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Jueves Santo de la Cena del Señor

Aquí están las palabras que el señor obispo Don Casimiro López Llorente dio a los fieles durante la homilía del Jueves Santo de la Cena del Señor.

HOMILÍA DE JUEVES SANTO EN LA MISA “IN COENA DOMINI”

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Segorbe, S.I. Catedral, 29 de marzo de 2018
(Ex 12,1-8.11- 14; Sal 115; 1 Co 11,23-26; Jn 13,1-15).

En Jueves santo comienza la Pascua del Señor

1. Con esta Eucaristía ‘en la Cena del Señor’ comenzamos el Triduo Pascual, los tres días santos en que conmemoramos el misterio pascual del Señor: su pasión, muerte y resurrección.

En esta tarde de Jueves Santo nos trasladamos en espíritu al Cenáculo para contemplar y traer a nuestra mente y a nuestro corazón los sentimientos y los gestos de Jesús, el Hijo de Dios. Jesús se ha reunido en el Cenáculo con sus Apóstoles para celebrar con ellos “la Pascua en honor del Señor” (Ex 12, 11).  La Pascua de Jesús se inscribe en el contexto de la Pascua judía, que conmemora ‘el paso del Señor’ para liberar al pueblo hebreo de la esclavitud de Egipto y la antigua Alianza de Dios con su Pueblo.

Así nos lo ha recordado la primera lectura. Al celebrar la Pascua, los israelitas conmemoraban la cena que celebraron sus antepasados al ser liberados por Dios de la esclavitud del Faraón. Siguiendo las prescripciones del texto sagrado habían de untar con la sangre del cordero las dos jambas y el dintel de las casas. “La sangre será vuestra señal en las casas donde habitáis.

Cuando yo vea la sangre, pasaré de largo ante vosotros, y no habrá entre vosotros plaga exterminadora” (Ex 12, 11-13). Por la señal de la sangre del cordero, los hijos de Israel obtienen la protección divina. El recuerdo de un acontecimiento tan grande se convirtió en la fiesta de acción de gracias a Dios por la libertad recuperada. “Este será un día memorable para vosotros, y lo celebraréis como fiesta en honor del Señor” (Ex 12, 14). Es la Pascua de la antigua Alianza.

Jesús elige la celebración de la Pascua judía para establecer la nueva y definitiva Alianza. Jesús celebra la cena pascual con los Apóstoles, pero le da un significado y un contenido totalmente nuevo. Lo hemos escuchado en la segunda lectura. San Pablo nos transmite  ‘una tradición que procede del Señor’, según la cual Jesús, “la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: ‘Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía’. Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: ‘Este cáliz es la nueva Alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que bebáis, en memoria mía’” (1 Co 11, 23-26). En la Cena de Jesús con sus Apóstoles sólo hay pan y vino; no hay cordero pascual, porque Jesús mismo es el cordero, el ‘verdadero cordero sin defecto’, que entrega su cuerpo por nosotros y derrama su sangre para la liberación definitiva del pecado y de la muerte. Jesús tampoco mira hacia el pasado para dar gracias por la liberación de la esclavitud de Egipto, sino que mira al futuro y anticipa los acontecimientos del día siguiente, cuando su cuerpo será inmolado y su sangre será derramada para la redención del mundo. Aquel pan milagrosamente transformado en su Cuerpo de Cristo, y aquel cáliz convertido en su sangre son ofrecidos aquella como anuncio y anticipo de la muerte del Señor en la Cruz. Es el testimonio de un amor llevado “hasta el extremo” (Jn 13, 1). Cristo es el verdadero cordero pascual. Su cuerpo inmolado y su sangre derramada, simbolizados en el pan y en el vino, realizan la liberación más radical de la humanidad: la liberación del pecado y de la muerte. Así se establece la Alianza Nueva y definitiva de Dios con los hombres. ¡Es la Pascua del Señor!

Institución de la Eucaristía

2.Haced esto en memoria mía”, dice Jesús a los Apóstoles (1 Co 11, 24-25). Con este mandato, Jesús instituye la Eucaristía, el sacramento que perpetúa su ofrenda para siempre. En la Cena de aquel primer Jueves Santo, Jesús nos dejó la Eucaristía como don del amor y fuente inagotable de amor; el sacramento que perpetúa por todos los siglos la ofrenda libre, total y amorosa de Cristo en la Cruz para la vida del mundo. Siguiendo el mandato de Jesús, en cada santa misa actualizamos este mandato del Señor, actualizamos de modo incruento su sacrificio en la cruz y actualizamos su Pascua. El sacerdote pronuncia las mismas palabras de Cristo en su nombre. Con Él repite sobre el pan: “Este es mi cuerpo, que se entrega por vosotros” y luego sobre el cáliz: “Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre” que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados (cfr. 1 Co 11, 24-25).

En la Eucaristía, los creyentes recibimos el efecto salvador de la Cruz y el alimento para el camino. En la comunión, Cristo se nos da como comida para unirse a nosotros y crear comunión fraterna entre nosotros y hacernos germen de unidad de todos los pueblos. Como en el caso de los apóstoles, antes de sentarnos a la mesa, el Señor quiere lavarnos los pies, porque “vosotros estáis limpios, pero no todos”, dice el Señor (Jn 13, 10). En esta frase se revela el gran don de la purificación que Jesús nos hace, porque desea estar a la mesa juntamente con nosotros, de convertirse en nuestro alimento. “Pero no todos”:  porque existe el misterio oscuro del rechazo, que con la historia de Judas se hace presente precisamente en el Jueves santo. El amor del Señor no tiene límites, pero el hombre puede ponerle un límite. “¿Qué es lo que hace impuro al hombre? Es el rechazo del amor, el no querer ser amado, el no amar. Es la soberbia que cree que no necesita purificación, que se cierra a la bondad salvadora de Dios. Es la soberbia que no quiere confesar y reconocer que necesitamos purificación (Benedicto XVI Homilía de Jueves Santo, 2006) .

Agradezcamos esta tarde al Señor por habernos hecho el don de la Eucaristía. Hagamos el propósito de participar en la Santa Misa con una fe renovada en lo que en ella acontece; acerquémonos con conciencia pura, libre de pecado: ¡es el memorial de su muerte y resurrección de Jesús, vínculo de amor y banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la vida eterna! ¡Qué pena cuando los cristianos asistimos pasivos a la Santa Misa, como quien acude, por obligación y aburrido, a un espectáculo monótono en el que se representan cosas sin ningún interés para nosotros! ¡Qué pena produce el contraste entre el amor de Dios que llega en la Misa hasta el extremo y la indiferencia con que nosotros cristianos contemplamos a veces este misterio!

Institución del sacerdocio ordenado

3. Al recordar y agradecer la tarde del Jueves santo el don de la Eucaristía, recordamos y agradecemos también el don del sacerdocio ordenado. “Haced esto en memoria mía”. Estas palabras de Cristo son confiadas, como tarea específica, a los Apóstoles y a quienes continúan su ministerio o participan de él -los obispos y los sacerdotes. A ellos, Jesús les entrega la potestad de hacer en su nombre lo que Él acaba de realizar, es decir de transformar el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre. Diciendo “haced esto” instituye el sacerdocio ministerial, esencial y necesario para la misma Iglesia. “No hay Eucaristía sin sacerdocio”. La Eucaristía, celebrada por los sacerdotes, hace presente en toda generación y en cualquier rincón de la tierra la obra de Cristo. Hoy se vuelve a sentir, entre el pueblo creyente, la necesidad de sacerdotes. Pero no olvidemos que sólo una Iglesia enamorada de la Eucaristía engendra, a su vez, santas y numerosas vocaciones sacerdotales. Y lo hace mediante la oración y el testimonio de santidad, dado especialmente a las nuevas generaciones.

Mandamiento del amor fraterno

4. En esta celebración repetiremos el gesto de Jesús hizo al comienzo de la Última Cena: el lavatorio de los pies. Al lavar los pies a los Apóstoles, el Maestro les propone una actitud de servicio como norma de vida: “Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, siendo vuestro Señor y Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn 13, 13-14). Jesús nos invita a imitarle: “Os he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con vosotros, también lo hagáis vosotros” (Jn 13, 15). Hay una íntima relación entre la Eucaristía y el mandamiento del amor. No se puede separar la participación en la mesa del Señor del deber de amar al prójimo. Cada vez que participamos en la Eucaristía, Cristo nos une a sí mismo, una unión que no capacita y nos da la fuerza, a la vez, que nos envía a hacer lo que Cristo hizo, ‘lavar los pies’ de nuestros hermanos” (Flp 2, 7).

“También vosotros debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn 13, 14). Cada obra buena hecha en favor del prójimo, especialmente en favor de los que sufren y los que son poco apreciados, es un servicio como lavar los pies. El Señor nos invita a bajar, a aprender la humildad y la valentía de la bondad; y también a estar dispuestos a aceptar el rechazo, actuando a pesar de ello con bondad y perseverando en ella. Pero hay una dimensión aún más profunda. El Señor limpia nuestra impureza con la fuerza purificadora de su bondad. Lavarnos los pies unos a otros significa sobre todo perdonarnos continuamente unos a otros, volver a comenzar juntos siempre de nuevo, aunque pueda parecer inútil.

La Eucaristía es manantial inagotable del amor. En ella está escrito el mandamiento nuevo: el mandamiento del amor: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros” (Jn 13, 34). El amor es la herencia más valiosa que Jesús nos deja a los cristianos. Su amor, compartido por sus discípulos, es lo que esta tarde se ofrece a la humanidad entera. Cristo afirma la necesidad del amor, hecho entrega y servicio desinteresados. “El Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos”  (Mc 10, 45). El amor alcanza su cima en el don de la propia persona, sin reservas, a Dios y a los hermanos, como el mismo Señor. El Maestro mismo se ha convertido en un siervo, y nos enseña que el verdadero sentido de la existencia es la entrega desinteresada y el servicio por amor. El amor es el secreto del cristiano para edificar un nuevo mundo, cuya razón de ser no nos puede ser revelada sino por Dios mismo.

Jueves Santo es, por ello, el día del Amor fraterno. Después de ver y oír a Jesús, después de haber comulgado el sacramento del amor, salgamos de esta celebración con el ánimo y las fuerzas renovadas para trabajar por unas relaciones humanas más fraternas. Esto comienza con el prójimo y con el necesitado. El prójimo está a nuestro lado: en nuestra propia familia, entre nuestros vecinos, en el lugar de trabajo, en el pobre, enfermo o necesitado, en el forastero o en el inmigrante.  En la Eucaristía, la Cena que recrea y enamora, encontramos, hermanos, el alimento y la fuerza para salir a los caminos de la vida. Participemos en esta Eucaristía. Seamos signo de unidad y fermento de fraternidad. Amén.

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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