Fiesta de San Pascual Baylón

Patrono de la Diócesis y de la Ciudad de Villarreal
Iglesia Basílica de San Pascual, Villarreal – 17.05.2013

(Ecco 2, 7-13; 1 Cor 1, 26-31; Mt 11, 25-30)

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Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

  1. A los pies de los restos de San Pascual, el Señor Jesús nos ha convocado un año más para celebrar esta Eucaristía en honor de nuestro santo patrono, el Patrono de Villarreal y Patrono de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón. Os saludo de todo corazón a todos cuantos os habéis unido a esta celebración, aquí en la Basílica o desde vuestros hogares a través de la televisión.

 

Hoy es un día grande en Villarreal, en toda nuestra Diócesis y en tantos otros lugares donde se rinde culto a San Pascual, en el mundo entero. Hoy le recordamos y honramos, en este día damos gracias a Dios una vez más por ser nuestro Santo Patrono.

 

  1. San Pascual Bailón no puede quedar reducido a un elemento puramente cultural o folklórico de nuestra historia pasada. Para un cristiano, nuestro santo no puede ser tan sólo la ocasión para una fiesta desligada de su persona y de su legado tan rico de significado también para nuestro presente. Cierto que su biografía no muestra ninguno de esos datos sobresalientes con los que se construye la fama mundana. Y, sin embargo, pocos como él han gozado de un reconocimiento y una simpatía popular, tan arraigada y sentida hasta el día de hoy, como este humilde y sencillo pastor, como este lego franciscano, como este santo universal y patrono nuestro, descendiente de padres modestos y muy cristianos.

 

Nacido en Torrehermosa el año 1540, sus padres le infundieron una fe recia y una caridad desbordante hacia los pobres. Desde los siete hasta los veinticuatro años se dedicó al oficio de pastor; en este tiempo aprendió a leer para poder recitar oraciones a la Santísima Virgen. Más tarde, buscando una vida de mayor consagración a Dios, se hizo franciscano de la reforma alcantarina, y vivió hasta el final de su vida en Villarreal dedicada a las tareas más humildes del convento. Y aquí entregó su alma a Dios  en la Pascua de Pentecostés de 1592.

 

La vida de Pascual estuvo llena de amor a Dios y de servicio a los hombres, especialmente a los pobres y a los sencillos. Hombres como él llenan y marcan la cultura de un pueblo y de una región. Son los mejores hijos de la Iglesia que tiene muchos a lo largo de su historia. San Pascual se nos presenta como un hombre sencillo y humilde, que amó a Jesucristo, sobre todo en la Eucaristía, y que, consagrado a Dios, amó a los pobres de una manera ejemplar hasta el final de su vida.

 

En este Año de la fe, detengámonos en estas tres virtudes de San Pascual: su humildad y sencillez, su profunda devoción y amor a la Eucaristía y su servicio entregado a los más pobres. Las tres nos ayudarán a avivar, fortalecer y testimoniar nuestra fe cristiana, fines todos ellos del Año de la fe que estamos celebrando.

 

  1. En primer lugar, San Pascual destaca por su humildad y sencillez. Pascual nos muestra que puede llegar a ser grande –y más grande no puede ser una persona que cuando llega a santo, a la perfección del amor- siendo humilde, naciendo de una familia humilde y en un pueblo sencillo, dedicándose a la tarea humilde de pastor de unos rebaños y después, como hermano lego, a las tareas humildes de la casa. Es la humildad la que brilla en su vida: todo un ejemplo y un mensaje para nosotros.

 

La humildad es la virtud indispensable para abrir el corazón a Dios, para acoger el don de la fe. Porque la humildad no es apocamiento sino vivir en la verdad de uno mismo; y esta verdad sólo se descubre en Dios. Dirá Santa Teresa: “La humildad es vivir en la verdad; y la verdad es que [sin Dios] no somos nada”. Al hombre le cuesta aceptar esta verdad; que es criatura de Dios, que cuanto es y tiene a Dios se lo debe, que sin Dios nada puede. Se endiosa y quiere ser como dios al margen de Dios. Y ahí comienza su drama: comienza a vivir en la mentira, en la apariencia, en lucha, en confrontación, en competitividad con los demás.

 

Los santos, como Pascual, sin embargo, nos sitúan en la verdad: en la verdad de nuestra persona, de nuestra vida, de nuestro origen y de nuestro destino. Sin Dios no somos nada. Lo más grande de nuestra vida es que Dios nos ama, que Dios nos ha creado por amor y para el amor, para la libertad y la felicidad, que Dios nos perdona continuamente porque es misericordioso y compasivo, que Dios nos ofrece siempre su amor, su vida y su amistad. El hombre se hace precisamente grande al creer a Dios y en Dios, al abrir su corazón de par en par al amor de Dios en su vida. Dios, que es amor como nos dice San Juan (1 Jn 4,6), nos ama y nos llama participar de su amor: éste es el sentido de nuestra existencia. Dios no es un competidor sino el dador de nuestra libertad, ni de nuestra felicidad. Dios nos ama. “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de él” (1 Jn 4, 8).

 

San Pascual, hombre sencillo y humilde, supo intuir que es bueno creer y confiar en Dios, darle gracias, buscar su gloria y descubrir la grandeza de sus obras y la profundidad de sus designios (cf. Sal 92,6). El Evangelio de hoy nos ha recordado que las realidades profundas de Dios sólo pueden ser entendidas no por los sabios y entendidos de este mundo sino “por la gente sencilla” (Mt 11,27). Las cosas de Dios y a Dios mismo sólo se les puede amar y comprender desde la humildad confiada. Cuando el ser humano da rienda al orgullo, a la soberbia, a la auto-suficiencia, se cierra a Dios y también a los hombres, aparecen sus dioses, a los que dedica todo y ante los cuales sacrifica su vida y la de los demás; son los ídolos del ego, del dinero, del negocio, del poder y del placer.

 

Preguntémonos hoy cómo es nuestra fe: si creemos en Dios y confiamos en él, a qué dios adoramos, en qué dios creemos. Cuando no se cree en el Dios único y verdadero, el Dios amor que nos muestra y ofrece Jesucristo, se cree en muchos dioses, que no salvan, sino que esclavizan. Pascual nos ayuda a volver nuestra mirada a Dios, al Dios que es Uno y Trino, al Dios que es Amor, que sale de sí mismo para darse, que ama al mundo y al ser humano, que se comunica y dialoga con él. Un Dios cercano, que viene al encuentro del hombre en su Hijo, Jesucristo. Es un Dios que nos envuelve en su misterio, que quiere ser conocido, amado y adorado. Pascual supo en todo momento vivir en unión íntima de amor con el Dios que le amaba, un amor que alimentó constantemente en su presencia permanente y en su fuente inagotable que es la Eucaristía, el Sacramento de la caridad.

 

  1. Pascual es un santo que se caracteriza por su gran amor a Jesucristo en la Eucaristía, en la que alimentaba su fe y su vida cristiana. San Pascual, ya desde niño amaba la Eucaristía porque lo aprendió su casa. Si queridos padres y hermanos todos. La fe se transmite ante todo en la familia, el amor a la Eucaristía se aprende en casa, como san Pascual lo aprendió de sus padres. Ya desde niño se sintió asombrado de este maravilloso sacramento del altar. San Pascual nos enseña a creer en la Eucaristía, para valorarla, celebrarla, amarla, vivirla y adorarla.

 

¿Qué es lo que celebramos en el Sacramento de la Eucaristía? Celebramos la presencia misma de Cristo, muerto y resucitado para la vida del mundo. El Hijo eterno de Dios, enviado por el Padre para que vivamos por medio de Él, en la última cena tomó el pan, lo dio a los apóstoles y les dijo: “Tomad y comed esto es mi cuerpo”; y lo mismo hizo con la copa: “Este es el cáliz de mi sangre para el perdón de los pecados”. Y después les dijo: “Haced esto en memoria mía”. En la Eucaristía, actualizamos el misterio pascual,  el paso del Señor para liberarnos de la esclavitud del pecado y de la muerte , y darnos vida. En la Eucaristía,  Jesucristo se hace presente realmente entre nosotros, se nos da como alimento y se queda entre nosotros como presencia de Dios que llena toda nuestra vida, como fuente inagotable del amor.

 

San Pascual se sintió asombrado, lleno de estupor ante este gran misterio de la Eucaristía.  A él, que vivió este misterio con tanta hondura y tanta profundidad, le pedimos que nos conceda ese mismo amor a Cristo presente en el altar bajo las especies del pan y del vino, a Cristo adorado en el sagrario o en la exposición del Santísimo Sacramento. En este Sacramento, las especies del pan y del vino nos cubren o nos encubren su presencia; pero la fe penetra y descubre: Dios está aquí. Hemos de contemplarlo y adorarlo para dejarnos empapar de su amor.

 

Así lo vivió San Pascual. Ante la eucaristía se sentía profundamente conmovido. Por su intercesión pedimos que no nos apartemos de este Sacramento. Jesucristo se ha quedado en la Eucaristía para que le comamos, para unirse con nosotros, para darnos su amor, el amor mismo de Dios. Si uno es devoto de verdad de San Pascual Bailón, tiene que serlo de la Eucaristía y encontrar en ella el manantial que mantiene frescos su fe, su esperanza y su amor. Porque los santos se nos proponen como ejemplo y modelo, para que nosotros caminemos por donde han caminado ellos. Hemos de crecer más y más, queridos hermanos, en la devoción al sacramento de la Eucaristía.  ¡Acudamos el domingo a la Misa en familia! Y después en la tarde, en la mañana, cada día pasemos por la iglesia a visitar a Jesucristo vivo en el Sagrario, en el sacramento del altar.

 

  1. San Pascual Bailón, precisamente porque es humilde, se deja amar por Jesucristo en la Eucaristía, y le ama con toda su alma, y desde ahí se entrega en el servicio a los pobres. Cuando un corazón es humilde se hace generoso; cuando un corazón está cerca de Jesucristo, que ha amado hasta entregar su vida en la Cruz, se hace generoso y solidario con los demás. No sólo San Pascual. Todos los santos son generosos y solidarios al entregarse y al darse. Porque, sabiéndose amados en desmesura por Dios en Cristo, acogen y viven el mandamiento nuevo de Jesús: “Que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 15, 9).

San Pascual vivía alegre y contento. Su alegría era Jesucristo, que le amaba. Y esa alegría y ese amor se desbordaba en el amor y en el servicio a los pobres y necesitados de entonces. Él nos enseña a nosotros a ser generosos y caritativos con los pobres y necesitados de hoy. “Los pobres los tenéis entre vosotros” nos dice Jesús: pobres de pan, pobres de cultura, pobres de Dios. Pero se necesitan corazones generosos como el de San Pascual, como el de un buen cristiano para salir al paso de esas múltiples necesidades y dar testimonio del Dios en quien se cree.

 

La fuente más importante de amor, de solidaridad y de generosidad en la humanidad ha sido y es el sacramento de la Eucaristía. Así es históricamente y así tiene que ser en nuestras propias vidas. Comulgamos a Jesucristo en la Eucaristía para ser amados, para amar y servir a los demás, para estar atentos a los demás, para compartir con los demás, para ser caritativos. Cuando nos alejamos de Dios o de Jesucristo, nuestro corazón se hace egoísta, todo se nos hace poco. Por el contrario, cuando nos acercamos a Jesucristo, él nos enseña a vivir en la verdad, a despojarnos de todo, a ser serviciales, solidarios, fraternos, capaces de atender las necesidades de los hermanos. Un pueblo eucarístico, como Villarreal, es un pueblo fraterno, solidario, caritativo y servicial con los pobres y con los necesitados, con las víctimas de la profunda crisis económica que padecemos.

 

Y este es el mensaje que San Pascual nos tramite en el día de su fiesta, especialmente en estos momentos de fuerte crisis económica y social. Pero contemplando las virtudes de San Pascual hemos de afrontar también sus causas, que están en la quiebra de valores morales y espirituales de nuestra sociedad. Hemos de redoblar nuestra generosidad para paliar la pobreza y el sufrimiento de tantas personas y familias, víctimas de la crisis económica. Pero también hemos de recuperar la dignidad de la persona humana, de toda persona humana desde su concepción hasta su muerte natural,  y hemos de recuperar los valores morales en nuestras relaciones personales y sociales. El respeto, la defensa y la promoción de las personas y de su dignidad inviolable es y debería ser el pilar fundamental para la estructuración y progreso de la sociedad. La dignidad personal constituye el fundamento de la igualdad, de participación y de solidaridad de los hombres entre sí y el apoyo más firme para un desarrollo económico y social auténticamente humano.

 

  1. La fiesta de San Pascual nos llena de alegría. Y también nos llena de esperanza y nos lleva a trabajar en la construcción de un mundo mejor, más justo, más fraterno y más humano. Porque sabemos, como Pascual, que Dios nunca nos abandona.

 

Los cristianos tenemos mucho que ofrecer a nuestro mundo y a nuestra sociedad en estos momentos de crisis. Jesucristo es el único que puede salvarnos de nuestros pecados que nos esclavizan. Es Jesucristo el que puede darnos el gozo que le dio a San Pascual Bailón, precisamente a través del sacramento de la Eucaristía. Es Jesucristo el que nos hace parecidos a él serviciales y caritativos con nuestros hermanos.

 

San Pascual Bailón, por ser nuestro patrono, es guía en nuestra caminar cristiano. Que de sus manos y por su intercesión se avive en nosotros la fe y la confianza en Dios, que se avive en nosotros la fe y la participación en la Eucaristía, que haga de nuestras vidas testigos del amor de Dios en el amor a los hermanos. Y como él, pedimos la protección de la Virgen María. Que la Mare de Déu de Gracia, bendiga a todos los ciudadanos y la Ciudad de Villarreal, a nuestra Iglesia diocesana, de modo especial a los que más necesitan de su protección de Madre. Amén.

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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