Misa de la Cena del Señor en el Jueves Santo

 

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 17 de abril de 2014

 (Ex 12,1-8.11-14; Sal 115; 1 Co 11,23-26; Jn 13,1-15)

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¡Amados todos en el Señor!

 

  1. En la tarde de Jueves Santo conmemoramos la última Cena de Jesús con sus Apóstoles. Nuestra mente y nuestro espíritu se traslada al Cenáculo, donde Jesús se ha reunido con los suyos para celebrar la Pascua. “Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer” (Lc 22,15), les dice, al comenzar la celebración de su última Cena y de la institución de la santa Eucaristía. Jesús tuvo grandes deseos de ir al encuentro de aquella hora. Jesús anhelaba en su interior ese momento en el que se iba a dar a los suyos bajo las especies del pan y del vino. Esperaba aquel momento que tendría que ser en cierto modo el de las verdaderas bodas mesiánicas: la transformación de los dones de esta tierra y el llegar a ser uno con los suyos, para transformarlos y comenzar así la transformación del mundo. En el deseo de Jesús podemos reconocer el deseo de Dios mismo, su amor por los hombres, por su creación, un amor que espera. Jesús nos espera. Y nosotros, ¿tenemos verdaderamente deseo de él? ¿Sentimos en nuestro interior el impulso de ir a su encuentro? ¿Anhelamos su cercanía, ese ser uno con él, que se nos regala en la Eucaristía? ¿O somos, más bien, indiferentes, distraídos, ocupados totalmente en otras cosas?

 

Es bueno que reflexionemos un año más sobre el contenido de esta tarde memorable.

 

  1. La primera lectura (Ex 12, 1-8; 11-14) nos ha relatado la institución de la Pascua de los judíos. Pascua significa “paso”. Es el paso de Dios que libera a los hijos de los hebreos de la esclavitud de Egipto mientras exterminaba a los primogénitos de los egipcios. La contraseña liberadora es una mancha de sangre del cordero en las puertas de los hebreos. Los hebreos debían inmolar en cada familia “un animal sin defecto (de un año, cordero o cabrito)”, y rociar con la sangre las dos jambas y el dintel de las casas para librarse del exterminio de los primogénitos al paso del ángel.

 

En aquella misma noche, preservados por la sangre del cordero y alimentados con su carne, iniciarían la marcha hacia la tierra prometida. El rito había de repetirse cada año en recuerdo y en acción de gracias por la acción liberadora de Yahvé. “Es la Pascua en honor del Señor” (Ex 12, 11), que conmemora ‘el paso del Señor’ para liberarlo de la esclavitud de Egipto.

 

La Pascua de los judíos era una sombra y prefiguración de la Pascua de Cristo, la pascua cristiana. En ella no hay cordero; o mejor Cristo mismo es el ‘verdadero cordero sin defecto’, que se inmola para liberarnos de la esclavitud del pecado y de la muerte. Cristo es el nuevo Cordero, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, el Cordero que con su sangre libremente derramada en la cruz establece la nueva y definitiva Alianza.

Desde el momento mismo en que Jesús se sienta a la mesa con sus discípulos, inicia el rito de su Pascua. En lugar de un cordero, Jesús toma pan y vino. “El Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo tomó un pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: ‘Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros”. Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: “Este es el cáliz de la nueva alianza sellada con mi sangre”. Aquel pan milagrosamente transformado en el Cuerpo de Cristo, y aquel cáliz que ya no contiene vino, sino la sangre de Cristo, fueron ofrecidos  aquella noche, como anuncio y anticipo de la muerte del Señor, de la entrega de su cuerpo y el derramamiento de su sangre en la Cruz.

 

  1. “Haced esto en memoria mía”, dice Jesús a los apóstoles; Él quiere perpetuar así a través de ellos y de sus sucesores aquel gesto de la cena y, con él, su sacrificio en la Cruz para la remisión de las culpas. Agradezcamos esta tarde al Señor el don del sacerdocio que perpetúa la presencia de Cristo y su acción salvadora entre nosotros; oremos por el don de nuevas vocaciones.

 

“Haced esto en memoria mía”. Con estas palabras solemnes instituye Jesús la Eucaristía y la entrega a su Iglesia para todos los siglos. Cada año, en la tarde de Jueves Santo, recordamos que en la Cena del primer Jueves Santo, Jesús nos ha regalado a sus discípulos la Eucaristía como don de su amor llevado hasta el extremo y fuente inagotable de su amor, que es el amor mismo de Dios. En la Eucaristía se perpetúa por todos los siglos el amor hasta el extremo de Jesús, su ofrenda libre y total en la Cruz para la vida del mundo. Cada santa Misa rememora  la última Cena, actualiza el sacrificio redentor en la Cruz; el pan y el vino eucarísticos son presencia real del Señor y banquete para entrar en comunión con Él y con los hermanos en la espera de su venida al final de los tiempos.

 

Cuando comulgamos, los creyentes recibimos el efecto salvador del sacrificio en la Cruz y el alimento para nuestro caminar hacia la tierra de promisión.  Alimentados con el Cuerpo del Señor y lavados con su Sangre, los cristianos podemos soportar las asperezas del peregrinaje de esta vida, pasar de la esclavitud del pecado a la libertad de los hijos de Dios, caminar con esperanza hacia la tierra prometida: la casa del Padre. ¿No nos ha de preocupar el alejamiento de tantos cristianos de la participación en la Eucaristía? ¿Valoramos nosotros mismos el inmenso don de la Eucaristía?

 

  1. Unido al don de la Eucaristía, Cristo nos ha dado su nuevo mandato. “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado”. Eucaristía, comunión con Cristo y con los hermanos, y existencia cristiana basada en el amor, son inseparables. Desde aquella Cena, Jesús nos enseña que participar de su amor es entregarse y gastarse como Él. El amor alcanza su cima en el don que la persona hace de sí misma, sin reservas, a Dios y al prójimo.

 

Y para enseñarnos cómo ha de ser el amor de sus discípulos, Jesús, antes de instituir el sacramento de su Cuerpo y Sangre, les sorprende ciñéndose una toalla y abajándose para lavarles los pies; se despoja de las vestiduras de su gloria, se ciñe el “vestido” de la humanidad y se hace esclavo. Lava los pies sucios de los discípulos, les purifica de sus impurezas y pecados, y así los capacita para acceder al banquete divino al que los invita. En el lavatorio de los pies, Jesús les da el don de la pureza, les hace capaces de entrar en comunión con Dios y los hermanos en el banquete divino. Pero el don se transforma después en un ejemplo, en la tarea de hacer lo mismo unos con otros. “Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn 13, 12-14). Sólo podremos ser verdaderos discípulos de Jesús, si nos dejamos lavar los pies y purificar de nuestras impurezas y pecados en el sacramento de la Penitencia, y, si participando así de su amor en la Eucaristía, nos dejamos trasformar por su amor. Eso y sólo nos hace capaces y nos da fuerzas para amar, perdonar y servir como el Señor, para imitarlo en nuestra vida en el servicio a los demás, especialmente a los pobres, a los necesitados y abatidos, a los heridos de la vida. Porque, en el amor servicial, en la solicitud por el prójimo está la esencia del vivir cristiano.

 

El “mandamiento nuevo” que nos da el Señor no consiste en una norma nueva y difícil, que hasta entonces no existía. Lo nuevo es el don de si mismo que nos transforma y nos introduce en la mentalidad y en el camino de Cristo. El lavatorio de los pies, la institución de la eucaristía, la muerte de Jesús en la cruz, nos indican que la humildad, el perdón acogido y ofrecido y la disponibilidad para servir hasta la entrega total al prójimo son el camino para realizar y hacer verdad el precepto del Señor, para transformar el mundo con el amor de Dios.

 

¡Tarde de Jueves Santo! ¡Muchos sentimientos se agolparon entonces en el corazón de Jesús y de sus discípulos¡ !Muchos sentimientos invaden ahora nuestro corazón! Demos gracias a Dios que, en su Hijo Jesucristo, nos legó la Eucaristía, el don de amor más grande que pensarse pueda. Jesús se va, pero se queda presente entre nosotros en la Eucaristía.

 

Que María, ‘la mujer eucarística’ nos ayude a valorar la presencia de Cristo en la Eucaristía, a participar en ella y a adorarle con gratitud. Amén

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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