Ordenación Diaconal de Francisco Francés Ibáñez

 

S.I. Catedral de Segorbe, 23 de Junio de 2007

  

“Cantaré eternamente las misericordias del Señor” (Sal 22), hemos cantado con el salmista. Esta mañana hacemos nuestras estas palabras, y cantamos sin cesar las misericordias del Señor. Porque, querido Francisco, esta tu ordenación de diácono es una muestra de la misericordia divina para contigo y para con nuestra Iglesia diocesana.

Dentro de breves momentos vas a recibir el orden del diaconado en tu camino al sacerdocio ordenado. Tu vocación al sacerdocio ordenado, que se verifica hoy por la llamada de la Iglesia, es ante todo un don del amor misericordioso de Dios. Una vocación, que en tu caso sentiste ya en tu niñez, pero que hasta la edad madura no has podido secundar: el miedo a dejar tu casa siendo niño, las circunstancias familiares en tu adolescencia y otras distintas después han motivado un largo proceso de maduración de tu vocación. A lo largo de los años, sin embargo, el Señor ha mantenido en ti viva la llama de su llamada y hoy te concede la gracia, el don del diaconado.

Demos gracias a Dios, que te ha llamado y te ha agraciado; gracias le damos porque te ha cuidado durante estos largos años de maduración de tu llamada; gracias le damos por tu corazón generoso y agradecido, por tu fe confiada, que te ha ayudado a superar miedos y temores; gracias le damos por tu familia, que ha apoyado tu vocación, y por todos los que te han acompañado en el camino de la maduración de tu vocación: tu párroco, ya difunto, los demás sacerdotes amigos y tus formadores en el Seminario.

Hoy es un día de alegría y de esperanza para nuestra Diócesis y para la Iglesia universal. La Iglesia entera se consuela hoy al ver que, pese al invierno vocacional que padecemos, Dios sigue llamando. Nuestra Iglesia se consuela al constatar que, pese a las circunstancias adversas, hay todavía tierra buena donde la semilla de la vocación al sacerdocio es acogida, madura y da frutos. Cantemos el amor misericordioso de Dios que nos enriquece con sus dones y suscita vocaciones en medio de su pueblo. Estamos de enhorabuena: lo están la Iglesia entera, nuestra Iglesia Diocesana, tu parroquia de origen, el Seminario Diocesano y todos los responsables de tu formación, y cuantos te han acompañado en tu proceso vocacional. Y -cómo no- lo está tu familia, de modo especial tu madre, Rosario, y tus hermanos y sobrinos, a quienes quiero felicitar cordialmente.

 

Mediante la imposición de mis manos y la oración consagratoria, el Señor va a enviar sobre ti, querido Francisco, su Espíritu Santo y te va a consagrar Diácono. Como Jesús de Nazaret, tú también quedarás “ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hech 10, 38). Al ser ordenado de diácono participarás de los dones y del ministerio que los Apóstoles recibieron del Resucitado; y serás a partir de ahora en la Iglesia y en el mundo signo e instrumento de Cristo, que no vino “para ser servido sino para servir”. El Señor imprimirá en ti un signo imborrable, por el que quedarás configurado para siempre con Cristo Siervo. Así pues, habrás de vivir y mostrar en todo momento con tu palabra y con tu vida esta tu condición de ser signo de Cristo Siervo, obediente hasta la muerte y muerte de Cruz, para la salvación de todos.

Si acaso pudiera existir una ambición para un diácono, ésta debería ser el deseo de poder servir. Al ser ordenado de diácono eres elegido de entre los demás, consagrado, es decir dado como donado, y enviado para ejercitar un triple servicio, una triple diaconía: la de la Palabra, la de la Eucaristía y la de la caridad. Fortalecido con el don del Espíritu Santo, ayudarás al Obispo y a su presbiterio en el anuncio de la Palabra, en el servicio del altar y en ministerio de la caridad, mostrándote servidor de todos. Es tarea del Diácono la proclamación del Evangelio como también la de ayudar a los Presbíteros en la explicación de la Palabra de Dios. Por ello, en la ceremonia de ordenación te entregaré el Evangelio con estas palabras: “Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero: convierte en fe viva lo que lees y lo que has hecho fe viva enséñalo, y cumple aquello que has enseñado”.

Como diácono serás, pues, ministro, servidor de la Palabra de Dios. Para que tu proclamación y enseñanza de la Palabra sea creíble has de acoger con fe viva el Evangelio que anuncias y convertirlo en fe vivida, que dé buenos frutos. El mensajero del Evangelio ha de leer, escuchar, estudiar, contemplar, asimilar y hacer vida propia la Palabra de Dios: él mismo ha de dejarse guiar y conducir por la Palabra de Dios, de modo que ésta sea la luz para su vida, transforme sus propios criterios y le lleve a un estilo de vida evangélica. Esto pide delicadeza espiritual y valentía para romper con las cosas que creemos de valor y en realidad no lo tienen. La cerrazón de nuestra mente y de nuestro corazón es lo que hace infecunda la Palabra de Dios.

Por la ordenación diaconal, vas a ser constituido, querido Francisco, en mensajero de la Palabra de Dios. Recuerda siempre que no eres dueño, sino servidor de la Palabra de Dios; no es tu palabra, sino la de Dios, la que has de predicar. Y, en último término, la Palabra de Dios es el Verbo de Dios, el Hijo de Dios, Jesucristo, muerto y resucitado para la vida del mundo. Como en el caso de Pedro, Cristo Jesús, muerto y resucitado, juez de vivos y muertos, será también el centro de tu predicación, para que todos los que crean en él, reciban, por su nombre, el perdón de sus pecados (Cf Hech 10, 42-43). Cristo mismo es quien ha de llegar a los demás por medio de tus labios y de tu vida.

Has de ser mensajero de la Palabra de Dios en comunión con la tradición viva de la Iglesia, y no con interpretaciones personales que miren a halagar los oídos de quienes la escuchan. La Palabra de Dios pide ser proclamada y enseñada sin reducciones, sin miedos y sin complejos. La Palabra de Dios no puede ser domesticada a fin de acompasarla a nuestros gustos o al de los oyentes, o adaptada a lo que se lleva: somos nosotros quienes debemos acoger y creer en la Palabra, dejarnos interpelar por ella y ayudar a otros para que lleguen a desarrollarse según la medida de la Palabra. No olvidemos que no se trata de una ideología, porque en el último término la Palabra es una Persona, el Verbo de Dios, Jesucristo, el Camino, la Verdad y la Vida para el hombre, la sociedad y el mundo. ¡Cuánto respeto, cuánta oración, cuánto sentido del temor y del amor debe anidar en el interior de aquel, que hace resonar aquella Palabra y que debe explicar su sentido para la vida de las personas y de la misma sociedad!

Cierto que el mensajero de la Palabra ha de conocer a sus destinatarios: al hombre y la mujer de hoy, la sociedad y la cultura actuales. La nueva Evangelización a que nos llama la Iglesia ha de hacerse en diálogo permanente con la cultura. Pero no se puede convertir la cultura dominante en criterio de lectura de la Palabra de Dios; es la Palabra de Dios la que tiene la fuerza de discernir, valorar, purificar y perfeccionar la cultura humana. Es la Verdad de la Palabra de Dios la que ha de juzgar los acontecimientos y no al revés. Una de las tareas principales de nuestra Iglesia en el tiempo actual es la diaconía a la Verdad de la Palabra de Dios. Por ello oró Jesús al Padre por sus discípulos; una oración que hacemos nuestra esta mañana: “Conságranos en la verdad. Tu palabra es verdad” (Jn 17, 17).

Confiados en la verdad y en la fuerza inherentes a la Palabra de Dios no hay que tener miedo a exponerla en su integridad como el verdadero camino que ilumina la plena realización del hombre. La Palabra de Dios derriba los ídolos y las falsedades mundanas, y libera al hombre de las diversas formas de esclavitud y de pecado, que truncan su verdadera dignidad y su vocación más alta. Como diácono has de ser heraldo del Evangelio, mensajero de la salvación integral y eterna, no de metas limitadas y efímeras; profeta de un mundo nuevo, no del viejo y egoísta; y portador de un mensaje que arroja la propia luz sobre los problemas claves del hombre y de la tierra, sin cerrarse en los pobres horizontes del mundo.

 

Como diácono serás también el primer colaborador del Obispo y del Sacerdote en la celebración de la Eucaristía, el gran “misterio de la fe”. Ser servidor del “Mysterium fidei” es un gran honor y una causa de profundo gozo. A ti se te entregará el Cuerpo y la Sangre del Salvador para que lo reciban y se alimenten los fieles. Trata siempre los santos misterios con íntima adoración, con recogimiento exterior y con devoción de espíritu, que sean expresión de un alma que cree y que es consciente de la alta dignidad de su tarea.

Como diácono se te confía de modo particular el ministerio de la caridad, que se encuentra en el origen de la institución de los diáconos. El ministerio de la caridad dimana de la Eucaristía, el sacramento del amor, cima y fuente de la vida de la Iglesia. Cuando la Eucaristía es efectivamente el centro de la vida de todo cristiano y de toda comunidad cristiana, no sólo lleva a los creyentes a la unión con Cristo, sino que también les lleva a la comunión con los hermanos. Atender a las necesidades de los otros, tener en cuenta las penas y sufrimientos de los hermanos, ser capaz de entregarse en bien del prójimo, es decir ‘pasar haciendo el bien’: estos son los signos distintivos del discípulo del Señor, que se alimenta con el Pan Eucarístico, pero lo son también del diácono.

Por la ordenación de diácono ya no te perteneces a tí mismo. El Señor te dio ejemplo para que lo que el hizo también tú lo hagas. En tu condición de diácono, es decir, de servidor de Jesucristo, que se mostró servidor entre los discípulos, siguiendo gustosamente la voluntad de Dios, sirve con amor y alegría tanto a Dios como a los hombres. Sé compasivo, solidario, acogedor y benigno para con los demás; dedica a los otros tu persona, tu tiempo, tu trabajo y tu vida.

 

Para ser fiel a este triple servicio vive día a día enraizado en lo más profundo del misterio eclesial, de la comunión de los Santos y de la vida sobrenatural, y vive sumergido en la plegaria de modo que tu trabajo diario esté lleno de oración. Sé fiel a la celebración de la Liturgia de las Horas; es la oración incesante de la Iglesia por el mundo entero, que te está encomendada de modo directo. Esfuérzate por fijar tu mirada y tu corazón en Dios con la oración personal diaria. La oración te ayudará a superar el ruido exterior, las prisas de la jornada y los impulsos de tu propio yo, y así a purificar tu mirada para ver el mundo con los ojos de Dios y a purificar tu corazón para amar a los hermanos y a la Iglesia con el corazón de Cristo. En la oración encontrarás el alimento necesario para vivir tu promesa de disponibilidad y obediencia a Dios, a la Iglesia y a tu Obispo y así a los hermanos.

El celibato que acoges libremente y prometes observar durante toda la vida por causa del Reino de los cielos y para servicio de Dios y de los hermanos sea para ti símbolo y, al mismo tiempo, estímulo de tu amor pastoral y fuente peculiar de fecundidad apostólica en el mundo. A nadie se le oculta la dificultad real de cumplir esta promesa en estos tiempos en que tanto se subraya el hedonismo y se promueve la ‘infracultura de las nuevas sensaciones’. No olvides que el celibato es un don de Cristo que tanto mejor vivirás, cuanto más cerca tengas al Dios que proporciona todo don. Movido por un amor sincero a Jesucristo y viviendo con total entrega, tu consagración a Jesucristo se renovará día a día de modo excelente. Por tu celibato te resultará más fácil consagrarte con corazón indiviso al servicio de Dios y de los hombres, y con mayor facilidad serás ministro de la obra de regeneración sobrenatural.

Queridos todos: Dentro de pocos momentos suplicaré al Señor para que derrame el Espíritu Santo sobre nuestro hermano, con el fin de que le “fortalezca con los siete dones de su gracia y cumpla fielmente la obra del ministerio”. Unámonos todos en esta suplica. La Virgen María, la esclava del Señor, con su omnipotencia suplicante obtenga para Francisco también esta nueva efusión del Espíritu Santo. Y oremos a Dios, fuente y origen de todo don, que nos conceda semillas de nuevas vocaciones al ministerio ordenado. A Él se lo pedimos de las manos de María por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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