Fiesta de la Mare de Déu del Lledó

Castellón de la Plana, Basílica de Lledó, 1 de mayo de 2016

VIº Domingo de Pascua

(Ester 4,17-ss; Ef 2,4-10; Jn 2,1-11)

 

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor!

Os saludo de corazón a cuantos habéis secundado la llamada del Señor para honrar y venerar a su Madre y Madre Nuestra, la Mare de Déu del Lledó, en este día de su fiesta. Saludo al Sr. Vicario general, al Sr. Prior de esta singular Basílica, que nos acoge esta mañana, a los Sres. Prior, Presidente y Directiva de la Cofradía de la Mare de Déu del Lledó, así como a la Presidenta y Camareras de la Virgen. Saludo a los Sres. Regidor de ermitas, Clavario y Perot de este año. Y, ¡cómo no¡, a la Sra. Alcaldesa y miembros de la Corporación Municipal, al Sr. Presidente de la Diputación y al resto de las Autoridades provinciales, autonómicas y nacionales, que nos acompañan: Bienvenidos seáis; la comunidad católica y todo el pueblo de Castellón os lo agradecen, porque con vuestra presencia nos honráis y valoráis también nuestra fe y nuestra devoción a la Mare de Déu del Lledó, la Patrona de Castellón. Saludo también a los Sres. Arciprestes de la Ciudad y a los sacerdotes que nos acompañan en esta celebración, así como a los seminaristas que nos asisten. Os saludo a todos cuantos os habéis acercado venido esta mañana a la Basílica para honrar y venerar a la Virgen y a todos aquellos que, a través de Televisión Mediterráneo, seguís desde vuestras casas esta celebración.

Un año más, en el primer domingo de mayo, el Señor nos reúne en este Santuario-Basílica para honrar a Nuestra Madre y Señora, la Patrona de Castellón. A la Mare de Déu, en la Salve popular, le aclamamos también como Reina y Madre de Misericordia: ella experimentó la misericordia divina de un modo único y privilegiado; ella supo acoger en su seno la fuente misma de la misericordia, la Misericordia encarnada, Cristo Jesús, el Hijo de Dios; y ella, que supo vivir siempre íntimamente unida a su Hijo, sabe mejor que nadie lo que Él quiere para nosotros y lo que nosotros necesitamos de Él. Dios, a través de su Hijo, quiere que nunca, a nadie, le falte la ternura, el consuelo y el perdón de Dios, que nos llega a través de María. Con la dulzura de la mirada de la Virgen podemos redescubrir esta mañana, una vez más, la alegría de la ternura de Dios en este Año Santo de la Misericordia. Ella nos ayuda e invita a contemplar y experimentar la misericordia de Dios para que nos dejemos transformar por la gracia y podamos así ser misericordiosos como el Padre, para podamos hacer las “obras buenas” (Ef. 2,10) a que nos llama la segunda lectura.

Dios -lo hemos escuchado en la carta a los Efesios- es “rico en misericordia” (Ef. 2,4), una misericordia, que “llega a sus fieles de generación en generación”, como canta la Virgen en el Magníficat. Dios mismo es Misericordia. El Papa Francisco nos lo acaba de recordar: “El nombre de Dios es Misericordia” (título de su libro-entrevista). Dios. después de haber revelado su nombre a Moisés, como Dios “compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad” (Ex 34,6), no ha cesado de dar a conocer, de distintas maneras y en a lo largo de la historia, su naturaleza divina, su misericordia. Y en la plenitud de los tiempos, cuando todo estaba dispuesto según su plan de salvación, Dios Padre envió a su Hijo, nacido de la Virgen María, para revelarnos, de manera definitiva, su amor más grande, su misericordia.

Quien ve a Jesús ve al Padre (cf. Jn 14, 9). Jesús de Nazaret, con sus palabras, con sus gestos, con toda su persona, revela la misericordia de Dios. Sí hermanos: Dios es Misericordia: Dios es Amor, un amor entrañable, un amor que vuelve su corazón hacia toda miseria humana. !Qué bien lo entendéis las madres¡ !Con qué amor, un amor que sale de lo más profundo de vuestras entrañas, amáis a vuestros hijos, los protegéis y acompañáis, estáis pendientes de cualquier necesidad que tengan, los sabéis perdonar y estáis dispuestas a entregaros por ellos. Así es Dios: un Dios que se compadece, que siente una ternura entrañable por nosotros, también cuando nos alejamos de Él, que está pendiente de nosotros ante cualquier enfermedad o necesidad que sufrimos o padecemos. Y eso de un modo infinito, porque Dios es rico en misericordia, y para siempre, porque es eterna su misericordia. Nunca nadie puede sentirse abandonado de la cercanía, de la compasión, de la ternura del perdón de Dios: así nos muestra los muestra Cristo Jesús, así nos lo anuncia una y otra vez María, la profetisa de la Misericordia.

Dios se nos revela como Misericordia de una forma suprema y final en su Hijo Jesucristo. Su misma encarnación, su vida, sus gestos, sus palabras: todo en Él nos habla de Dios misericordioso. Jesús sufre ante los enfermos y los sana; llora ante la muerte de su amigo Lázaro y lo devuelve a la vida; se compadece ante aquella viuda de Naím y resucita a su hijo que iban a enterrar. Él se compadece ante aquella multitud que andaba dispersa, como ovejas sin pastor. Y Él se compadece y perdona a aquella pecadora que le regaba los pies con sus lágrimas, para hacerle así participe del mismo amor acogedor y tierno de Dios. Jesús nos habla de la misericordia de Dios en aquella hermosa parábola del hijo pródigo que, despreciando al padre, dándole por muerto al pedirle la mitad de la herencia, marcha y dilapida todo; al final se siente abandonado y olvidado de todos; ni tan siquiera podía comer las algarrobas que echaban a los cerdos; y, entrando en sí, se acordó de su padre y de la casa paterna, se armó de valor y regresó a la casa del padre; pensaba decirle: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Y al llegar, antes de hablar, el padre, que salía tarde tras tarde a ver si el hijo regresaba, le abrazó y le dio el abrazo del perdón; y mandó preparar una fiesta para celebrar la alegría por el hijo recobrado (cf. Lc 15, 11-ss). Pero, si Jesús en algún momento nos muestra, de una forma suprema, el amor misericordioso de Dios, es en la Cruz, donde él entrega su vida para perdonar los pecados, incluso de aquellos que le llevaban a la cruz, para que todos en Él tengan Vida.

Contemplemos con María este misterio de la misericordia de Dios leyendo la Escritura, meditando todos estos pasajes, mirándola a ella que nos lleva a su Hijo y nos dice, como a los sirvientes en las bodas de Caná: “Haced lo que él os diga”(Jn 2,5). Leamos, escuchemos y contemplemos la Palabra de Dios. Pero demos un paso más: acojamos y experimentemos personalmente la misericordia de Dios, de modo especial en el sacramento del perdón donde Dios mismo nos acoge, donde Dios mismo nos perdona, donde Dios mismo nos da el abrazo del perdón. Así, experimentaremos personalmente el Dios que nos nuestra y nos da a María la Madre de Dios, la Madre de la Misericordia. Porque sólo experimentado personalmente la misericordia, sabiéndonos acogidos, perdonados, acompañados, amados, incluso en el pecado, por el Dios que nos muestra Cristo Jesús se transformará nuestro corazón. Sólo si acogemos el amor misericordioso de Dios, sólo si acogemos y nos dejamos transformar por su gracia, seremos hombres y mujeres nuevos capaces de vivir las obras de la misericordia; sólo así seremos capaces de ser misericordiosos como el Padre: dando de comer al hambriento, de beber al sediento, de acoger al forastero, de visitar a los presos, de enseñar al que no sabe, de dar un buen consejo al que lo necesita, de perdonar al que nos ofende… . Sólo, transformados en nuestro interior, experimentando personalmente el perdón y el amor de Dios, seremos capaces de las obras buenas que brotan del amor de Dios experimentado en nosotros.

Por ello, este día de fiesta, dedicado a la Virgen, la Madre de la Misericordia, nos llama a contemplar y acoger la misericordia de Dios para ser así sus portadores para los demás, poniendo en práctica las obras de misericordia corporales y espirituales. Conociéndolas y viviéndolas en el día a día podremos realizar la experiencia de abrir también nosotros el corazón a cuantos viven en situaciones de contradicción, que nuestro mundo moderno crea con frecuencia y que, muchas veces, son dramáticas; tantas personas abandonadas, tantas personas que sufren la soledad, tantas personas heridas en lo más profundo de su corazón, tantas familias rotas por el egoísmo, el rencor o el odio, tantos grupos enfrentados entre sí. !No puede ser que diferencia derive en un deseo de aniquilar al contrario¡ ¡No! Así no construimos una sociedad fraterna y solidaria. La ideología no puede ser nunca razón para aniquilar al contrario. El encuentro, el diálogo y la cooperación de todos y entre todos es el camino para la construcción de un mundo más justo y de una convivencia, basada en el respeto de todos, independientemente de su forma de pensar o de su credo. Tantos refugiados que son barajados como números, que son descartados, tantos pueblos que viven en la más absoluta miseria. Ante todo esto no puede ser indiferente aquel que ha experimentado la misericordia de Dios.

Vivir la misericordia no sólo es algo personal, también como Iglesia diocesana tenemos la misión de vivir, de testimoniar y de anunciar la misericordia de Dios. A través de nuestra Iglesia diocesana y de cuantos la integramos -personas, comunidades parroquiales, movimientos o cofradías-, hemos de testimoniar la misericordia de Dios para que alcance la mente y el corazón de toda persona. Estamos llamados a salir para que la misericordia de Dios llegue a todos, sin excluir a nadie. Para que nuestro anuncio sea creíble hemos de vivir y de testimoniar en primera persona la misericordia de Dios experimentada en lo más profundo de nuestro corazón. Es hora de dejar las maledicencias, las envidias, las críticas corrosivas, los rencores, las exclusiones internas para que reine la misericordia y la fraternidad. Nuestro lenguaje, nuestros gestos, nuestra forma de vida tienen que ser como los de Jesús: transidos por la misericordia; y deben transmitir también misericordia para que ésta penetre en el corazón de cada persona, y así, ofrecerles el camino de vuelta al Padre.

Nuestra primera verdad como Iglesia, nuestra primera verdad como Cofradía, queridos cofrades, nuestra primera verdad como cristianos es el mandamiento nuevo del amor, de un amor más grande, que no sólo da a cada uno lo que corresponde, sino que supera el límite de la justicia y sabe perdonar: un amor que sabe, como Dios, dar siempre más para así ayudar a crecer a todos. Desde este amor, que llega hasta el perdón del enemigo y al don de si, la Iglesia es y quiere ser sierva y mediadora ante los hombres. Por tanto, donde estemos presentes como Iglesia, allí debe quedar y hacerse evidente la misericordia del Padre; en nuestras parroquias, en nuestras comunidades, en nuestras cofradías; allá donde quiera que haya un cristiano cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia, como lo encontramos aquí, en Lledó, a los pies de la Madre de la Misericordia a la que rezamos esta mañana con las palabras también de la Salve: “vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos”.

Ella, como cualquier madre y más que cualquier madre, está pendiente de nuestros sufrimientos, de nuestros dolores, de nuestras alegrías, de nuestras necesidades, también de nuestro alejamiento de Dios. Ella sabe poner, como Madre de Misericordia, todos nuestros deseos, todas nuestras súplicas ante los pies de su Hijo, para que así Dios Padre sea misericordioso con cada uno de nosotros. Es lo que pido esta mañana por toda la ciudad de Castellón, por sus habitantes, especialmente por nosotros los cristianos que, implorando a la Virgen nos dejemos tocar por la Misericordia de Dios para ser misericordiosos como el Padre. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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