Ordenación de un presbítero y siete diáconos

S.I. CATEDRAL-BASÍLICA DE SEGORBE, 12 de octubre de 2014

(1 Cr 15,3-4. 15-16, 16,1-2; Sal 26, 1-5: Hech 1,12-16; Lc 11, 27-28)

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Queridos hermanos en el sacerdocio, diácono asistente y seminaristas.

Queridos Cabildos Catedral y Concatedral, Vicarios y Rectores.
Queridos Alipio, Fran, Pedro, Alex, Samuel, Andrea, Isaac y Manuel.
Hermanas y hermanos amados todos en el Señor,

 

Acción de gracias y oración

  1. Festejad a Jerusalén, gozad con ella todos los que la amáis, alegraos de su alegría, porque la mano del Señor se nos ha manifestado en su Hijo Jesucristo. Hoy se manifiesta de manera especialmente grande en la ordenación de este nuevo sacerdote y de estos siete nuevos diáconos. Maestro en parábolas, Jesús contempla la humanidad como un inmenso sembradío de Gracia. La mies es abundante e ilimitada la disponibilidad del mundo al Evangelio; pero el terreno está yermo en gran parte por ser tan pocos los que se dan al trabajo de colaborar decididamente con Cristo en la salvación de los hombres. Jesús nos dice ante este mundo que él contempla: Rogad al Señor de la mies… La ordenación de presbítero y diáconos, que el Señor nos concede, nos llena de consuelo porque a la llamada permanente del Señor estos ocho jóvenes le han dicho: “Aquí estoy”. Pero siguen faltando vocaciones a continuar con la misión apostólica; su escasez, ¿no podría acusar una falta de fe o una crisis de oración? A los jóvenes aquí presentes os digo: no tengáis miedo de responder también vosotros: “Aquí estoy”. ¿Qué mejor y mayor servicio se puede hacer en favor de los hombres que entregarles a Jesucristo?

 

Por vuestro sí al Señor, os saludo de corazón especialmente a vosotros, queridos ordenandos. Hoy estáis en el centro de la atención de esta porción del pueblo de Dios, que es nuestra Diócesis: un pueblo que está representado aquí por cuantos hoy llenamos esta Catedral para participar en vuestra ordenación. Os acompañamos con nuestra oración y con nuestros cantos, con nuestro afecto sincero y con nuestra alegría humana y espiritual. Ocupan un lugar especial vuestros padres y familiares, vuestros amigos y compañeros, vuestros formadores y profesores del seminario y las comunidades parroquiales de las que procedéis y las comunidades neocatumenales con las que camináis, a quienes saludo con especial afecto. Saludo en particular a la parroquia de Ntra. Sra. del Niño Perdido de Alquerías que te ha acompañado a ti, Alipio, en la última etapa de tu camino, y a la que tú mismo has servido pastoralmente como diácono. No olvidamos la singular cercanía en espíritu de numerosas personas, humildes y sencillas pero grandes ante Dios, como son las monjas de clausura y los enfermos, que oran y ofrecen su sufrimiento por vosotros.

 

Nuestra Iglesia diocesana no cesa de dar gracias a Dios por el don de vuestra ordenación; esta tarde reza especialmente por vosotros, reunida en oración en torno a Maria, como los Apóstoles en el Cenáculo a la espera del Espíritu Santo (cfr. Hech 1,12-16). Dios y nuestra Iglesia confían en vosotros y espera de vuestro ministerio presbiteral y diaconal frutos abundantes de santidad y de buenas obras. Sí: Dios os llama a través de su Iglesia y cuenta con vosotros. La Iglesia os necesita a cada uno; somos conscientes del gran don que Dios os ofrece y, al mismo tiempo, de la imperiosa necesidad de que abráis vuestro corazón a Dios y os encontréis con Cristo para recibir de Él la gracia de la ordenación, que es fuente de libertad, felicidad y alegría. Todos nos sentimos invitados a la oración y a entrar en el ‘misterio’ de vuestra ordenación, en el acontecimiento de gracia que se realiza en vuestro corazón con la ordenación, dejándonos iluminar por la Palabra de Dios que ha sido proclamada.

 

Consagrados en signos de Cristo Siervo y Pastor.

  1. La primera lectura centra nuestra atención en el Arca de la Alianza. En el Antiguo Testamento, el Arca de la Alianza era el lugar por excelencia de la presencia de Dios en medio del pueblo de Israel en su peregrinar por el desierto (1 Cr 15,3-4.16; 16,1-2). En la Fiesta de Nuestra Señora del Pilar, que hoy celebramos, la Iglesia lo aplica a María: ella es el Arca de la Nueva Alianza por ser la Madre de Dios; ella llevó en su seno al mismo Dios; ella es así y para siempre signo elocuente de la presencia de Dios en nuestro mundo. María, el Arca de la nueva Alianza, nos da a Dios, ella nos ofrece a Cristo, el Hijo de Dios, la Palabra de Dios, hecha carne, el Salvador del mundo, la Buena Noticia de Dios para la humanidad, para cada persona, en especial para los más pobres y desfavorecidos.

 

También vuestra ordenación, queridos ordenandos, tiene mucho que ver con el Arca de la Nueva Alianza. Habéis sido elegidos y vais a ser ordenados y enviados para ser presencia de Cristo en la Iglesia y en el mundo. Mediante la imposición de mis manos y la oración consagratoria, el Señor resucitado, presente en medio de nosotros, derramará sobre  vosotros su Espíritu Santo y os consagrará diáconos y presbítero. Los diáconos quedaréis consagrados para ser en la Iglesia y en el mundo, signo e instrumento de Cristo, siervo, que no vino “para ser servido sino para servir”. Esta impronta del diaconado perdurará para siempre en vosotros incluso cuando recibáis un grado superior del Orden, como esta tarde nuestro hermano Alipio. Habréis de ser por ello con vuestra palabra y con vuestra vida signo nítido de Cristo Siervo, obediente hasta la muerte y muerte de Cruz para la salvación de todos. Todas las funciones del diácono se sintetizan en una palabra: “servicio”; servicio en “el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad” (LG 29). Seréis en todo momento servidores de Cristo Jesús, de su Iglesia y todos los hombres, para que todos puedan encontrar en Cristo el amor misericordioso de Dios para participar de su misma vida.  Nuestro hermano Alipio, por su parte, será consagrado presbítero para ser pastor en nombre de Jesucristo, Cabeza, Siervo y buen Pastor de su Iglesia. Mediante el gesto sacramental de la imposición de las manos y la plegaria de consagración, quedará transformado y convertido en ‘otro Cristo’. Vuestras personas mismas, queridos ordenandos, serán así como un Arca de la nueva Alianza. Por el don de la ordenación, Cristo Jesús os ‘atrae’ del tal modo hacía sí que todo vuestro ser será suyo, y vuestros labios y vuestras manos serán los suyos. Vuestra persona será prolongación de su presencia, de su misericordia y de su gracia entre los hombres.

 

No lo olvidéis nunca: Vuestra ordenación es un gran don y un gran misterio. Ante todo es un don de la benevolencia divina para vosotros, fruto del amor que Dios os tiene. La grandeza del don quizá os pudiera hacer dudar, si os fijaseis sólo en vuestras fuerzas limitadas, en vuestras muchas debilidades para seguir fielmente al Señor o en las dificultades del momento actual para la evangelización. Pero, bien sabéis, que el amor, la fidelidad y la fuerza del Señor os acompañarán siempre. Recordad siempre las palabras del salmo: “El Señor es mi luz y mis salvación, ¿a quién temeré?. El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?” (Sal 26,1 ). Vuestra ordenación es también misterio, porque toda vocación está relacionada con los designios inescrutables de Dios y con las profundidades de la conciencia y de la libertad humanas. Recibís esta gracia no para provecho y en beneficio propio, no para vuestro honor y prestigio, sino para ser servidores de Dios, de la Iglesia y de los hermanos.

 

Necesidad de la identificación espiritual y existencial con Cristo

  1. Identificados con Cristo por el diaconado o el presbiterado, identificaos también existencialmente con Él; vivid siempre unidos espiritualmente a Él. No diga­mos que esto no es posible. Esto es precisamente lo que han vi­vido y realizado los auténticos y ge­nuinos diáconos y sacerdotes del Señor. Miles de diáconos y sacerdotes anónimos, sin relieve so­cial, ‘escondidos con Cristo en Dios’ (San Pablo), han santificado su vida y su existencia con el desempeño fiel y entregado de su ministerio, configurados e identificados espiritualmente con Cristo, Siervo y Buen Pastor.

 

Sed servidores y estad siempre en actitud de servicio; esta es una de las características que nuestra Iglesia y nuestro mundo piden y esperan de los diáconos y de los sacerdotes, que en su día también fueron ordenados diáconos para siempre. Para mantener viva esta actitud, los diáconos y los sacerdotes hemos de ser discípulos enamorados del Señor y misioneros ardorosos, de manera especial, para con los más débiles y necesitados. Es algo que debemos cuidar y aprender a vivir día a día con sumo esmero todos los ordenados un día de diáconos. Nuestro Pueblo de Dios siente necesidad de diáconos y pastores, que sean discípulos configurados con el corazón de Cristo, Siervo y Buen Pastor. El principal trabajo de los pastores será, en efecto, servir al rebaño que se nos confía y cuidar de él para hacer comunidades de discípulos misioneros de Cristo y salir en busca de los alejados; nuestro tiempo pide de nosotros que seamos servidores de la vida, que estemos atentos a las necesidades de los más pobres y que seamos promotores de una cultura del encuentro, de la reconciliación y de la fraternidad.

 

El Papa Francisco reclama de vosotros ordenandos y de todos los sacerdotes dedicar tiempo a los pobres y salir a las periferias abandonadas reconociendo en cada persona una dignidad infinita. Esta actitud del servicio y de hacerse cercano no tiene como objetivo procurar éxitos pastorales, sino ser fieles a Cristo e imitar al Maestro, siempre cercano, accesible, disponible para todos y deseoso de comunicar Vida, la vida misma de Dios.

 

Amor apasionado por Cristo y los hermanos

  1. En nuestro ministerio diaconal o sacerdotal, lo más importante no es el ‘oficio’ o la tarea; lo más importante es que seamos hombres apasionados de Cristo y de la gente, que llevemos dentro y transmitamos el fuego del amor de Cristo y la misericordia de Dios para todos. Lo más importante es que estemos llenos de la alegría del Señor; que se pueda ver y sentir que somos personas llamadas y enviadas por el Señor; que estemos llenos de amor por el Señor y por los suyos y que estemos llenos de la alegría del Evangelio con todo nuestro ser.

 

¿Cómo lograrlo, queridos hermanos y queridos ordenandos? En el Evangelio de hoy, Jesús nos dice: “¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!” (Lc 11, 27-28). Es la respuesta de Jesús a aquella mujer que proclamaba dichosa a María por haber llevado a Jesús en su seno virginal y haberle amamantado con sus pechos. Pero, Maria es dichosa sobre todo por haber creído: creyó que aquel que llevaba en su seno era el Hijo de Dios, creyó a la Palabra de Dios y en la Palabra de Dios y la puso en práctica. María se convierte así en pilar de la Iglesia, de los cristianos y de los sacerdotes. Reunidos en oración en torno a ella, lo mismo que los Apóstoles el día de Pentecostés, vamos creciendo como pueblo de Dios; su fe y su esperanza nos guían y alientan a todos los cristianos y a los sacerdotes.

 

“¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!”, os dice Jesús hoy a vosotros, queridos ordenandos. Jesús os invita a acoger, como María, con fe, disponibilidad, obediencia y entrega a Él que es la Palabra, a dejar que vuestro corazón, vuestros sentimientos y pensamientos se transformen por el don que vais a recibir para que toda vuestra vida y vuestras tareas sean signo y transparencia de Cristo, de su gracia santificadora y de su amor misericordioso hacia todos. Para ello, como Maria, habréis de acercaros a la Palabra de Dios: como ella habréis leer, escrutar, escuchar y meditar con frecuencia la Palabra de Dios; y como ella, habréis de acoger con fe, interiorizar y cumplir la Palabra de Dios, contenida en la Sagrada Escritura, en la tradición viva de la Iglesia y en comunión con los pastores, en especial con vuestro Obispo. A vuestro Obispo prometéis hoy obediencia, en la que se concreta vuestra obediencia a la Palabra de Dios.

 

Una prioridad muy importante en vuestra vida será el cultivo de vuestra relación personal con Cristo.  El coloquio personal con Cristo en la oración es una condición para nuestro trabajo por los demás. La oración no es algo marginal en vuestra vida. La oración personal y el rezo de la liturgia de las Horas serán el alimento fundamental para vuestra alma y para toda vuestra acción. Junto a la oración, estará la celebración o participación diaria de Eucaristía y la celebración personal y frecuente del Sacramento de la Penitencia. Cultivad el anuncio de la Palabra en todas sus dimensiones: el anuncio del kerigma, el diálogo personal o la homilía. Vivid la ‘caritas’, el amor de Cristo para los que sufren, para los pequeños, para los niños, para las personas que pasan dificultades, para los marginados.

 

Exhortación final

  1. Si permanecéis fieles y abiertos a la gracia inagotable del sacramento, ésta os transformará interiormente para que vuestra vida, unida para siempre a la de Cristo, se convierta en servicio permanente y en entrega total. María, la esclava del Señor, que conformó su voluntad a la de Dios, os acompañe cada día de vuestra vida y de vuestro ministerio. Amén

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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