Misa Crismal

Castellón de la Plana, S. I. Concatedral, 14 de abril de 2014

(Is 61,1-3ª.6ª.8b-9; Sal 88; Ap 1,5-8; Lc 4,16-21)

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1. “Gracia y paz de parte de Jesucristo, el testigo fiel, (Apoc. 1,5) a todos vosotros -sacerdotes, diáconos, seminaristas, religiosos, religiosas y fieles laicos-, venidos de toda la Diócesis hasta esta Concatedral de Santa María para la Misa Crismal. En ella consagraremos el Crisma y bendeciremos los Óleos con que serán ungidos quienes reciban este año el bautismo, la confirmación, el orden sagrado o la unción de los enfermos.

 

Próximo ya el Jueves Santo, día de la Eucaristía y del Sacerdocio, esta mañana los sacerdotes renovaremos las promesas sacerdotales recordando nuestra ordenación y unción sacerdotal por el Santo Crisma. Por ello, queridos hermanos sacerdotes, estos días he pensado de modo especial en vosotros: habéis venido a mi mente y a mi corazón con vuestro rostro concreto, más jóvenes, unos, y más avanzados en años, otros; he pensado ante el Señor en vuestros posibles estados de ánimo: en unos serán de alegría y de ardor misionero y en otros tal vez de dolor pastoral o de cansancio, de desaliento o quizá de desconcierto en la tarea.

 

Y me he preguntado: ¿cómo os puedo -o mejor cómo nos podemos-  ayudar en esta situación?. Se trata de una ayuda, no de una acusación. ¿Cómo podremos, en efecto, mantener viva o fortalecer la alegría y el ardor misionero en unos casos, o cómo podremos, en otros casos, afrontar el dolor pastoral, recuperar la alegría y la fuerzas para la misión, superar el desaliento o el desconcierto?  Sé que ésta no es sólo una tarea mía; es una tarea de todos; algo que sólo juntos, unidos y cercanos los unos a los otros podremos acometer. Es importante, nos decía el papa Francisco a los Obispos en la Visita ad limina, que el obispo no se sienta solo, ni crea estar solo, sino que sea consciente de que también la grey que le ha sido encomendada tiene olfato para las cosas de Dios, especialmente vosotros los sacerdotes, mis colaboradores más directos, y también las personas consagradas y los laicos (Discurso en la Audiencia a los Obispos españoles, de 1 de marzo de 2014) .

 

Vivimos tiempos recios en nuestra misión pastoral. Por ello el mismo Papa Francisco nos decía que “ante la dura experiencia de la indiferencia de muchos bautizados y frente a una cultura, que arrincona a Dios en la vida privada y lo excluye del ámbito público, conviene que no olvidemos nuestra historia. De ella aprendemos que la gracia divina nunca se extingue y que el Espíritu Santo continúa obrando en la realidad actual con generosidad. Fiémonos siempre de Él y de lo mucho que siembra en los corazones de quienes están encomendados a nuestros cuidados pastorales” (Idem) .

 

En su hermosa Exhortación Evangelii gaudium, el Papa Francisco nos invita a experimentar la alegría del Evangelio y de su anuncio mediante el encuentro o el reencuentro personal con Jesucristo (EG 1), que nos lleve a una conversión personal y pastoral (EG 25). Y nos dice que “para mantener vivo el ardor misionero hace falta una decidida confianza en el Espíritu Santo, porque “él viene en ayuda de nuestra debilidad” (Rom 8, 26)” (EG 280).

 

Centremos, pues, esta mañana nuestra mirada en Jesucristo, el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, que nos ama y nos ha librados de nuestros pecados por su sangre (cf. Ap , 5-6). !Abramos una vez más nuestro corazón a Cristo! !Dejémonos encontrar por Él y su palabra, por su amor de predilección!. Él es la verdadera fuente de nuestra alegría y de nuestro ardor misionero. Hagamos memoria y descubramos también la acción generosa del Espíritu Santo en el pasado y en el presente de nuestras comunidades, de nuestra Iglesia y de nuestra propia historia personal.

 

Con estas actitudes, detengámonos unos momentos en la Palabra que acabamos de proclamar.

 

  1. “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido” (Is 61, 1). Estas palabras de Isaías, valen en primer lugar y ante todo para Jesús. El es el Cristo el Ungido del Señor, lleno del Espíritu Santo (cf. Lc 4, 21). Y desde Él y gracias a Él, estas palabras valen para todo bautizado y confirmado, y valen de un modo especial y por título particular para cada uno de nosotros, sacerdotes y obispo. El crisma, que vamos a consagrar, nos recuerda el misterio de la unción sagrada de nuestro Bautismo y nuestra Confirmación, así como la de nuestra Ordenación; una unción, que marca para siempre la persona y la vida de todo cristiano, una unción que marca para siempre especialmente nuestra persona y nuestra vida de presbíteros y de obispo. Cada uno de nosotros puede decir de sí: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido” (Is 61, 1).

 

Queridos sacerdotes, estas palabras nos conciernen de modo directo y especial. Por una unción singular que afecta a todo nuestro ser, hemos quedado configurados con Cristo, Pastor y Cabeza de su Iglesia, el Siervo de Dios. El Espíritu del Señor está en nosotros y con nosotros: con su aliento y con su fuerza podemos y debemos contar siempre y en todo momento y, sobre todo, en nuestra debilidad. Gracias al don del Espíritu en nosotros somos pastores y maestros en nombre del Señor en su Iglesia, renovamos el sacrificio de la redención, preparamos para el banquete pascual, presidimos al pueblo santo en el amor, lo alimentamos con la Palabra y lo fortalecemos con los sacramentos (cf. Prefacio de la Misa Crismal), y tenemos la fuerza para salir por los nuevos caminos que nos pide nuestra misión. !Fiémonos de la acción silenciosa, pero real y eficaz del Espíritu Santo en nosotros y a través de nosotros!.

 

Al recordar hoy nuestra ordenación presbiteral renovemos juntos y con el frescor y alegría del primer día, nuestras promesas sacerdotales. Hagamos memoria agradecida del don recibido de Cristo y de la presencia permanente del Espíritu en nosotros. Renovemos nuestro compromiso de amor contraído con Jesucristo y con los hermanos. Reconozcamos la inigualable novedad del ministerio y misión a la que servimos. Somos los ministros de la gracia del Espíritu Santo que Cristo ha enviado al mundo para la sanación y la salvación de todos desde la Cruz.  Esta es la fuente de la que surgirá una renovada alegría y un renovado impulso apostólico, el bálsamo que sanará nuestras heridas y la luz que nos guiará en la tarea pastoral. Dios es fiel a su don y a sus promesas. Su Espíritu es la fuerza que nos sustenta y alienta en nuestras luchas y dificultades, ante la tentación de la tibieza, de la acedia y del desaliento.

 

La presencia del Espíritu y nuestra unción están íntimamente unidos a nuestra misión. Hemos sido ungidos para ser enviados; en el servicio fiel y entregado a nuestro ministerio encontraremos el camino de la alegría y de nuestro ardor, y también de nuestra santificación.

 

  1. La primera misión que Dios nos ha confiado, queridos sacerdotes, es la de anunciar el Evangelio a todos. “El Espíritu del Señor me ha ungido para dar la buena noticia a los que sufren” (Is 61,1). Los pastores somos ministros, servidores, de la Palabra, el Verbo de Dios hecho carne, y de su Evangelio. Sí, queridos sacerdotes: Hemos sido ungidos para entregar nuestra vida al anuncio de la Palabra de Dios a los que sufren, siguiendo el ejemplo de Cristo, que dedicó toda su vida “a enseñar” (Act 1,1). San Pablo, en la segunda carta a los Corintios, nos recuerda que “no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor” (2 Co 4,5). Y a los mismos fieles de Corinto, en una carta precedente, les había escrito: “Nosotros predicamos a Cristo crucificado” (1 Co 1,23). Y hemos de hacerlo en todo momento, a tiempo y a destiempo, con ocasión y sin ella, con humildad, con respeto y con paciencia, buscando y transitando juntos los nuevos caminos de la evangelización, sin avergonzarnos nunca de Cristo, sabiendo que Dios tiene sus tiempos. Y sabiendo que, como Cristo Jesús, no estamos solos en el anuncio de la Palabra. Dejémonos llevar por la fuerza y la sabiduría del Espíritu; fiémonos de la eficacia inherente a la Palabra de Dios, que es viva y eficaz.

 

Nuestro anuncio de la Palabra ha de ir refrendada por nuestro actuar sincero y coherente. A Jesús le escuchaban con admiración no porque dijera palabras deslumbrantes, sino porque era la Palabra encarnada. El hacía vida lo que predicaba. Ese debe ser nuestro estilo. La Palabra tiene fuerza de convicción cuando anida en nuestro interior mediante la oración y brilla con pulcritud en nuestra vida. Seamos dóciles a las mociones del Espíritu Santo.

 

  1. “El Espíritu me ha enviado para proclamar el año de gracia del Señor” (Is 61,2). Somos ministros de la gracia del Señor, que es vida divina y llega a nosotros a través de los sacramentos gracias a la presencia eficaz del Espíritu Santo. A los viandantes, la gracia nos llega, sobre todo, a través de la Eucaristía y de la Penitencia. El sacerdote, cuando administra los sacramentos, lo hace “in persona Christi capitis”. Por eso, cuando celebramos la Eucaristía es Cristo quien se ofrece al Padre por la salvación de los hombres. Cuando administramos el Sacramento de la Penitencia, es Cristo quien perdona los pecados. Para que nuestros fieles aprecien y acudan a los sacramentos, han de percibir en nosotros otros cristos, que valoran y viven lo que celebran.

 

“Celebremos siempre con fervor la Santa Eucaristía. Postrémonos con frecuencia y prolongadamente en adoración delante de Cristo Eucaristía.  Entremos, de algún modo, en la ‘escuela de la Eucaristía’. Muchos sacerdotes, a través de los siglos, han encontrado en ella el consuelo prometido por Jesús la noche de la última cena, el secreto para vencer su soledad, el apoyo para soportar sus sufrimientos, el alimento para retomar el camino después de cada desaliento, la energía interior para confirmar la propia elección de fidelidad. El testimonio que daremos al pueblo de Dios en la celebración eucarística depende mucho de nuestra relación personal con la Eucaristía” (Juan Pablo II, Carta a los sacerdotes, Jueves Santo de 2000, n. 14).

 

Cuidemos con esmero esta relación con Cristo que nos ayudará a vivir con alegría y pasión nuestro ministerio sacerdotal. La nueva etapa de la Evangelización nos urge a centrar nuestra vida en Cristo. Animemos a los niños, a los jóvenes y a las familias a que tengan momentos de encuentro con Cristo Eucaristía. Las vocaciones nacerán y se fortalecerán al calor de su amor.

 

Respecto al Sacramento de la Penitencia os pediría que facilitéis lo más posible a los fieles el acercarse a recibir el perdón de Dios. Seamos ministros de la misericordia. Observo buena disposición en todos vosotros y os lo agradezco. Pero seremos mejores ministros de la misericordia de Dios si nosotros mismos somos asiduos receptores de la misma. Acudamos con frecuencia a recibir el abrazo del perdón misericordioso del Padre en el sacramento de la Penitencia.

 

  1. “El Espíritu del Señor me ha enviado para consolar a los afligidos, … para cambiar su ceniza en corona, su traje de luto en traje de fiesta, su abatimiento en cánticos”(Is 61,3). Los sacerdotes, como Jesucristo, hemos de reconocer que nuestra vida es don y entrega a los hermanos, en especial a los más pobres: a los desheredados, a los afligidos y a los abatidos. Hemos de ejercitar nuestro ministerio desde el servicio y desde el amor oblativo que libera, que levanta, que sana, que da consuelo, que aporta motivos para vivir y para esperar, que reconforta y alegra el espíritu. Seremos guías auténticos y regiremos bien la comunidad cristiana si servimos con generosidad a todos los miembros del Pueblo de Dios, ayudándolos a crecer, saliendo a buscar las ovejas perdidas y desorientadas, y llevando a todos a Jesucristo.

 

Ese es el sentido de las promesas que hoy vais a renovar.  Es necesario recordar y testimoniar de modo creíble que sólo Dios en Cristo es la verdadera riqueza que llena de alegría nuestro corazón y de sentido nuestra existencia. En Él está la alegría profunda que las promesas del mundo no pueden dar. El amor entregado a Cristo y la caridad pastoral apasionada  a quienes nos han sido confiados es nuestra respuesta agradecida al don permanente de Dios en nosotros. No nos dejemos llevar por el desaliento. Dejémonos encontrar y renovar por la gracia misericordiosa de Dios. Hoy queremos recordar y testimoniar ante el Pueblo de Dios que sólo Dios, su don y nuestro ministerio, son la verdadera riqueza que llena de sentido nuestra existencia. En Dios está la alegría profunda que las promesas del mundo no pueden dar.

 

Recordemos en esta santa Misa a los sacerdotes que a lo largo de este año han partido hacia la Casa del Padre: P. Miguel Llamazares Martínez, OSA; P. Eliseo Gil, Carmelita Descalzo; Rvdo. D. Salvador Martínez y Rvdo. D. Rafael Reig Armiñana, de la Archidiócesis de Valencia. Que el Señor les conceda su Paz y su Gloria para siempre.

 

Y que María, Madre de los sacerdotes, nos aliente a todos para cumplir bien y fielmente el ministerio que su Hijo, nos ha encomendado. Amén.

 

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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