Navidad – Misa del Día

Castellón, S.I. Concatedral de Sta. María, 25.12.2007

(Is 52,7-10; Sal 97; Hb 1,1-6; Jn 1,1-18)

 

¡Amados hermanos y hermanas en el Señor!

El misterio santo de la Navidad, que hoy celebramos, nos congrega para contemplar y admirar, para bendecir y cantar, para postrarnos en humilde oración ante el Niño, que yace en el portal de Belén. Pero, ¿quién es este Niño cuyo nacimiento es hoy motivo de alegría universal? ¿Quién es ese Niño a quien anuncian y alaban los ángeles, adoran y bendicen los pastores y rinden homenaje los reyes venidos de oriente? ¿Quién es ese Niño que se distingue de todos los demás niños y ha dividido la Historia en un antes y en un después?

 

Este Niño es Dios. Esta es la respuesta clara, cierta y precisa que nos ha dado el evangelista San Juan en el evangelio que hemos proclamado: Ese Niño es la Palabra, el Verbo de Dios, hecho carne; es el mismo Hijo de Dios hecho Hombre, es el Hijo de Dios que, sin dejar la gloria del Padre se ha hecho presente entre nosotros. Ese Niño que ha nacido en Belén es Dios, y por eso los ángeles del cielo lo adoran y han entonado el cántico más grandioso y sencillo que oyó la tierra: “Gloria a Díos en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor” (Lc 2, 14). Ese Niño es Dios, y por eso los profetas lo anunciaron, y su anuncio se cumplió en la historia. Ese Niño es Dios, y porque lo es, una estrella lo señala desde las alturas; y porque es Rey de reyes y Señor de los señores llegaron los reyes de Arabia y Sabá a depositar junto a su cuna los tesoros, los cetros y las coronas.

Poco importa que sea un Niño recién nacido, ni su apariencia pobre, frágil y humilde. Él es el Hijo de Dios, el Hijo “por medio del cual (Dios) ha ido realizando las edades del hombre” (Heb 1,3). Él es el reflejo de la gloria del Padre, impronta de su ser, tan excelso y omnipotente, que sostiene el universo y la creación entera se rinde a sus disposiciones y mandatos. Este es el Niño objeto de nuestras miradas en la cuna de Belén.

Pero no es esto sólo; y aquí está el prodigio nunca visto ni imaginado, sólo posible por la sabiduría y el amor omnipotente de Dios. Este Niño es Hombre también. Sin dejar de ser Dios se ha hecho hombre de nuestra misma naturaleza; siendo eterno y engendrado antes del tiempo, comparte nuestra vida temporal, con un cuerpo y un alma como los nuestros, formados en las entrañas purísimas de una mujer, la Virgen María.

Hay pues en Él dos naturalezas, una divina y otra humana, que al unirse, en nada cambian y permanecen distintas, por las que es Dios y Hombre pero una sola Persona, la misma que tiene desde toda la eternidad como Hijo de Dios; porque no debe ni puede perderla; es la que rige, gobierna y sirve de supuesto a la naturaleza humana que tomó en el tiempo y ha elevado a una dignidad incomparable. Este es el misterio del Niño Dios, el misterio de nuestro Redentor y Salvador, que nació hace 2000 años y que está en medio de nosotros.

“El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14). Este es el motivo de nuestra alegría navideña, el contenido propio de la fiesta de Navidad. No celebramos simplemente el nacimiento de un hombre grande o el misterio de la infancia de un niño.

Aquí ha ocurrido algo más: el Verbo se hizo carne. Este niño, que yace en el portal, es el Hijo de Dios. En Belén sucede algo impensable y, sin embargo, también lo siempre esperado: Dios viene a habitar entre nosotros, se hace uno de los nuestros, entra en nuestra historia personal y colectiva. Él se ha unido tan inseparablemente con el hombre, que este hombre es efectivamente Dios de Dios, luz de luz; y, a la vez, sigue siendo verdadero hombre. Así vino a nosotros efectivamente el eterno sentido del hombre, del mundo y de la historia humana de tal forma que se le puede contemplar e incluso tocar (cf. 1 Jn 1,1). Pero este sentido no es simplemente una idea corriente que entra en el mundo. El sentido es una Palabra y la Palabra es una persona: es el Hijo de Dios que nos conoce, nos ama y nos llama. El viene para y por cada uno de nosotros. A quien le recibe en la fe, le purifica de sus pecados y le concede el poder ser hijo de Dios, participar de la vida de Dios sin fin.

A muchos, tal vez, pueda parecer esto demasiado bello para ser verdad. Pero hoy se nos anuncia: Sí, existe un sentido para el hombre, para el mundo y para la historia. Y el sentido no es una protesta impotente contra lo que carece de sentido. El sentido es Dios. Y Dios es amor, es bondad. Dios no es un ser sublime y alejado, al cual nunca se puede llegar. Dios se halla totalmente próximo, al alcance de la voz y de la mano; a Dios se le puede alcanzar siempre. Él tiene tiempo para mí, tanto tiempo que hubo de yacer en un portal y que permanece siempre como hombre.

 

Dejémonos guiar por el evangelista san Juan, y dirijamos nuestra mirada y nuestro corazón al Verbo eterno, a la Palabra que se hizo carne y de cuya plenitud hemos recibido gracia sobre gracia (cf. Jn 1, 14.16). Esta fe en la Palabra que creó el mundo, en Aquel que vino como un Niño, esta fe y su gran esperanza parecen, por desgracia, alejadas hoy de la realidad de la vida de cada día, pública o privada. Parece una verdad es demasiado grande para ser acogida. Pero sin ella, sin Dios, sin su Palabra, el mundo resulta cada vez más caótico e incluso violento: lo comprobamos cada día. Y la luz de Dios, la luz de la Verdad, se apaga. La vida se vuelve oscura y sin brújula.

Dejemos que nuestros ojos sean abiertos por el misterio de este día y así podamos ver. Caigamos de rodillas a los pies de ese Niño y postrémonos ante Él en adoración. Sí, hemos de hacer todo esto, pues su venida a la tierra tiene como objeto asumir en sí todo lo creado, reconstruir lo que estaba caído y restaurar de ese modo el universo. Vino del cielo y se hizo hombre, para llamar de nuevo al Reino de los cielos al hombre sumergido en el pecado, para librarnos de la esclavitud del pecado -origen de todos los males-, y de la muerte eterna, para hacernos partícipes de la misma vida divina y convertir nuestra vida natural y humana en sobrenatural y divina, para hacernos hijos de Dios dando así comienzo a la nueva creación mucho más maravillosa que la primera.

Miremos con fe, con esperanza y amor al pesebre de Belén, porque de aquella cuna sale la salvación de Dios que llega a todos los confines de la tierra y “verán la victoria de nuestro Dios” (Is 52, 10). Miremos con fe porque en aquella cuna descansa el que es la luz que ilumina y enseña el camino todos: a los potentados a ser más humildes, a los ricos a saber vivir más pobremente, a los afligidos a descubrir en Dios su esperanza, a los que llevan los destinos de los pueblos a mejor servir e implantar la justicia y a todos a saberse respetar y amar más.

En esta Navidad pidamos a este Niño-Dios que la violencia sea vencida con la fuerza del amor, que los enfrentamientos cedan el paso a la reconciliación, que la prepotencia se transforme en deseo de perdón, de justicia y de paz. Que los deseos de bondad y de amor que nos intercambiamos en estos días lleguen a todos los ambientes de nuestra vida cotidiana. Que sea un aldabonazo de nuestras conciencias ante una ‘culura de la muerte’, para que aprendamos a respetar toda vida humana desde su concepción hasta su muerte natural. Que sea respetada toda persona humana porque todo hombre y mujer gozan de la misma dignidad. Que la paz esté en nuestros corazones, para que se abran a la acción de la gracia de Dios. Que la paz reine en las familias, para que pasen la Navidad unidas ante el belén y el árbol lleno de luces. Que el mensaje de solidaridad y de acogida que brota de la Navidad contribuya a crear una sensibilidad más profunda ante las antiguas y nuevas formas de pobreza, ante el bien común, en el que todos estamos llamados a participar. Que todos los miembros de la comunidad familiar, en especial los niños, los ancianos, las personas más débiles, puedan sentir el calor de esta fiesta, y que se dilate después durante todos los días del año (Benedicto XVI).

Que la Navidad sea para todos la fiesta del amor, de la alegría y de la paz: porque nos ha nacido el Salvador, el Príncipe de la paz. A todos os deseo una Navidad llena de Amor, de Paz y de Felicidad; una Navidad llena de Dios.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Navidad – Misa de Medianoche

Segorbe, S. I. Catedral-Basílica, 24.12.2007

 (Is 9,1-3.5-6; Sal 95; Tit 2,11-14; Lc 2,1-14)

 

¡Amados hermanos y hermanas en el Señor!

En la santa alegría de la Noche de Navidad, el Señor nos convoca a esta Misa de Medianoche para cantar con los ángeles: “Gloria a Dios en el Cielo, y la Paz en la tierra a los hombres, que ama el Señor”. En cada Eucaristía, y en especial en la de esta Noche, damos gloria y alabamos a Dios porque un Niño se nos ha dado: Él es el Príncipe de la Paz. En este Pequeño, Dios nos ofrece a los creyentes y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad su amor, su vida y su paz: es la paz mesiánica, que trae para todo el mundo el Hijo de Dios que nos nace en Belén;

Año tras año escuchamos esta Buena Nueva, esta pequeña gran noticia, este Evangelio en su sentido más genuino de Buena Nueva: “Hoy os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor” (Sal 95).

Con el temor de los pastores ante las palabras del ángel, hemos venido esta noche para escuchar y celebrar esta noticia que será la gran alegría para todo el pueblo. En la ciudad de David, en Belén, nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. El es el esperado desde todos los tiempos. El es una luz grande para el pueblo que camina en tinieblas. Aquel niño es el Hijo de Dios que viene para anunciar la paz, para consolidarla con el derecho y la justicia.

También nosotros hemos escuchado las palabras del ángel, que nos anunciaba la señal para reconocer al Mesías: un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Y también nosotros, como los pastores, hemos querido acercarnos a verlo. Y hemos venido, y hemos visto al niño envuelto en pañales, a quien su madre tuvo que acostar en un pesebre, porque no había otro lugar mejor tras aquella larga emigración de kilómetros por satisfacer los caprichos del emperador romano.

Año tras año, los creyentes revivimos el gozo de este Evangelio y, como los pastores contemplamos en humilde adoración este misterio de salvación: el Hijo de Dios se hace hombre, la Palabra eterna de Dios se hace carne y acampa entre nosotros. “Contemplamos su gloria, gloria propia de Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14).

Navidad, hermanos, es este Evangelio siempre nuevo y renovador, el mensaje que desde hace dos mil años, desde el comienzo de nuestra era, los creyentes en Cristo acogemos con fe, celebramos con alegría y transmitimos con gozo a nuestro mundo. Este mensaje lo desarrolla la liturgia de Navidad diciendo que Dios, “de modo admirable creó la naturaleza humana a su imagen y semejanza, pero de un modo más admirable todavía, por Jesucristo, elevó nuestra condición humana” (Prefacio). En el Niño Dios, nacido en Belén, Dios comparte nuestra condición humana para que nosotros podamos compartir su vida divina.

Este es el misterio que celebramos en Navidad: El encuentro definitivo de Dios Salvador con el hombre. Porque “tanto amó Dios al mundo que nos envió a su propio Hijo”: Él es la Palabra por la cual fueron creadas todas las cosas, Él es el reflejo de la gloria del Padre y la impronta de su ser, la luz y la vida verdadera. Él comparte nuestra carne y nuestra sangre, asume nuestra naturaleza humana, se hace hermano nuestro, hombre en todo como nosotros menos en el pecado. Desciende hasta lo más profundo de nuestra humanidad, hasta la misma muerte. Por eso Navidad es la gran proclamación del amor de Dios y de la dignidad del hombre. “La Gloria de Dios es la gloria del hombre”, decía S. Irineo. Para los creyentes no existe un motivo mayor para valorar al hombre y proclamar su dignidad que la Encarnación del Hijo de Dios. Por la Encarnación del Hijo de Dios todos los hombres que creen pueden ser hijos de Dios, participar de la misma vida de Dios.

Navidad es por ello la revelación del Dios invisible, que tantas veces hemos creído lejano, porque “el Hijo único, que está en el seno del Padre, nos lo ha dado a conocer”. Por eso confluyen en esta fiesta, principio de nuestra salvación, la encarnación del Hijo de Dios y la divinización del hombre.

 

Conscientes de la divinización del hombre, que se realiza gracias al misterio del Hijo de Dios hecho hombre, los cristianos adquirimos el compromiso de ‘humanizar’ este mundo y esta sociedad desde Dios, para que se vayan ajustando al ideal de Dios, al plan divino para la salvación de los hombres. Nuestra felicitación navideña es un augurio y ha de ser una comunicación de la verdadera paz, que descansa en Dios, de la verdadera felicidad que pregusta la del Reino de Dios, y de la verdadera fraternidad que arranca de la que vivió el Dios hecho hombre, nuestro hermano.

Nosotros lo hemos visto y hemos creído; y, como los pastores, tenemos que salir de aquí proclamando a cuantos nos rodean esa gran noticia, el gran gozo que hoy celebramos. Porque ahora sabemos, esta noche sabemos, que aquel Niño envuelto en pañales, aquel Niño tan igual a nosotros -y más aún, tan igual a los pobres- es el signo de que en medio de nuestra pequeña vida, de nuestro mundo, de nuestro ciudad, de nuestra historia, se ha abierto un camino. Y que abriendo paso en este camino va Alguien que no nos puede fallar. Alguien que ha convertido nuestra pequeña vida en la vida de Dios, nuestro mundo en el mundo de Dios, nuestra historia en la historia de Dios.

Esta es nuestra Navidad. Porque esta es nuestra fe. Esta es la fe que anunciaron los ángeles y creyeron los pastores. Esta es la fe que hoy proclamamos: que Dios mismo ha venido a vivir nuestra vida y le ha dado toda la dignidad, todo el valor, toda la gracia, toda la fuerza que sólo pueden venir de él.

Y por eso hoy celebramos con alegría esta fiesta y nos felicitamos. Porque el Señor, el Mesías, está aquí. Y porque su camino, su mensaje, su llamada no han quedado sin respuesta: porque aquí junto a nosotros y en otros lugares lejanos, entre personas conocidas y entre gente de la que nunca hemos oído hablar, sigue abriéndose paso el amor, la paz y la justicia, la solidaridad, la atención a los demás, la entrega. Y eso significa que la fuerza y la gloria de Dios que los ángeles anunciaron, siguen aquí, están vivos aquí. Significa que lo que hoy celebramos no es sólo un recuerdo lejano, una vieja historia, sino que Jesús, el Mesías, sigue viniendo, sigue naciendo, nace hoy entre nosotros.

Hermanos.  Que estén con todos, ahora y siempre, el gozo y la paz del Señor. Que sintamos día a día la presencia del Dios-con-nosotros. Y que nuestra vida entera sea un anuncio, con los hechos y con las palabras, de este Dios que ama al mundo y que se ha hecho compañero de cada hombre. En el hogar de los hijos de Dios, compartimos ahora la alegría de nuestros hogares, de todos los hombres de buena voluntad. Aquí nos acercamos a Belén para proclamar la salvación de Cristo que se inicia en Navidad y culmina en Pascua.

El Niño que hoy nos ha nacido, nos da su Cuerpo, pan de vida, para que todos participemos de su vida, la de hijos de Dios, que hoy ha alboreado para los creyentes.

¡FELIZ Y SANTA NAVIDAD A TODOS!

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María Virgen

Basílica de San Pascual de Villarreal  – 9 de diciembre de 2007

(Gn 3. 9-15.20; Sal 97; Ef 1, 3-6.11.12; Lc 1, 26-28)

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor!

El Señor nos ha convocado en torno a la mesa de su Palabra y de su Eucaristía para honrar a María, la Purísima, en este segundo domingo de la Fiesta de la Congregación de la Hijas de María. Os saludo cordialmente a vosotras Hijas de María, en especial a las no casadas, y a cuantos participáis en esta Santa Misa aquí, en la Basílica de San Pascual de Villareal, y desde vuestras casas por radio o por TV.

Hoy sentimos de un modo especial la cercanía maternal y la presencia amorosa de la Inmaculada, la criatura amada y llena de gracia, la aurora de la salvación y la madre en la fe y en la esperanza. Con intenso gozo espiritual contemplamos a la Virgen María, “la más humilde y a la vez la más alta de todas las criaturas, término fijo de la voluntad eterna”, como canta el poeta Dante (Paraíso, XXXIII, 3). En ella resplandece la eterna bondad del Creador que, en su plan de salvación, la escogió de antemano para ser madre de su Hijo Unigénito y, en previsión de la muerte de él, la preservó de toda mancha de pecado (cf. Oración colecta). María no sólo no cometió pecado alguno, sino que fue preservada incluso de la herencia común del género humano que es la culpa original, por la misión a la que Dios la destinó desde siempre: ser la Madre del Redentor.

Todo esto está contenido en la verdad de fe de la “Inmaculada Concepción”. Su  fundamento bíblico lo encontramos en las palabras del ángel Gabriel a la joven de Nazaret: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1, 28). “Llena de gracia” es el nombre más hermoso de María, un nombre que le dio Dios mismo para indicar que desde siempre y para siempre es la amada, la elegida, la escogida para acoger el don más precioso, Jesús, “el amor encarnado de Dios” (Deus caritas est, 12).

María es “la llena de gracia”. Dios obra en María maravillas, la colma de su amor y de su gracia, y la preserva así de toda mancha de pecado desde el mismo momento su concepción. María es llamada a la existencia llena de gracia por puro amor de Dios Padre. La Inmaculada nos remite, por ello y en primer lugar, a Dios; nos muestra el verdadero rostro de Dios Padre: Dios es amor, y crea por amor y llamada a la vida en el amor. La perfecta santidad de María, su comunión plena con Dios desde el momento mismo de su concepción, se debe al Hijo que concebirá en su seno. En María, la Madre virgen del Hijo, se realiza de modo anticipado y perfecto la obra de salvación de Jesucristo. María fue preservada del pecado original, y creada llena de gracia y de santidad desde siempre “en vista de los méritos de Jesucristo, salvador del género humano”. En la doncella virgen de Nazaret se manifiesta por vez primera el plan divino de Salvación trazado por el amor misericordioso de Dios “antes de la creación del mundo”.

María es la llena de gracia desde el momento mismo de su Concepción. Y tenía que ser así, porque la gracia de María tenía que corresponder a la misión y dignidad para la que Dios le había elegido. María es la verdadera y propia Madre del Hijo de Dios, el Salvador. Y a esta misión y dignidad incomparables debía corresponder una santidad sin igual, la plenitud de la gracia. Por su intima comunión de vida y de destino con Cristo, la Virgen María se ha visto rodeada desde el primer momento de su existencia por el amor del Padre, por la gracia del Hijo y por los esplendores del Espíritu. María ha sido preservada de toda sumisión al mal o connivencia con él: ella es la Purísima.

El don que María recibe de Dios no permanece inactivo en ella. María acoge el amor de Dios, y le corresponde con la entrega de todo su ser, con la adhesión total de su persona al designio de Dios sobre ella, con disponibilidad plena y en obediencia fiel a la voluntad de Dios. ‘He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu Palabra’ (Lc 1,38)

 

Con la concepción inmaculada de María se inicia el capítulo culminante de la historia de la salvación: la Encarnación del Hijo Unigénito de Dios, que redime y salva. En la concepción purísima de María tiene lugar un acontecimiento sin igual en la historia del hombre. En la persona de esta mujer, elegida entre los sencillos de Israel, el ser humano recupera toda su verdad, su ser imagen de Dios, empañada por el pecado: Todo ser humano es creado por un acto amoroso de Dios como imagen suya y está destinado desde el principio a la vida de comunión con Dios para siempre y para alabanza de su gloria (cf. Ef 1, 4.11). María es así “la aurora de la salvación”, en quien empiezan ya a florecer, por la previsión de la obra redentora de su Hijo, los más espléndidos frutos de santidad y de vida nueva.

Con María ha dado comienzo la historia de la humanidad salvada, la historia  de la nueva humanidad. Ella es el contrapunto a la experiencia dramática de nuestros primeros padres, del pecado original, narrada en la primera lectura de hoy (Gn 3,9-15.20). Adán y Eva, creados por Dios por puro amor para la vida, creados en estado de amistad con Dios, con los hombres y con el resto de la creación, haciendo uso de su libertad, rehúsan el amor de Dios. No se fían de Dios. Tentados por las palabras de la serpiente, abrigan la sospecha de que Dios, les quita algo de su vida, que limita su libertad, y que sólo serán plenamente seres humanos cuando lo dejen de lado. Y así se apartan de Dios, se cierran a Dios para construir su propio mundo al margen de su Creador, se erigen en centro y en norma de todo, suplantan a Dios en su vida. Desde entonces, es ésta la tentación siempre presente en la historia humana –personal y colectiva-, ese es también el deseo último del hombre moderno cuando declara ‘la muerte de Dios’ o prescinde de El en su vida.

El hombre no quiere recibir de Dios su existencia y la plenitud de su vida. No le parece fiable el amor. Más que el amor, busca el poder mediante el conocimiento, con el que quiere dirigir de modo autónomo su vida. Rechazada la vida y el amor de Dios, el hombre experimenta su vaciedad más profunda: rota su relación con Dios, el hombre se experimenta desnudo, vacío, siente miedo y se esconde. Esta es la dramática consecuencia del pecado original, que desde entonces afecta a todo hombre y mujer al nacer.

Pero Dios, Amor misericordioso, sigue amando al hombre, y sale en su busca. “¿Dónde estás?” (Gn 3,9), pregunta Dios a Adán. Porque Dios, que ha creado al hombre por amor y para el amor y para la vida, sigue amando al hombre a pesar de su pecado, a pesar de su rechazo. Tras la caída, Dios no lo abandona. En ese mismo momento, Dios anuncia la victoria sobre el mal y el levantamiento de su caída. El hombre no está destinado a perecer en su pecado, o disolverse en la nada. “Dios (El) nos ha destinado en la Persona de Cristo por pura iniciativa suya, a ser sus hijos” (Ef 1,4). Y “tanto amó Dios al mundo que dio a su único hijo” (Jn 3,16). El fruto primero y más sublime del amor de Dios, manifestado en la redención realizada por Cristo, es María Inmaculada.

 

Las palabras del saludo del ángel “llena de gracia” encierran, ciertamente, el singular destino de María; pero también indican el designio de Dios para todo ser humano. Dios nos ha creado ‘para que seamos santos e inmaculados ante él por el amor’ (Ef 1, 4). Por eso, Dios nos ha ‘bendecido’ antes de nuestra existencia terrena y ha enviado a su Hijo al mundo para rescatarnos del pecado y hacernos partícipes de su propia vida.

Los cristianos, por el bautismo, ya participamos de la nueva vida de los hijos de Dios. La Palabra de Dios nos exhorta a acoger este don con fe y con una vida conforme al designio divino, como María, un designio que pide la perfección en el amor. El Concilio Vaticano II nos recuerda: “… todos los fieles, de cualquier estado o condición están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad” (cf LG 40b).

Todo fiel cristiano está llamado a la santidad, que no es otra cosa que vivir en el amor de Dios y, desde él, amar a los hermanos. Puede sonar trasnochado, fuera de lugar, ilusorio, pero sólo en la santidad encontraremos la verdadera libertad, que es libertad para hacer el bien, y la felicidad. Es el deseo de Dios para nosotros. Sólo desde la santidad de sus miembros, serán nuestras comunidades y nuestras familias ámbitos de comunión y de misión, y nuestra Iglesia diocesana realmente viva y evangelizadora; sólo desde ahí, puede nuestra Iglesia seguir prestando el servicio, que le es propio, al hombre y a la sociedad, en cumplimiento del mandato de su Señor: ser signo eficaz de unidad, de fraternidad y de paz.

La santidad es conformarse con Aquel que es Maestro y Modelo de santidad, Cristo Jesús. Y hacerlo siguiendo la estela de María, Madre de la Iglesia y modelo de los creyentes. Nadie que quiera ser realmente cristiano, que quiera ser en verdad hijo e hija de María, puede considerarse exento de la llamada de Dios a la santidad. Ninguna excusa, como la dificultad de ese camino, el ambiente hostil, las atracciones del mundo o lo complejo de la vida moderna, puede aducirse para escamotear el destino de felicidad al que Dios llama al hombre. Existe la libertad de decir ‘no’. Pero al decir ‘no’, la persona se está cerrando al designio que Dios le tiene preparado, es decir, está renunciando al amor, a la felicidad, a la vida. Decir ‘no’ es optar por una vida al margen de Dios, es optar por la muerte.

La santidad en la Iglesia es la misma para todos, pero cada uno ha de santificarse en la vocación específica y en el género de vida al cual ha sido llamado, siguiendo en él al Señor Jesús tras la huellas de la Inmaculada, modelo de santidad. Cada uno, en su estado de vida y en su ocupación, ha de avanzar por el camino de una fe viva, que se traduce en obras de amor. El cristiano ha de vivir según la fe en todos los momentos de su vida, nutriéndose de la gracia, conociendo y celebrando la fe común de la Iglesia, participando en los sacramentos de la Eucaristía y del perdón. No existe el cristiano en cómodas cuotas horarias, diarias, ni mucho menos semanales o anuales.

La santidad es el gran regalo de Dios para el ser humano. Por la Encarnación, del Hijo de Dios en el seno virginal de María Inmaculada, el amor de Dios se abre a la humanidad y hace posible restablecer, a niveles impensados, la amistad con Dios en la comunión de la Iglesia. Esta santidad es decisiva para la felicidad del ser humano. Es meta fundamental a la que se debe tender para alcanzar la plenitud. Se debe siempre a la iniciativa y al don de Dios, pero requiere de una colaboración entusiasta y eficaz. Dejémonos invadir por un deseo intenso de santidad, del amor de Dios y del amor a Dios en los hermanos. Vivamos con gozo y con gratitud el don de la fe y la vida cristiana. No tengamos miedo a ser cristianos, a acoger a Dios y su amor en nuestra vida.

 

María Inmaculada nos enseña a acoger el designio divino para llegar a ser santos, para llegar a ser felices. María, la llena de gracia, la amada por Dios, es la primicia de la humanidad redimida. Ella acoge el amor de Dios con gratitud y gozo: “Proclama mi alma la grandeza del Señor”. María acoge a Dios y su amor con fe y confianza plena y con la entrega total de su persona a Dios y a su plan sobre ella. “He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según palabra” (Lc 1,38).

María vive su existencia así desde la verdad de su persona, que es el de toda persona humana. Y esta verdad sólo se descubre en Dios y en su amor. María es consciente de que ella es nada sin el amor de Dios, que la vida humana sin Dios solo produce vacío en la existencia. Ella sabe que el fundamento de su existencia no está en sí misma, sino en Dios, que ella está hecha para acoger el amor de Dios y para darse por amor. Por ello vivirá siempre en Dios y para Dios. María, la mujer humilde, aceptando su pequeñez ante Dios, dejando que Dios sea grande, se llena de Dios y queda engrandecida, y se convierte así en madre de la libertad y de la dicha. María es nuestra madre en la fe y nuestro modelo como creyentes. Dichosa por haber creído, María nos muestra que la fe en Dios es nuestra dicha y nuestra victoria, porque “todo es posible al que cree” (Mc 9, 23).

 

Miremos a la Virgen, la Inmaculada, para que se avive hoy en nosotros, sus hijos e hijas, la fe y el amor, la aspiración a la belleza, a la bondad y a la pureza de corazón. Su candor celestial nos atrae hacia Dios, ayudándonos a superar la tentación de una vida mediocre, hecha de componendas con el mal, para orientarnos con determinación hacia el auténtico bien, que es fuente de alegría. ¡Que de manos de María sepamos acoger en nuestras vidas al Dios que nos ama hasta el extremo en Cristo Jesús, hoy y todos los días de nuestra vida¡ Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Ordenación sacerdotal de D. Francisco Francés Ibáñez

 

S.I. Con-Catedral de Sta. María en Castellón – 2 de Diciembre de 2007

(Is 2,1-5; Sal 121; Rom 13,11-14; Mt 24, 27-44)

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor.

Con el gozo de sabernos bendecidos y agraciados por Dios con el don de un nuevo sacerdote hemos “venido alegres a la casa del Señor” (Sal 121) para la ordenación presbiteral de nuestro hermano Francisco. Dios nos concede el gran don de un nuevo sacerdote. Damos gracias a Dios y con el salmista “celebramos el nombre del Señor”, le bendecimos y alabamos. Y, a ti, querido Paco, te digo: “La paz contigo. Por la casa del Señor nuestro Dios, te deseo todo bien”, hoy y todos los días de tu vida sacerdotal.

Sí, hermanos: celebremos el nombre del Señor, porque Dios nos muestra de nuevo su benevolencia para con nosotros, para con esta Iglesia suya, que peregrina en Segorbe-Castellón, y, en ella, para toda la Iglesia. Quiero también expresar mi profunda gratitud y felicitación a todos cuantos han cuidado de tu formación, así como a tu madre y demás familiares, a tu parroquia de origen de Señera, a esta de Sta. María y a la de Sto. Tomás de Villanueva en Castellón, así como a todos los que te han ayudado a discernir, acoger y madurar la llamada del Señor al sacerdocio y a corresponder a ella con alegría, confianza y generosidad. Estoy seguro de que seguirán estando cerca de ti, para que perseveres en el ministerio sacerdotal y puedas cumplir la misión que el Señor te confía hoy.

No olvides nunca, querido Paco, que todo en ti es don de Dios, obra de su gracia. Así podrás vivir el ministerio que vas a recibir con humildad agradecida y evitarás caer en la tentación de la presunción. Sí: Dios Padre te ha elegido en la persona de Cristo. El orden que vas recibir no responde a una opción personal tuya; tu acoges el don de Dios en Cristo. Él es quien te ha llamado, si bien por los caminos y a una hora madura de tu vida por las razones que sólo Él conoce; Él es quien hoy te consagra y te envía por pura iniciativa suya. Tu vida, tu vocación, tu sacerdocio ordenado, todo ello es obra y manifestación de la gracia de Dios en Cristo Jesús. Es fruto de su amor, lleno de piedad y misericordia al que has de saber responder con entrega, con generosidad y con fidelidad creciente, estando siempre al servicio suyo y de los hermanos.

Si todo en la vida de la Iglesia es don, lo es de una manera especial el sacramento del orden, que configura a quien ha sido llamado y es ungido para ser gracia y don en favor de los hombres, a los que Jesucristo ama y por los que se ha entregado por completo en donación de gracia y misericordia. Dios Padre te ha llamado en Cristo para ser pastor según su corazón, es decir, para amar con su propio amor a los fieles que Él te va a confiar, para entregar tu vida sin reserva alguna por ellos, como Él se entregó por nosotros; para enviarte, como signo de su cercanía, de su amor y misericordia, como dispensador de los misterios y de la gracia de Dios. Mediante el gesto sacramental de la imposición de las manos y la plegaria de consagración, te vas a convertir en presbítero para ser, a imagen de Cristo, Siervo y buen Pastor, servidor del pueblo cristiano. Participarás así en la misma misión de Cristo, maestro, sacerdote y rey, para que cuides de su grey mediante el ministerio de la Palabra, de los Sacramentos y el servicio de la Caridad.

No olvides nunca ninguna de estas tareas: has de ser en el nombre de Jesús, Maestro de la Palabra, Ministro de los Sacramentos y pastor y guía de la Comunidad; y, sobre todo, no olvides que Cristo apacienta al pueblo de Dios con la fuerza de su amor, entregándose a sí mismo como sacrificio, convirtiéndose en Siervo y Cordero inmolado.

 

El centro de tu ministerio será siempre el Señor Jesús, la Buena Nueva de Dios para a los hombres. Cristo Jesús es el “sí” definitivo de Dios a la humanidad, la esperanza de los hombres. En la oración colecta de este primer domingo del Adviento pedíamos a Dios Padre que avive en nosotros “el deseo de salir al encuentro de Cristo, que viene, acompañados por las buenas obras”. Exhorta, pues, en todo momento a descubrir y a acoger al Dios que nos viene en Cristo: este el mensaje central del tiempo del Adviento, que hoy comenzamos; este es el anuncio que como Iglesia hemos de llevar a todos los pueblos. Tú también, querido Francisco, has de anunciar todos los días de tu vida que “Dios viene” al encuentro de los hombres en Cristo y ayudarles a encontrarse con Él.

El único verdadero Dios, el Dios que nos muestra Jesús, no es un Dios que está en el cielo, desinteresándose de nosotros y de nuestra historia, sino que es el Dios-que-viene en Cristo. Dios es un Padre que nunca deja de pensar en nosotros y, respetando totalmente nuestra libertad, desea encontrarse con nosotros y visitarnos; quiere venir, vivir en medio de nosotros, permanecer en nosotros. Viene porque desea liberarnos del mal y de la muerte, de todo lo que impide nuestra verdadera felicidad, Dios viene a salvarnos.

Anunciando a Dios, que sale a nuestro encuentro en Cristo, has de poner voz a la espera de Dios profundamente inscrita en la humanidad, una espera a menudo sofocada y desviada hacia direcciones equivocadas. Dios ama a nuestro mundo y ha enviado a su Hijo; Jesús, con su vida, muerte y resurrección, ha iniciado el mundo nuevo, la vida del hombre en Dios. Así ha realizado las promesas de Dios y la esperanza humana de una manera sorprendente.

Sé consciente que un aspecto típico de nuestro tiempo es el desencanto, la falta de esperanza. El hombre de hoy está de vuelta de muchas grandes ilusiones y tiene miedo al futuro, incierto, con frecuencia amenazador. Parece como si no hubiera más razones para la esperanza. La fe cristiana, que has de proclamar, habla, en cambio, de Dios, la Plenitud de la Vida que ama y viene al mundo. El monte firme, de que nos habla Isaías (2,1-5) es el Señor Jesús encumbrado en su vida, especialmente en su cruz y resurrección. Es así como Dios ha realizado la esperanza de los hombres expresada tan vivamente por Isaías. Dios es fiel en su amor y posibilita la vida humana en medio de todas las dificultades. Sólo quien conoce al Dios, manifestado en Cristo, puede tener esperanza, nos acaba de decir Benedicto XVI en su hermosa Encíclica Spe salvi.

Dios en Jesucristo es la verdadera esperanza humana. Cuando todo se hunde, Él sigue fiel. La esperanza cristiana es segura: Dios siempre hace posible nuestra vida de amor y de paz. Dios viene a estar con nosotros, en todas nuestras situaciones; viene a habitar en medio de nosotros, a vivir con nosotros y en nosotros; viene a colmar las distancias que nos dividen y nos separan; viene a reconciliarnos con él y entre nosotros. Viene a la historia de la humanidad, a llamar a la puerta de cada hombre y de cada mujer de buena voluntad, para traer a las personas, a las familias y a los pueblos el don de la fraternidad, de la concordia y de la paz.

Anuncia la esperanza cristiana, que implica desear la vida nueva para todos con la venida del Señor. No es el “fin de los tiempos” neutro y catastrófico, sino el “retorno del Señor”, la victoria de su Espíritu de amor. Y con la esperanza, exhorta al trabajo, al combate y a la vigilancia cristianos. “Dejemos las actividades de las tinieblas y pretechémonos de las armas de la luz” (Rom 13,13). “Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor” (Mt 24, 42). Hemos de estar atentos a la presencia viva, amorosa, exigente de Dios en cada momento de nuestra vida, viviendo en una espera vigilante y activa, alimentada por la oración y el compromiso concreto del amor.

 

Como presbítero te incumbirá predicar a Cristo, la Palabra viva del Padre. Anunciar a Cristo es anunciar y proponer con humildad, sencillez y alegría a Cristo, el Salvador, la Palabra del Dios vivo que engendra la fe en quienes la acogen en su corazón. Una gran tarea, y una gran responsabilidad la tuya, querido Paco. Vas a prestar a Cristo tu inteligencia, tus palabras y tus labios, para que -por medio de ti- el Señor mismo entre en el alma, en la mente y en el corazón de quienes te escuchen y sean atraídos por el Padre en el Espíritu.

En la transmisión de la Palabra de Dios, la Iglesia pide a sus ministros plena fidelidad al depósito de la revelación tal como nos llega en la Tradición viva y en el Magisterio de la Iglesia. El sacerdote no es señor, sino siervo de la Palabra de Dios, que has de exponer “sin falsificar, reducir, torcer o diluir los contenidos del mensaje divino”. Por eso, “la predicación no puede reducirse a comunicar las propias opiniones, a manifestar la experiencia personal, o a simples explicaciones de carácter psicológico, sociológico o filantrópico” (Directorio, n. 45). Tu misión, como ministro de Cristo, “no es enseñar una sabiduría propia, sino enseñar la palabra de Dios e invitar insistentemente a todos a la conversión y a la santidad” (PDV 26).

Dentro de poco, al entregarte la patena, el cáliz y las ofrendas para el sacrificio eucarístico, te diré: “Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor”. Hoy serás constituido ministro de la Eucaristía, que “contiene todo el bien espiritual de la Iglesia” (PO, 5). Sí, querido Paco, el misterio del que serás dispensador es, en definitiva, Cristo mismo, presente realmente de modo eminente en la Eucaristía, fuente de santidad y llamada incesante a la santificación. ¡Vive este misterio: vive a Cristo; sé otro Cristo!.

La Eucaristía deberá ser el centro mismo de tu ministerio sacerdotal. Como sacerdote debes ser hombre de la Eucaristía. ¡Entra a través de ella en el corazón del misterio pascual para configurarte así íntimamente cada vez más con Cristo, el buen Pastor! ¡Conversa todos los días con Cristo realmente presente en el Sacramento del altar! ¡Déjate conquistar por el amor infinito de su Corazón y prolonga la adoración eucarística en los momentos importantes de tu vida, y al inicio y al final de tus jornadas! La Eucaristía será el manantial cristalino que alimentará de modo incesante tu espiritualidad sacerdotal, tu caridad pastoral y tu celo apostólico. En ella encontrarás fuerza inspiradora para el ministerio diario, impulso apostólico para salir a los caminos del mundo para evangelizar y consuelo espiritual en los momentos de dificultad. Al acercarte diariamente al altar, en el que se renueva el sacrificio de la Cruz, descubrirás cada vez más las riquezas del amor de Cristo y aprenderás a traducirlas a la vida.

La Eucaristía es la fuente y el centro de la vida de todo cristiano y de toda comunidad cristiana: ella es la fuente y la cima de la comunión, el manantial inagotable de la misión evangelizadora y de la transformación del mundo por la fuerza del amor. La nueva evangelización, tan necesaria también en nuestra tierra y en nuestras parroquias, pide recuperar el lugar central de la Eucaristía para todo cristiano. No se edifica tampoco ninguna comunidad cristiana si no tiene como raíz y quicio la celebración de la Eucaristía. Por ello, la Eucaristía debe ser un punto de mira central de tu ministerio presbiteral, ayudando a los fieles a participar en ella de un modo activo digno, atento y fructuoso.

 

Configurado con Cristo, buen Pastor, querido Paco, serás también ministro de la misericordia divina en el sacramento de la reconciliación, vinculado íntimamente al de la Eucaristía. ¡Sé ministro santo de la misericordia divina! ¡Vive ante todo tú mismo la gracia hermosa de la reconciliación como una exigencia profunda y un don siempre esperado mediante una práctica regular de la confesión! Así, darás nuevo vigor e impulso a tu camino de santidad y a tu ministerio. Dios cuenta con tu disponibilidad fiel para llevar el prodigio de su misericordia al corazón de los creyentes en el sacramento de la Penitencia.

 

Querido Paco: Vas a ser ordenado presbítero para esta Iglesia de Segorbe-Castellón, abierto siempre a la Iglesia universal. Y vas a serlo en una época en la que, también aquí entre nosotros, el ambiente de increencia e indiferencia religiosas, y fuertes tendencias culturales quieren hacer que la gente, sobre todo los jóvenes y las familias, olviden a Dios y a su Hijo, Jesucristo. Pero no tengas miedo: Dios estará siempre contigo como lo estuvo con Jesús. Con su ayuda, podrás recorrer los caminos que conducen al corazón de cada hombre y mujer; y podrás llevarles a Cristo, el Hijo de Dios, hecho hombre, el Mesías, el Salvador, que dio la vida por todos y quiere que todos participen en su misterio de amor y salvación. Si estás lleno de Dios, si Cristo es el centro de tu vida, si permaneces en íntima unión con él, serás verdadero apóstol de la nueva evangelización. Nadie da lo que no lleva en su corazón.

Ojalá que tu ejemplo aliente también a otros jóvenes a seguir a Cristo con igual disponibilidad. Por eso oremos al “Dueño de la mies” para siga llamando obreros al servicio de su Reino, porque “la mies es mucha” (Mt 9, 37).

Por tu vocación y por tu ministerio oramos todos nosotros y vela María Santísima. Que María, Madre y modelo de todo sacerdote, permanezca junto a ti y te proteja, hoy y a lo largo de los años de tu ministerio pastoral, para gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo! Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

150º Aniversario de la Fundación de la Congregación de Hnas. de la Consolación

 

Castellón, 14 de noviembre de 2007

 

Hermanos y Hermanas en el Señor:

“Consolad, consolad a mi pueblo dice el Señor (Is 40, 1). Estas palabras del profeta Isaías adquieren una resonancia especial esta tarde, al celebrar el 150 Aniversario de la Fundación de vuestra Congregación de las Hermanas de la Consolación. Son ya ciento cincuenta años de existencia desde aquel 14 de marzo de1857, en que el Obispo de Tortosa, D. Benito Milamitjana, reconocía la obra que vuestra madre, Santa Rosa Molas y Vallvé, ponía en marcha bajo la fuerza del Espíritu Santo: es la aventura de trasmitir al prójimo el consuelo de Dios. Por ello, como dice el Decreto del Vicario Capitular, D. Ramón Manero, de 14 noviembre de 1857, “atendiendo a que las obras en que de ordinario se ejercitan las Hermanas se dirigen todas a consolar a sus prójimos (…) he creído conveniente imponer por nombre a esa Comunidad y a las demás que de ella tomaren origen Congregación de Hermanas de la Consolación”.

Estas palabras expresan lo que fue la vida y el carisma de la Fundadora y de las primeras Hermanas. Fue también este el motivo por el que Rosa Molas y las hermanas atienden la solicitud del Ayuntamiento de Castellón y se hacen cargo del Hospital Provincial un 23 de agosto de 1859 y la de la Diputación Provincial de Castellón al año siguiente para hacerse cargo de la casa de Beneficencia. Más tarde, su preocupación por la educación les llevará a abrir en el año 1871 un Colegio en la calle Isabel Ferrer, trasladado después a la calle Antonio Maura y finalmente a estas instalaciones en la Avda. de Lidón.

“Consolar a sus prójimos” fue y sigue siendo el carisma y el gran objetivo de la Congregación a lo largo de los tiempos tras las huellas de su Fundadora y Santa Madre, Rosa Molas. La vida de Santa Rosa Molas fue una vida sencilla y escondida, una vida transcurrida en la entrega heroica, entroncada en el misterio del amor de Dios, acogido en una íntima correspondencia personal a ese amor. Como dijo el Papa Pablo VI en la Homilía de su Beatificación , “si queremos rastrear en síntesis la faceta saliente de la vida de María Rosa Molas habremos de acercarnos con reverencia al venero inagotable del Evangelio (Cfr. Mt. 25, 31 ss.), allí donde el pobre, el necesitado, el hambriento, el abandonado, el que sufre, es proclamado merecedor del cuidado prioritario, de la solicitud más tierna, del gesto exquisito de un corazón, que no sólo alivia, sino que comparte ese sufrimiento y lucha por evitar sus causas. Y que sabe compartir así el dolor por un motivo fontal: porque allí está Cristo doliente, hecho presencia viva, actual, exigente de todos los socorros de una fe creadora, capaz de engendrar confianza donde no habría motivos humanos para ella”.

Al celebrar el 150 Aniversario de la Fundación de la Congregación de las Hermanas de la Consolación damos gracias a Dios por tantos dones recibidos a través de la Santa Madre y de vuestra Congregación. Pero esta efeméride es, a la vez, una fuerte invitación a la renovación desde el carisma de vuestra Fundadora. El mismo Papa Pablo VI nos decía: “¿Buscamos el carisma propio, el mensaje personal, el genio peculiar de María Rosa Molas? Lo encontramos ahí. En un dificilísimo momento histórico, local y nacional, marcado por las luchas, las múltiples facciones, en el que la desesperanza marcaba tantas vidas, de niños, de jóvenes sin instrucción ni porvenir, de ancianos sin asistencia, ella supo inclinarse hacia el necesitado sin distinción alguna, hecha caridad vivida, hecha amor que se olvida de sí mismo, hecha toda para todos, a fin de seguir el ejemplo de Cristo y ser artífice de esperanza y de elevación social. No únicamente para dar algo, sino para darse a sí misma en el amor y sólo así poder dar –como su ejemplo elegido, María- el don precioso de una completa entrega en la misericordia y en el consuelo a quien lo buscaba o a quien, aun sin saberlo, lo necesitaba. Así María Rosa hacía caridad; así se hacía maestra en humanidad” y “auténtico instrumento de la misericordia y la consolación de Dios”.

Nuestro mundo sigue perturbado en el fondo por los mismos fenómenos que hace 150 años, y el hombre, que con frecuencia pierde el sentido último de su existencia, sigue necesitando el anuncio de “la consolación, del amor y la misericordia de Dios”. A la luz de las lecturas de la Palabra de Dios podemos decir que Dios no se cansa de invitarnos siempre a la renovación y a la conversión. Y lo hace con las entrañas propias de un Padre que nos ama. “Gustad y ved que bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a él” (Sal 33, 9). A pesar de nuestras infidelidades Dios nunca nos rechaza y menos aún nos abandona puesto que no se complace en destruir; sus entrañas se estremecen.

Si en lo más profundo de nuestra vida estamos convencidos de que Dios nos ama y de que él es el verdadero Amor, veremos que todo cambia a nuestro alrededor. Seremos capaces de sonreír y consolar hasta en los momentos más difíciles de la vida porque todo es expresión del amor de Dios.  Nada sucede ‘por casualidad’.  Hemos creído en el amor de Dios que produce una visión nueva de las personas, de las cosas y de las circunstancias. Si Dios se nos ha revelado como Padre, nos descubriremos como hijos. Es decir, veremos a los demás como hermanos. Dios creó al hermano como don para nosotros y nos creó a nosotros como don para el hermano. “Dios os ama –nos recuerda San Pablo- y os ha elegido para seáis miembros de su cuerpo. … Por encima de todo, tened amor que es el vínculo de la perfección” (Col 3, 12.14).

En el centro de toda evangelización, de toda obra eclesial, de toda vida cristiana y consagrada está la fuerza del Dios que nos ama y de Cristo que ha venido por nosotros.  “Si la Iglesia predica a este Dios, no habla de un Dios desconocido sino del Dios que nos ha amado hasta tal punto que su Hijo se ha encarnado por nosotros” (Sínodo de los Obispos Europeos, Relación final, 1991).

Esta riqueza de Cristo nos toca vivir y predicar de palabra y de obra siguiendo el espíritu de las Bienaventuranzas. Ahora que no podemos sostenernos en el aplauso social y constatamos mayor pobreza de vocaciones; que nos encontramos perplejos ante tantas cosas que cambian y no sabemos cómo orientar tales circunstancias, es la hora de una elección más honda por Jesucristo para vivir “arraigados y fundamentados en el amor” ( Ef 3, 17-19). Sin este arraigo en el amor gratuito de Dios no podemos imaginar un servicio eficaz en la historia, sea en la educación o servicio de las personas, sea en la transformación de las personas o de la sociedad según Dios. El Verbo de Dios, en la gratuidad, ha asumido la humanidad en todo, excepto en el pecado, para poder transformarla así desde dentro (cf.  EN 16). Somos hijos de tal gratuidad del amor divino.  Puede amar verdaderamente sólo el que tiene experiencia de ser amado. Igualmente sólo quien está caminando por un proceso de integración de su propia historia en la luz del amor gratuito de Dios puede ser una presencia de tal gratuidad en las relaciones tanto personales como comunitarias.

El gran problema del ser humano, en la actualidad, es que le falta esta fe. Se fía de sí mismo más que de Dios.  Y este ‘secularismo’ se puede infiltrar también en nosotros, hombres y mujeres consagrados, si nos dejamos llevar por el racionalismo seco y frío de un humanismo inmanentista más que por la sencilla adhesión generosa a la acción de Dios que nos susurra su amor y su entrega salvadora. Sólo quien sabe desarrollar la entrega generosa y gratuita en cada momento a la amorosa cercanía de Dios puede ser prolífero espiritual y humanamente.

Descubrir a Dios como Amor es una gran revelación y esto, podríamos decir que es la revelación de nuestro tiempo. Ahora bien, no estaría todo revelado si no se comprende hasta qué punto Dios ha amado al ser humano. Y la muestra más fehaciente de su amor está en la Cruz. Comprender la Cruz de Cristo es entender la grandeza del amor porque nadie tiene mayor amor sino aquel que da la vida por los demás.  Es el gran misterio y por otra parte la gran verdad. La evangelización es el anuncio del amor de Dios manifestado en Jesucristo. “El Dios de los cristianos es el Dios viviente en la comunión de caridad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.  Y esta caridad se ha revelado de modo supremo en la autoanulación del Hijo.  Por ello, la comunión en la caridad y la renuncia a sí mismo pertenecen a la esencia del evangelio, que debe ser predicado a Europa y a todo el mundo, para que se encuentre el nuevo encuentro entre la Palabra de Vida y las diversas culturas” (Sínodo Extraordinario sobre Europa, Declaración final, 1991).

Desde este Dios que es amor estamos todos a una profunda renovación espiritual. Y lo estáis de modo especial vosotras, Hermanas de la Consolación. Porque para vosotras se trata de volver en fidelidad renovada a vuestros orígenes para reavivar el carisma fundacional viviendo en todo momento con radicalidad vuestra entrega consagrada al Señor. El Señor os llama a reavivar vuestra fidelidad al amor de Dios para ser, como vuestra Madre Fundadora ‘autenticos instrumentos de la misericordia y de la consolación de Dios.

El Señor os llama, queridas hermanas, a vivir con radicalidad vuestra consagración a Dios. Por vuestra especial vocación y consagración estáis llamadas a expresar de manera más plena el misterio del Amor de Dios manifestado en Cristo. Unidas al Señor Resucitado y por Él seréis luz que alumbre las tinieblas de nuestro mundo y testigos de esperanza para el hombre de hoy. Vivid sencillamente lo que sois: signo perenne de la vocación más íntima de la Iglesia, recuerdo permanente de que todos estamos llamados a la comunión en el amor de Dios.

El alma de vuestra vida consagrada es percibir, amar y vivir a Cristo como plenitud de la propia vida, de forma que toda vuestra existencia sea entrega sin reservas a Él y, en él, a los hermanos. Esta es la sustancia de la vida consagrada. A esta sustancia habréis de volver una y otra vez para que vuestra vocación y vuestra consagración sean fuente de gozo radiante y completo. Cuando queremos entendernos sólo por la tarea que hacemos y olvidamos esto que es sustancial, la propia vida no es capaz de mantenernos en la alegría de Cristo, y la misma consagración se desvirtúa y termina perdiendo sentido.

Hoy, el verdadero desafío de la vida consagrada es vivir con verdad y con hondura su carisma, su ser de consagrados, en la hora presente. Lo que la Iglesia necesita y pide de vosotras es que creáis en vuestro carisma, que lo améis, que lo viváis con nuevo ardor, descubriendo sus nuevas exigencias, y que, desde vuestro ser de consagradas, colaboréis junto a los demás creyentes en el impulso de la acción evangelizadora. Nuestro verdadero problema no es el envejecimiento de las comunidades o el descenso de vocaciones, sino la tibieza, la mediocridad y la falta de santidad en este tiempo de incertidumbre. Es el momento de reavivar el fuego, la hora de despertar y ser auténticamente consagrados. Sólo desde ahí podréis los religiosos y las religiosas poner vuestra aportación original e insustituible en las Iglesias diocesanas.

Queridas hermanas: Vivid en todo, como vuestra Madre, la comunión eclesial, congregacional y comunitaria. No hay oposición entre carisma e institución. El camino de la renovación de la vida religiosa y de su fecundidad apostólica es el de la comunión de la Iglesia: el que traza la participación en la misma y única Eucaristía, sacramento de caridad, fuente de nuestra comunión y de nuestra misión. Permaneced fieles al don y al carisma que habéis profesado y que habéis recibido de vuestra Fundadora. Que este año sea un año de júbilo, de gozo, de alegría y de acción de gracias; un año dedicado a renovar vuestras personas, vuestras comunidades y vuestra Congregación para vivir con fidelidad vuestra consagración y carisma. Que sobre un mundo que llora y  sufre, sigáis derramando: la consolación de Dios.  Que la Virgen María, fiel y obediente esclava del Señor, os ayude y proteja toda vuestra actividad en esta casa, al servicio de la renovación espiritual. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Misa Exequial de D. José Mª Cardá

 

Villarreal, Iglesia Arciprestal, 2.11.2007

 

El Señor nos ha convocado en torno a su Mesa para celebrar el misterio de su Pascua, su muerte y su resurrección. En la celebración de hoy, la Pascua de Cristo se hace más íntima y visible con la muerte de Don José María, quien ayer mañana era llamado por el Señor a su presencia. El celebró la eucaristía muchas veces ofreciéndola por las necesidades de los feligreses confiados a su ministerio. Hoy celebramos esta Eucaristía por él, para que el Señor salga a su encuentro definitivo y le lleve a la presencia del Padre, a la Gloria para siempre.

Nuestro hermano Don José María nos ha dejado a los casi 87 años de edad tras larga enfermedad. Ha desaparecido de nuestra vista silenciosamente, sin llamar la atención sobre su persona; nacido aquí en Villarreal en 1920, realizó sus estudios de Humanidades en el Seminario de Tortosa y –después de la interrupción forzosa por la guerra civil- los de filosofía en Valencia y Tortosa y de Teología en Salamanca y en Roma. Don José María fue ordenado sacerdote en Castellón en el mes de marzo del año 1946 y perteneció de por vida al Instituto de Sacerdotes Operarios. La trayectoria de su ministerio sacerdotal le llevó a ejercer muchas y variadas tareas: entre otras, las de profesor de Seminario Mayor de Salamanca y del Pontificio Instituto ‘Regina Mundi’, de Vicerrector y Director espiritual del Colegio Español en Roma o de Rector del Seminario Menos de Barcelona, de Agente de Preces de las Diócesis Españolas en Roma o de Postulador de causas de beatificación y canonización. Después de pasar unos años como Jubilado residente en la “Alquería Mosén Sol”, marchó luego al “Hogar Mosén Sol” en Majadahonda (Madrid) dedicado a la biblioteca y a escribir. En todas estas tareas ejerció abnegadamente su labor sacerdotal. Demos gracias a Dios por esta vida entregada.

Don José María era un sacerdote fiel y sacrificado. Nos ha dejado un ejemplo a todos los sacerdotes por su constancia y su fidelidad a la Iglesia y a las almas que le fueron encomendadas. Con espíritu disponible ha sabido darse incluso en la enfermedad a la Iglesia, con una vida austera y de constante trabajo, mientras las fuerzas se lo han permitido.

En estos momentos de dolor por la muerte de nuestro hermano elevamos nuestra mirada al Padre del Amor y de la Vida, de la Bondad y de la Misericordia; y con San Pablo decimos: Nada ni nadie podrá separarnos del amor de Dios, manifestado Cristo.

Porque la muerte de todo fiel cristiano, la muerte de José María, vivida en la fe y en la esperanza cristianas, no es un término total o ruptura definitiva, sino tránsito y transformación. ‘La vida de los que en ti creen, Señor, no termina, se transforma’. Sí, hermanos: La fe nos indica que cuando la existencia terrenal llega al límite extremo de sus posibilidades, en ese límite se encuentra no con el vacío de la nada, sino con las manos del Dios vivo, Señor de la vida y de la muerte, que acoge esa realidad entregada y la convierte en semilla de resurrección.

Creemos, hermanos, en un Dios, que es creador, dador de vida y resucitador. El Dios creador, en quien creemos, es el Ser paternal y personal, el Viviente por excelencia, que da el ser a sus criaturas por puro amor, y así llamó a la existencia también a José María. Y el amor es generador de vida; Dios, que crea por ser él mismo el Amor, crea y lo creó para la vida; para una vida eterna, porque la vida que surge del Amor creador, que es Dios, lleva en sí una promesa de eternidad.

Este Dios, creador y dador de vida, que da el ser y la vida, es el Dios resucitador; el Dios que no quiere que nada de lo ha hecho se pierda, muy en especial, la vida de sus fieles, (la vida de José María), con los que ha sellado, en la sangre de Jesucristo, una alianza eterna. La plenitud de la vida nueva de Cristo, muerto y resucitado, es la garantía de una vida que vence a la muerte; una vida que, gracias al Espíritu vivificador, se comunica a cuantos viven en Cristo por la fe: ‘El que cree en el Hijo tendrá la vida eterna’ (Jn 3, 36).

Por el Bautismo, que nos inserta en el Cuerpo de Cristo, participamos ya de la vida resucitada de Cristo; ‘Dios, que resucito al Señor, nos resucitará también a nosotros por su poder’ (1 Cor 6,14). Por ello, sobre el cristiano, como sobre Cristo, la muerte no tiene la última palabra: el que vive en Cristo no muere para quedar muerto; muere para resucitar a una vida nueva y eterna.

Cuanto sabemos y afirmamos de un cristiano, lo hemos de afirmar con mayor motivo del sacerdote, que por seguir a Cristo lo ha dejado todo y se ha entregado de por vida al servicio de Jesús, al servicio de la Iglesia y de los hermanos. La vida de un sacerdote está consagrada al servicio de la fe de sus hermanos y al servicio de Cristo sumo y eterno sacerdote. El mayor resorte de la vida de un sacerdote es siempre su entrega a Jesucristo. La vocación es un don de Dios y por la vocación al sacerdocio hemos sido entregados por el Padre a Jesús, para ser servidores del Pueblo santo, como pastores al servicio del Buen Pastor.

La vida humana tiene, pues, un destino que no es la nada, o el vacío o la obscuridad de la muerte. Hay una patria futura para todos los que creen en Cristo: la casa del Padre, la inmensa felicidad del encuentro pleno y definitivo con Dios. ‘Lo que ojo no vio, preparó Dios para los que le aman’ (1 Cor. 2,9). El destino de quienes creen en Cristo y aman a Dios es la comunión completa con Dios junto con todos los miembros del cuerpo de Cristo, nuestros hermanos, especialmente con nuestros seres queridos.

De esta comunión con Dios y con los hermanos que nos han precedido en la fe goza ya plenamente quien muere en la amistad con Dios, aunque a la espera misteriosa del ‘último día’, cuando el Señor venga con gloria; y, junto con la resurrección de la carne, tenga lugar la transformación gloriosa de toda la creación en el Reino de Dios consumado. El jueves terminaba nuestro hermano su vida terrenal permaneciendo fiel a la fe en el Hijo del Padre, Jesucristo. Por eso asociamos su muerte a la de Cristo con la esperanza de que en él ha de resucitar. Sembramos en la esperanza el cuerpo de nuestro hermano, para que resucite con Cristo para la vida eterna.

Para un cristiano, la muerte es el encuentro definitivo con Dios, el momento sublime en el que nuestra pertenencia al Señor se hace más consistente y luminosa. Si morimos, morimos para el Señor, participamos de su muerte para participar de su resurrección. Cuando morimos en la fe de Cristo, estamos proclamando la fe en su resurrección. ‘Morimos para el Señor, porque ninguno de nosotros los cristianos vive para si mismo y ninguno muere para sí mismo. Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos’ (Rom 14, 7-12).

Desde la luz de Cristo Resucitado encontramos sentido a los sufrimientos de esta vida, a la enfermedad, a la soledad, a los desengaños que laceran tantas veces nuestro corazón. Todas estas manifestaciones amargas son gotas del cáliz de la pasión de Cristo. Bebemos con él el cáliz de la salvación, porque aceptamos la cruz para hacer la voluntad de nuestro Padre Dios. Bebemos el cáliz de la muerte, que siempre es dolorosa y como una aparente derrota, para morir con Cristo y por él y con él poder tener entrada también en la resurrección de Cristo. Para esto resucitó Cristo para ser Señor de los que mueren en él y resucitarlos para siempre en la gloria del Padre.

En esta celebración eucarística asociamos la vida y la muerte de nuestro hermano, José María, a la pasión y muerte y a la gloriosa resurrección de Jesucristo, dando gracias al Padre que dio a Don José María la vocación al sacerdocio y le concedió la gracia de permanecer fiel a lo largo de tantos años en los que ejerció el ministerio.

Desde la esperanza, que no defrauda, elevamos nuestra oración al Padre y clamamos con Jesús llenos de confianza filial, que le conceda a nuestro hermano el gozo de su gloria para siempre. Que perdone sus pecados y premie sus trabajos y sus penas, que le conceda la mayor y definitiva alegría de ver en plenitud la gloria del reino de Dios y la plena redención de su cuerpo en la gloria de Cristo resucitado.

Pedimos al Señor que conceda muchas y santas vocaciones al sacerdocio a la Iglesia diocesana; que a los sacerdotes nos conceda perseverar en su santo servicio y acertar en el ministerio de evangelización y de servicio pastoral, que el pueblo de Dios en Segorbe-Castellón y en Tortosa necesita.

Que la María Virgen, la Mare de Deú de Gracia, acompañe a nuestro hermano Don José María en estos pasos decisivos de su peregrinación hasta llevarlo al cielo. Que Ella nos conceda a nosotros, amigos y familiares, el consuelo de la fe y el deseo y el firme propósito de mejorar nuestra vida según el designio del Padre amoroso del cielo.

Termino con la Oración de confianza filial, que formuló Don José María:

Dios y Padre mío, aunque sé que no te amo como debo, estoy seguro de que Tú me amas infinitamente.

Cuando me pregunto qué ves en mí para amarme, no encuentro respuesta, porque no me amas por lo que yo soy, sino porque Tú eres el Amor y sólo deseas de mí que me deje amar por Ti.

Gracias, Padre. Haz que entienda que también para dejarme amar necesito de tu ayuda y que tengo que pedírtela sinceramente, con mi oración y correspondiendo con mi vida a la ayuda que no dejas de prestarme.

Sabes que no siempre te la pido así. No permitas que por este motivo me obsesione considerando mi indignidad, antes al contrario, haz que el pensamiento de que me amas tan sólo porque quieres amarme me llene de confianza.

Y concédeme, un día, sentirme entre tus brazos, infinitamente amado por Ti para siempre y en eterna acción de gracias a Ti.

Así será, porque lo queremos Tú y yo. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Apertura del primer curso académico en Castellón de la Titulación de Enfermería

 

Capilla de Cristo Rey del Hospital Provincial de Castellón – 17 de octubre de 2007

 

Hermanos y hermanas en el Señor

Con esta Eucaristía y el Acto Académico posterior inauguramos el primer Año Académico en Castellón de la Titulación Enfermería de la Universidad CEU Cardenal Herrera de Valencia. La sociedad castellonense está hoy de enhorabuena por la ampliación de la oferta de estudios universitarios en la Ciudad, y en concreto de los estudios de enfermería; la sólida e integral formación de enfermeros y enfermeras en este Centro, fiel al proyecto educativo del CEU, beneficiará con toda seguridad a los ciudadanos en el cuidado de su salud integral, como ocurre ya en otros lugares de la geografía española.

También nuestra Iglesia diocesana se considera agraciada y enriquecida por este Centro Universitario. Como Obispo, Padre y Pastor de esta Iglesia que peregrina en Segorbe-Castellón, doy gracias a Dios por este nuevo don a nuestra Iglesia y agradezco a la Asociación Católica de Propagandistas, a la Fundación CEU y a la Universidad CEU Cardenal Herrera sus esfuerzos para establecerse en nuestra Ciudad en el ejercicio de la libertad de enseñanza y de la creación de centros de estudio superiores reconocidas en nuestra Constitución. Ruego a Dios para que esta Titulación sea la puerta de una presencia aún mayor en la formación universitaria de las futuras generaciones desde un planteamiento confesional católico, como es propio del CEU y de la Asociación Católica de Propagandistas que la sustenta. Agradezco también a las Instituciones públicas y privadas, en especial al Hospital Provincial, la colaboración prestada para hacer realidad este Título de Enfermería en la Ciudad.

En la apertura de esta Titulación en Castellón considero oportuno resaltar brevemente algo que pertenece a sus señas de identidad como Centro del CEU. Recordemos que la Asociación Católica de Propagandistas nació con la vocación de contribuir a la mejora de las instituciones y estructuras sociales desde una clara inspiración en el humanismo cristiano y al servicio del bien común, la pluralidad y el compromiso social. Desde este planteamiento se crearon en el ámbito de la educación el Centro de Estudios Universitarios en 1933 y el resto de los centros en años posteriores.

Desde el año 2005, el CEU y cuantos centros lo integran se proponen la promoción activa de la formación de las personas que conformarán la sociedad del futuro. Para ello el CEU ofrece una formación equilibrada, consciente del entorno personal y medioambiental, a través de la integración de los valores y virtudes humanos, reflejados en la ética, en la moral natural y en el sentido cristiano de la vida. Se trata pues, de ofrecer una formación cristiana y humana, con espíritu de servicio y afán de saber.

Como Obispo de esta Iglesia de Segorbe-Castellón oro a Dios para que esta Titulación de Enfermería, fiel al proyecto educativo del CEU, promueva la formación cristiana, humana y profesional de enfermeros y enfermeras con exigencia intelectual, excelencia académica y con una visión trascendente del hombre. No espero ni pido nada ajeno al propio planteamiento del CEU; él mismo se propone como los valores más significativos en sus centros educativos la educación católica de los jóvenes con criterios de apertura y búsqueda de la verdad, en un ámbito en el que primen el respeto, la solidaridad y la cercanía; la concepción integral del hombre, en la que la libertad realizada en la verdad se convierte en la dimensión esencial; la búsqueda del rigor, la exigencia y la excelencia académica en la actividad de toda la comunidad educativa; y finalmente la profesionalidad y eficacia,

Un quehacer diario de toda la comunidad educativa –de alumnos, profesores y administrativos- en estos valores será el mejor servicio que vuestro Centro puede prestar a la sociedad actual. No se trata tan sólo de formar buenos y eficaces profesionales, buenos técnicos de enfermería; se trata antes de nada de formar en el ser enfermeros, con una visión trascendente de la vida y de la persona, de la propia y de los futuros pacientes, con una visión de la dignidad sagrada e inviolable de toda persona desde su concepción hasta su muerte natural.

San Pablo, en la lectura de hoy, nos previene ante una visión inmanente y materialista de la vida y de la persona, ante una comprensión de la existencia cerrada a Dios, a su amor y a su vida: “Hay muchos que andan como enemigos de la Cruz de Cristo; su paradero es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas. Solo aspiran a cosas terrenas” (Filp 3,17 -4, 1)

Bien sabemos que el problema central de nuestro tiempo es la ausencia, el olvido de Dios. El secularismo y el laicismo ideológico imperantes conducen a la sociedad actual –sobre todo a la europea– a marginar a Dios de la vida humana. Una de sus graves consecuencias es que arrastran a muchos a la ruptura de la armonía entre fe y razón que tanto alcance tiene, y a pensar que sólo es racionalmente válido lo experimentable y mensurable, o lo susceptible de ser construido por el ser humano.

La concepción antropológica que de aquí se deriva es la de un hombre totalmente autónomo, que se convierte en criterio y norma del bien y del mal, un hombre cerrado a la trascendencia, un hombre cerrado en su yo y en su inmanencia. Dios ya no está presente en la solución de los problemas del hombre.

Pero el silencio de Dios, de su presencia, de su verdad y de su providencia sabia y amorosa abre el camino a una vida humana sin rumbo y sin sentido, a proyectos que acortan el horizonte y se cierran en intereses inmediatos, a idolatrías de distinto tipo. La ausencia de Dios en la vida social trae consigo consecuencias inhumanas, como son la pérdida progresiva del respeto a la dignidad de toda persona humana, o la absolutización de la ley política al desvincularla de la ley natural.

El silencio de Dios en nuestra cultura está llevando a la muerte del hombre, al ocaso de la dignidad humana. Cuando se reduce al hombre a su dimensión material e intramundana, cuando se le expolia de su profundidad espiritual, cuando se elimina su referencia a Dios, se inicia la muerte del hombre. Recuperar por el contrario a Dios en nuestra vida lleva a la defensa del hombre, de su dignidad, de su verdadero ser y de sus derechos, y del primer derecho fundamental, el derecho a la vida. Los derechos humanos tienen su fundamento último en Dios. Las leyes no los crean, las leyes los reconocen y protegen ante la permanente tentación de ser conculcados. La dignidad de toda persona humana y sus derechos inalienables proceden de la gratuidad absoluta del amor de Dios creador y redentor.

La Universidad, está Titulación de Enfermería, son lugar de búsqueda de la verdad por excelencia. Sin Dios, como “fundamento de la verdad”, sin Cristo, la Verdad, los valores, la educación, los derechos fundamentales tienden a convertirse en grandes palabras. Esta Titulación, por su carácter confesional católico, ha de formar cristianamente en favor del derecho a la vida. Es un derecho que debe ser reconocido por todos, porque es el derecho fundamental con respecto a los demás derechos humanos. En el reconocimiento de este derecho se fundamenta la convivencia humana y la misma comunidad política.

“Los creyentes en Cristo deben, de modo particular, defender y promover este derecho, conscientes de la maravillosa verdad recordada por el concilio Vaticano II: “El Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre” (Gaudium et spes, 22). En efecto, en este acontecimiento salvífico se revela a la humanidad no sólo el amor infinito de Dios, que “tanto amó al mundo que dio a su Hijo único” (Jn 3, 16), sino también el valor incomparable de cada persona humana” (ib.). Por eso, el cristiano está continuamente llamado a movilizarse para afrontar los múltiples ataques a que está expuesto el derecho a la vida. Sabe que en eso puede contar con motivaciones que tienen raíces profundas en la ley natural y que por consiguiente pueden ser compartidas por todas las personas de recta conciencia.

Por eso, pedimos al Señor y oramos al Espíritu de la Verdad que os ilumine y fortalezca a toda la comunidad educativa y a quienes os dedicáis a la ciencia para ser testigos de una conciencia verdadera y recta, para defender y promover el ‘esplendor de la verdad’, en apoyo del don y del misterio de la vida.. En una sociedad a veces ruidosa y violenta, con vuestra cualificación cultural, con la enseñanza y con el ejemplo, podéis contribuir a despertar en muchos corazones la voz elocuente y clara de la conciencia.

Como cristianos somos conscientes de que la luz de Cristo debe brillar en el mundo y su sal vivificarlo. Vivimos de la certeza de que el cristiano es, al mismo tiempo, ciudadano del cielo y miembro activo de ciudad terrena y de que, por tanto, debe vivir la unidad de vida que el Concilio Vaticano II y el Magisterio Pontificio propone para que seamos los testigos convincentes del Evangelio en aquellos campos propios de la vocación seglar en los que el hombre necesita la luz del discernimiento y la fuerza para trasformarlos según el espíritu del Evangelio.

Fieles al espíritu apostólico de vuestro Patrono, San Pablo, os habéis de sentir llamados a propagar el Evangelio a cada persona en particular y a todos los ambientes de nuestra sociedad en los que se juega el destino de los hombres. Que sólo os mueva la certeza de que el Evangelio es la Verdad que salva al hombre y le lleva a la plenitud de la felicidad. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe- Castellón

Fiesta de la Virgen del Pilar

Castellón, Iglesia de la Stma. Trinidad, 12 de octubre de 2007

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor.

Os saludo de corazón a todos cuantos habéis acudido a esta celebración para mostrar vuestro sincero amor de hijos a la Virgen del Pilar. Saludo cordialmente al Sr. Párroco de la Santísima Trinidad y a los sacerdotes concelebrantes. Saludo con afecto a la Directiva del Centro Aragonés en Castellón y a los Caballeros y Damas de la Virgen del Pilar y a las muy dignas autoridades que nos acompañan.

Con la hermosa y emotiva ofrenda de flores a la Virgen del Pilar antes de la Misa habéis mostrado una vez más el cariño y amor, la fe y devoción de los aragoneses a la Virgen del Pilar. Ahora en esta Eucaristía damos gracias a Dios por María, la Virgen del Pilar, por su patrocinio, guía y protección; agradecemos a Dios todos los dones que nos ha dispensado a través de su intercesión maternal generación tras generación. Esta mañana, miramos, honramos y rezamos a María; ella nos mira y nos acoge con amor de Madre; ella cuida de muestras personas y de nuestras vidas; ella camina con nosotros en nuestras alegrías y esperanzas, en nuestros sufrimientos y dificultades. ¿Qué sería de nosotros, de nuestras familias, de Aragón, de España y de Hispanoamérica sin la protección maternal de la Virgen del Pilar en el pasado y en el presente?

La Virgen del Pilar nos remonta a los primeros momentos de la anuncio del Evangelio en nuestra tierra, a las raíces cristianas de Aragón y de España. María, la dichosa por haber creído en la Palabra de Dios y haberla puesto en práctica, ella la primera creyente en la Palabra de Dios, está también con el Apóstol Santiago en el primer anuncio del Evangelio en nuestra Patria. La tradición nos dice que María reconforta y fortalece a Santiago, cansado y abatido a orillas del Ebro, en su difícil tarea de anunciar a Jesucristo entre nosotros. Desde entonces, la Virgen del Pilar es protectora y guía de los creyentes de nuestra tierra y de los pueblos hispanos de América en la tarea de anunciar, acoger y vivir a Cristo, la Palabra de Dios. María nos lleva a Cristo y nos une en la misma fe común en Cristo; una fe que es fuente de unidad y de fraternidad, una fe que es fuente de solidaridad entre las personas y los pueblos, más allá de fronteras nacionales y de egoísmos personales, sociales y regionales.

La Palabra de Dios, que hemos proclamado, subraya el significado de la Virgen del Pilar para todo el pueblo de Dios. María es el Arca de la Nueva Alianza. El Arca de la Antigua Alianza era el lugar por excelencia de la presencia de Dios en medio del pueblo de Israel en su peregrinar por el desierto (1 Cro 15,3-4.16; 16,1-2); María, la Virgen del Pilar, por ser la Madre de Dios, que ha llevado en su seno al Hijo de Dios es el Arca de la Nueva Alianza, es el signo elocuente de la presencia de Dios en nuestro mundo, en medio del pueblo cristiano, en medio de nuestro pueblo aragonés y español. Por ello la Virgen del Pilar es motivo de gozo para toda la Iglesia y para nuestro pueblo.

Como el Arca de la Alianza para el Pueblo de Israel, la Virgen es como “la columna que nos guía y sostiene día y noche en nuestro peregrinaje terrenal”. La columna, el Pilar, sobre el que se aparece y aparece representada la Virgen, es símbolo del conducto que une el cielo y la tierra; el Pilar es la manifestación de las acciones de Dios en el hombre y de lo que el hombre puede cuando da cabida a Dios en su vida, cuando se sitúa bajo la acción de Dios. El Pilar es signo y soporte de lo sagrado, el fundamento y soporte de la vida y del mundo, el lugar donde la tierra se une con el cielo, el eje a cuyo alrededor ha de girar la vida cotidiana si quiere ser verdaderamente humana.

María es la puerta del cielo, por ser la mujer escogida por Dios para venir a nuestro mundo. En ella la tierra y el cielo, Dios y el hombre, se han unido para siempre en Jesucristo. En El se desvela quien es el hombre, el mundo y la historia humana, cuál es nuestro origen y nuestro destino, cuál es el fundamento de nuestra existencia, que no son otros sino Dios mismo.

“¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!”, dice Jesús en el evangelio de hoy (Lc 11, 27-28). María es bienaventurada por ser la Madre de Dios, por haberle llevado en su seno, por haberle amamantado con sus pechos. Pero, es, sobre todo, dichosa y bienaventurada por haber creído, por ser la primera creyente: creyó que aquel que llevaba en su seno era el Hijo de Dios, creyó en su Palabra y la puso en práctica. María se convierte así en pilar de la Iglesia; en torno a ella, lo mismo que los apóstoles reunidos el día de Pentecostés, va creciendo el pueblo de Dios; la fe y la esperanza de la Virgen alientan a los cristianos en su esfuerzo por edificar el Reino de Dios día a día, siendo testigos de su amor.

“¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!”, nos dice Jesús hoy a nosotros (Lc11, 27-28). Jesús nos invita a avivar nuestra fe, a acoger con fe su Palabra, a llevar una vida coherente con la fe que profesamos. De poco o nada serviría nuestra devoción a la Virgen del Pilar si no nos lleva a Cristo, si no nos lleva a Dios. El Señor nos llama y no invita hoy de nuevo a una renovación profunda de nuestra fe y vida cristiana, personal, familiar y comunitaria. La fe cristiana y la devoción a la Virgen del Pilar, que hemos heredado, son un tesoro, pero necesitan ser interiorizadas, pasadas por el corazón, impregnadas por la experiencia creyente, y vividas con gozo y sano orgullo, sin miedos ni vergüenzas para que los cristianos lleguemos a ser verdaderos creyentes y testigos.

La fe cristiana y la devoción a la Virgen del Pilar no son ni pueden quedarse en un sentimiento pasajero. No nos avergoncemos de ser cristianos. La fe cristiana no es algo del pasado. Cristo Jesús, el Hijo de María, vive porque ¡ha resucitado! La fe cristiana no es un sentimiento subjetivo y volátil, propio de personas débiles o pusilánimes. La fe cristiana es creer en Dios y creer a Dios, que viene a nuestro encuentro en Cristo de manos María, la Virgen del Pilar. Antes de nada creemos en Cristo y creemos a Cristo Jesús. Antes de nada, la fe cristiana es una fe personal, basada en la experiencia de un encuentro personal con Dios en Cristo Resucitado. Esta experiencia de fe implica no sólo el asentimiento de nuestra mente sino que compromete nuestros afectos, nuestros valores y nuestra voluntad.

La fe cristiana, si es verdadera, lleva a asumir como propios los valores, las actitudes y los comportamientos de Cristo y a actualizarlos en nuestra concreta situación de vida. No es asunto exclusivo de la conciencia, de la vida íntima y privada. La fe transforma y ha de transformar la existencia en todas sus dimensiones: en la esfera personal y en la familiar, en la esfera laboral y en la pública. Intentar separar o excluir nuestra fe cristiana del ámbito laboral, social o público sería vivir o pedir que neguemos nuestra propia identidad en parcelas importantes de nuestra vida “¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!”.

Ser creyente en Cristo es trabajar para que la Buena Nueva del Amor de Dios llegue a todos. Cristo quiere darse a conocer a través de los creyentes, de su palabra y de su testimonio de vida. Este deseo de Cristo se corresponde con los deseos y necesidades más profundos de los hombres y mujeres de todos los tiempos, también de los de nuestra época. Tales deseos se ocultan debajo de una cultura que quiere vivir al margen de Dios.

La experiencia nos muestra y nos demuestra que una sociedad, que se cierra y excluye a Dios se vuelve más inhumana. Porque la igualdad fundamental de las personas, la inalienable dignidad de todo ser humano, desde su concepción hasta su muerte natural, la verdadera libertad del individuo frente a las manipulaciones de los poderosos, la defensa del débil, la protección y salvaguardia de la naturaleza son valores que tienen su origen en última instancia en Dios, revelado en Cristo. Es esta una fe que ha arraigado en nuestro pueblo y se ha mantenido viva a través de los siglos. Y un pueblo que olvida su pasado, pone en peligro su futuro. Por bien del hombre, de nuestra sociedad y de nuestro pueblo es hora de volver a hablar de Dios y de contar con su presencia en nuestra vida; en una sociedad cada día más excluyente de Dios es hora de anunciar sin miedo a Cristo, de avivar las raíces cristianas de nuestro pueblo. Nuestra herencia cristiana y nuestra devoción a la Virgen del Pilar no pertenecen a la arqueología; tampoco son un fardo que obstaculice el camino hacia el progreso, sino que son el mejor capital que poseemos.

La Fiesta de la Virgen del Pilar nos invita mirar a la Virgen María, para como ella, volver a creer en Cristo y vivir el Evangelio. La Fiesta de hoy nos invita tomar a María, la Virgen del Pilar, como modelo, estrella y guía en la obra siempre nueva de anunciar y vivir a Cristo, de fundamentar nuestra vida, nuestro trabajo en Dios, y de ofrecer a nuestra sociedad al Dios, que se nos ha revelado en Cristo y ha nacido de María. María fue la creyente por excelencia, que supo vivir en la esperanza y el amor a Dios y al prójimo. Como ella hemos de reavivar la fe, la esperanza y la caridad cada uno de los miembros de nuestra Iglesia, para que desde una fe viva pueda ser realmente evangelizadora.

Recordemos también hoy al Cuerpo de la Guardia Civil, en el día de su Patrona. Pidamos al Señor, que María, la Virgen del Pilar, la siga protegiendo en su trabajo de servicio a nuestro pueblo: un trabajo necesario para el bien común de nuestra sociedad.

¡Que la Virgen del Pilar nos ilumine y proteja a todos los fieles cristianos de España en los caminos de la fe, de la esperanza y de la caridad. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe- Castellón

Apertura de Curso de los Seminarios Diocesanos

Capilla del Seminario Diocesano ‘Mater Dei’, 2 de Octubre de 2007

 

Con esta Eucaristía, hermanos y hermanas en el Señor, iniciamos e inauguramos un nuevo curso académico en este nuestro Seminarios Diocesanos ‘Mater Dei’ y ‘Redemptoris Mater’. Para unos, los menos, significa el comienzo de un nuevo camino; para los más, es una nueva etapa en un camino comenzado hace uno, dos o más años.

A buen seguro que los sentimientos de quienes formamos esta comunidad educativa -alumnos, formadores, profesores, padres, personal de servicio- son muy variados al comienzo de esta nueva andadura: en unos estarán presentes la ilusión y los renovados propósitos ante la tarea de un nuevo curso, en otros prevalecerán quizá el temor a recaer en la conocida y asfixiante rutina de cada día, demodelora de las mejores intenciones, o el temor de no saber o poder estar a la altura ante los problemas y dificultades que diariamente plantea esta ardua tarea formativa; en otros serán la inseguridad y el desasosiego que producen el descenso progresivo de nuevos alumnos y de nuevas vocaciones. ¿Podemos quedarnos en estos sentimientos negativos? ¿Cómo afrontar un nuevo Curso en el Seminario Diocesano?

La comunidad educativa del Seminario Diocesano es, entre otras cosas pero fundamentalmente, una comunidad eclesial: y ello no sólo por estar instituida por la Iglesia diocesana con el fin de cultivar los gérmenes de vocación sacerdotal, de quienes en edad temprana, presentan indicios de esta vocación (seminario menor) o con el fin de formar a los futuros sacerdotes diocesanos (seminario mayor); es comunidad eclesial, sobre todo y principalmente, porque en ella se hace Iglesia, porque está constituida por personas llamadas por el Señor; personas, que forman una comunidad de discípulos del Señor, que busca y ayuda a vivir la vocación cristiana, para desde ahí ayudar a discernir, cultivar y madurar la posible o real vocación al ministerio sacerdotal.

Ahora bien: la Iglesia y toda comunidad eclesial vive, crece, se desarrolla y actúa en todo momento bajo el influjo, la fuerza y la guía del Espíritu Santo; la Iglesia deja de ser tal si está ausente el Espíritu del Señor; la comunidad eclesial del Seminario diocesano está abocada al fracaso en su tarea específica de discernimiento y formación vocacional sin la apertura y docilidad a la acción del Espíritu. Por ello iniciamos este curso implorando su fuerza, su asistencia y su guía. Todo cuanto la Iglesia ha realizado en sus casi dos mil años de existencia, todo cuanto la Iglesia sigue realizando en la actualidad, ha sido y es realizado en virtud de este divino Espíritu, que nunca ha cesado de asistirla; el Espíritu sigue infundiendo en su Iglesia el vigor necesario para el cumplimiento de su misión. Esta presencia del Espíritu no suprime ciertamente las dificultades y luchas diarias; pero sí que sostiene a su Iglesia para que avance a través de ellas con constancia, serenidad y alegría.

La fuerza de nuestra Iglesia actual, como lo fue para la iglesia naciente, está en dejarse guiar por el Espíritu Santo; la fuente de su energía, también y en especial en la dificultad, está en sacar del vínculo que la tiene íntimamente unida al Espíritu la fuerza para evangelizar, para preparar evangelizadores, para formar los pastores de la nueva evangelización. También en este caso debe cumplirse la palabra de Jesús: “cuando venga el paráclito, que yo os enviaré de parte del Padre… el dará testimonio de mi, y vosotros daréis testimonio” (Jn 15,26).

El testimonio que Jesús pide hoy a su Iglesia, el testimonio que el Señor pide a esta comunidad educativa del Seminario es un testimonio de convencida adhesión personal al Señor: un testimonio de fe en un mundo en que avanza la increencia; un testimonio de esperanza para una sociedad desesperanzada; y un testimonio de unidad en el amor para un mundo dividido por el odio, el egoísmo y las guerras.

Viviendo desde la adhesión personal al Señor, alimentada por la oración silenciosa y meditativa, personal y comunitaria de la Palabra y por los Sacramentos, y viviendo desde la experiencia fraternal de un mismo amor, será el Seminario signo e instrumento de Salvación y la comunidad de los discípulos, forjadora de Pastores. “Conságralos en la verdad”, pide Jesús al Padre; aplicándolo a esta comunidad, diríamos, consagra a cuantos formamos parte de ella para vivir, profundizar, estudiar, asimilar el Evangelio con tanto fervor que estemos dispuestos a entregar la vida y hasta sacrificarla por el anuncio de la Buena nueva, en esta tarea formativa.

Pero en la misma oración Jesús añadió: “sean perfectos en la unidad y conozca el mundo que tu me enviaste” (Jn 17.23). La caridad mutua de los discípulos y la perfecta unidad que de ella deriva, es lo que da testimonio al mundo de la veracidad y del valor del Evangelio.

El Espíritu Santo, que es Espíritu de verdad y de amor, va fortaleciendo y amalgando a su Iglesia para hacerla perfecta en la unidad ‘para que el mundo crea’. Donde el Espíritu Santo actúa y los hombres no ponemos obstáculo a su acción, promueve siempre unidad de los corazones y de las mentes, despierta el verdadero sentido de la fraternidad.

Para poder cumplir el seminario la tarea que tiene encomendada es necesario crear la unidad corazón y de mentes, una verdadera fraternidad, entre todos sus componentes: alumnos, formadores, profesores y padres. Todos estamos llamados, cada uno desde el lugar que ocupa en esta comunidad, a cooperar en la unidad de formación en beneficio de los formandos. Las distintas dimensiones de la formación -humana, académica, espiritual, comunitaria y pastoral- no pueden ser consideradas como compartimentos estancos, separados, y menos aún contrapuestos entre sí. Estas dimensiones deben estar integradas en la unidad de un proceso formativo, cuyo garante es el Rector. Actuar por libre en esta casa, no ver la propia tarea inserta en un conjunto mayor, no ayuda a la integración y va en detrimento de la formación.

El carácter específico del Seminario mayor es lo que ha conferir unidad a todo el proceso formativo. El Seminario mayor tiene la “tarea de formar a los futuros sacerdotes diocesanos” (PF 9). El seminario mayor es el presbiterio en gestación; de la calidad y vitalidad humana, cristiana, intelectual, sacerdotal y pastoral de los futuros pastores depende en gran medida que nuestras comunidades e Iglesia diocesana sean realmente vivas y evangelizadoras. Por ello formandos, formadores y profesores hemos de ofrecer lo mejor que tenemos con dedicación, preparación, exigencia y entrega para esta formación.

La formación de los futuros pastores concierne y tiene que concernir a toda la Iglesia diocesana: esta no puede vivir al margen del Seminario, no puede regatearle medios personales o materiales. Hay que intensificar los esfuerzos para profundizar los vínculos afectivos y efectivos entre el Seminario y las comunidades diocesanas: para que el seminario y el trabajo de cuantos lo forman sea querido, valorado y promovido en todas las comunidades de la Diócesis y para que ésta esté presente en el Seminario.

Para concluir, permitidme unas breves palabras, sobre una cuestión, objeto de primaria atención en este Curso: la pastoral vocacional. Todos conocemos las dificultades actuales en este ámbito: descenso de la natalidad, ambiente social contrario a las vocaciones, ausencia de la transmisión y vivencia de la fe en las familias, etc. Sin quitar validez a estas causas, yo me pregunto: ¿No son estas dificultades objetivas a la vez una fácil y socorrida justificación para no proponer a los niños, adolescentes y jóvenes de hoy la vocación al sacerdocio? Es más: ¿no es quizá el descenso de vocaciones de especial consagración y, en nuestro caso, al sacerdocio un síntoma de la falta de vitalidad cristiana de nuestras comunidades? La programación diocesana de este curso nos llama a formar miembros vivos y activos en nuestra Iglesia; todos, y especialmente los sacerdotes, familias y catequistas, estamos llamados a trabajar por reavivar la vocación cristiana de nuestros fieles y a proponer sin complejos los caminos concretos de vivir la vocación cristiana, y en concreto la vocación al sacerdocio.

!Que el Espíritu Santo nos conforte con su ayuda en las tareas de este nuevo curso y que el ejemplo de María, Madre del Señor, la Madre del redentor y Madre nuestra, siempre dócil a la llamada del Señor, nos enseñe a estar abiertos a las indicaciones del Espíritu Santo!

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe- Castellón

Fiesta de los Santos Ángeles Custodios, Patronos del Cuerpo Nacional de Policía

 

Castellón, Iglesia Basílica de la Mare de Déu del Lledó,

2 de octubre de 2007

 

Hermanos y hermanas en el Señor.

Convocados por el Señor celebramos un año más en torno a la mesa de su Palabra y de su Eucaristía la Fiesta del Cuerpo Nacional de Policía, recordando a los Santos Ángeles Custodios. Es una fiesta con ya larga tradición en la que honramos a los Ángeles Custodios, declarados Patronos tutelares del Cuerpo Nacional de Policía por Pío XI en 1926 a petición expresa del mismo Cuerpo Nacional de Policía. Queremos que hoy sea un día de alegría y de fiesta, de acción de gracias y de oración a Dios, Padre providente y amoroso, fuente de la vida y de todo don.

La palabra de Dios de este día nos lleva de la mano al sentido profundo de nuestra Fiesta. En el pasaje del libro del Éxodo, que hemos proclamado, dice Dios, el Señor: “Voy a enviarte un ángel por delante, para que te cuide en el camino y te lleve al lugar que te he preparado. Respétalo y obedécelo” (Ex. 23, 20). “Ángel” significa mensajero. El Ángel de la Guarda, los Ángeles Custodios, son enviados de Dios, son sus mensajeros, encargados de cuidar y velar por su pueblo, para llevarlo a la tierra de promisión.

Esta Palabra del Dios, es palabra viva; tiene una connotación histórica, sí, pero una connotación también actual. Se refiere al Pueblo de Israel en su caminar por el desierto, pero se refiere también a cada uno de nosotros. Dios vela y cuida de nosotros protegiéndonos en nuestro caminar en la tierra hacia la tierra de promisión, hacía Él mismo. Los ángeles son enviados y mensajeros de Dios, testigos de su presencia protectora y providente en nuestras vidas, en nuestro trabajo, en nuestra sociedad. En esta función de los ángeles, me quiero detener hoy unos breves momentos. Porque, ¿creemos en su existencia o lo consideramos propio de mentes infantiles? ¿Nos dicen algo en unos tiempos en que nuestra sociedad y quizá nosotros mismos vivimos como si Dios no existiera?

Somos testigos y víctimas muchas veces de una mentalidad muy difundida que llamamos secularismo; una mentalidad, que ha marcado profundamente el corazón de individuos y de la sociedad. Vivimos inmersos en una cultura en la que el hombre y el mundo son entendidos como si Dios no existiera: las cosas, la vida del hombre, su trabajo y sus relaciones se conciben sin referencia a Dios. El hombre y la sociedad actuales quieren bastarse a sí mismos. El hombre se ha convertido en absoluto y Dios es rechazado como Señor de la existencia humana. El secularismo, en su endiosamiento e idolatría del hombre, llega a afirmar que no le interesa ni tan siquiera plantear la cuestión de Dios. Le importa sobre todo mantener a Dios al margen de sus ideas, de sus proyectos y de sus acciones cotidianas. El hombre y su cosmos se creen autosuficientes.

El secularismo es la tentación permanente del hombre que pretende ser Dios. Nos toca vivir en una cultura en que desvanece el interés por Dios en la vida humana; un contexto en que se silencia, se minimiza, cuando no se ridiculiza lo religioso. A veces se llega a hostigar a Dios y a combatirlo abiertamente, porque incomoda las posiciones y las libertades sin ética que defienden un estilo de vida sin Dios. A Dios ya no se le tiene presente en la solución de los problemas del hombre. Estos son tratados y resueltos en la economía, en la política, en los medios de comunicación o en los centros científicos, pero al margen de Dios.

Es precisamente ésta la visión del hombre y del mundo sin Dios la que ahora se quiere imponer en la formación de niños, adolescentes y jóvenes para que sean buenos ciudadanos: es la visión de un hombre totalmente autónomo, que se convierte en criterio y norma del bien y del mal, un hombre cerrado a la trascendencia, un hombre cerrado en su yo y en su inmanencia. ¿Dónde queda el derecho fundamental a la libertad religiosa? ¿Dónde el derecho originario y primario de los padres a educar a los hijos conforme a sus convicciones religiosas?

Pero el silencio de Dios, de su presencia, de su verdad y de su providencia sabia y amorosa abre el camino a una vida humana sin rumbo y sin sentido, a proyectos que acortan el horizonte y se cierran en intereses inmediatos, a idolatrías de distinto tipo. La ausencia de Dios en la vida social ha traído consigo consecuencias inhumanas: la pérdida progresiva del respeto a la dignidad de toda persona humana, la disolución del matrimonio y de la familia, la violencia del hombre contra el mismo hombre o la absolutización de la ley política al desvincularla de todo principio y de la ley natural.

El silencio de Dios en nuestra cultura lleva a la muerte del hombre, al ocaso de la dignidad humana. Cuando se reduce al hombre a su dimensión material e intramundana, cuando se le expolia de su profundidad espiritual, cuando se elimina su referencia a Dios, se inicia la muerte del hombre. Recuperar por el contrario a Dios en nuestra vida lleva a la defensa del hombre, de su dignidad, de su verdadero ser y de sus derechos. Los derechos humanos tienen su fundamento último en Dios. Las leyes no los crean, las leyes los reconocen y protegen ante la permanente tentación de ser conculcados. La dignidad de toda persona humana y sus derechos inalienables proceden de la gratuidad absoluta del amor de Dios creador y redentor, y están destinados a su ejercicio responsable y honroso.

Los ángeles custodios, nos recuerdan a Dios: un Dios de amor y de vida, un Dios providente y amoroso. La celebración hoy de su Fiesta, si está de verdad anclada en la Palabra de Dios, si es verdaderamente expresión de nuestra fe cristiana, nos ha de ayudar a acoger la presencia de Dios en la historia humana, en la historia de cada uno de nosotros; los ángeles son signos de la trascendencia de Dios y de su inmanencia, de su absoluto y de su cercanía en la vida de los humanos. Los ángeles son testigos de Dios -de su verdad, de su realidad, de su cercanía-. Ellos hacen presente a Dios mismo, en su trascendencia, porque sólo Dios es Dios; pero también hacen presente a Dios en la inmanencia de su cercanía: nada ni nadie está más cerca del hombre y de toda criatura que Dios mismo.

En el fragmento del Evangelio de San Mateo, que hemos proclamado, Jesús nos invita a contemplar la realidad circundante de un modo más penetrante y más conforme con el suyo. La lógica humana tiene sed de grandezas y de prestigio, tiende a reducir toda la realidad a lo materialmente sensible y experimentable, se liga a las apariencias. La lógica del reino de los Cielos va en una dirección opuesta; para acogerla es preciso cambiar de mentalidad, o sea, convertirse. Es verdaderamente grande quien es sencillo y no prepotente: es grande quien se abre a Dios y se confía con gratitud a su cuidado y amor. Estos “pequeños” son los predilectos de Dios: sus ángeles custodios –de apariencia invisible- ven siempre el rostro de Dios y están muy próximos a El. Los discípulos de Jesús deberán abstenerse de despreciar a los pequeños e intentar más bien llegar a ser como ellos.

Dios, el Dios que nos muestra Jesús y nos recuerdan los ángeles custodios, no es enemigo del hombre, ni fuente de odio ni de guerras. Dios no tiene de celos del hombre, de su auténtico desarrollo, de su libertad y de su felicidad. Dios es el Padre y Creador del hombre, un Dios cercano y providente. “La gloria de Dios es que el hombre viva”, dice San Ireneo. No se trata de elegir entre Dios y el hombre, sino que se debe elegir a Dios y al hombre, a Dios por causa del hombre. Quien elige a Dios auténticamente, elige al Padre del hombre y el que elige auténticamente al hombre, está eligiendo a Dios, principio y fin del hombre, fundamento último de su vida, de su dignidad y de su libertad.

Los creyentes hemos de vivir en Dios y desde Dios; hemos de dar testimonio en nuestra vida y en nuestro trabajo de que la dignidad de toda persona se funda en su ser imagen y semejanza de Dios, llamada a ser hijo de Dios en Cristo Jesús.

Queridos miembros del Cuerpo Nacional de Policía. Vuestro esfuerzo diario por la seguridad ciudadana es imprescindible para garantizar dignidad de las personas, su libertad y seguridad, y el disfrute efectivo de sus derechos y el cumplimiento de sus deberes. Queremos reconocer aquí agradecidamente vuestro trabajo, vuestros desvelos, vuestra entrega y vuestros sacrificios en favor de la atención, la seguridad y la convivencia ciudadana; sin ellas no es posible el desarrollo de la dignidad de las personas.

Vuestro trabajo, queridos miembros del Cuerpo nacional de Policía, se ve con frecuencia amenazado por la lacra de los enemigos de la dignidad de la persona, de la convivencia pacífica, de la justicia y de la paz. Muchas veces habéis sufrido en propia carne esa lacra humana y social de España, que es el terrorismo. El terrorismo atenta contra de la ley de Dios, contra la dignidad humana y contra el derecho humano más elemental –el derecho a la vida-, y, a la vez, socava los fundamentos de toda convivencia democrática, basada en la verdad, en la justicia y en la paz de Dios. Recordemos hoy ante el Señor una vez más a todas las victimas del terrorismo y a sus familias; y recordemos de un modo especial a todos vuestros compañeros, victimas del terrorismo, y a todas sus familias. ¡Que el Señor los acoja en su seno y a sus familias les fortalezca en la esperanza!

En el día de vuestra Fiesta queremos poner vuestro trabajo, queridos miembros del Cuerpo Nacional de Policía, bajo el cuidado protector de los Ángeles Custodios. A la Mare de Déu del Lledó os encomiendo a vosotros y vuestro trabajo, y a todas vuestras familias. ¡Que ella os proteja y aliente en vuestro quehacer diario a favor del bien común de todos! Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe- Castellón