Domingo de Pascua de Resurrección

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 16 de abril de 2017

(Hch 10,34a.37-43; Sal 117; Col 3,1-4; Jn 20,1-9)

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“!Cristo, nuestra Pascua, ha resucitado! Aleluya”. Es la Pascua, hermanos y hermanas, amados todos en el Señor. Hoy es “el día en que actuó el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo”. Por eso cantamos con toda la Iglesia el Aleluya pascual. ¡Cristo ha resucitado!: es un milagro patente. Hoy es el día en que con mayor verdad podemos entonar cantos de victoria. Hoy es el día en que el Señor nos llamó a salir de las tinieblas de la muerte y a entrar en el reino de su luz maravillosa. El mismo Cristo Resucitado, vencedor de la muerte, nos invita a la alabanza y a la acción de gracias.

Dios Padre ha librado de la muerte a su Hijo Jesús y lo ha glorificado, resucitándolo de entre los muertos a una vida gloriosa. En Cristo resucitado se alumbra la Vida de Dios para toda la humanidad, para cada uno de nosotros. Su resurrección no es una vuelta a esta vida mortal; su cuerpo pasa a la Vida inmortal y gloriosa de Dios, y así la alumbra para nuestra humanidad. Su resurrección no es una vuelta a nuestra vida finita y limitada; es el paso -la Pascua- a la Vida de Dios absolutamente poseída. Y no sólo para sí, sino para todos los que creen en Él. La resurrección de Cristo cambia la historia, es el centro mismo de la historia: en Cristo resucitado queda restaurada toda la creación, toda la humanidad y la misma historia. Cuantos la acogen participan de su gloria, una vez restaurada con toda nitidez la imagen primera.

¡Cristo ha resucitado! Esta es la gran verdad de nuestra fe cristiana, es la Buena Noticia por antonomasia. Aquel, al “que mataron colgándolo de un madero” (Hech 10, 39) ha resucitado verdaderamente, triunfando sobre el poder del pecado y de la muerte. Ante quienes niegan la resurrección de Cristo o la ponen en duda hay que afirmar con alegría y sin titubeos que Jesús ha resucitado verdaderamente, que su resurrección es un acontecimiento que ha sucedido en nuestra historia: El que murió bajo Poncio Pilatos, éste y no otro, es el Señor resucitado de entre los muertos: Jesús vive ya glorioso y para siempre.

La resurrección de Jesús no es fruto de una experiencia mística; no es una historia piadosa o la invención de unas mujeres crédulas o de unos discípulos fracasados. María Magdalena encuentra el sepulcro vacío y piensa que han trasladado a otro lugar el cuerpo inerte de Jesús. Los discípulos de Jesús, salvo el discípulo amado, tuvieron que encontrarse con el Resucitado para creer. Tomás tuvo que tocar las llagas de sus manos para creer.

La resurrección sucede en un momento preciso de nuestra historia dejando en ella una huella indeleble. La luz que deslumbró a los guardias encargados de vigilar el sepulcro de Jesús ha atravesado el tiempo y el espacio. Es una luz diferente, divina, que ha roto las tinieblas de la muerte y ha traído al mundo el esplendor de Dios, el esplendor de la Verdad y del Bien. La resurrección de Jesucristo es obra de Dios todopoderoso, es la manifestación suprema de su amor misericordioso; es su respuesta definitiva a la entrega amorosa hasta el final de su Hijo. En la resurrección de Jesús se revela el verdadero rostro de Dios, su sabiduría y su bondad, su poder y su fidelidad, su amor compasivo y misericordioso.

¡Cristo ha resucitado! Esta Buena noticia resuena hoy en medio de nosotros con nueva fuerza. Y nos invita a creer en Dios, que es Amor y Vida; nos invita a creer a Dios, a fiarnos de su Palabra, que nos llega en la cadena ininterrumpida de la tradición de los apóstoles y de los creyentes, en la tradición viva de la fe de la Iglesia; esta día nos exhorta a aceptar la Palabra de Dios con fe personal que Jesús de Nazaret, el hijo de Santa María Virgen, muerto y sepultado, ha resucitado de entre los muertos, por cada uno de nosotros. Dejémonos encontrar personalmente por el Resucitado, como los apóstoles. Él sale a nuestro encuentro hoy para que se avive en nosotros la alegria que de sabernos amados siempre por Dios en su Hijo resucitado y así se renueve alegría por nuestro Bautismo.

Los cristianos, por nuestro Bautismo, participamos ya del Misterio Pascual de la muerte y resurrección del Señor. “Ya habéis resucitado con Cristo” (Col 3, l), nos recuerda San Pablo en su carta a los fieles de Colosas. Por el bautismo renacimos un día a la nueva Vida de los Hijos de Dios: fuimos lavados de todo vínculo de pecado. Dios Padre nos acogió amorosamente como a su Hijo y nos hizo partícipes de la nueva Vida resucitada de Jesús. Así hemos quedado vitalmente y para siempre unidos a Dios, y, a la vez, unidos a la familia de Dios. Los bautizados en Cristo hemos quedado unidos a Cristo, y, por ello, debemos vivir las realidades de arriba (Col 3, l), donde Cristo está sentado a la derecha del Padre.

Para el cristiano, la vida no puede ser un deambular por este mundo sin saber hacia dónde va o con la única preocupación de lograr el bienestar material; el cristiano ha de vivir su existencia desde la resurrección del Señor, con los criterios propios de la vida futura. Somos ciudadanos del cielo (Ef 2, 6), y caminamos hacia el cielo, donde Cristo está sentado a la derecha del Padre (cf Ef 1, 20; Heb 1,3). De ahí que hayamos de plantear nuestra vida de modo que alcancemos aquella situación de dicha.

Por todo ello es verdadero cristiano quien se deja encontrar por Cristo, se deja transformar por la Vida nueva del Resucitado y pasa a ser un hombre nuevo. Porque por el bautismo toda nuestra persona y nuestra existencia queda afectada y comprometida. Nuestro bautismo pide una respuesta total de nuestra persona, que implica fe y conversión, es decir, un cambio radical en la forma de pensar, de sentir y de actuar: nuestro bautismo implica seguir a Jesucristo, a su persona y sus caminos, y dejar los caminos de un mundo alejado de Dios.

Confesar y celebrar la Resurrección pide vivir como Jesús vivió, que “pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo” (Hech 10,38). Confesar y celebrar la resurrección pide vivir como Jesús nos enseñó a vivir. “Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado”(Jn 15,12). Por eso Pablo nos exhorta: “Ya que habéis resucitado con Cristo (por el Bautismo,… aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra” (Col 3,1-2). De la fe en la resurrección del Señor surge un hombre nuevo, que no se pertenece a sí mismo, sino que pertenece a su Señor y vive para él.

El bautizado se convierte así en testigo de la resurrección. La fe en la resurrección ilumina y transforma su vida, como a los Doce y a Pablo. La fe en la resurrección le hace su testigo para proclamarla con audacia, firmeza y perseverancia. Al verdadero creyente, nada ni nadie le podrá impedir el anuncio de  la resurrección de Cristo, Vida para el mundo, pues a todos está destinado. Nada ni nadie lo podrán impedir: ni las amenazas o castigos de las autoridades, ni la increencia o la indiferencia ambiental, ni el desdén de algunos ni la vergüenza de muchos de confesarse cristianos. Es preciso dar testimonio a todos de la fe que ha llegado a nosotros desde los Apóstoles.  No tengamos miedo, no nos avergoncemos de ser cristianos. Cristo ha resucitado y ha sido constituido Señor de la vida: todos estamos llamados a resucitar.

Pascua es el triunfo de la Vida sobre la muerte, del amor misericordioso sobre el pecado, de la paz y del perdón sobre el odio. Cristo resucitado es la luz para el mundo: así lo simboliza este cirio pascual. Cristo es la luz para todo hombre (cfr Jn 1,9; 3, 19). Cristo abre horizontes de eternidad al ser humano. Porque Cristo Jesús ha resucitado sabemos que nuestro destino no es la tumba: Si Cristo ha resucitado, todos nosotros resucitaremos, nos recuerda S. Pablo (1 Cor 6, 14; 2 Cor 4, 14; cf Rom 8,11) y ello fundamenta nuestra esperanza, de modo que vivamos con el gozo del Espíritu.

El cristiano ha de orientar hacia Dios las realidades terrenas, con alegría y con esperanza. La caridad de Cristo nos apremia a los bautizados a dar testimonio del Resucitado, Vida para el mundo, ante un ambiente social y político cada vez más crispado y ante una cultura de la muerte que se extiende como una macha de aceite en nuestra sociedad. Demos testimonio alegre y esperanzado de la dignidad sagrada de toda persona, desde su inicio hasta su muerte natural. Demos testimonio con una vida honesta y honrada. Los santos han fecundado continuamente la historia con la experiencia viva de la Pascua. Vivamos también hoy los cristianos con alegría y fidelidad el misterio pascual difundiendo su fuerza renovadora en todas partes. Será nuestra mejor contribución a la profunda regeneración moral que necesita nuestra sociedad.

Paz a vosotros”. Este es el saludo pascual de Cristo resucitado a sus discípulos. Este es también mi saludo en esta Pascua ¡Que la Paz de Cristo resucitado sea con todos vosotros! ¡Que la paz reine entre las personas, entre los esposos, en las familias, entre los grupos y entre los pueblos! Seamos testigos y constructores de paz y de reconciliación en nuestros ambientes. La paz del Cristo resucitado no es como la paz de este mundo. La paz que Él nos ofrece es muy distinta a la obtenida por las armas, por el terrorismo, por la opresión, por la destrucción o por la negación sistemática del que es diferente. La paz de Cristo es la paz que Dios nos ofrece en su Hijo: resucitándolo destruyó el odio, el pecado y la muerte. La paz pascual se basa en el perdón y en la reconciliación de Dios para todos en Cristo resucitado: El es la Vida, la Verdad y el Bien de Dios para todos los hombres y para la humanidad entera. La enemistad, las diferencias y el rencor se vencen con la acogida y el respeto al otro, con el diálogo en la verdad, con la justicia y la libertad, con el perdón y el amor. La paz pascual nace de un corazón nuevo y renovado, de un corazón reconciliado y reconciliador, de un corazón resucitado y resucitador.

Vivamos fielmente nuestra fe en la resurrección, dejémonos transformar por ella, caminemos por el mundo dando a los hombres ‘razón de nuestra fe y de nuestra esperanza’. Con nuestra actitud, con nuestras palabras y con nuestro obrar. Así podremos ser mensajeros de la resurrección de Jesucristo, testigos de esperanza y constructores de su Paz.

 

¡Feliz Pascua de Resurrección para todos!

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

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