Misa de acción de gracias por el Obispo Felipe Bertrán

 

Iglesia Parroquial de la Serra de Engarcerán, 27 de agosto de 2007

Queridos hermanos y hermanas en el Señor. Os saludo con todo afecto en el Señor Jesús. El es quien en verdad nos convoca en esta mañana aquí en la iglesia parroquial de la Serra de Engarcerán para esta Eucaristía de Acción de gracias al recordar con gratitud a D. Felipe Beltrán, hijo de este pueblo, hijo de esta comunidad católica de la Serra. Mi saludo especial y afectuoso a las autoridades que nos acompañan: al Sr. Alcalde de la Serra, al Sr. Delegado del Consell en Castellón, al Sr. Vicepresidente de la Excma. Diputación de Castellón y a los Sres. Diputados provinciales y Alcaldes de la zona, que se han unido a nuestra celebración. Saludo también con afecto a la Comisión de Fiestas, a los Familiares de D. Felipe Bertrán, a los restauradores y al personal de la Generalitat Valenciana, que han preparado el Museo, que a continuación vamos a inaugurar.

Hoy la Serra está de fiesta y de enhorabuena al ver concluida esta obra, largamente anhelada, muestra del recuerdo agradecido a uno de sus hijos más insignes, el Obispo D. Felipe Bertrán. En nombre de nuestra Iglesia diocesana de Seborge-Castellón les felicito a todos. Mi más sentida enhorabuena al Sr. Alcalde y Ayuntamiento, al Pueblo de la Serra y a la comunidad parroquial y mi más sincero agradecimiento a todas las personas e instituciones que un modo u otro han contribuido a la gestación y realización de este Museo en honor de D. Felipe Bertrán.

Con las palabras del salmista os invito a cantar “las misericordias del Señor” (Sal 88). Sí hermanos: alabemos a Dios, cantemos sus misericordias y démosle gracias. Porque al recordar a D. Felipe debemos ante todo dar gracias a Dios: gracias le damos por su persona, que veía la luz de este mundo el 14 de octubre de 1704 aquí en la Serra. Hijo del matrimonio formado por Pedro y Ursula, estaba emparentado con San Luis Bertrán, motivo por el cual D. Felipe mandó construirle y dedicarle el altar que lleva su nombre en esta iglesia.

Gracias damos a Dios esta mañana por el don de su vocación al sacerdocio, que maduró en Valencia en cuya Universidad cursó estudios de Arte y de Teología, obtuvo el grado de doctor en Sagrada Teología y, posteriormente, ejerció el magisterio en filosofía tomista. Gracias especiales damos a Dios por el don de su sacerdocio, que ejerció como cura de Bétera, primero, y de Masamagrell, después, así como canónigo de la Iglesia metropolitana de Valencia. Como párroco destacó por su predicación sagrada, por sus conocimientos de Sagrada Escritura y de los Santos Padres, por su amor caritativo especialmente hacia los pobres, por la construcción de nuevas iglesias y por su dedicación a la creación de coloquios y conferencias bíblicas

Al quedar vacante la sede episcopal de Salamanca en 1973,  Carlos III lo nombró obispo de la sede salmantina, donde, como Obispo reformador, se dedicó con muy especial preocupación por el bien espiritual de sus diocesanos y por la formación de los sacerdotes. Una de sus mayores obras será la creación y construcción del Seminario de San Carlos en Salamanca. Por su labor en la diócesis de Salamanca será nombrado en 1774 Inquisidor General de España. D. Felipe muere el 1 de Diciembre de 1783. Sus restos descansan en la Catedral de Salamanca.

La vida de D. Felipe Bertrán estuvo marcada por la entrega generosa de su persona a los más diversos ministerios, que a lo largo los años le fueron encomendados. Fue una dilatada y fructífera existencia dedicada al ministerio sacerdotal y episcopal, que hoy recordamos y por la que damos gracias a Dios. Bien sabemos que cuanto somos y tenemos es don de Dios, fruto de su gracia benevolente, manifestación de su providencia amorosa. “En El vivimos nos movemos y existimos y, peregrinos en este mundo experimentamos las pruebas cotidianas de tu amor” (Prefacio dominical VI del tiempo ordinario). Este canto muestra la fuente donde D. Felipe se alimentaba para vivir su existencia cristiana y ministerial: él se supo en todo momento en las manos del Amor de Dios.

Hemos escuchado en la Palabra de Dios que Dios es amor y que nos ama sobremanera. Y él se fija en los sencillos de corazón. Basta abrir el corazón con sencillez al amor de Dios para que Él habite en nosotros. Por eso son los humildes y sencillos, y no los grandes, sabios y engreídos, quienes saben descubrir al Dios que es amor. Esa humildad del corazón es la que posee Cristo, el cual hace de su vida realización y muestra del amor de Dios a los hombres.

Pero para entender tan claro mensaje hemos de entrar en el camino de la conversión a Dios, a su amor, a su verdad. La conversión es “exigencia imprescindible del amor cristiano y es particularmente importante en la sociedad actual, donde con frecuencia parecen desvanecerse los cimientos mismos de una visión ética de la existencia humana”(TMA, n2 50).  Y sabemos que Dios perdona todas nuestras culpas y cura todas nuestras enfermedades porque él rescata nuestra vida de la fosa y nos colma de gracia y de ternura (cf.  Sal 102).

Todo ser humano es un buscador de amor, de paz y de felicidad. Ni los bienes materiales, ni situación vital alguna, por satisfactoria que parezca, consigue detener esa búsqueda. Somos peregrinos hacia un destino de plenitud que no encontramos nunca en este mundo. San Agustín, cuya fiesta hoy celebramos, interpretaba esta sed infinita de sentido como consecuencia de la vocación divina del hombre: “Nos hiciste, Señor, para tí y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti” ( Confesiones, 1,1).

La búsqueda de la felicidad es una huella indeleble de Dios en el hombre. No es concebible el dinamismo del espíritu humano sino como un caminar incesante hacia el Absoluto; sólo en el Absoluto se encuentra la razón y el sentido último de la existencia humana: una existencia tan indigente como abierta a la plenitud verdadera y deseosa de ella.

Hoy sufrimos una gran crisis de civilización; crisis “que se ha manifestado sobre todo … por el olvido y la marginación de Dios. A la crisis de civilización hay que responder con la civilización del amor” (TMA, 52). Sólo en el amor a Dios y al hermano está el secreto de la vida. Y “en esto consiste el amor.- no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (Jn 4,9). Un amor que tiene como cimiento y fundamento a Dios y como meta a los que nos rodean: Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud” ( Jn 4,10).

El camino del bien tiene un nombre: se llama amor; en él podemos encontrar la llave de toda esperanza, porque el verdadero amor tiene sus raíces en Dios mismo: “Nosotros hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene” (1 Jn 4,16).  “El amor es la fuerza constructiva de todo camino positivo para la humanidad.  La esperanza del futuro no vendrá de la violencia, el odio, la invasión de egoísmos individuales o colectivos.  Privado del amor, el hombre es víctima de una insidiosa espiral que estrecha cada vez más los horizontes de la fraternidad y al mismo tiempo empuja al individuo a hacer de sí mismo, del propio yo y de los propios placeres, el único criterio de juicio. La perspectiva egocéntrica, causa del empobrecimiento del amor verdadero, desarrolla las más graves insidias presentes hoy en el mundo” (Juan Pablo II, Discurso a los jóvenes de Foggia, Italia, 24 de mayo de 1987).

Si somos capaces de descubrir Dios nos ama y de que él es el verdadero Amor, iniciaremos como San Agustín el camino de la conversión, y veremos que todo cambia a nuestro alrededor. Seremos capaces de sonreír hasta en los momentos difíciles de la vida porque todo es expresión del amor de Dios. Nada sucede ‘por casualidad’. Creemos que el amor de Dios produce una visión nueva de las personas, de las cosas y de las circunstancias. Si acogemos a Dios como Padre, nos descubriremos como hijos. Es decir, veremos a los demás como hermanos. Dios creó al hermano como don para nosotros y nos creó a nosotros como don para el hermano.

Esta es la experiencia de la gratuidad, motor de la vida ministerial de D. Felipe Bertrán. En el centro de toda evangelización está la fuerza del Dios que nos ama y de Cristo que ha venido por nosotros por amor de Dios. Cuando la Iglesia predica a este Dios, no habla de un Dios desconocido sino del Dios que nos ha amado hasta tal punto que su Hijo se ha encarnado y ha entregado su vida por nosotros.

Esta riqueza de Cristo es la que nos toca vivir y predicar a los cristianos: ahora que estamos en unos momentos en que no podemos sostenernos en el aplauso social; ahora que nos encontramos perplejos y como desorientados ante tantas cosas y circunstancias que cambian. Es la hora de una elección más honda a Jesucristo para vivir “arraigados y fundamentados en el amor. … un amor que supera todo conocimiento y que os llena de la plenitud misma de Dios” ( Ef 3, 17-19).

Sin este amor gratuito de Dios, los cristianos no podemos imaginar un servicio eficaz en la historia, en la Iglesia y en la sociedad. El Verbo de Dios por puro amor de Dios al hombre, ha asumido la humanidad en todo, excepto en el pecado, para poder transformarla así desde dentro. Somos hijos del amor gratuito de Dios. Puede amar verdaderamente sólo el que tiene experiencia de ser amado. Igualmente sólo quien camina por un proceso de integración de su propia historia en la luz del amor gratuito de Dios puede ser presencia de tal gratuidad en las relaciones tanto personales como comunitarias.

El gran problema del ser humano, en la actualidad, es que le falta esta fe. Se fía más de sí mismo que de Dios. Y este ‘secularismo’ se puede infiltrar también en nosotros, los creyentes, si nos dejamos llevar por el racionalismo seco y frío de un humanismo inmanentista más que por la sencilla adhesión generosa a la acción de Dios que nos susurra su amor y su entrega salvadora. Sólo quien sabe desarrollar la entrega generosa y gratuita en cada momento a la amorosa cercanía de Dios puede ser prolífero espiritual y humanamente.

Descubrir a Dios como Amor es una gran revelación y esto, podríamos decir que es la revelación de nuestro tiempo. Ahora bien no estaría todo revelado si no se comprende hasta qué punto Dios ha amado al ser humano. Y la muestra más fehaciente de su amor está en la Cruz, en el misterio pascual que actualizamos en esta Eucaristía. Comprender la Cruz de Cristo es entender la grandeza del amor porque nadie tiene mayor amor sino aquel que da la vida por los demás. Es el gran misterio y por otra parte la gran verdad.

Pidamos a María Virgen que nos que nos ayude a vivir con alegría nuestra fe cristiana y a ser testigos del Dios que es amor en el amor a los hermanos. A ella le pedimos que nos enseñe a ser discípulos fieles de su Hijo Jesucristo. Que nada ni nadie pueda secar el amor que Dios ha depositado en cada uno de nosotros y en nuestras familias. Que seamos valientes para ser defensores de la dignidad humana y que nuestro modo de ser y vivir recree la “civilización de amor”. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

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