Homilía en el Día de Navidad 2015

Castellón de la Plana. S.I. Concatedral, 25 de diciembre de 2015

(Is 52,7-10; Sal 97; Hb 1,1-6; Jn 1,1-18)

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  1. ¡Feliz Navidad’, hermanos, porque “hoy nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor” (Lc 2,11). Un año más la liturgia de la Iglesia nos congrega ante el misterio santo de la Navidad; de nuevo nos reunimos ante el portal de Belén para adorar y meditar, para bendecir y alabar, para postrarnos en humilde oración ante el Niño Dios, nacido en Belén.

 

  1. Un niño nos ha nacido, un hijo se nos dado” (Is 9, 5). Estas palabras del Profeta Isaías encierran la verdad de este gran Día; estas palabras nos ayudan, a la vez, a entrar en su misterio y nos introducen en el gozo de esta fiesta.

 

Nos ha nacido un Niño, que, en apariencia, es uno de tantos niños. Nos ha nacido un Niño en un establo de Belén: nace y yace humilde y pobre entre los pobres. Pero ese Niño que ha nacido es “el Hijo” por excelencia: es el Hijo de Dios, de la misma naturaleza del Padre, “reflejo de su gloria, impronta de su ser” (Hb 1,3). Anunciado por los profetas, el Hijo de Dios se hizo hombre por obra del Espíritu Santo en el seno de la Inmaculada Virgen María. Cuando, hoy proclamemos en el Credo las palabras “y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen, y se hizo hombre”, todos nos arrodillaremos. Meditaremos brevemente el misterio que hoy se realiza: el Hijo de Dios “se hizo hombre”. Si todavía nos queda capacidad de asombro y gratitud, contemplemos el misterio de la Navidad, adoremos al Niño-Dios. Hoy viene a nosotros el Hijo de Dios y nosotros lo recibimos de rodillas en adoración agradecida.

 

  1. Un Hijo se nos ha dado”. La Navidad es don de Dios para toda la humanidad: el mayor de todos los dones posibles, el mejor regalo posible, porque Dios nos da a su propio Hijo por puro amor al ser humano. Jesús, el Hijo que nos ha sido dado, ha querido compartir con nosotros la condición humana para comunicarnos la vida divina. No dejemos distraer por los ruidos exteriores o por los tintes paganos de las celebraciones navideñas en nuestros días. No permitamos que los intentos de silenciar, negar o cambiar el sentido propio de la Navidad nos distraigan también a los cristianos.

 

Navidad, su raíz más profunda y su razón suprema es que nace Dios: Dios nace a la vida humana, Dios se hace hombre, el Hijo de Dios toma nuestra naturaleza humana para hacernos partícipes de la vida de Dios. Navidad, el nacimiento de Jesús en Belén, significa que Dios está con nosotros. Dios no es un ser lejano, que viva al margen de la historia humana o que esté enfrentado a la humanidad. El Dios que hoy se nos muestra en este Niño es el Dios-con-nosotros, que entra en nuestra historia y la comparte, que está a favor de los hombres: El Niño-Dios es el Emmanuel. Si la gloria del hombre es Dios mismo, también “la gloria de Dios es que el hombre viva” (S. Ireneo). Es una tentación y una tragedia permanente del ser humano, desde el origen de la historia humana, pensar que Dios es el adversario del hombre. El Dios, que se manifiesta en el Niño-Dios nacido en Belén, no es un dios celoso del hombre, de su desarrollo o progreso, de su libertad o de su felicidad. Dios, hermanos, no es el opio del hombre; es decir, una ilusión construida por el hombre con lo mejor de si mismo, que le impida ser él mismo.

 

No, hermanos. Dios se hace hombre por amor al hombre, para que éste lo sea en verdad y en plenitud, es decir conforme a su condición de ‘imagen de Dios’. Por ello, si el hombre quiere serlo en verdad y conforme a su propia dignidad de ‘imagen de Dios’, no puede silenciar a Dios en su vida, no puede marginarlo en su existencia, no puede intentar liberarse de El declarando su muerte para comenzar así a ser hombre. En Jesucristo y por Jesucristo, Dios ha hecho suya la causa del hombre, ha empeñado su palabra en la salvación del mundo. Sólo en Cristo Jesús encuentra el hombre su identidad, su plenitud y la salvación.

 

4. “La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn 1,14), hemos proclamado en el Evangelio. La Palabra, que existía desde siempre, que ya existía desde el principio de todo, cuando Dios creó el cielo y la tierra, esa misma Palabra toma carne en un momento de la historia. Jesús, el Niño-Dios nacido en Belén de la Virgen María, es la Palabra por la que todo fue creado, es la Palabra pronunciada de Dios, la manifestación y revelación definitiva y plena de Dios a los hombres. Dios mismo se revela, manifiesta y se pone a nuestro alcance en este Niño que nace en Belén. Este Niño-Dios es la manifestación definitiva de Dios. “Ahora, en la etapa final, (Dios) nos ha hablado por el Hijo” (Hb 1,2). No tenemos otro camino para conocer a Dios, para caminar hacia Él y para encontrarnos con El sino el Niño-Dios. Jesús dirá más tarde a uno de sus discípulos: “Felipe, el que me ve a mí, ve al Padre” (Jn 14, 9). Porque la Palabra de Dios se ha hecho carne; no es un fantasma o una ficción retórica, sino un hombre de verdad, de carne y hueso, Jesucristo. No es tampoco un mito de la religión, ni es una leyenda piadosa, sino una persona real de la historia humana.

 

Si creemos así, hermanos, creeremos también que el nacimiento de Jesús es la epifanía, la manifestación de Dios, la manifestación de la Misericordia de Dios. Su persona, sus gestos y sus palabras nos muestran a Dios que es misericordia. En Jesús y por Jesús, Dios sale al encuentro del hombre. En Jesús y por Jesús, es Dios con nosotros, en medio de nuestro mundo, inserto en nuestra historia, que ya no podemos distorsionar.

 

Cristo Jesús, la Palabra hecha carne, culmina la plenitud de los tiempos, es el centro de la historia y el cumplimiento de la promesa de Dios, que es promesa de salvación. En el nacimiento de Jesús, Dios pone su tienda entre los hombres, cambia el rumbo de la historia, capacitándonos para el empeño humano de construir la fraternidad universal. Dios se hace nuestro prójimo y el prójimo deviene el punto de mira que nos orienta y conduce a Dios. Por eso, cuando la Navidad alumbra a Dios, se convierte en una fuerza imparable de paz y de fraternidad.

 

La humanidad, siempre y más que nunca en nuestros días, está necesitada de ese Niño-Dios, “el Príncipe de la paz”, para que acalle el ruido de las armas, para que ponga unión en las familias, para que ilumine con la verdad las tinieblas del error y de la mentira, para que siembre perdón y reconciliación entre las naciones, y gratuidad y amor entregado frente tanto individualismo egoísta.

 

  1. El nacimiento de Jesús significa el encuentro de Dios con los hombres, pero también el encuentro del hombre -de todos los hombres- con Dios. Al venir Dios a este mundo abre definitivamente el camino de los hombres a Dios. De esta suerte se nos da la posibilidad de alcanzar la suprema aspiración del hombre: ser como Dios. Pues dice Juan que a cuantos lo recibieron les dio el poder ser hijos de Dios, no por obra de la raza, sangre o nación, sino por la fe: si creen en su nombre (cf. Jn 1,12).

 

La Navidad no es un hecho del pasado sino del presente. Y será del presente en la medida en que dejemos que Dios y su Misericordia lleguen a nosotros. Muchos, hoy como entonces, tampoco se darán cuenta del nacimiento en la carne del Hijo de Dios. Seguirán creyendo que Dios hace tiempo que enmudeció, que dejó de interesarse por el hombre, que se olvidó de nuestra realidad sufriente. O pensarán que el hombre no tiene necesidad de Dios. Pero también hoy, en medio, de tanto colorido anodino y de tanto contrasentido navideño, Dios, por encima de todo, viene y nace. Esa es la gran verdad: ¡Dios nace de nuevo en cada hombre y en cada mujer que esté dispuesto a acogerle en la fe, a dejarle espacio en su vida!

 

  1. Acerquémonos, pues, al Portal con la sencillez y la alegría de los pastores, con el recogimiento meditativo de María, con una la actitud de adoración, de amor y de fe de José y los Magos de Oriente. Navidad pide de todo cristiano contemplar y adorar el misterio, acogerlo en el corazón y en la vida, y celebrarlo en la liturgia de la Iglesia. No nos avergoncemos de confesar con alegría nuestra fe en el Niño-Dios. Mostremos al Niño-Dios con humildad al mundo para que Cristo ilumine las tinieblas del mundo, para que llegue también a cuentos no lo conocen, no creen en El o lo rechazan. ¡Que el fulgor de su nacimiento ilumine la noche del mundo! ¡Que la fuerza de su mensaje de amor destruya las asechanzas del maligno! ¡Que el don de su vida nos haga comprender cada vez más cuánto vale la vida de todo ser humano! ¡Que El Niño-Dios, el Principie de la Paz, nos conceda su Paz, la Paz de Dios, y encienda de nuevo la esperanza en nosotros! Sólo El nos asegura el triunfo del amor sobre el odio, de la vida sobre la muerte. ¡Que nuestros deseos de paz en estos días no sean efímeros! ¡Y que la alegría de esta Navidad, se prolongue durante todo el año, como el nacimiento hacia una vida que quiere crecer y madurar en el amor, en la verdad, en la justicia y en la paz!

 

¡Feliz, santa y cristiana Navidad para todos!

 

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Homilía en la Apertura Diocesana del Jubileo de la Misericordia

 

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 12.12.2015

(Sof 3,14-18a; Sal Is 12,2-3. 4bcd. 5-6; Filp 4,4-7; Lc 3,10-18)

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Hermanas y hermanos muy amados todos en el Señor!

 

  1. En la Víspera del III Domingo del Adviento, el Señor nos ha convocado para la Apertura del Año santo extraordinario, del Jubileo de la Misericordia. La Palabra de Dios de este Domingo nos llama insistentemente a la alegría. “Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos” (Filp 4,4), nos ha dicho san Pablo. Y el profeta Sofonías nos invita a vivir la alegría por la presencia del Señor en medio de nosotros, y nos repite palabras de consuelo: “Regocíjate, grita de júbilo, alégrate y gózate… el Señor ha expulsado a tus enemigos… No temas, no desfallezcan tus manos: el Señor, en medio de ti, es un guerrero que salva” (cf. Sof 3,14-17). El profeta nos invita a recordar siempre aquello que se encuentra en el corazón de nuestra fe: que Dios está con nosotros, que el mal, el pecado y la muerte han sido vencidos, que la vida ha triunfado, que estamos salvados, que podemos confiar en Dios, que Dios nunca nos fallará: porque es eterna su misericordia. Por su misericordia, Dios nos quiere hacer partícipes de su perdón, de su vida, de su paz, de su alegría y de su amor.

 

Con verdadera alegría hemos abierto y traspasado la Puerta Santa de la Misericordia. Con este gesto, a la vez sencillo y fuertemente simbólico, hemos iniciado el Año Santo. La Puerta Santa es signo de Cristo, encarnación de la Misericordia de Dios. Entrar por la puerta significa entrar en la misericordia de Dios para descubrir la profundidad de la misericordia del Padre que acoge a todos y sale personalmente al encuentro de cada uno. Es Él quien nos busca. Es Él el que sale a nuestro encuentro. Este será un año para crecer en la convicción de la misericordia. “Cuánto se ofende a Dios y a su gracia -nos dice el papa Francisco- cuando se afirma sobre todo que los pecados son castigados por su juicio, en vez de destacar que son perdonados por su misericordia (cf. san Agustín, De praedestinatione sanctorum 12, 24). Sí, así es precisamente. Debemos anteponer la misericordia al juicio y, en cualquier caso, el juicio de Dios tendrá lugar siempre a la luz de su misericordia. Que el atravesar la Puerta Santa haga que nos sintamos partícipes de este misterio de amor. Abandonemos toda forma de miedo y temor, porque no es propio de quien es amado; vivamos, más bien, la alegría del encuentro con la gracia que lo transforma todo” (Homilía en la Misa y Apertura de la Puerta Santa, 8.12.2015).

 

  1. Dios es misericordia. Antes de nuestra procesión hacia la Catedral hemos escuchado: “El misterio de la fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra (misericordia). Ella se ha vuelto viva, visible y ha alcanzado su culmen en Jesús de Nazaret. El Padre, ‘rico de misericordia’ (Ef 2,4), después de haber revelado su nombre a Moisés como ‘Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira, y pródigo en amor y fidelidad’ (Ex 34,6) no ha cesado de dar a conocer en varios modos y en tantos momentos de la historia su naturaleza divina. En la ‘plenitud del tiempo’ (Gal 4,4), cuando todo estaba dispuesto según su plan de salvación, Él envió a su Hijo nacido de la Virgen María para revelarnos de manera definitiva su amor. Quien lo ve a Él ve al Padre (cfr Jn 14,9). Jesús de Nazaret con su palabra, con sus gestos y con toda su persona revela la misericordia de Dios” (Papa Francisco, Bula Misericordiae vultus, 1).

 

Dios es misericordia: no se trata de una idea abstracta y fría, sino de las acciones de Dios con su Pueblo a lo largo de la Historia de la Salvación de Dios, en las que Él va revelando su amor. Es como el amor de un padre o de una madre, que se conmueven en lo más profundo de sus entrañas por su propio hijo. Es un amor que sale de lo más profundo de su ser, de sus entrañas; un amor “visceral” que sale de lo más íntimo como un sentimiento profundo, hecho de ternura y compasión, de indulgencia y de perdón” (MV 6).

 

El amor de Dios es “paciente y misericordioso”. Dios no se cansa nunca de esperar, Dios no se cansa nunca de perdonar. El amor de Dios es eternamente fiel; su ‘misericordia es eterna’ es el estribillo que acompaña cada verso del Salmo 136 mientras se narra la historia de la revelación de Dios; no solo en la historia, sino por toda la eternidad estaremos siempre bajo la mirada misericordiosa del Padre. La misericordia divina no es un signo de debilidad, sino más bien la cualidad de la omnipotencia de Dios.  Por ello von una de las colectas más antiguas podemos orar diciendo: “Oh Dios que revelas tu omnipotencia sobre todo en la misericordia y el perdón”. Dios será siempre para la humanidad como Aquel que está presente, cercano, providente, santo, compasivo y misericordioso.

 

  1. El papa Francisco nos invita a vivir este Año Santo como un momento extraordinario de gracia y de renovación espiritual. ¿Cómo hacerlo? nos preguntaremos, como también la gente preguntaba a Juan el Bautista: “¿Qué debemos hacer?” (Lc 3, 10).

 

Un signo peculiar en el Año Santo es la peregrinación, porque es imagen del camino que cada uno realizamos en nuestra existencia. Nuestra vida es una peregrinación hacia la casa del Padre; somos ‘viatores’, somos peregrinos en la vida hasta alcanzar la meta anhelada. También para llegar a la Puerta Santa, cada uno hemos realizado una peregrinación; es un signo de que también la misericordia es una meta por alcanzar, una meta que requiere compromiso y sacrificio. La peregrinación se convierte así en un estímulo para la conversión: atravesando la Puerta Santa y debidamente convertidos nos dejamos abrazar por la misericordia de Dios y nos comprometemos a ser misericordiosos con los demás como el Padre lo es con nosotros.

 

Junto con la peregrinación y el paso por la Puerta Santa así como el resto de condiciones para ganar la indulgencia jubilar, para vivir debidamente este Jubileo hemos de tener en cuenta tres momentos; los podríamos resumir en tres palabras: contemplar, experimentar y vivir la misericordia de Dios.

 

En primer lugar, este Año santo estamos llamados a contemplar la misericordia de Dios a lo largo de la Historia de la Salvación mediante la lectura orante de la Sagrada Escritura; y, sobre todo, podemos contemplar la misericordia de Dios en su Hijo, Jesucristo, que es el rostro de la misericordia del Padre. Jesús de Nazaret con su palabra, con sus gestos y con toda su persona  revela la misericordia de Dios. La persona misma de Jesús es un amor que se dona y ofrece gratuitamente; los signos que realiza, sobre todo hacia los pecadores, hacia las personas pobres, excluidas, enfermas y sufrientes llevan consigo el distintivo de la compasión y de la misericordia. Las lecturas para los domingos del tiempo ordinario de este año están tomadas del Evangelio de Lucas, el Evangelista de la misericordia. Son bien conocidas las parábolas de la oveja perdida, la moneda extraviada, el padre misericordioso o del hijo pródigo. Meditémoslas como de nosotros mismos se tratara.

 

De la contemplación hemos de pasar a celebrar y experimentar personalmente la misericordia de Dios. Él nos espera y nos acoge en el sacramento de la Confesión para perdonar y olvidar nuestros pecados. Su misericordia va incluso más allá del perdón de los pecados; su misericordia se transforma en indulgencia que, a través de la Iglesia, alcanza al pecador perdonado y lo libera de todo residuo del pecado, capacitándolo para obrar con caridad, para crecer en el amor y no recaer en el pecado; Dios cura nuestras heridas, Dios sana las huellas negativas que los pecados dejan en nuestros comportamientos y pensamientos, que nos empujan al pecado; la misericordia transforma así nuestros corazones para poder ser misericordiosos como el Padre. El Jubileo es un tiempo de gracia para acercarse al Sacramento de la confesión, que será ofrecido con mayor tiempo y disponibilidad por los sacerdotes; el Año Santo es un tiempo para acoger la indulgencia jubilar peregrinando a uno de los lugares establecidos, confesando y comulgando en la Misa, haciendo la profesión del Credo y orando por el Papa y sus intenciones.

 

            Y, finalmente, el Jubileo nos llama a ser portadores de la misericordia de Dios que hemos experimentado y que nos impulsa a vivir la misericordia para con los demás en las obras de misericordia corporales y espirituales. Conociéndolas y viviéndolas en el día a día podremos realizar la experiencia de abrir el corazón a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales, que nuestro mundo moderno crea con frecuencia y de un modo dramático: tantas personas abandonadas y en soledad, tantas personas heridas en lo más profundo de su corazón, tantas familias rotas por el egoísmo, el rencor y el odio, los grupos enfrentados, los pueblos que viven en la más absoluta miseria…

 

Vivir la misericordia no es sólo algo personal. También como Iglesia diocesana tenemos la misión de vivir, de testimoniar y de anunciar la misericordia de Dios. A través de nuestra Iglesia diocesana y de todos cuantos la integramos -personas, comunidades eclesiales, movimientos, asociaciones y cofradías-  la misericordia de Dios debe alcanzar la mente y el corazón de toda persona. Estamos llamados a salir para que la misericordia alcance a todos, sin excluir a nadie. Para que nuestro anuncio sea creíble, hemos de vivir y testimoniar en primera persona la misericordia. Es hora de dejar los chismes, las maledicencias, las envidias, las críticas corrosivas, los rencores, las exclusiones internas para que reine la misericordia y la fraternidad. Nuestro lenguaje, nuestros gestos y nuestra forma de vida deben transmitir misericordia para penetrar en el corazón de las personas y motivarlas a reencontrar el camino de vuelta al Padre.

 

Nuestra primera verdad como Iglesia y como cristianos es el amor de Cristo. De este amor, que llega hasta el perdón del enemigo y al don de sí, la Iglesia es sierva y mediadora ante los hombres. Por tanto, donde la Iglesia esté presente, allí debe ser evidente la misericordia del Padre. En nuestras parroquias, en las comunidades, en las asociaciones y movimientos, en fin, dondequiera que haya cristianos, cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia.

 

  1. Vivamos este Año Jubilar a la luz de la palabra del Señor, para ser Misericordiosos como el Padre. “Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6,36), nos dice Jesús. Es un programa de vida tan comprometedor como rico de alegría y de paz. El imperativo de Jesús se dirige a cuantos escuchan su voz (cfr Lc 6,27).

 

Que Maria, Madre de la misericordia, no acompañe y ayude a contemplar, experimentar, vivir y anunciar a todos el misterio de la  Misericordia de Dios en este año Jubilar y siempre. Amén.

 

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

 

 

Homilía en el cincuentenario de la parroquia de San Cristóbal de Castellón

29 de noviembre de 2015, I Domingo de Adviento

(Jer 33,14-16; Sal 24, 4bc-5ab. 8-9. 10 y 14; I Tes 3,12-4,2.; Luc 21,25-28. 34-36)

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¡Hermanas y hermanos en el Señor!

 

  1. Hoy, coincidiendo con el I Domingo del Adviento, celebramos el 50º Aniversario de la creación de vuestra parroquia de San Cristóbal. Desde que el año del Señor de 1965 comenzara su andadura, vuestra parroquia ha sido presencia palpable del amor de Dios para los hombres y mujeres de este barrio; vuestra comunidad ha sido la Iglesia de Dios que vive entre las casas de sus hijos y de sus hijas (cf. ChL 26). Alentada por la fuerza del Espíritu Santo, en estos años ha ido creciendo y madurando como comunidad de fe, de esperanza y de caridad. Vuestra comunidad parroquial está de enhorabuena; y nuestra Iglesia diocesana, de la que ella es una célula viva, se alegra con vosotros al celebrar con gozo estos cincuenta años de rica existencia.

 

En vuestra parroquia y a través de ella, muchos han sido quienes han recibido la fe cristiana, han sido engendrados a la vida de los hijos Dios, han sido incorporados a Cristo y a la comunidad de la Iglesia por el Bautismo, han sido confirmados en la fe, han contraído su matrimonio ante el Señor o han sido despedidos con las exequias cristianas; muchos han sido también quienes en ella y por medio de ella han conocido a Jesús y su Evangelio, se han encontrado personalmente con Él y han madurado en la fe mediante la escucha y la acogida de la Palabra de Dios y han alimentado su vida cristiana en la oración y en los sacramentos; otros han descubierto y seguido aquí el camino de su vocación al sacerdocio, a la vida consagrada, al matrimonio o laicado, o han encontrado en ella fuerza para la misión y el testimonio de fe, personal o asociado, motivos para la esperanza, consuelo en la aflicción y ayuda en la necesidad.

 

  1. Nuestro gozo y nuestra alegría se hacen en esta mañana oración de alabanza y de acción de gracias. De manos de María Ntra. Sra. la Mare de Déu del Lledó nuestra mirada se dirige a Dios. Con María le cantamos: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, … porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí” (Lc 1, 46-47, 49). Sin El, sin su permanente presencia amorosa, nada hubiera sido posible. Al Dios, Uno y Trino, fuente y origen de todo bien, alabamos y damos gracias.

 

Le damos gracias por todos los dones recibidos a lo largo de estos años. Gracias le damos por vuestra comunidad parroquial y por cuantos la han formado en el pasado y la integráis en el presente; por la entrega generosa de todos los sacerdotes que la han pastoreado y servido. Con corazón agradecido recordamos especialmente a sus párrocos. Y ¿cómo no dar gracias al Señor por todos los que han colaborado activa y generosamente en la vida litúrgica, en la catequesis, en el trabajo pastoral con los niños y los adolescentes, con los pobres, los marginados y los enfermos? Gracias, Señor, también por todos aquellos que de un modo callado, han contribuido a la vida de esta comunidad mediante su oración fervorosa, su vida y obras de santidad, el ofrecimiento de su dolor o su contribución económica.

 

  1. Sí; el trabajo realizado ha sido mucho; pero en la evangelización siempre queda mucho por hacer. Sé de vuestro empeño y muy en especial de vuestros párrocos por hacer de la parroquia una comunidad viva y evangelizadora, una familia de familias, una comunidad de discípulos misioneros. ¿Cómo afrontar el futuro, queridos hermanos? Como Iglesia hemos de caminar siempre desde el Señor con fe, esperanza y caridad, sabiendo que el Señor Jesús está por su Espíritu siempre en medio de nosotros, y cooperando todos para que esta vuestra comunidad sea viva y evangelizadora hacia adentro –en sus miembros, muchos de ellos alejados- y en el barrio.

 

Vuestra comunidad parroquial de San Cristóbal es y está llamada a ser ámbito de comunión y de misión: de comunión con Dios y, desde Él, con los hermanos; y de misión para que Cristo y su Evangelio salvador llegue a todos. Formada por piedras vivas, cuya piedra angular es Cristo, vuestra comunidad parroquial es en el barrio signo de la presencia misericordiosa de Dios, ámbito donde Dios sale al encuentro de los hombres y mujeres, para comunicarles su vida de amor que crea lazos de comunión fraterna. Es Dios Padre quien, habitando entre los suyos y en su corazón, hace de ellos su santuario vivo por la acción del Espíritu Santo.

 

Vuestra parroquia será viva en la medida en que todos vosotros, sus miembros, viváis fundamentados y ensamblados en Cristo, piedra angular; vuestra comunidad parroquial será iglesia viva si por vosotros corre la savia de la Vid que es Cristo, que genera comunión de amor y de vida con Dios y comunión fraterna con los hermanos. Vuestra comunidad parroquial será iglesia viva si no olvida nunca que es convocada para ser enviada a la misión, si es una comunidad ‘en salida’ misionera, como nos dice el papa Francisco.

 

  1. En vuestra parroquia, el Espíritu Santo actúa especialmente a través de los signos de la nueva alianza, que ella ofrece a todos: la Palabra de Dios, los sacramentos y la caridad. Estos tres elementos son los fundamentos de vuestra comunidad, que nunca pueden faltan en ella.

 

La Palabra de Dios, proclamada y explicada con fidelidad a la fe de la Iglesia y acogida con fe y con corazón bien dispuesto, os llevará al encuentro gozoso con el Señor, que viene constantemente a nuestro encuentro. La Palabra de Dios es luz, que os iluminará en el camino de vuestra existencia, que os fortalecerá, os consolará y os unirá. La proclamación y explicación de la Palabra en la fe de la Iglesia, la catequesis y la formación no sólo deben conduciros a conocer más y mejor a Cristo y su Evangelio así como las verdades de la fe y de la moral cristianas; os han de llevar y ayudar a todos y a cada uno a la adhesión personal a Cristo y a su seguimiento gozoso en el seno de la comunidad eclesial. Así nos muestra la Virgen unida en oración a los Apóstoles.

 

En la comunidad parroquial, Dios se nos da también a través de los Sacramentos; al celebrar y recibir los sacramentos participamos de la vida de Dios; por los Sacramentos se alimenta y reaviva nuestra existencia cristiana, personal y comunitaria; por los Sacramentos se crea, se acrecienta o se fortalece la comunión con la parroquia, con la Iglesia diocesana y con la Iglesia Universal.  Es lo que hoy va a suceder en Daniel, que recibirá la plenitud del Espíritu Santo en el sacramento de la Confirmación: confirmado por Dios en su fe y en condición de hijo de Dios, él tendrá la fuerza para confirmar que quiere ser, con la ayuda de la gracia, de su familia y de la comunidad parroquial, un verdadero cristiano, es decir creyente, discípulo y testigo-misionero del Señor junto con toda la comunidad de San Cristóbal.

 

Entre los sacramentos hemos de destacar la Eucaristía. Es preciso recordar una y otra vez que la Eucaristía es el centro de la vida de todo cristiano, el centro y el corazón de toda la vida de la comunidad parroquial. Toda parroquia ha de estar centrada en la Eucaristía. Además “la Eucaristía da al cristiano más fuerza para vivir las exigencias del evangelio…” (Juan Pablo II). Sin la participación en la Eucaristía es muy difícil, es imposible permanecer fiel en la vida cristiana. Quien desea vivir como cristiano necesita el alimento de la Eucaristía. El domingo es el momento más hermoso para venir, en familia, a celebrar la Eucaristía unidos en el Señor con la comunidad parroquial. Los frutos serán muy abundantes: de paz y de unión familiar, de alegría y de fortaleza en la fe, de comunidad viva y evangelizadora.

 

La participación sincera, activa y fructuosa en la Eucaristía os llevará necesariamente a vivir la fraternidad, os llevará a practicar la caridad, os remitirá a la misión, os impulsará a la transformación del mundo. Los pobres y los enfermos, los marginados y los desfavorecidos han de tener un lugar privilegiado en la Parroquia. Ellos han de ser atendidos con gestos que demuestren, por parte de la comunidad parroquial, la fe y el amor en Cristo. Ellos, su vez, os evangelizarán, os ayudarán a descubrir a Cristo Jesús . Con san Pablo os digo: “Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos” ( 1 Tes 3, 2).

 

La celebración frecuente del Sacramento de la Penitencia será aliento y esperanza en vuestra experiencia cristiana. Os felicito por la nueva sede penitencial para celebrar el Sacramento del perdón. La humildad y la fe van muy unidas. Sólo cuando sabemos ponernos de rodillas ante Dios por el sacramento de la confesión y reconocemos nuestras debilidades y pecados podemos decir que estamos en sintonía con el Padre Dios “rico en misericordia” (Ef 2,4). En el sacramento de la Penitencia se recupera y se fortalece nuestra comunión con Dios y con la comunidad eclesial; la experiencia del perdón de Dios, fruto de su amor misericordioso, os dará fuerza para la misión, os empujará a ser testigos de su misericordia, testigos del perdón y de la reconciliación.

 

La vida cristiana, personal y comunitaria, se debilita cuando estos dos sacramentos decaen. Y en nuestra época, si queréis vivir como cristianos, si queréis superar los miedos a serlo y confesarlo ante un mundo secularizado y secularizante, si queréis ser evangelizadores auténticos no podréis hacerlo sin la experiencia profunda de estos dos sacramentos.

 

Además os pido, queridos párrocos, que cuidéis con especial esmero, la iniciación cristiana y la pastoral familiar. La comunidad parroquial y las familias cristianas han de ir acordes y concordes, han de apoyarse mutuamente  en la tarea de la iniciación cristiana de los niños para generar, con la ayuda precedente de la gracia de Dios, verdaderos cristianos adultos, discípulos misioneros del Señor. La iniciación cristiana ha de ser progresiva y procesual, no admite rupturas temporales. El oratorio de niños en su más tierna infancia, cuando comienza su despertar religioso, les irá ayudando a personalizar su fe y condición de bautizados.

 

  1. Al celebrar hoy el 50º Aniversario de vuestra parroquia acojamos al Hijo que viene a nuestro encuentro; despertemos de nuestras tibiezas para dejaros encontrar por Él y manteneos en pie ante el Hijo del hombre (cf. Lc25, 34-36); hagamos de Cristo el centro de nuestra fe y de nuestra vida, personal, comunitaria y familiar.

 

Por intercesión de Mare de Déu del Lledó pidamos hoy una vez más por todos nosotros, por nuestras familias, por vuestra comunidad parroquial. De manos de María acojamos a Cristo Jesús. ¡Que unidos a El en la comunión seamos como María discípulos misioneros suyos en el mundo, instrumentos de unidad, artífices de la paz y fermento de esperanza!

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Homilía en la Fiesta de la Virgen del Pilar

Patrona de la Guardia Civil

Castellón de la Plana, 12 de octubre de 2015

(1 Cr 15, 3-4. 15-16; 16,1-2; Sal 26; Lc 11,27-28)

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Hermanas y  hermanos todos en el Señor!

 

  1. Estimados Sr. Subdelegado del Gobierno y Sr. Coronel Jefe de la Comandancia de la Guardia Civil de Castellón: Les agradezco su amable invitación a presidir esta Eucaristía en el Día de la Patrona de la Guardia Civil y les felicito por mantener la Santa Misa al inicio de los actos destinados a honrar a la Virgen del Pilar; no hay mejor forma de iniciar esta Jornada. Estimadas autoridades civiles, judiciales y militares. Saludo con afecto a todos los miembros del Cuerpo de la Guardia Civil y a sus familias en el día de la Virgen del Pilar; ella es desde 1913, por propio deseo del Cuerpo, patrona, protectora y guía de la Guardia Civil. Hoy nos unimos a todos vosotros con esta Eucaristía de acción de gracias y de oración en la Fiesta de vuestra patrona.

 

La Virgen del Pilar nos remonta a los primeros momentos de la Evangelización de nuestra patria. La Virgen está con Santiago en el primer anuncio del Evangelio en nuestra tierra. Una antigua y venerada tradición nos dice que María reconforta y fortalece a orillas del Ebro en Zaragoza al Apóstol Santiago, cansado y desalentado en la difícil tarea de anunciar el Evangelio. Desde entonces, la Virgen del Pilar es aliento y protección de los cristianos de España y, más tarde, de los pueblos hispanos de América, en la obra siempre nueva y urgente de anunciar el Evangelio de Jesucristo, así como en la tarea para acogerlo y vivirlo en nuestra vida personal, familiar y profesional.

 

Este aliento y protección lo siento ahora al proclamar y explicar la Palabra de Dios ante todos Uds. en esta Misa, parte integrante de los actos oficiales de la Guardia Civil en honor a su Patrona, la Virgen del Pilar. Y no puedo hacer otra cosa sino anunciar el Evangelio de Jesucristo: porque con palabras de San Pablo: “¡Ay de mi si no anuncio el Evangelio!” (1 Cor 9, 16); y esto he de hacerlo “a tiempo y a destiempo”, con ocasión o sin ella (Cf. 2 Tim 2,4).

 

  1. La primera lectura de hoy nos habla del Arca de la Alianza, que el rey David mandó trasladar a la tienda construida para darle cobijo. En el A.T., el Arca de la Alianza era el lugar por excelencia de la presencia de Dios en medio del pueblo de Israel en su peregrinar por el desierto (1 Cró 15,3-4.16; 16,1-2); si en esta día proclamamos esta lectura es porque María, la Virgen del Pilar, es el Arca de la Nueva Alianza por ser la Madre de Dios, por haber llevado en su seno virginal al mismo Dios; ella es signo elocuente de la presencia de Dios en nuestro mundo, en medio del pueblo cristiano y en medio de nuestro pueblo español.

 

Pero es más; La Virgen es como la columna que nos guía y sostiene día y noche en nuestro peregrinaje terrenal. El Pilar, esa columna sobre la que se aparece y es representada la Virgen, es símbolo del conducto que une el cielo y la tierra; es el signo de la acción de Dios en la historia y de lo que el hombre puede cuando da cabida a Dios en su vida. El Pilar es el soporte de lo sagrado, de la vida y del mundo, el lugar donde la tierra se une con el cielo, el eje a cuyo alrededor ha de girar la vida cotidiana, si quiere ser verdaderamente humana.

 

En María, Madre de Dios, la tierra y el cielo, Dios y el hombre, se han unido para siempre en su Hijo, Jesucristo. En Cristo Jesús, Dios mismo entra en nuestra historia y se hace presente, para mostrarnos quién y qué es Dios, y para desvelarnos la verdad del ser humano, del mundo y de la historia: su origen, su fundamento y su destino no son otros sino Dios mismo.

 

  1. Por eso dice Jesús en el evangelio de hoy: “¡Mejor, dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!” (Lc 11, 27-28). María es dichosa, sí, por ser la Madre de Dios, por haberle llevado en su vientre y haberle amamantado. Pero, sobre todo, es dichosa por haber creído en Dios y a Dios, por haberse fiado de su Palabra, y por haberla puesto en práctica.

 

María se convierte así en modelo de fe, y en pilar seguro y firme de la Iglesia y de los creyentes: la fe en su Hijo, Jesucristo, y la profunda devoción a María, son los pilares sobre los que se fundamenta y va creciendo el pueblo de Dios en nuestra patria y en los pueblos de Hispanoamérica.

 

  1. “¡Mejor, dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!”. Estas palabras van dirigidas hoy a nosotros. Jesús nos invita a abrir nuestra mente y nuestro corazón a Dios, a convertirnos a él, a escuchar y acoger su Palabra, a avivar nuestra fe cristiana, a llevar una vida coherente con la fe que profesamos. El Señor nos invita hoy a una renovación profunda de nuestra fe y vida cristiana, personal y comunitaria, profesional y pública. La fe, que hemos heredado, es un tesoro, que hoy necesita ser personalizada e impregnada por la experiencia de Dios, por el encuentro personal con Cristo, para que nuestra fe no sea mera tradición y los bautizados lleguemos a ser verdaderos creyentes y testigos.

 

Como antaño a Santiago, la Virgen del Pilar nos alienta hoy a todos los cristianos, independientemente de nuestra condición y profesión, para que no tengamos miedo de creer en Dios y a Dios. Ella nos susurra en este día: No tengáis miedo y abrid vuestro corazón a Jesucristo, arraigad vuestra existencia en él, fiaros de su Palabra, manteneos firmes en la fe cristiana, tened el valor de cumplir la Palabra y los mandamientos de Dios, cooperad día a día en la edificación del Reino de Dios: que es el reino de la verdad y de la justicia, de la gracia y de la vida, del amor y de la paz.

 

No nos avergoncemos de ser cristianos, en privado o en público, en nuestra familia o en nuestra profesión. La fe cristiana no es algo del pasado, sino algo tremendamente actual, porque Cristo Jesús vive, y da la Vida porque ha resucitado. La fe cristiana no es un sentimiento subjetivo y volátil, propio de personas débiles o pusilánimes. La fe cristiana no es destructora, sino constructora de humanidad.

 

La fe cristiana, si es verdadera, lleva a asumir y vivir los valores, las virtudes, las actitudes, los sentimientos y los comportamientos de Cristo en nuestra concreta situación de vida. La fe no es asunto exclusivo de la conciencia, ni de la esfera privada. Si bien, la decisión de creer es un acto profundamente personal, la fe cristiana no queda reducida  a la intimidad, sino que afecta a toda la persona, abarca toda la existencia y la transforma en todas sus dimensiones: en la esfera personal y en la familiar, en la esfera laboral y en la pública. “¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!”.

 

La Virgen del Pilar vuelve nuestra mirada a Dios y desea ardientemente que abramos nuestro corazón a Dios. Una sociedad que se cierra a Dios se va haciendo cada vez más inhumana. Por el bien del ser humano, por el bien de nuestra sociedad y por el bien de nuestro pueblo es hora de volver a abrir las ventanas para que la luz de Dios entre en nuestra vida y en nuestra sociedad. Y más lo es, si cabe, en estos momentos de crisis profunda y generalizada: es hora de contar con Dios, de avivar las raíces cristianas de nuestro pueblo en lugar de negarlas, combatirlas o marginarlas. Nuestra herencia cristiana no pertenece a la arqueología; tampoco es un fardo que obstaculice el camino hacia el progreso, sino el mejor capital que poseemos, lo mejor que los cristianos podemos aportar a nuestra sociedad. Miremos hoy a la Virgen del Pilar y, como ella, fundamentemos nuestra vida y nuestro trabajo en Dios.

 

  1. Queridos miembros del Cuerpo de la Guardia Civil. Pido a Dios, que María, la Virgen del Pilar, os siga protegiendo en vuestro trabajo de servicio al bien común de nuestra sociedad y de nuestro pueblo español: un trabajo silencioso, que no siempre es bien comprendido ni suficientemente valorado; pero un trabajo que es siempre necesario para la libertad, la seguridad y la convivencia en nuestra sociedad.

 

A Dios ruego también por todos vuestros compañeros y familiares, fallecidos o víctimas de la violencia, así como por todas sus familias. Que el Señor conceda su paz eterna a los difuntos, y consuelo y esperanza a los atribulados. A El se lo pedimos de manos de María, la Virgen del Pilar, por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

 

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Homilía en la Fiesta de San Pascual Baylon

Patrono de la Diócesis y de la Ciudad de Villarreal

Iglesia Basílica de San Pascual, Villarreal – 17.05.2015

(Hech 1,1-11; Sal 46,2-3. 6-7. 8-9; Ef 1,17-23; Mc 16,15-20)

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Queridos hermanos y hermanas en el Señor

 

Saludo y exhortación

  1. El Señor Jesús nos ha convocado en este día de la Solemnidad de la Ascensión del Señor para honrar y venerar a san Pascual, nuestro santo patrono, Patrono de Villarreal y Patrono de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón. Os saludo de todo corazón a todos cuantos os habéis unido a esta celebración de la Eucaristía, aquí en la Basílica o desde vuestros hogares a través de la televisión.

 

Al celebrar la Fiesta de San Pascual vienen a nuestra memoria su vida sencilla de pastor y hermano lego; vienen también a nuestro recuerdo sus virtudes de humildad y de confianza en Dios, de entrega y servicio a los hermanos, a los pobres y a los más necesitados; y, sobre todo, recordamos su gran amor a la Eucaristía y su profunda devoción a la Virgen.

 

Al mirar a Pascual se aviva en nosotros la historia de nuestro pueblo y de nuestra Iglesia diocesana; es una historia entretejida por tantas personas sencillas, que, como Pascual, supieron acoger a Dios en su vida y confiar en él, que se dejaron transformar por el amor Dios y lo hicieron vida en el amor y el servicio a los hermanos; personas que, unidas a Cristo, fueron en su vida ordinaria testigos elocuentes del Evangelio de Jesucristo.

 

No nos limitemos a mirar con nostalgia el pasado, ni a quedarnos en el recuerdo frío de la tradición. Celebremos con verdadera fe y devoción a San Pascual. Hacerlo así implica mirar el presente y dejarnos interpelar por nuestro Patrono en nuestra condición de cristianos de hoy; significa preguntarnos por el grado de nuestro seguimiento de Jesucristo, de nuestra fe y vida cristiana, por el testimonio de nuestra fe a niños y jóvenes, por la vida cristiana de nuestras familias y por la fuerza evangelizadora de nuestras comunidades cristianas. Mirando el ejemplo de santidad de Pascual en su vida ordinaria pidamos por su intercesión que se avive nuestra fe y nuestra condición de discípulos misioneros del Señor, para que se fortalezca nuestra esperanza y se acreciente nuestra caridad.

 

  1. La Palabra de Dios en este día de la Ascensión del Señor fija nuestra mirada ante todo y antes de nada en Jesucristo que hoy asciende al cielo. “El Señor Jesús, después de hablarles, ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios”, acabamos de escuchar en el Evangelio (Mc 16, 19). La vida terrena de Jesús culmina con el acontecimiento de la Ascensión, es decir, cuando Él pasa de este mundo al Padre y es elevado a su derecha. Durante el tiempo pascual celebramos la Resurrección, la Ascensión y Pentecostés: son aspectos diversos del único misterio pascual. Juntos ponen de relieve el rico contenido que hay en el hecho de pasar Cristo de este mundo al Padre. La Resurrección subraya el paso de la humanidad de Jesús a la vida gloriosa y su victoria sobre el pecado y la muerte; la Ascensión, su retorno al Padre y la toma de posesión del Reino; y Pentecostés, su nueva forma de presencia en la historia. La Ascensión no es más que una consecuencia de la Resurrección, hasta tal punto que la Resurrección es la verdadera y real entrada de Jesús en la gloria. Mediante la Resurrección, Cristo entra definitivamente en la gloria del Padre.

 

Con el acontecimiento de la Ascensión se termina una serie de apariciones del Resucitado, que “se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios” (Hech 1, 2). Jesús estaba ya “junto al Padre” y “desde allí” se hacía visible y tangible a los suyos. Junto al Padre estaba ya desde su resurrección y con nosotros permanece aún después de subir al Padre. En la Ascensión no se da una partida, que daría lugar a una despedida; es una desaparición, que da lugar a una presencia distinta. Jesús no se va, deja de ser visible. En la Ascensión Cristo no nos dejó huérfanos, sino que se instaló más definitivamente entre nosotros con otras formas estar presente. “Yo estaré siempre con vosotros hasta la consumación de los siglos”, les dice Jesús a los Apóstoles (Mt 28, 21). Así lo prometió y así lo cumple. Por la Ascensión, Cristo no se va a otro lugar, sino que entra en la plenitud de su Padre como Dios y como hombre. Y precisamente por eso se ha puesto más que nunca en relación con cada uno de nosotros y nos muestra “la esperanza a la que os llama, … la riqueza de gloria que da en herencia a los santos y … la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos” (Ef 1, 18-19).

 

La Ascensión no indica pues la ausencia de Jesús, sino que nos dice que Él vive en medio de nosotros de un modo nuevo. Ya no está en un sitio preciso del mundo como lo estaba antes de la Ascensión; ahora está en el señorío de Dios, presente en todo espacio y tiempo, cerca de cada uno de nosotros. En nuestra vida nunca estamos solos: el Señor crucificado y resucitado está con nosotros, sale a nuestro encuentro, nos invita a dejarnos encontrar personalmente por él para ser sus discípulos y misioneros para que el Evangelio llegue a todos. Así lo entendió y vivió San Pascual Baylón, que se dejó encontrar por el Señor Resucitado, lo siguió y fue su testigo.

 

  1. Pascual es un santo que se caracteriza por su gran amor a la Eucaristía, en la que él hizo día a día la experiencia del encuentro personal con Jesucristo vivo: fue una experiencia similar a la que hicieron los Apóstoles en su encuentro con el Señor Resucitado: un encuentro real. Pascual era un gran devoto del santísimo Sacramento: siempre que podía participaba en la Santa Misa, comulgaba y se prostraba en oración ante el Señor, presente realmente en la Sagrario. Ante la Eucaristía se sentía profundamente conmovido. Su corazón se le llenaba de alegría de saber que estaba con Jesucristo, de saber que Jesucristo le amaba, de saber que Jesucristo en este Sacramento se hace compañero, se hace caminante con nosotros, se hace alimento de vida eterna, se hace presencia de amigo que nos acompaña en el camino de la vida. Por intercesión de Pascual pedimos que no nos apartemos de este Sacramento. Jesucristo se ha quedado en la Eucaristía para que estar con nosotros, para unirse con nosotros en la comunión, para darnos su amor, el amor mismo de Dios.

 

Pascual siguió las huellas de Jesucristo, fue su discípulo, primero como pastorcillo y más tarde como lego franciscano alcantarino. En su vida quiso parecerse a Jesucristo que, siendo Dios, se hizo humilde y pobre. Quien se acerca a Jesucristo, una de las virtudes que aprende es la humildad, la sencillez, como lo hizo Pascual. Hoy celebramos con gozo a Pascual precisamente por su humildad y su sencillez. Una vida humilde y sencilla es camino para el cielo, es camino hacia la santidad, es camino hacia la felicidad y es camino que agrada a Dios y que aprovecha mucho a los hombres.

 

San Pascual Bailón, precisamente porque se deja amar por Jesucristo en la Eucaristía y le ama con toda su alma, se entrega en el servicio a los pobres. Cuando un corazón es humilde se hace generoso; cuando un corazón esta cerca de Jesucristo, que ha amado hasta entregar su vida en la Cruz, se hace generoso con los demás. No sólo San Pascual; todos los santos son generosos y solidarios al entregarse y al darse. Porque, sabiéndose amados en desmesura por Dios en Cristo, acogen y viven el mandamiento nuevo de Jesús: “Que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 15, 9).

 

Pascual, en los oficios humildes que tuvo que realizar, vivía alegre y contento. Era la alegría que alimentaba en su encuentro personal con Jesús en la Eucaristía. Su alegría era Jesucristo, que le amaba. Y esa alegría y ese amor se desbordaba en el amor y en el servicio a los pobres y necesitados de entonces. El nos enseña a nosotros a ser generosos y caritativos con los pobres y necesitados de hoy; un amor que hemos de alimentar en el Sacramento de la Eucaristía. “Los pobres los tenéis entre vosotros” nos dice Jesús: pobres de pan, pobres de cultura, pobres de Dios. Estas son las periferias de que nos habla el Papa Francisco, hacia las que ha que salir para llevar el amor misericordioso de Dios. Hoy más que nunca se necesitan corazones generosos como el de Pascual, como el de todo buen cristiano para salir al paso de esas múltiples necesidades.

 

La fuente más importante de amor, de solidaridad y de generosidad en la humanidad ha sido y es el sacramento de la Eucaristía. Así es históricamente y así tiene que ser en nuestras propias vidas. Jesucristo se nos da en la Eucaristía para amarnos y darnos la fuerza para amar y servir a los demás, para estar atentos a los demás, para compartir, para ser caritativos y solidarios. Cuando nos alejamos de Dios o de Jesucristo, nuestro corazón se hace egoísta, todo se nos hace poco. Por el contrario, cuando nos acercamos a Jesucristo, él nos enseña a vivir en la verdad, a despojarnos de todo, a ser serviciales, fraternos, capaces de atender las necesidades de los hermanos.

 

Y este es el mensaje que San Pascual nos tramite en el día de su fiesta, especialmente en estos momentos de fuerte crisis económica, social, moral y espiritual. Contemplando las virtudes de San Pascual hemos de afrontar también sus causas, que están en la quiebra de valores morales y espirituales de nuestra sociedad.

 

Hemos de redoblar nuestra generosidad para paliar la pobreza y el sufrimiento de tantas personas y familias, victimas de la crisis económica. Pero también hemos de recuperar la dignidad de la persona humana, de toda persona humana desde su concepción hasta su muerte natural, y la norma y los valores morales en nuestras relaciones personales y sociales. El respeto, la defensa y la promoción de las personas y de su dignidad inviolable es y debería ser el pilar fundamental para el progreso de la sociedad. La dignidad personal constituye el fundamento de la igualdad, de participación y de solidaridad de los hombres entre sí y el apoyo más firme para un desarrollo económico y social auténticamente humano.

 

  1. A lo largo de nuestra historia y cultura cristiana los santos, como Pascual, han llenado de esperanza el corazón de muchas personas, que gracias a esta esperanza han trabajado en la construcción de un mundo mejor, más justo, más fraterno y más humano. Los cristianos tenemos mucho que ofrecer a nuestro mundo y a nuestra sociedad en estos momentos de crisis. Jesucristo es el único que puede salvarnos de nuestros pecados que nos esclavizan. Es Jesucristo el que puede darnos el gozo que le dio a San Pascual Bailón, precisamente a través del sacramento de la Eucaristía. Es Jesucristo el que nos hace parecidos a él serviciales y caritativos con nuestros hermanos.

 

Alegrémonos y gocemos, hermanos, porque hombres como San Pascual nos estimulan en el camino de la vida; gocemos, porque también como él, hoy tenemos en medio de nosotros el Santísimo Sacramento del altar, alimento de vida eterna y fuente inagotable de caridad. Amén.

 

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Homilía en la Fiesta de San Juan de Ávila

S. I. Concatedral de Sta. María de Castellón, 8 de mayo de 2015

(2 Cor 5,14-20; Sal 88; Jn 15, 9-17)

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Queridos sacerdotes, diáconos y seminaristas.

 

  1. Con alegría celebramos hoy la fiesta anticipada de San Juan de Ávila, Patrono del clero secular español y Doctor de la Iglesia Universal. Al recordar hoy al Maestro de Avila queremos dar gracias a Dios por el regalo de este santo, que vio la luz el día de Epifanía del último año del siglo XV en Almodóvar del Campo y vivió en el siglo XVI.

 

Animados por el espíritu de San Juan de Avila, cantamos con las palabras del Salmo (88) las misericordias del Señor, proclamamos su grandeza por las maravillas que ha obrado en nosotros, por los testimonios de entrega y de santidad de tantos sacerdotes de nuestro presbiterio diocesano de Segorbe-Castellón. Como Obispo vuestro, hoy quiero dar gracias a Dios por todos vosotros, querido sacerdotes: por vuestras personas, por el don de vuestra vocación y ministerio sacerdotal, por vuestra entrega fiel a Jesucristo, el Buen Pastor, y a las ovejas de su rebaño en esta parcela de su Iglesia. Unidos en la oración suplicamos a Dios Padre que nos conceda la gracia de la santidad a todos los sacerdotes, siguiendo las huellas de su Hijo, el Buen Pastor, y el ejemplo de nuestro Patrono, San Juan de Ávila.

 

Hoy os felicitamos muy especial y cordialmente a vosotros, queridos sacerdotes, que celebráis este año vuestras Bodas sacerdotales:  a D. Juan Manuel Gil y D. Gervasio Ibáñez, en sus bodas de diamante; a D. Toni Melià y D. Antonio-Ignacio Sánchez y a los PP. Francicanos, Manuel Prades, José María Botella y Vicente Vicent, en sus bodas de oro; a D. Recaredo Salvador, en su bodas de plata. Nuestra sincera felicitación también a los sacerdotes ordenados presbíteros en este último año: Alipio Bibang, Alexander Alzate, Andrea Ricci, Isaac Leiza, Francisco Javier Fernández, Manuel Díaz, Pedro Segarra y Samuel Torrijo, así como en sus bodas de plata a los tres Diáconos permanentes: D. Pascual Andrés, D. Ricardo Rovira y D. Manuel Martínez.  También damos gracias a Dios por el don de la vocación sacerdotal  de los seminaristas que en esta celebración recibirán el ministerio del Acolitado -David-  o serán admitidos a las Órdenes sagradas -Serviliano, Puc, Jon y Jesús-.

 

  1. Si siempre, si cada día, hemos de dar gracias a Dios por nuestro sacerdocio o por nuestra vocación sacerdotal, hoy sentimos más vivamente esta necesidad. En los años de nuestro ministerio sacerdotal o en el tiempo de formación todos vamos experimentando que el Señor nos ama personalmente, nos enriquece en nuestra pobreza y nos fortalece nuestra fragilidad. Por eso hemos de recordar que nuestra vocación y nuestro ministerio son un don gratuito y amoroso de del Señor. “Soy yo quien os ha elegido” (Jn 15,16). En esta jornada jubilar y sacerdotal en que pedimos especialmente por la santificación de los sacerdotes, todos estamos llamados a dejarnos amar por Dios y a amarle con mayor fuerza, si cabe. Hoy es un día para redescubrir el amor de Dios en nuestra existencia, para redescubrir la belleza de nuestra vocación sacerdotal y la alegría en nuestro ministerio.

 

Como en el caso de Pablo,  nos apremia el amor de Dios manifestado en Cristo a la acción de gracias a Dios por los dones recibidos (cf. 2 Cor 5, 14).  Cuanto somos y cuanto tenemos, todo procede de Dios, que nos amó y reconcilió consigo por medio de Cristo: él nos eligió, consagró y envió, el “nos encargó el ministerio de la reconciliación” (v. 16) para ser ministros de su misericordia, especialmente en el sacramento de la Confesión. Esta mañana queremos pedir al Espíritu Santo que avive la llama de nuestro amor a Dios en Cristo. Deseamos encontrarnos de nuevo con el Señor para permanecer en su amor, queremos experimentar la alegría que suscita el saberse amados de Dios y agraciados por Él con el sacerdocio. El Señor Jesús nos lo dice constantemente: permaneced en mí, permaneced en mi amor. Nuestra respuesta de amor agradecido y la acogida de la savia de su gracia son las que garantizan nuestra unión con el Señor, nuestra alegría en el ministerio y nuestro amor pastoral.  Unidos con Cristo y amándonos unos a otros como Él nos ha amado, tenemos la seguridad de que Dios permanece con nosotros como permaneció en su Hijo. Somos amados en el Hijo amado. Esto comporta una actitud constante de acogida del amor que el Padre nos ofrece en Cristo, y dejarse progresivamente transformar por la comunión con Cristo, en Cristo y por Cristo dejándonos amar  por Dios.

 

  1. San Juan de Ávila vivió esta experiencia del amor de Dios. Como escribió Benedicto XVI en la Carta Apostólica de la declaración de Doctor de la Iglesia universal de nuestro patrono, “el amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, es la clave de la experiencia personal y de la doctrina del Santo Maestro Juan de Ávila” (n.1). La primacía de la gracia que le impulsa al buen obrar, la espiritualidad de la confianza y la llamada universal a la santidad vivida como respuesta al amor de Dios, son puntos centrales de la vida y de la enseñanza del Maestro de Ávila: ellas hicieron de él un predicador del Evangelio, apasionado por la verdad y referente cualificado para la misión evangelizadora.

 

Su memoria ha sido y sigue siendo un modelo de sacerdote santo para nosotros, los sacerdotes: un sacerdote que ha encontrado la fuente de su espiritualidad en el ejercicio de su ministerio, en su amor a la Eucaristía, en su devoción a la Virgen. Así, siendo un buen conocedor de la cultura de su tiempo, fue un excelente consejero de almas y un incansable animador de las vocaciones sacerdotales, religiosas y laicales. Vivió en comunión la fraternidad sacerdotal y el trabajo apostólico. Lo mejor de sus afanes apostólicos lo vuelca en la formación de los candidatos al sacerdocio; él sabía muy bien que la verdadera clave de la reforma de la Iglesia estaba en la selección y buena formación de los pastores, tal como escribía al Concilio de Trento.

 

  1. Queridos sacerdotes, vivimos tiempos recios. Y tiempos recios piden amigos fuertes de Dios, decía Santa teresa de Jesus. También al Maestro Ávila le tocó vivir tiempos recios, difíciles. Eran tiempos de reforma. Siempre es tiempo de reforma. También el papa Francisco nos llama con insistencia a la conversión personal, pastoral y misionera. Juan de Ávila estaba convencido de que si se reformaba el estado eclesiástico, estaría encaminada la renovación de la Iglesia. Como entonces, también la principal reforma que necesita nuestra Iglesia es la reforma de las personas, de los corazones. “Este es el punto principal del negocio y que toca en lo interior de él; sin lo cual todo trabajo que se tome cerca de la reformación será de muy poco provecho, porque será o cerca de cosas externas o, no habiendo virtud para cumplir las interiores, no dura la dicha reformación por no tener fundamento”.

 

La caridad pastoral es la clave del ministerio sacerdotal, basada en la contemplación e imitación del Buen Pastor, Jesucristo. Así lo expresa el maestro de Ávila cuando escribe: “No solamente la cruz, mas la misma figura que en ella tienes nos llama dulcemente a amar. La cabeza tienes reclinada para oírnos y darnos besos de paz, con la cual convidas a los culpados. Los brazos tienes tendidos para abrazarnos. Las manos agujereadas para darnos tus bienes, el costado abierto para recibirnos en tus entrañas, los pies enclavados para esperarnos y para nunca poderte apartar de nosotros. De manera que mirándote, Señor, en la cruz, todo cuanto vieren mis ojos, todo convida a amor: el madero, la figura, el misterio y las heridas de tu cuerpo. Y sobre todo el amor interior me da voces que te ame y nunca te olvide mi corazón” (Tratado del Amor de Dios, 14).

 

El santo Maestro de Ávila tomó por modelo particularmente a san Pablo, al que tanto imitó en su vida en el la evangelización de todas las Iglesias del sur de España. Él hizo suyas las palabras de San Pablo “Ay de mi si no anuncio el Evangelio” (1 Cor 9,16). En este tiempo en que la Iglesia nos urge a salir a la misión, la doctrina y el ejemplo de vida de San Juan de Ávila iluminarán nuestros caminos y métodos;  y nuestro ardor misionero se encenderá al contacto con su celo apostólico. Él es un verdadero “Maestro de evangelizadores”. Sus enseñanzas nos ayudan a los sacerdotes y a todos los miembros del Pueblo de Dios en el fiel cumplimiento de nuestra vocación.

 

La memoria de San Juan de Ávila nos recuerda que no hay santidad de vida sin celo evangelizador ni celo evangelizador sin santidad de vida. Evangelizados y evangelizadores, discípulos y misioneros son dos palabras inseparables. No podemos dar cabida al miedo que provoca la mediocridad y que nos impide caminar con confianza.

 

Por eso oramos diciendo: Señor Jesús, en cualquiera de las etapas de nuestra vida sacerdotal, Tú nos continúas diciendo: ¡Sígueme! Es tu llamada siempre actual que nos indica el seguimiento de adhesión amorosa a tu voluntad de anunciar el Evangelio. Sabes que somos débiles pero te amamos. Sabes que interrogados sobre el amor, como Pedro, dudamos, sentimos miedo, no sabemos qué contestar. Pero te decimos con toda confianza: Tú sabes todo, tú sabes que te amamos. “Señor, yo creo, pero aumenta mi fe”.

 

Escucha, Señor, esta mañana también nuestra oración fraterna por nuestros hermanos sacerdotes fallecidos en este último año: D. Gil Roger, D. Eladio Villagrasa, Mn. Damian Alonso y D. Alberto Cebellán..

 

Y a todos nosotros haznos pastores santos de tu Iglesia; y concédenos la gracia de encontrar en la Eucaristía el alimento para nuestro camino de perfección y la fuerza para la tarea de nueva Evangelización. Que la Reina de los Apóstoles y San Juan de Ávila intercedan por nosotros para que en todo momento seamos trasparencia nítida y mediadora del Buen Pastor. Amén.

 

+Casimiro López Llorente
Obispo de Segorbe-Castellón

Homilía en la ordenación de siete presbíteros

CON-CATEDRAL DE STA. MARÍA EN CASTELLÓN, 18 de abril  de 2015

 (Is 61,1-3a; Sal 88; 2 Cor 5,14-20; Jn 15,9-17)

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Queridos hermanos en el sacerdocio, diáconos asistentes y seminaristas,

Queridos Cabildos Concatedral y Catedral, Vicarios General y episcopales, y Rectores,
Hermanas y hermanos amados todos en el Señor,

 

Acción de gracias

  1. Cantaré eternamente, tus misericordias, Señor” (Sal 88). En esta mañana nos unimos a vuestra alegría, queridos Fran, Pedro, Alex, Samuel, Andrea, Isaac y Manuel, y con vosotros cantamos al Señor por su gran amor hacia vosotros, y, en vuestras personas, a vuestras familias y a nuestra Iglesia diocesana. Las palabras del Salmista nos invitan a cantar una vez las misericordias del Señor: hoy lo hacemos por vuestra vocación sacerdotal y por vuestra ordenación presbiteral. Ambas son una gracia de Dios para vosotros; sí, pero también y ante todo para nuestra Iglesia, que en estos tiempos de escasez vocacional, se ve una vez más agraciada en vuestras personas.

 

Sí, hermanos, cantemos todos eternamente las misericordias del Señor y démosle gracias: Dios muestra de nuevo su benevolencia para con nosotros, para con esta Iglesia suya, que peregrina en Segorbe-Castellón y, en ella, para toda la Iglesia.

 

Quiero expresar aquí también mi sincera gratitud y mi cordial felicitación a todos cuantos han cuidado de vuestra formación: rectores, formadores, profesores y padres espirituales; mi gratitud y felicitación también para vuestros padres, catequistas, familiares, amigos y para cuantos os han ayudado en el camino hasta el sacerdocio. Estoy seguro de que seguirán estando cerca de vosotros, con la oración y el apoyo humano necesario para que perseveréis con alegría y generosidad en el ministerio sacerdotal y podáis cumplir la misión que el Señor os confía hoy.

 

 

Elegidos y hechos sacerdotes por el Señor para ser pastores-servidores

  1. Esta mañana vais a ser elegidos y consagrados presbíteros para ser pastores en la Iglesia y actuar en el nombre “et in persona” de Jesucristo, el Buen Pastor y la Cabeza de su Iglesia. Mediante la imposición de mis manos y la plegaria de consagración, quedaréis convertidos en presbíteros para ser servidores del pueblo cristiano. Participareis así en la misma misión de Cristo, maestro, sacerdote y rey, para que cuidéis de su pueblo siendo maestros de la palabra, ministros de los sacramentos y guías de la comunidad.

 

Sois elegidos y constituidos pastores, no por vosotros mismos, sino por el Señor, y no para serviros a vosotros mismos, sino para servirle a Él y a su rebaño en la parcela que se os confíe, para servirlos hasta dar la vida como Cristo, el Buen Pastor (cf. Jn 10, 11). No sois vosotros los que me habéis elegido a mí, sino yo quien os ha elegido a vosotros”, dice Jesús (Jn 15,16). Vuestro sacerdocio es una iniciativa amorosa del Señor, totalmente gratuita por su parte e inmerecida por la vuestra. Él es quien os elige a cada uno de vosotros porque quiere haceros sus sacerdotes. Él va por delante, vuestra respuesta -ciertamente generosa, alegre y confiada- es acogida de su iniciativa. Nos lo recuerda la liturgia de la ordenación: vuestra llamada en la presentación, vuestra respuesta con las palabras ‘aquí estoy’, y, sobre todo, el gesto antiquísimo de la imposición de las manos. Cuando os imponga las manos, es el Señor mismo quien lo hace. Él tomará posesión de cada uno de vosotros diciéndoos: “Tú me perteneces”. Pero de este modo os dice también: “Tú estás bajo la protección de mis manos. Tú estás bajo la protección de mi corazón. Tú estás protegido bajo el hueco de mis manos y te encuentras en la inmensidad de mi amor. Estás en el espacio de mis manos; dame las tuyas”.

 

Es muy importante que mantengáis vivos en vuestra memoria y en vuestro corazón estos hechos de la elección de Jesús y de la imposición de sus manos. El Señor siempre estará en vosotros y junto a vosotros, para protegeros, alentaros, para cuidaros en la inmensidad de su amor y de su misericordia. Él será vuestra fuerza y sustento. Dirigid siempre vuestra mirada hacia Él y dadle la mano. Dejad que su mano os tome, y entonces no os perderéis en la obscuridad de la niebla ni os hundiréis en la mar alborotada. La fe en Jesús, Hijo del Dios vivo, os llevará a coger su mano en los momentos de cansancio apostólico, de debilidad personal o de dificultad y desaliento pastoral.

 

 

Para ser amigos del Señor

  1. El Señor va a poner su mano sobre vosotros. El significado de este gesto lo expresó con las palabras: “Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Juan 15, 15). El Señor os hace sus amigos: os confía todo y se confía a sí mismo a vosotros para que podáis hablar “in persona Christi capitis” (en persona de Cristo Cabeza). ¡Qué confianza, queridos ordenandos! Cristo se pone verdaderamente en vuestras manos (cf. Benedicto XVI, Homilía de Jueves Santo, 2006).

 

Los signos de la ordenación sacerdotal expresan y explican en el fondo estas palabras de Jesús: la imposición de las manos, la entrega del evangeliario -e.d. de su palabra que Él os confía-, la entrega de la patena y del cáliz con el que Él os trasmite su misterio más profundo y personal. De todo esto forma parte también el poder de absolver: os hace partícipes de su conciencia sobre la miseria del pecado y la oscuridad del mundo y pone en vuestras manos la llave para volver a abrir la puerta hacia la casa del Padre.

 

Ya no os llamo siervos, sino amigos. Este es el significado profundo de ser sacerdote: ser amigo de Jesucristo. Tenéis -tenemos- que comprometernos con esta amistad cada día. Amistad significa comunión de pensamiento, de voluntad y de sentimientos, y, por tanto, de actuación.  En esta comunión con Jesús tenemos y tenéis que ejercitaros, nos dice san Pablo en la Carta a los Filipenses (Cf. 2, 2-5).

 

Esto implica conocer y descubrir a Jesús de una manera cada vez más personal, escuchándole, viviendo junto a él, estando con él, dejándoos encontrar personalmente por  Él. Escucharlo -en la ‘lectio divina’, es decir, leyendo la Sagrada Escritura de una manera espiritual; de este modo aprenderéis -y aprendemos- a encontrar a Jesús presente que nos habla. Debéis reflexionar y contemplar sus palabras y su manera de actuar ante Él y con Él. La lectura de la Sagrada Escritura tiene que ser oración, tiene que surgir de la oración y llevar a la oración. Los evangelistas nos dicen que el Señor se retiraba continuamente -durante noches enteras- ‘a la montaña’ para orar a solas. También los sacerdotes tenemos necesidad de esta ‘montaña’: la montaña de la oración. Sólo así se desarrolla y cultiva la amistad con el Señor. Sólo así podemos los desempeñar nuestro servicio sacerdotal, sólo así podemos llevar a Cristo y su Evangelio a los hombres. Nuestro actuar exterior quedará sin fruto y perderá su eficacia si no nace de la comunión íntima con Cristo. El tempo que dedicamos a esto es realmente tiempo de actividad pastoral, de una actividad auténticamente pastoral. La verdadera oración, la oración del pastor, no nos aleja de la gente; todo lo contrario: nos lleva a la gente, a sus gozos y sufrimientos, a sus alegrías y a sus penas, a sus dificultades y necesidades, a sus desalientos y a sus esperanzas. El sacerdote tiene que ser sobre todo un hombre de oración.

 

Ya no os llamo siervos, sino amigos. El corazón del sacerdocio consiste en ser amigos de Jesucristo. Sólo así podemos hablar verdaderamente “in persona Christi”, a pesar de que nuestra lejanía interior de Cristo no puede comprometer la validez de los sacramentos. Ser amigo de Jesús, ser sacerdote, significa ser hombre de oración. De este modo le reconocemos y salimos de la ignorancia de los siervos. De este modo aprendemos a vivir, a sufrir y a actuar con Él, por Él y como Él.

 

La amistad con Jesús es siempre por antonomasia amistad con los suyos, con los hermanos sacerdotes y con todos sus discípulos. Sólo podemos ser amigos de Jesús en la comunión con el Cristo total, con la cabeza y el cuerpo, en la viña de la Iglesia animada por su Señor. Sólo en ella la Sagrada Escritura es, gracias al Señor, Palabra viva y actual y no un mero libro del pasado.

 

Ser sacerdote significa ser amigo de Jesucristo, y serlo cada vez más con toda nuestra existencia. El mundo tiene necesidad de Dios; no de un dios cualquiera, sino del Dios de Jesucristo: del Dios compasivo y misericordioso,  que se hizo carne, que nos amó hasta morir por nosotros, por nuestros pecados, por nuestras heridas, por nuestras miserias, que resucitó y creó en si mismo un espacio para  la humanidad. Este Dios, que es Misericordia, cuyo rostro es Jesucristo tiene que vivir en nosotros y nosotros en él, para ser en su nombre y en su persona ministros de  la misericordia.

 

 

Y ministros de su misericordia

  1. Como pastores, queridos ordenandos y queridos sacerdotes, debemos dar mucha misericordia. En toda la Iglesia es el tiempo de la misericordia. Nos disponemos a celebrar el Año Jubilar de la Misericordia, convocado por el Papa Francisco, siguiendo una intuición de san Juan Pablo II. Nos corresponderá a nosotros, como ministros de la Iglesia, proclamar este “año de gracia del Señor” (Is 61, 2), mantener vivo el mensaje de la misericordia, en la predicación, en los gestos y en los signos, y dando prioridad al sacramento de la Reconciliación y a las obras de misericordia corporales y espirituales.

 

Ser ministros de la misericordia significa conmoverse ante las ovejas, como Jesús, cuando veía a la gente cansada y extenuada como ovejas sin pastor. Jesús tiene las ‘entrañas’ de Dios: está lleno de ternura hacia la gente, especialmente hacia las personas excluidas, es decir, hacia los pecadores, hacia los enfermos olvidados, hacia los excluidos, hacia los pobres. A imagen del buen Pastor, el sacerdote está llamado a ser hombre de misericordia y de compasión, cercano a su gente y servidor de todos. Quien sea que se encuentre herido en su vida, de cualquier modo, debe poder encontrar en el sacerdote atención y escucha.

 

Como sacerdotes demostraréis, es especial. entrañas de misericordia al administrar el sacramento de la Reconciliación; lo demostraréis con vuestra actitud, en el modo de acoger, de escuchar, de aconsejar, de absolver. Pero esto deriva del modo en el cual vosotros mismos viváis el sacramento en primera persona, del modo como se os dejéis abrazar por Dios Padre en la Confesión, y permanezcáis dentro de este abrazo. Si uno vive esto dentro de sí, en su corazón, puede también donarlo a los demás en el ministerio.

 

En la Iglesia de Segorbe-Castellón

  1. Queridos diáconos: Vais a ser ordenados presbíteros para esta Iglesia de Segorbe-Castellón, abiertos siempre a la Iglesia universal. No tengáis miedo: El Señor estará siempre con vosotros. Con su ayuda, podréis recorrer los caminos que conducen al corazón de cada hombre y mujer; con su ayuda podréis llevarlos al encuentro con Cristo, el Hijo de Dios, hecho hombre, al Cordero de Dios y Buen Pastor, que dio la vida todos y quiere que todos participen de su misericordia. Si estáis llenos de Cristo, si Él es el centro de vuestra vida y crecéis en una íntima unión y amistad con él, si sois fieles a la comunión de la Iglesia, si vivís la fraternidad sacerdotal, si amáis a las personas podréis ser verdaderos misioneros del Señor.

 

Ojalá que vuestro ejemplo aliente también a otros jóvenes a seguir a Cristo con igual disponibilidad y entrega. Oremos al “Dueño de la mies” para siga llamando obreros al servicio de su Reino, porque “la mies es mucha” (Mt 9, 37). Por vuestra vocación y por vuestro ministerio oramos todos nosotros y vela María Santísima. ¡Que María, Madre y modelo de todo sacerdote, os proteja siempre! Amén

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Homilía de la Pascua de Resurrección

S.I. Catedral-Basílica de Segorbe, 5 de abril de 2015

(Hch 10,34a.37-43; Sal 117; Col 3,1-4; Jn 20,1-9)

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Hermanas y hermanos amados en el Señor.

 

  1. ¡Verdaderamente ha resucitado el Señor, Aleluya! Después de escuchar la pasada noche el anuncio pascual, hoy celebramos con toda solemnidad el hecho central de nuestra fe: Cristo Jesús ha resucitado. Tal como proclamamos en el Símbolo de la fe, Jesús, después de su crucifixión, muerte y sepultura, “resucitó al tercer día”. “¿Por qué buscáis entre los muertos, al que está vivo?” (Lc 24, 5), dirá el ángel a las mujeres: una premonición a los escépticos e incrédulos que se afanan en buscar todavía hoy los restos de Jesús.

 

El evangelio de hoy nos invita a dejarnos penetrar por la luz de la fe ante el hecho del sepulcro vacío de Jesús. Este hecho desconcertó en un primer momento a las mujeres y a los mismos Apóstoles; pero más tarde entendieron su sentido: y aceptaron que la resurrección del Señor es un hecho real; es más: comprendieron su sentido de salvación a la luz de las Escrituras. El cuerpo de Jesús, muerto en la cruz, ya no estaba allí; no porque hubiera sido robado, sino porque había resucitado. Aquel Cristo a quien habían seguido, vive, porque ha resucitado; en Él ha triunfado la vida sobre la muerte, el bien sobre el mal, el amor de Dios sobre el odio del mundo. Cristo es el vencedor del pecado y de la muerte.

 

Cristo vive. No se trata de que su memoria o su causa sigan vivas entre nosotros. La resurrección del cuerpo de Jesús es un hecho real, que, sucedido en la historia, traspasa el tiempo y el espacio. No es una vuelta a esta vida para volver a morir, sino el paso a nueva forma de vida, gloriosa y eterna. Tampoco es fruto de la fantasía de unas mujeres crédulas o de la profunda frustración de sus discípulos. La tumba está vacía, porque ha resucitado en verdad y su carne ha sido glorificada. El que murió bajo Poncio Pilato, éste y no otro, es el Señor resucitado de entre los muertos. Jesús vive ya glorioso y para siempre. Por eso Jesús se aparece a sus discípulos.

 

  1. ¡Cristo ha resucitado! Para aceptarlo es necesaria le fe, que brota de la experiencia del encuentro personal con el Resucitado. Una vez resucitado, Jesús salió al encuentro de sus discípulos: se les apareció y se dejó ver por ellos, caminó, comió y bebió con ellos. A Tomás, que dudaba de lo que le decían sus compañeros, Jesús le invitó a tocar las llagas de sus manos y meter su mano en la hendidura de su costado. Y Tomás creyó que el Resucitado era el mismo que el Crucificado: “Señor mío, y Dios mío”. Los discípulos se encontraron personalmente y en grupo con él Señor. Fue un encuentro real, con una persona viva, y no una fantasía. Fue un encuentro profundo y envolvente que tocó a sus personas en su mismo centro; quedaron sobrecogidos: y pasaron de la tristeza a la alegría, de la decepción a la esperanza, del miedo a los judíos a mostrarse discípulos de Jesús. Toda su vida quedó transformada; todas las dimensiones de su existencia y su comportamiento individual y comunitario cambiaron de raíz. Este encuentro les movilizó y les impulsó a contar lo que habían visto y experimentado; y lo hacían con temple y aguante, sin miedo a las amenazas, a la cárcel o a la muerte. Este encuentro con el Señor resucitado fue tan fuerte que hizo de ellos la comunidad de discípulos misioneros del Señor, y puso en marcha un movimiento que nada ni nadie podrá ya parar.

 

Que Cristo ha resucitado es tan importante para los Apóstoles, que ellos son, ante todo, testigos de la resurrección. Este es el núcleo de toda su predicación. “Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con Él después de su resurrección” (Hech 10,39-41).

 

  1. !Cristo ha resucitado y sale a nuestro encuentro! Como en el caso de los Apóstoles, el Señor resucitado sale a nuestro encuentro y pide de nosotros una acto personal de fe. Nuestra fe se apoya en el sepulcro vacío y, sobre todo, en el testimonio unánime y veraz de aquellos que lo pudieron ver, que trataron con él, que comieron y bebieron con él en los cuarenta días que permaneció resucitado en la tierra. A los testigos se les cree, según la confianza que merecen. Los Apóstoles confiesan y proclaman que el Señor ha resucitado; y no sólo esto: muchos de ellos padecieron persecución y murieron testificando esta verdad. ¿Hay mayor credibilidad que la un testigo que está dispuesto a entregar su vida para mantener su testimonio?

 

Como en el caso de los primeros discípulos, el Señor resucitado está presente hoy en nuestra vida. El nos invita a todos a dejarnos encontrar o reencontrar personalmente por Él para fortalecer o recuperar la alegría que brota de la Pascua: la alegría de sabernos amados personal e infinitamente por Dios en su Hijo, Jesús, crucificado y resucitado, para que en Él tengamos vida, la vida misma de Dios. Como entonces, este encuentro ha de ser personal, real, envolvente y transformador de toda nuestra vida personal y comunitaria; un encuentro que nos lleve a la comunidad y nos movilice a anunciar a todos la Buena y Gran Noticia de la Resurrección del Señor. Y este encuentro es posible: el Resucitado nos espera especialmente en su Palabra, en la Eucaristía y en el sacramento de la Penitencia, en la oración, en la comunidad de sus discípulos, y, en los pobres, con los que Él se identifica.

 

  1. ¡Cristo ha resucitado! Y lo ha hecho por todos nosotros. El es la primicia y la plenitud de una humanidad renovada. En Cristo todo adquiere un sentido nuevo. La vida gloriosa del Señor Resucitado es como un inagotable tesoro, del que ya participamos por nuestro bautismo, que nos ha insertado en el misterio pascual del Señor. Hagamos memoria agradecida de nuestro bautismo: un don que pide ser acogido y vivido personalmente ya desde ahora. Mediante el bautismo, el Señor resucitado se ha compenetrado con nuestro ser, nos da la gracia de nuestra futura resurrección. El pasaje de la Carta a los Colosenses nos lo recuerda: “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios…” (Col 3,1).

 

Al confesar y vivir que Cristo ha resucitado, nuestro corazón se ensancha y comprende mejor todo lo que puede esperar. Buscando los bienes de allá arriba, aprendemos a tratar mejor la creación y a poner amor y vida en nuestra relación con los demás. La resurrección del Señor nos coloca ante lo más grande y por eso toda nuestra existencia cobra una nueva densidad. La resurrección del Señor explica toda la transformación personal, social y cultural que sucedió a la predicación del Evangelio.

 

Jesús está vivo y actúa. Además, como dice el Apóstol, nuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Ya no nos amenaza la muerte ni necesitamos buscar falsas seguridades por el temor a morir, porque sabemos que la muerte ya no tiene la última palabra. Porque Cristo ha resucitado podemos vivir de una manera nueva, porque nuestra existencia está liberada de las reglas del pecado y de la mundanidad; es decir bajo la esclavitud de la mentira, de la avaricia, del odio, del rencor, de la indiferencia, del desprecio y del abuso de los demás. Jesús nos ha liberado y, resucitado, camina junto a nosotros haciendo que sea posible vivir de un modo distinto, que como Él pasemos haciendo el bien. Todos los sig­nos de alegría y de fiesta de este día, en que actúo el Señor, son signo también de la cari­dad que ha de inundar nuestros corazones. Jesús victorioso nos comunica su vida para que podamos seguir su camino. El nos hace posible la entrega al otro y su acogida generosa y desinteresada, el verdadero amor en el matrimonio y en la familia, la amistad desinteresada y benevolente, el perdón y el trabajo justo, porque la ley de la muerte ya no es la decisiva.

 

Hoy resplandece la vida: la del Resucitado y la nues­tra, que se ilumina con su presencia. En la resurrec­ción de Jesús tienen respuesta todas las inquietudes de nuestro corazón. Porque Cristo ha resucitado, el mundo no es absurdo. Ni la persecución de los cristianos, ni las injusticias, ni el pecado, ni el mal, ni la muerte, ni la prepotencia ni la corrupción de los poderosos de este mundo tendrán la última palabra, porque el Señor ha resucitado. Él está vivo y nos podemos encontrar con Él. Ahí está el sentido de nuestra vida y la posibilidad de llevarla a su plenitud en el amor. Ale­grémonos en este día que disipa todas las tinieblas y dudas, y hace crecer en nosotros la esperanza.

 

  1. Los Apóstoles fueron, ante todo, testigos de la resurrección del Señor Jesús. Aquel mismo testimonio, que, como un fuego, ha ido dando calor a las almas de los creyentes, llega hoy hasta nosotros. Acojamos y transmitamos este mensaje a las nuevas generaciones. Sean cuales sean las dificultades, éste es nuestro deber más sagrado: transmitir de palabra y por el testimonio de las buenas obras esta Buena Noticia de Dios para humanidad: En Cristo, la Vida ha vencido a la muerte, el bien al pecado, el amor al egoísmo, la luz a la oscuridad, el sentido de la historia y del cosmos al sinsentido del nihilismo. hay esperanza para la humanidad.

 

Celebremos, hermanos, a Cristo resucitado. Celebremos la Pascua y reavivemos nuestro propio Bautismo; por él hemos sido transformados en nuevas Criaturas. Nuestra alegría será verdadera si nos encontramos de verdad con el Resucitado en lo más profundo de nuestra persona, en ese reducto que nadie ni nada puede llenar; si nos dejamos llenar de su vida y amor: esa vida y ese amor de Dios que generan alegría, vida y amor. El encuentro personal con el Resucitado teñirá toda nuestra vida, nuestra relación con los demás y con toda la creación.

 

¡Feliz Pascua a todos! ¡Cristo nuestra Pascua ha resucitado¡ ¡Aleluya!

 

 

+Casimiro Lopez Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Homilía en la Vigilia Pascual

Segorbe, S. I. Catedral-Basílica, 4 de abril de 2015

 

  1. ¡Cristo ha resucitado, Aleluya! Esta es la gran noticia de esta Noche Santa: Cristo ha resucitado. Este mensaje pascual despierta en todos nosotros la alegría y la esperanza. La fe y el amor se avivan en nuestro corazón. Acaso nuestra fe y nuestro amor estaban dormidos; acaso marchábamos soñolientos y como olvidados del Señor.

 

Hemos velado en oración, hemos contemplado, al paso de las lecturas, las acciones admirables de Dios con su Pueblo. Y, por fin, oímos con profunda alegría el mensaje del cielo: “¿Porqué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado?”

 

  1. Esta es la noche de la Luz Santa. La claridad del Cirio Pascual, la luz de Cristo, Rey eterno, irradia sobre la faz de la tierra y disipa las tinieblas de la noche, del pecado y de la muerte. Cantemos hermanos, a la Luz recién nacida en medio de la tiniebla nocturna. Esta es “la noche clara como el día, la noche iluminada por el gozo de Dios”. Si, hermanos, Cristo ha resucitado ‘en esta noche’: la Luz de Cristo resucitado ilumina la tenebrosa oscuridad del pecado y de la muerte; la Luz de Cristo inaugura una esperanza nueva e insospechada en la rutina de la naturaleza y de nuestra historia.

 

Esta es la noche grande de la Historia Santa. En esta noche, recordamos y contemplamos la trayectoria de la Historia del amor de Dios y su designio de salvación universal, para devolver a la vida a la humanidad, liberada de la esclavitud del pecado y de la muerte. Una Historia que, nacida del corazón del Padre, iniciada con el Pueblo de Israel y destinada a toda la humanidad, esta noche llega a su término en Cristo. “Esta es la noche, en que rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo”. “Esta es la noche en que los que confiesan a Cristo son arrancados de los vicios del mundo y de la oscuridad del pecado, son restituidos a la gracia y son agregados a los santos”. Cantemos con las palabras del Pregón pascual: “¡Feliz la culpa que mereció tal redentor!”.

 

  1. Al dar la gozosa noticia de la resurrección de Jesús, los ángeles decían a las mujeres: “Acordaos de lo que os dijo, estando todavía en Galilea: El Hijo del hombre tiene que ser entregado en manos de los pecadores, ser crucificado y al tercer día resucitar. Ellas recordaron sus palabras, volvieron del sepulcro y anunciaron todo esto a los Once y a los demás” (Lc 24, 1-12).

 

También los Once andaban olvidadizos y ‘torpes para entender las Escrituras’. También ellos se resistían a aceptar las palabras del Maestro, cuando él les anunciaba la pasión y la cruz. Se quedaron dormidos en el huerto, mientras Jesús oraba y acechaba el traidor. Antes y durante siglos, los hombres, esclavos del pecado, dormían un sueño de muerte. El mismo Israel, el pueblo de la Alianza y de las predilecciones Dios, olvidaba las obras de Dios, era terco en su infidelidad y vivía de espaldas a su Dios.

 

Pero el Amor de Dios velaba sobre el mundo. En su designio eterno, Dios preparaba la redención del mundo. Ya “nos bendecía con toda suerte de bendiciones espirituales en Cristo. Nos había elegido antes de la creación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el Amor” (Ef 1,3-5). Y, hoy, esa bendición llega a su plenitud.

 

  1. San Pablo nos exhorta con estas palabras de un antiguo himno cristiano: “¡Despierta tú que duermes y levántate de entre los muertos, y te iluminará Cristo” (Ef 5,14)

 

Por la misericordia de Dios, todos hemos sido bendecidos en su Hijo muerto y resucitado con la gracia bautismal. Y, sin embargo, no es vana la invitación de San Pablo. ¿No es verdad que, con frecuencia, dormimos en vez de vigilar? ¿Acaso nuestra fe y vida cristiana no necesitan ser espoleadas? Muchas veces caminamos perezosos, tibios, lentos y tristes en el seguimiento de Cristo. !Nos olvidamos con tanta frecuencia del Señor y de nuestra condición de cristianos!. Ahí están nuestras faltas de amor a Dios y al prójimo, nuestra falta o tibieza en la vida de oración, en la participación en lo sacramentos, nuestras incoherencias entre nuestra fe y nuestra vida.

 

  1. Por ello en esta Noche Santa, san Pablo nos recuerda: “Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva…” (Rm 6,3-4).

 

¡Que esta noche nos despierte el amor de Dios para caminar en la vida nueva bautismal como hijos e hijas de Dios! Recordemos con gratitud y alegría el misterio de nuestra propia vida, que se ilumina con nuevo resplandor por la presencia del Resucitado. Dejémonos encontrar por Él, y, unidos en la fe, la esperanza y el amor de nuestro Señor Jesucristo,  renovemos con gozo nuestras promesas bautismales.

 

Jesucristo, muerto y resucitado, sigue siendo el ‘signo levantado en lo alto’, para todos y cada uno de nosotros; y, a través de nosotros, la Nueva Vida del Resucitado quiere llegar también y precisamente a una sociedad olvidada de Dios, a un mundo sin esperanza; a un mundo en que sólo cuenta la utilidad, el dinero y el disfrute inmediato; a tantos hombres y mujeres atormentados por tantos problemas y sufrimientos ocultos.

 

Jesús sigue amando y buscando también a los hombres, a las mujeres, a los niños y jóvenes de nuestro tiempo. Su sacrificio sigue ofreciéndose al Padre por todos, en todas las latitudes, en todo tiempo. Con Él nosotros debemos entregarnos a la fecunda tarea del amor. Dispuestos siempre a trabajar, a luchar, a sufrir por la causa de nuestros hermanos.

 

  1. Al comienzo de la Vigilia, hacíamos la ofrenda del cirio encendido, signo de la alegría pascual. En el pregón, se alzaba la voz del diácono, diciendo su oración humilde.

 

“Te rogamos, Señor, que este cirio consagrado a tu nombre arda sin apagarse para destruir la obscuridad de esta noche… Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo; ese lucero matinal que no conoce ocaso y es Cristo, tu Hijo Resucitado que, al salir del sepulcro, brilla sereno para el género humano”.

 

Brille así, hermanos, nuestro amor al Señor, sin interrupción, sin titubeos, sin descanso. Que el encuentro de esta noche con Cristo glorioso inunde nuestras almas de gozo y de paz, de alegría y esperanza, de fe y de amor. Amén.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Homilía en la Celebración Litúrgica del Viernes Santo

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 3 de abril de 2015

 

  1. La lectura de la pasión de nuestro Señor Jesucristo, hecha en el silencio y en el ambientes sagrado de este día, nos adentra en la celebración litúrgica del Viernes santo. Hemos recordado y contemplado con piedad y con fervor a Jesús en los pasos de su vía dolorosa hasta su muerte en Cruz. Lo hemos visto traicionado por Judas; asaltado, prendido y maltratado por los guardias, negado por Pedro, abandonado de todos sus apóstoles, menos Juan; condenado por pontífices y sacerdotes indignos, juzgado por los poderosos, soberbios y escépticos; en medio de la soldadesca es azotado, coronado de espinas e injuriado; luego es conducido como reo que porta su cruz hasta el lugar de la ejecución; y, por fin, crucificado, levantado en alto, muerto y sepultado.

 

En la Cruz aparece el “rostro doliente” del Señor. El es “siervo paciente”, el “varón de dolores”, humillado y rechazado por su pueblo. En la pasión y en la cruz contemplamos al mismo Dios, que asumió el rostro del hombre, y ahora se muestra cargado de dolor. Es el dolor provocado por el pecado. No por su pecado personal, pues era absolutamente inocente. Es la tragedia de mentiras, envidias, traición y maldad que se echaron sobre él, para condenarlo atropelladamente a una muerte injusta y horrible. Él carga hasta el final con el pecado humano.

 

Su mayor dolor fue pasar por la experiencia de sentirse abandonado por Dios; es decir, sufrir la experiencia espantosa de soledad que sigue al pecado. Él, que no tenía pecado alguno, quiso llegar hasta el fondo de las consecuencias del mal. En sus últimos momentos grita: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado“. Contemplando este “rostro doliente”, nuestro dolor se hace más fuerte todavía, porque el rostro de Jesús padeciendo en la cruz, asume y expresa el dolor de muchos hermanos, que hoy padecen angustia y desconcierto, en parte por sus pecados, pero mucho más aún por los pecados de los demás, por las estructuras y violencias injustas, por los egoísmos humanos, que los aprisionan y esclavizan.

 

  1. Pero en la oscuridad de la Cruz rompe la luz de la esperanza. “Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho“. El Siervo de Yahvé, aceptando su papel de víctima expiatoria, trae la paz, la salvación y la justificación de muchos: “A causa de los trabajos de su alma, verá y se hartará; con lo aprendido, mi Siervo justificará a muchos, cargando con los crímenes de ellos“.

 

Al mirar a Jesús en la Cruz, brotan en nuestro recuerdo las palabras de Pablo: “En Cristo Dios estaba reconciliando consigo al mundo” (2 Cor 5, 19). La Pasión del Señor y su Muerte, al mismo tiempo que nos descubre la gravedad del pecado, nos manifiesta la grandeza de la misericordia de Dios, que no nos abandona, que nos sigue amando, que  nos quiere librar de cualquier pecado y de la muerte. Desde aquella cruz, padeciendo el castigo que no merecía, el Hijo de Dios mostró la grandeza del corazón de Dios, y su generosa misericordia; y exclama: “!Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!.”

 

La salvación, hermanos, es liberación del hombre de sus pecados, males y miserias, y la reconciliación con Dios. La obra de la salvación es toda de Dios, fruto de su misericordia y amor infinitos. Porque sólo el amor de Dios hacia los hombres pecadores es lo que salva; el amor de Dios es la única fuerza capaz de liberar, santificar, justificar y reconciliar. Pero el amor requiere siempre ser acogido; el amor del amante espera de la respuesta del amado, para entregarse y darse totalmente a sí mismo con todo cuanto tiene. Si esa respuesta, dada en libertad, no se produce, la obra del amor; se detiene a la puerta y da paso a otras fuerzas: son otros entonces quienes intervienen: el poder, la seducción, la violencia. ¡Pero la violencia jamás resolverá problema alguno para el bien de los hombres!.

 

  1. El amor de Dios, eterno en su misericordia, se ha abrazado con el mundo en la Cruz de Cristo; un mundo de pecado, hundido en sus miserias, su dolor, sus injusticias y su mentira; con el mundo tal como es. “El Verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros” (Jn 3, 14). Desde ese mismo momento el mundo pecador, en principio, estaba vencido, redimido y salvado. Pero el Hijo de Dios, metido en el tiempo, revestido de nuestra carne pecadora, habría de realizar su propia historia en obediencia al Padre. La obra del amor de Dios culmina en la historia del hombre Jesús, Hijo de Dios. En su vida y en su muerte. El sí del hombre al amor de Dios en Cristo Jesús se expresó definitivamente y para siempre en la aceptación de la muerte, en el sacrificio de la cruz. Jesucristo crucificado, que se entrega a la muerte por amor en obediencia al Padre, es el ‘amén’ del hombre al amor de Dios.

 

Apenas el hombre, en Cristo Jesús, dio su respuesta al amor de Dios, este amor eterno invadió al mundo con toda su fuerza para salvarlo. “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mi” (Jn 12 32). La cruz se convierte en el “árbol de la vida” para el mundo: en ella se puede descubrir el sentido último y pleno de cada existencia y de toda la historia humana: el amor de Dios.

 

El Viernes Santo, Jesús convierte la cruz en instrumento de salvación universal. Desde entonces la cruz ya no es sinónimo de maldición;  sino signo de bendición. Al hombre atormentado por la duda y el pecado, la cruz le revela que “Dios amó tanto al  mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16). En una palabra, la cruz es el símbolo supremo del amor.  “Acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para alcanzar misericordia”.

 

  1. El sí de Jesús resuena hoy en nuestros oídos con toda su fuerza de atracción. El quiere llegar al corazón de todos los hombres. Si abrimos el nuestro, sinceramente convertidos, llenos de fe y de esperanza, el amor de Dios nos alcanzará. Y el Espíritu de Dios derramará en nosotros la caridad; podremos alcanzar la salvación de Dios.

 

¡Asociémonos a Él! No nos avergoncemos de la Cruz; a ese Cristo, muerto en la Cruz por amor, podemos confiar todas nuestras preocupaciones y todas nuestros deseos de libertad, de justicia y de paz.

 

Al pie de la cruz la Virgen María, perfectamente unida a su Hijo, pudo compartir de modo singular la profundidad de dolor y de amor de su sacrificio. Nadie mejor que ella nos puede enseñar a amar la cruz. A ella le enmendamos en especial a los enfermos y a todos los que sufren, a las víctimas inocentes de la injusticia y la violencia, y a los cristianos perseguidos a causa de su fe. La cruz gloriosa de Cristo sea para todos prenda de esperanza, de rescate y de paz. Amén.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón