50 aniversario del Seminario Mater Dei

HOMILÍA EN EL 50º ANIVERSARIO DEL SEMINARIO DIOCESANO

MATER DEI

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Capilla del Seminario Diocesano ‘Mater Dei’’ – 7 de mayo de 2016

 (Is 7, 10-14; 8, 10;  Sal 39; Heb 10, 4-10; Lc 1, 26-38)

 

 

Amados todos en el Señor!

Hace 50 años exactamente, el 7 día de mayo de 1966, era inaugurado y bendecido por mi preclaro predecesor, Mons. José Pont i Gol, este complejo destinado a albergar el nuevo Seminario Diocesano Mater Dei. Creado el 2 de septiembre de 1961 y con actividad formativa desde el curso 1961-62 en la Casa de Huérfanos del Obispo Climent en Castellón, nuestro nuevo Seminario diocesano tenía por fin su casa propia. Celebrar esta efemérides suscita en un servidor un doble sentimiento. Por un lado es un sentimiento de gozo y de acción de gracias por estos 50 años dando buen fruto. Y por otro, la preocupación por la lejanía que creo detectar entre el Seminario y la Iglesia diocesana y, sobre todo, ante la escasez actual de nuevas vocaciones sacerdotales; ésta no nos debe llevar a la tristeza o al pesimismo paralizante y estéril, sino al compromiso cargado de esperanza, para que “el corazón” de nuestra Iglesia diocesana, el Seminario Diocesano siga latiendo con fuerza.

Nuestra primera mirada es de agradecimiento y se dirige a Dios Uno y Trino: el Padre de misericordia, por medio de su Hijo Jesucristo, en el amor desbordante del Espíritu Santo, ha derramado con generosidad sus dones en la historia de nuestro Seminario. Gracias sean dadas a Dios Padre, que con amorosa providencia ha cuidado la vida de esta casa con todas las personas que la han ido configurando. Gracias al Espíritu Santo, que ha repartido el carisma de la vocación sacerdotal en tantos jóvenes a lo largo de estos años y ha mantenido en sus corazones la llama viva del amor en una entrega generosa e incondicional. Gracias a nuestro Señor Jesucristo, centro de la vida de la Iglesia, del Seminario y de todo seminarista y sacerdote: siguiéndole a Él y tratando de prepararse para ser signo y transparencia suya en medio de la Iglesia y del mundo, se han ordenado en este Seminario 140 sacerdotes. Gracias a Dios por tanta generosidad. Gracias, hermanos sacerdotes, por vuestra entrega constante y desinteresada al servicio del Evangelio.

La figura de María, la Mater Dei y la Madre de la Iglesia, ha puesto a lo largo de estos años su belleza, su ternura, su protección y su ejemplo de docilidad y generosidad en esta casa; ella ha sido y es la vigilante cuidadora de sus hijos en las tareas formativas y apostólicas, la referencia constante de fidelidad y de firmeza esperanzada parta todos. En sus manos queremos poner también la acción de gracias que elevamos a Dios por todas las familias que confiaron al Seminario la educación de sus hijos. Unos llegaron a ser sacerdotes; otros, en el proceso de discernimiento vocacional, vieron que no era ése el camino por donde Dios les llamaba, pero aprendieron aquí a ser buenos cristianos y honrados ciudadanos.

Recogiendo las palabras de la Virgen María, queremos que nuestra alma proclame las grandezas de Dios, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en nosotros (cf. Lc 1,46), a través de los diversos equipos de Rectores, formadores y profesores, que han entregado lo mejor de su vida a la educación de los seminaristas, con el desprendimiento y la esperanza del sembrador. No olvidamos a todas las demás personas, que han contribuido, cada cual con su trabajo, a llevar adelante la tarea formativa del Seminario, haciendo que tantos jóvenes crecieran sanos de cuerpo y de espíritu.

Nuestro agradecimiento a Dios es de un modo muy especial por el Obispo fundador del Seminario, Mons. José Pont i Gol. Este Seminario es la obra cumbre de su largo y fecundo ministerio pastoral en la Diócesis. A él entregó su inteligencia, su corazón y sus desvelos. Tanto en la construcción como en la dotación de formadores y profesorado. El supo también motivar a numerosos y generosos bienhechores que con sus bienes hicieron posible construir el Seminario y mantenerlo, además de prestar ayuda económica imprescindible a muchos seminaristas. Para ellos nuestro recuerdo agradecido y nuestra oración. Por el Seminario apostó todo Mons. Pont i Gol, sabiendo que en él estaba la clave de la fecundidad pastoral de la Diócesis. A la par que agradecemos al Señor esta obra de Mons. Pont i Gol, lo encomendamos a Dios para que lo haya admitido en su gozo, como servidor bueno y fiel. Y junto a Mons. Pont i Gol hemos de agradecer también el afecto y el apoyo al Seminario de los Obispos que le han seguido en el gobierno de la Diócesis: D. José María Cases Deordal y a D. Juan Antonio Reig Plá..

Toda la comunidad diocesana se alegra en este 50º Aniversario, porque el Seminario es algo muy suyo y le pertenece. Por eso mismo, este día nos llama a asumir todos el compromiso a favor del Seminario diocesano Mater Dei y las vocaciones sacerdotales.

Hay un primer compromiso, por parte de la Diócesis, de conservar este edificio ya histórico y adecuarlo para que cumpla su misión prioritaria y además darle la mayor rentabilidad pastoral posible. En ello está comprometida la Diócesis: el año pasado se restauró esta Capilla; este año se está haciendo lo mismo con el pabellón destinado a Seminario menor; y poco iremos haciendo lo mismo con el resto de pabellones.

Pero no podemos olvidar que todo este complejo fue construido para acoger la institución educativa y formativa de los seminarios diocesanos, mayor y menor. Y, a este fin principal y prioritario deberá destinarse; a él han de subordinarse el resto de usos: el colegio diocesano Mater Dei -que celebra este año 25 años de existencia-, los encuentros pastorales, las convivencias y otras actividades a los que pueda dar cabida. Lo que preocupaba y motivó a Mons. Pont i Gol para tomar la decisión de la construcción de esta casa fue el “considerable aumento de alumnos, provocado por el cambio de límites” de la Diócesis. Y lo que movió a la generosa colaboración económica de parroquias, fieles y otras instituciones para la financiación de las costosas obras fue el llamamiento episcopal a colaborar para que la recién erigida Diócesis de Segorbe-Castellón dispusiera de un lugar capaz, digno y adecuado para el recién erigido Seminario Diocesano y para la formación de los seminaristas.

Esta finalidad del edificio es la que también hoy nos debe seguir interpelando y preocupando prioritariamente; a saber: nuestro Seminario diocesano Mater Dei como comunidad educativa, que acompaña en su discernimiento vocacional a los niños y adolescentes que sienten la llamada del Señor al sacerdocio -Seminario Menor-, y como comunidad formativa de los futuros sacerdotes de nuestra Iglesia diocesana -Seminario Mayor-.

Nuestro Seminario debería ser una preocupación de todos, debería estar siempre presente en la vida de nuestra Diócesis, de nuestras parroquias y comunidades, de nuestro presbiterio. Nos urge –y mucho- recuperar o intensificar nuestro cariño, preocupación y compromiso con nuestro Seminario diocesano Mater Dei. En él se forman los futuros pastores, que necesitan nuestras comunidades. Ellos serán testigos del amor y de la misericordia de Dios en nombre y en representación del Buen Pastor. Nuestros antepasados respondieron siempre con cercanía y generosidad. Ahora nos toca a nosotros hacer lo propio. No olvidemos que nuestro Seminario es el corazón de nuestra Diócesis; es, pues, cosa de todos.

Y, junto con ello, una cuestión previa debe centrar nuestra atención: la promoción de las vocaciones al sacerdocio mediante la oración por las vocaciones y la predicación sobre la vocación, mediante la propuesta vocacional a niños, adolescentes y jóvenes, mediante la acogida cordial y el acompañamiento delicado de quienes sientan y escuchen la llamada del Señor al sacerdocio. Hace cincuenta años había un aumento considerable de alumnos; por desgracia, desde hace años hasta hoy sufrimos un fuerte invierno vocacional que nos ha de interpelar a todos y nos ha de llevar a la implicación personal, familiar y comunitaria en la promoción de las vocaciones al sacerdocio ministerial.

Hoy no es fácil hablar de vocación. El contexto cultural actual propugna un modelo de ‘hombre sin vocación’ y ‘sin Dios’. Interesa lo inmediato, lo útil, el tener; falta una perspectiva de la persona como proyecto de vida. El futuro de niños y jóvenes se plantea, en la mayoría de los casos, reducido a la elección de una profesión o a tener una buena situación económica, pero sin apertura a Dios. Y, sin embargo, una mirada creyente de la propia existencia descubre que Dios tiene una vocación para cada uno. Es su proyecto, su pensamiento amoroso para cada uno. En ella encuentra cada uno su nombre y su identidad, que garantiza su libertad y su felicidad. No es antinatural proponer a un niño o adolescente que se plantee ante el Señor y ayudarle a discernir, si Jesús le llama al sacerdocio: es una concreción de la vocación cristiana.

Dios sigue llamando al sacerdocio a niños, adolescentes y jóvenes, también en nuestra Iglesia diocesana. !Que no nos ocurra como al rey Acaz, que dudaba de la presencia de Dios en medio de su pueblo y buscaba alianzas terrenas! (cf. Is 7, 10-14).  Hay signos claros de que Dios sigue llamando al sacerdocio y que son motivo para nuestra esperanza y acicate para el trabajo vocacional; lo son estos pequeños que participan en el Seminario en Familia, algunos de los cuales están ya en el Seminario menor, que hemos la reabierto el presente curso escolar.

La celebración de este 50º Aniversario debería llevarnos, como Diócesis, a empeñarnos en ser altavoces de Dios en la llamada vocacional y mediadores suyos para crear el clima propicio para que pueda ser acogida con generosidad. El fomento de nuevas vocaciones en nuestra Iglesia diocesana y de manera especial en el presbiterio diocesano, debe ser un tema mayor en nuestras preocupaciones pastorales, porque de él depende en gran medida el futuro de nuestra Diócesis. En efecto, el sacerdote es imprescindible para construir la Iglesia como misterio de comunión y misión. La vocación sacerdotal es un misterio que hunde sus raíces en el sacerdocio de Cristo Buen Pastor, de quien son signo y transparencia, y en la Eucaristía que edifica a la Iglesia.

La vocación sacerdotal nace del encuentro personal de un chico o un joven con Cristo vivo; un encuentro en que el chico o joven descubre una llamada personal, única e irrepetible, a la que está invitado a responder con alegría, entrega y generosidad, como la Virgen María. Para ello es imprescindible hacer de las familias y de las comunidades cristianas ámbitos de oración, donde la presencia de Cristo sea más viva y real, cercana y concreta, donde su voz pueda ser escuchada y acogida.

Necesitamos orar con insistencia a Dios para pedirle el don de nuevas vocaciones al sacerdocio ordenado. La oración nos ayuda, a la vez, a tomar conciencia de la necesidad urgente que tiene nuestra Diócesis de nuevas vocaciones.         Ayudemos todos a nuestros niños, adolescentes y jóvenes a hacerse sin miedo esta pregunta: “Señor, ¿qué quieres que haga en mi vida”. Si sienten la llamada al sacerdocio, ayudémosles a responder con alegría y generosidad. Será nuestro mejor servicio a su felicidad, y el mejor fruto de este 50º Aniversario de nuestro Seminario diocesano mater Dei.

Una vez más pongo bajo la protección de la Virgen, la Mater Dei, a nuestro Seminario. Y que por su intercesión el Señor nos conceda el don de nuevas y santas vocaciones al sacerdocio. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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