Lo pobres, lugar privilegiado en la misión de la Iglesia

PlumaQueridos diocesanos:

En la última Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal, celebrada el pasado mes de abril, los Obispos hemos aprobado un importante documento titulado “Iglesia, servidora de los pobres”. Hemos escuchado desde el Evangelio el gemido de nuestro pueblo, que se ha visto herido por la crisis económica, social, moral y espiritual, que padece nuestra sociedad. Ofrecemos a la comunidad católica y a quienes nos quieran escuchar una serie de reflexiones basadas en el Evangelio y en la Doctrina Social de la Iglesia, con el fin de aportar motivos para el compromiso y la esperanza, y colaborar con nuestro grano de arena a la inclusión de los necesitados en la sociedad. Nuestro objetivo es mirar a los pobres con la mirada de Dios, que nos ha manifestado Jesús, en la línea del papa Francisco que nos exhorta a prestar atención a la dimensión social de la vida cristiana, porque los pobres ocupan el lugar privilegiado en la misión de la Iglesia.

La instrucción tiene cuatro partes; comienza hablando de los nuevos pobres y la nuevas pobrezas en las familias, de las personas que viven del campo y del mar y de los emigrantes, analiza el mal moral grave de la corrupción y el empobrecimiento espiritual así como los factores que están en el origen de esta crisis. Seguidamente enumera los principios de la Doctrina social de la Iglesia que iluminan la realidad y ofrece propuestas desde la fe para afrontar esta situación.

En esta carta me fijo en los principios de la Doctrina social de la Iglesia que nos deben ayudar a la necesaria renovación y conversión, base de un compromiso personal y comunitario en la solución de los graves problemas que nos afectan.

El primero es la primacía de la dignidad de la persona, que tiene su origen en Dios: el ser humano no un instrumento al servicio de la producción y del lucro. Nuestro modelo de desarrollo ha de poner en el centro a la persona. Si la economía no está al servicio del hombre, se convierte en un factor de injusticia y exclusión.

El segundo principio es que los bienes tienen una dimensión social y un destino universal. La acumulación de los bienes en pocas manos es una grave injusticia, pues la propiedad privada tiene una responsabilidad social y ha de estar orientada al bien común. Dios ha destinado la tierra y cuanto contiene para uso de todos los hombres y pueblos. Los bienes creados deben llegar a todos de forma equitativa, según los principios de la justicia y de la caridad.

En la vida social, otro principio ineludible es el de la solidaridad y el equilibrio entre los derechos y los deberes. La solidaridad es el empeño firme y perseverante por el bien común, es decir por el bien de todos y cada uno. La convivencia implica que los derechos de unos generan deberes en otros y que la satisfacción de unos depende de la diligencia de los otros. El bien común es el bien de ese “todos nosotros”, formado por individuos, familias y grupos intermedios que se unen en una comunidad o sociedad. Desear el bien común y esforzarse por él es exigencia de justicia y caridad.

El principio de subsidiariedad señala las funciones y responsabilidades que corresponden a las personas en el desarrollo de la sociedad a través de comunidades y asociaciones de orden familiar, educativo, cultural y otros. Al mismo tiempo, regula las funciones que corresponden al Estado y a los cuerpos sociales intermedios, para impedir cualquier forma de totalitarismo. El principio de subsidiariedad permite un justo equilibrio entre la esfera pública y la privada; reclama del Estado el aprecio y apoyo a las organizaciones intermedias y el fomento de su participación en la vida social.

Por último se señala el derecho a un trabajo digno y estable que permite la integración y la cohesión social, por lo que cualquier política económica debe estar al servicio del trabajo digno.

El compromiso social de la Iglesia y de los cristianos no es algo secundario u opcional sino algo que les es consustancial. El servicio caritativo y social expresa el amor de Dios. Es evangelizador y muestra de la fraternidad entre los hombres, base de la convivencia cívica y fuerza motriz de un verdadero desarrollo.

Con mi afecto y bendición,

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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