Santa Misa Crismal

S. I. Con-Catedral de Castellón, 17 de marzo de 2008

 

“Gracia y paz a vosotros de parte de Jesucristo, el Testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra” (Apoc. 1,5). Con estas palabras del Apocalipsis os saludo, queridos hermanos, a todos cuantos habéis seguido la invitación del Señor a esta Misa Crismal. De un modo muy especial os quiero saludar a vosotros, queridos sacerdotes, “conmovido, como si me sentara a vuestro lado en aquella mesa del Cenáculo en la que el Señor Jesús celebró con sus Apóstoles la primera Eucaristía: un don para toda la Iglesia” (Carta de Juan Pablo II, Jueves Santo de 2002, n. 1).

La Misa Crismal tiene un profundo significado para nuestra Iglesia diocesana. Esta Eucaristía, en que participa el Pueblo de Dios de Segorbe-Castellón, unido en la misma oración en torno a la Palabra de Dios y a un único altar, y presidido por el Obispo y rodeado de su presbiterio, es la manifestación principal de nuestra Iglesia diocesana (cf. SC 41). Esta Misa Crismal tiene también un hondo significado y valor para nuestro presbiterio diocesano. Reunidos en torno al altar manifestamos al pueblo fiel la unidad de nuestro sacerdocio y la comunión entre el Obispo y su presbiterio; a la vez aquí, en la comunión eucarística, queda reforzada nuestra comunión y nuestra fraternidad sacerdotal.

Hoy damos gracias a Dios por nuestro ministerio ordenado. De modo especial, le damos gracias hoy por D. Daniel Gil y D. Narciso Jordán, en sus bodas de oro sacerdotales, y por D. Joaquín Gillamón, en sus bodas de plata sacerdotales, así como los seis neopresbíteros, Héctor Calvo, Fco. Miguel Fernández, José Antonio Morales, Welter Lara, Reinel Muñoz, Julio Cesar Silva, Piero Salvatore Tornatore, León Enrique Viñedo y Paco Francés. Nuestra más cordial enhorabuena a todos. Esta mañana recordamos también en nuestra oración al bueno de Manolo Mechó, a quien hace quince días dábamos cristiana sepultura. Hoy es un día para la acción de gracias a Dios por los dones recibidos, pero también tiempo de gracia de Dios para la conversión, para la renovación espiritual de nuestra Iglesia y de todos cuantos la formamos, y de nosotros los sacerdotes.

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido” (Is 61, 1). Estas palabras de Isaías, que Jesús se aplica a sí mismo aquel sábado en la Sinagona de Nazaret, expresan el tema central de esta Misa Crismal. Los óleos que vamos a bendecir y, especialmente, el crisma, que vamos a consagrar, nos recuerdan especialmente el misterio de la unción sagrada de nuestro Bautismo y nuestra Confirmación, así como la de nuestra Ordenación; una unción, que marca para siempre la persona y la vida de todo cristiano, desde el día de su bautismo; una unción que marca para siempre especialmente nuestra persona y nuestra vida de presbíteros y de Obispo desde día nuestra ordenación para el servicio del pueblo de Dios.

Ahora bien, la unción bautismal y sacerdotal, reciben su luz y su fuerza del misterio de Cristo sacerdote, que en la última Cena se consagra a sí mismo, anticipando el sacrificio cruento del Gólgota. La Eucaristía, cuya institución por Jesucristo junto con uno de los momentos esenciales de la institución del Sacramento del Orden celebraremos el Jueves Santo, es la cima y la fuente de la vida la Iglesia, y lo es también de todos los sacramentos, pues de la Mesa eucarística desciende la unción sagrada. El Espíritu divino difunde su místico perfume en toda la casa (cf. Jn 12, 3), es decir, en la Iglesia; y a los cristianos así como a los sacerdotes y obispos, de modo especial, nos hace partícipes de la misma consagración de Jesús (cf. Oración Colecta de la Misa Crismal)

Todo bautizado, por el don permanente de la unción recibida, está llamado a alabar y dar testimonio del amor misericordioso de Dios, a cantar ‘eternamente las misericordias del  Señor’ (Salmo responsorial) con una vida santa. Y lo mismo se puede decir de toda comunidad cristiana. San Pablo nos recuerda: “Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación” (1 Ts 4, 3); por ello “todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad” (LG 40).

Esta verdad básica nos atañe ante todo a nosotros, los obispos, y a vosotros, queridos sacerdotes, ungidos para siempre para representar a Cristo Cabeza y actuar en su nombre. “Sed santos porque yo soy santo” (Lv 19, 2), así nos exhorta la Sagrada Escritura; y podríamos añadir: seamos santos, queridos sacerdotes, para que el pueblo de Dios que nos ha sido confiado sea santo. Hemos sido ungidos, consagrados y configurados con Cristo, Cabeza y Pastor, para servir al pueblo de Dios, para estimular y avivar en todos los cristianos su sacerdocio común de modo que hagan de su vida una ofrenda a Dios y una entrega a los demás. La santidad de nuestros fieles no deriva ciertamente de la nuestra; pero no cabe la menor duda que nuestra santidad la favorece, la estimula y la alimenta. Acojamos con generosidad, queridos sacerdotes, la invitación que hoy nos hace el Señor a vivir fielmente el don gratuito de nuestra vocación, nuestra permanente unción presbiteral y episcopal y, en particular, nuestro camino de santidad. Esta es la fuente de que surgirá el renovado impulso apostólico, que nuestra Iglesia diocesana y nuestra sociedad tan urgentemente necesitan y esperan de todos nosotros. Dios es fiel a su don y a sus promesas; El es la fuerza que nos sustenta y alienta en nuestras luchas y dificultades, ante la tentación de la tibieza y del desaliento.

El camino de nuestra santidad está íntimamente unido a nuestro ser y a nuestra misión. Hemos sido ungidos para ser enviados; en el ejercicio fiel y entregado de nuestro ministerio encontraremos el camino de nuestra santificación.

La primera misión que Dios nos ha confiado, queridos sacerdotes, es la de anunciar el Evangelio a todos. “El Espíritu del Señor me ha ungido para dar la buena noticia a los que sufren” (Is 61,1). Si bien todo bautizado está llamado a anunciar el Evangelio, los pastores desempeñamos una función insustituible en esta tarea. Somos ministros de la Palabra, el Verbo de Dios hecho carne y de su Evangelio. En este año, en que el Sínodo de Obispos reflexionará sobre “la Palabra de Dios en la vida y misión de la Iglesia” quiero detenerme brevemente en esta nuestra condición de ministros de la Palabra.

Si, queridos sacerdotes: Hemos sido ungidos para entregar nuestra vida al anuncio de la Palabra de Dios, siguiendo el ejemplo de Cristo, que dedicó toda su vida “a enseñar” (Act 1,1). San Pablo, en la segunda carta a los Corintios, nos recuerda que “no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor” (2 Co 4,5). Y a los mismos fieles de Corinto, en una carta precedente, les había escrito: “Nosotros predicamos a Cristo crucificado” (1 Co 1,23). Y hemos de hacerlo en todo momento, a tiempo y a destiempo, con ocasión y sin ella, sin avergonzarnos de Cristo y de su Evangelio para que los niños y adolescentes, los jóvenes y los adultos se encuentren con Cristo y su Evangelio, para que se conviertan a Él, se dejen transformar por Él y participen de la nueva Vida de Dios, que Cristo nos ofrece, de modo que todos sean ‘sal de la tierra y luz del mundo’.

No olvidemos nunca que somos ministros de la Palabra de Dios: en esta condición hemos de aplicarnos especialmente aquellas duras palabras de Jesús: “Pero yo os digo que de toda palabra inútil que hablen los hombres darán cuenta en el día del Juicio” (Mt 12,36). La ‘palabra inútil’ es la palabra de los falsos profetas, ante los que nos previene el Señor: “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con disfraces de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis…” (Mt 7,15-20). La palabra inútil, de que habla Jesús, no es pues toda y cualquier palabra inútil; es la palabra inútil, vacía, pronunciada por aquél que debería en cambio pronunciar las ‘enérgicas’ palabras de Dios. Es la palabra del falso profeta, que no recibe la palabra de Dios y sin embargo induce a los demás a creer que es palabra de Dios. La palabra inútil falsifica la palabra de Dios, es el parásito de la palabra de Dios. Se reconoce por los frutos que no produce, porque, por definición, es estéril, sin eficacia para el bien (R. Cantalamessa).

Falso profeta no es sólo el que esparce herejías; es también quien ‘falsifica’ la palabra de Dios, porque no presenta la palabra de Dios en su pureza, sino que la diluye y la agota en miles de palabras humanas que salen de su corazón, porque pone la palabra de Dios al servicio de ideologías humanas. El falso profeta es también aquel que no se fía de la ‘debilidad’, ‘necedad’, pobreza y desnudez de la Palabra y la quiere revestir;  estima el revestimiento más que la Palabra y es más el tiempo que gasta con el revestimiento que el que emplea con la Palabra permaneciendo ante ella en oración, adorándola y empezándola a vivir en mí. El falso profeta, en el fondo, se avergüenza del Evangelio (Cf. Rm 1,16) y de las palabras de Jesús, porque son demasiado ‘duras’ para el mundo, o demasiado pobres y desnudas para los doctos, e intenta ‘aderezarlas’ con las que Jeremías llamaba ‘fantasías de su corazón’. Así se ofrece al mundo un óptimo pretexto para permanecer tranquilo en su descreimiento y en su pecado. No es la adaptación a la moda, sino la fidelidad a la Palabra lo que se nos pide a los pastores.

Hemos de proclamar la Palabra como con palabras de Dios. Quiere esto decir que la inspiración de fondo, el pensamiento que informa y sustenta todo lo demás debe venir de Dios, no del hombre. El anunciador debe estar “movido por Dios” y hablar como en su presencia (Cf. R. Catalamesa).

Nuestro anuncio de la Palabra ha de ser, como el de Cristo, con autoridad. Es la autoridad, que nos viene dada y confiada por Jesucristo en el sacramento del orden y por el envío de la Iglesia, pero que pide estar refrendada por la autoridad que deriva del testimonio de vida: hemos de ser testigos vivos de la Palabra por nuestro actuar sincero, santo y perfecto. Antes de ser sus anunciadores debemos ser oyentes de la Palabra en la oración diaria, personal y comunitaria, en su estudio permanente, en su contemplación y adoración; hemos de asimilar la Palabra y dejarnos transformar por Ella; hemos de vivirla con radicalidad y proclamarla con fidelidad a tradición viva de la fe de Iglesia, en comunión con el Magisterio eclesial.

La Palabra sólo es creíble y tiene fuerza de convicción cuando anida en nuestro interior y brilla en nuestra vida. Si vivimos de esta manera, nuestra predicación ayudará a crecer en santidad al Pueblo de Dios y será aún más creíble si, como presbiterio, nos ven unidos y concordes, testigos de fraternidad en la vida y en la misión.

El amor entregado a Cristo y la caridad pastoral apasionada a quienes nos han sido confiados es nuestra respuesta agradecida al don permanente de Dios en nosotros. Este amor, asiduamente alimentado en las fuentes de la gracia de la oración y de los sacramentos, vivido en la fraternidad sacerdotal, apoyado por nuestras comunidades y con la debida ascesis de vida, es la base y la garantía de una vida pobre, obediente y célibe para ser fieles al don recibido y a los compromisos adquiridos, que a continuación vamos a renovar. Sé de vuestro empeño por vivir fielmente vuestras promesas sacerdotales, especialmente el celibato, acogiendo el don de Dios; doy gracias con vosotros a Dios y os felicito por ello. Como nos recuerda el Concilio Vaticano II, nuestro celibato es “signo y estímulo de la caridad pastoral y fuente privilegiada de fecundidad espiritual en el mundo” (cfr PO 16).

No nos dejemos llevar por el desaliento a causa de nuestras infidelidades y pecados; no podemos tampoco dejarnos llevar por los ataques injustos y las incomprensiones. Dejémonos encontrar y renovar por la gracia misericordiosa de Dios Hoy queremos recordar y testimoniar ante el Pueblo de Dios que sólo Dios, su don y nuestro ministerio, son la verdadera riqueza que llena de sentido nuestra existencia. En Dios está la alegría profunda que las promesas del mundo no pueden dar. Él es la razón de nuestra esperanza.

Que María, Madre de los sacerdotes y Virgen de la esperanza, nos aliente para cumplir bien y fielmente el ministerio su Hijo, nos ha encomendado. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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