Ordenación de un presbítero y un diácono, Carmelitas Calzados

 

(Xavier Varella Monzonís y Alejandro López-Lapuente Villalba)

Onda, Iglesia parroquial de Ntra. Sra. del Carmen, 5 de Julio de 2013

(Jr 1,4-9; Sal 83; 2 Cor 4, 1-2. 5-7; Jn 15, 9-17)

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Amados todos en el Señor

 

Alabanza y acción de gracias

  1. Dichosos los que viven en tu casa, Señor, alabándote siempre” (Sal 83). En esta tarde nos unimos a vuestra alegría, queridos Xavier y Alejandro, y con vosotros alabamos y damos gracias al Señor por su gran amor hacia vosotros, y, en vuestras personas, hacia vuestras familias, hacia la Orden de los Padres Carmelitas Calzados y hacia toda su Iglesia. Las palabras del Salmista nos invitan una vez más a la alabanza y a la acción de gracias a Dios: hoy lo hacemos por vuestra vocación religiosa y sacerdotal, y por vuestra ordenación diaconal y presbiteral. Vuestra vocación y ordenación son una gracia de Dios para vosotros, pero también y ante todo para su Iglesia y para la Orden carmelitana, que en estos tiempos de escasez vocacional, se ve agraciada y enriquecida en vuestras personas.

 

Gracias sean dadas a Dios, que os llamado, cuidado y enriquecido con sus dones a lo largo de estos años de formación en los que habéis sabido acoger, discernir y madurar su llamada, cada uno según su propio camino. Bien sabéis, que, como en tantos otros casos, en todo este proceso vuestro no hay aparentemente nada de extraordinario, salvo la acción amorosa de Dios y de su amor misericordioso. Gracias le sean dadas por vuestro corazón disponible y generoso a su llamada; gracias por vuestra fe confiada en el Señor, que os ha ayudado a superar miedos y temores.

 

Sí, hermanos, alabemos la misericordia del Señor: Dios muestra de nuevo su benevolencia para con nosotros. Quiero también expresar mi profunda gratitud y felicitación a cuantos han cuidado de vuestra formación, así como a vuestros padres, familiares y a todos los que os han ayudado a discernir, acoger y madurar la llamada del Señor, y os han animado a corresponder a ella con la alegría, confianza y generosidad con que lo hacéis. Estoy seguro de que seguirán estando cerca de vosotros, para que perseveréis en vuestra vocación y en el ministerio diaconal y presbiteral y así podáis cumplir la misión que el Señor os confía hoy.

 

La vocación, don y fuerza de Dios

  1. En la primera lectura hemos proclamado la elección y llamada del profeta Jeremías: “Antes de formarte en el vientre, te escogí; ante de que salieras del seno materno, te consagré: te nombré profeta de los gentiles” (Jer 1, 4-5). Jeremías es elegido y llamado por pura gracia de Dios. El Señor le llama no por mérito propio, sino por puro don y gracia. Jeremías, por su parte, se siente indigno e incapaz para la misión que Dios le encomienda; tiene miedo ante la misión. Es la elección de Dios, es su llamada y es su fuerza las que hacen de Jeremías profeta del Señor.

 

Vosotros también, queridos Alex y Xavier, habéis ido descubriendo poco a poco que era Dios quien os había elegido desde antes de ser concebidos para ser Carmelitas calzados, y diácono y presbítero de la Iglesia del Señor; no por vuestros méritos ciertamente, sino por pura gracia. Vosotros también habéis escuchado la llamada certera del Señor a su seguimiento. El también os dice hoy: “No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido” (Jn 15. 17).

 

Como en el caso de Jeremías o el de los apósteles, puede que os embargue también el miedo: miedo ante vosotros mismos por vuestras limitaciones y debilidades, miedo ante la misión en un mundo secularizado y la debilidad de nuestra iglesia en muchos de sus miembros y comunidades; miedo ante un ambiente cada vez más indiferente ante Dios y hostil frente a su Iglesia. En estas circunstancias resuenan hoy de nuevo las palabras del Señor a Jeremías: “No les tengas miedo, que yo estaré contigo para librarte” (Jer 1, 30). La iniciativa divina y la fuerza de Dios rompen siempre los débiles razonamientos humanos. Recordad las palabras de Pablo a los Corintios. “Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros” (2 Cor 4,7).

 

¡No tengáis miedo! El mismo Señor Jesús tendrá que repetir estas palabras a los Apóstoles cuando dudan en su fe o cuando desconfían de la fuerza de la palabra de Jesús: es una llamada a que sientan de cerca la fuerza sobrenatural y a que superen el miedo de poder responder al gran don de Dios. ¡No tengáis miedo! os dice el Señor hoy a vosotros. Dios que os concede el don del ministerio diaconal y presbiteral, os concede también la fuerza para poder vivirlo. Es bueno, sin embargo, acoger y vivir el ministerio con el temor de Dios, para que os sintáis hoy y siempre pequeños y pobres ante Dios, para ser conscientes hoy y siempre de vuestra flaqueza y debilidad ante la grandeza de Dios, para experimentar vuestra poquedad frente a la riqueza del Omnipotente. El Papa san León Magno se pregunta: “¿Quién no verá en Cristo mismo la propia debilidad?”. Jeremías como Pablo se ven indignos e incapaces; es la fuerza de Dios lo que les hace superar sus miedos y la que mueve su ministerio. También María, la humilde esclava del Señor, se ve tan poca cosa… ¡pero en Dios se siente fuerte y desaparece el miedo!

 

Siendo conscientes de nuestra debilidad, comprendemos con San Pablo que Dios “ha escogido lo débil del mundo, para confundir lo fuerte” (1Cor 1,26). Siguiendo el ejemplo de Jeremías, de Pablo y de tantos otros, podéis hacer vuestras  las Palabras de Jesús, el Buen Pastor, con quien hoy seréis configurados: “Aquí estoy, Señor para hacer tu voluntad”.

 

El diácono es consagrado para el servicio

  1. Querido Alejandro: Mediante la imposición de mis manos y la oración consagratoria, el Señor va a enviar sobre ti su Espíritu Santo y te va a consagrar diácono. Como Jesús de Nazaret, tú también quedarás “ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hech 10, 38). A partir de tu ordenación diaconal, serás en la Iglesia y en el mundo signo e instrumento de Cristo, que no vino “para ser servido sino para servir”. El Señor imprimirá en ti un signo imborrable, por el que quedarás configurado con Cristo Siervo para siempre. Habrás, pues, de vivir y mostrar en todo momento con tu palabra y con tu vida esta tu condición de signo de Cristo Siervo, obediente hasta la muerte y muerte de Cruz, para la salvación de todos. “Porque –como te recuerda hoy San Pablo– no nos predicamos a nosotros, predicamos que Cristo es Señor, y nosotros, siervos vuestros por Jesús” (2 Cor 4, 5).

 

Si acaso pudiera existir una ambición para un diácono, ésta debería ser el deseo de poder servir. Al ser ordenado de diácono eres elegido de entre los demás, consagrado, es decir dado como donado, y enviado para ejercitar un triple servicio, una triple diaconía: la de la Palabra, la de la Eucaristía y la de la caridad. Fortalecido con el don del Espíritu Santo, ayudarás al Obispo y a los presbíteros en el anuncio de la Palabra, en el servicio del altar y en el ministerio de la caridad, mostrándote servidor de todos. Es tarea del diácono la proclamación del Evangelio como también la de ayudar a los presbíteros en la explicación de la Palabra de Dios. Por ello, en la ceremonia de ordenación te entregaré el Evangelio con estas palabras: “Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero: convierte en fe viva lo que lees y lo que has hecho fe viva enséñalo, y cumple aquello que has enseñado”.

 

Para ser fiel a este triple servicio vive día a día enraizado en lo más profundo del misterio eclesial, de la comunión de los Santos y de la vida sobrenatural, y vive sumergido en la plegaria de modo que tu trabajo diario esté lleno de oración. Sé fiel a la celebración de la Liturgia de las Horas; es la oración incesante de la Iglesia por el mundo entero, que te está encomendada de modo directo. Esfuérzate por fijar tu mirada y tu corazón en Dios con la oración personal diaria. La oración te ayudará a superar el ruido exterior, las prisas de la jornada y los impulsos de tu propio ego, y así a purificar tu mirada para ver el mundo con los ojos de Dios y a purificar tu corazón para amar a los hermanos y a la Iglesia con el corazón de Cristo. En la oración encontrarás el alimento necesario para vivir tu promesa de disponibilidad y obediencia a Dios, a la Iglesia, al Obispo diocesano y a tu Superior legítimo, y así a todos los hermanos.

 

El presbítero es configurado con el Buen Pastor

  1. Y tú, Xavier, por el orden del presbiterado vas a ser ungido, consagrado y enviado para ser pastor y guía al servicio del pueblo de Dios, en nombre y en representación de Cristo Jesús, el Buen Pastor y Cabeza de su Iglesia.

 

Por la ordenación de presbítero quedarás configurado con el Buen Pastor. Jesús es el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas; Él es el ejemplo sublime de entrega amorosa, e invita ‘a quienes el constituye pastores, según su corazón’ a seguir sus mismas huellas”.

 

La primera y principal característica del buen pastor es dar, gastar y desgastar la propia vida por las ovejas. Es la suprema muestra del amor, del celo apostólico, de la caridad pastoral. De lo contrario vivirías no para el ministerio, sino del ministerio; te servirías de él en beneficio y provecho propio, en lugar de vivirlo como servicio desinteresado a los hermanos. “Nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15, 13).

 

Es el amor entrañable y entregado en el servicio fraterno, lo que caracteriza al buen pastor. Ser buen pastor exige entrega incondicional y amor entrañable a la comunidad y a cada persona en el nombre y en representación de Jesús. Tu motivación sólo puede ser el servicio y el testimonio de una entrega total y desinteresada a la comunidad y a los hermanos: nuestro único interés como presbíteros ha de ser Jesucristo, su Evangelio y llevar a las personas al encuentro con Cristo y su salvación.

 

Para ser buen reflejo de Cristo, el Buen Pastor, es preciso que te identifiques más y más con El. Vive de tal modo que la identificación con Cristo se refleje cada día más y mejor en toda tu existencia para ser para los demás una imagen lo más transparente posible del Buen Pastor.

 

No podrás ser buen pastor, tras las huellas del buen Pastor, sin una profunda relación de amor con Dios Padre, buscando siempre su voluntad, como Cristo Jesús. Y no podrás tampoco ser buen pastor, sin cultivar una profunda relación de amor y amistad con Cristo Jesús, el Buen Pastor. Nadie da lo que no tiene. Nadie puede transmitir a Cristo, si no está unido vital y existencialmente a Él por el amor. Si estamos desnutridos, si estamos alejados de la fuente de la Vida, no podremos transmitir Vida. Sólo desde el amor de y a Cristo, podremos amar, cuidar y apacentar a aquellos que El nos encomienda, con respeto, con comprensión y, sobre todo, con verdadero amor. Nuestra caridad pastoral será la prueba de nuestro amor a Cristo.

 

¡Que María, la Virgen del Carmen, que os ha acompañado en vuestro proceso vocacional os aliente y proteja en la nueva etapa que hoy comenzáis con alegría y esperanza como diácono y como presbítero de la Iglesia del Señor! Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

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