La JMJ(II): Impulso para nuestra Iglesia Diocesana

Queridos diocesanos:

La Jornada Mundial de la Juventud en Madrid, por la que damos incesantes gracias a Dios, no puede quedar en el recuerdo o en la nostalgia de unos días bellos e intensos en la vivencia de nuestra fe. Es un peligro real que no podemos obviar. Por ello la pregunta es: Y, ahora, ¿qué?, cuando volvemos a la normalidad ordinaria de la vida y misión de nuestra Iglesia diocesana, y, en especial, de nuestra pastoral de la juventud.

La JMJ no pertenece al pasado. Es preciso dar un seguimiento a las JMJ en la pastoral ordinaria. En los encuentros de Madrid se realizó una siembra grandiosa,- ha escrito el cardenal Rylko-. En verdad: la JMJ ha sido una siembra grandiosa de la gracia de Dios en todos y, en especial, en los jóvenes presentes en Madrid y en otros muchos que no pudieron estar presentes. Muchos son los que han descubierto a Cristo y muchos son los que se han convertido a Él y a su Iglesia, como lo muestra la participación masiva en el Sacramento de la Reconciliación. Otros han descubierto la belleza de su vocación bautismal y han salido fortalecidos en el deseo de vivirla, arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe personal en el seno de la Iglesia; la alegría con que los jóvenes respondían a las palabras del Papa es signo elocuente de ello. No pocos han descubierto que Dios les llama o les podría llamar a seguir más de cerca a Jesucristo para entregarse a Él en el camino del sacerdocio ordenado o en la vida consagrada; bastantes se han mostrado dispuestos a ello. Otros muchos son los que habrán descubierto la llamada del Señor al matrimonio sacramental.

La buena siembra ha de ser cultivada para que germine y dé los frutos esperados. Ahora toca cultivarla mediante el acompañamiento personal y en los grupos juveniles. El Santo Padre nos ha mostrado en sus intervenciones que en la pastoral juvenil hay que ir a lo nuclear del ser cristiano y a las raíces de la vida cristiana. Es imprescindible cultivar el encuentro personal con Cristo, el Hijo de Dios vivo, así como la adhesión de mente y de corazón a Él, la conversión permanente a Cristo y a su Evangelio hasta dejarse transformar la mente, el corazón y la vida. No pueden faltar la escucha, el conocimiento y la acogida de la Palabra, la oración personal y comunitaria así como la participación asidua en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía, al menos en la Eucaristía dominical. Ser cristiano es creer, seguir, vivir y testimoniar a Jesucristo. Y todo ello nunca puede darse al margen de la Iglesia sino en el seno con la comunidad de los creyentes, en la comunión de la Iglesia, participando en su vida y en su misión.

Porque la JMJ nos ha mostrado también que vivimos tiempos de nueva evangelización. Se ha abierto una nueva etapa en el camino de la Iglesia para ir al encuentro de los jóvenes y ofrecerles la presencia salvadora de Cristo. La JMJ es una llamada esperanzadora para seguir anunciando a Jesucristo a los jóvenes sin miedo y sin desfallecimiento. De nosotros depende alimentar esta esperanza con una pastoral juvenil renovada, que acompañe a los jóvenes en su vida de fe, y de una pastoral juvenil misionera. Jesús llama a los mismos jóvenes a salir a la calle para anunciar y testimoniar a Cristo a otros jóvenes, para ayudarles al encuentro con Él, el Camino, la Verdad y la Vida. Con el Papa, confiamos en nuestros jóvenes cristianos, que se han sentido llamados a ser levadura en la masa, llevando la esperanza que nace de la fe.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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