Misa de la Cena del Señor de Jueves Santo

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 2 de abril de 2015

(Ex 12,1-8.11-14; Sal 115; 1 Co 11,23-26; Jn 13,1-15)

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En Jueves santo comienza la Pascua

En la tarde de Jueves Santo entramos en la celebración del Triduo Santo de la Pascua del Señor. Hoy re-cordamos, es decir, traemos a la memoria y al corazón, las palabras y los gestos de Jesús en la Ultima Cena. Y lo hacemos de una manera más intensa y más gozosa. Como asamblea reunida por el Señor celebramos el solemne Memorial de la Última Cena, en que Jesús nos deja tres regalos: la Eucaristía, el Orden sacerdotal y el mandamiento nuevo de la Caridad.

 La Pascua de Jesús

En la tarde-noche de aquel primer Jueves Santo, Jesús y los suyos se han reunido para celebrar la Pascua en el Cenáculo. “Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer” (Lc 22, 15), les dice Jesús. Así les da entender el significado profético de la cena pascual, que está a punto de celebrar con ellos.

Jesús se ha reunido con sus Apóstoles para celebrar con ellos “la Pascua (la fiesta) en honor del Señor” (Ex 12, 11), que conmemora ‘el paso del Señor’ para liberarlo de la esclavitud de Egipto, y la Alianza de Dios con su Pueblo. Con la sangre del cordero en las dos jambas y en el umbral de sus casas, los hijos e hijas de Israel obtienen la protección divina, cuando Dios pase. El recuerdo de este acontecimiento se convirtió en una ocasión de fiesta anual de acción de gracias al Señor por la libertad recuperada. “Este será un día memorable para vosotros, y lo celebraréis como fiesta en honor del Señor” (Ex 12, 14). ¡Es la Pascua de la antigua Alianza!

En el Cenáculo, Jesús celebra también la cena pascual con los Apóstoles, pero da a este rito un contenido nuevo. Jesús elige la celebración de la Pascua judía para establecer la nueva y definitiva Alianza. En la segunda lectura, San Pablo nos ofrece ‘una tradición que procede del Señor’: Jesús, “la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo:  “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros”.  Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo:  “Este cáliz es la nueva Alianza sellada con mi sangre” (1 Co 11, 23-26). Aquel pan milagrosamente transformado en el Cuerpo de Cristo, y aquel cáliz convertido en la sangre de Cristo, son ofrecidos en aquella noche, como anuncio y anticipo de la ofrenda hasta la muerte del Señor en la Cruz.  Él será el ‘verdadero cordero sin defecto’, inmolado y consumado por la salvación del mundo, para la liberación definitiva del pecado y de la muerte, mediante su muerte y resurrección, mediante su paso de la muerte a la vida: El es nuestra Pascua. !Es la pascua de la Nueva Alianza!.

Don de la Eucaristía

Haced esto en conmemoración mía; haced esto cada vez que bebáis, en memoria mía” dice Jesús a los Apóstoles (1 Co 11, 24-26). Con este mandato, Jesús nos regala la Eucaristía, el sacramento que perpetúa su ofrenda en la Cruz para siempre. Siguiendo este mandato, en cada santa misa actualizamos este mandato del Señor, actualizamos su sacrificio en la cruz y su resurrección, actualizamos su Pascua. El sacerdote se inclina sobre los dones eucarísticos, para pronunciar las mismas palabras de Cristo “la víspera de su pasión”. Con Él repite  sobre el pan: “Este es mi cuerpo, que se entrega por vosotros” y luego sobre el cáliz: “Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre” que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados (cfr. 1 Co 11, 24-25).

Desde aquel primer Jueves santo, la Iglesia actualiza sacramental, pero realmente en cada Eucaristía el misterio pascual de Jesucristo para el perdón de los pecados y la reconciliación con Dios y los hermanos. La Eucaristía es así manantial permanente de vida y de comunión con Dios y con los hermanos. Desde aquel jueves Santo, la Iglesia, que nace del misterio pascual de Cristo, vive de la Eucaristía; se deja revitalizar y fortalecer por ella, y sigue celebrándola hasta que vuelva su Señor. Por ello, después de la consagración nos unimos a la aclamación del sacerdote: ‘Este es el Misterio de nuestra fe’, con las palabras: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor, Jesús!’.

La Eucaristía hace a la Iglesia. Sin Eucaristía, la Iglesia no sería del Señor. Celebrar la Eucaristía es el regalo que Jesús nos concede cada día; es el alimento que nos ayuda a no desfallecer, a recorrer el camino con espíritu alegre y generoso. El que celebra la Eucaristía no puede olvidar cuánto lo ama Dios, y no puede mirar para otra parte cuando se acerca el hermano, especialmente el más pobre. San Pablo insiste al repetir las palabras del Señor: “Haced esto en memoria mía”. Es un mandato del Señor. Pero, ¿cómo transmitir a tantos bautizados que no participan en la vida eucarística lo que es y lo que produce en nosotros la participación en la mesa del Señor? ¿Cómo podemos poner la Eucaristía del domingo en el centro de la vida de los cristianos? Hemos de pedir luz al Señor para ser testigos del don de su presencia en las especies del pan y del vino; hemos de pedir también que toque el corazón de los cristianos para que reconozcan en la Eucaristía al Dios que los ama y que ha querido quedarse con nosotros. El Señor quiere ser para todos, por eso se quiere quedar en la vida de todos; nos dice el Papa: “la Eucaristía no es un premio para los perfectos sino un poderoso remedio y un alimento para los débiles” (EG, 47).

La Eucaristía es el centro y la fuente de la vida de todo cristiano. No hay verdaderos cristianos sin participar en la Eucaristía. Quien quiera permanecer vitalmente unido a Cristo, como el sarmiento a la vid, ha de participar con frecuencia en la Eucaristía y ha de hacerlo plenamente acercándose a la comunión. Ahora bien: el mismo San Pablo nos recuerda la dignidad con que debe ser tratado este sacramento por parte de cuantos se acercan a recibirlo. “Examínese cada uno a sí mismo antes de comer el pan y beber el cáliz, porque el que come y bebe sin apreciar el cuerpo, se come y bebe su propia condenación’ (1 Cor. 11,28). Antes de comulgar es necesario examinarse y reconciliarse con Dios en el sacramento de la Penitencia antes de comulgar, si se tiene conciencia de pecado grave. El Señor está siempre dispuesto a “lavarnos los pies”, a purificarnos, a perdonar nuestros pecados.

Don del sacerdocio ordenado

Al recordar y agradecer la tarde del Jueves santo el don de la Eucaristía, recordamos y agradecemos también el don del sacerdocio ordenado. “Haced esto en conmemoración mía”. A los Apóstoles y a quienes continúan su ministerio, Jesús les entrega la potestad de hacer en su nombre lo que Él acaba de realizar, es decir de transformar el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre. Diciendo “haced esto”, Jesús instituye el sacerdocio ministerial, esencial y necesario para la misma Iglesia. “No hay Eucaristía sin sacerdocio”. La Eucaristía, celebrada por los sacerdotes, hace presente en toda generación y en cualquier rincón de la tierra la obra de Cristo. Pidamos el don de nuevas vocaciones. Pero no olvidemos que sólo una Iglesia enamorada de la Eucaristía engendra, a su vez, santas y numerosas vocaciones sacerdotales. Y lo hace mediante la oración y el testimonio de santidad, dado especialmente a las nuevas generaciones.

Don del amor fraterno

Jesús instituye la Eucaristía como manantial inagotable del amor. En la Eucaristía está escrito el mandamiento nuevo: el mandamiento del amor fraterno: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros” (Jn 13, 34). El amor es la herencia más valiosa que Jesús nos deja a los cristianos. Su amor, compartido por sus discípulos, es lo que esta tarde se ofrece a la humanidad entera. En la hora del Banquete eucarístico, Cristo afirma la necesidad del amor, hecho entrega y servicio desinteresados.

En esta celebración repetiremos el gesto de Jesús al comienzo de la Última Cena: el lavatorio de los pies. Al lavar los pies a los Apóstoles, el Maestro les propone el servicio como norma de vida, porque amar es servir: “Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, siendo vuestro Señor y Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn 13, 13-14). Jesús nos invita a imitarle: “Os he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con vosotros, también lo hagáis vosotros” (Jn 13, 15).

Cada obra buena hecha en favor del prójimo, especialmente en favor de los que sufren, los excluidos, los que son poco apreciados, los pobres es un servicio como lavar los pies. El Señor nos invita a abajarnos, a aprender la humildad y la valentía de la bondad; y también a estar dispuestos a aceptar el rechazo, actuando a pesar de ello con bondad y perseverando en ella (Benedicto XVI).  Pero hay una dimensión aún más profunda. El Señor limpia nuestra impureza con la fuerza purificadora de su bondad. Lavarnos los pies unos a otros significa sobre todo ser misericordiosos los unos con los otros, perdonarnos continuamente, volver a comenzar juntos siempre de nuevo.

Jueves Santo es, por ello, el día del Amor fraterno. Nuestro mundo está necesitado de amor, del amor que nos viene de Dios por Cristo en la Eucaristía. Necesitamos derrumbar las barreras de la exclusión y de la  indiferencia, del egoísmo y del odio para que triunfe el amor en nuestro mundo. Hoy Jesús nos dice a nosotros como dijo a sus discípulos: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?”. Merece la pena seguirle y trabajar por el perdón y la reconciliación, por el amor y la paz.

En la Eucaristía, la Cena que recrea y enamora, encontramos, hermanos, el alimento y la fuerza para salir a los caminos de la vida. Participemos en esta Eucaristía. Permanezcamos en adoración en el Monumento. Seamos signo de unidad y fermento de fraternidad. Amén.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

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