Navidad – Misa de Medianoche

S.I. Catedral de Segorbe – 24 de Diciembre de 2006

 

 ‘Hoy nos ha nacido el Salvador, el Mesías, el Señor’, hemos cantado en el Salmo responsorial, evocando el anuncio del ángel a los pastores: “No temáis, os traigo una buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor” (Lc 2,10-11).

Esta es, queridos hermanos y hermanas en el Señor, la Buena Noticia de esta Noche santa; una noticia siempre nueva, una noticia que resume y expresa la razón más profunda de nuestra alegría navideña y que es el motivo de nuestra esperanza: “Hoy nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor”. Con el temor de los pastores ante las palabras del ángel, escuchamos, acogemos y celebramos esta Buena nueva, que será la gran alegría para todo el pueblo. De nuevo revivimos el gozo de este Evangelio y, como los pastores, acudimos a Belén a contemplar el misterio de la Navidad, misterio de salvación: el Hijo de Dios se ha hecho hombre; la Palabra eterna de Dios se hace carne y acampa entre nosotros. Y “contemplamos su gloria, gloria propia de Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad”.

Dios existe y nos ama, Dios sale a nuestro encuentro, viene hasta nosotros, se deja ver en el Enmanuel. Para no cegarnos ni deslumbrarnos, Dios se viste de humildad, de pobreza y de amor, se hace uno de los nuestros y asume nuestra propia carne, tejida en las entrañas virginales de María.

Ese Niño, que yace humilde y pobre en el portal, es el Mesías esperado, es la luz para el pueblo que caminaba en tinieblas. “El pueblo que caminaba en las tinieblas vio una luz grande” (Is 9, 1), nos dice Isaías. Estas palabras adquieren cada año nuevo sabor y hacen revivir el clima de expectación y de esperanza, de estupor y de gozo, que son típicos de la Navidad.

Al pueblo oprimido y doliente, que caminaba en tinieblas, se le apareció “una gran luz”. Una luz verdaderamente ‘grande’, porque la luz que irradia desde la humildad del pesebre es la luz de la nueva creación. Esta luz es Dios mismo hecho hombre por amor al hombre.

En el Niño de Belén, la luz originaria vuelve a resplandecer en el cielo para la humanidad y despeja las nubes del pecado. La luz radiante del triunfo definitivo de Dios aparece en el horizonte de la historia para proponer a los hombres un nuevo futuro de esperanza. La luz, que resplandece en la Navidad, es la luz divina que da valor y sentido a la vida de todo ser humano. Sin ella todo estaría desolado; es más, nada tendría sentido. Y la razón fundamental es que Dios se hizo hombre para hacernos partícipes, en su Hijo que nace en Belén, de su misma vida divina y luego de su gloria eterna. Por ello podemos cantar que Dios “de modo admirable creó la naturaleza humana a su imagen y semejanza, pero de un modo más admirable todavía, por Jesucristo, elevó nuestra condición humana” (Prefacio). Para que compartamos la vida divina en el Hijo de Dios, quiso Dios compartir nuestra condición humana.

Navidad, hermanos, es este Evangelio siempre nuevo y renovador, el mensaje que hace dos mil años, desde el comienzo de nuestra era, los creyentes en Cristo contemplamos en adoración y acogemos en la fe.

Ante el Niño Dios decimos con oración sincera: ¡Descubre tu presencia y máteme tu vista y hermosura; mira que la dolencia de amor, que no se cura sino con la presencia y la figura! (San Juan de la Cruz, CB 11). En esta noche santa también podemos gozar de la presencia del Niño Dios. Él no es una idea que hayamos construido en nuestra mente o un cosquilleo que rasga nuestros sentimientos: es el mismo Dios que se hace presente con su amor entre nosotros. Es una presencia que viene a alumbrar nuestra noche. Él viene para orientar nuestros caminos y llevarnos por la senda de la verdad. “Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos, ya lleva ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro” (Tit 2,11-12). Él viene para sanar nuestras dolencias y pecados. No ha venido por cuenta propia sino en nombre del Padre y unido al Espíritu Santo para sanarnos de nuestros pecados y darnos la vida de Dios. Nos ha “rescatado de toda impiedad, y para prepararse un pueblo purificado, dedicado a las buenas obras” (Tit 2,14).

En la noche fría y oscura de la Navidad, nace Dios. “Habitaban tierras de sombras, y una luz les brilló” (Is 9, 1). En el silencio y la oscuridad de la noche, la luz se hace palabra y mensaje de esperanza.

Pero, ¿no contrasta quizás esta certeza de fe con la realidad histórica en que vivimos? Hoy también nuestro mundo vive en una noche oscura y camina tantas veces en tiniebla, porque está huérfano de Dios. La tiniebla de nuestro mundo es esa voluntad recalcitrante de querer vivir sin Dios o de espaldas a Él. La noche obscura de nuestro mundo es declarar con tono altivo y orgulloso la muerte de Dios para suplantarlo por el hombre. La tiniebla del hombre de hoy es el rechazo mezquino del amor que Dios le ofrece, un rechazo nacido del corazón satisfecho con los logros limitados que la técnica y sus instrumentos le ofrecen.

Pero el mundo sin Dios se convierte en un mundo en que reina la frialdad egoísta y calculadora de los hombres. La frialdad y la oscuridad de la historia contemporánea se manifiesta en muchas expresiones, como son las guerras, el terrorismo, el desprecio de la vida humana, el afán desmedido de lucro a costa de los demás, las víctimas de la violencia y de los malos tratos, fruto del odio y del desamor, las situaciones de injusticia; tantas y tantas situaciones adversas y contradictorias que se dan en el ser humano… En medio de todo esto hoy de nuevo se oye: No temáis, nos ha nacido el Salvador.

Es un Niño tierno y frágil, que cambiará la historia del hombre: las desgracias en gracia, la muerte en vida, el sufrimiento en gloria, la tristeza en alegría, el odio en amor, la esclavitud en libertad, la debilidad en fuerza, los llantos en alegría, la corrupción en solidaridad, los rencores en fraternidad gozosa. Y a este Niño-Dios, envuelto en pañales y acostado en un pesebre, adoramos y le pedimos que nos ayude a cambiar nuestro corazón rodeado de tantas corazas para poder cantar con los ángeles y los pastores: “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que Dios ama” (Lc 2,14).

Los pastores “se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho” (Lc 2, 17). Al igual que los pastores, también nosotros hemos de sentir en esta noche extraordinaria el deseo de comunicar a los demás la alegría del encuentro con este “Niño envuelto en pañales”, en el cual se revela el poder salvador del Omnipotente. No podemos limitarnos a contemplar extasiados al Mesías que yace en el pesebre, olvidando el compromiso de ser sus testigos. Hemos de volver a los caminos de la vida. Debemos volver gozosos de la gruta de Belén para contar por doquier el prodigio del que hemos sido testigos. ¡Hemos encontrado la luz y la vida! En Él se nos ha dado el amor. El quiere nacer en todos. Acojámosle en nuestro corazón, en nuestras familias, en nuestra sociedad. En este sentido os deseo: UNA FELIZ Y SANTA NAVIDAD.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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