Fiesta de la Sagrada Familia

Homilía en la Fiesta de la Sagrada Familia

Jornada de la Familia y la Vida

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Concatedral de Santa María, Castellón – 26 de diciembre de 2009

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(Si 3,2-6.12.14; Sal 127; Col 3,12-21; Lc 2.41-52)

 

Amados todos en el Señor!

El domingo de la octava de la Navidad celebramos la Fiesta de la Sagrada Familia. La Navidad es la Fiesta del Amor de Dios: Dios se hace hombre por amor al hombre para hacerle partícipe de su vida y de su amor en el seno de una familia humana, la de Nazaret. Es en el seno de esta familia donde el Hijo de Dios, hecho hombre, fue acogido con gozo, nació y creció. Por ello, también la Iglesia en España celebra la Jornada por la familia y por la vida, que este año tendrá de nuevo su momento central en la Eucaristía que se celebrará mañana en la plaza de Lima en Madrid. También, nuestra Iglesia diocesana se unirá a esta gran fiesta de la Familia y lo hace ya hoy con esta Vigilia por la vida.

El evangelio de este domingo navideño nos sitúa ante una escena de la Sagrada Familia. José discreto, como siempre, Jesús en las cosas de su Padre y María guardando todas las cosas dentro de su corazón. Jesús, María y José tienen una palabra que decirnos. Han querido vivir divinamente la aventura hu­mana de la familia. Como dice Benedicto XVI, “la revelación bíblica es ante todo expresión de una historia de amor, la historia de la alianza de Dios con los hombres: por este motivo, la historia del amor y de la unión de un hombre y de una mujer en la alianza del matrimonio ha podido ser asumida por Dios como símbolo de la historia de la salvación”.

Esta tarde, nuestra mirada se dirige, en primer lugar y antes de nada, a la Sagrada Familia de Nazaret. Un padre carpintero que cuidó de Jesús y le inició en las artes de su oficio. Una madre generosa y entregada, que guarda en el silencio de su corazón el tesoro de su experiencia de vida, basada y centrada en Dios. Un hijo que iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres (Lc 2, 52).

La Familia Sagrada es un hogar en que cada uno de sus miembros vive el proyecto de Dios para cada uno de ellos: José, la vocación de esposo y padre, María, la de esposa y madre, y Jesús, la de Hijo, acogiendo en todo momento la voluntad de Dios-Padre. Un hogar donde Jesús pudo prepararse para su misión en el mundo; un hogar donde creció y se desarrolló humana y espiritualmente, “crecía en sabiduría, en estatura y en gracia, ante Dios y los hombres”, y así se preparó para la misión recibida del Padre Dios.

La Sagrada Familia es una escuela de amor, de acogida, de respeto, de diálogo, de comprensión mutua y de oración. Un modelo donde todos los cristianos y todas las familias cristianas podemos encontrar el ejemplo para vivir de acuerdo con la voluntad de Dios, acogiendo y siguiendo la propia vocación recibida de Él. La felicidad de esta familia se basa en su total apertura a Dios. “Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos” (Sal 127). Poner en el centro de la familia a Dios, que es el Amor, nunca va en detrimento de la misma ni de sus componentes. Cuanto más abrimos nuestro corazón a Dios-Amor, más y mejor amamos y podemos amar a nuestros seres queridos; más fuerte se hace el amor y la unión entre los esposos y en la familia, más verdadero es el amor a los hijos.

La Sagrada Familia no tuvo fácil vivir el proyecto de Dios. Le tocó habitar en un mundo muy condicionado por proyectos ajenos al proyecto de Dios. El Hijo de Dios, ya desde el inicio de su andadura terrestre, tendrá que sufrir la inseguridad, la insidia, la hostilidad. Su vida será amenazada no sólo en el final de un calvario, sino ya desde el principio, cuando la palabra y los ges­tos de esta nueva criatura no parecerían presentar un problema a los poderes estableci­dos. La vida del Mesías era preciso controlarla, y ante la imposibilidad de esto, era mejor eliminarla o, al menos, censurarla.

Tampoco hoy es fácil acoger y vivir el Evangelio que el Hijo de Dios, la Palabra definitiva de Dios a los hombres, nos ofrece sobre el matrimonio, sobre la familia y sobre la vida en la tradición viva de la Iglesia. En Navidad, el Hijo de Dios, hecho hombre, nos muestra a Dios y su rostro amoroso; y, a la vez, nos muestra al hombre, su verdadero rostro, nuestro verdadero origen y destino, según el proyecto de Dios. En Jesús queda renovada la creación entera; el ser humano, hombre y mujer, y todas las dimensiones de la vida humana han sido desveladas e iluminadas en su sentido más profundo por el Hijo de Dios, y, a la vez, han quedado sanadas y elevadas.

En el Hijo de Dios han adquirido también su verdadero sentido el matrimonio y la familia, y el valor inalienable de toda vida humana, que es don y criatura de Dios, llamada a participar sin fin de su amor. Fiel al Evangelio del matrimonio y de la familia, la Iglesia proclama que la familia se funda, según el querer de Dios, sobre la unión indisoluble entre un hombre y una mujer, quienes, en su mutua y total entrega en el amor, han de estar responsablemente y siempre abiertos a una nueva vida y a la tarea de educar a sus hijos. Para quien se abre a Dios y a su gracia, es posible vivir el Evangelio del matrimonio abierto a la vida, y de la familia, centrada en Dios.

La familia, basada en el matrimonio, sigue siendo insustituible para el verdadero desarrollo de los esposos y de los hijos, y para la vertebración de la sociedad. Bien sabemos que en la actualidad esta familia está desprotegida; se favorecen otros tipos de uniones, incluso entre personas del mismo sexo, y se propugnan otros modelos de familia. Con todo ello, en el fondo se ataca y se destruye el matrimonio y la familia en su misma esencia y fundamento; se olvida que el matrimonio y la familia son insustituibles para la acogida, la formación y desarrollo de la persona humana y para la vertebración básica de la sociedad.

Los efectos de esta situación están a la vista: cada vez más falta amor verdadero en las relaciones humanas, se trivializan el amor y la sexualidad humana quedando reducidas a la genitalidad-animalidad, se debilitan las expresiones más nobles y fundamentales del amor humano –el amor esponsal, el amor materno y paterno, el amor filial, el amor entre hermanos-, desciende de forma dramática y alarmante la natalidad, aumenta el número de niños con graves perturbaciones de su personalidad y se crea un clima que termina frecuentemente en la violencia. Cuando el matrimonio y la familia entran en crisis, es la misma sociedad la que enferma.

Ayudados por la gracia, los matrimonios y las familias cristianas podéis ofrecer un ejemplo convincente de que es posible vivir un matrimonio de manera plenamente conforme con el proyecto de Dios y las verdaderas exigencias de los cónyuges y de los hijos. Éste es el mejor modo de anunciar la Buena nueva del matrimonio y de la familia.

Además y de modo dramático, entre nosotros se extiende también la llamada “cultura de la muerte”, que cuestiona la buena nueva de toda vida humana. En esta situación, los cristianos-católicos hemos de proclamar con fuerza la cultura de la vida: cada ser humano desde su concepción hasta su ocaso natural posee una dignidad inalienable por ser criatura de Dios. Nadie, ni nuestros legisladores ni la mujer embarazada ni ningún otro, son dueños de la vida humana concebida; es una falacia, es una aberración hablar del derecho al aborto; una injusticia –matar a un ser humano inocente- no puede nunca ser fuente de un derecho. Tampoco nadie es dueño de una vida humana debilitada por la edad o por la enfermedad. Todo ser humano ha de ser acogido, respetado y defendido por todos.

Terminado este año en que hemos orado especialmente por la vida, hemos de seguir orando por esta intención; es más, hemos de intensificar nuestra oración por la vida humana. Nuestra oración hecha con fe y confianza, con insistencia y perseverancia dará su fruto, porque Dios es un Dios de vida y no de muerte. Aunque a veces ante los poderosos de este mundo nos parezcamos a David frente a Goliat, nuestra fe en el Dios de la vida nos asegura que al final triunfará el bien sobre el mal, la vida sobre la muerte.

Juan Pablo II decía en 1997: “Una nación que mata a sus propios hijos es una nación sin futuro. Es necesaria, por consiguiente, una movilización general de las conciencias y un esfuerzo ético común, para hacer realidad la gran estrategia de la defensa de la vida”. ¡Qué sinceras y actuales son estas palabras aplicadas a la realidad española de hoy!

Ante la realidad innegable del número creciente de abortos, ante la ya inminente ampliación de la despenalización del aborto, ante la propaganda de la eutanasia activa y ante los innumerables embriones matados en aras de la ciencia, los católicos no podemos mirar hacia otro lado. No podemos callar; nos haríamos cómplices también con nuestro silencio. Es urgente nuestro compromiso efectivo en la promoción y la defensa de toda vida humana, en la acogida y en el respeto de la vida de cada ser humano: esta es la base de una sociedad verdaderamente humana y de un progreso verdaderamente humano. No se trata de imponer una perspectiva de fe, sino de defender los valores propios e inalienables de todo ser humano, accesibles a la recta razón, que el Estado ha de respetar y hacer respetar.

Este compromiso ha de ser personal, de nuestros matrimonios y de nuestras familias, de nuestras comunidades parroquiales, de toda nuestra Iglesia diocesana. Es urgente cambiar nuestros criterios y actitudes ante la vida humana y ante una vida nueva. ¿No es cierto que los mismos católicos con harta frecuencia nos dejamos llevar por la mentalidad ambiental, por los criterios y las actitudes al uso, y menospreciamos a quienes tienen más de dos o tres hijos? Urge formar a nuestros niños y adolescentes, sobre todo y en primer lugar en la familia, en una cultura del verdadero amor humano, de la sexualidad y del don de toda vida humana. De lo contrario, éstos quedan indefensos ante los slogans, que reducen la sexualidad a genitalidad y promueven la anticoncepción y el aborto.

Todos necesitamos además una seria formación en la doctrina moral de la Iglesia para formar rectamente nuestra conciencia. La doctrina moral de la Iglesia no ha pasado de moda, no es una antigualla, como tantas veces. La Iglesia es y sigue siendo experta en humanidad también en el ámbito del amor, de la sexualidad y de la vida, aunque tenga que nadar contra corriente. La situación nos urge, a todos y especialmente a los pastores, a exponer con total integridad la doctrina moral de la Iglesia católica sobre el Evangelio de la vida, para así ayudar a comprender, razonar y aceptar el valor y la belleza de toda vida humana ante la propaganda antinatalista y abortista.

Nuestra Iglesia diocesana ha de ofrecer más medios a las mujeres gestantes para que no se vean abocadas al aborto. Son necesarias más casas cunas y que el Centro de Orientación Familiar sea conocido, sea ofrecido y se haga presente en las parroquias.

La vida de todo ser humano, en cualquier fase de su desarrollo, desde su fecundación hasta su muerte natural es inviolable. La acogida, el respeto y la defensa de toda vida humana es la primera expresión de dignidad inviolable de toda persona humana; es ésta una afirmación que se puede descubrir por la mera razón; para los creyentes es además reflejo de la inviolabilidad de Dios, creador y dueño de toda vida humana.

Como decíamos los Obispos españoles al final de la última Asamblea Plenaria, “los  católicos estamos por el ‘sí’ a la vida de los seres humanos inocentes e indefensos que tienen derecho a nacer; por el ‘sí’ a una adecuada educación afectivo-sexual que capacite para el amor verdadero; por el ‘sí’ a la mujer gestante, que ha de ser eficazmente apoyada en su derecho a la maternidad; por el ‘sí’ a leyes justas que favorezcan el bien común y no confundan la injusticia con el derecho”.

Encomendemos hoy a la familia de Nazaret a todos nuestros matrimonios y familias para que se mantengan unidos en el amor, acojan la nueva vida que Dios les dé y produzcan abundantes frutos de santidad. A María y a José, que vieron amenazada la vida del hijo, apenas nacido, les encomendamos la causa de la acogida, respeto, cuidado y defensa de la vida, especialmente de los más débiles e indefensos como son los niños no nacidos. A la Sagrada Familia acudimos hoy para que sepamos responder a la tarea urgente de acoger, vivir y anunciar la buena nueva del matrimonio, de la familia y de la vida.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Día de Navidad

Castellón, S.I. Concatedral, 25 de diciembre de 2009

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(Is 52,7-10; Sal 97; Hb 1,1-6; Jn 1,1-18)

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor!

Os anuncio una gran alegría… hoy os ha nacido, en la ciudad de David, un Salvador, el Mesías, el Señor” (Lc 2,10-11). Estas palabras del ángel a los pastores proclaman el gran acontecimiento, que hoy celebramos: el nacimiento de Jesús en Belén. El es el Mesías esperado, el Salvador de toda la humanidad, el Señor de tierra y cielo, de la historia y del universo. Jesús nace en una familia pobre, pero rica en amor. Nace en un establo, porque para Él no hay lugar en la posada (cf. Lc 2,7); es acostado en un pesebre, porque no tiene una cuna; llega al mundo ignorado de muchos, pero acogido y reconocido por los humildes pastores, que reciben con asombro el anuncio del ángel. Los ángeles revelan el misterio escondido en el nacimiento de este Niño y proclaman “gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor” (Lc 2,14). La alabanza a lo largo de los siglos se hace oración que sube del corazón de todos aquellos, que siguen acogiendo al Hijo de Dios.

Es Navidad y celebramos con gozo el nacimiento del Hijo de Dios en Belén. “La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn, 1, 14). Estas palabras de Juan expresan el motivo de nuestra celebración y de nuestra alegría navideña. El Niño que nace en Belén es la Palabra de Dios. Este Niño es Dios hecho hombre. Dios y Hombre, la divinidad y la humanidad, unidas en una sola persona: el Niño-Dios nacido en Belén.

Nace un Niño, que es el Hijo eterno del Padre, “reflejo de su gloria e impronta de su ser” (Heb 1,3), el Creador del cielo y de la tierra: en este acontecimiento extraordinario se revela el misterio de Dios. La Palabra de Dios, que ya existía desde un principio, toma carne en un momento de la historia. Y así Jesús, el Niño que nace en Belén de la Virgen María, es la Palabra pronunciada por Dios, la manifestación y revelación definitiva de Dios a los hombres. Jesús dirá más tarde, “el que me ve a mí, ve al Padre”.

El Niño, adorado por los pastores en la gruta de Belén, es “el Salvador del mundo” (cf. Lc 2,11). Sus ojos ven a un recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre, y en aquella “señal”, gracias a la luz interior de la fe, reconocen al Mesías anunciado por los Profetas.

Ese Niño es el Emmanuel, “Dios-con-nosotros”, que viene a llenar la tierra de gracia y de amor, de luz, de verdad y de vida. Viene al mundo para transformar la creación. Se hace hombre entre los hombres, para que en Él y por medio de Él todo ser humano pueda quedar sano y salvado, pueda renovarse y alcanzar su plenitud. Con su nacimiento, nos introduce a todos en la dimensión de la divinidad: a quien lo acoge con fe le da la posibilidad de participar de su misma vida divina, de ser hijo de Dios (cf Jn 1,12).

 “Os ha nacido un Salvador” (Lc 2,11). Con la venida de Cristo entre nosotros, la historia humana adquiere una nueva dimensión y profundidad. Es Dios mismo quien escribe la historia entrando en ella. En Navidad, Dios mismo abraza totalmente la historia humana, desde la creación a la parusía. El mundo, la historia y la humanidad recobran su sentido: no estamos sometidos a la fuerzas de un ciego destino o a una evolución sin rumbo; el fin de la humanidad no es otro sino Dios en Cristo Jesús. Por esto podemos cantar “los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios” (cf. Sal 97,1).

En Navidad nace Dios. La Palabra de Dios, hecha carne, es el mismo Dios. Dios mismo se revela, manifiesta y se pone a nuestro alcance en este Niño que nace en Belén. Y Cristo Jesús no es un fantasma o una ficción retórica, sino un hombre de verdad, de carne y hueso; no es un mito de la religión, no es una leyenda piadosa, sino alguien concreto, que provoca nuestra fe. Jesús es la epifanía de Dios. En Jesús y por Jesús, Dios sale a nuestro encuentro. En Jesús y por Jesús, Dios no es una idea ni un ser lejano, sino que es Dios con nosotros, en medio de nuestro mundo, inserto en nuestra historia personal y colectiva. Jesús es la manifestación de Dios. Sus palabras, sus acciones y su vida entera, recogida por los testigos en el evangelio, son palabras de Dios.

Y la Palabra de Dios es siempre eficaz, hace lo que dice. Por eso el nacimiento de Jesús culmina la plenitud de los tiempos, es el cumplimiento de la promesa de Dios, promesa de salvación para todos los hombres. En el nacimiento de Jesús Dios pone su tienda en medio de la humanidad, haciéndose solidario de todos. Dios se hace nuestro prójimo y el prójimo deviene el punto de mira que nos orienta y conduce a Dios. Jesús unirá indisolublemente el amor a Dios y el amor al prójimo, de modo que ya no serán -para los creyentes- sino dos caras de la misma moneda.

En Navidad nace Dios. Y Dios nace para todos los hombres -también para los hombres de nuestro tiempo- en este Niño que trae la salvación al mundo, el amor de Dios, la alegría y la paz para todos. El nacimiento de Jesús es el encuentro de Dios con los hombres, pero es también el encuentro del hombre -de todos los hombres- con Dios. El Niño Dios nacido en Belén nos abre definitivamente a todos los hombres el camino hacia Dios. Así nos abre la posibilidad de alcanzar la suprema aspiración del hombre: ser como Dios. Pues dice Juan que a cuantos lo recibieron les dio el poder ser hijos de Dios, no por obra de la raza, sangre o nación, sino por la fe: si creen en su nombre (cf. Jn 1, 12). Por eso Navidad es la gran proclamación del amor de Dios y de la dignidad del hombre. El hombre sólo es digno de Dios y la gloria de Dios es que el hombre viva (S. Irineo): él es hechura suya, creado por amor y para el amor de Dios sin límites. Esa es la verdadera dignidad de toda persona, fundamento de todos lo derechos humanos.

Por todo ello, la Navidad es causa de alegría para todos. Los ángeles anuncian “una gran alegría para todo el pueblo” (Lc 2, 10). Alegría a pesar de la lejanía de casa o de la pobreza del pesebre, de la indiferencia del pueblo o de la hostilidad del poder. Alegría a pesar de todo, porque “hoy os ha nacido, en la ciudad de David, un salvador” (Lc 2, 11). De este mismo gozo participa la Iglesia entera: y las tinieblas jamás podrán apagarla. El creyente acoge y anuncia la alegría a todos: a propios y a extraños, a los sanos y a los enfermos, a los pobres y a los atribulados, al que sufre soledad, paro o marginación. La Navidad es causa de nuestra alegría a pesar de la indiferencia de una sociedad narcisista y hedonista que no quiere saber nada del Dios que nace para ofrecerle la verdadera vida; causa de alegría a pesar de la hostilidad de los poderosos, que intentan marginar al Dios que nace el Belén o que reniegan de las raíces cristianas de nuestro pueblo.

En Navidad celebramos el misterio del amor de Dios. Del amor de Dios Padre, que envía al mundo a su Hijo unigénito, para darnos su propia vida (cf. 1 Jn 4, 8-9). Es el Amor del Emmanuel, “Dios con nosotros”, que ha entrado en nuestra historia, que camina con nosotros, que quiere darnos vida y vida en abundancia. El Príncipe de la paz, que nace en Belén, dará su vida en el Gólgota para que en la tierra reine el amor; un amor que se ofrece a todos, un amor que está a la puerta y llama con insistencia para que le abran incluso los alejados, los indiferentes o los que le rechazan.

La Navidad es misterio de paz. Conscientes de la divinización del hombre, gracias al misterio del Hijo de Dios hecho hombre, la Navidad nos compromete a “humanizar” este mundo, nuestra sociedad, para que ajuste al deseo de Dios, a su plan de salvación para todos los hombres. Desde la gruta de Belén se eleva una llamada apremiante para que la humanidad no caiga en la sospecha o en la desconfianza recíproca, para que se supere toda violencia verbal, doméstica o terrorista. Navidad nos invita y apremia a la reconciliación mutua, basada en el perdón sincero y el diálogo mutuo, que ayuden a superar las tensiones entre las personas o la crispación en nuestra sociedad. Navidad nos invita a buscar lo que nos une y a no hacer de las diferencias motivo de separación. Navidad nos llama a trabajar por el bien común de todos, basado en el respeto de la dignidad de toda persona humana, desde su concepción hasta su muerte natural, y en su desarrollo y educación integral. Navidad llama a los creyentes y a todos los hombres de buena voluntad a construir la paz basada en la justicia, superando toda forma de intolerancia, discriminación y egoísmo.

Jesús, la Palabra de Dios hecha carne, nos invita con fuerza a entrar en una vida nueva, la que Él mismo nos da en abundancia. El hombre moderno dice no necesitar de Dios; la época presente se empecina en vivir de espaldas a Dios. Pero el hombre permanece siempre el mismo; se hace siempre las mismas preguntas; sufre y necesita amar y ser amado; busca seguridad y reclama consuelo en su desvalimiento. Cuando pasa el frenesí del momento, se da cuenta de que es barro, frágil y limitado. En Navidad, Dios sale nuestro a nuestro encuentro porque nos ama. Es preciso dejarse encontrar por Dios, ponerse en camino como los pastores o los magos del Oriente y encontrarlo en el “niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre”. Jesús es y nos trae una Buena Noticia. Alegrémonos, porque la salvación ha venido por Jesucristo al mundo y algo ha cambiado definitivamente desde entonces. Y algo puede y debe cambiar también en nuestra vida, si contemplamos, acogemos y adoramos al Niño-Dios, nacido en Belén.

Que tengamos los ojos de María para descifrar el misterio que se oculta tras la fragilidad de los miembros del Hijo. Que sepamos reconocer su rostro en los niños y mayores de toda raza y cultura. Que seamos testigos creíbles de su mensaje de paz y de amor, para que los hombres y las mujeres de nuestro tiempo reconozcan en ese Niño al único Salvador del mundo, fuente inagotable de la paz verdadera, a la que todos aspiran en lo más profundo del corazón.

Dios ha nacido para nosotros, ¡venid a adorarlo!. Feliz y cristiana Navidad para todos. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Apertura del Año Mariano en Onda

HOMILÍA EN LA APERTURA DEL AÑO MARIANO DE NTRA. SRA. DE LA ESPERANZA, PATRONA DE ONDA

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Onda, Iglesia parroquial de La Asunción de Nuestra Señora,

20 de diciembre de 2009

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IV Domingo de Adviento

(Miq 5,1-4a; Sal 79; Heb 10,5-10; Lc 1,39-45)

 

Muy amados todos en el Señor Jesús!

El Señor nos ha convocado en este IV Domingo del Adviento, Domingo mariano por excelencia, para la apertura del “Año Mariano dedicado a Nuestra Señora de la Esperanza”, Patrona de esta muy querida Villa de Onda. Recuperamos así la renovación del voto de celebrar especiales actos en honor de la Virgen de la Esperanza, cada vez que se celebrase Año Santo Compostelano. Si para un ondense siempre es motivo de gozo reunirse para rezar, cantar y celebrar a la Virgen de la Esperanza, nuestro gozo es hoy aún mayor, si cabe, al iniciar todo un año dedicado especialmente a nuestra Señora y Patrona, la Virgen de la Esperanza. Hoy y a lo largo de este año Mariano queremos mostrar de modo especial nuestro amor y cariño a nuestra Patrona. Al contemplarla en medio de nosotros cantamos su grandeza por haber sido elegida para ser la Madre de Dios: y en su grandeza no cantamos otra cosa sino la grandeza inmensa de Dios para con ella y, en ella, para todos nosotros.

Os saludo de todo corazón a cuantos habéis secundado la llamada de la Madre esta tarde. Saludo a los Sres. Párrocos de La Asunción de Nuestra Señora, de la Virgen del Carmen, de San Bartolomé  y de Artesa, al Sr. Vicario General, al Sr. Arcipreste, al P. Prior y Comunidad PP. Carmelistas Descalzos,  y a todos mis hermanos sacerdotes concelebrantes y al diácono de esta parroquia. Mi saludo lleno de cordial afecto a los componentes de la Comisión Interparroquial para el Año Mariano así como a los representantes de Cofradías y Asociaciones de la Villa, a las Hnas, de la Consolación y a las Hijas de la Caridad. Saludo también con respeto y agradecimiento al Ilmo. Sr. Alcalde y Miembros de la Corporación Municipal de Onda así como al Consejo Rector de Caja Rural de Onda. Sed bienvenidos todos, que, recordando nuestra condición de peregrinos en la vida, habéis venido hasta esta iglesia de Asunción, para participar en esta solemne Misa estacional, o los que nos seguís desde vuestras casas a través de los Medios.

Al contemplar esta entrañable imagen de Ntra. Sra. de la Esperanza, tan querida y venerada en vuestra Villa desde hace tantos siglos, reconocemos y proclamamos que la Virgen María ha acompañado a esta Villa y a los ondenses en las vicisitudes de su historia, personal o comunitaria. Ella es el testimonio vivo de Dios para Onda y entre nosotros. María es “la morada de Dios entre los hombres” (Ap 21,3; y lo es porque lleva en sus entrañas virginales al mismo Hijo de Dios. Ella es el Arca de la nueva Alianza, por ser la Madre de Jesús, Dios y hombre, la Alianza definitiva de Dios con la humanidad, presencia y manifestación de Dios en nuestra historia.

Y por ser la Madre de Dios, María es la Madre de la Esperanza. Sí; María es en verdad, la Madre de la Esperanza porque es la Madre de Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, la virgen Madre del Dios con nosotros, del Jefe y Pastor de Israel (cf. Miq 5,1-4a). Jesús, el hijo de María, es nuestra esperanza (1 Tim 1,1). Y Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre (Hb 13,8), el Pastor supremo (1 P 5,4), que guía a su Iglesia y a la humanidad entera a la plenitud de la verdad y de la vida, hasta el día de su venida gloriosa en la cual se cumplirán todas las promesas y serán colmadas las esperanzas de la humanidad.

Sí, hermanos: Cristo Jesús es el Salvador, que con su encarnación en el seno virginal de María, y con su muerte y resurrección ya ha traído la plenitud de la vida en Dios a los hombres y nos emplaza a nuestra fidelidad ‘hasta que El vuelva’. El es nuestra esperanza: una esperanza gozosa y segura, porque arraiga en el amor incondicional de Dios, porque huye de los optimismos frívolos, porque lleva al compromiso y tiende hacia la plenitud del final de los tiempos, el momento definitivo de Dios. El mensaje central de nuestra fe es que Dios ama a nuestro mundo con un amor eterno y fiel. La mayor prueba de este amor de Dios es su Hijo entregado por amor hasta la muerte, quien al venir a este mundo, exclamó: “Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad” (Hb 10, 6). Con su nacimiento, muerte y resurrección, Jesús ha iniciado el mundo nuevo, la vida nueva del hombre en Dios; en Cristo, Dios ha realizado su promesa y las esperanzas humanas de una manera sorprendente e inesperada.

De manos de la Virgen de la Esperanza, vuestros antepasados encontraron en el pasado la fe en el Salvador; siguiendo la estela de María hicieron de Cristo y de su obra salvadora el centro de su esperanza. En vuestro himno cantáis con orgullo y hondo sentimiento las raíces cristianas, católicas de vuestro pueblo. Pero ¿cómo están hoy estas raíces cristianas de Onda? ¿Cómo está hoy nuestra fe y vida en Cristo Jesús? ¿Cómo está la iniciación y educación cristianas de nuestros niños, adolescentes y jóvenes? ¿Podemos afirmar que la nuestra es una fe viva y vivificadora, que sigue siendo fuente de esperanza y motor de caridad y compromiso transformador? ¿Cómo están nuestras comunidades parroquiales en su vida y en su misión evangelizadora? Son preguntas que hemos de hacernos al comenzar este Año Mariano.

Quizá nos hayamos dejado llevar por el ambiente, y en nosotros haya anidado el desencanto; puede que, como el hombre actual, estemos de vuelta de muchas cosas y tengamos miedo al futuro. Puede que sigamos esa forma de vida tan al uso que se refugia en lo inmediato, en las satisfacciones a corto plazo, en lo material e intramundano, como si se hubiese perdido la esperanza. Puede que nos hayamos dejado llevar del individualismo y del egoísmo que llevan a la pérdida de fraternidad y de la solidaridad; o del relativismo, del consumismo exasperado o de la llama ‘cultura del placer’ como norma de vida, o de esa crisis de confianza en el futuro que lleva a la falta de la acogida de la vida humana desde su concepción hasta su muerte natural, o al esoterismo para querer predecir y asegurar el futuro sin Dios.

Esa forma de vida, cada vez más extendida, que se instala en vivir el momento presente y se cierra a Dios, a la fe, a la esperanza y a la caridad, y a la vida eterna, ha tocado también el corazón de muchos bautizados católicos. También entre nosotros hay una creciente crisis de fe en Dios y en la vida eterna que es la única que hace a la existencia en este mundo, realmente digna de ser vivida. Muchos cristianos se conforman con una religiosidad ambigua y utilitarista, sin una referencia personal al Dios verdadero y su Hijo, Jesucristo, y sin vinculación alguna a la comunidad eclesial. Otros se alejan silenciosamente de su fe cristiana y de la práctica religiosa, llevados por el ambiente neopagano, atenazados por el miedo ante el hostigamiento de la fe cristiana y de la Iglesia o arrastrados por la moda del agnosticismo

Contemplemos a María. Todo su ser, toda su persona y toda su vida nos muestran y llevan nuestra mirada a Dios. Con sus palabras de respuesta al Ángel, “he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38), María nos dice que Dios es lo único necesario, que sólo Él basta. Antes de nada y más allá de nuestros deseos y esperanzas, hemos de reconocer que Dios es Dios; si queremos ser libres y felices, hemos de dar espacio a Dios en nuestra existencia, hemos de dejar a Dios ser Dios en nuestra vida personal y comunitaria, en nuestra vida familiar y social. Así nos lo muestra la Virgen María. Su persona y su vida, su palabra y su oración, su humildad y su disponibilidad, su entrega y su obediencia, sus gestos y su comportamiento: todo en ella está marcado por una referencia radical a Dios. María ha hecho de su vida una entrega sin reservas al querer de Dios, al amor de Dios y a la misión que Dios le ha confiado. María ha hecho de su vida un servicio incondicional a Dios y, en Él, a los hermanos, a toda la humanidad, como nos lo muestra su prontitud para ir a visitar a su prima Isabel.

“Hágase en mí según tu palabra”: Con estas palabras, María pone en Dios su persona, su vida, su aliento, su destino y su esperanza; y así proclama la soberanía absoluta del Dios vivo. En María todo converge en Dios. María nos muestra el señorío del Dios único, en el que todo hombre encuentra su luz y su sentido. La humanidad entera está necesitada de la luz y de la verdad de Dios, que nos nace en Belén; esta necesidad es un verdadero clamor en nuestros días, lleno de obscuridad y de contradicción, tan falto de Dios. La Virgen de la Esperanza es faro en la oscuridad de nuestra noche, faro que nos conduce hacia la Luz, que es Dios La Virgen María nos enseña a vivir con la confianza puesta enteramente en Dios. María nos muestra que el reconocimiento de Dios, y la acogida y la obediencia fiel a su voluntad es fuente de dicha, de vida y libertad, y es la raíz y el cumplimiento de la esperanza.

Por todo ello, María, la mujer creyente, puede escuchar aquella bienaventuranza de su prima Isabel: “Dichosa tú que has creído” (Lc 1, 45). A este saludo de Isabel, María responde con el canto del Magníficat. María proclama la grandeza, la soberanía y el señorío de Dios; le reconoce como el que está en el principio y en el fin de todas las cosas y le confiesa como Aquel que tiene la iniciativa de la creación y de la salvación. María proclama gozosa que Dios es el único al que debemos someter nuestra vida y del que podemos esperar la salvación definitiva. María se confía en el Señor y no será confundida para siempre. Ella sabe bien de Quién se ha fiado. En el Magníficat, María nos canta la verdad de Dios, que no es otra sino su amor eterno y su misericordia infinita, su obra que engrandece, levanta, libera y salva al hombre, las maravillas que Él ha hecho, hace y hará en favor de los hombres. Esta es la verdad de Dios, que ha hecho maravillas en María.

Y ésta es también la verdad de cada uno de nosotros. Esta es la grandeza de todo ser humano: ser de Dios, ser criatura suya, amada por Él, imagen y semejanza suya. Ser de Dios y vivir para Dios, mostrar a Dios y dejar que aparezca su grandeza en el hombre, vivir la obediencia a Dios y cumplir su voluntad, ésta es la más genuina verdad del ser humano.

El verdadero problema de nuestro tiempo, el drama de nuestra sociedad, el error fundamental del hombre actual es querer prescindir de Dios en su vida, es querer erigirse a sí mismo en el centro de la existencia, suplantar a Dios, querer ser dios sin Dios. Es el drama del hombre moderno, que ha pensado que apartando a Dios de su vida, siendo totalmente autónomo, siguiendo sus propios deseos, llegaría a ser realmente libre para hacer lo que le apetezca sin tener que obedecer a nadie. Pero cuando Dios desaparece, el hombre no llega a ser más grande; al contrario, pierde la dignidad divina, pierde el esplendor de Dios en su rostro. Al final se convierte sólo en el producto de una evolución ciega, del que se puede usar y abusar (Benedicto XVI).

Pero el hombre es grande sólo si Dios es Dios, si Dios es grande, creador y señor de todo. El olvido de Dios o su rechazo trae el tiempo de indigencia y pequeñez humana que nos toca vivir, a pesar de todas las apariencias. No tener a Dios es la mayor de las pobrezas humanas: al hombre le falta todo cuando le falta Dios, porque le falta cuanto de verdad puede llenar su corazón grande, su alma sedienta de bien, de amor, de verdad, de hermosura, de felicidad y de grandeza. Eso es lo que ha confirmado la experiencia de nuestra época. Sólo desde Dios, sólo a partir de Él, nuestro llegará a ser humano, la tierra será habitable a la luz de Dios. Allí donde se deja a Dios ser Dios, donde se deja y se busca que se muestre su grandeza y se cumple la voluntad de Dios, allí está Dios, allí están los nuevos cielos y la nueva tierra.

Entre nosotros hay voces, movimientos e intentos empeñados en hacer desaparecer a Dios de nuestra vida, de nuestras familias, de la educación de niños, adolescentes y jóvenes, de la cultura y de la vida pública. A esto conduce el laicismo excluyente, que se nos quiere imponer como nueva religión de estado. Pero la historia, incluso la historia muy reciente, demuestra que no puede haber una sociedad libre, en progreso de humanidad, fraterna y solidaria, al margen o en contra de Dios. El olvido o rechazo de Dios quiebra interiormente el verdadero sentido de las profundas aspiraciones del hombre, debilita y deforma los valores éticos de convivencia, socava las bases para el respeto de la dignidad inviolable de toda persona humana y priva del fundamento más sólido para el amor y la estima de los otros, y el apoyo solidario e incondicional a los demás. Quien no conoce a Dios, no conoce al hombre, y quien olvida a Dios acaba ignorando la verdadera grandeza y dignidad de todo hombre. Así nos lo muestra Maria.

El Año Mariano, que hoy comienza, es un tiempo especial de gracia que Dios nos otorga para acrecentar la devoción a Nuestra Señora de la Esperanza en todos los ondenses y, de modo especial, en los niños y en los jóvenes ondenses. De manos y a ejemplo de la Virgen abramos nuestros corazones al misterio del Dios vivo en el encuentro personal con su Hijo de Dios, que en Belén se hace hombre para que todo hombre y mujer recuperen su dignidad de ser hijos de Dios. Cantemos con el salmista: “Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve” (Sal 79). Si como Maria, abrimos nuestro corazón a Dios y a sus abundantes gracias en este Año, si dejamos que, como María, Dios sea grande en nuestra existencia, se avivarán nuestra su fe y vida cristianas, quedará fortalecida nuestra esperanza y se acrecentará nuestra caridad. Contemplando a María, la mejor Hija de la Iglesia, vuestras familias, vuestras parroquias y vuestras comunidades religiosas obtendrán la fuerza necesaria para ser más vivas y evangelizadoras, y para trabajar unidas en la común misión evangelizadora que pide en este tiempo en vuestra Villa de Onda.

Miremos a María, Nuestra. Señora de la Esperanza. Y que la Virgen nos ayude a vivir como ella durante este Año Mariano, de tal manera que toda nuestra vida sea una proclamación y una alabanza de la grandeza de Dios. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María Virgen

S.I. Catedral-Basílica de Segorbe, 8 de diciembre de 2009

(Gn 3. 9-15.20; Sal 97; Ef 1, 3-6.11.12; Lc 1, 26-28)

 

Amados hermanos todos en el Señor Jesús

Celebramos hoy una de las fiestas de la Virgen más bellas y arraigadas en nuestro pueblo español: la Inmaculada Concepción. María no sólo no cometió pecado alguno, sino que fue preservada incluso de la herencia común del género humano que es la culpa original, por la misión a la que Dios la destinó desde siempre: ser la Madre del Redentor.

María Inmaculada es el fruto primero y maravilloso de la redención realizada por Cristo. Entonemos un canto de alabanza a Dios, porque ha hecho maravillas en Maria y, a través de ella; en su Hijo, para toda la humanidad. Con el salmista cantemos “al Señor un cántico nuevo porque ha hecho maravillas” (Sal 97).

El misterio de la Inmaculada Concepción de María nos recuerda dos verdades fundamentales de nuestra fe: ante todo el pecado original y, después, la victoria de la gracia de Cristo sobre él, victoria que resplandece de modo sublime y anticipado en María santísima.

Hay muchos que se resisten a creer en el pecado original; lo consideran como una fábula, una creencia infantil, ya superada, propia de tiempos pasados e impropia del hombre ilustrado y moderno. Pero, por desgracia, “la existencia de lo que la Iglesia llama ‘pecado original’ es de una evidencia aplastante: basta mirar nuestro entorno y sobre todo dentro de nosotros mismos para descubrirla” (Benedicto XVI, Ángelus, 2008).

La experiencia del mal y la tendencia al mal es real y consistente; una experiencia que se impone por sí misma y suscita en nosotros la pregunta: ¿de dónde procede el mal? Para un creyente, el interrogante es aún más profundo: si Dios, que es Bondad absoluta, lo ha creado todo, ¿de dónde viene el mal?

Las primeras páginas de la Sagrada Escritura (Gn 1-3) responden precisamente a esta pregunta fundamental, que interpela a cada generación humana. El libro del Génesis comienza con el relato de la creación y de la caída de nuestros primeros padres: Dios creó todo por amor y para que exista; en particular, Dios creó al hombre a su propia imagen y semejanza, como corona de la creación. Dios no creó la muerte, ni el pecado, ni el odio, ni el rencor, ni la mentira. La muerte entró en el mundo por envidia del diablo (cf. Sb 1, 13-14; 2, 23-24), que, rebelándose contra Dios, engañó también a los hombres, induciéndolos a la rebelión, a vivir sus propios caminos al margen de Dios, a ser dioses sin Dios. Es el drama de la libertad humana; una libertad que Dios acepta hasta el fondo por amor, incluido el rechazo de su propio amor. Pero el amor de Dios es tan grande, profundo, radical y fiel, que no abandona al hombre ni tan siquiera cuando éste rechaza su amor. En el preciso instante, en que el hombre rechaza el amor de Dios, Dios mismo promete que habrá un hijo de mujer que aplastará la  cabeza  de  la  antigua  serpiente (Gn 3, 15).

Desde el principio, María es la Mujer predestinada a ser madre del Redentor, madre de Aquel que se humilló hasta el extremo para devolvernos a nuestra dignidad original. Esta Mujer, a los ojos de Dios, tiene desde siempre un rostro y un nombre: es la “llena de gracia” (Lc 1, 28). María es la nueva Eva, esposa del nuevo Adán, destinada a ser madre de todos los redimidos. En la oración colecta de hoy hemos rezado y confesado que Dios “preparó una digna morada para su Hijo y, en previsión de su muerte, la preservó de toda mancha de pecado”. María no sólo no cometió pecado alguno, sino que fue preservada incluso de la herencia común del género humano que es la culpa original, por la misión a la que Dios la destinó desde siempre: ser la Madre del Redentor.

El fundamento bíblico de la verdad de fe de la ‘Inmaculada concepción” se encuentra en las palabras del ángel a la joven de Nazaret: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1, 28). “Llena de gracia” es el nombre más hermoso de María; es el nombre que le dio Dios mismo para indicar que desde siempre y para siempre es la amada, la elegida, la escogida para acoger el don más precioso, Jesús, “el amor encarnado de Dios” (Deus caritas est, 12).

Por qué Dios escogió de entre todas las mujeres a María de Nazaret, es algo que pertenece al misterio insondable de la voluntad divina. Sin embargo, el Evangelio pone de relieve, ante todo, la humildad de la Virgen. Nos lo dice la misma Virgen en el Magníficat: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, (…) porque ha mirado la humildad de su esclava” (Lc 1,46.48). Sí, Dios quedó prendado de la humildad de María, que encontró gracia a sus ojos (cf. Lc 1, 30).

María vive su existencia desde la verdad de su persona, que es la de toda persona humana. Y esta verdad sólo la descubre en Dios y en su amor. María sabe que ella es nada sin el amor de Dios, que la vida humana sin Dios sólo produce vacío existencial. Ella sabe que el fundamento de su ser no está en sí misma, sino en Dios, que ella está hecha para acoger el amor de Dios y para darse por amor. Por ello vivirá siempre en Dios y para Dios. María, la mujer humilde, aceptando su pequeñez ante Dios, dejando que Dios sea grande, se llena de Dios y queda engrandecida. La Virgen se convierte así en madre de la libertad y de la dicha. Dichosa por haber creído, María nos muestra que la fe en Dios es nuestra dicha y nuestra victoria, porque “todo es posible al que cree” (Mc 9, 23).

Maria, la Madre de Dios, es así por su fe y su santidad imagen y modelo de la Iglesia, elegida entre los pueblos para recibir la bendición del Señor y difundirla a toda la familia humana. Esta ‘bendición’ es Jesucristo. Él es la fuente de la gracia, de la que María quedó llena desde el primer instante de su existencia. Acogió con fe a Jesús y con amor lo donó al mundo. Esta es también nuestra vocación y nuestra misión, la vocación y la misión de nuestra Iglesia, de todos los bautizados: acoger a Cristo en nuestra vida y donarlo al mundo “para que el mundo se salve por él” (Jn 3, 17).

 Las palabras del ángel “llena de gracia” encierran también el designio de Dios para todo ser humano. Dios nos ha creado ‘para que seamos santos e inmaculados ante él por el amor’ (Ef 1, 4). Por eso, Dios nos ha ‘bendecido’ antes de nuestra existencia terrena y ha enviado a su Hijo al mundo para rescatarnos del pecado y hacernos partícipes de su propia vida.

Por el bautismo, los cristianos ya participamos de la nueva vida de los hijos de Dios. La Palabra de Dios nos exhorta a acoger este don con fe y con una vida conforme al designio divino, como María, un designio que pide la perfección en el amor (cf LG 40b).

Todos estamos llamados a la santidad, que no es otra cosa que vivir en el amor de Dios y, desde él, amar a los hermanos. Sólo en la santidad, en la amistad, en el amor de Dios, en la unión con Él en Cristo encontraremos la verdadera libertad, dicha y felicidad. Este es el deseo de Dios para nosotros y es el deseo innato en nosotros. Sólo desde la santidad de la Iglesia, de sus miembros, de nuestras familias y comunidades será nuestra Iglesia diocesana realmente viva; sólo de este modo podrá ser evangelizadora y sólo desde ahí, podrá nuestra Iglesia seguir prestando al hombre y a la sociedad el servicio, que le es propio, en cumplimiento del mandato de su Señor: que la bendición de Dios en Cristo llegue a todos.

La santidad es dejarse conformar con Aquel que es Maestro y Modelo de santidad, Cristo Jesús. Y hacerlo siguiendo la estela de María. Nadie está excluido de la llamada de Dios a la santidad, a su amistad. Ninguna excusa, ni la dificultad de ese camino, ni el ambiente hostil, ni las atracciones del mundo o lo complejo de la vida moderna, puede aducirse para escamotear el destino de felicidad al que Dios llama al hombre. Existe la libertad de decir ‘no’. Pero al decir ‘no’, la persona se cierra al designio que Dios le tiene preparado, es decir, renuncia al amor, a la felicidad, a la vida. Decir ‘no’ es optar por una vida al margen de Dios, es optar por la muerte.

La santidad, la amistad con Dios, es el gran regalo de Dios para el ser humano. Por la Encarnación, del Hijo de Dios en el seno virginal de María Inmaculada, el amor de Dios se abre a la humanidad y hace posible restablecer, a niveles impensados, la amistad con Dios en la comunión de la Iglesia. Esta santidad es decisiva para la felicidad del ser humano. Es meta fundamental a la que se debe tender para alcanzar la plenitud. Se debe siempre a la iniciativa y al don de Dios, pero requiere de una colaboración entusiasta y eficaz. Dejémonos invadir por un deseo intenso de santidad, del amor de Dios y del amor a Dios en los hermanos. Vivamos con gozo y con gratitud el don de la fe y la vida cristiana. No tengamos miedo a ser cristianos, a acoger a Dios y su amor en nuestra vida.

María Inmaculada nos enseña cómo acoger el designio divino para llegar a ser santos, para llegar a ser felices. Al contemplarla, reconocemos la altura y la belleza del proyecto de Dios para todo hombre: ser santos e inmaculados en el amor (cf. Ef 1, 4), a imagen de nuestro Creador.

¡Qué gran don tener por madre a María Inmaculada! Una madre resplandeciente de belleza, transparente al amor de Dios. Mirando hoy a María Inmaculada, vienen a mi mente nuestros niños, adolescentes y jóvenes, que están creciendo en un ambiente saturado de mensajes que proponen falsos modelos de libertad y de felicidad. Nuestros muchachos corren el peligro de perder la alegría y la esperanza, porque a menudo parecen huérfanos del verdadero amor, que colma de significado y alegría la vida. Hoy pienso en los intentos de imponerles por ley ya desde la escuela un mundo sin Dios; pienso en los intentos de imponer un mundo escolar privado de todo símbolo cristiano sea el crucifijo sea el Belén sean los villancicos; pienso en la imposición en la escuela de una educación sexual, que tiene poco de educación y mucho de incitación al sexo fuera del contexto del amor humano.

María Inmaculada es la “Madre del amor hermoso”. Por desgracia, muchas experiencias nos demuestran que los adolescentes, los jóvenes e incluso los niños son víctimas fáciles de la corrupción del amor, engañados por adultos sin escrúpulos que, mintiéndose a sí mismos y a ellos, los atraen a los callejones sin salida del consumismo. Incluso las realidades más sagradas, como el cuerpo humano, templo del Dios del amor y de la vida, se convierten en objetos de consumo; y a esto se quiere inducir cada vez más pronto ya en la niñez y en la pre-adolescencia. ¡Qué tristeza cuando, en nombre de no se sabe qué progresismo, nuestros muchachos y muchachas pierden el asombro, el encanto de los sentimientos más hermosos, el valor del respeto del cuerpo, manifestación de la persona y de su misterio insondable!  ¿Queremos de verdad un mundo así para nuestros hijos?

Contemplemos hoy a María, la Inmaculada, en toda su hermosura y santidad. Pidamos a la Virgen Inmaculada, que se avive hoy en nosotros la fe y el amor, el deseo de la santidad y amistad con Dios, la aspiración a la belleza, a la bondad y a la pureza de corazón. Su candor celestial nos atrae hacia Dios, ayudándonos a superar la tentación de una vida mediocre, hecha de componendas con el mal, para orientarnos con determinación hacia el auténtico bien, Dios y su amor, que son fuente de alegría.

¡Que de manos de María sepamos acoger en nuestras vidas al Dios que nos ama hasta el extremo en Cristo Jesús, hoy y todos los días de nuestra vida!  Amén.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

150º Aniversario de las Hnas. de la Consolación en el Hospital Provincial de Castellón

 

Castellón, Capilla del Hospital Provincial -14 de noviembre de 2009

(33º Domingo del T.O.: Dan 12,1-3, Sal 15; Heb 10, 11-14.18; Mc 13,24-32)

 

Hermanas y  Hermanos muy amados en el Señor:

Hoy hace justamente dos años celebrábamos en la Capilla del Colegio de la Consolación en Castellón el 150º Aniversario de la Fundación de vuestra Congregación. Esta tarde, el Señor nos reúne aquí en torno a la mesa de su Palabra y de la Eucaristía para alabar a Dios y darle gracias por los 150 años de vuestra presencia, Hnas. de la Consolación, en este Hospital Provincial de Castellón: primero en la calle Mayor, y desde hace más de 50 años en este lugar.

Siguiendo el carisma recibido del Señor de ‘consolar al prójimo’, María Rosa Molas atendía la solicitud del Ayuntamiento de Castellón, y se hacía cargo del Hospital Provincial. El 23 de agosto de 1859, cumplidos los trámites previos y realizadas las obras necesarias en la casa, llegaban las primeras hermanas a la capital de la Plana. Sus nombres eran: Teresa Secall, como Superiora, Josefa Solá, Carmen Oriol, Vicenta Aviñó, Rosario Rosell, María Cinta Buera y Concepción Cancio. Era la primera fundación de la nueva Congregación fuera de Tortosa, dos años después de su inicio. A ella seguirán otras fundaciones en los campos de la beneficencia y de la educación aquí en Castellón y en el resto de nuestra Diócesis.

Con alegría celebramos hoy el 150º Aniversario de la presencia de vuestra Congregación en este hospital y en nuestra Diócesis, hoy, de Segorbe-Castellón. Nuestra Iglesia diocesana se une a vosotras en este día tan significativo: con vosotras alabamos y damos gracias a Dios, fuente y origen de todo bien, por todos los dones recibidos en estos ciento cincuenta años por vuestra Congelación y, a través de vosotras y de todas vuestras hermanas, por nuestra Iglesia, y, de modo especial por los enfermos y sus familias. La historia y el presente de nuestra Iglesia son ya impensables sin las Hermanas de la Consolación y sin vuestra dedicación permanente en la pastoral de la salud, amén de vuestro trabajo en el ámbito de la educación y de la pastoral parroquial y vocacional.

Siguiendo la estela y el carisma de vuestra madre y fundadora, Santa Mª Rosa Molas y Vallvé, y siempre en estrecha comunión con nuestra Iglesia diocesana, con sus Obispos y demás pastores habéis sido y sois testigos vivos del amor de Dios, de su cercanía y de su consuelo a los enfermos. Con vuestro servicio atento y lleno de afecto a los enfermos y a sus familias, en vosotras toman cuerpo las palabras de Dios a través del profeta Isaías: “Consolad, consolad a mi pueblo dice el Señor (Is 40, 1). Estas palabras son expresión del carisma, recibido y vivido por vuestra Madre Fundadora; estas palabras condensan su herencia espiritual para vuestra Congregación, que habéis hecho lema y vida a lo largo de estos años, viendo y amando en la persona del enfermo al mismo Cristo, que en el Evangelio nos dice: “Venid benditos de mi Padre, porque estuve enfermo y me visitasteis”.

Si los enfermos están ahí, es para colmarlos del amor de Cristo, manifestación del amor de Dios. A través de vosotras, queridas hermanas, y de vuestros colaboradores y de los voluntarios, nuestra Iglesia diocesana sale al encuentro de Cristo, le encuentra y ama en los hombres y mujeres sufrientes. Con vuestra asistencia personal a cada enfermo en este hospital, se ha probado en vosotras el testimonio de Cristo. Gracias porque habéis sabido mostrar a este mundo que sufre, que el único que importa en esta vida es Cristo, y que por Él y por amor a Él hay que tener, como el Buen Samaritano del Evangelio, entrañas de misericordia para con el que sufre y para con el enfermo, que hay que padecer con el enfermo –que esto es lo que significa compasión. Vuestra atención y servicio a los enfermos se basa en el amor –amor recibido y amor compartido-, siguiendo las huellas de María, que acogió con amor el amor gratuito de Dios, le correspondió con la fe y lo compartió con el necesitado.

Gracias damos a Dios y gracias os damos a todas vosotras, hermanas de la Consolación: a las que en el pasado formaron parte de esta comunidad y a las que la formáis ahora. Con vuestra vida entregada al servicio del enfermo habéis sido testigos vivos de Jesucristo y de su Buena Nueva, eficazmente presente en su Iglesia. Habéis contribuido así a manifestar y realizar entre nosotros el misterio y la misión de la Iglesia; es decir, que nuestra Iglesia sea sacramento del amor de Dios a los hombres en el amor de los cristianos hacia sus hermanos, especialmente hacia los más pobres y necesitados. La nueva Evangelización a que nos llama la Iglesia necesita antes de nada testigos vivos del Evangelio, de la Buena Nueva, del Amor de Dios a los hombres. Vosotras nos habéis mostrado que el Evangelio vivido por amor es el mejor camino para llevar a Cristo a los hombres, para que los hombres se abran al amor de Dios manifestado en Cristo y para los hombres dejen que Jesús penetre profundamente en su corazón, transforme su existencia y les salve.

El evangelio de hoy nos habla del final de los tiempos. Aunque tiene unas notas que pueden parecer catastróficas, nos recuerda ante todo que nuestro mundo y el ser humano somos caducos; pero también nos recuerdan que no caminamos hacia la destrucción y la nada sino hacia el encuentro último y salvador con Dios en Cristo. De ahí que hayamos de caminar hacia ese encuentro en espera vigilante y activa.

En todas las cosas, en los acontecimientos de la historia y en la misma muerte se va revelando la acción salvadora de Dios. El profeta Daniel nos dice. “Serán tiempos difíciles como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora. Entonces se salvará tu pueblo” (Dan 12,1). En el momento de la tribulación aparecerá la salvación definitiva. No podemos saber el momento en que esto sucederá; pero con el Salmista podemos siempre decir: “Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré”. Recuerdo a una persona relativamente joven que enfermó gravemente y murió. Cuando le detectaron un cáncer empezó a recordar la fe que le habían enseñado sus padres. Cada vez que acudía a la visita médica, cogía en sus manos un crucifijo y decía: ‘El me curará’. Murió al poco tiempo, pero su esposa comprendió que Jesús había salvado a su marido, porque su esperanza en aquellos momentos había ido más allá de la mera esperanza de la recuperación de la salud corporal. Mientras su cuerpo se derramaba, él descubrió a Jesús, que es el fundamento de todo lo que existe, la esperanza que no defrauda.

Al celebrar el 150º Aniversario de vuestra presencia, queridas Hermanas de la Consolación, en este Hospital invito a todos a orar por vosotras y por vuestra Congregación. Pido al Señor que os mantenga fieles a vuestro carisma fundacional. “Consolar al prójimo” fue y sigue siendo el carisma de vuestra Congregación tras las huellas de vuestra santa Madre, Mª Rosa Molas. Su vida fue una vida sencilla y escondida, una vida transcurrida en la entrega heroica, entroncada en el misterio del amor de Dios, acogido en una íntima correspondencia personal a ese amor. Ella supo llevar a Cristo a los enfermos y a los sanos, en su trabajo, su entorno y su ambiente; en una palabra, ella supo evangelizar. Este carisma es una inspiración del Espíritu Santo, un don de Dios a la Iglesia a través de vuestra hermana fundadora. A esta raíz habréis de recurrir constantemente para reconocer el don de Dios y recibir el agua viva para vuestra misión. Cristo sigue manifestándose también hoy en tantos rostros que nos hablan de indigencia, de soledad y de dolor. Es necesario, pues, mantener un gran espíritu de escucha de la Palabra de Dios ‘que es siempre viva y eficaz’, para manteneros firmes en la fe en el Señor y alegres en vuestra misión, para descubrir a Cristo que vive y sufre en los enfermos y en los pobres. Pues como nos dice la carta a los Hebreos tenemos un Sumo Sacerdote, Jesucristo, sentado a la derecha de Dios, que “con un sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados” (10, 18).

Recordando vuestro origen y vuestro pasado, es bueno que contempléis el presente. Nuestra Iglesia os necesita, porque los enfermos os necesitan, porque el Señor cuenta con vosotras. Mirad el futuro con esperanza y preguntaros cómo llevar a cabo la tarea en esta hora de nuestra Iglesia y de nuestra sociedad, permaneciendo fieles a Cristo y a su Evangelio, fieles al carisma de vuestra Congregación y fieles a vuestra consagración religiosa. El Señor se dirige hoy a cada una de vosotras y os llama con fuerza renovada a su seguimiento en la tarea de anunciar la Buena Noticia del Evangelio del consuelo de Dios a los enfermos y a los que sufren, aquí en este hospital y allá donde estéis. Y la Buena Noticia no es otra sino Cristo, el Salvador de la humanidad, el Dios con nosotros, el Dios del consuelo, que vive y sufre con el enfermo y en el enfermo.

Mª Rosa Molas supo inclinarse hacia el necesitado sin distinción alguna, hecha caridad vivida, hecha amor que se olvida de sí mismo, hecha toda para todos, a fin de seguir el ejemplo de Cristo y ser artífice de esperanza y de consuelo. Ella supo no únicamente dar algo, sino ante todo supo darse a sí misma en el amor; y sólo así supo poder dar –como su ejemplo elegido, María- el don precioso del consuelo a quien lo buscaba o a quien, aun sin saberlo, lo necesitaba. Así María Rosa hacía caridad; así se hacía maestra en humanidad y auténtico instrumento de la misericordia y la consolación de Dios.

Nuestro mundo, que con frecuencia pierde el sentido último de su existencia, sigue necesitando el anuncio de “la consolación, del amor y la misericordia de Dios”. Si en lo más profundo de nuestra vida estamos convencidos de que Dios nos ama y de que él es el verdadero Amor, seremos capaces de sonreír y consolar hasta en los momentos más difíciles de la vida porque todo es expresión del amor de Dios. Hemos creído en el amor de Dios que produce una visión nueva de las personas y de las circunstancias. En el centro de toda obra eclesial, de toda vida cristiana y de toda vida consagrada está la fuerza del Dios que nos ama en Cristo.

Desde este Dios que es amor estamos llamados todos a una profunda renovación espiritual. Y lo estáis de modo especial vosotras, Hermanas de la Consolación. Porque para vosotras se trata de volver en fidelidad renovada a vuestros orígenes para reavivar el carisma fundacional viviendo en todo momento con radicalidad vuestra entrega consagrada al Señor. El Señor os llama a reavivar vuestra fidelidad al amor de Dios para ser, como vuestra Madre Fundadora ‘autenticos instrumentos de la misericordia y de la consolación de Dios.

El Señor os llama, queridas hermanas, a vivir con radicalidad vuestra consagración a Dios. Por vuestra especial vocación y consagración estáis llamadas a expresar de manera más plena el misterio del Amor de Dios manifestado en Cristo. Unidas al Señor Resucitado y por Él seréis luz que alumbre las tinieblas de nuestro mundo y testigos de esperanza para el hombre de hoy.

¡Que sobre un mundo que llora y  sufre, sigáis derramando: la consolación de Dios! ¡Que la Virgen Maria, fiel y obediente esclava del Señor, os ayude y proteja toda vuestra actividad en esta casa! Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

10º Aniversario del C.O.F. “Domus Familiae”

HOMILÍA EN 10º ANIVERSARIO DEL COF ‘DOMUS FAMILAE”

DE LA DIÓCESIS DE SEGORBE-CASTELLÓN

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Castellón, Iglesia de Santo Tomás de Villanueva, 5 de noviembre de 2009

(Rom 14,7-12; Sal 26; Lc 15,1-10)

 

Amados todos en el Señor

El pasado día 29 de octubre nuestro Centro de Orientación Familiar ‘Domus familiae’ cumplía diez años de rica andadura. En efecto, en dicho día del año 1999 era inaugurado oficialmente nuestro Centro en la Diócesis de Segorbe-Castellón por voluntad expresa de mi predecesor en esta sede de Segorbe-Castellón, Mons. Dr. D. Juan Antonio Reig Plá. Y era encomendado a la protección de la Stma. Virgen María, Reina de las Familias, de San Miguel Arcángel y de Santa Faustina Kowalska, co-patronos del Centro, porque el centro está dedicado con la asistencia del Espíritu Santo, a la Devoción de la Divina Misericordia. Cuatro años más tarde, en 2003, el Centro se constituía en la Asociación “Domus Fami1iae”, Centro de Orientación Familiar.

Esta tarde celebramos, al cumplirse su 10º Aniversario, el Señor nos convoca en torno a la Mesa de su Palabra y de la Eucaristía para la acción de gracias y para la oración. Con alegría celebramos hoy el 10º Aniversario de la presencia del COF en nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón. Nuestra Iglesia diocesana se une en este día tan significativo para alabar y dar gracias a Dios, fuente y origen de todo bien, por todos los dones recibidos durante estos años. La historia reciente y el presente de nuestra Iglesia son ya impensables sin el COF, sin la dedicación generosa y la entrega permanente de voluntarios y de profesionales en la pastoral del matrimonio, de la familia y de la vida. En vuestro intento de “integrar pedagógicamente la atención somática, psíquica, moral y espiritual de la persona”, empleando como instrumentos de encuentro con el hombre y la mujer, la fe y la razón, habéis ofrecido un servicio a las personas desde el don de la fe.

Durante estos años, el Centro ha ofrecido formación en el campo del matrimonio, de la familia y de la vida a los colaboradores, usuarios y personas dedicadas a la Pastoral Familiar y de la Vida y en la Educación Afectivo-Sexual; el Centro ha ofrecido su apoyo a Escuelas de Padres, Cursos de Formación Prematrimonial, Formación de Monitores en Métodos Naturales de Diagnóstico de la Fertilidad, entre otros. No podemos olvidar tampoco sus servicios a la Vicaría Judicial de la Diócesis en las causas matrimoniales.

Siguiendo la finalidad originaria y siempre en estrecha comunión con nuestra Iglesia y sus pastores habéis sido y sois testigos vivos de amor misericordioso de Dios a cuantos se han acercado a vosotros en demanda de ayuda: novios, esposos, mujeres o familias. Con vuestro servicio atento y lleno de afecto en vosotras toman cuerpo las palabras de Santa Faustina Kowalska: “Todo comienza en tu misericordia y en tu misericordia termina”. Estas palabras son expresión de la espiritualidad que anima y debe animar el COF.

A través del COF, de los voluntarios y de los profesionales, nuestra Iglesia diocesana sale a la búsqueda de la oveja perdida, de la persona herida para sanarla y llevarla al  encuentro de Cristo, en quien resplandece el rostro del Dios misericordioso. Gracias porque habéis sabido mostrar a este mundo que sufre, que el único que importa en esta vida es Cristo, porque como cristianos y como Iglesia ‘vivimos para el Señor’, como dice San Pablo en la lectura de hoy: por el Señor y por amor a Él hemos de tener, como el pastor del Evangelio, entrañas de misericordia para con el extraviado o alejado, para con el que sufre, para con el que necesita ayuda, apoyo y orientación. Vuestra atención y servicio se basa en el amor –amor recibido y amor compartido-, siguiendo las huellas de María, que acogió con amor el amor gratuito de Dios, le correspondió con fe y lo compartió con el necesitado.

Gracias damos a Dios y gracias os doy en nombre propio y de nuestra Iglesia a todos los colaboradores del COF. Con vuestra entrega al servicio del enfermo habéis sido testigos vivos de la Misericordia divina, de Jesucristo y del Evangelio del matrimonio, de la familia y de la Vida. Habéis contribuido así a manifestar y realizar entre nosotros el misterio y la misión de la Iglesia; es decir, que nuestra Iglesia sea sacramento del amor de Dios a los hombres en el amor de los cristianos hacia sus hermanos, especialmente hacia los más necesitados. La nueva Evangelización a que nos llama la Iglesia necesita antes de nada testigos vivos del Evangelio, de la Buena Nueva, del Amor de Dios a los hombres. Vosotros nos habéis mostrado que el Evangelio vivido por amor es el mejor camino para llevar a Cristo a los hombres, para que los hombres se abran al amor de Dios manifestado en Cristo y para los hombres dejen que Jesús penetre profundamente en su corazón, transforme su existencia y les salve.

A nuestra acción de gracias, deseo unir nuestra oración por el COF y por todos los que colaboráis de un modo u otro en él. Pidamos al Señor que os mantenga fieles a vuestra identidad eclesial y a la finalidad fundacional.

Bien sabéis, que el COF hunde sus raíces en la ‘misión’ misma de la Iglesia; es el vuestro un servicio que participa de la misión de salvación de los hombres, por las finalidades que persigue y por los resultados que se derivan de su ejercicio para el bien de la sociedad y de la misma comunidad cristiana. (Cfr. FC, nº 75).

Por ello vuestro trabajo debe  estar marcado,  como la vida de la misma Iglesia, por el servicio al otro,  por el testimonio de fe personal, exponiéndose al sufrimiento de ser perseguido o calumniado, por el anuncio de la Buena Noticia de Jesucristo Resucitado y por la búsqueda de la Comunión con Dios y con el otro en el Amor de Dios. La cima y la fuente de vuestra labor, como labor de Iglesia, será la Eucaristía, actualización del misterio pascual, expresión máxima del amor entregado y misericordioso de Dios por los hombres.

Como dice el reglamento interno del COF, vuestro fin fundamental es no sólo la restauración de la familia utilizando todos los medios humanos necesarios, sino también el acercamiento de las almas a Dios, para que Jesucristo, consuele y conforte a todos los que sufren por tantas dificultades y heridas. En vuestro trabajo habéis de “mostrar con ternura la dignidad y belleza de la persona humana, única criatura del universo visible que Dios ama por sí misma, empleando un lenguaje que hable sobre la verdad y el bien del hombre; habéis de cultivar especialmente la virtud de la esperanza en medio de la tribulación, reforzada expresamente con la oración y el reencuentro con los sacramentos así como habéis de favorecer el perdón y la reconciliación entre los miembros de las familias.

La Palabra de Dios que hemos proclamado ofrece pautas claras para vuestra tarea. “Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor: en la vida y en la muerte, somos del Señor” (Rom 14, 8): la vida nueva del cristiano brota de su pertenencia a Cristo, de su seguimiento y de la decisión de estar de su parte, acogiéndole como Señor de nuestros propios días. El señorío de Cristo es un señorío de misericordia, de escucha y de servicio salvífico para todos, al que como Iglesia hemos de servir en todo momento. La necesidad de dar cuentas ante el ‘tribunal de Dios’ es una llamada a mirar con profundidad nuestra propia existencia, para vivir para el Señor y morir para el Señor; Él es el único que puede dar sen­tido a nuestra vida. Una vida así, una vida vivida entera­mente ante el Señor nos induce a superar el prejuicio mediante la acogida de la debilidad.

En el Evangelio de hoy hemos escuchado dos parábolas de la misericordia: “Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta” (Lc 15, 10). Así hemos nos dice Jesús. Él es el Salvador, que ha venido para sanar y curar, para perdonar y salvar. El es el pastor que busca a la oveja perdida, el médico que se acerca al enfermo, el sumo sacerdote misericordioso que se compadece y libera al pecador. La salvación de Dios es una salvación integral: abarca al hombre entero, en cuerpo, alma y espíritu. En este mundo el hombre no puede alcanzar la salvación total y perfecta: su vida está sujeta al dolor y a la enfermedad, a la debilidad, al pecado y a la  muerte.

Jesucristo es el único Salvador. La salvación de Dios es Jesucristo en persona, a quien el Padre envió al mundo como Salvador del hombre y médico de los cuerpos y de las almas. Durante todos los días de su vida terrena, movido por su misericor­dia, Jesús curó a muchos enfermos y necesitados de salud, librándolos también de las heridas del pecado (cf. Mt 9, 2-8; Jn 5, 1-14).

El COF está llamado a ser presencia de la Salvación de Dios en Cristo en el mundo del matrimonio, de la familia y de la vida. Dios, amor misericordioso, el amor más grande, sale en Cristo al encuentro de los hombres, sanos y enfermos, justos y pecadores. Vosotros habéis de ser, en cualquier momento y situación, signo de la presencia viva y amorosa de Dios en Cristo, mediadores de su Evangelio del matrimonio y de la vida, y de su obra redentora por la fuerza del Espíritu. Cristo Jesús es el centro, la base y la meta de la vida y la misión del COF. La piedra angular del Centro, como la de toda la Iglesia, es Cristo Jesús: es su rostro el que habéis de mostrar, su evangelio el que habéis de anunciar, y la nueva Vida que nos viene por Él es la que habéis de anunciar y trasmitir a los demás.

La Iglesia mira hoy a la familia con preocupación, pero sobre todo con esperanza. Se trata de un bien muy importante para toda la humanidad, que hoy se encuentra gravemente amenazado. La familia es la célula fundamental de la sociedad, cuna de la vida y del amor en la que el hombre nace y crece. El clima familiar es básico en el desarrollo de la personalidad y los hábitos de conducta; en ella la persona aprende a ser persona, y se enraízan los criterios y valores que orientan la vida futura.

Miremos a María: ella nos protege y nos guía; ella es la Madre solícita que socorre con amor a sus hijos cuando se ha­llan en dificultad. María es la ‘reina de las Familias’, que dirige nuestra mirada hacia su Hijo, y como a los novios, nos dice: “Haced lo que os diga”.

Este Aniversario nos invita de nuevo a dirigir nuestra mirada hacia María, para encomendarnos a ella y seguir su estela. Siguiendo su invitación ponemos nuestros ojos en Cristo, escuchamos su palabra y nos sentimos impulsados hacia un renovado testimonio de misericordia, en tantas situaciones de sufrimiento físico y moral del mundo de hoy.

¡Acerquémonos, hermanos, con corazón bien dispuesto a la mesa de la Eucaristía! ¡Acojamos a Cristo, alimento de vida cristiana, fuente de vida y salvación integral, de comunión con Dios y con los hermanos! Él nos fortalece y nos envía a ser testigos de la misericordia divina y de la esperanza que no defrauda. Amén

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Solemnidad de Todos los Santos

Cementerios de Segorbe y de Castellón,

1 de noviembre de 2009

 (Ap7,2-4.9-14; Sal 23; 1 Jn 3,1-3;Mt 5, 1-12a)

 

Amados todos en el Señor Jesús

La solemnidad de Todos los Santos, en el día de hoy, y la conmemoración de Todos los Fieles difuntos mañana suscitan cada año en nosotros, cristianos católicos, un clima de alegría y de gratitud, y de recuerdo y de oración. Unidos por el Señor en torno a su altar, entonamos un canto de gozosa acción de gracias por todos los santos y, a la vez, recordamos con nuestra oración, llena de esperanza, a familiares y amigos que ya han concluido su peregrinaje terrenal.

Hoy recordamos ante todo y en primer lugar a todos los santos. Con el autor del Apocalipsis cantamos: “La alabanza y la gloria, la sabiduría y la acción de gracias, el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Señor, por los siglos de los siglos” (Ap 7, 12). Unidos a todos los santos, que celebran ya la liturgia celestial, cantamos la acción de gracias a nuestro Dios por las maravillas que ha realizado en la historia de la salvación.

Alabanza y acción de gracias sean dadas a Dios por haber suscitado en la Iglesia una multitud inmensa de santos, una multitud que nadie puede contar (cf. Ap 7, 9). Impresiona escuchar en este día la frase del Apocalipsis: “Y ví una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas…”. Esta inmensa muchedumbre son los santos; santos desconocidos en su mayoría, santos de todas las razas, de todos los países y pueblos, de todos los tiempos. Los santos conocidos, y también los santos anónimos, a quienes sólo Dios conoce. Son las madres y los padres de familia que han vivido con fidelidad mutua y amor entregado su matrimonio, que han acogido las nuevas vidas que Dios les ha ido dando, que han criado con esfuerzo a sus hijos y los han educado con su dedicación diaria, y que han contribuido eficazmente al crecimiento de la Iglesia y al bien de la sociedad; son los trabajadores, profesionales, autónomos y empresarios que con su esfuerzo diario, su profesionalidad y su honradez han contribuido a la construcción de una sociedad más justa; son los periodistas defensores de la dignidad humana, amantes de la verdad y transmisores de la realidad sin manipulación; son los políticos entregados al servicio del bien común y la dignidad de todo ser humano, sumisos a su propia conciencia, insobornados e insobornables; son los sacerdotes, religiosos y laicos que, como velas encendidas ante el altar del Señor, se han consumido en el servicio al prójimo necesitado de ayuda material y espiritual; misioneros y misioneras, que lo han dejado todo por llevar el anuncio del Evangelio a todo el mundo. Y la lista podría continuar.

Toda la liturgia de hoy habla de santidad. Los santos nos recuerdan que la fuerza del Espíritu Santo, el Espíritu del Señor Resucitado, actúa en todas partes; es una semilla de vida, de verdad, de justicia, de amor y de paz, capaz de arraigar en todas partes, que no necesita especiales condiciones de raza, de cultura o de clase social. Por eso esta fiesta es una fiesta de gozo para la que no necesitamos las máscaras que veíamos estos días, evocadoras de un mundo pagano, de un mundo sin Dios: el Espíritu de Jesús ha dado, da y seguirá dando fruto, y lo hará en todas partes.

Todos esos hombres y mujeres de todo tiempo y lugar tienen algo en común. Todos ellos “han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero” (Ao 7,14). Todos ellos han sido pobres de espíritu, hambrientos y sedientos de justicia, limpios de corazón, amantes de la verdad y trabajadores de la paz, hombres y mujeres de Dios. Porque hoy no celebramos una fiesta superficial, que nos evada de la realidad por unas horas, a que nos quiere empujar la propaganda difusora de esa costumbre pagana celta; hoy celebramos la victoria alcanzada por tantos hombres y mujeres en el seguimiento de Jesús por el camino de las Bienaventuranzas. A todos les une la búsqueda y la lucha por una vida más fiel y entregada a Dios, y una vida más dedicada al servicio de los hermanos y del mundo nuevo que Dios quiere. Hoy celebramos a hombres y mujeres concretos; no son fantasmas como los de la fiesta pagana celta que se nos quiere imponer; hombres y mujeres de todo tiempo y lugar que viven ya con Dios, porque han luchado esforzadamente en el camino del amor, que es el camino de Dios.

Con frecuencia pensamos que la santidad es una heroicidad propia sólo de algunos pocos. A ella estamos llamados todos. La santidad la unión con Dios por el seguimiento fiel y esforzado de Jesucristo; y esto vale también para nosotros: todo cristiano esta llamado e invitado a la santidad. Es algo exigente, sin duda, pero es posible y algo que merece la pena. Es algo para cristianos que toman en serio su condición de bautizados, de Hijos de Dios, de discípulos del Señor y de miembros de la Iglesia; y esto no es algo superficial, ni puntual ni se limita a ir tirando. Como cristianos cada uno de nosotros estamos llamados a la santidad, al seguimiento de Cristo.

Para saber cuál es el camino de este seguimiento, el camino de la santidad, debemos subir con los Apóstoles al monte de las Bienaventuranzas, acercarnos a Jesús y ponernos a la escucha de las palabras de vida que salen de sus labios. También Él hoy nos dice: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. El Maestro proclama bienaventurados y, podríamos decir, “canoniza” ante todo a los pobres de espíritu, es decir, a quienes tienen el corazón libre de todo aquello que no da espacio a Dios, a quienes, así, están dispuestos a acoger a Dios en su vida y a cumplir en todo su voluntad. La adhesión total y confiada a Dios supone desprenderse de todo aquello a lo que está apegado nuestro corazón y que no da cabida a Dios, incluido el apego a sí mismo.

Los santos se tomaron en serio estas palabras de Jesús. Creyeron que su felicidad vendría de traducirlas y vivirlas en el día a día de su existencia. Y comprobaron su verdad en la confrontación diaria: a pesar de las pruebas, de las sombras y de los fracasos gozaron ya en la tierra de la alegría profunda de la comunión con Cristo. En Él descubrieron, presente en el tiempo, el germen inicial de la gloria futura del Reino de Dios.

En esta Eucaristía recordamos de forma anticipada también a nuestros familiares y amigos difuntos. Les recordamos con cariño y con dolor, pero ante todo con la esperanza del reencuentro y de la futura resurrección. Dios Padre, “por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva” (1 Pt, 3). Sostenidos por estas palabras del apóstol san Pedro recordemos con esperanza a nuestros difuntos. Ellos han vivido ya su jornada terrena; y ahora duermen el sueño de la paz en espera de la resurrección final.

Sobre el muro de sombra de la muerte, nuestra fe proyecta la luz resplandeciente del Resucitado, primicia de los que han pasado a través de la fragilidad de la condición humana y ahora participan en Dios del don de la vida sin fin. Cristo, mediante la Cruz, ha dado un significado nuevo también a la muerte. En Cristo, la muerte se ha convertido en un sublime gesto de amor obediente al Padre y en supremo testimonio de amor solidario a los hombres. Por eso, considerada a la luz del misterio pascual, también la salida de la existencia humana ya no es una condena sin apelación, sino el paso a la vida plena y definitiva, a la perfecta comunión con Dios.

La Palabra de Dios abre nuestro corazón a una “esperanza viva”: ante la disolución de la escena de este mundo, promete una “herencia incorruptible, pura e imperecedera”. Reunidos en torno al altar, dirigimos nuestro pensamiento a nuestros hermanos que han vuelto a la casa del Padre. “Venid a mí todos. (…) Cargad con mi yugo y aprended de mí; (…) y encontraréis vuestro descanso” (Mt 11, 28-29). Estas palabras de Jesús a sus discípulos nos sostienen y confortan al conmemorar a nuestros queridos difuntos. Aunque nos sintamos apenados por su muerte, nos consuelan las palabras de Cristo, que nos dice: “Que no tiemble vuestro corazón: creed en Dios y creed también en mí” (Jn 14, 1). El corazón humano, siempre inquieto hasta que encuentra un puerto seguro en su peregrinación, halla aquí finalmente la roca firme donde detenerse y descansar. Quien se fía de Jesús, pone su confianza en Dios mismo.

Pese al dolor dejemos que nuestro corazón se ensanche con el asombro de la esperanza, a la que estamos llamados. El apóstol san Juan, en su primera carta, la expresa comunicándonos la certeza de haber llegado a ser hijos de Dios y, al mismo tiempo, la esperanza de la manifestación plena de esta realidad: “Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. (…) Cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es” (1 Jn 3, 2).

Invocamos la intercesión de la bienaventurada Virgen María, para que los acoja en la casa del Padre, con la esperanza confiada de poder unirnos a ellos un día para gozar la plenitud de la vida y de la paz. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Eucaristía de envío de los Profesores de Religión

HOMILÍA EN EL ENVIO Y ENTREGA DE LA ‘MISSIO CANONICA’ DE LOS PROFESORES DE RELIGIÓN

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Basílica de la Mare de Déu del Lledó, Castellón, 27 de octubre de 2009

 (Rom 8,18-25, Sal 125; Lc 13,18-21))

 

Hermanos y hermanas en el Señor. Saludo al Sr. Prior de la Basílica, al Sr. Vicario Episcopal de Pastoral, a los sacerdotes concelebrantes, a la Hna. Delegada Diocesana de Enseñanza y a sus colaboradores. Muy queridos profesores y profesoras de Religión:

El Señor nos ha convocado en torno a la mesa de la Eucaristía para celebrar vuestra ‘missio canonica’. Recordemos que la Eucaristía es la cima y la fuente de la vida y de la misión de la Iglesia: la tarea fundamental de la Iglesia es crear comunión con Dios y con los hermanos en Cristo: es en la Eucaristía, y especialmente en la unión con Cristo en la comunión eucarística, donde ser crea y aumenta esta comunión; comunión que envía a la misión para que esta comunión llegue a todos.

También vuestra ‘missio’ surge del mismo Cristo, que en el Evangelio de hoy nos habla del Reino de Dios en las parábolas del grano de mostaza y de la levadura del Reino de Dios. Este Reino de Dios, iniciado y establecido por la encarnación, muerte y resurrección del Señor, está presente y actuante ya en la Iglesia, que es ‘germen e inicio del Reino de Dios’. El Reino de Dios, como el grano de mostaza va creciendo y como la levadura va fermentando todo hasta que Dios sea todo en todos. Las palabras de Jesús son la razón de nuestra confianza y de nuestra esperanza, aunque tantas veces las apariencias puedan llevarnos a creer lo contrario. Con palabras de San Pablo en la lectura de hoy podemos afirmar: “los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá” (Rom 8, 18); y más adelante nos ha dicho el apóstol de los gentiles: “Porque en esperanza hemos sido salvados. Y una esperanza que se ve ya no esperanza”. (Rom 18, 24). Sigamos sus palabras y trabajemos con perseverancia en la expansión del Reino de Dios.

Al recibir el envío y el encargo para enseñar en nombre de la Iglesia la Religión y Moral católicas en los distintos niveles formativos de la escuela pública y privada sois constituidos en servidores del Reino de Dios. Si bien sois nombrados por la Administración educativa, vuestra tarea es un verdadero ministerio eclesial al que sois enviados por la Iglesia; participáis así en el ámbito del anuncio de la Palabra de Dios del ministerio apostólico, cuya plenitud reside en el ministerio episcopal. Como los mismos apóstoles y sus sucesores, los Obispos, también vosotros sois enviados hoy por el mismo Señor a través de mis manos al anuncio de la Palabra, que siempre es viva y eficaz, y como el grano de mostaza esta llamada a crecer y desarrollarse en vuestros alumnos.

Esta celebración os debe llevar a todos a adquirir una conciencia más viva de esta vuestra condición de enviados por Cristo y por su Iglesia al mundo escolar. Y como enviados habéis de ser servidores fieles y solícitos del Señor y de su Palabra tal como nos llega a través de la tradición viva de la Iglesia, en bien de la educación integral de vuestros alumnos. Se trata de un verdadero don, recibido en último término de Dios, y una tarea, que, en palabras de San Pablo, no es otra sino evangelizar sin alardes literarios para que no se desvirtúe la cruz de Cristo (1 Cor 1, 17). Porque no sois dueños, sino servidores de la Palabra; y de quien sirve se pide que sea fiel a la tarea encomendada y solícito para que la Palabra llegue plena e íntegra al destinatario.

“El Señor ha estado grande con nosotros” (Salm 125). Con estas palabras del salmista quiero dar gracias a Dios por vosotros y, a la vez, expresaros a los profesores de religión mi más sincero agradecimiento por la acogida del don que recibís en la ‘missio’; os agradezco la entrega generosa, no exenta de dificultad, que día a día demostráis en vuestros respectivos ambientes educativos. Lleváis a cabo una hermosa tarea, que ayuda a vuestros alumnos a crecer en el conocimiento de Dios, de Jesucristo y de su Evangelio, que les ayudará a que crezca en ellos el Reino de Dios, que llevan dentro de sí con la nueva vida que recibieron en su Bautismo, para dirigir sus vidas por el camino que Dios les ha señalado confiriéndolas así sentido y unidad.

Ante los intentos y la tentación de hacer de la clase de religión una clase de cultura religiosa, hoy deseo recordar el carácter confesional católico, que necesariamente ha de tener la enseñanza de la Religión y Moral católica para responder al derecho de los padres a educar a sus hijos conforme a sus convicciones religiosas y morales. Los padres, al escoger la formación religiosa y moral católica para sus hijos, depositan en la Iglesia católica su confianza para que sus hijos reciban la formación adecuada tal y como la entiende la Iglesia católica. Depende, pues, de la autoridad de la Iglesia determinar la formación religiosa católica, sus contenidos y su pedagogía; y compete al Obispo diocesano organizarla y ejercer vigilancia (CIC. c. 804 § 1).

Para ello, el Ordinario del lugar debe cuidar que los profesores de religión seáis idóneos para esta tarea; es decir que destaquéis por vuestra recta doctrina, por vuestro  testimonio de vida cristiana y por vuestra aptitud pedagógica (CIC c. 804 § 2). Así lo pide la Iglesia universal; y, como no podía ser de otro modo, así lo ha reconocido nuestro Tribunal Constitucional. Tres condiciones de vuestra idoneidad que vienen exigidas por la confianza que deposita la Iglesia en vosotros y para garantizar el derecho de los padres a pedir esta enseñanza para que sus hijos sean educados en sus convicciones religiosas y morales.

La recta doctrina pide no sólo no enseñar doctrinas contrarias a la doctrina y moral de la Iglesia; la recta doctrina también se ve afectada negativamente cuando se omiten cuestiones que están presentes en el currículo, cuando se ponen entre paréntesis temas que pensamos van a encontrar rechazo, cuando se presenta la doctrina de la Iglesia y del Magisterio en cuestiones doctrinales o morales como una mera opinión de los Obispos. Es urgente intensificar vuestra comunión con el Magisterio de la Iglesia, como también es necesario y urgente mejorar la formación inicial y la formación permanente en temas doctrinales y morales, en especial en bioética, en la comprensión cristiana del amor y la sexualidad. El testimonio de vida cristiana, por su parte, exige vivir como creyentes y discípulos de Jesús, practicando la fe cristiana y viviendo de acuerdo con la moral de la Iglesia. Quien no lo hace deja de tener la condición para obtener y mantener la declaración de idoneidad y, por tanto, para recibir o mantener la missio.

La formación religiosa católica, que impartís, pide que estéis identificados con la fe y la moral del Evangelio tal como nos llega y se nos propone en la tradición viva de la Iglesia y por el magisterio eclesial. Optáis libremente para ser profesores de religión; nadie os obliga a ello. Esta opción no puede basarse en el mero deseo de completar un horario ni tampoco en tener un puesto de trabajo seguro y remunerado. No os podéis limitar tampoco a ser meros especialistas conocedores de la materia. El profesor de religión y moral católica es, sobre todo, un creyente católico y testigo de su fe de palabra y de vida, que quiere enseñar en nombre de la Iglesia la Buena Noticia de la salvación de Dios que se ha manifestado en Cristo y su Evangelio; es un profesor que quiere transmitir la realidad viva de Dios, que posibilita la dignidad, grandeza, verdad y libertad del hombre, es decir su salvación, y que le hace protagonista en la construcción de su Reino y da sentido a su vida.

Como profesores de religión participáis de una manera específica de la misión evangelizadora de la Iglesia. La Iglesia ha sido elegida por Dios para continuar la misión de Jesucristo, que no es otra que evangelizar, hacer presente y operante a Cristo y su Evangelio, para que el Reino crezca como el grano de mostaza y transforme al hombre y a la sociedad.

En vuestra misión habéis de proclamar con vuestra vida, con vuestra palabra y con vuestra específica enseñanza la comunión con Dios en el seno de la Iglesia que os otorga esta dignidad de enseñar. En vuestra tarea trasmitís no sólo conocimientos sino ante todo vida: la vida que hace posible ese proyecto que da sentido, dignidad y libertad. La naturaleza misma de la formación religiosa católica y la naturaleza del profesor de religión, como cristiano católico elegido para participar en la misma misión de la Iglesia, exigen que exista coherencia entre la vida y lo que se enseña.

No se me oculta la situación harto difícil en la que debéis llevar a cabo vuestra tarea educativa. La palabra de Dios, que hemos escuchado, es fuerza en la dificultad. Dios no se cansa ni fatiga, el reanima al cansado y reconforta al débil (cf. Is 40, 27-31). ‘La debilidad de Dios es más fuerte que los hombres’, nos dice San Pablo. Porque la semilla de la Palabra siempre encuentra una tierra buena y da su fruto; la Palabra de Dios nunca vuelve vacía a Él. Las enseñanzas de Jesucristo, su vida y su persona son fuente de valores, de vida y de cultura.

Ahora que estamos preparando el Directorio diocesano de Iniciación cristiana, no podemos olvidas que la educación y maduración en la fe y vida cristiana se realiza por diversos cauces, entre los que destacan la familia, la parroquia y la escuela; todos ellos, con objetivos y medios diferentes, han de ser convergentes en la acción educativa de niños, adolescentes y jóvenes. Cuando se prescinde de una de estas vías, se producen vacíos, rupturas y desajustes lamentables en el proceso de maduración y de educación en la fe.

Ante una cultura que en muchos casos presenta antivalores erigidos como nuevos ídolos o referentes vitales, el anuncio del acontecimiento de Jesucristo en la Iglesia, va siempre contra corriente y exige una respuesta personal y comprometida. Ante los síntomas de debilitamiento de la fe, dudas y desorientación en el camino, los testigos del Reino de Dios y de su Palabra, -y vosotros y vosotras estáis llamados y enviados a serlo-, deben estar a la escucha de Aquel, que los envía: El es la Palabra viva, la fuerza y la esperanza.

La enseñanza religiosa se enfrenta hoy a nuevos retos en la transmisión de la fe a las nuevas generaciones. Hoy es necesaria una propuesta de la fe que lleve al encuentro con Jesucristo, que integre la fe y la vida, que dialogue con la cultura y que promueva una nueva síntesis que muestre la fuerza humanizadota de la fe. Así se comprende que el anuncio de la fe debe ir unido a la educación del ser humano, para que el mensaje de la fe pueda ser acogido en la vida, pueda generar cultura, y entre en la historia. La prioridad de la Iglesia debe centrarse, por ello, en el anuncio de Cristo. El mismo se presenta ante el corazón y la libertad de todos como una compañía humana que se puede ver, tocar y escuchar, y que nos recuerda que la vida tiene un sentido y nos llama a descubrir nuestra dignidad de hijos de Dios. La transmisión de la fe conlleva la renovación de la fe de los cristianos, redescubrir la sencillez del mensaje de la fe y conquistar la verdadera libertad cristiana en un mundo que quiere imponer unos ‘valores’ contarios a la fe cristiana.

Volvamos nuestra mirada al Señor, confiemos en su palabra y en su presencia en medio de nosotros. Fiados de su palabra avivemos nuestra confianza en Él y retomemos el aliento necesario para el camino.

¡Que Santa María, la Mare de Deu del Lledó, que supo acoger con fe y obediencia la Palabra de Dios y transmitirla a los demás sea vuestro modelo en vuestra misión! ¡Que ella os aliente, os conforte y os proteja!  Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Jornadas Nacionales de los Centros de Preparación al Matrimonio

HOMILIA EN LAS 41 JORNADAS NACIONALES DE LA FEDERACIÓN NACIONAL DE LOS CENTROS DE PREPARACIÓN AL MATRIMONIO

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Capilla del Seminario ‘Mater Dei’, 18 de octubre de 2009

29º Domingo del Tiempo Ordinario

(Is 53,10-11; Sal 32; Hb 4,14-16; Mc 10,35-45)

 

Hermanas y hermanos en el Señor!

 

  1. Toda la vida de la Iglesia, toda la vida de un cristiano y de todo movimiento o asociación cristiana tiene su cima y su fuente en la Eucaristía. A ella hemos de tender y de ella hemos de partir en nuestra vida y misión. En toda Eucaristía, actualizamos el misterio pascual de Cristo, la manifestación suprema del amor de Dios a la humanidad en Cristo Jesús. En la Eucaristía, el Señor mismo nos ofrece su amistad y su vida: Él quiere unirse a cada uno para establecer y fortalecer nuestra comunión con Dios y nuestra comunión fraterna; una comunión que nos envía a la misión, para que el amor de Dios anunciado, celebrado y compartido llegue a todos, y genere comunión.

 

  1. También las tres lecturas de este Domingo nos llevan a centrar nuestra atención en Jesucristo y en lo que Él significa para todo hombre. Cristo ha venido a servir y dar su vida por todos.

 

La primera lectura, del cuarto cántico del siervo de Yahvé, nos hace vivir el dramatismo de la pasión y muerte de Jesús, consecuencia última de toda su vida: Él fue fiel a la misión del Padre, al amor de Dios y al amor de los hombres; Él no se arredró ni buscó escapatorias; Él aceptó vivir ese amor entregado hasta la muerte. De esa muerte dramática, dice la propia lectura, nace luz, justificación, vida para todos: el amor rompió el maleficio del mal y de la muerte, y abrió un camino nuevo para la humanidad entera; el amor vivido por el Dios hecho hombre abrió para todos los hombres la vida del amor de Dios.

 

Y en esa misma línea se sitúan la segunda lectura y el evangelio. En el evangelio, es el propio Jesús quien manifiesta el sentido de su vida y de su muerte. Su vida entera fue un servicio, una entrega personal de amor y por amor. Y por esa fidelidad absoluta al amor, por esa entrega plena (sólo el propio Dios es capaz de amar tanto!), los hombres hemos sido arrebatados del poder del mal: uniéndonos a él, dejando que su vida llegue a nosotros y siguiendo su camino, nosotros también alcanzaremos la Vida en plenitud.

 

  1. En Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, Dios mismo nos muestra su rostro amoroso; y, a la vez, nos muestra al hombre, su verdadero rostro, nuestro verdadero origen y destino, según el plan de Dios. En Jesús queda renovada la creación entera; el ser humano, el hombre y la mujer, y todas las dimensiones de la vida humana han sido desveladas e iluminadas en su sentido más profundo por el Hijo de Dios, y, a la vez, han quedado sanadas y elevadas. En el Hijo de Dios han adquirido también su verdadero sentido el amor, el matrimonio y la familia, y el valor inalienable toda vida humana, que es don y criatura de Dios, llamada a participar sin fin de su amor.

 

Al finalizar vuestro encuentro, a esa contemplación de la persona de Jesús se le añaden inevitablemente preguntas: ¿no son Jesucristo y el Evangelio un gran don que todo hombre merece poder conocer y vivir? ¿cómo podríamos nosotros permanecer insensibles ante el hecho de que esa Buena Noticia aún no es conocida y vivida por muchos? ¿cómo podemos hacer llegar a los novios, a los esposos y a las familias a Cristo, el evangelio del matrimonio, de la familia, del amor y de la vida?

 

  1. El Evangelio de hoy nos muestra el camino. La presentación que Jesús hace hoy del sentido de su misión aparece como respuesta a una discusión con Santiago y Juan y el resto de los apóstoles. Y esa discusión ofrece también un elemento importante de reflexión sobre la tarea de la Iglesia, de la tarea de los Centros de Preparación al matrimonio.

 

Los apóstoles están muy marcados por lo que podríamos llamar “el estilo del mundo”: buscan los primeros puestos, las situaciones de influencia, los espacios de poder, el quedar bien ante los demás, es decir siguen lo criterios del mundo. Jesús es muy claro y radical: “El que quiera ser gran grande, sea vuestro servidor”. Sí: los discípulos de Jesús han de encontrar en el servicio a los demás como enviados y mediadores de Jesús, la clave de su misión. Juan y Santiago y los demás apóstoles lo vivieron así, y la tarea de la Iglesia también es así: la entrega personal, constante, al servicio de Cristo y de su Evangelio, y de todo lo que sea vida para el hombre.

 

También, vosotros habréis de entender vuestra tarea como servicio entregado a novios, esposos y familias para ofrecer el Evangelio del amor, del matrimonio, de la familia y de la vida. Y esto sólo será posible si se ofrece tal como nos llega en la tradición viva de la Iglesia, en comunión afectiva y efectiva con los Pastores y con el Magisterio. “Mantengamos la confesión en la fe” nos dice hoy el autor de la carta a los Hebreos.

 

La acogida y el servicio que hemos de prestar a novios, esposos y familias habrán de hacerse con entrañas de misericordia. Pero esta acogida merece tal nombre si se hace desde la verdad. ‘Caritas in veritate’, así nos ha indicado el Papa, Benedicto XVI, en su última encíclica ha de ser nuestra caridad, nuestra acogida, nuestra misericordia

 

  1. En nombre de Jesús hemos de ofrecer la verdad y la belleza del amor, del matrimonio y de la familia, según el plan de Dios. Las raíces más hondas del matrimonio, de la familia y de la vida se encuentran en Dios, en su amor creador. Dios crea por amor al hombre y a la mujer a su imagen. Dios los llama al amor y a la comunión mutua, fiel y para siempre en el matrimonio. Dios mismo hace fecunda su unión amorosa en los hijos. “Los creó hombre y mujer y los bendijo diciendo: creced y multiplicaos, llenad la tierra” (Gn 1,27-28). En todo hombre y en toda mujer hay una llamada de Dios al amor y a la comunión. El amor conyugal nace de la admiración mutua de un hombre y de una mujer ante la belleza y la bondad del otro e incluye una llamada a la comunión y a la transmisión de la vida. Es una llamada de Dios al amor esponsal que les lleva a la entrega para ser padre y madre responsables y amorosos. De la comunión del hombre y de la mujer en el matrimonio surge la familia.

 

En una sociedad que vive de espaldas a Dios, todo esto es cuestionado. Se cuestiona que el matrimonio sea la unión de un hombre y de una mujer, que ésta unión mutua lo sea para siempre, que la familia se base en el matrimonio, que la unión de los esposos para ser verdadera manifestación del amor matrimonial ha de estar abierta a la nueva vida, que la vida humana no se fabrica sino que se procrea como fruto del amor entre los esposos, que toda vida humana desde el momento mismo de su concepción hasta su muerte natural ha de ser querida, respetada y defendida.

 

  1. La familia, comunidad de vida y amor, que se funda en el matrimonio, es una realidad insustituible para el verdadero desarrollo de los esposos y de los hijos. “En la familia, el amor se hace gratuidad, acogida y entrega. En la familia cada uno es reconocido, respetado y valorado por sí mismo, por el hecho de ser persona, de ser esposa, esposo, padre, madre, hijo o abuelo. El ser humano necesita una ‘morada’ donde vivir. Una de las tareas fundamentales de su vida es saberla construir. Todo hombre y toda mujer necesitan un hogar donde sentirse acogidos y comprendidos. El hogar es para la persona humana un espacio de libertad, la primera escuela de humanidad.

 

El amor de los esposos es la primera relación que conforma la familia. Luego, viene la relación paterno-filial, cuya falta, por los más variados motivos, es siempre un primer drama en la vida de las personas. También las relaciones de fraternidad tienen una riqueza singular que no se encuentra en otras relaciones humanas; es la riqueza de compartir en igualdad un único amor: el amor de los padres. La familia tampoco puede olvidar la atención y el cariño especial que debe prestar a los ancianos y a otros miembros débiles, porque la familia, pequeña iglesia, está llamada al servicio de todos los que la forman, y especialmente de los más necesitados; de este modo vive “el amor preferencial por los pobres”: recién nacidos, deficientes, enfermos y ancianos. La convivencia familiar se convierte, así, en escuela de fraternidad y solidaridad, que nos abre igualmente a la solidaridad con otras familias para la construcción de un mundo mejor.

 

Hemos de anunciar el Evangelio del matrimonio y de la familia, basada en él, ante la falacia de los denominados ‘nuevos y alternativos modelos de familia’, tan pobres y raquíticos. Para la sociedad es más perniciosa todavía la equiparación de las uniones de hecho al verdadero matrimonio y a la verdadera familia o la difusión de la mentalidad divorcista, que oculta el drama humano y social que supone el fracaso del matrimonio.

 

Servir al evangelio de la vida, por su parte, supone que las familias acojan en su seno y eduquen para acoger con amor, gratitud y alegría toda nueva vida humana; pero también que se impliquen activamente en asociaciones familiares y trabajen para que las leyes e instituciones del Estado no violen de ningún modo sino que defiendan y promuevan los derechos humanos, entre los cuales está en primer lugar el derecho a la vida, desde la concepción hasta la muerte natural,

 

Tomemos conciencia de nuestra responsabilidad como creyentes: la familia sana es el fundamento de una sociedad libre y justa. En cambio, la familia enferma descompone el tejido humano de la sociedad.

 

Los matrimonios y las familias cristianas pueden ofrecer un ejemplo convincente de que es posible vivir un matrimonio de manera plenamente conforme con el proyecto de Dios y las verdaderas exigencias de los cónyuges y de los hijos. Éste es el mejor modo de anunciar y proponer la Buena Nueva del matrimonio y de la familia.

 

  1. No corremos tiempos fáciles para el matrimonio, la familia y la vida humana. El Evangelio de hoy nos llama a perseverar en el camino de Dios. Acojamos, vivamos y anunciemos la Buena nueva del matrimonio, la familia y la vida en comunión con la Iglesia. A María, la Mater Dei, le pido esta mañana que cuantos formáis los CPM sepáis responder a la tarea urgente de acoger, vivir y proponer la Buena nueva del amor, del matrimonio, de la familia y de la vida. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de Ntra. Sra. la Virgen del Rosario

Basílica de San Pacual de Villareal – 5 de octubre de 2008

(Za 2, 14-17; Magnificat; Hech 1,12-14; Lc 1,26-38)

 

Hermanas y hermanos muy amados en el Señor

Saludo con afecto los párrocos de San Jaime, al Sr. Arcipreste de Villareal y a los sacerdotes concelebrantes, a toda la comunidad parroquial que nos acoge, a las niñas de primera Comunión. Mi saludo cordial a la presidenta y directiva de la Asociación de la Virgen del Rosario; os agradezco vuestra delicadeza al invitarme una año más a presidir esta Eucaristía: veo en ello un signo elocuente no sólo de vuestro afecto sino ante todo de vuestra unión y comunión con vuestro Obispo, Padre y Pastor, y, a través de él, con toda la Iglesia diocesana, que peregrina en Segorbe-Castellón. Saludo también a todos cuantos habéis acudido a esta Basílica de San Pascual en esta mañana del primer Domingo de octubre, mes del Rosario. Un saludo muy especial a todos los que estáis unidos a nuestra celebración a través de Radio COPE, en especial a los enfermos e impedidos. Con vuestra presencia aquí o unidos desde casa queréis mostrar vuestro cariño sincero, vuestra devoción profunda y vuestro amor filial a la Madre, a la Virgen del Rosario.

El Señor nos ha convocado en torno a la mesa del Pan de la Palabra y de la Eucaristía para honrar y venerar, alabar y cantar a vuestra patrona, querida Asociación de la Virgen del Rosario. “Desde ahora me felicitarán todas las generaciones”. Así hemos escuchado de labios de María en el Magníficat. La Madre del Señor profetiza las alabanzas a María y la devoción mariana del pueblo de Dios hasta el fin de los tiempos, generación tras generación, una cadena en que se inserta como un eslabón más vuestra devoción. Al alabar a María, no inventamos algo ‘ajeno’ a la Escritura: respondemos a esta profecía hecha por María en aquella hora de gracia.

Y estas palabras de María no eran sólo palabras personales, tal vez arbitrarias. Como dice san Lucas, Isabel había exclamado, llena de Espíritu Santo: “Dichosa la que ha creído”. Y María, también llena de Espíritu Santo, continúa y completa lo que dijo Isabel, afirmando: “Me felicitarán todas las generaciones”. Es una auténtica profecía, inspirada por el Espíritu Santo; al venerar a María, respondemos a un mandato del Espíritu Santo, cumplimos un deber.

Nosotros no alabamos suficientemente a Dios si no alabamos a sus santos, sobre todo a la “Santa”, a María, que se convirtió en su morada en la tierra. La luz sencilla y multiforme de Dios sólo se nos manifiesta en su variedad y riqueza en el rostro de los santos, que son el verdadero espejo de su luz. Y precisamente viendo el rostro de María podemos ver mejor que de ninguna otra manera la belleza de Dios, su bondad, su misericordia. En este rostro podemos percibir realmente la luz divina.

“Me felicitarán todas las generaciones”. Y nosotros podemos y debemos alabar a María, venerar a María, porque es ‘feliz’, feliz para siempre. Ella es feliz porque es la llena de gracia, porque se ha dejado llenar de Dios, porque está unida a Dios, porque vive con Dios y en Dios.

Y ¿cómo muestra María esta unión con Dios? Fijémonos en la Palabra de Dios que hemos proclamado hoy. Esta Palabra nos presenta tres veces y en forma siempre diferente a María, la Madre del Señor, como una mujer que ora.

En el libro de los Hechos de los Apóstoles la encontramos en oración en medio de la comunidad de los Apóstoles reunidos en el Cenáculo, invocando al Señor, que ya ha ascendido al Padre, para que cumpla su promesa:  “Seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días” (Hch 1, 5). María guía a la Iglesia naciente en la oración a la espera del Espíritu Santo; María es casi la Iglesia orante en persona. Y así, juntamente con la gran comunidad de los santos y como su centro, está también hoy ante Dios intercediendo por nosotros ella está pidiendo a su Hijo que envíe su Espíritu una vez más a la Iglesia y al mundo, y que renueve la faz de la tierra; ella está pidiendo que fortalezca la fe y la vida de creyentes, que avive a nuestras comunidades parroquiales en su vida y misión, que aliente a vuestra Asociación en vuestro fervor cristiano y mariano.

A esta lectura de los Hechos de los Apóstoles hemos respondido cantando con María el gran himno de alabanza, el Magnificat; es el cántico que ella entonó cuando Isabel la llamó bienaventurada a causa de su fe. “Dichosa tú, porque has creído”, le dijo Isabel a María. El canto de la Virgen es una oración de acción de gracias, de alegría en Dios, de bendición por sus grandes hazañas. “Proclama mi alma la grandeza del Señor”: con estas palabras responde María al saludo de Isabel. Ella sabe que cuanto es, es obra y fruto de la grandeza de Dios. Sin Él, ella no sería nada. Proclamar la grandeza del Señor significa reconocer su bondad, significa darle espacio en el mundo, en nuestra vida; proclamar la grandeza del Señor significa permitirle entrar en nuestro tiempo y en nuestro obrar: esta es la esencia más profunda de la verdadera oración.

Donde se proclama la grandeza de Dios, el ser humano no queda empequeñecido, sino engrandecido: María es grande y la felicitan todas las generaciones de la tierra, porque ha dejado a Dios entrar en su vida, se ha donado a Dios, se ha hecho de Dios, hasta exclamar: “He aquí la esclava del Señor: hágase en mi según tu palabra”; es decir, hágase en mi tu voluntad, tu designio amoroso. Sí, hermanos y hermanas, allí donde el ser humano acoge a Dios en su vida, en su existir y en su actuar, queda engrandecido y el mundo resulta luminoso.

Y, finalmente, en el Evangelio, cuando el ángel Gabriel entra en su presencia, encuentra a María sumida en la oración: La Virgen, ‘la llena de gracia’, la elegida para ser ‘la morada de Dios entre los hombres’, acoge en actitud orante el anuncio del ángel, pronuncia su ‘fiat’; y así en su seno se hace carne el Hijo mismo del Altísimo.

Ser de Dios y vivir para Dios, dejar que aparezca la grandeza de Dios en el hombre, acoger la palabra de Dios, vivir en obediencia a Dios y cumplir su voluntad: ésta es la más genuina verdad del ser humano, como nos enseña la Virgen. El error fundamental del hombre actual es querer prescindir de Dios en su vida, es erigirse a sí mismo en el centro de la existencia, es suplantar a Dios, es querer ser dios sin Dios. Es el drama del hombre moderno, que ha pensado que apartando a Dios de su vida, llegaría a ser realmente libre y feliz. Pero cuando Dios desaparece, el hombre no llega a ser más grande; al contrario, pierde la dignidad divina, pierde el esplendor de Dios en su rostro. Al final se convierte sólo en el producto de una evolución ciega, del que se puede usar y abusar (Benedicto XVI).

Por el contrario: donde se deja a Dios ser Dios, donde se deja y se busca que se muestre su grandeza y donde se cumple la voluntad de Dios, allí está Dios. Y esto se aprende y se vive en la oración. Los cristianos de hoy necesitamos con urgencia volver una y otra vez nuestra mirada a Dios, reencontrarnos con Dios en su Hijo Jesucristo, contemplando su rostro, para así conocerle, amarle e imitarle. Los cristianos necesitamos redescubrir y vivir con alegría nuestra condición de cristianos, necesitamos descubrir y valorar la grandeza de Dios en nuestra vida. Y el camino que nos muestra María es la oración, que es escucha de Dios y de su Palabra, que es unión con Dios, y que es acogida de su voluntad para llegar a ser de Dios, como María.

Cristianos y comunidades cristianas precisamos reavivar y profundizar la fe y la vida cristianas mediante la oración, personal y comunitaria; una oración que nos lleve al encuentro y unión con Cristo, al conocimiento de su Evangelio, a su seguimiento fiel y a una imitación cercana del Señor en el camino hacia la santidad, en la vocación que cada uno hemos recibido. La oración, tanto la vocal como la contemplativa, son imprescindibles para alimentar la vida cristiana, personal y familiar, y la vida pastoral de nuestras comunidades.

Y no cabe la menor duda, hermanos y hermanas en Señor, que una de estás formas de oración es el rezo del Rosario, hecho en compañía y a ejemplo de María. Sí: el rezo del Rosario no ha pasado de moda

El Rosario es una oración sencilla y profunda. Ejercitado con devoción nos conduce a la contemplación del rostro del Señor, nos lleva al encuentro con su Persona, sus palabras y sus obras de Salvación a través de los misterios de gozo y de luz, de dolor y de gloria. Su rezo se encuadra perfectamente en el camino espiritual cada uno de nosotros, de vuestra Asociación, de vuestras familias, de vuestras parroquias y de nuestra Iglesia diocesana, llamada a vivir en comunión y a una renovada evangelización con la mirada, la mente y el corazón puestos en el Señor. Si queremos ser presencia viva de Jesús y de su Evangelio en esta tierra, necesitamos crecer en vigor espiritual para superar la tibieza en la fe y en la vida personal y comunitaria, la inercia en nuestra vida de asociadas y en la acción pastoral, y el desaliento que nos van atenazando a fieles y pastores.

El rezo del Rosario nos lleva a la unión con Dios en Cristo y al conocimiento y acogida del Evangelio. Como siempre, de las manos de la Madre vamos al Hijo. En el rezo del Rosario podemos aprender de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la hondura y la anchura de su amor desde la profundidad de todo el mensaje evangélico. El Rosario se nutre directamente de las fuentes del Evangelio. No sólo los misterios contemplados en los ciclos de gozo y de luz, de dolor o de gloria, sino también las mismas fórmulas oracionales principales están tomadas del Evangelio.

Al comienzo de cada misterio, oramos con las mismas palabras con que Jesús enseño y mandó orar a sus discípulos: el Padrenuestro, la oración dominical, la oración cristiana por excelencia. En cada Avemaría, nos dirigimos a la Virgen, con las palabras de saludo del ángel Gabriel en la Anunciación del Hijo de Dios y de alabanza gozosa de su prima Isabel en la Visitación; y con la Iglesia pedimos su intercesión en el presente y en el paso definitivo a la vida eterna. Al finalizar cada misterio, la oración se hace invocación y alabanza al Dios Uno y Trino, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. En verdad: el rosario es un verdadero ‘compendio del Evangelio’, como dijeron Pío XII y Pablo VI.

El Rosario es fuente de santidad para todos nosotros, los creyentes, que obtiene abundantes gracias como de las mismas manos de la Madre del Redentor. Su rezo sosegado, tranquilo y devoto nos abre y dispone a la gracia de Dios. Es fuente de comunión con Dios mediante la comunión vital con Cristo en la contemplación de sus misterios. Y es fuente de comunión con los hermanos en Cristo por medio de Maria al ofrecer su rezo o el de sus misterios por alguna necesidad propia o ajena, de personas cercanas y queridas, de la familia, de la sociedad, de la humanidad o de la Iglesia. Peticiones todas ellas que, si son sinceras, irán unidas necesariamente al compromiso efectivo.

Es preciso que recuperemos y reavivemos la oración del Rosario en nuestra Iglesia diocesana en privado o en grupo, en las parroquias y en las comunidades, y, -¿por qué no?- en las familias. Una familia que reza unida, permanece unida. El Rosario no ocupa ciertamente el mismo lugar de la Eucaristía; tampoco puede sustituirla o suplantarla. Pero no es menos cierto, que el Rosario la prepara, conduce a ella, ayuda a una participación más consciente y plena en ella.

Para que así sea, el rezo del Rosario ha de hacerse de un modo tranquilo, recogido y reflexivo, que favorezca, en quien ora, la meditación de los misterios de la vida del Señor, vistos a través del corazón de María.

No olvidemos que si de alguien se puede decir que es ‘maestra de oración’ esa es la Virgen María. Por eso acudimos y recurrimos a ella. De la Escuela de tal Madre no podemos nunca salir desilusionados. Que María, la Virgen del Rosario, nos ayude a fortalecer nuestra unión y comunión con Dios en Cristo; que la Virgen nos enseñe el camino de la oración y que de sus manos recuperemos el rezo de Rosario en nuestra Iglesia diocesana, en nuestras familias. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón