Profesión Solemne de M. Ana Rosa Cordero Morales

Esclavas del Santísimo Sacramento y de la Inmaculada

Castellón de la Plana – 8 de diciembre de 2013

(Gn 3,9-15, 20; Sal 97; Rom 15,4-9; Lc 1, 26-38)

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Hermanas y hermanos, muy amados en el Señor.

 

En la Solemnidad de la Inmaculada

  1. “Alégrate, llena de gracia el Señor está contigo” (Lc 1 28). Con profunda alegría celebramos hoy la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la santísima Virgen Maria. En la Madre de Jesús, primicia de la humanidad redimida, Dios obra maravillas: la colma de su gracia y belleza, y la preserva de toda mancha de pecado. En Nazaret, el ángel llama a María “llena de gracia”: estas palabras encierran su singular destino: María es la elegida para ser la madre de Jesús, el Hijo del Altísimo, que en previsión de los méritos de la obra redentora de Cristo fue preservada de todo pecado, es la llena de la gracia y belleza de Dios.

La Inmaculada tiene además un sentido más general: el de todo hombre y mujer. La “plenitud de gracia”, que para María es el punto de partida, es la meta para todos los hombres. Como afirma el apóstol Pablo, Dios nos ha creado “para que seamos santos e inmaculados ante él” (Ef 1, 4). Por eso, nos ha “bendecido” antes de nuestra existencia terrena y ha enviado a su Hijo al mundo para rescatarnos del pecado. María es la obra cumbre de esa acción salvífica; es la criatura ‘toda hermosa’, ‘toda santa’.  A todos, independientemente de nuestras circunstancias, la Inmaculada nos recuerda que Dios nos ama de modo personal, que Dios quiere únicamente nuestro bien y nos sigue constantemente con su designio de gracia y misericordia, que alcanzó su culmen en el sacrificio redentor de Cristo.

 

La vida de María nos remite a Jesucristo, único Mediador de la salvación, y nos ayuda a ver nuestra propia existencia como un proyecto de amor, al que es preciso responder con alegría, con prontitud, con libertad y con la entrega total de sí. María es modelo de la llamada de Dios y también de la respuesta a Dios. En efecto, ella dijo ‘sí’ a Dios al comienzo y en cada momento sucesivo de su vida; María sigue siempre y plenamente su voluntad, incluso cuando le resultaba oscura y difícil de aceptar. María responde al amor de Dios hacia ella con su fe confiada y su entrega total a Dios. “He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según palabra” (Lc 1,38).

 

María vive toda su existencia desde la verdad de su persona, que descubre sólo en Dios y en su amor. La Virgen es consciente de que es nada sin el amor de Dios, y de que la vida humana sin Dios solo produce vacío en la existencia. Ella sabe que la raíz de su existencia no está en sí misma, sino en Dios; ella sabe que está hecha para acoger el amor y para darse por amor. Por ello vivirá siempre en Dios y para Dios. Aceptando su pequeñez, se llena de Dios, y se convierte así en madre de la libertad y de la dicha. Por su fe, María es modelo de fe para todos. Dichosa por haber creído, María nos muestra que la fe y la vida en Dios es nuestra dicha y nuestra victoria, porque “todo es posible al que cree” (Mc 9, 23).

 

En María, la misma humanidad comienza a decir sí a la salvación que Dios le ofrece con la llegada del Mesías. La Purísima es así Buena Noticia para la humanidad. En ella. Dios, dador de amor y de vida, irrumpe en la historia humana. Dios no deja a la humanidad aislada y en el temor. Dios busca al hombre y le ofrece vida y salvación. Dios nos ama de modo personal, Dios sólo quiere nuestro bien y nos busca con su designio de gracia y misericordia. En María, la esclava del Señor, tenéis las Esclavas  del Santísimo Sacramento y de la Inmaculada el ejemplo a seguir en vuestra vocación y consagración.

 

Celebramos con gozo esta profesión solemne         

  1. De manos de María nos disponemos a la profesión solemne y perpetua de M. Ana Rosa. Es ciertamente una maravilla, un don de Dios para su Iglesia y un signo de esperanza para la sociedad que una joven como M. Ana Rosa acoja la gracia de la llamada para ser Esclava, y se entregue para siempre al Señor y ser como María un pequeño lucero en la Iglesia y en la sociedad, necesitadas de luz para encaminarse con firmeza y seguridad hacia el único Señor del hombre: Jesucristo. Vivimos tiempos necesitados de luceros que señalen con claridad hacia Dios y hacia su Hijo, Jesucristo, crucificado y resucitado, realmente presente en la Eucaristía.

 

En este momento debo agradecer también a la familia de M. Ana Rosa, a sus padres y hermanas su generosa disposición para acoger la vocación y la consagración de su hija y hermana. Los caminos de Dios no son nuestros caminos (cf Is 55, 8). Muchas veces cuesta entender y acoger el designio de Dios. Pero no lo olvidemos: Sólo cuando nos abrimos con humildad, confianza y obediencia a Dios, a su Palabra y a su gracia encontramos el verdadero camino en la vida. Quien se encuentra de verdad con Jesús, quien escucha su llamada a seguirle entregándole su vida, aunque parezca una locura a los ojos de la razón humana, encuentra la felicidad. Dios es la mayor suerte que nos puede tocar si sabemos acoger su voluntad.

 

Respuesta a la llamada de Dios

  1. M. Ana Rosa ha escuchado la voz de Dios dentro de si y ha dejado todo por seguir a Cristo. Ha sentido el amor de Dios que le decía “te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia y derecho, en amor y en compasión, te desposaré conmigo en fidelidad” (Os 2,21) y así le “ha abierto una puerta de esperanza”(Os 2,17). La Palabra de Dios le ha recordado que debía dejar aquellas cosas que no la llenaban, que la estorbaban para ser libre, para ser feliz. Poco a poco fue descubriendo que ni el dinero ni los disfrutes efímeros le daba la felicidad, que le daban la alegría y la caridad que había descubierto en las Esclavas; a la mañana siguiente a un día de fiesta, ella se sentía cansada y vacía. En su interior se iba haciendo así camino la cercanía amorosa de Dios y él la llevaba por veredas de felicidad. El la ha conducido por los caminos del amor para desposarse con ella, hasta poder ella decir: Dios mío y Esposo mío. El Señor, M. Ana Rosa, es el Esposo de quien siempre te podrás fiar y en que siempre podrás confiar.

 

El encuentro con Cristo cambia radicalmente la vida de una persona. Al principio uno se siente tembloroso y con cierta perplejidad. Son los esbozos de la llamada. Después a medida que se hace ejercicio de amor, desaparece el temor y se entra en el gozo del seguimiento, hasta considerar “todas las cosas como basura con tal de ganar a Cristo” (Fil 2, 8). “Cuando el amor busca y anhela lo que le atrae, se convierte en deseo. Cuando lo posee y goza, en felicidad” (San Agustín, De civ. Dei 14,7,2). Nada hace ensanchar el corazón humano tanto como la consideración de que Dios es el “único bien” (Sal 16, 2), y el conocimiento y la configuración con Cristo la única meta en la carrera de todo cristiano (Fil 3, 8-14). Pretender dignificar la vida humana de espaldas a Dios es lo más impropio del ser humano; sin Dios se devalúa la existencia humana. La vida tiene sentido cuando Dios es reconocido como dueño y como bien, y se puede exclamar como Ana Rosa con las palabras del salmista: “El Señor, es mi luz y mi salvación ¿a quién temeré? El Señor es la fortaleza de mi vida, ¿quién me hará temblar?” (Sal 26, 1). Por ello anhela todos los días de tu vida contemplar el rostro de Dios y ora una y otra vez: “Tu rostro buscaré, Señor; no me escondas tu rostro” (Sal 26, 8).

 

La vida contemplativa en la Iglesia y en la sociedad

  1. Este es el testimonio que, como consagrada contemplativa, estás llamada a dar en todo momento a nuestra Iglesia y a nuestra sociedad. La vida contemplativa tiene mucho que decir a nuestra Iglesia y a la humanidad. Vuestra vida de contemplativas dirige nuestra mirada al manantial del ser, de la vida y de la misión de la Iglesia; es como el corazón que bombea la sangre a toda la Iglesia. Centrada en la contemplación de Dios en el rostro de Cristo, crucificado y resucitado, presente en la Eucaristía vuestra vida nos recuerda que Él y solo Él es el fundamento y el centro de nuestra fe, la fuente de nuestra comunión y la meta de la misión de la Iglesia. Y, así, la vida contemplativa al comunicar la verdad contemplada y la experiencia de la contemplación, ayuda a la misma comunidad humana a descubrir cuál es su propia identidad, cuál es su origen y cuál es su destino: Dios mismo que la ha recreado por la muerte y resurrección de Cristo.

 

Vosotras, queridas Esclavas, sois una bocanada de aire nuevo que ayuda a nuestra comunidad eclesial a mantener centrada la mirada en Cristo, crucificado y resucitado, y, en Él, en los hermanos. Sois voz y recuerdo permanente de Dios para toda la familia humana para que ésta sea fiel a Dios y a los principios básicos del respeto, de la defensa de la vida, de la justicia, del amor de Dios que se hace ayuda a los más necesitados. Sólo desde una auténtica espiritualidad centrada en la contemplación de Cristo Eucaristía se puede regenerar la persona, se pueden transformar las estructuras y se puede recuperar la esperanza en un mundo tantas veces desesperanzado.

 

La vida consagrada contemplativa tiene su razón fundamental en la búsqueda ante todo del Reino de Dios; y es, principalmente, una llamada permanente a la conversión y a la comunión. Como nos recuerda Juan Pablo II, la vida contemplativa es una llamada “a la plena conversión, en la renuncia de sí mismo para vivir totalmente en el Señor, para que Dios sea todo en todos. Los consagrados, llamados a contemplar y testimoniar el rostro transfigurado de Cristo, son llamados también a una existencia transfigurada’ (VC, 35).

 

La santidad de vida es evangelizadora

  1. Dios Padre te ha elegido a ti, Ana Rosa, como a tus hermanas de comunidad y de congregación, para que seáis santas e irreprochables ante sus ojos (cf. Ef 1, 4). Vuestro Monasterio debe ser el ‘laboratorio del reclamo a la santidad’ para que quiénes os vean reconozcan a Dios y conviertan su corazón a Él. ¡Una gran vocación y una gran responsabilidad! “Los santos y santas han sido siempre fuente y origen de renovación en las circunstancias difíciles de toda la historia de la Iglesia. Hoy necesitamos fuertemente pedir con asiduidad a Dios santos’ (VC,35). Vosotras que vivís con ilusión y alegría la vida consagrada sois nuestra mejor garantía para que con vuestra entrega y oración asidua nos animéis a ser santos, acogiendo nuestra propia vocación y seguir anunciando el Evangelio en estos tiempos de especial dificultad.

 

La vida contemplativa es evangelizadora por sí misma puesto que la evangelización nace de la amistad sincera con Dios y de la verdadera fraternidad. Son las dos características propias de la contemplativa. Si le faltara alguna de ellas viviría como amputada y rompería con la identidad y misión que tiene encomendada. El contemplativo recuerda que “la amistad con Dios, su gracia, la gracia sobrenatural, es la única con la que pueden resolverse las aspiraciones más profundas del corazón humanoLa Iglesia, anunciando a Jesucristo, verdadero Dios y Hombre perfecto, abre ante cada ser humano la perspectiva de ser ‘divinizado’ y, así, ser más hombre.  Este es el único camino mediante el cual el mundo puede descubrir la alta vocación a la que es llamado y realizaría en la salvación obrada por Dios’ (Juan Pablo II, Incarnationis Mysterium, 2).

 

Vuestra vida contemplativa no se repliega sobre sí misma, como algunos piensan, pues, aunque separadas de todo estáis unidas a todo porque nada humano os es ajeno. Vuestra vida contemplativa no es algo inútil, que no responda a las urgentes necesidades del nuestro tiempo. Todo lo contrario: es una aportación de las más nítidas y nobles que se puedan dar en la vida eclesial y social. Vuestra vida contemplativa se puede resumir con la expresión de Pablo: “Porque no nos anunciamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo, el Señor, y no somos más que servidores vuestros por amor a Jesús. Pues el Dios que ha dicho: brille la luz de entre las tinieblas, es el que ha encendido esa luz en nuestros corazones” (2 Cor 4, 5-6). Los santos han dejado como una estela de luz que al pasar del tiempo no se ha difuminado y hoy sigue fascinando. Esta es la frescura de la santidad que nunca se marchita. Ellos se han tomado en serio la Palabra de Dios y aún en medio de las circunstancias adversas de la vida han querido ser testigos de la luz como “hijos de Dios sin tacha’ (Fip 2,15).

 

Gozo y acción de gracias

  1. Hoy, nuestra Iglesia está de fiesta y da gracias a Dios porque una hija suya desea ser ‘lumbrera’ del amor a Jesucristo en su Iglesia para la humanidad. Con los votos te comprometes, querida M. Ana Rosa, a alimentar día a día esta luz que nace de Dios. No olvides las palabras de Jesús: “El que permanece unido a mí, como yo estoy unido al Padre, produce mucho fruto; porque sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15, 5). Esto te llevará a dar frutos de amor: “Mi Padre, será glorificado si dais mucho fruto y sois mis discípulos” (Jn 15, 8). Es la luz que ha de llevar todo cristiano pero de modo especial la contemplativa que caminando en la luz está en permanente unión y comunión con Cristo que es luz; el criterio es el amor fraterno: acogedor, respetuoso, afable, benevolente y, sobre todo, misericordioso; en esto se reconoce si uno está en la luz o en las tinieblas (1 Jn 1,5; 2,8-1 l).

 

Oremos todos a Dios Padre por nuestras hermana que hoy se consagra al Señor. Imploremos sobre ella la protección maternal de María, la Virgen, la madre y discípula del Señor, la Inmaculada Concepción ¡Que María sea para ti modelo de contemplación y de entrega obediente, virgen y pobre a su Hijo, el Esposo!. Amén

 

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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