Peligro de vacío interior

Queridos diocesanos:

En su Exhortación Apostólica ‘Iglesia en Europa’, el recordado Papa Juan Pablo II denunciaba “el vacío interior que atenaza a muchas personas” (n. 8). Es éste un signo preocupante del temor y de la falta de esperanza del hombre actual ante el futuro. La sociedad moderna dispone de tal cantidad de medios, que puede cautivar y esclavizar. Si, por ejemplo, no se tiene suficiente sentido crítico ante los reclamos de la publicidad, se termina cayendo inconsciente e involuntariamente en sus garras. La persona queda absorbida con frecuencia por proyectos y expectativas, que no surgen de si mismo ni la elevan a una vida más noble y digna. Por lo general, el estilo de vida que nos viene propuesto e impuesto aparta de lo esencial, nos impide descubrir y cultivar lo que somos en potencia, no nos deja llegar a ser nosotros mismos, bloquea el desarrollo libre y pleno de nuestro ser desde la verdad y el bien.

El hombre contemporáneo parece cada vez más indiferente a ‘lo importante’ de la vida, a las grandes cuestiones de la existencia. Poco a poco se va convirtiendo en un ser trivial y cargado de tópicos. Lo que se lleva es disfrutar de la vida y sacarle el máximo jugo. Es bueno lo que me apetece, y malo lo que no me gusta, así se dice. Los grandes objetivos y los ideales mayores pertenecen al pasado. Lo importante es tener y pasárselo bien.

Surge así un ser humano perfectamente adaptado a los patrones de vida impuestos desde fuera, pero incapaz de enfrentarse a su propia existencia desde dentro, desde sus raíces, desde su libertad responsable: un ‘hombre pasivo’ que participa dócilmente en un plan de vida que él no ha trazado; un individuo productor, consumidor y espectador televisivo, que sobrevive en medio de la sociedad sin saber lo que es vivir desde su raíz. La vida se va vaciando de su verdadero contenido. El individuo se queda sin horizonte, sin metas y sin referencias. Las personas tienen cada vez más fachada y menos consistencia interior. Los valores humanos son sustituidos por los intereses de cada cual. Al sexo se le llama amor; al placer, felicidad; a la información, cultura.

Pero este hombre en su interior se siente insatisfecho y víctima de su propio vacío. Es un ser sin rumbo, que corre el riesgo de caer en el tedio y perder hasta el gusto mismo de vivir. ¿Por qué no dedicar en este tiempo de vacaciones algún momento a reflexionar sobre los grandes interrogantes de la existencia, sobre nuestro rumbo en la vida, sobre nuestra vida interior, sobre nuestra relación con Dios y con los demás?  .

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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