Sed de Dios

Queridos diocesanos:

Con frecuencia lamentamos el sesgo que va tomando la Navidad en una sociedad marcada por el bienestar material, el consumo, la diversión, la superficialidad y la indiferencia religiosa. Incluso nos duele cuando se pretende ocultar su sentido cristiano en tarjetas de felicitación o en adornos; protestamos cuando un laicismo militante promueve la desaparición en espacios públicos de los símbolos navideños típicamente cristianos, como es el belén.

Pero puede ocurrir que sin darnos cuenta ese mismo ambiente materialista, hedonista y neopagano vaya haciendo mella en los cristianos. De ahí la urgente necesidad de preparar la  Navidad como conviene saliendo en este tiempo Adviento al encuentro de Cristo, que viene. La celebración en cristiano de la Navidad depende de nuestra preparación previa a este acontecimiento de fundamental importancia para el hombre, la humanidad y la historia: Dios sale al encuentro del hombre, de toda la humanidad, en Jesús de Nazaret para ofrecernos la Salvación.

No es indiferente el modo y la calidad de nuestra respuesta a Dios que viene a nuestro encuentro en Jesús. El no se impone, sino que se ofrece gratuitamente a nuestra libertad; sin embargo de nuestra acogida, indiferencia o rechazo depende nuestra salvación, que se siembra ya en el presente y da frutos en la gloria y felicidad eternas.

Y es posible que ahí comience nuestro drama. Porque ¿sentimos en verdad necesidad de Dios y de su Salvación en Cristo? Nos sentimos tan a gusto con nuestro bienestar, con nuestros logros humanos y con vivir el momento presente que consideramos innecesarios a Dios y su Salvación plena y eterna. Muchos han hecho una opción de vida de su voluntaria cerrazón de mente y de corazón a Dios y se han sumergido libre y gustosamente en la oscuridad espiritual, tanto en su vida personal como en su vida familiar o social. Es malo cerrarse a Dios, dejándose llevar por la cultura y la concepción dominantes del hombre y del mundo.

Las propuestas de liberación del hombre y de su finitud, de su dolor y de su infelicidad, al margen de Dios y del reconocimiento de la realidad del mal moral, del pecado, y de la muerte son señuelos engañosos. Las propuestas de progreso de la humanidad sin una esperanza anclada en Dios, presente y futuro de la humanidad, tienen las alas muy cortas.

Sólo nos puede salvar quien nos libra del pecado y de la muerte temporal y eterna: Dios mismo que en Cristo Jesús entra y obra en nuestra historia, y le confiere sentido en el presente y meta en el futuro. Dios no es un competidor del hombre, de su libertad, de su desarrollo y de su felicidad, sino todo lo contrario: Dios es su garante. Venimos de su amor y hacia él caminamos. Dejemos que aflore y se acreciente en nosotros la sed de Dios que nos conduzca al encuentro con Jesús, el Mesías y Salvador, en esta Navidad. El es el Camino de nuestra verdadera, plena y feliz realización, El es nuestra esperanza, como tan bellamente enseña el Papa Benedicto XVI, en su nueva Encíclica ‘Spe salvi’ (en esperanza fuimos salvados).

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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