Jueves Santo en la Misa “In Coena Domini”

 

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 28 de marzo de 2013

 (Ex 12,1-8.11-14; Sal 115; 1 Co 11,23-26; Jn 13,1-15).  

 

 

En Jueves Santo volvamos la mirada al Cenáculo

1. Es Jueves Santo. En esta tarde de Jueves Santo, re-cordamos, es decir, traemos a nuestra memoria y a nuestro corazón las palabras y los gestos de Jesús en la Última Cena. Y lo hacemos de una manera más intensa y más gozosa como asamblea reunida por el Señor. Esta tarde celebramos el solemne Memorial de la Última Cena, que se hace especialmente presente y actual en la liturgia de este Jueves Santo.

 

En la tarde de aquel primer Jueves Santo, Jesús y los suyos –su familia- se han reunido para celebrar la Pascua en una casa de Jerusalén, en el Cenáculo. “Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer”  (Lc 22, 15), les dice Jesús. Con estas palabras, Jesús comienza la celebración de su última cena y de la institución de la santa Eucaristía. Así les da entender la importancia que tiene y tendrá en el futuro la cena pascual, que está a punto de celebrar con ellos. Jesús tuvo grandes deseos de ir al encuentro de aquella hora. Anhelaba en su interior ese momento en el que se iba a ofrecer al Padre hasta el extremo de entregar su vida por amor a toda la humanidad y en que se iba a dar a los suyos bajo las especies del pan y del vino. En el deseo de Jesús podemos reconocer el deseo de Dios mismo, su amor por los hombres y por su creación, un amor que espera (cf. Benedicto XVI, Homilía 2011).

 

En esta tarde de Jueves Santo, en que entramos en la celebración de la Pascua de Cristo, trasladémonos espiritualmente al Cenáculo y contemplemos a Jesús, el Hijo de Dios, que vino a nosotros no para ser servido, sino para servir, que tomó sobre sí los dramas y las esperanzas de los hombres de todos los tiempos, y ofreció su vida al Padre para la salvación de toda la humanidad.

 

La Pascua de Jesús

  1. Jesús se ha reunido con sus Apóstoles para celebrar con ellos “la Pascua (la fiesta) en honor del Señor” (Ex 12, 11); es decir, la fiesta que conmemora ‘el paso del Señor’ para liberar a su pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto y para establecer una Alianza con su Pueblo. Dios pasa aquella noche por Egipto para liberar a los israelitas de la esclavitud de Egipto y constituir con ellos un pueblo, que habrá de atravesar el mar Rojo y encaminarse hacia la Tierra Prometida.

 

En el evangelio señala san Juan que Jesús sabía que había llegado ‘la hora de pasar’ de este mundo al Padre, que había llegado su Pascua, su paso por la muerte a la vida. Jesús celebra la cena de Pascua con los apóstoles anticipando la muerte en el Calvario, su paso por la muerte a la vida gloriosa.

 

La Pascua judía es figura de la nueva Pascua: el cordero de la antigua pascua simboliza a Cristo, que se ofrece por nosotros y que se da igualmente como alimento en la Eucaristía. La sangre con la que se rociaron las casas de los israelitas será ahora la sangre derramada del Señor, que nos marcará interiormente a los cristianos y nos liberará de la esclavitud del pecado y de la muerte. En la Pascua de Jesús se establece la nueva y definitiva Alianza. Él es el ‘verdadero cordero sin defecto’, inmolado y consumado por la salvación del mundo, para la liberación definitiva del pecado y de la muerte, mediante su muerte y resurrección, mediante su paso de la muerte a la vida. Él es nuestra Pascua, Él es el cordero inmolado que se nos da en alimento en la Eucaristía.

 

Por eso Jesús, “sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1). Durante la Cena, Jesús bendice, parte el pan y lo distribuye a los Apóstoles, diciendo: “Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros” (1 Cor 11, 24); lo mismo hace con el cáliz: “Esta es mi sangre”(1 Cor 11,25). Aquel pan, gracias a las palabras de bendición de Jesús, se transforma milagrosamente en el Cuerpo de Cristo, y aquel vino se convierte en su Sangre: ambos son ofrecidos por Jesús en aquella noche, como anuncio y anticipo de la entrega de su cuerpo y del derramamiento de su sangre en la Cruz. Es el testimonio de un amor llevado “hasta el extremo”. Es Cristo-Víctima que se entrega libremente por el hombre caído, para que éste adquiera la verdadera libertad, la verdadera vida, la vida de Dios y en Dios.

 

El Don de la Eucaristía

  1. El don de sí mismo de Cristo en el pan y el vino, convertidos en su Cuerpo y en su Sangre, no queda limitado a aquella noche ni reducido al grupo de los Apóstoles. Jesús se da y se queda para siempre. Por ello les dice: Haced esto en conmemoración mía”, dice Jesús a los Apóstoles (1 Co 11, 24-25). Con este mandato, Jesús instituye la Eucaristía, el sacramento que perpetúa su ofrenda por todos los tiempos. Siguiendo el mandato de Jesús, en cada santa Misa actualizamos este mandato del Señor, actualizamos su sacrificio en la cruz y su resurrección, actualizamos su Pascua y se nos ofrece en alimento en la Eucaristía. El sacerdote se inclina sobre los dones eucarísticos, para pronunciar las mismas palabras de Cristo “la víspera de su pasión”. Con Él repite  sobre el pan: “Este es mi cuerpo, que se entrega por vosotros” y luego sobre el cáliz: “Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre” que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados (cfr. 1 Co 11, 24-25).

 

“Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer”  (Lc 22, 15), les dijo Jesús a sus Apóstoles. Estas palabras resuenan esta tarde para nosotros. Jesús viene a nuestro encuentro y anhela darse a nosotros bajo las especies del pan y del vino. En el deseo de Jesús podemos reconocer el deseo de Dios mismo, su amor por los hombres, su amor por cada uno de nosotros. Jesús nos desea, nos espera. “Y nosotros, ¿tenemos verdaderamente deseo de él? ¿No sentimos en nuestro interior el impulso de ir a su encuentro? ¿Anhelamos su cercanía, ese ser uno con él, que se nos regala en la Eucaristía? ¿O somos, más bien, indiferentes, distraídos, ocupados totalmente en otras cosas? Por las parábolas de Jesús sobre los banquetes, sabemos que él conoce la realidad de que hay puestos que quedan vacíos, la respuesta negativa, el desinterés por él y su cercanía. Los puestos vacíos en el banquete nupcial del Señor, con o sin excusas, son para nosotros, ya desde hace tiempo, no una parábola sino una realidad [tremendamente] actual” (Benedicto XVI, Homilía de Jueves Santo 2011)

 

“Jesús también tenía experiencia de aquellos invitados que vendrían, sí, pero sin ir vestidos con el traje de boda, sin alegría por su cercanía, como cumpliendo sólo una costumbre y con una orientación de sus vidas completamente diferente. San Gregorio Magno, en una de sus homilías se preguntaba: ¿Qué tipo de personas son aquellas que vienen sin el traje nupcial? ¿En qué consiste este traje y como se consigue? Su respuesta dice así: Los que han sido llamados y vienen, en cierto modo tienen fe. Es la fe la que les abre la puerta. Pero les falta el traje nupcial del amor. Quien vive la fe sin amor no está preparado para la boda y es arrojado fuera. La comunión eucarística exige la fe, pero la fe requiere el amor, de lo contrario también como fe está muerta” (Ib..

 

Por ello el mismo San Pablo nos recuerda la dignidad con que debe ser tratado este sacramento por parte de cuantos se acercan a recibirlo. “Examínese cada uno a sí mismo antes de comer el pan y beber el cáliz, porque el que come y bebe sin apreciar el cuerpo, se come y bebe su propia condenación” (1 Cor. 11,28). Antes de comulgar es necesario examinarse y reconciliarse previamente con Dios en el sacramento de la Penitencia, si se tiene conciencia de pecado grave. Tenemos que poner mucho empeño en recibir la Eucaristía en estado de gracia. De lo contrarío, la vida se tornará en muerte.

 

Dignamente preparados recibamos con frecuencia la Eucaristía; sin ella no podemos vivir como cristianos. La Eucaristía es el centro y la fuente de la vida de la Iglesia y de todo cristiano. Sin participar frecuente y fructuosamente en la Eucaristía no hay verdaderos cristianos. Comulgando a Cristo-Eucaristía nos unimos realmente a Él, y en Él con el Padre y el Espíritu y con quienes igualmente comulgan el Cuerpo y la Sangre del Señor. Todo cristiano, que quiera permanecer vitalmente unido a Cristo, como el sarmiento a la vid, y llegar a, la tierra prometida, a la vida eterna, donde Crsito Jesús está junto al Padre ha de participar con frecuencia en la Eucaristía y ha de hacerlo plenamente acercándose a la comunión.

 

Gratitud por el don del sacerdocio ordenado

  1. Eucaristía significa acción de gracias. Al recordar y agradecer la tarde del Jueves santo el don de la Eucaristía, damos gracias a Dios también por el don del sacerdocio ordenado. “Haced esto en conmemoración mía” (1 Cor. 11,24.25). Estas palabras de Jesús, aunque dirigidas a toda la Iglesia, son confiadas, como tarea específica, a los Apóstoles y a quienes continúan su ministerio. A ellos, Jesús les entrega la potestad de hacer en su nombre lo que Él acaba de realizar, es decir de transformar el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre. Cristo quiere que su sacrificio redentor en la Cruz y el banquete eucarístico se perpetúen en la Iglesia por las manos de los sacerdotes. Diciendo “haced esto” instituye el sacerdocio ministerial, esencial y necesario para la misma Iglesia. “No hay Eucaristía sin sacerdocio”.

 

La Eucaristía, celebrada por los sacerdotes, hace presente en cada generación y en cualquier rincón de la tierra la obra redentora de Cristo. Hoy se vuelve a sentir, entre el pueblo creyente, la necesidad de sacerdotes. Pero sólo una Iglesia enamorada de la Eucaristía engendra, a su vez, santas y numerosas vocaciones sacerdotales. Y lo hace mediante la oración y el testimonio de santidad de vida, dado a las nuevas generaciones.

 

El testamento del amor fraterno

  1. Como peregrinos hacia la tierra de promisión, tenemos la Eucaristía para realizar con Cristo el paso de la vida terrenal a la eterna. Ese paso se inicia ya ahora cuando caminamos con Cristo, unidos a Él, y vivimos la caridad fraterna. Juan narra el lavatorio de los pies. Al lavar los pies a los Apóstoles, el Maestro les propone una actitud de servicio como norma de vida: “Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, siendo vuestro Señor y Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn 13, 13-14). Jesús nos invita a imitarle: “Os he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con vosotros, también lo hagáis vosotros” (Jn 13, 15). Pedro se resiste porque prefiere anteponer su amor al amor que recibe del Señor. Cristo lo corrige: sólo el amor de Dios nos per­mite dar el salto a la vida eterna. No basta nuestra buena voluntad. Si Pedro quiere retener al Señor con una muestra de cariño, Jesús lo reprende porque quiere arrastrarlo junto a sí para siempre. Para ello es necesario dejarse amar por Dios: Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo. Una vez lavados por el bautismo, reconciliados en el Sacramento de la Penitencia y manteniendo la unión con Cristo mediante la Eucaristía, manantial inagotable del amor, hemos de caminar y ayudar a otros a hacerlo mediante la práctica del amor. En la Eucaristía aprendemos a amar con la misma fuerza de Cristo; aprendemos a unir cada acto nuestro al cielo para que tenga un valor de eternidad y para que no sea sólo nuestra buena voluntad, sino la fuerza de Cristo, la que mueva nuestras obras .

 

Jueves Santo es el día del Amor fraterno. Después de ver y oír a Jesús, después de haber comulgado el sacramento del amor, después de habernos unido realmente con Él en la comunión, salgamos de esta celebración con el ánimo y las fuerzas renovadas para vivir el mandamiento nuevo del amor, para trabajar por unas relaciones humanas más fraternas. Esto comienza con el prójimo y con el necesitado, que está nuestro lado. Nuestro mundo esta necesitado de amor, del amor que nos viene de Dios. Necesitamos derrumbar las barreras de la exclusión, del egoísmo y del odio para que triunfe el amor de Dios en nuestro mundo. Hoy Jesús nos dice a nosotros como dijo a sus discípulos: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?”. Merece acoger su palabra, seguirle y trabajar por el amor fraterno, servicial y entregado. Amén.

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

 

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