere santificarse en lo menudo, en las cosas pequeñas, para hacer, en expresión suya, verso heroico, de la prosa de cada día (Homilía Amar al mundo apasionadamente en Conversaciones, n. 116).

 

Concluyo ya con unas palabras de San Josemaría: “Para ser divinos, para endiosarnos, hemos de empezar siendo muy humanos, viviendo cara a Dios nuestra condición de hombres corrientes, santificando esa aparente pequeñez. Así vivió María. La llena de gracia, la que es objeto de las complacencias de Dios, la que está por encima de los ángeles y de los santos llevó una existencia normal (…). Corazón Dulcísimo de María, da fuerza y seguridad a nuestro camino en la tierra: sé tú misma nuestro camino, porque tú conoces la senda y el atajo cierto que llevan, por tu amor, al amor de Jesucristo” (Es Cristo que pasa, nn. 172 y 178). Y con San Josemáría decimos hoy a los pies de la Madre: Santa María, Mare de Déu de Lledó, Ruega por nosotros. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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