Fiesta de la Sagrada Familia

Castellón, Iglesia de Sto. Tomás de Villanueva, 28 de diciembre de 2008

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor!

Hoy, domingo dentro de la octava de Navidad, celebramos con toda la Iglesia la Fiesta de la Sagrada Familia. La Navidad es no es solo la Fiesta de Dios que se hace hombre. Es también la fiesta de la familia y de la vida. Porque es el seno de una familia, la Sagrada Familia, donde es acogido con gozo, nace y crece el Hijo de Dios, hecho hombre. Por ello, también la Iglesia en España celebra la Jornada por la familia y por la vida, que este año ha tenido de nuevo su momento central en la Eucaristía celebrada esta mañana en la plaza de Colón en Madrid. También, nuestra Iglesia diocesana se une a esta gran fiesta de la Familia con esta Eucaristía, cuya celebración programada hace tiempo nos pedía quedar en nuestra Diócesis.

La Iglesia nos presenta hoy como modelo a la Sagrada Familia de Nazaret. Una familia integrada por José, María y Jesús. Un padre carpintero, que inició al hijo en las artes de su oficio para servir a la comunidad. Una madre generosa, capaz de guardar en el corazón los tesoros silenciosos de su experiencia de vida. Un hijo que crecía en amor y sabiduría delante de los ojos de Dios y de todos los hombres, escuchando a sus padres y siguiendo las tradiciones de su pueblo.

El Evangelio de este día (Lc 2,22-40) nos recuerda la escena en que María y José acu­den al templo para cumplir con el mandato de presentar al Niño y ofrecer un rescate por él. Este dato nos invita a comprender que toda familia ha de vivir siempre ante Dios. Cada vez que contemplamos a la Sagrada Familia encontramos esa obediencia pronta a la voluntad de Dios; nunca hay excusas para retrasar el cumplimiento de cualquier llamada de Dios.

La Familia Sagrada es un hogar en que cada uno de sus integrantes vive con perfección la propia vocación recibida de Dios: José la de esposo y padre, Maria la de esposa y madre y Jesús la de hijo. En este hogar, Jesús es acogido y aprende a prepararse para la misión que el Padre le ha confiado; un hogar donde Jesús se desarrolla humana y espiritualmente, donde crece en sabiduría y gracia. La Sagrada Familia es una escuela de amor, de acogida, de respeto, de diálogo y de comprensión mutuos, es una escuela de oración. Un modelo donde todos los cristianos podemos encontrar el ejemplo de que es posible vivir de acuerdo con la voluntad de Dios, acogiendo y siguiendo la propia vocación recibida

La felicidad de esta familia basa en su total apertura a Dios. Con el salmista podemos cantar. “Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos” (Sal 127). Poner en el centro de la familia a Dios nunca va en detrimento de la misma. Aunque a veces, ante nuestra mirada humana, pueda parecer lo contrario, cuanto más estamos con Dios, más y mejor amamos a nuestros seres queridos: más fuerte se hace el amor y la unión entre los esposos y en la familia, más verdadero es el amor a los hijos. Conozco a padres que se enfadan cuando sus hijos abrazaban la fe o que intentan disuadir a sus hijos de su posible entrada en el semina­rio o de seguir la vocación a la vida consagrada.

Detrás de esas actitudes se esconde una rebeldía contra Dios: la de no reconocer que Dios es el más grande, más que el padre o madre, y que a Él se le debe la obediencia primera. Frente a esta forma de obrar de los hombres está la acción de Dios, que bendice a la familia y quiere que los hijos se adentren en su amor a través de ella.

Para Pablo el amor que ha de darse en la familia cristiana, para ser reflejo del amor divino, es un amor recíproco, entregado, respetuoso, que incluye necesariamente el perdón: “Sobrellevaos mutuamente y perdonaos” (Col 3, 13). Este amor es el único vínculo que mantiene unida a la familia más allá de todas las tensiones y dificultades; este amor es el verdadero alimento de la familia, de los esposos y de los hijos; este amor preserva a la familia de la desintegración.

Los padres, a su vez, son imagen del amor que Dios nos tiene y un mandamiento específico nos prescribe cómo hemos de respetarlos. El que honra a padre y madre, honra a Dios (Cf. Si 2, 6.12-14). Detrás de los padres encuentra Dios, sin el cual no puede nacer ningún hombre nuevo. Engendrar y traer hijos al mundo es un acontecimiento que sólo es posible con Dios; los hijos son un don de Dios. Por eso en el cuarto mandamiento el amor agradecido a los padres es inseparable de la gratitud debida a Dios. Aquí se encierran verdades que no pasan de moda.

En Navidad, el Hijo de Dios, hecho hombre, nos muestra a Dios y su rostro amoroso; y, a la vez, nos muestra al hombre, su verdadero rostro, nuestro verdadero origen y destino, según el proyecto de Dios. En Jesús queda renovada la creación entera; el ser humano, hombre y la mujer, y todas las dimensiones de la vida humana han sido desveladas e iluminadas en su sentido más profundo por el Hijo de Dios, y, a la vez, han quedado sanadas y elevadas. En el Hijo de Dios han adquirido también su verdadero sentido el matrimonio y la familia, y el valor inalienable toda vida humana, que es don y criatura de Dios, llamada a participar sin fin de su amor.

Dios no quita nada al hombre sino que se lo da todo, nos ha dicho Benedicto XVI. En nuestra sociedad posmoderna, secularizada y con problemas de identidad, las encuestas siguen señalando que la institución más valorada por los jóvenes es la familia. Sin embargo, la familia se enfrenta a múltiples peligros y amenazas. Desde su inte­rior, se hace evidente la dificultad de muchos esposos para crecer juntos en el camino que emprendieron en el matrimonio; dificultad para crecer en el amor y en la fidelidad; dificultad para que su amor conyugal esté siempre abierto a una nueva vida; desde el exterior, existen presiones cultura­les y sociales, así como leyes que ponen a prueba su identidad matrimonial y familiar.

Fiel al Evangelio del matrimonio y de la familia, la Iglesia proclama que la familia se funda, según el querer de Dios, sobre la unión indisoluble entre un hombre y una mujer, quienes, en su mutua entrega, se abren responsablemente a la fecundidad y asumen la tarea de educar a los hijos que les son dados. Aunque para muchos esto no sea así, nosotros debemos profundizar en esa insti­tución establecida y santificada por Dios. Para quien se abre a Dios y a su gracia, es posible vivir el Evangelio del matrimonio y de la familia.

La familia sigue siendo insustituible para el verdadero desarrollo de los esposos y de los hijos, y para la vertebración de la sociedad. En la actualidad se favorecen otros tipos de uniones de hombre y mujer fuera del matrimonio, incluso entre personas del mismo sexo; también se propugnan otros modelos de familia. Con todo ello, en el fondo se ataca y se destruye el verdadero y único matrimonio y la familia en su misma esencia y fundamento; se olvida que el matrimonio y la familia son insustituibles para la acogida, la formación y desarrollo de la persona humana y para la vertebración básica de la sociedad. Sus efectos están a la vista: cada vez más falta amor verdadero en las relaciones humanas, se trivializan el amor y la sexualidad humana, se debilitan las expresiones más nobles y fundamentales del amor humano –el amor esponsal, el amor materno y paterno, el amor filial, el amor entre hermanos-, desciende de forma dramática y alarmante la natalidad,  aumenta el número de niños con graves perturbaciones de su personalidad y se crea un clima que termina frecuentemente en la violencia. Cuando el matrimonio y la familia entran en crisis, es la misma sociedad la que enferma.

Los matrimonios y las familias cristianas pueden ofrecer un ejemplo convincente de que es posible vivir un matrimonio de manera plenamente conforme con el proyecto de Dios y las verdaderas exigencias de los cónyuges y de los hijos. Éste es el mejor modo de anunciar la Buena nueva del matrimonio y de la familia.

Asimismo se extiende la llamada “cultura de la muerte”, que cuestiona la buena nueva de toda vida humana. Por si no hubiera poco con el alarmante actual número de abortos se anuncia más permisividad legislativa. Ante esta lacra, que clama al cielo, como Iglesia hemos de proclamar con fuerza la cultura de la vida, en la que cada ser humano desde su concepción hasta su ocaso natural posee una dignidad inalienable por ser criatura de Dios; ni nuestros legisladores ni quienes quedan embarazadas son dueños de la vida humana concebida; como tampoco es nadie dueño de una vida humana debilitada por la edad o por la enfermedad. Todo ser humano ha de ser acogido, respetado y defendido por todos.

Ante la realidad del número creciente de abortos y el anuncio de la ampliación de la despenalización del mismo, ante la propaganda de la eutanasia activa y ante los innumerables embriones matados en aras de la ciencia, los católicos no podemos mirar hacia otro lado. No podemos callar. Es urgente nuestro compromiso efectivo en la promoción y la defensa de toda vida humana, en la acogida y en el respeto de la vida de cada ser humano: esta es la base de una sociedad verdaderamente humana y de un progreso verdaderamente humano. No se trata de imponer una perspectiva de fe, sino de defender los valores propios e inalienables de todo ser humano. Este compromiso ha de ser personal, de nuestras familias, de nuestras comunidades, de toda nuestra Iglesia diocesana. Espero de nuestra Delegación de pastoral familiar y defensa de la vida, comenzando por sus responsables, que asuma el papel relevante que le corresponde en este ámbito. Hay que despertar para ponerse manos a la obra con renovada intensidad y esperanza.

No corremos tiempos fáciles para el matrimonio, la familia y la vida humana. El Evangelio de hoy nos llama a perseverar en el camino de Dios. No celebraríamos bien la Navidad, si no acogemos y vivimos la buena nueva que el Nacimiento de Hijo de Dios, la Palabra definitiva de Dios a los hombres, nos ofrece sobre el matrimonio, la familia y la vida. Acojamos, vivamos y anunciemos esta Buena nueva. A la protección de la Sagrada Familia encomendamos esta tarde a los matrimonios, a las familias y toda vida humana. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Día de Navidad

Castellón – 25 de diciembre de 2008

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor!

Un niño nos ha nacido, un hijo se nos dado”, (Is 9, 5). Estas palabras del Profeta Isaías encierran la verdad de este gran día; estas palabras nos ayudan, a la vez, a entrar en su misterio y nos introducen en el gozo de esta fiesta.

Un niño nos ha nacido”, que, en apariencia, es uno de tantos niños. Nos ha nacido un Niño en un establo de Belén, en una situación de penuria, fragilidad y humildad:  nace pobre entre los pobres. Pero el Niño que nace es “el Hijo” por excelencia: este Niño es el Hijo de Dios, de la misma naturaleza del Padre, “reflejo de su gloria, impronta de su ser” (Hb 1,3). Anunciado por los profetas, el Hijo de Dios se hizo hombre por obra del Espíritu Santo en el seno de la Inmaculada Virgen María. Cuando, hoy proclamemos en el Credo las palabras “y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen, y se hizo hombre”, todos nos arrodillaremos. Meditaremos breve, pero intensamente el misterio que hoy se realiza: el Hijo de Dios “se hizo hombre”. Si todavía nos queda capacidad de asombro y gratitud, contemplemos el misterio de la Navidad, adoremos al Niño-Dios. Hoy viene a nosotros el Hijo de Dios y nosotros lo recibimos de rodillas en adoración agradecida.

Sí hermanos: Adoremos al Niño con sentida gratitud, porque “un Hijo se nos ha dado”. La Navidad es don de Dios para toda la humanidad. La Navidad es el mayor don de Dios, porque Dios nos da a su propio Hijo por pura gratuidad, por puro e inmerecido amor al hombre. Jesús, el Hijo que nos ha sido dado, ha querido compartir con nosotros la condición humana para comunicarnos la vida divina. No nos dejemos distraer por los ruidos exteriores o los tintes neopaganos de las celebraciones navideñas en nuestros días. No nos dejemos embaucar por los intentos de silenciar o de negar el sentido propio de la Navidad.

Navidad, su raíz más profunda y su razón suprema, que Dios nace a la vida humana, Dios se hace hombre, el Hijo de Dios toma nuestra naturaleza humana para hacernos partícipes de la vida de Dios. Navidad es el nacimiento de Jesús en Belén: Dios se ha unido y está para siempre con nosotros. Nuestro Dios no es un dios lejano, al margen de la historia humana o enfrentado a la humanidad. El Dios que hoy se nos muestra en este Niño es el Dios-con-nosotros, que entra en nuestra historia y la comparte, es el Dios que está a favor de los hombres: El Niño-Dios es el Emmanuel. “La gloria del hombre es Dios y la gloria de Dios es el hombre; que el hombre viva”, nos dice San Irineo. Es una tentación y una tragedia, presente ya desde el origen de la historia humana, pensar que Dios es el adversario del hombre. El Dios, que se manifiesta en el Niño-Dios nacido en Belén, no es un dios celoso del hombre, de su desarrollo, de su progreso o de su  realización. Dios, hermanos, no es el opio del hombre; es decir, una ilusión construida por el hombre con lo mejor de si mismo, que le impida ser él mismo.

No, hermanos. Dios se hace hombre por amor al hombre; Dios nace para que el ser humano lo sea en verdad y en plenitud, es decir conforme a su condición de ‘imagen de Dios’. Si el ser humano quiere serlo en verdad y conforme a su propia dignidad de ‘imagen de Dios’, no puede silenciar a Dios, no puede marginarlo de su vida, o no puede intentar liberarse de El declarando su muerte para comenzar así a ser hombre. En Jesucristo y por Jesucristo, Dios ha hecho suya la causa del hombre, ha empeñado su palabra en la salvación del mundo. Sólo en Cristo Jesús encuentra el hombre su identidad, su plenitud y la salvación.

“La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn 1,14), hemos proclamado en el Evangelio. La Palabra, que ya existía desde el principio y antes de todo, la Palabra por la que Dios creó cielo y tierra, porque la Palabra es Dios, esa misma Palabra toma carne en un momento de la historia humana. Jesús, el Niño-Dios nacido en Belén de la Virgen María, es la Palabra definitiva de Dios, es la manifestación y revelación de Dios mismo a los hombres. Es el mismo Dios, quien se revela, quien se manifiesta y quien se pone a nuestro alcance en este Niño que nace en Belén. Este Niño-Dios es la manifestación definitiva de Dios. “Ahora, en la etapa final, (Dios) nos ha hablado por el Hijo” (Hb 1,2). No tenemos otro camino para conocer e ir a Dios y para encontrarnos con El sino el Niño-Dios. Jesús dirá más tarde a uno de sus discípulos: “Felipe, el que me ve a mí, ve al Padre” (Jn 14, 9). Porque la Palabra de Dios se ha hecho carne; no es un fantasma o una ficción retórica, sino un hombre de verdad, de carne y hueso: Jesucristo. No es tampoco un mito de la religión, ni es una leyenda piadosa, sino una persona real de la historia humana. Si creemos así, creeremos que el nacimiento de Jesús es la epifanía de Dios. En Jesús y por Jesús, Dios sale al encuentro del hombre. En Jesús y por Jesús, es Dios con nosotros, en medio de nuestro mundo, inserto en nuestra historia, que ya no podemos distorsionar.

Cristo Jesús, la Palabra hecha carne, culmina la plenitud de los tiempos. El es el centro de la historia y el cumplimiento de la promesa de Dios, que es promesa de salvación. En el nacimiento de Jesús, Dios pone su tienda en el campamento de la humanidad, cambia el rumbo de la historia, haciéndose solidario del empeño humano de construir la fraternidad universal. Dios se hace nuestro prójimo y el prójimo deviene el punto de mira que nos orienta y conduce a Dios. Por eso, cuando la Navidad alumbra a Dios, se convierte en una espoleta de paz y de fraternidad. La humanidad, más que nunca en nuestros días, está necesitada de ese Niño-Dios, “el Príncipe de la paz”, para que acalle el ruido de las armas, para que se respete toda vida humana, para que se ponga unión en las familias, serenidad y verdad en las mentes, perdón y reconciliación entre las naciones, gratuidad y amor frente tanto egoísmo.

El nacimiento de Jesús significa el encuentro de Dios con los hombres, pero también el encuentro del hombre -de todos los hombres- con Dios. Al venir Dios a este mundo abre definitivamente el camino de los hombres a Dios. De esta suerte se nos da la posibilidad de alcanzar la suprema aspiración del hombre: ser como Dios. Pues dice Juan que a cuantos lo recibieron les dio el poder ser hijos de Dios, no por obra de la raza, sangre o nación, sino por la fe: si creen en su nombre (cf Jn 1,12).

La Navidad no es un hecho del pasado sino del presente. Y será del presente en la medida en que dejemos que Dios llegue a nosotros. Muchos, hoy como entonces, tampoco se darán cuenta del nacimiento en carne del Hijo de Dios. Seguirán creyendo que Dios hace tiempo que enmudeció, que dejó de interesarse por el hombre, o que se olvidó de nuestra realidad sufriente. Muchos dirán incluso que el hombre no tiene necesidad de Dios. En medio, de tanto colorido desvirtuado y de tanto contrasentido navideño, Dios, por encima de todo, viene y nace. Esa es la gran verdad: ¡Dios nace de nuevo en cada hombre y en cada mujer que esté dispuesto a acogerle en la fe, a dejarle espacio en su vida!

Acerquémonos, hermanos, al Portal de Belén con una actitud contemplativa, de silencio y de adoración, de amor y de fe. Navidad pide de todo cristiano contemplar el misterio, acogerlo en el corazón y en la vida, celebrarlo en la liturgia junto con otros creyentes. No nos avergoncemos de confesar con alegría nuestra fe en el Niño-Dios. Mostremos al Niño-Dios con humildad a nuestro mundo para que Cristo llegue también a quienes no lo conocen, no creen en El o lo rechazan.

¡Que el fulgor de su nacimiento ilumine la noche del mundo! ¡Que la fuerza de su mensaje de amor destruya las asechanzas del maligno! ¡Que el don de su vida nos haga comprender cada vez más cuánto vale la vida de todo ser humano! ¡Que El Niño-Dios, el Principie de la Paz, nos conceda su Paz, la Paz de Dios! ¡Que el Niño-Dios encienda de nuevo la esperanza en nosotros! Sólo El nos asegura el triunfo del amor sobre el odio, de la luz sobre las tinieblas, de la vida sobre la muerte. ¡Que nuestros deseos de paz en estos días no sean tan efímeros como el árbol que adorna nuestro hogar! ¡Y que la alegría de esta Navidad, se prolongue durante todo el año, como el nacimiento hacia una vida que quiere crecer y madurar en el amor, en la verdad, en la justicia y en la paz! ¡Feliz, santa y cristiana Navidad para todos! Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de la Inmaculada Concepción de María

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 8 de diciembre de 2008

 

Un año más, el Señor nos convoca para celebrar la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María. La palabra de Dios, que en este día nos propone la liturgia de la Iglesia, nos invita a contemplar a María y, en ella, el rostro amoroso de Dios Padre, manifestado en su Hijo, y el verdadero rostro de todo hombre, llamado a ser hijo de Dios en su Hijo para alabanza de la gloria de Dios. Hoy queremos sentir de un modo especial la presencia de la Inmaculada, la criatura amada y llena de gracia, la aurora de la salvación y la madre de la esperanza.

“Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1,28). Estas palabras de saludo del Ángel Gabriel a María revelan lo que Dios había hecho con la que estaba destinada a ser Madre virginal de su Hijo: llenarla de su gracia desde el momento mismo de su concepción. La fe de la Iglesia verá revelado el dogma de la Inmaculada Concepción en el rico contenido de estas palabras; una verdad de fe que la Iglesia irá descubriendo a lo largo de los siglos en un creciente reconocimiento espiritual y teológico y que culminará en las palabras del Papa Pío IX:“… la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de pecado original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo Salvador del género humano” (DS 2803; CICa 491).

La Concepción Inmaculada de María nos remite a Dios. En la Madre de Jesús, primicia de la humanidad redimida, Dios obra maravillas, colmándola de su gracia y preservándola de toda mancha de pecado. “Para ser Madre del Salvador María fue ‘dotada por Dios con dones a la medida de una misión tan importante’ (LG 56). … Para poder dar el asentimiento libre de su fe al anuncio de su vocación era preciso que ella estuviese totalmente poseída por la gracia de Dios” (CICa 490).

María es la llena de gracia de Dios. La plenitud de la gracia de María es un don totalmente gratuito del amor de Dios. La gracia de Dios la hace santa, hija de Dios y heredera del Cielo. Esta gracia la hace “partícipe de la naturaleza divina” (2 Ped 1,4). Por este don de gracia, la Trinidad Santa habita en ella de una manera especial, María llega a ser templo de la divinidad y queda vivificada por la vida divina. María tiene la dicha de poseer esta vida divina desde el momento mismo de su Concepción y para siempre.

María, toda Ella, es obra de la gracia de Dios. Después de la humanidad santísima del Verbo encarnado, María es la obra más perfecta de Dios. Todas las grandezas y privilegios que hay en María son verdaderos dones de Dios y frutos su gracia. El ángel Gabriel no la llama por su nombre, sino que la saluda con el título de ‘llena de gracia’ indicando lo que más la caracteriza ante Dios.

María es la llena de gracia desde el momento mismo de su Concepción. Y tenía que ser así, porque la gracia de María tenía que corresponder a la misión y dignidad para la que Dios le había elegido. María es en verdad Madre del Hijo de Dios, el Mesías, el Salvador. Y a esta misión y dignidad incomparables debía corresponder una santidad sin igual. Por su intima comunión de vida y de destino con Cristo, la Virgen María se ha visto rodeada desde el primer momento de su existencia por el amor del Padre, por la gracia del Hijo y por los esplendores del Espíritu. María ha sido preservada de toda sumisión al mal o connivencia con él.

Pero el don que María recibe de Dios no permanece inerte en ella, sino que provoca en ella una respuesta de fe total al Dios santo que la ha santificado. María acoge el Amor de Dios, y le corresponde con la entrega de todo su ser, con una adhesión total de su persona al designio de Dios, con una disponibilidad plena y en obediencia fiel a la voluntad de Dios. “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu Palabra” (Lc 1,38)

Con la Concepción Inmaculada de María se inicia el capítulo culminante de la historia de la salvación: la Encarnación del Hijo Unigénito de Dios, que nos redime y nos salva. En la concepción purísima de María tiene lugar un acontecimiento sin igual en la historia del hombre. En la persona de esta mujer, elegida entre los sencillos de Israel, el ser humano adquiere de nuevo todo el esplendor de la imagen de Dios, empañada por el pecado. Todo ser humano es creado por un acto amoroso de Dios como imagen suya y está destinado desde el principio a la vida de comunión con Dios para siempre y para alabanza de su gloria (cf. Ef 1, 4.11). María es así “la aurora de la salvación”, en quien empiezan ya a florecer, en previsión de la obra redentora de su Hijo, los más espléndidos frutos de santidad y de vida nueva.

Con María ha dado comienzo la historia de la humanidad salvada y, por ello, de la nueva humanidad. Las palabras del saludo del ángel “llena de gracia” encierran el singular destino de María; pero también indican el plan de Dios para todo ser humano. La ‘plenitud de gracia’, que para María es el punto de partida, para todos los hombres es la meta. Dios nos ha creado “para que seamos santos e inmaculados ante él” (Ef 1, 4). Por eso, Dios nos ha bendecido antes de nuestra existencia terrena y ha enviado a su Hijo al mundo para rescatarnos del pecado y hacernos partícipes de su propia vida.

En la concepción Inmaculada de María se inicia el esclarecimiento del misterio del hombre a través del Misterio de Cristo: “Realmente el misterio del hombre -dice el Concilio Vat. II- sólo se esclarece en el Misterio del Verbo encarnado… Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del Misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación” (LG 22). De ahí que Cristo sea “el fundamento y el centro de la historia, de la cual es el sentido y la meta última” (NMI, 5).

Pero ¿nos dicen algo hoy estas palabras? También nosotros somos muchas veces víctimas de una mentalidad que pretende entender al hombre, el mundo y la historia al margen de Dios y sin referencia alguna a Él. Es la tragedia de nuestros días. Como ya ocurriera en los orígenes, el hombre se ha convertido en absoluto y rechaza a Dios. Como nos recuerda el Papa Benedicto XVI, en este relato del Génesis aparece cómo el hombre, tentado por las palabras de la serpiente, abriga la sospecha de que Dios, en definitiva, le quita algo de su vida, que Dios es un competidor que limita su libertad, y que sólo será plenamente ser humano cuando lo deje de lado; es decir, que sólo de este modo podrá realizar plenamente su libertad. El hombre vive con la sospecha de que el amor de Dios crea una dependencia, que ha de suprimir para ser plenamente él mismo. El hombre no quiere recibir de Dios su existencia y la plenitud de su vida. Él quiere tomar por sí mismo del árbol del conocimiento el poder de plasmar el mundo, de hacerse dios, elevándose a su nivel, y de vencer con sus fuerzas a la muerte y las tinieblas. No quiere contar con el amor que no le parece fiable. Más que el amor, busca el poder, con el que quiere dirigir de modo autónomo su vida. Al hacer esto, se fía de la mentira más que de la verdad, y así se hunde con su vida en el vacío, en la muerte.

En el día de la Inmaculada debemos aprender que el hombre que se abandona totalmente en las manos de Dios no se convierte en un títere de Dios, que no pierde su libertad. Sólo el hombre que se pone totalmente en manos de Dios encuentra la verdadera libertad, la amplitud grande y creativa de la libertad del bien. El hombre que se dirige hacia Dios no se hace más pequeño, sino más grande, porque gracias a Dios y junto con él se hace grande, se hace divino, llega a ser verdaderamente él mismo. El hombre que se pone en manos de Dios no se aleja de los demás, retirándose a su salvación privada; al contrario, sólo entonces su corazón se despierta verdaderamente y él se transforma en una persona sensible y, por tanto, benévola y abierta.

 

En María se realiza el designio de Dios sobre el ser humano. Ella es motivo para la esperanza. Pese al pecado, que no acoge la vida de Dios, no será el pecado y ni la muerte los que tengan la última palabra en la vida del hombre, de la sociedad y de la historia. La última palabra corresponde a Dios, a su Vida, a su Amor.

La Concepción Inmaculada de María es el comienzo de un mundo nuevo animado por el Espíritu. La Inmaculada nos recuerda que Dios ama a todos los hombres de un modo personal. La fiesta de la Inmaculada cobra así un significado muy particular para la Iglesia y para cada cristiano. María ilumina los pasos de nuestra peregrinación hacia el Padre, nuestra llamada a la santidad, que no es otra cosa sino vivir la comunión con Dios y la comunión con los hermanos.

 

En este día de fiesta queremos dar gracias al Señor por el gran signo de su bondad que nos dio en María, su Madre y Madre de la Iglesia. Queremos implorarle que ponga a María en nuestro camino como luz que nos ayude a convertirnos también nosotros en luz y a llevar esta luz en las noches de la historia. Este es el deseo que os expreso hoy a todos, invitándoos a entrar con empeño en el Adviento de manos de María, para poder celebrar con ella también la alegría de la Navidad.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Apertura del curso académico de enfermería en el CEU

HOMILIA EN LA APERTURA DEL CURSO ACADÉMICO DE ENFERMERÍA DE LA UNIVERSIDAD CARDENAL HERRRERA – CEU EN CASTELLÓN

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Capilla de Cristo Rey del Hospital Provincial de Castellón – 21 de octubre de 2008

 

Hermanos y hermanas en el Señor

Excmo. Sr. Rector Magnífico, Sr. Director Gerente del Hospital, Autoridades, Profesores y Alumnos, Capellanes y Sacerdotes concelebrantes

Con esta Eucaristía inauguramos el Curso Académico 2008-2009 de la Titulación Enfermería de la Universidad CEU Cardenal Herrera de Valencia en Castellón. Es el segundo año de este hermoso proyecto de ofrecer una sólida educación y una integral formación a enfermeros y enfermeras con fidelidad al proyecto educativo católico del CEU. Visto con los ojos de la fe y en coherencia con vuestra identidad católica y vocación eclesial, un nuevo curso es siempre un nuevo tiempo de gracia que Dios os ofrece en vuestro trabajo educativo y en vuestra tarea académica. Por eso mismo iniciamos nuestra tarea desde la Eucaristía, centro de la vida y de la actividad de la Iglesia, también centro de la vida de vuestro Centro. Antes de nada nos hemos de dejar conducir por la Palabra de Dios, alimentar por la Eucaristía y fortalecer por el Espíritu, que es el Espíritu de la verdad.

Como centro católico, vuestra actividad se enmarca dentro de la misión de la Iglesia de anunciar la Buena Nueva. Es lo que nos recuerda San Pablo, en la lectura de hoy: como él habéis recibido la gracia de “anunciar la riqueza insondable que es Cristo, y aclarar a todos la realización del misterio, escondido desde el principio de los siglos en Dios, creador de todo”. (Ef 3,8-12). Como nos ha recordado Benedicto XVI “cada institución educativa católica –también vuestro centro- es -en primer lugar, y sobre todo,- un lugar para encontrar a Dios vivo, el cual revela en Jesucristo la fuerza transformadora de su amor y su verdad (cf. Spe salvi, 4). Esta relación suscita el deseo de crecer en el conocimiento y en la comprensión de Cristo y de su enseñanza. De este modo, quienes lo encuentran se ven impulsados por la fuerza del Evangelio a llevar una nueva vida marcada por todo lo que es bello, bueno y verdadero; una vida de testimonio cristiano alimentada y fortalecida en la comunidad de los discípulos de Nuestro Señor, la Iglesia” (Discurso en el Encuentro con educadores católicos en la Universidad Católica de América, Washington, D.C. 17 de abril de 2008).

La revelación de Dios ofrece a cada generación la posibilidad de descubrir la verdad última sobre la propia vida, sobre el ser humano, sobre el mundo y sobre el fin de la historia. El deber de conocer la verdad última implica a toda la comunidad cristiana y motiva a cada generación de educadores cristianos a garantizar que el poder de la verdad de Dios impregne todas las dimensiones de las instituciones a las que sirven. De este modo, la Buena Noticia de Cristo puede actuar y  guiar tanto al docente como al estudiante hacia la verdad objetiva: una verdad objetiva que trasciende lo particular y lo subjetivo, que apunta a lo universal y a lo absoluto y que nos capacita para proclamar con confianza la esperanza que no defrauda (cf. Rm 5,5). (Cf. Benedicto XVI)

Vuestra Universidad y está Titulación de Enfermería han de ser lugar de búsqueda de la verdad por excelencia. Ante la fragmentación del saber, los cristianos tenemos un principio unificador que es Jesucristo, que muestra la verdad del hombre. Jesucristo, la Palabra de Dios encarnada, es la verdadera realidad, que permanece cuando el resto de realidades se desvanecen. Sin Dios, como “fundamento de la verdad”, sin Cristo, el Camino, la Verdad y la Vida, los valores, la educación y la formación tienden a convertirse en grandes palabras, construidas sobre tierras arenosas.

La identidad vuestra Universidad no es simplemente una cuestión de nombre o de declaración de identidad católica. Es una cuestión de convicción y de vivencia diaria. Por eso hemos de preguntarnos con Benedicto XVI: “¿creemos realmente que sólo en el misterio del Verbo encarnado se esclarece verdaderamente el misterio del hombre (cf. Gaudium et spes, 22)? ¿Estamos realmente dispuestos a confiar todo nuestro yo, inteligencia y voluntad, mente y corazón, a Dios? ¿Aceptamos la verdad que Cristo revela? En vuestra universidad ¿es “tangible” la fe? ¿Se expresa en la liturgia, en los sacramentos, por medio de la oración, los actos de caridad, la solicitud por la justicia y el respeto por la creación de Dios? Solamente de este modo damos realmente testimonio sobre el sentido de quiénes somos y de lo que sostenemos.

Por eso, en la búsqueda de la verdad y en la docencia habréis de cuidar con exquisitez la referencia a Dios que se nos ha revelado en Cristo. Y no menos habréis de cuidar en la formación la dimensión ética, que se deriva del Evangelio, recordando que no todo lo científicamente posible es éticamente aceptable. No podemos ser esclavos de la ciencia, ni del relativismo moral imperante.

El conocimiento científico es muy válido en su ámbito, pero también lo son la filosofía, la antropología o la teología. Las ciencias de la salud pueden decir cómo es el hombre, pero no quién es el hombre. Para ello se necesitan otras disciplinas. La fe, que no suplanta a la razón ni está reñida con ella, os ayudará en el camino de búsqueda de la verdad y en vuestra tarea educativa.

Esta Titulación, por su carácter confesional católico, ha de formar cristianamente en favor del derecho a la vida en comunión con el Magisterio de la Iglesia. Los creyentes en Cristo deben, de modo particular, defender y promover este derecho, conscientes de la maravillosa verdad recordada por el concilio Vaticano II: “El Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre” (Gaudium et spes, 22). En efecto, en este acontecimiento salvífico se revela a la humanidad el amor infinito de Dios, sino también el valor incomparable de cada persona humana. Por eso, el cristiano está continuamente llamado a movilizarse para afrontar los múltiples ataques a que está expuesto el derecho a la vida. Sabe que en eso puede contar con motivaciones que tienen raíces profundas en la ley natural y que por consiguiente pueden ser compartidas por todas las personas de recta conciencia.

Por todo ello, pedimos al Señor y oramos al Espíritu de la Verdad que os ilumine y fortalezca a toda la comunidad educativa y a quienes os dedicáis a la ciencia para ser testigos de una conciencia verdadera y recta, para defender y promover el ‘esplendor de la verdad’, en apoyo del don y del misterio de la vida. En una sociedad en que se extiende la ‘cultura de la muerte’, con vuestra cualificación cultural, con vuestra enseñanza y con vuestro testimonio, podéis contribuir a despertar en muchos corazones la voz elocuente y clara de la conciencia.

“Vosotros sois la sal de la tierra… vosotros sois la luz del mundo”, (Mt 5,13-14), escuchábamos en el Evangelio. Vosotros, queridos profesores, sois la sal de la tierra y la luz del mundo en el ámbito de la Universidad.

Vuestra capacidad para sazonar, para dar gusto y sabor como lo hace la sal, os viene de vuestro bautismo, por el que quedasteis transformados al ser sazonados con la vida nueva que viene de Cristo (cf. Rm 6, 4). La gracia bautismal que os ha regenerado, haciéndoos vivir en Cristo y concediéndoos la capacidad de responder a su llamada, es la fuerza por la que no se desvirtuará vuestra identidad cristiana en vuestra tarea docente, y que os ayudará a vivir como profesores cristianos en vuestro modo de vivir, de pensar y de enseñar (cf. Rm 12, 2). Como la sal, medio usado habitualmente para conservar los alimentos, estáis llamados a conservar la fe que habéis recibido en la comunión de la Iglesia y a transmitirla intacta a los demás. Sólo permaneciendo fieles a los mandamientos de Dios, a la alianza que Cristo ha sellado con su sangre derramada en la Cruz, podréis ser los apóstoles y los testigos, buscando y ayudando a buscar el sentido y la plenitud de la existencia.

Como luz del mundo en el ámbito educativo habéis de llevar a Cristo, Camino, Verdad y Vida, a los jóvenes estudiantes, para que su deseo de verdad, impreso en lo más íntimo de cada ser humano, llegue a su plenitud. La luz de Cristo y de su Evangelio ilumina el corazón y dan claridad a la inteligencia. El nos dice: “Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12). El encuentro personal con Cristo y su Evangelio iluminan a la persona y su existencia con una nueva luz y proporcionan un nuevo modo de ver el mundo y las personas.

Fieles al espíritu apostólico de vuestro Patrono, San Pablo, os habéis de sentir llamados a propagar el Evangelio a cada persona en particular y en todos los ambientes de nuestra sociedad en los que se juega el destino de los hombres. Que sólo os mueva la certeza de que el Evangelio es la Verdad que salva al hombre y le lleva a la plenitud de la Vida.  ¡Que María la Virgen, que supo acoger con fe y obediencia la Palabra de Dios y transmitirla a los demás, sea vuestro modelo en vuestra misión!. ¡Que ella os aliente, os conforte y os proteja! Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe- Castellón

Apertura del curso académico 2008-2009

DEL CENTRO SUPERIOR DE ESTUDIOS ECLESIÁSTICOS, INSTITUTO DE CIENCIAS RELIGIOSAS Y DE LA SECCIÓN DIOCESANA DEL INSTITUTO ‘JUAN PABLO II’

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Capilla del Seminario Diocesano ‘Mater Dei’’ – 14 de octubre de 2008

 

Querido hermano obispo, D. Esteban; queridos Directores de nuestros Centros académicos, Sres. Rectores y Profesores, Sres. Vicarios, Seminaristas, Diáconos, hermanos y hermanas en el Señor.

Inauguramos hoy un nuevo curso en nuestros Centros Académicos Diocesanos: Centro Superior de Estudios Eclesiásticos, Instituto de Ciencias Religiosas y Sección Diocesana del Instituto ‘ Juan Pablo II’.

Dios ha querido que este comienzo coincida con celebración del Sínodo de los Obispos sobre la Palabra de Dios en la vida misión de la Iglesia. Con este motivo, la Iglesia nos invita de nuevo a leer y conocer la Palabra de Dios, a acogerla con docilidad y escudriñarla con fe religiosa, y a ponerla en práctica. Lo que decíamos a los nuevos diáconos el domingo pasado en su ordenación diaconal en el rito de entrega del Evangelio, vale también para cuantos ejercéis la docencia o la discencia en nuestros centros académicos: cree lo que lees, enseña lo que crees y vive lo que enseñas. Como nos recuerda hoy San Pablo: “Lo único que cuenta es una fe activa en la práctica del amor” (Ga 5, 1-6, 6).

Toda la vida e historia de la Iglesia bebe y se alimenta de la fuente inagotable de la Palabra de Dios, contenida en la Sagrada Escritura y en la Tradición viva de la Iglesia. Esto es lo que ha de guiar siempre estos centros nuestros de formación siempre. Con palabras de San Jerónimo, cabe preguntarse: ¿Cómo se podría vivir sin la ciencia de las Escrituras, a través de la cual se aprende a conocer a Cristo mismo, que es la vida de los creyentes y la razón de ser de la formación cristiana, en general, y de los futuros sacerdotes, de personas consagradas o de laicos para la evangelización, que ofrecen nuestros centros?

Desconocer la Escritura es desconocer a Cristo. Por esto es importante que todo cristiano conozca la Palabra de Dios, que viva en contacto y en diálogo personal con la Palabra de Dios. Nuestro diálogo con la Palabra de Dios debe ser un diálogo realmente personal, porque Dios habla con cada uno de nosotros a través de la Sagrada Escritura; no es palabra del pasado, sino la Palabra que el Dios vivo dirige también a nosotros. Por ello hemos de tratar de comprender qué quiere decirnos el Señor a nosotros. Para no caer en el individualismo debemos tener presente que la Palabra de Dios nos ha sido dada para construir comunión, para unirnos en la verdad en nuestro camino hacia Dios. La Palabra de Dios es la verdad, la verdadera realidad, que nos libera de las apariencias, nos ilumina en el camino de la vida y genera verdadera libertad y eterna felicidad. “Para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado” (Ga 5, 1).

Además, siendo ésta una palabra personal, es también una Palabra que construye comunidad, que edifica la Iglesia. Hemos de leerla por ello siempre en comunión con la Iglesia viva, con la tradición viva de la Iglesia. No olvidemos que la Palabra de Dios trasciende los tiempos. Las opiniones humanas cambian. La Palabra de Dios, por el contrario, es palabra de vida eterna, vale para siempre. Llevando en nosotros la Palabra de Dios, llevamos en nosotros lo eterno, la vida eterna (Benedicto XVI). Este es el secreto de la formación de nuestros centros.

En el Centro Superior de Estudios eclesiásticos se forman los que van a ser sacerdotes. No olvidéis que la Palabra de Dios es fundamental es la vida del sacerdote para su identidad y su misión. Los sacerdotes son escogidos para el Evangelio de Dios (Cf Rm 1,1); este mismo Evangelio los engendra y los configura incesantemente tanto en su existencia como en su servicio apostólico. Seducido y atrapado por la Palabra, el ministro del Evangelio deberá adecuar su vida al dinamismo de la Palabra. El dirigirse a los hombres, en nombre de Dios, reclama del sacerdote la escucha creyente y obediente de la Palabra. Ha de recordar que su misión “no consiste en enseñar su propia sabiduría, sino la Palabra de Dios” (PO 4). Y esto sólo es posible, en la medida en que hagan propias las palabras de Jesús: “Conságralos en la verdad: tu Palabra es verdad” (Jn 17, 17).

Esta consagración exige de los presbíteros un esfuerzo de recepción de la Palabra que han de proponer a la fe de los oyentes. Como ministros que son de la Palabra de Dios, diariamente leen y oyen esa misma Palabra de Dios que deben enseñar a otros. “Esforzándose por recibirla en sí mismos, se harán cada día discípulos más perfectos del Señor” (PO 13).

Los apóstoles, haciéndose discípulos de la Palabra, llegaron a ser sus testigos y servidores en la historia. De ahí su autoridad y libertad para solicitar una adhesión de fe y conducir a los hombres a la obediencia de la fe. Los sacerdotes han sido ‘puestos a parte’ para proclamar esta Palabra de vida y conducir a los hombres y a los pueblos a la obediencia de la fe. Por ello no pueden anunciar su sabiduría o limitarse a predicar una nueva ética. Han de anunciar la Palabra que recrea “para las buenas obras” (Cf Ef 2,10). Tanto al dispensar la palabra apostólica como el sacramento, los presbíteros han de superar la tentación del funcionalismo o de la pura exterioridad como le ocurre al fariseo del evangelio de hoy (Lc 11, 37-41).

Queridos todos: No basta con conocer la Palabra de Dios; o basta con ser oyentes de la Palabra; hay que recibirla como discípulo, ‘como cumplidor de ella’ (St 1,21-25). El discípulo la recibe, ante todo, “no como palabra de hombre, sino cual es en verdad, como Palabra de Dios, que permanece operante” en él (1 Tes 2,13). El discípulo no investiga las Escrituras para servirse de ellas, sino para dejarse recrear por la Palabra. Los fariseos se habían apropiado de las Escrituras y de la Ley, dejando de ser discípulos. Nos acecha siempre la tentación de reducir las Escrituras a un libro o a una simple memoria colectiva de un pueblo, que pudiéramos interpretar según la razón humana. El discípulo deja que el Verbo de Dios sea quien le explique las Escrituras, como en el camino de Emaús (Lc 23) y tal como el Espíritu no cesa de hacerlo en la Tradición apostólica.

Jesús es el único revelador y exegeta del Padre. Y sólo el discípulo que vive en comunión con Jesús y sus apóstoles puede entrar en la inteligencia y vida de las Escrituras. El mismo Espíritu que inspiró las Escrituras es el que asiste a la Iglesia; sólo el que está en comunión con la Iglesia y lee las Escrituras en comunión con ella, con su Tradición y dentro de ella, leerá las Escrituras conforme al Espíritu que las ha inspirado y en fidelidad a su verdad.

¡Que el Espíritu Santo ilumine nuestra mente y haga dóciles nuestros corazones para interiorizar todo esto! ¡Que nos conceda capacidad y sabiduría para que la Palabra de Dios sea el alma de toda la formación en nuestros centros! ¡Que el estudio, la meditación y contemplación de las Escrituras nos hagan sabios con la sabiduría de Dios! ¡Que María, prototipo de oyente y discípula de la Palabra y de la Iglesia, nos enseñe a acoger la Palabra de Dios que nos sale al encuentro!

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Ordenación de seis diáconos

S.I. Catedral de Segorbe, 12 de octubre de 2008

27º Domingo del Tiempo Ordinario

(Is 25,6-10ª; Sal 22; Flp 4,12-14 .19-20; Mt 22,1-14)

 

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Hoy se cumplen para nosotros, de modo muy particular, las palabras del salmo: “Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida” (Sal 22, 6). En efecto, vuestra ordenación diaconal es una muestra más de la bondad y de la misericordia de Dios hacia vosotros, hacia vuestras familias y comunidades, hacia nuestra Iglesia diocesana. Vuestra ordenación nos llena de alegría y nos mueve a la acción de gracias a Dios.

Os saludo con afecto a los seis acólitos que dentro de poco seréis ordenados diáconos: a José, Oriol, Lucio, Enrique, Raúl y Alejandro. Expreso mi profundo agradecimiento a cuantos os han guiado en vuestro camino de discernimiento y maduración vocacional, en nuestros seminarios diocesanos ‘Mater Dei’ y ‘Redemptoris Mater’ o en el Colegio Pontificio ‘Sedes Sapientiae’ en Roma. A todos os invito a dar gracias a Dios por el don de estos nuevos diáconos a la Iglesia. Sostengámoslos con intensa oración durante esta celebración, con espíritu de ferviente alabanza al Padre que los ha llamado, al Hijo que los ha atraído a sí, y al Espíritu Santo que los ha formado. ¡Que el Señor les conceda disponibilidad para la acción, humildad en el servicio y perseverancia en la oración!

Con la imposición de mis manos y con la oración consagratoria, el Señor enviará el Espíritu Santo sobre vosotros, queridos hijos, y os consagrará diáconos. ¡Seréis diáconos de la Iglesia de Dios para siempre! En la Iglesia y en el mundo vosotros seréis signo e instrumento de Cristo, que no vino “para ser servido sino para servir”. Vosotros respondéis a una vocación del Señor: vuestra consagración imprimirá un signo, una marca profunda e imborrable, que os hará conformes para siempre a Cristo Siervo. Hasta el último momento de vuestra vida seréis siempre el signo de Cristo Siervo, obediente hasta la muerte y muerte de Cruz para la salvación de todos.

Por esto, el momento presente es un momento de alegría y de esperanza para nuestra Diócesis y para la Iglesia universal. Antes de recibir el diaconado, permitidme que a la luz de la Palabra de Dios os recuerde la misión que os va a confiar la Iglesia y los compromisos que vais a adquirir.

Recordemos que la ordenación diaconal os capacita y os confiere la misión de administrar solemnemente el bautismo, de reservar y repartir la Eucaristía, de asistir al matrimonio y bendecirlo en nombre de la Iglesia, de llevar el Viático a los moribundos, de leer y explicar la Sagrada Escritura a los fieles, de administrar los sacramentales, de presidir el rito de los funerales y de la sepultura.

De entre todas quiero resaltar hoy el anuncio del Evangelio, la invitación a todos a la vida de Dios en el encuentro con Jesucristo en el banquete de la Palabra y de la Eucaristía, anticipo del banquete de la vida eterna con Dios. En la parábola del Evangelio de este domingo un rey invita a sus conciudadanos al banquete de bodas de su hijo. Las imágenes son bíblicas y conocidas: las nupcias y el banquete describen el reino de Dios, aquel reino que los profetas habían anunciado y que todo israelita piadoso esperaba con impaciencia. La invitación va dirigida a todos, pero los primeros invitados la rehúsan. Para muchos de aquellos ciudadanos la invitación al banquete (¡el sueño de todo israelita!) no era una cosa importante; tenían otras cosas más urgentes que hacer; tenían otras preocupaciones: sus campos, sus posesiones. Para otros, la invitación a la boda es incluso irritante: insultan a los servidores del rey y les dan muerte. ¿Cómo no ver reflejada en esta parábola el presente en nuestra Iglesia y en nuestra sociedad?

La negativa de los invitados irrita al rey, pero no lo desarma. Es el segundo punto inesperado: el rey manda a los servidores que salgan de nuevo, les envía a los cruces de calles y caminos y, esta vez, invitan a cuantos encuentran, buenos y malos. La negativa humana no detiene nunca el amor de Dios, que sigue invitando con insistencia. El ofrecimiento al Reino, a la Salvación y a la Vida de Dios ha de seguir haciéndose, pese al rechazo. Los siervos invitan a los hombres en las encrucijadas de los caminos. La llamada de Dios no pone condiciones preliminares; nadie queda excluido. La invitación se dirige a todos y, en todo caso, la sala debe estar llena. También la Iglesia debe dirigir a todos, sin distinción, su invitación a la Salvación

Queridos ordenandos: ésta va a ser también vuestra misión. El Señor os dice esta tarde a vosotros: “Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que os encontréis invitadlos a la boda”. Sí, es hora de salir de nuestras iglesias y de nuestros despachos, de nuestras inercias pastorales y de nuestros cuarteles de invierno, donde nos hemos refugiado para estar a salvo de la intemperie; es hora de salir a los caminos de este mundo para llevar el Evangelio a todos; es hora de proponer la Salvación e invitar a todos, para que todos experimenten la alegría de la fe en Cristo. ¿Puede haber algo más hermoso que esto? ¿Hay algo más grande, más estimulante que cooperar a la difusión de la Palabra de Vida en el mundo? Anunciar y testimoniar la alegría de la Buena nueva es el núcleo central de vuestra misión, queridos hijos, que dentro de poco seréis sacerdotes.

Para ser verdaderos servidores del Evangelio en un mundo a menudo triste, negativo y desesperanzado, es necesario que el fuego del Evangelio arda dentro de vosotros, que reine en vosotros la pasión por Cristo y su Evangelio, y la alegría del Señor. Sólo podréis ser mensajeros y multiplicadores de esta alegría llevándola a todos, especialmente a cuantos están tristes y afligidos.

Dios siempre nos precede con su gracia. En vuestra ordenación, Dios, que es eternamente fiel, se compromete de por vida con vosotros. Este es el significado del carácter sacramental. En un segundo momento y en respuesta a su amor vosotros también os queréis comprometer con Él.

Vuestro primer compromiso es el del celibato, que habréis de observar durante toda la vida por causa del Reino de los Cielos y para servicio de Dios y de los hombres. A nadie se le oculta la dificultad de cumplir esta promesa. Sobre todo en estos tiempos en los que tanto se subraya el hedonismo, basado en la ‘infracultura de las nuevas sensaciones’; todo lo que provoca apetencia, gusto o el propio sentir, parece que tuviera valor en sí mismo. Pero la necesidad de una base sobre la cual construir la existencia personal y social se siente de modo notable sobre todo cuando se está obligado a constatar el carácter parcial de propuestas que elevan lo efímero al rango del valor, que crean la ilusión de alcanzar el verdadero sentido de la existencia. Muchos llevan una vida casi hasta el límite de la ruina, sin saber bien lo que les espera. (Juan Pablo II, Fides et Ratio, 1998, n 6)

Desde la experiencia podemos afirmar que quien hace de su vida un servicio generoso a Dios y a los hombres ha ‘dado en el clavo’. El celibato es un don de Cristo que, tanto mejor viviremos, cuanto más cerca tengamos al Dios que nos proporciona todo don. Si Dios es amor, cuanto más amamos, más le pertenecemos y más nos hace propiedad suya. Él, en nosotros, será el que nos dará la fuerza para vivir el celibato con alegría.

También vais a prometer obediencia. De los tres consejos evangélicos, éste es el más difícil. Dejar cosas, por la pobreza, es relativamente fácil. Dar la mano a todos sin retener la de nadie (eso es la castidad y en vuestro caso el celibato), cuesta un poco más. Dar muerte al propio yo, cuesta muchísimo. Y es que la obediencia no sólo exige sacrificio; exige asestar el ‘golpe de muerte’ a nuestro ‘ego’. Y esto no es fácil en unos tiempos en que se idolatra la autonomía personal. Ahora bien, si la ordenación nos configura con Cristo, Él es quien tiene que vivir en nosotros. Por eso, con Pablo, y a través de la obediencia podemos y debemos decir: “Vivo yo, pero no soy yo; es Cristo quien vive en mi” (Gal 2, 20).

La obediencia nos exige a todos una gran dosis de humildad y de vida sobrenatural. Cuando esto abunda, resulta fácil y nos hacemos instrumentos dóciles en las manos de Dios. No olvidéis que Cristo “aprendió sufriendo a obedecer” y por su obediencia todos fuimos salvados.

Vuestro tercer compromiso es la celebración de la Liturgia de las Horas, que es oración de la Iglesia por toda la humanidad. Nunca toméis este compromiso como un peso, sino como un modo estupendo de acercar a Dios a los hombres y los hombres a Dios. Un hombre de Dios tiene que tener un corazón según las dimensiones del corazón de Jesucristo, grande, donde todos tengan cabida. En nombre de todos nuestros hermanos los hombres hemos de dirigirnos a Dios para alabarle, suplicarle, pedirle perdón, fuerza, alivio, paz para cuantos carecen de ella.

Conocedores de vuestras limitaciones y fragilidades puede que os parezca casi imposible cumplir vuestra misión y vuestros compromisos. Recordad las palabras de Pablo: “Todo lo puedo en aquel que me conforta” (Flp 4,13). No dudéis, queridos hijos, de que Dios ha constituido a su Hijo Jesucristo Señor y Mesías. Jesucristo ha de ser nuestro único Señor. A Él sólo hemos de adorar. A Él únicamente hemos de amar con todo el corazón y con todo nuestro ser. Con la ordenación vais a establecer con Jesucristo una alianza y amistad eterna, hasta tal punto que, desde hoy en adelante, podréis decir con Santa Teresa: “Ya yo no quiero otro amor, pues a mi Dios me he entregado, y mi amado es para mi y yo soy para mi amado”.

La consagración a Dios se hace de una vez para siempre pero hay que renovarla cada día. Debido a nuestra fragilidad, hemos de convertirnos cada día; o lo que es lo mismo, cada día hemos de poner a punto la brújula de nuestra vida para no errar el camino. Ese modo de hacer lleva consigo el sufrimiento. Pero escuchemos de nuevo a Pablo que en su carta nos decía: “En pago, Dios proveerá todas vuestras necesidades con magnificencia, conforme a su espléndida riqueza en Cristo Jesús” (Flp 4,19). Y en el Salmo hemos cantado: “El Señor es mi Pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar: me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas” (Sal 22,1-2). Y un poco más adelante afirmaba: “Aunque camine por cañadas oscuras nada temo: tu vara y tu cayado me sosiegan” (Sal 22,4).

No hay entrega, ni fidelidad, ni amor verdadero sin servicio generoso. Cuanto más nos entregamos, cuanto mejor servimos, más sufrimos. Pero no tengáis miedo: ese es el precio que hay que pagar para acercar los hombres a Dios, para invitarles al banquete de la Palabra, de la Eucaristía, de la comunión con Dios.

Desearía que, cada uno de vosotros, queridos ordenandos, acogierais como dirigidas a vosotros estas palabras de San Ignacio a San Policarpo: “Desempeña el cargo que ocupas con toda diligencia corporal y espiritual. Preocúpate que se conserve la concordia que es lo mejor que puede existir. Llévalos a todos sobre ti, como a ti te lleva el Señor. Sopórtalos a todos con espíritu de caridad, como siempre lo haces. Dedícate continuamente a la oración. Pide mayor sabiduría de la que tienes. Mantén alerta tu espíritu, pues el espíritu desconoce el sueño. Háblales a todos al estilo de Dios. Carga sobre tí, como perfecto atleta, las enfermedades de todos. Donde hay más fatiga, también hay mucha ganancia” (Carta de San Ignacio de Antioquía a San Policarpo de Esmirna, 1,1).

Queridos todos: Dentro de unos momentos suplicaré al Señor para que derrame el Espíritu Santo sobre nuestros hermanos, con el fin de que les “fortalezca con los siete dones de su gracia y cumpla(n) fielmente la obra del ministerio”. Unámonos todos en esta oración para que estos acólitos obtengan esta nueva efusión del Espíritu Santo. Y oremos a Dios, fuente y origen de todo don, que nos conceda nuevas vocaciones al ministerio ordenado. A Él se lo pedimos de las manos de María, la Virgen del Pilar, por Jesucristo Nuestro Señor. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de la Virgen del Rosario

Basílica de San Pacual de Villareal – 5 de octubre de 2008

(Za 2, 14-17; Magnificat; Hech 1,12-14; Lc 1,26-38)

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor

El Señor nos convoca un año más en torno a la mesa del Pan de la Palabra y de la Eucaristía para honrar y venerar a vuestra patrona, querida Asociación de la Virgen del Rosario. Este Domingo os toca a vosotras, las no casadas. Os saludo de corazón a todas y os agradezco vuestra delicadeza al invitarme a presidir esta Eucaristía. Saludo también a todos cuantos habéis acudido a esta Basílica de San Pascual en esta mañana de primer Domingo de octubre, mes misionero y mariano, mes del Rosario. Saludo con afecto los párrocos de San Jaime, al Sr. Arcipreste de Villareal y a los sacerdotes concelebrantes, a toda la comunidad parroquial que nos acoge, a las niñas de primera Comunión.

Un saludo muy especial a todos los que estáis unidos a nuestra celebración a través de la radio, en especial a los enfermos e impedidos. Con vuestra presencia y participación queréis mostrar vuestro cariño, vuestra sincera devoción y vuestro amor a la Madre, la Virgen del Rosario.

La palabra de Dios que hemos proclamado en la Misa de este día de fiesta, nos muestra a María, la madre de Dios, que escucha con fe, acoge con prontitud y vive con fidelidad la Palabra de Dios.

“Aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra” (Lc 1, 38). Así responde Maria al anuncio del Ángel, que ella ha sido la agraciada y elegida por Dios para ser la madre de su Hijo, la Madre del Verbo de Dios. Gracias a esta disponibilidad total de María a la palabra de Dios por medio del ángel, la Palabra misma de Dios, se hace carne en su seno virginal. En verdad, con Zacarías podemos cantar a María: “Alégrate y goza, hija de Sión, que yo vengo a habitar dentro de ti” (Za 2, 14-17; 14). María, la Madre del Hijo de Dios, el Verbo de Dios hecho carne, no sólo nos da a Dios, sino que dirige nuestra mirada a la Palabra de Dios, nos congrega en torno a sí en oración como a los Apóstoles (Cf. Hech 1,12-14), para que aprendamos acoger con fe como ella toda palabra que sale de la boca de Dios.

Hoy precisamente la Iglesia universal comienza en torno al sucesor de Pedro, el Papa Benedicto XVI, un Sínodo de Obispos dedicado a la Palabra de Dios en la vida y misión de la Iglesia y de los creyentes. Es bueno que miremos a María, modelo para todo creyente del modo cómo hemos de acoger y vivir la Palabra de Dios. Desde la misma anunciación, María es la maestra y el modelo viviente del encuentro personal y comunitario con la Palabra de Dios: ella la escucha y acoge con fe, la medita e interioriza, y ella la vive la Palabra de Dios, la pone en práctica. Sí: hermanos y hermanas: María es la mujer de la Palabra de Dios.

Quizá sea el Magníficat, que hemos escuchado en el salmo, la mejor muestra de María como mujer de la Palabra. Como nos dice Benedicto XVI, esta poesía de María, en que ella nos muestra su alma, “es un “tejido” hecho completamente con ‘hilos’ del Antiguo Testamento. En el Magníficat podemos ver que María ‘se sentía como en su casa’ en la Palabra de Dios: María vivía de la palabra de Dios, estaba configurada por ella. Ella hablaba con palabras de Dios, pensaba con palabras de Dios; sus pensamientos eran los pensamientos de Dios; sus palabras eran las palabras de Dios. Estaba penetrada de la luz divina; por eso era tan espléndida, tan hermosa, tan buena; por eso irradiaba amor y bondad. María vivía y estaba impregnada de la Palabra de Dios.

Al estar inmersa en la palabra de Dios, al tener tanta familiaridad con ella, recibía también la luz interior de la sabiduría. Quien piensa con Dios como María, piensa bien; y quien habla con Dios como María, habla bien, tiene criterios de juicio válidos para todas las cosas del mundo, se hace sabio, prudente y, al mismo tiempo, bueno; también se hace fuerte y valiente, con la fuerza de Dios, que resiste al mal y promueve el bien en el mundo.

Cuando cantamos y proclamamos el Magnificat, María habla con nosotros, nos habla a nosotros, nos invita a conocer la Palabra de Dios, a amarla, a vivir con ella, a pensar con ella.

Todo cristiano, vosotras queridas hijas, estamos llamados a conocer y amar a Jesucristo y su Palabra, como María lo hizo, para unirnos con Él, imitarle, seguirle y testificarle. Pero, como dice San Jerónimo, quien no conoce la Escritura, no conoce a Jesucristo. Por ello hoy debemos preguntarnos: ¿leemos la Sagrada Escritura, escuchamos con fe como María al Dios que nos habla? Las encuestas dicen que sólo el 20% de los españoles leemos la Biblia. Quizá tengamos una Sagrada Escritura en casa, pero ¿la leemos?

La Sagrada Escritura es la Palabra de Dios vivo; en ella Dios, “sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos” (DV 2). Puede, sin embargo, que nos resistamos a leerla y escucharla. Recordemos la parábola de sembrador: la semilla, que es la Palabra de Dios, cae en terreno pedregoso, o en tierra poco profunda, o entre cardos y abrojos (cf. Mt 13,1-9). También cayó en tierra buena y dio fruto. Puede que el campo de nuestra alma esté condicionado para leer y acoger la Palabra de Dios. Nuestro corazón endurecido ante Dios, nuestras preocupaciones diarias, nuestros pequeños ídolos, el ambiente de la ciencia positiva y de la técnica ahoga con frecuencia las preguntas importantes de nuestra vida. El pluralismo ideológico actual en el que cualquier opinión es válida, nos induce también a ser escépticos hacia la Verdad. Puede que la cultura actual, que considera la Biblia como un residuo anacrónico, una ideología que se resiste a morir o una palabra extraña para el hombre moderno, haya hecho mella también en nuestro interior.

Entristece que, por la razón que sea, una gran mayoría desconoce la Biblia. La ignorancia de la Sagrada Escritura es considerable entre nosotros. Vivimos lejos de la Palabra de Dios. Y debemos salir de esa ignorancia. Es urgente favorecer el encuentro de los cristianos con la Palabra de Dios. Es preciso que la Palabra de Dios circule en nuestra Iglesia, en nuestras comunidades, en nuestras casas, en vuestra asociación. Necesitamos escuchar con atención religiosa la Palabra de Dios en la Eucaristía, leerla en casa personalmente y en familia, precisamos conocerla y rezarla en los grupos bíblicos. Sé, que vosotras rosarieras, os reunís habitualmente en vuestra casa social para distintas actividades culturales. Y ¿por qué no para la lectura, escucha y conocimiento de la Sagrada Escritura de la mano de vuestros sacerdotes?

La Palabra de Dios escuchada y explicada, compartida y convertida en fuente de oración, tiene un frescor y un sabor que no poseen otros alimentos del espíritu. “La Palabra de Dios -decía san Ambrosio- es la sustancia vital de nuestra alma; la alimenta, la apacienta y la gobierna; no hay nada que pueda hacer vivir el alma del hombre fuera de la Palabra de Dios”. “Es tanta la eficacia que radica en la palabra de Dios -añade la Dei Verbum-, que es, en verdad, apoyo y vigor de la Iglesia, y fortaleza de la fe para sus hijos, alimento del alma, fuente pura y perenne de la vida espiritual. Y el Papa Benedicto XVI nos recuerda que “la asidua lectura de la Sagrada Escritura acompañada de la oración realiza ese íntimo coloquio en el que, leyendo, se escucha a Dios que habla, y orando se le responde con confiada apertura de corazón”.

Como nos dice el Apóstol Santiago (St 1,18-25) hemos de leer con fe y acoger con docilidad la Palabra de Dios. Es lo que nos enseña María, la Virgen del Rosario. Como ella ‘fijemos la mirada’ en la Palabra; es decir meditemos en nuestro corazón y contemplemos con fe la Palabra, sabiendo que Dios nos habla. En el espejo de la Palabra no sólo nos vemos a nosotros mismos, porque nos descubre cómo somos y nos interpela; pero sobre todo, vemos también el rostro de Dios; mejor: vemos el corazón de Dios. La Escritura es una carta de Dios vivo a su criatura; en ella se aprende a conocer el corazón de Dios en las palabras de Dios. Dios nos habla en la Escritura, y lo que colma su corazón es el amor.

Jesús mismo, sin embargo, nos dice que no basta con escuchar la Palabra; es necesario ponerla por obra, vivir como María la Palabra y desde la Palabra de Dios. A aquellos que le dicen que su madre y sus hermanos está fuera y le buscan, les replica: “Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen” (Lc 8,21). Sin “poner por obra la Palabra”, sin obedecerla, todo se queda en ilusión, en construcción en arena. ¡Cómo lo entendió y vivió la Virgen! “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. Y la Palabra de Dios dio forma a toda su vida.

A María, la Virgen del Rosario, le pido hoy que nos ayude a conocer, acoger y vivir la Palabra de Dios. Siguiendo sus huellas y su ejemplo conoceremos el rostro y el corazón de Dios; conoceremos a Jesucristo, el Hijo de María Hijo, el Verbo Encarnado, que avivará nuestra fe y vida cristiana, familiar y asociativa. Conocer, comprender, creer y amar a Jesucristo -nuestro Salvador- es lo más grande que se nos puede regalar. Maria es nuestra maestra en la escucha dócil y disponible hacia la Palabra de Dios. Que María, la Virgen del Rosario, nos ayude a saber escuchar a Dios y a su Hijo en nuestra vida; así se fortalecerá nuestra fe y vida cristiana. ¡Que ella nos ayude a vivir como discípulos y testigos de su Hijo y del Evangelio en el mundo! Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Apertura del Curso Pastoral

Iglesia del Seminario Diocesano ‘Mater Dei’

27 de septiembre de 2008

 

Siguiendo la llamada del Señor iniciamos este nuevo curso pastoral. Y lo hacemos desde la Eucaristía, centro y cima de la vida de todo cristiano, de toda comunidad cristiana y de la misma Iglesia: aquí en la Eucaristía esta la fuente de nuestra comunión y de nuestra misión.

Al poner en marcha este curso un nuevo Plan Diocesano de Pastoral, el Salmista nos invita a “aclamar al Señor” (Sal 95). Por este nuevo Plan damos gracias a Dios y bendecimos su nombre: es un nuevo don de Dios a nuestra Iglesia Diocesana; obra de muchos de nosotros para el bien de todos, surgido de la oración y de la reflexión, no podemos por menos de ver en este Plan la mano amorosa del Señor. Visto con ojos de fe, es el sendero que el Señor nos señala como Iglesia suya en este momento concreto de la historia; en nuestra reflexión y trabajo, el Señor mismo es quien nos llama, nos guía y nos alienta por la fuerza de su Espíritu. Acojámoslo, pues, con corazón agradecido, dispuestos a escuchar su palabra y a seguir sus caminos.

Felipe bajó a la ciudad de Samaría y predicaba allí a Cristo” (Hch 8,5), así hemos escuchado en la primera lectura. Predicar a Cristo: Este el programa de siempre y siempre nuevo de nuestra Iglesia. No nos hemos dado en el PDP un nuevo programa. “El programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el evangelio y la tradición viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en Él la vida trinitaria y transformar con Él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste” (NMI, n. 29). La tarea de nuestra Iglesia es la evangelización: llevar a Jesús y su Evangelio de amor y de vida a todas las gentes. Jesucristo es la Luz de las gentes, el Camino, la Verdad y la Vida del mundo.

Pero este anuncio se dirige siempre a unos hombres y mujeres concretos, en una situación histórica, social y cultural determinada. Como Iglesia diocesana nos hemos preguntado, cómo podemos hoy cumplir nuestra misión, siendo fieles a Jesucristo y a su Evangelio en la Tradición viva de la Iglesia y atendiendo, a la vez, al hombre actual en una situación social y cultural concreta.

Si miramos a nuestra sociedad y a nuestra Iglesia actuales detectaremos luces y sombras. Junto a muchas cosas buenas, que se dan entre nosotros, hay realidades especialmente preocupantes. Vivimos en una sociedad, en la que la mayoría están bautizados, pero con un índice de práctica religiosa bajo y descendente. Entre nosotros avanza la increencia, la indiferencia religiosa y la apostasía silenciosa y también explícita de la fe. El número de quienes plantean y viven su existencia al margen de Dios, de Cristo y de los valores evangélicos, se va extendiendo en nuestra sociedad; la secularización va calando también las entretelas del alma de muchos cristianos, niños, jóvenes y adultos, de nuestras familias e, incluso, en la mente y en el corazón de los pastores.

Junto a una participación muy alta de niños en la catequesis de primera comunión y aún alta en la de la confirmación, es muy débil el proceso de maduración personal en la fe y en la vida cristiana. La transmisión de la fe a los niños, adolescentes y jóvenes, como algo que dé sentido global a su vida presente y futura, es cada vez más escasa en las familias y se hace cada día más difícil en las comunidades. Podemos constatar un debilitamiento de la fe y vida cristiana de nuestros fieles, un alejamiento progresivo de la vida en la comunidad eclesial por parte muchos cristianos, especialmente de jóvenes, de matrimonios jóvenes y de familias. Nuestros cristianos y nuestras comunidades cristianas adolecen no pocas veces de vigor evangelizador en su vida y en su misión transformadora del mundo. No querría ser negativo, pero así se deduce de las aportaciones que habéis hecho en la preparación de este Plan.

Por todo ello creemos que, para acometer hoy con nuevo ardor la tarea permanente y siempre nueva de la evangelización, es prioritario ayudar a descubrir, valorar y fortalecer la vocación cristiana de todos los fieles y de las comunidades cristianas; ayudar a los jóvenes, a los matrimonios y a las familias cristianas a acoger y vivir la propia vocación; hemos de promover y fortalecer las vocaciones al laicado adulto, a la vida consagrada y al ministerio ordenado. En el momento que vive nuestra Iglesia y nuestra sociedad es, sobre todo, urgente que los cristianos redescubramos, fortalezcamos y vivamos nuestra propia identidad cristiana, nuestra vocación personal y eclesial. Sólo una Iglesia viva y evangelizada en sus miembros y en sus comunidades, sólo una Iglesia vivificada por el Espíritu del Señor en su fe, en su esperanza y en su caridad, desde la escucha obediente y orante de la Palabra de Dios, la celebración de los Sacramentos de la gracia y el compromiso caritativo y social de sus miembros y de sus comunidades, tendrá el vigor necesario para evangelizar nuestro mundo.

Os ruego que andéis como pide la vocación a que habéis sido convocados”, así exhorta san Pablo a los cristianos de Éfeso (Ef 4,1). La vocación, de que habla aquí san Pablo, no es cuestión de unos pocos. La exhortación va dirigida a todos los cristianos porque todos somos llamados: a los niños y los adolescentes, a los jóvenes y a los adultos.

En la base de todo existe una vocación común: todos hemos sido llamados a la Vida de Dios, a la santidad. Dios, al crearnos por puro amor y gratuidad, nos llama a la vida, y una vida en plenitud. “Antes de formarte en el vientre te escogí” (Jer 1, 4). Esa es nuestra identidad: somos hijos suyos, creados a su imagen y semejanza y llamados a participar de su propia vida. Por esta vocación, que es personal e irrepetible, cada uno podemos vivir en comunión con Dios, siendo capaces de dialogar con Él, de colaborar con Él. Nuestra vida es un proyecto, y un proyecto posible: es llamada de Dios, deseo de Dios.

El camino para ello es la fe en Cristo y el Bautismo, la vida de unión con Él, alimentada en la escucha orante de su Palabra y la participación frecuente en los Sacramentos de la gracia, la santidad de vida, la perfección en el amor. Como cristianos estamos llamados a la unión con Cristo en una vida según la novedad de la gracia recibida por la regeneración de las aguas bautismales. La llamada de cada uno de nosotros en Cristo es personal y está inscrita desde siempre en un proyecto que el Padre tiene para cada uno de nosotros. Esta llamada a realizar la propia vida en comunión con el Padre por medio de Cristo en el Espíritu Santo es la suprema realización individual y comunitaria del hombre. Y esta llamada, hermanos, se actúa en la Iglesia, que es el “sacramento” de salvación para todos los hombres (LG 1), lugar de la presencia del amor de Dios manifestado y realizado en Cristo. La unión con Cristo se realiza en la comunidad de los creyentes, en la Iglesia. Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, una sola fe, un solo Señor, un solo bautismo, un Dios, Padre de todo, nos dice San Pablo (cfr. Ef 4-6). No es posible separar a Jesucristo de su cuerpo, la Iglesia, ni a la Iglesia de Cristo, su cabeza. Todo intento de vivir la vocación cristiana al margen de la Iglesia, de su vida y de su misión, nos alejará de Cristo, nos llevará al fracaso.

Por otra parte, cada cristiano tiene su lugar propio en la vida de la Iglesia y en su misión de evangelizar, y realiza su propia misión por medio del don particular recibido del Espíritu Santo. “A cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo” (Ef 4,11). Este don del Espíritu Santo es lo que especifica, lo que hace personal e irrepetible la vocación común a todos. De la variedad de carismas nacen las diversas vocaciones específicas: al ministerio ordenado, a la vida consagrada, a la vida laical en el mundo, al matrimonio y a la familia, a la virginidad consagrada. Todo cristiano que quiera ser fiel a la llamada del Señor y al don del Espíritu, ha de acoger y realizar su propia vocación específica.

Las diversas vocaciones específicas son complementarias, se completan mutuamente. Este hecho requiere que conozcamos las diversas vocaciones con las que el Espíritu Santo enriquece hoy a nuestra Iglesia; pero también requiere que las acojamos, respetemos, valoremos y promovamos. Como Iglesia debemos preocuparnos del desarrollo de todas las vocaciones que suscita el Espíritu Santo para el bien de toda nuestra Iglesia, de sus miembros y de sus comunidades. Todas las vocaciones están al servicio del crecimiento de la comunión eclesial y al servicio de su misión evangelizadora; son modalidades diversas que se unifican profundamente en el “misterio de comunión” de la Iglesia y están, como ella, al servicio de la misión. En la variedad de las vocaciones se manifiesta la riqueza infinita del misterio de Cristo.

Toda vocación es un don al servicio de la misión evangelizadora de la Iglesia. Dios llama a cada uno para que sea la manifestación de la Buena Nueva, de su amor a la humanidad, según la vocación recibida. Por eso Dios llama para enviar a cada uno al servicio de sus hermanos, en la Iglesia y en el mundo, uno servicio determinado por los dones particulares con que lo ha enriquecido.

En el evangelio de hoy, Jesús le pide a Pedro: “Rema mar adentro, y echad las redes para pescar” (Lc 5,4). La respuesta de Pedro está llena de escepticismo; la invitación del Señor le parece descabellada, incluso absurda. La pesca tiene sus horas propicias, fuera de las cuales es inútil intentarlo; ellos se han pasado toda la noche pescando, y no han tenido resultado alguno. Pero, “puesto que Tú lo dices, echaremos las redes” (Lc 5,5). Es decir, Pedro se fía de la palabra de Jesús, confía plenamente en Él, más que en la lógica de su experiencia de pescador. Y el resultado de la acogida de la palabra de Jesús, de su confianza plena en Él, es un resultado imprevisible e impensable.

Al comenzar un nuevo curso y un nuevo Plan Diocesano de Pastoral, el Señor nos invita de nuevo a recuperar el amor primero, a volver nuestra mirada a Él, a confiar en su palabra, a contar con su presencia en medio de nosotros. Él nos dice hoy de nuevo: “remad mar adentro” y “echad de nuevo las redes” en el amplio mar de vuestra vida, de las comunidades, de la sociedad. Él nos invita a acoger y a reavivar el don de la propia vocación personal y comunitaria. El Señor nos llama a echar de nuevo las redes de su Evangelio para que llegue a nuestras comunidades, a los jóvenes y a las familias, a la sociedad y al mundo.

Frente a nuestros cansancios y temores, ante una situación religiosamente adversa o indiferente a la propuesta del Evangelio, ante nuestro escepticismo, acojamos la invitación del Señor, fiémonos de su palabra y se hará posible lo que humanamente parece impensable. Fiados de su palabra avivemos nuestra confianza en Él y retomemos el aliento necesario para el camino. Y digamos con Pedro. “En tu nombre, Señor, echaremos las redes”.

Miremos a María, Madre de la Iglesia, que hoy también nos dice: “Haced lo que Él os diga”. Bajo su amparo maternal pongo a toda nuestra Iglesia al comienzo de este curso y al inicio de esta nueva etapa pastoral. ¡Que ella nos guíe, nos aliente y nos proteja a todos en nuestro peregrinaje en la fe, en el seguimiento de su Hijo según la propia vocación y en todo nuestro trabajo pastoral!

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de la Virgen de la Cueva Santa

S.I. Catedral de Segorbe – 7 de septiembre de 2008

(Judit 13, 17-20; Romanos 5, 12.17-19; Lucas 1, 39-47)

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor!

Como cada año, en este primer domingo de septiembre, el Señor nos ha convocado en torno a la mesa de su Palabra y de su Eucaristía para honrar a María, la Virgen de la Cueva Santa, la Patrona de Segorbe. Os saludo de corazón a todos cuantos habéis acudido a esta celebración para mostrar  así vuestro sincero amor de hijos a la Virgen Madre. Saludo cordialmente al Ilmo. Cabildo Catedral y a los sacerdotes concelebrantes, a toda la Ciudad de Segorbe, al Sr. Alcalde y a la Corporación Municipal, a las autoridades que nos acompañan, a las Reinas Mayor e Infantil de las Fiestas y a sus damas.

Durante los nueve días de la novena, cada día protagonizado por una las distintas asociaciones, os habéis ido preparando para este día central de nuestras fiestas patronales. Con la emotiva ofrenda de flores, ayer tarde, mostrabais y demostrabais una vez más el cariño y el amor, la fe y la devoción de los segorbinos a la Virgen de la Cueva Santa. Ahora en esta Eucaristía damos gracias a Dios por la Virgen de la Cueva Santa, por su patrocinio y por su protección; agradecemos a Dios todos los dones que, generación tras generación, nos ha dispensado a través de su intercesión maternal. Esta tarde, miramos, honramos y rezamos a María; ella nos acoge con amor de Madre; ella cuida de muestras personas y de nuestras vidas; ella camina con nosotros. ¿Qué sería de nosotros, de nuestras familias y de Segorbe sin la protección maternal de la Virgen de la Cueva Santa en el pasado y en el presente?

Hoy sentimos de un modo especial la cercanía maternal y la presencia amorosa de la Virgen. Con gozo espiritual contemplamos a la Virgen María, “la más humilde y a la vez la más alta de todas las criaturas, término fijo de la voluntad eterna”, como canta el poeta Dante (Paraíso, XXXIII, 3). En ella resplandece la eterna bondad del Creador que, en su plan de salvación, la escogió de antemano para ser madre de su Hijo unigénito y, en él, nuestra Madre nuestra.

En el evangelio de hoy hemos escuchado, una vez más, el canto del “Magníficat”. Es la respuesta de María a las palabras de saludo de su prima Isabel: “¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!”. Y María, la mujer sencilla y humilde, le responde con el Magníficat, ese hermoso canto que brota de su corazón bajo la inspiración del Espíritu Santo. En esas palabras queda reflejada el alma de la Virgen. En este canto podemos ver a María tal cual ella misma es. (Benedicto XVI)

Mi alma “engrandece” al Señor, canta María. La Virgen proclama que el Señor es grande. Ella sabe muy bien que cuanto es y cuanto tiene, cuanto de ella se dice, se lo debe todo enteramente a Dios, a su amor gratuito y precedente. Por ello, la Virgen canta la grandeza de Dios y así dirige la mirada de su prima Isabel y la nuestra a la grandeza de Dios en ella. “María sabe que Dios ha sido grande en su vida y desea que Dios sea grande en su vida, que Dios sea grande en el mundo, que Dios esté presente en todos nosotros. María no tiene miedo de que Dios sea un ‘competidor’ en su vida o en la nuestra; María no tiene miedo de que Dios con su grandeza pueda quitarle o quitarnos algo de nuestra libertad, de nuestro espacio vital. Ella sabe que, si Dios es grande y porque Dios es grande, también ella y nosotros somos grandes. Dios no oprime la vida del ser humano; todo lo contrario: Dios la eleva y la hace grande: precisamente entonces se hace grande con el esplendor de Dios.

El hecho de que nuestros primeros padres pensaran lo contrario fue el núcleo del pecado original. Temían que, si Dios era demasiado grande, quitaría algo a su vida. Y apartaron a Dios a fin de tener espacio para ellos mismos. Y como nos recuerda San Pablo, así “entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron” (Rom 5,12).

Lo mismo sucede en la época moderna y en la actualidad. Se piensa y se cree que, apartando a Dios y siendo el hombre autónomo, siguiendo sus propias ideas y su voluntad, llegará a ser realmente libre, y podrá hacer lo que le apetezca sin tener que obedecer a nadie. Pero cuando Dios desaparece, el hombre no llega a ser más grande; al contrario, pierde la dignidad divina, pierde el esplendor de Dios en su rostro. Al final se convierte sólo en el producto de una evolución ciega, del que se puede usar y abusar. Eso es precisamente lo que está confirmando la experiencia de nuestra época.

Ahí está el verdadero problema de nuestro tiempo: la quiebra de humanidad, o sea, la falta de una visión verdadera del hombre, que es inseparable de Dios. El error fundamental del hombre actual es querer prescindir de Dios en su vida, erigirse a sí mismo en el centro de su existencia, suplantar a Dios, querer ser dios sin Dios. (Benedicto XVI).

La Virgen nos muestra que el hombre es grande, sólo si Dios es grande. Con María debemos comenzar a comprender que es así. No debemos alejarnos de Dios, sino hacer que Dios esté presente, hacer que Dios sea grande en nuestra vida; así también nosotros tendremos todo el esplendor de la dignidad divina.

María nos muestra y canta el señorío y la grandeza del Dios único, en el que todo hombre encuentra su luz y su sentido, la libertad y la felicidad. Toda la humanidad está necesitada de la luz y de la verdad de Dios; esta necesidad es un verdadero clamor en nuestros días. María, la Virgen de la Cueva Santa, es faro en la oscuridad de nuestra noche, faro que nos conduce hacia la Luz, que es Dios: porque ella es bendita y dichosa porque acoge y cumple la Palabra de Dios, fuente de gracia y de salvación; ella es bienaventurada porque ha creído, ella es grande porque ha dejado a Dios ser grande en su vida. La Virgen María nos enseña a vivir con la confianza puesta enteramente en Dios. María nos muestra que el reconocimiento de Dios reclama la acogida y la obediencia fiel a Dios, la disponibilidad plena a su amor, la apertura ilimitada a la voluntad de Dios. Y esto es fuente de dicha, gozo del don y de la gracia, de vida y libertad, raíz y cumplimiento de la esperanza.

En el Magníficat, María nos canta la verdad de Dios, que no es otra sino su misericordia infinita, su obra que engrandece, levanta, libera y salva al hombre, las maravillas que Él ha hecho, hace y hará en favor de los hombres. Esta es la verdad de Dios, que ha hecho en ella maravillas en María.

Y ésta es también la verdad del hombre. Esta es la grandeza de todo ser humano: ser de Dios, ser criatura suya, amada por Él, imagen y semejanza suya. Ser de Dios y vivir para Dios, mostrar a Dios y dejar que aparezca su grandeza en el hombre, vivir la obediencia a Dios y cumplir su voluntad, ésta es la más genuina verdad del ser humano.

Todo cambia si hay Dios o si, por el contrario, no hay Dios en la vida. El hombre es grande sólo si Dios es Dios, si Dios es grande, todopoderoso, creador y señor de todo. El olvido de Dios o su rechazo trae el tiempo de indigencia y pequeñez humana que nos toca vivir, a pesar de las apariencias. No tener a Dios es la mayor de las pobrezas humanas: al hombre le falta todo cuando le falta Dios, porque le falta cuanto de verdad puede llenar su corazón grande, su alma sedienta de bien, de amor, de verdad, de hermosura, de felicidad, de grandeza; cuando al hombre le falta Dios pierde el esplendor y la grandeza de Dios en su rostro. Eso es lo que ha confirmado la experiencia de nuestra época. Sólo desde Dios, sólo a partir de Él, la tierra llegará a ser humana, la tierra será habitable a la luz de Dios.

No nos dejemos llevas por las voces empeñadas en hacer desaparecer a Dios de nuestra vida, de nuestras familias, de la educación de niños, adolescentes y jóvenes, de la cultura y de la vida pública. La historia, incluso la historia muy reciente, demuestra que no puede haber una sociedad libre, ni verdadero progreso humano al margen de Dios. El olvido o rechazo de Dios quiebra interiormente el verdadero sentido de las profundas aspiraciones del hombre, debilita y deforma los valores éticos de convivencia, socava las bases para el respeto de la dignidad inviolable de toda persona humana y priva del fundamento más sólido para el amor, la justicia, el bien, la libertad y la paz. Quien no conoce a Dios, no conoce al hombre, y quien olvida a Dios acaba ignorando la verdadera grandeza y dignidad de todo hombre.

En este día de fiesta damos gracias al Señor por el don de esta Madre y pidamos a María que nos ayude a encontrar el buen camino cada día. Ella acoge el amor de Dios con gratitud y gozo: “Proclama mi alma la grandeza del Señor”. María acoge a Dios con fe y confianza plenas. Que de manos de María sepamos acoger en nuestras vidas al Dios que nos ama hasta el extremo en Cristo Jesús, hoy y todos los días de nuestra vida. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta del Ssmo. Cristo del Calvario

 

Iglesia Parroquial de L’Alcora, 31 de agosto de 2008

(Nm 21, 4b-9; Sal 77; Flp 2,6-11; Jn 3, 13-17)

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor

Un año más celebráis con gran alegría la fiesta del Ssmo. Cristo del Calvario. Agradezco de todo corazón la invitación de vuestros sacerdotes a presidir esta Eucaristía en el día de vuestras fiestas patronales. Me alegro poder celebrarla con vosotros y comprobar personalmente vuestra gran devoción al Santísimo Cristo del Calvario. Es ésta una devoción con una larga tradición entre vosotros, que año tras año expresáis durante estos días.

Vuestra devoción al Ssmo. Cristo del Calvario no puede quedar reducida a una bella tradición del pasado, heredada de nuestros mayores, o unos actos populares; pero una tradición y unos actos, que, al fin y a la postre, no tendrían incidencia alguna en vuestro presente. La Santa Misa Solemne y la procesión de esta noche nos llevan como de la mano a la fuente y al centro de nuestra celebración, de nuestras fiestas: y éstos no son otros sino Jesucristo.  Sólo si nuestra celebración está anclada en una fe viva en Cristo Jesús, el Señor muerto y resucitado para la vida del mundo, se mantendrá también viva vuestra devoción, y ésta será fuente permanente de vida cristiana para todos nosotros y de esperanza para vuestro pueblo de L’Alcora. Nada hay que signifique más para un cristiano y para una comunidad cristiana que la experiencia del encuentro con Cristo resucitado y la vivencia de la fe en Cristo. Toda la vida de un cristiano y de una comunidad cristiana pende y depende de su fe, del grado y de la energía de su fe. Por eso hoy nos exhorta el salmista: “No olvidéis las acciones del Señor”  (Sal 77). Y, si somos sinceros y agradecidos, ¡cómo no recordar y reconocer, ante todo, la acción y el apoyo de Dios en vuestra historia a través del Santísimo Cristo del Calvario!

Sí, hermanos y hermanas: En el centro de nuestra celebración está Cristo, clavado en la Cruz. Y la Cruz es la manifestación suprema del amor de Dios hacia la humanidad, hacia todos y cada uno de nosotros. ‘Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”, leíamos en el Evangelio de San Juan (3, 15).

En la Cruz, Cristo nos manifiesta el verdadero rostro de Dios. Un Dios que es Amor infinito, eterno y fiel, compasivo y misericordioso. Por puro amor, Dios nos ha llamado a la existencia, nos ha creado a su imagen y semejanza, y nos invita a participar de su misma vida. Dios no es un competidor del ser humano, de su deseo de libertad o de su anhelo de felicidad. Al contrario: Dios quiere que el hombre viva, que sea verdaderamente libre y feliz. Tal es su amor, que Dios ni tan siquiera nos abandona, cuando en uso de nuestra libertad rechazamos su amistad y su amor: Dios en su amor compasivo y misericordioso, sale a nuestro encuentro para darnos el abrazo del perdón y de la reconciliación. Dios envía a su mismo Hijo, para recuperarnos del mundo de las tinieblas, de la esclavitud y de la muerte.

En la Cruz está clavado el Hijo de Dios. El ha asumido nuestra naturaleza humana, se ha despojado de su rango, ha tomado la condición de esclavo y se he hecho uno de tantos; el Hijo de Dios se ha unido a todos nosotros, ha compartido nuestro destino, hasta la muerte. En la Cruz de Cristo está nuestra redención, nuestra Salvación, porque la muerte no es final. Cristo vive, porque ha resucitado. Dios lo ‘levantó sobre todo y le concedió el ‘Nombre-sobre-todo-nombre’. Venid y adorémosle;  proclamemos juntos ‘Jesucristo es el Señor”, él es nuestra Salvación.

En la Cruz, el Dios-Hijo sufre por amor hacia todos para devolvernos a la vida y al amor de Dios. Este Cristo nos muestra que Dios hace suyos nuestros abandonos y desvaríos, nuestro dolor, nuestro pecado y nuestra muerte. Dios no nos deja solos en la noche oscura de este mundo, en nuestras dudas y desesperanzas, en las tinieblas del sufrimiento, del dolor y de la muerte. En Cristo Jesús, Dios mismo, nos busca y sale nuestro encuentro en su mismo Hijo porque nos ama y nos sigue amando cuando nos alejamos de El por el pecado. Dios quiere para todo hombre la vida sin límites, feliz, inmortal y eterna.

En Cristo, Dios mismo nos manifiesta cuál es su plan sobre toda la creación y, en particular, sobre el hombre. Preguntas como qué somos y quiénes somos los hombres, de dónde procedemos y hacia dónde caminamos, cuál es el sentido de nuestra existencia y de nuestra historia, encuentran en Jesús su respuesta definitiva. En El, el ser humano es elevado a la dignidad de ser hijos en el Hijo (TMA 4).

Hoy, mirando al Santo Cristo podemos preguntarnos ¿Cómo está nuestra fe en Dios y en su Hijo Jesucristo? ¿No es verdad que también nosotros, hijos amados de Dios, puede que vivamos con frecuencia como si Dios no existiera? Es posible que nos dejemos arrastrar por la mentalidad dominante, y rechacemos de hecho nuestra condición de hijos amados por Dios. Puede que nos hayamos alejado de él; que nos avergoncemos de nuestra condición de cristianos; que reduzcamos nuestra fe cristiana a momentos puntuales de culto, sin ninguna incidencia en nuestra vida: en la vida personal y ciudadana, en la vida matrimonial y familiar, en la vida cultural y social o en la educación de los niños, de los adolescentes y de los jóvenes.

Como ocurriera al Pueblo de Israel en el desierto, también nosotros, extenuados del camino, murmuramos de Dios, nos alejamos de Él y de su Hijo, Jesucristo, de su Palabra, de sus mandamientos, de sus Sacramentos, nos alejamos de la comunidad de los creyentes, de su Iglesia. Si somos sinceros confesaremos que también nosotros, damos la espalda a Dios, dejamos de lado a Jesucristo, somos cobardes cuando un laicismo radical quiere marginar a Dios de nuestras vidas e imponernos una cultura sin Dios. Si somos sinceros reconocemos que también nosotros intentamos saciar nuestra sed de verdad y de vida en fuentes contaminadas, incapaces de saciar nuestra sed felicidad y de salvación.

Hoy en el Cristo del Calvario, Dios sale una vez más a nuestro encuentro, porque nos ama. ‘Con amor eterno te he amado’ (Jer 31,3), ‘te he recogido en mis mas brazos’ (Sal 131,2), y aunque una madre se olvidara de su hijo, yo no me olvidaré de ti”. A los pies de este Cristo podemos descubrir que Dios es Amor por nosotros, porque él es Amor. Un Dios que nos ama con un amor siempre nuevo y personal, con un amor que le lleva hasta el límite del infinito dolor de la cruz, un amor que nos sigue amando y buscando pese a nuestros rechazos y desvaríos.

“Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna” (Jn 3, 14). Cristo Jesús es la respuesta de Dios a nuestra sed de verdad, de vida, de amor, de libertad y de felicidad. Y no hay otra respuesta a esta sed. Cristo no nos quita nada, Cristo nos da hasta su propia vida, para que tengamos vida. Cristo quiere saciar nuestra sed de vida, de felicidad, de libertad. Él es el Agua verdadera, no la superficial e inmediata de los valores fáciles de este mundo. Él es la verdad de Dios sobre el hombre, sobre el amor verdadero y la felicidad plena. Jesucristo nos ofrece el don de Dios que llega al corazón del hombre, el agua para nuestro peregrinar por el desierto de la vida hacia la Pascua definitiva. No tengamos miedo. Abramos nuestro corazón a Cristo.

No es verdad que el ser humano sea más grande, más libre y más feliz, cuando aparta a Dios de su vida. No es verdad que para ser buenos ciudadanos tengamos que prescindir de Dios y educar a nuestros hijos sin referencia alguna a Dios, a la verdad, al bien. Como pretende la nueva asignatura ‘Educación para la Ciudadanía’, obligatoria para todos los alumnos y todos los centros. La verdadera libertad es la libertad para hacer el bien. La verdadera felicidad sólo se encuentra en Dios, en su amor eterno e infinito, en el amor a Dios y en el amor al prójimo. Ni el poseer, ni el placer a toda costa saciarán nuestra innata sed de vida y de felicidad. No nos dejemos llevar por la moda imperante del laicismo que excluye a Dios de la vida humana, ni del hedonismo rampante que reduce la vida a ‘pan y circo’, ni del nihilismo que nos lleva a la destrucción y la nada. Nuestro origen y nuestro destino es la vida misma de Dios, que nos ofrece este Ssmo. Cristo del Calvario.

La historia de Israel y las palabras del Señor en el Evangelio nos deben interpelar en nuestra historia concreta y personal, en nuestras familias, en nuestra historia comunitaria. Dejemos que se avive nuestra fe en Cristo Jesús, muerto y resucitado para la vida del mundo. Porque Cristo ha dado su vida para que tengamos Vida. Quien de verdad se encuentra con Cristo, el Mesías, el Salvador, el Camino, la Verdad y la Vida, no sólo le sigue, sino que lo acoge en su vida y se entrega a Él. Quien descubre a Cristo, se siente llamado a proclamar y a llevar a Cristo a quienes tienen sed del agua viva, de la Verdad, del Amor y de la Felicidad, para que en Él sacien su sed. Por ello un creyente no puede guardar silencio cuando se niega la verdad del hombre, criatura de Dios, o no se respeta la dignidad y la vida humana desde su concepción hasta su muerte natural.

“El que cree en Cristo tendrá vida eterna” (Jn 3,14-17). El mundo tiene sed. Los niños, los adolescentes, los jóvenes y los adultos, nuestra sociedad siguen teniendo sed: sed de verdad pese al relativismo reinante, sed de amor pese al egoísmo imperante y sed de verdadera felicidad pese a los reclamos fáciles: en una palabra: nuestro mundo tiene sed de Dios. A los discípulos de Jesús, a los que hallan la vida sin contaminar en Cristo, en el amor de Dios derramado en su corazón por el don del Espíritu, les corresponde hoy devolver al mundo la verdadera esperanza. Pero esto no se consigue haciendo promesas sino creyendo en Cristo y en su Promesa, y dejándose conducir por el Espíritu de Cristo, en el seno de la Iglesia.

Acudamos al Santísimo Cristo, al estilo del pueblo de Israel, que después de haberse visto acosado por las mordeduras venenosas de las serpientes clavan su mirada ante la serpiente de bronce para verse liberados de la enfermedad.

Sin este Cristo, al que amáis, vuestra vida estaría falta de sentido. Al amor misericordioso de Dios, manifestado en la Cruz, encomendamos hoy a los niños, a los adolescentes y a los jóvenes, a nuestros matrimonios y a las familias, a los mayores, a los enfermos y a los necesitados, a todo el pueblo de L’Alcora.

Que María, la Virgen, que se mantuvo fiel a su Hijo Jesucristo hasta la Cruz, nos ayude a ser valientes en los momentos de dificultad en nuestra fe, en los momentos de sufrimiento y de dolor. Que ella nos lleve a Cristo, el camino la verdad y la vida. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón.