Fiesta de San Pascual Baylón

Patrono de la Diócesis y de la Ciudad de Vila-real
Iglesia Basílica de San Pascual, Villarreal – 17.05.2012

 (Sof, 2,3; 3, 12-13; Sal 33: 1 Cor 1, 26-31; Mt 11, 25-30)

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Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor

Como cada año, el Señor nos convoca en este día en torno a mesa de su Altar para honrar y venerar a San Pascual, Patrono de esta Ciudad de Villarreal y de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón. Sed bienvenidos todos cuantos os habéis unido a esta celebración de la Eucarística, en la que actualizamos el misterio pascual, la muerte y resurrección del Señor.

La Fiesta de San Pascual, nuestro Patrono, nos invita a recordar de nuevo una figura emblemática de la historia de Vila-real, que ha marcado los trazos más profundos y duraderos de esta Ciudad y también de nuestra propia Iglesia Diocesana: en ellas vivimos, a ellas pertenecemos y a ambas amamos con verdadero amor cristiano. Un amor que se alimenta constantemente –como ya lo hiciera San Pascual- en su fuente inagotable que es la Eucaristía, el sacramento de la caridad y el vínculo de unidad. Recordar a Pascual en estos momentos no significa un mero ejercicio de memoria del pasado sino un compromiso cristiano con esta ciudad y con nuestra Iglesia diocesana.

La biografía de San Pascual no muestra ninguno de esos datos sobresalientes con los que se construye la fama humana. Y, sin embargo, pocos como han gozado de un reconocimiento y una simpatía popular, tan arraigada y sentida, como este humilde y sencillo pastor, como este lego franciscano, hijo de padres modestos pero profundamente cristianos.

Recordemos. Pascual nació el año 1540 en Torrehermosa, en el Reino de Aragón, en los lindes con Castilla. Sus padres, Martín Bailón e Isabel Yubera, le infundieron muy pronto una fe recia y una caridad desbordante hacia los pobres. Desde los siete hasta los veinticuatro años se dedicó al oficio de pastor; en este tiempo aprendió a leer para poder recitar oraciones a la Santísima Virgen.

Sus biógrafos lo describen como un joven austero y sacrificado, de carácter dulce en el trato y generoso para con los demás. Con frecuencia caminaba descalzo en medio de grandes fríos recitando oraciones con profunda devoción. Cuando por su oficio de pastor no podía asistir a la santa Misa, mientras ésta se celebraba se ponía de rodillas, mirando hacia el Santuario de Nuestra Señora de la Sierra donde se ofrecía el Santo Sacrificio.

Grande fue su preocupación y su amor por los pobres, como profundo fue también su espíritu de justicia; llegó a pedir incluso que se indemnizase a los propietarios de los campos por los perjuicios ocasionados por sus ovejas. Pasados los años, Pascual sintió la llamada de Dios a la vida religiosa; en medio de muchas dificultades siguió la llamada e ingresó en los franciscanos alcantarinos de cuya familia formaría parte hasta morir aquí en Villarreal en la Pascua de Pentecostés de 1592.

En las comunidades franciscanas, a las que perteneció, nuestro Santo fue portero, cocinero, hortelano y limosnero. Nunca se le vio ocioso. Su deseo constante fue ajustar su vida al Evangelio según la Regla de San Francisco, desgastando su vida por Dios y por sus hermanos. Estaba siempre dispuesto para todos y para cualquier menester. Y todo ello con el espíritu de pobreza, austeridad y oración, propio de la orden franciscana. Esta es la sencilla historia de Pascual.

Pero, ¿qué apreciaron sus contemporáneos en esta sencilla vida de Pascual? No cabe duda: nuestros antepasados apreciaron en Pascual sobre todo su santidad: el ejercicio heroico de la humildad y su perseverancia asidua en la práctica del amor cristiano, alimentada en la oración. De él pudieron decir que se mantuvo íntimamente unido a la verdadera vid que es Cristo, que se alimentó en una profunda vivencia de la Eucaristía y que siguió la estela de María, la Virgen, a la que tanto amaba y veneraba. Sí: Pascual fue santo y puede ser llamado dichoso porque temió a Dios, porque confió y esperó en el Señor (Sal 33); Pascual es santo porque no supo “gloriarse sino en el Señor” (1 Cor 1,31).

Por su sencillez y humildad, Pascual fue un hombre que supo intuir y vivir acoger a Dios en su la propia existencia, que bueno amarle, que es bueno darle gracias, buscar su gloria y descubrir la grandeza de sus obras y la profundidad de sus designios. Dios escoge siempre a “la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor” (1 Cor 1,30). Sí, hermanos: sólo desde la humildad se descubre la presencia de Dios en la existencia diaria y en el hermano que uno tiene a su lado.

Nuestra pregunta hoy es: ¿seguimos nosotros apreciando en Pascual lo mismo que tenían nuestros antepasados  al conmemorarle y homenajearle en su Fiesta de hoy? Seguro que lo siguen haciendo muchos, todos aquellos que mantienen viva la fe cristiana de sus antepasados. Y lo harían también muchos alejados de la fe cristiana, si se les explicase bien en qué consiste y qué es la santidad; y, sobre todo, lo harían si la viesen plasmada en la vida de los cristianos. Aunque haya quien pueda pensar lo contrario, la santidad es siempre, también hoy, actual y atrayente. También lo es hoy y nunca dejará de serlo la santidad de San Pascual, Patrono de Villa-real  y de nuestra Diócesis. Y no está fuera de lugar recordarlo precisamente en estos momentos de crisis sino todo lo contrario.

Porque la santidad no es otra cosa que la plenitud de vida cristiana y la perfección de la caridad: o, dicho con otras palabras, la santidad no es sino la perfección del Amor. Santo es quien acoge el amor de Dios y vive unido a Dios, en su amor, en su gracia, en sus mandamientos, como nos recuerda San Juan. Quien así vive, desborda amor entregado y desinteresado a su alrededor hacia el prójimo, hacia el pobre, hacia el necesitado, hacia la familia, hacia la sociedad. Santo es aquél que a través de un camino perseverante de superación del pecado, de cuanto separa del amor y de la amistad con Dios y el prójimo, va madurando su personalidad en la perfección del amor. En este camino, el cristiano sigue a un modelo único e irrepetible, Jesucristo. Y el Señor Jesús no se queda sólo en un simple llamamiento a seguirle sino que, además, lo posibilita y acompaña, viniendo a nuestro encuentro con su amor más grande.

Nuestros antepasados vieron y reconocieron en Pascual a un testigo eminente de la caridad de Cristo: ¡testigo y ejemplo de un amor ejercido y practicado heroicamente como la “forma” espiritual que modelaba todos los ámbitos de su existencia. En la oración cultivada preferentemente en la Eucaristía, se alimentaba su alma: su fe, su esperanza y, muy especialmente su caridad.

Pascual sigue siendo actual, precisamente por su condición de santo, por su santidad. Las situaciones críticas por las que ha atravesado la Iglesia a lo largo de la historia han sido superadas siempre gracias a la presencia y a la acción de los santos: cristianos de todas las vocaciones que han aspirado consecuentemente a la perfección de la caridad. Las crisis de las sociedades y de los pueblos tampoco fueron −ni serán superadas, tampoco la actual − si no es por la acción y la entrega de personas honradas, sencillas, generosas, sacrificadas, laboriosas, movidas por la caridad: por el amor desinteresado y donado, en Dios, al prójimo.

¿No estará ocurriendo que en esta hora crítica de nuestra Iglesia, de nuestra sociedad y del mundo nos faltan los santos? ¿O no sucederá -algo todavía más grave- que no comprendemos o no queremos comprender y apreciar el valor de la santidad para la Iglesia y para la sociedad?  Benedicto XVI nos recuerda una y otra vez a todos -también a los jóvenes- el valor de ser testigos del Amor de Cristo, testigos valientes de su Evangelio.

San Pascual, nuestro Patrono, es hoy como siempre nuestro ejemplo, nuestro modelo y nuestro intercesor. Que esto y no otra cosa es lo que significa tenerlo y celebrarlo como Patrono. Pascual es testigo de la alegría de creer y de amar. Su vida sencilla, buscando siempre la perfección del amor, es hoy un estímulo espiritual y humano extraordinario para afrontar nuestra propia existencia. No es tan complicado, ni tan raro, ni tan excepcional ser santo. La heroicidad de los santos es una heroicidad posible a cualquiera que se abre de verdad a la gracia de Dios.

Intentemos caminar hacia la perfección del amor con la misma sencillez y con la misma confianza en la gracia de Dios con que lo hizo y lo logró nuestro Santo Patrono. Los frutos personales, familiares y sociales serán abundantes; nos sorprenderán los frutos de justicia y de solidaridad, de cercanía y de perdón, de bondad y de paz, tanto en el ámbito de nuestra vida privada como en el amplio campo de la vida pública. San Pascual nos indica que esta gracia y don del Espíritu Santo, que nos transforma y nos sostiene en el Amor, está en el Corazón de Cristo, presente en la Eucaristía.

Pidamos esta mañana su ayuda e intercesión: Pascual no nos defraudará. Pascual nos ayudará en el camino. Nos ayudará a superar los problemas más dolorosos: la falta de trabajo, las crispación social, la enfermedad, las rupturas matrimoniales y familiares, la tristeza y la desesperanza,  la debilidad para encontrar la senda de la fe y de una existencia según el mandamiento en el que se contiene toda la ley de Dios: ama a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y al prójimo como Cristo nos amó!

San Pascual fue un gran devoto de la Virgen. Caigamos una vez más en la cuenta de que sólo María, por ser Madre de Dios y Madre nuestra, puede ir gestando en nosotros deseos de Dios, de humildad y de santidad para llevar a cabo la voluntad de Dios sobre todos los hombres; es decir, nuestra santificación. Estamos en el mes de Mayo, mes dedicado a María. Imploremos diariamente su ayuda, porque con María el camino de nuestra vida se nos hará más fácil y hermoso. Que ella, desde el cielo, bendiga a todos los ciudadanos de Villarreal, a toda nuestra Iglesia diocesana, de modo especial a los que en estos momentos de crisis generalizada más necesitan de su protección de madre. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

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