Fiesta de San Juan de Ávila

Castellón, Seminario ‘Mater dei’, 10 de Mayo de 2010

 (1 Cor 4,1-5; Sal 88; Jn 21,15-17)

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¡Amados hermanos en el Señor!

Con gozo celebramos un año más la Fiesta de San Juan Ávila, el Patrono del clero secular español. En torno a la mesa de la Eucaristía damos gracias a Dios por el don a la Iglesia en España de este “maestro ejemplar por la santidad de su vida y por su celo apostólico”; damos gracias a Dios también por el don de nuestro ministerio presbiteral, por la entrega y la fidelidad de estos hermanos nuestros, que hoy celebran su jubileo sacerdotal de oro, y por los neopresbíteros. Unidos en la oración suplicamos a Dios que nos conceda a todos la gracia de la santidad y de la fidelidad al don y ministerio que hemos recibido a todos los sacerdotes, viviendo tras las huellas del Buen Pastor y siguiendo el ejemplo de nuestro Patrono, San Juan de Avila, y, en este Año sacerdotal, también el del Santo Cura Ars, Juan Mª Vianney, “verdadero ejemplo de pastor al servicio del rebaño de Cristo”.

El recuerdo de ambos santos ha de suscitar en nosotros el deseo de imitarles. Su recia personalidad, su amor entrañable a Jesucristo, su pasión por la Iglesia, su ardor y entrega apostólica son estímulos permanentes para que todos nosotros vivamos fieles a la vocación, al don y ministerio recibidos de Dios.

Nuestro ministerio sacerdotal tiene su fuente permanente en el amor de Cristo, que espera un amor de entrega total a Cristo y, en El, a quienes nos han sido confiados. En el evangelio hemos recordado el diálogo de Jesús resucitado con Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?… Apacienta mis ovejas” (Jn 21,15-17). Este es el núcleo y la fuente de nuestra espiritualidad sacerdotal: un amor sin fisuras al Buen Pastor.

“¿Me amas?”, pregunta Jesús; y Pedro responde: “Señor, tu sabes que te quiero”. Es el Señor quien toma la iniciativa y llama a sus discípulos “para que estén con él” (Mc 3,14); el Señor les hace sus amigos amándolos con el amor que recibe del Padre (cf. Jn 15,9-15). Amar a Jesucristo es una correspondencia a su amor. Mal puede amar quien no conoce al Amado, quien no intima con él, quien no se deja conformar su mente y su corazón por él. Es en la intimidad con Jesucristo en la oración y en la Eucaristía donde se aviva en nosotros la necesidad interior de predicar a Jesucristo, hasta poder decir con San Pablo: “No tengo más remedio y ¡ay de mi si no anuncio el Evangelio” (1 Cor 9, 16). Instados por tantas demandas y preocupados por tantas cosas, queridos sacerdotes, necesitamos fortalecer y mejorar nuestra vida de oración y la celebración de la Eucaristía, para adquirir los mismos sentimientos de Cristo. Ahí encontraremos el secreto para vencer la soledad, el apoyo contra el desaliento, la energía interior que reafirme nuestra fidelidad y nuestro celo pastoral.

Hoy resuena en todos nosotros la llamada del Señor a seguirle en todo momento con una fidelidad creciente. Para afrontar los momentos recios, que nos ha tocado vivir, necesitamos reavivar el don, que hemos recibido por la imposición de las manos, es necesario que nos dejemos configurar existencialmente con Jesucristo, el Buen Pastor, para vivir nuestro ser y nuestro obrar con verdadera y apasionada caridad pastoral. Nuestra Iglesia y nuestro mundo necesitan maestros del espíritu y testigos creyentes, verdaderos místicos y mistagogos que les hablen de Dios, les lleven al encuentro con Jesucristo y que les anuncien su Evangelio. Nuestras comunidades, nuestros niños, adolescentes y jóvenes, nuestras familias, nuestros sacerdotes jóvenes y seminaristas necesitan que nosotros los sacerdotes seamos referentes claros de Jesucristo y de su Evangelio; en una palabra necesitan pastores santos. La urgente renovación interna de la Iglesia, la difusión del evangelio en todo el mundo y diálogo con el mundo moderno, piden de todos los sacerdotes que, empleando los medios recomendados por la Iglesia, nos esforcemos por alcanzar una santidad cada día mayor, que nos haga instrumentos cada vez más aptos al servicio de todo el Pueblo de Dios (cf. PO 12)

Durante este Año sacerdotal estamos viviendo un verdadero tiempo de gracia de Dios para valorar la belleza del don que hemos recibido; está siendo una inigualable oportunidad para la renovación interior y para vivir con gozo, esperanza y fidelidad creciente la propia identidad y ministerio. Dios mismo, a través de la Iglesia, nos está ofreciendo con más abundancia su Palabra, la gracia del Sacramento de la Reconciliación y de la Eucaristía.

El Señor nos llama a entrar en un proceso de constante conversión al don que hemos recibido. No sólo hemos recibido una vocación ‘al’ sacerdocio, sino ‘en’ el sacerdocio”. “Como en el caso del apóstol Pedro, llamado a seguir a Jesús incluso después de que el Resucitado le ha confiado su grey, -“Dicho esto, añadió: ‘Sígueme’ (Jn 21, 17-19), continua el evangelio que hemos proclamado- hay un ‘sígueme’ que acompaña toda la vida y misión del apóstol. Hay un “sígueme” que atestigua la llamada y la exigencia de fidelidad hasta la muerte (cf. Jn 21,22), un ‘sígueme’ que puede significar ‘sequela Christi’ con el don total de sí en el martirio” (PDV 70)

La inclinación a la autosuficiencia nos llevan con frecuencia a construirnos nuestro propio reino de espaldas a Dios, a Cristo y a lo que somos: prolongación visible y signo sacramental de Cristo, Cabeza, Pastor y Esposo. Hemos de dejarnos encontrar por el amor de Dios en Cristo, abrazar por El, cambiar hasta la identificación de nuestra persona con el don que hemos recibido, con el apoyo de la gracia de Dios.

En este camino de conversión se nos pide vivir la fidelidad evangélica a Jesucristo. La actitud básica a recuperar, purificar o acrecentar para que se avive en nosotros el don de nuestra configuración y vinculación con Cristo, Cabeza, Pastor y Esposo, es la fidelidad. “Que se nos considere, por tanto, como ministros de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien: lo que se exige a los administradores es que sean fieles” (1 Co 4, 1-2). La fidelidad reclama no sólo perdurar, sino mantener el espíritu fino y atento para crecer en fidelidad. La fidelidad al ministerio, siempre delicada, se ha tornado más delicada y problemática en nuestros días; y, sobre todo, hacerlo con frescura y finura.

Nuestra fidelidad al ministerio recibido pide desechar todo tipo de “doble vida” en la que, bajo una apariencia de fidelidad, se vive en realidad y a escondidas gravemente infiel en aspectos morales importantes. Pero también pide que desalojemos la rutina, que mata toda clase de amor, o la mediocridad y la tibieza de la oración escasa y desalentada, del trabajo pastoral realizado sin ardor, de las concesiones en materia de celibato, de la falta de alegría interior, del aislamiento; pide superar la fidelidad intermitente

El Señor espera de nosotros la fidelidad evangélica. Son numerosos los presbíteros que la viven. El Espíritu Santo extrae del fondo evangélico de estas personas, nuevas y crecientes respuestas de fidelidad. No son impecables, tienen sus defectos y debilidades, pero quieren empezar cada día. Están totalmente identificados con el don recibido, y con su ministerio. En pastoral, quieren aprender y actualizarse. En teología, quieren renovarse. Oran intensa y largamente. Buscan días de retiro. Tratan a los feligreses con respeto, con cariño, conscientes de que es el Señor quien, a través de ellos, se encuentra con la gente. Viven en total entrega a su ministerio. No han perdido su ‘juventud apostólica’. Su fidelidad es modesta, progresiva, concreta, realista y agradecida.

No olvidemos que Dios es siempre fiel con aquellos a quienes ha llamado. Hemos sido llamados, consagrados y enviados en la Ordenación por una Palabra que no se arrepiente. La fidelidad que debemos a Jesucristo tiene su modelo máximo en la fidelidad de Jesús al Padre. Identificarnos con el Señor equivale a impregnarnos, por la acción del Espíritu, de sus actitudes básicas, entre las cuales ocupa lugar relevante y único la fidelidad a Dios. La fidelidad que le ofrecemos al Señor, antes y mas íntimamente que respuesta nuestra a Dios, es fruto de la fidelidad de Dios a nosotros. No es tanto fruto de nuestra perseverancia como regalo de la gracia (S. Agustín). Cuando hablamos de fidelidad hablamos, ante todo, de amor. Nuestra fidelidad no es fruto de nuestra obstinación, ni siquiera de nuestra coherencia o de nuestra lealtad. Tenemos que implorar la fidelidad.

La situación de nuestra Iglesia en el presente puede llevarnos al abatimiento. Pero la podemos vivir como ocasión y punto de partida de una renovación de nuestro ministerio. Nada justifica nuestra desesperanza. Los tiempos actuales no son menos favorables para el anuncio del Evangelio que los tiempos de nuestra historia pasada. Esta fase de nuestra historia es para nosotros, pese a todo, un tiempo de gracia y de conversión.

Los ataques a la Iglesia, los pecados de algunos de sus miembros cualificados y el descrédito nos han de preocupar, pero pueden conducirnos a un amor a la Iglesia mayor y más purificado, y a una vivencia mayor de la fidelidad evangélica nuestro don y ministerio. La fuerte disminución de los sacerdotes es un gran mal, pero puede acrecentar nuestra necesaria implicación en la pastoral vocacional, la formación y promoción del laicado y ‘curar’ a nuestra Iglesia del clericalismo. La apatía religiosa de los creyentes puede desanimar a muchos, pero puede motivar en otros creyentes una entrega más auténtica al Evangelio. La extensión de la increencia nos aflige, pero puede conducirnos a purificar la imagen que tenemos de Dios. La misma experiencia de despojo y de impotencia que sentimos en la Iglesia puede abatirnos, pero puede también llevarnos a poner nuestro apoyo existencial básico sólo en Él, a mirar la Cruz, a comprender mejor que sólo Dios salva y a respetar sus caminos misteriosos para acercarse a los humanos. En suma, nuestra experiencia humana de desvalimiento puede y debe ser el espacio en el que, por el Espíritu, acontezca una experiencia de Dios.

En tiempos como los nuestros resuenan y confortan especialmente palabras como éstas del Apóstol: “Nos acosan por todas partes, pero no estamos abatidos; nos encontramos en apuros, pero no desesperados; somos perseguidos, pero no quedamos a merced del peligro; nos derriban, pero no llegan a rematarnos. Por todas partes vamos llevando en el cuerpo la muerte de Jesús… para que en vosotros en cambio, actúe la vida”. (2 Co 4,8-12).).

Confiemos en la presencia del Espíritu en el mundo y en la Iglesia. La desafección religiosa y la debilidad de nuestra fe y de nuestras comunidades pueden y suelen despertar en nosotros un movimiento espontáneo de responsabilidad desmedida e impaciente. Debajo de esta reacción subyace un déficit de nuestra fe. Parecemos olvidar que el Protagonista de la salvación y el Guía de la Iglesia es el Espíritu Santo que está activamente presente entre los hilos de la historia y los entresijos de la Iglesia.

La historia humana está escrita por dos libertades: la de Dios y la de los hombres. Pero, por la Muerte y Resurrección del Señor, la suerte de la historia está echada. Dios Padre no ha desistido de su voluntad salvadora universal y eficaz. Por caminos que no conocemos, Él continúa actualizando su salvación. Es necesario que esta convicción de nuestra fe se convierta en persuasión profunda, sentida, capaz de pacificar nuestras alarmas excesivas y de devolvernos la alegría de ser lo que somos. El Espíritu Santo conduce a su Iglesia, espacio y camino para la salvación. Él nos precede. No somos conquistadores ni salvadores, sino sus colaboradores”. Reconocer al Espíritu, descubrir los signos de su presencia y colaborar con Él con docilidad, fidelidad y humildad es mucho más saludable que agobiarnos y responsabilizarnos en exceso.

Queridos hermanos: En este día de fiesta pido a Dios que vivamos y crezcamos en el amor y celo apostólico, en la fidelidad a Cristo de San Juan Avila y del santo Cura de Ars. Que esta Eucaristía sea semilla fecunda de unas vidas sacerdotales cada vez más entregadas y de nuevas vocaciones para nuestros presbiterios. Amén.

Felicito de todo corazón a D. Ángel Cervera Cervera, D. Salvador Martínez Soriano, D. Francisco Tormo Llopis y D. Roque Herrero Marzo en sus bodas de oro sacerdotales. Que sigáis manifestando al mundo la alegría de vuestra entrega y fidelidad al Señor y al ministerio recibido. Que la seducción del amor de Cristo siga tan viva como el primer día. Felicito también a los neopresbíteros: D. Enrique Martínez Fernández, D. Lucio Rodrigues Martins-Reis, D. Alejandro (Alex) Díaz Ventura, D. Oriol Genius Pascual y D. Raúl López Ramos.

Encomendemos en nuestra oración a D. Salvador Pastor Pastor, D. Jesús Miralles Porcar, D. Rafael Vaquer Miravet, así como a D. Narciso Jordán, fallecido a principios de este año.

A la alegría por vuestro jubileo sacerdotal, se une hoy nuestro gozo porque en esta celebración van a recibir el ministerio del acolitado dos de nuestros seminaristas: Manolo y Pablo. Por el ministerio de acólito se os confía la misión de ayudar a los presbíteros y diáconos en su ministerio y de distribuir como ministros extraordinarios la Sagrada Comunión a los fieles y llevarla a los enfermos. Creced en amor a la Eucaristía y en el amor a los hermanos, para que un día no lejano podáis recibir el orden del diaconado.

Que María nos acompañe a todos y cuide de nosotros para que sigamos siendo fieles a su Hijo Jesucristo, según la vocación y el ministerio que cada uno hemos recibido del Señor. A Ella os encomiendo especialmente a vosotros los que celebráis vuestro jubileo. Ella sabrá guiaros, día a día, para que seáis uno con el buen Pastor. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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