Ordenación de dos presbíteros en la Fiesta de Ntra. Sª del Pilar

S.I. CATEDRAL-BASÍLICA DE SEGORBE, 12 de octubre de 2010

 (1 Cr 15,3-4. 15-16, 16,1-2; Hech 1,12-16; Lc 11, 27-28)

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Queridos hermanos en el sacerdocio, diácono asistente y seminaristas

Queridos Cabildos Catedral y Concatedral, Vicarios y Rectores
Queridos ordenandos;
Hermanos y hermanas amados todos en el Señor:

Como obispo de Segorbe-Castellón me alegra acoger esta tarde en el presbiterio diocesano a dos nuevos sacerdotes. Junto con los presbíteros presentes doy las gracias al Señor por el don de estos dos nuevos hermanos, que hoy serán constituidos en nuevos pastores del pueblo de Dios que peregrina en Segorbe-Castellón.

Os saludo de corazón especialmente a vosotros, queridos José y Oscar. Hoy estáis en el centro de la atención de esta porción del pueblo de Dios, que es nuestra Diócesis: un pueblo que aquí está representado por cuantos hoy llenamos esta Catedral, la iglesia madre todas la iglesias de la Diócesis para participar en vuestra ordenación sacerdotal. Os acompañamos con nuestra oración y con nuestros cantos, con nuestro afecto sincero y profundo y con nuestra alegría humana y espiritual. Ocupan un lugar especial vuestros padres y familiares, tu abuela, querido Oscar, vuestros amigos y compañeros, vuestros formadores y profesores del seminario y las comunidades parroquiales de las que procedéis. Saludo, en particular, a las parroquias de Sto. Tomás de Villanueva en Castellón y de Santa Isabel en Villarreal que os han acompañado en la última etapa de vuestro camino, y a las que vosotros mismos ya habéis servido pastoralmente como diáconos. No olvidamos la singular cercanía en espíritu de numerosas personas, humildes y sencillas pero grandes ante Dios, como son las monjas de clausura y los enfermos, con el don preciosísimo de su oración y de su sufrimiento.

Nuestra Iglesia diocesana da gracias a Dios por el don de vuestra ordenación; y reunida en oración en torno a Maria, como los Apóstoles en el Cenáculo a la espera del Espíritu Santo (cfr. Hech 1,12-16), reza por vosotros. Dios y nuestra Iglesia ponen gran confianza y esperanza en vuestro futuro, y espera frutos abundantes de santidad y de bien de vuestro ministerio sacerdotal. Sí, Dios os llama a través de su Iglesia y cuenta con vosotros. La Iglesia os necesita a cada uno, consciente del gran don que Dios os ofrece y, al mismo tiempo, de la absoluta necesidad de que abráis vuestro corazón a Dios y os encontréis con Cristo, para recibir de Él la gracia de la ordenación, que es fuente de verdadera libertad y de profunda alegría. Todos nos sentimos invitados a la oración y a entrar en el ‘misterio’ de vuestra ordenación, en el acontecimiento de gracia que se realiza en vuestro corazón con la ordenación presbiteral, dejándonos iluminar por la Palabra de Dios que ha sido proclamada.

La primera lectura ha centrado nuestra atención en el Arca de la Alianza. En el Antiguo Testamento, el Arca de la Alianza era el lugar por excelencia de la presencia de Dios en medio del pueblo de Israel en su peregrinar por el desierto (1 Cr 15,3-4.16; 16,1-2). En la Fiesta de Nuestra Señora del Pilar, que hoy celebramos en España, la Iglesia lo aplica a María: ella es el Arca de la Nueva Alianza por ser la Madre de Dios, que llevó en su seno al mismo Dios; ella es así y para siempre signo elocuente de la presencia de Dios en nuestro mundo, en medio del pueblo cristiano y en medio de nuestro pueblo español. María, el Arca de la nueva Alianza, nos da a Dios, ella nos ofrece a Cristo, el Hijo de Dios, la Palabra de Dios, hecha carne, el Salvador del mundo, el Camino, la Verdad y la Vida.

También vuestra ordenación, queridos José y Oscar, tiene que ver con el Arca de la Nueva Alianza. Hoy vais a ser consagrados presbíteros para ser pastores y actuar en el nombre de y en la persona de Jesucristo, Cabeza, Siervo y buen Pastor de su Iglesia. Mediante el gesto sacramental de la imposición de las manos y la plegaria de consagración, quedaréis transformados y convertidos en ‘otros Cristos’. Vuestra persona misma será como un Arca de la nueva Alianza. Por el don de la ordenación, Cristo Jesús os ‘atrae’ del tal modo hacía sí que todo vuestro ser será suyo, y vuestros labios y vuestras manos serán los suyos. Vuestra misma persona será desde hoy presencia y sacramento para los hombres del único Sacerdote, Siervo y Pastor que es Cristo; vuestra persona será prolongación de su presencia y de su gracia entre los hombres. El sacerdote es vicario y siervo de Jesucristo: es anuncio y presencia del sumo y eterno Sacerdote, que realiza en el tiempo su función salvadora. Esta es la verdadera identidad del sacerdote.

“El sacerdote –nos ha recordado Benedicto XVI- no es simplemente alguien que detenta un oficio, como aquellos que toda sociedad necesita para que puedan cumplirse en ella ciertas funciones. Por el contrario, el sacerdote hace lo que ningún ser humano puede hacer por sí mismo”. Cuando proclaméis y prediquéis el Evangelio, será Cristo mismo quien hable; cuando pronunciéis en su nombre y en su persona la palabra de absolución de nuestros pecados, ‘yo te absuelvo’, será Cristo mismo quien absuelva y cambie así, a partir de Dios, la situación de nuestra vida. Cuando pronunciéis  sobre las ofrendas del pan y el vino las palabras de acción de gracias de Cristo, “Esto es mi cuerpo – esta es mi sangre”-, -que son palabras de transustanciación-, será Cristo mismo quien las pronuncie y serán palabras que lo harán presente a Él mismo, el Resucitado, su Cuerpo y su Sangre.

Es, pues, un gran don, el que hoy recibís; un don que os pudiera hacer dudar, si os fijaseis sólo en vuestras fuerzas limitadas, en vuestras muchas debilidades o en las dificultades del momento actual para la evangelización. Pero, bien sabéis, que el amor, la fidelidad y la fuerza del Señor os acompañarán siempre: el carácter indeleble del sacramento os lo recordará.

No lo olvidéis nunca: Vuestra ordenación sacerdotal es un gran don y un gran misterio. Ante todo es un gran don de la benevolencia divina para vosotros, fruto del amor que Dios os tiene. Y también es misterio, porque toda vocación está relacionada con los designios inescrutables de Dios y con las profundidades de la conciencia y de la libertad humana. Recibís esta gracia no para provecho y en beneficio propio, no para vuestro honor y prestigio, sino para ser ‘otros Cristos’ al servicio de Dios, de la Iglesia y de los hermanos.

El secreto de todo sacerdote es esta identificación con Cristo: es el secreto de su identidad que, a su vez, llama a identificarse con Él existencialmente, a vivir espiritualmente unidos a Él. El mismo Jesucristo rogó por ello expresamente al Padre en las vísperas de su pasión: “Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti; que tam­bién ellos sean uno con nosotros, para que el mundo crea” (Jn 17, 21).

No diga­mos que esto no es posible. Esto es precisamente lo que han vi­vido y realizado los auténticos y ge­nuinos sacerdotes del Señor. Miles de sacerdotes anónimos, sin relieve so­cial, ‘escondidos con Cristo en Dios’ (San Pablo), han santificado su vida y su existencia con el desempeño fiel y entregado de su ministerio, configurados e identifi­cados espiritualmente con Cristo, Sacerdote, Siervo y Buen Pastor.

Para identificarse totalmente con Cristo, estos sacerdotes han seguido un estilo de vida, convertida en ofrenda permanente agradable a Dios. Vica­rios de Jesucristo en el fiel desempe­ño de su vocación y testigos de su presencia, han transmitido a los hom­bres su gracia santificadora. A este propósito, el Papa nos ha recordado en el pasado Año Sacerdotal el ejemplo vivo del Santo Cura de Ars, “signo y presencia de la misericordia infinita de Dios” en medio de los hombres.

Esta es la forma de la santidad a la que la que estamos llamados los sacerdotes, a la que el Señor os llama hoy a vosotros. Los sacerdotes hemos de tomar mayor conciencia de la santidad de vida a la que estamos llamados. Hemos de dejar traslucir el amor personal y la alegría por nuestro sacerdocio: hemos de considerar que nuestro sacerdocio es lo mejor y lo más importante que ha ocurrido en nuestra vida. Nuestra persona y nuestra vida han quedado ‘poseídas’ en el sacramento de orden por Cristo mismo que en el día de la ordenación nos confió y confía la difícil y maravillosa tarea de hacerle presente entre los hombres.

En nuestro ministerio sacerdotal, lo más importante no es el ‘oficio’ o la tarea, que desempeñamos o las muchas horas de trabajo que le dedicamos; lo más importante es que seamos hombres apasionados de Cristo, que llevemos dentro el fuego del amor de Cristo. Lo más importante es que estemos llenos de la alegría del Señor; que se pueda ver y sentir que somos personas llamadas por el Señor; que estemos llenos de amor por el Señor y por los suyos y que estemos llenos de la alegría del Evangelio con todo nuestro ser.

¿Cómo lograrlo, queridos hermanos y queridos ordenandos? En el Evangelio de hoy, Jesús nos dice: “¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!” (Lc 11, 27-28). Es la respuesta de Jesús a aquella mujer que proclamaba dichosa a María por haber llevado a Jesús en su seno virginal y haberle amamantado con sus pechos. Pero, Maria es dichosa sobre todo por haber creído: creyó que aquel que llevaba en su seno era el Hijo de Dios, creyó a la Palabra de Dios y en la Palabra de Dios y la puso en práctica. María se convierte así en pilar de la Iglesia, de los cristianos y de los sacerdotes. Reunidos en oración en torno a ella, lo mismo que los apóstoles reunidos el día de Pentecostés, vamos creciendo como pueblo de Dios; su fe y su esperanza nos guían y alientan a todos los cristianos y a los sacerdotes.

“¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!”, os dice Jesús hoy a vosotros, queridos José y Oscar. Jesús os invita a acoger, como María, con fe, disponibilidad y entrega a Él que es la Palabra, a dejar que vuestro corazón se transforme por el don que vais a recibir para ser ‘otros Cristos’, a dejar que toda vuestra vida y vuestras tareas sean signo y transparencia de Cristo, de su gracia santificadora y de su amor misericordioso hacia todos.

Para ello, como Maria, habréis de acercaros a la Palabra de Dios: como ella habréis leer, escuchar y meditar con frecuencia la Palabra de Dios; y como ella, habréis de acoger con fe, interiorizar y cumplir la Palabra de Dios, contenida en la Sagrada Escritura.

Una prioridad muy importante en vuestra vida será el cultivo de vuestra relación personal con Cristo. En el Breviario, el 4 de noviembre leemos un hermoso texto de san Carlos Borromeo, gran pastor, que se entregó totalmente, y que nos dice a todos los sacerdotes: “No descuides tu propia alma: si descuidas tu propia alma, tampoco puedes dar a los demás lo que deberías dar. Por lo tanto, también para ti mismo, para tu alma, debes tener tiempo”, o, en otras palabras, la relación con Cristo, el coloquio personal con Cristo en la oración es una condición para nuestro trabajo por los demás. La oración no es algo marginal: precisamente rezar es ‘oficio’ del sacerdote, también como representante de la gente que no sabe rezar o no encuentra el tiempo para rezar. La oración personal, sobre todo el rezo de la liturgia de las Horas, es alimento fundamental para nuestra alma, para toda nuestra acción.

Junto a la oración, estará la celebración diaria de Eucaristía y la celebración personal y frecuente del Sacramento de la Penitencia, así como hacer posible y presente la Eucaristía, sobre todo la dominical, para todos, y celebrarla de modo que sea realmente el acto visible de amor del Señor por nosotros. Cultivad el anuncio de la Palabra en todas sus dimensiones: desde el diálogo personal hasta la homilía. Vivid la ‘caritas’, el amor de Cristos para los que sufren, para los pequeños, para los niños, para las personas que pasan dificultades, para los marginados; haced realmente presente el amor del Buen Pastor.

Si permanecéis fieles y abiertos a la gracia inagotable del sacramento, ésta os transformará interiormente para que vuestra vida, unida para siempre a la de Cristo sacerdote, se convierta en servicio permanente y en entrega total. María, la esclava del Señor, que conformó su voluntad a la de Dios, que engendró a Cristo donándolo al mundo, que alentó a Santiago a orillas del Ebro, os acompañe cada día de vuestra vida y de vuestro ministerio. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

 

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