El encuentro personal con Cristo vivo

Queridos diocesanos:

Hemos comenzado un nuevo Curso Pastoral con la alegría de sabernos amados por Dios, acompañados por el Señor resucitado y alentados por la fuerza del Espíritu Santo en nuestro diario caminar y en nuestra acción pastoral. Este año volvemos a centrarnos en el anuncio de la Palabra de Dios para favorecer el encuentro personal con Jesucristo. Sentimos la urgencia de este encuentro personal con el Señor como base y fundamento de la necesaria renovación de nuestra Iglesia diocesana, en sus miembros y comunidades, y como centro y meta de la misión que el Señor nos ha encomendado.

La conversión pastoral y misionera de toda nuestra Iglesia, que nos pide el Papa Francisco, presupone y pide necesariamente la conversión personal y la renovación espiritual de sus miembros –pastores, agentes de pastoral y fieles en general-, basadas en el encuentro personal con Jesucristo: un encuentro que avive nuestra fe y vida cristiana, nuestra condición de discípulos misioneros, recibida en nuestro bautismo, nuestro amor a la Iglesia y a nuestra comunidad parroquial, así como la vocación, ministerio y tarea específica que cada uno hemos recibido sea como presbíteros, religiosos o seglares sea como matrimonios o familias cristianas. Sólo desde esta conversión personal y desde esta renovación espiritual de todos serán posibles y se irán generando, con la ayuda del Espíritu Santo, esas comunidades de discípulos misioneros, que deseamos que sean nuestras parroquias.

El mismo papa Francisco subraya la importancia decisiva del encuentro personal con Jesucristo para ser discípulos misioneros del Señor: “Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús” (EG 20, 120). “Si no nos convencemos, miremos a los primeros discípulos, quienes inmediatamente después de conocer la mirada de Jesús, salían a proclamarlo gozosos: ‘¡Hemos encontrado al Mesías!’ (Jn 1,41) …. ¿A qué esperamos nosotros?” (EG 120). “Nos hace falta clamar cada día, pedir su gracia para que nos abra el corazón frío y sacuda nuestra vida tibia y superficial” (EG 264).

El encuentro personal con Cristo Jesús no es un episodio puntual y pasajero de la vida cristiana, sino algo permanente en la vida de todo cristiano. Ciertamente que “no se comienza a ser cristiano … sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Benedicto XVI, Deus caritas est, 1); pero este encuentro inicial y transformador con Cristo Jesús debe ser alimentado, sostenido y profundizado en la oración personal y comunitaria, en la escucha orante y el estudio de la Palabra de Dios, en la lectio divina, en la celebración y recepción de los sacramentos de la Eucaristía y de la Reconciliación, en la adoración y contemplación eucarística, en la vida en la comunidad eclesial, en la acogida de los pobres. Vivir en cristiano consiste en renovarse continuamente en y por el encuentro con el Señor. Esto vale para las personas, las comunidades y las mismas instituciones de la Iglesia del Señor.

Por ello en este curso queremos cuidar, entre otras cosas, la experiencia religiosa del encuentro con Jesucristo. En nuestras parroquias, comunidades, asociaciones y movimientos, en nuestras catequesis, homilías y charlas hemos de cultivar y ofrecer el encuentro personal con Jesucristo vivo, muerto y resucitado para que en Él tengamos vida, mediante el anuncio del Kerigma y el testimonio personal de los evangelizadores; un encuentro que ha llevar a una conversión personal a Cristo, a una adhesión a su Persona y a su Evangelio, a un cambio de mente, de corazón y de vida, que nos lleve a ser verdaderos cristianos y así sus discípulos misioneros en el seno de la comunidad de la Iglesia. Necesitamos además profundizar en el conocimiento sapiencial de la Palabra de Dios y en los contenidos de la fe tal como nos llegan en la tradición viva de la Iglesia; es la única manera de madurar la experiencia religiosa y evitar el subjetivismo y el individualismo. Así la formación doctrinal no se experimenta como un conocimiento teórico y frío, sino como un medio fundamental y necesario en el crecimiento espiritual.

Con mi afecto y bendición,

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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