Vigilia Conmemorativa del 125 aniversario de la Sección de A.N.E de Onda

Onda, 10 de mayo de 2014

(Hechos 2,14a. 36-41; Sal 22,1-3a. 3b-4. 5. 6; 1 Pt 2,20b-25; Jn 10,1-10)

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  1. Sed bienvenidos, queridos hermanos, venidos de cerca y de lejos a esta Vigilia Eucarística, para conmemorar el 125º Aniversario de la fundación de la Sección de A.N.E. de Onda. El Señor Resucitado sale a nuestro encuentro y nos reúne en esta Vigilia en torno a la mesa de su Palabra y de su Eucaristía; Él mismo nos hermana a todos y nos une en un mismo ideal: el de la Adoración Nocturna a Cristo Sacramentado.

 

Hoy queremos alabar, dar gloria y gracias a Cristo Jesús por el don de la Eucaristía, memorial de su pasión, muerte y resurrección, alimento sacramental de su Iglesia, sacramento de su presencia real y permanente entre nosotros. A Dios damos gracias por estos 125 años de vida y andadura de la A.N.E.-Onda, desde aquella primera Vigilia celebrada en Junio de 1889 en la Iglesia de La Asunción, presidida por el Beato Domingo; gracias damos a Dios y por tantos y tantos hermanos adoradores que a lo largo de estos años y hoy, hicieron y hacen de la adoración nocturna a Cristo Sacramentado el lema de su vida.

 

  1. En este cuarto Domingo de Pascua, la Palabra de Dios nos presenta la figura inefable del Buen Pastor: Jesús es el Buen Pastor que nos lleva al Padre, que da su vida por nosotros, que nos alimenta con los pastos de su Palabra y de su Cuerpo y de su Sangre, que nos defiende del mal y de las asechanzas del Maligno.

 

Dios ha hecho a su Hijo, Señor y Mesías. Él nos llama a todos a entrar, por la conversión y la fe , al redil de salvación que es su Iglesia. Por el bautismo hemos sido incorporados a su Iglesia. Es en ella donde podremos vivir en la autenticidad su amor de Buen Pastor que nos redime y santifica.

 

El Buen Pastor nos conoce a cada uno por nuestro nombre; Él tiene de nosotros un conocimiento amoroso. Es un conocimiento superior, incluso, al que tiene uno de sí mismo. Un conocimiento amoroso que implica un profundo respeto hacia todos y cada uno de los hombres. Jesús nunca impuso su voluntad a los discípulos o a sus seguidores: hablaba e invitaba, pero exigía siempre una respuesta personal y libre; proponía, invitaba, jamás obligaba. Conocer por el nombre significa invitarnos a cada uno a desarrollar las propias capacidades y a ponerlas libremente al servicio de los demás. Para él no existe la masa, cada ser humano tiene un rostro propio y un nombre.

 

“Y las saca fuera”. Jesús quiere que salgamos de nuestra inmadurez y de todo lo que nos impide ser nosotros mismos. Él “camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz”. El verdadero pastor camina delante, abriendo horizontes a los suyos, dando ejemplo. Es el primero en enfrentarse con el peligro, el primero en dar la vida cuando se trata del bien de los demás. Jesús nos marca el camino. Él mismo es el camino (Jn 14,6) que debemos recorrer. Su voz anima al seguimiento porque comunica vida verdadera. ¿Cómo no seguir al que vamos experimentando como plenitud de todo lo humano?

 

Jesús es la puerta del redil de los Hijos de Dios, de la Iglesia. “El que entra por mí se salvará”. Cristo se nos revela como el enviado de Dios Padre, el verdadero maestro, la puerta abierta que invita a entrar en el Reino, la puerta abierta que es como una bienvenida a la casa del Padre. En un mundo que se plantea interrogantes urgentes, Jesús es la respuesta y el camino, la clave que da sentido a nuestra existencia, el maestro que nos enseña la auténtica verdad, la única puerta de acceso a la felicidad y a la vida.

 

Así lo presenta Pedro, en su discurso de Pentecostés: Cristo es el único Salvador, en quien tenemos la seguridad del perdón de los pecados, porque ha entregado su vida por nosotros. La salvación consiste en creer en él, convertirse a él, ser bautizado en su nombre y ser agregado a su comunidad. “Entrar por la puerta que es Cristo” no supone sólo el bautismo, que es el sacramento de entrada en la Iglesia, sino que pide oír su voz, seguirle, dejarse transformar por su gracia, formar activamente parte de su comunidad: “Andabais descarriados como ovejas, pero habéis vuelto al Pastor y guardián de vuestras vidas”, como nos ha dicho san Pedro. No hay otro pastor ni otra puerta: sólo Cristo, el Señor. Y, a la vez, no hay otro “camino”. Los que entramos y salimos a través de esa Puerta que es Cristo, estamos llamados a seguirle fielmente a Él, que es también el Camino, sin desviarnos de su estilo de vida: “Sus ovejas le siguen, porque conocen su voz y él las va llamando por su nombre”.

 

  1. El Buen Pastor está en la Eucaristía, es el don que Jesús hace de sí mismo, el sacramento en que el Señor resucitado sale a nuestro encuentro, nos revela que Dios nos ama con un amor infinito por cada hombre y nos da ese amor dándose a sí mismo. “En la Eucaristía, Jesús no da ‘algo’, sino a sí mismo; ofrece su cuerpo y derrama su sangre. Entrega así toda su vida, manifestando la fuente originaria de este amor divino. Él es el Hijo eterno que el Padre ha entregado por nosotros” (Benedicto XVI, 7).

 

Jesús es el Pan de vida, que el Padre eterno nos da a los hombres. En la Eucaristía nos llega toda la vida divina en la forma del Sacramento. En el don eucarístico, Jesucristo nos comunica la misma vida divina. Se trata de un don absolutamente gratuito, que se debe sólo a las promesas de Dios, cumplidas más allá de toda medida.

 

Si creemos de verdad en la Eucaristía, esta fe nos llevará a su celebración frecuente, a una participación activa, plena y fructuosa, para lo que debemos estar debidamente dispuestos. La Eucaristía es principio de vida para el cristiano. ¡Cuánto necesitamos los cristianos de hoy valorar el don maravilloso de la Eucaristía y recuperar la participación en la Eucaristía dominical!  “Sine Eucharistia esse non posssumus”, contestaron. Sí: Sin Eucaristía no podemos existir. “La vida de fe peligra cuando ya no se siente el deseo de participar en la Celebración eucarística, en que se hace memoria de la victoria pascual” (Benedicto XVI, 73).

 

  1. La Eucaristía es un misterio que hemos de creer y celebrar, pero también un misterio que hemos de adorar y vivir. “El que come vivirá por mí” (Jn 6,57). La Eucaristía contiene en sí una fuerza tal que hace de ella principio de vida nueva en nosotros y forma de la existencia cristiana. El alimento eucarístico nos transforma; gracias a él acabamos por ser cambiados misteriosamente. Cristo nos alimenta uniéndonos a él; el Señor nos atrae hacia sí.

 

Por ello, la Eucaristía ha de ir transformando toda nuestra vida en culto espiritual agradable a Dios. El nuevo culto cristiano abarca, transfigurándola, todos los aspectos de la vida, privada y pública, “Cuando comáis o bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios” (1 Cor 10, 31). El cristiano está llamado a expresar en cada acto de su vida el verdadero culto a Dios. La vida cristiana se convierte en una existencia eucarística, ofrecida a Dios y entregada a los hermanos.

 

Al celebrar la Eucaristía y adorar a Cristo presente en ella se aviva en nosotros el amor y también la esperanza. Donde el ser humano experimenta el amor se abren puertas y caminos de esperanza. No es la ciencia, sino el amor lo que redime al hombre, nos ha recordado el Papa Benedicto XVI. Y porque el amor es lo que salva, salva tanto más cuanto más grande y fuerte es. No basta el amor frágil que nosotros podemos ofrecer. El hombre, todo hombre, necesita un amor absoluto e incondicionado para encontrar sentido a la vida y vivirla con esperanza. Y este amor es el amor de Dios, que se ha manifestado y se nos ofrece en Cristo y que tiene su máxima expresión sacramental en la Eucaristía.

 

Si se cree, se adora y se vive la Eucaristía como el gran sacramento del amor, esto se traduce necesariamente en gestos de amor y en obras de caridad que se convierten en signos de esperanza. Porque quien adora la Eucaristía conoce de verdad a Dios, y quien lo conoce guarda sus mandamientos. Y el mandamiento principal de los cristianos es el amor a Dios y al prójimo, indisolublemente unidos. Amor y caridad en la vida personal hacia todos, especialmente hacia los más necesitados, de acogida de los emigrantes y sus familias, de compromiso por la dignidad de toda persona humana desde su concepción hasta su muerte natural; amor entre los esposos y hacia los hijos, que se convierte en compromiso con la transmisión de la fe y una educación integral que no margine a Dios; amor comprometido en la sociedad y en nuestra ciudad a favor del bien común, de la justicia y de la paz.

 

 

  1. La Eucaristía es la mayor manifestación del amor de Dios a su pueblo. Si el amor se manifiesta con la cercanía, la Eucaristía, presencia real de Cristo, el Emmanuel, el “Dios con nosotros”, nos lo está gritando. Los amores humanos son efímeros, acaban con el tiempo; sólo el de Dios permanece. Todos nos abandonarán, sólo Dios, en la Eucaristía, permanecerá junto a nosotros por los siglos. Por eso la Eucaristía debe ser lugar de encuentro, lugar donde el amor de Dios y nuestro amor se entrecruzan.

 

A Cristo, muerto y resucitado, presente en la Eucaristía, le mostramos nuestro amor en nuestra adoración. Ahí le contemplamos ‘tal cual es’, le alabamos, le damos gracias y dialogamos con él: escuchamos su cálida voz, nos dejamos interpelar por El y le hablamos como al Amigo, que no defrauda. Los adoradores y adoradoras habéis adquirido libremente el compromiso de pasar unas horas, durante una noche al mes, junto a Cristo Eucaristía. A veces se puede hacer costoso. Pero ¿no es más valioso el encuentro con El, el Amigo? Os animo a no bajar el listón porque “amor con amor se paga”. El amor de Dios desea ser correspondido con el nuestro. Dejad que El os hable, que El se os muestre, atended su Palabra, acoged sus caminos.

 

Sed ante el Señor-Eucaristía la voz de los enfermos, de los encarcelados, de los agonizantes, de los que caen y no hacen nada por levantarse, de las familias destrozadas, de los marginados, de los jóvenes desorientados, de los consagrados que han perdido “el amor primero”.

 

  1. Cada vez que participamos en la Eucaristía somos invitados a comer el Cuerpo de Cristo y a beber su Sangre, que son para nosotros ‘alimento del pueblo peregrino’, el pan que sostiene a cuantos peregrinamos en este mundo. El mismo Cristo lo anunció así: “Si no coméis mi sangre y no bebéis mi sangre no tenéis vida en Vosotros; el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna” (Jn 6, 54-55).

 

La adoración de Cristo Sacramentado debe conducir siempre a la comunión sacramental o, al menos, espiritual. Si Cristo, a través de la comunión, es el que vive en nosotros, démonos cuenta de las consecuencias que conlleva. Cristo en nosotros es el que debe seguir actuando. Como Él tendremos que hacer la voluntad de Dios, dar la vida por los demás, perdonar, acercarnos a los alejados, salir a las periferias, como nos pide el papa Francisco, hacer el bien a manos llenas.

 

Adorar la Eucaristía, identificarnos con Cristo por la comunión, dejar que Cristo Eucaristía viva en nosotros nos acarreará, sinsabores, burlas, sonrisas despectivas. Pero el Señor nos ha dicho: “si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también le negaré ante mi Padre del cielo” (Mt 10, 33).

 

  1. Ante Jesús Sacramentado oramos en esta noche, hermanos, por todos vosotros, adoradores, y por la oración nocturna española en Onda, por su vitalidad y por la savia de nuevos y jóvenes adoradores. Pedimos también por los sacerdotes, por los religiosos y religiosas, por los monjes y monjas de clausura, por los consagrados en medio del mundo, por los seminaristas y por el aumento de vocaciones al sacerdocio. Oramos por los niños, los jóvenes y las familias, para que encuentren en Cristo, el Camino, la Verdad y la Vida; por los gobernantes en su ardua tarea de contribuir a la construcción de la ‘civilización del amor’, basada en la justicia, la verdad y la paz.

 

La Virgen María, la Madre de Jesús, peregrina de la fe, signo de esperanza y del consuelo del pueblo peregrino, nos ha dado a Cristo, Pan verdadero. Que Ella nos ayude a descubrir la riqueza de este sacramento, a adorarlo con humildad de corazón y, recibiéndolo con frecuencia, a hacer presente a Cristo en medio del mundo con nuestras obras y palabras. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

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