Fiesta de San Juan de Ávila

HOMILÍA EN LA FIESTA DE SAN JUAN DE AVILA

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Castellón de la Plana, S.I.Concatedral, 10 de Mayo de 2016

(Act 20, 17-18. 28-32-36; Sal 88; Lc 5, 1-11)

 

Hermanas y hermanos todos en el Señor.

Queridos sacerdotes, diáconos permanentes, seminaristas, familias, miembros de vida consagrada y fieles laicos.

El Señor Jesús nos reúne en torno a la mesa de su Palabra y del Sacrificio de la Eucaristía para celebrar la fiesta de San Juan de Ávila, Patrono del clero secular español. Él, queridos sacerdotes, es nuestro “maestro ejemplar por la santidad de su vida y por su celo apostólico”, como hemos rezado en la oración colecta.

Cada vez que celebramos una jornada sacerdotal, que nos convoca a todos los sacerdotes, como esta de San Juan de Ávila, siento un especial sentimiento de comunión. Aquí está representada la diócesis entera, aquí estamos los obreros elegidos para trabajar en esta parcela de la viña del Señor, nuestra amada Diócesis de Segorbe-Castellón. Por encima de nuestras limitaciones y hasta de nuestras debilidades y pecados, esta es la Iglesia que, con palabras del Concilio Vaticano II, “encierra en su propio seno a pecadores y, siendo al mismo tiempo santa y necesitada de purificación, avanza continuamente por la ruta de la penitencia y de la renovación” (LG, n. 8). Por eso, en este Año Santo de la Misericordia os invito a perdonarnos y olvidar cualquier fricción o desencuentro que haya habido entre nosotros para dirigirnos todos unidos a Dios nuestro Padre y agradecerle las bendiciones que nos envía para que día tras día vayamos construyendo la comunión fraterna que nos promete y nos exige.

Y una de estas bendiciones sois vosotros, queridos sacerdotes jubilares. Por vosotros damos gracias a Dios en este día en que celebramos vuestros 25, 50 o 60 años de ordenación sacerdotal. Para vosotros el día de vuestra ordenación es una fecha inolvidable porque supuso la gracia especial de ser incorporados al sacerdocio de Cristo y de recibir la hermosa tarea de ser pastores en la Iglesia en nombre del único Buen Pastor. Felicidades a todo el presbiterio que quiere compartir con vosotros el gozo del ministerio y la acción de gracias por vuestra fidelidad. Vuestra presencia aquí nos dice lo que significa entregar la vida con caridad pastoral, confianza en Dios y alegría apostólica.

Muchas felicidades a todos en vuestras bodas sacerdotales; en sus bodas de diamante a D. Vicente Bengoechea Meyer, D. Félix Gómez Muñoz y D. Ernesto Montoliu Moliner; en las de oro a D. José-Luis García Suller, D. Joan Llidó Herrero, D. José Pallarés Alcón, D. Pedro Saborit Badenes, D. Ramón Seguer Allepuz, D. José Burgos Casares y D. Antonio Esteban Esteban; y en las de plata a D. Miguel Abril Agost, D. Jordi Mas Pastor, D. José Navarro García, D. Albert Ventura Rius y D. Juan-Alfonso Martínez Pérez (de la Prelatura dle’Opus Dei’)). Han sido años intensos, durante los cuales en la Iglesia y en la sociedad hemos vivido grandes cambios que nos han obligado a renovar nuestra formación, a modificar nuestras costumbres y a actualizar los contenidos y las formas de vivir nuestro ministerio. Nada de todo esto ha sido fácil, y en más de una ocasión estas circunstancias históricas nos han causado conflictos, sufrimientos y cruces, pero también alegrías y esperanzas. Porque sabemos bien de Quién nos hemos fiado.

El evangelio, que hemos proclamado, nos presenta la vocación de Pedro como paradigma de la vocación de los que somos llamados a ser pastores del Pueblo de Dios. San Lucas señala muy bien el contexto en el que tiene lugar esta vocación: la gente se agolpa en torno a Jesús para escuchar la Palabra de Dios. Jesús se sube a la barca de Simón; entra en el contexto vital de Pedro, el de un pescador, para predicar la Buena noticia. Después le pide que reme mar adentro y eche las redes al mar. Pedro reconoce que su tarea ha sido estéril durante toda la noche, pero afirma: “por tu palabra, echaré las redes”. El evangelista no dice expresamente que sucediera un milagro, sino que “puestos a la obra, hicieron una redada tan grande, que reventaba la red”.

Aparecen aquí dos notas que conviene interiorizar en nuestro propio ministerio: de un lado, echar las redes una o otra vez por la palabra de Cristo, confiados en él, entregados a su voluntad, sin quedar condicionados por nuestro trabajo tantas veces estéril; y de otro lado, ponernos a la obra que el Señor nos pide. Cada uno de nosotros podría comentar este pasaje evangélico desde su propia experiencia. ¡La docilidad a Cristo es el presupuesto de nuestra tarea! Las experiencias negativas, la aparente esterilidad e ineficacia de nuestra vida nunca justifica desconfiar del poder de la palabra de Cristo. “Por tu palabra echaré las redes”. Si nos ponemos a la obra, Dios actuará, a su tiempo y a su medida; no sabemos cuándo y en qué medida, pero actuará. La vida y el ministerio de san Juan de Ávila son un claro testimonio del poder de Dios en un hombre que se fió de él y se sometió a su voluntad sin reserva alguna.

La reacción de Pedro en el Evangelio, como la de Santiago y Juan, es el asombro ante el poder de Cristo, que arranca la confesión humilde de Simón: “Apártate de mí, que soy un pecador”. ¡Cuántas veces habremos dicho lo mismo ante los gestos del Señor en nuestro ministerio! ¡Somos y seremos siempre pecadores! Debemos contar con ello. Caeremos a los pies de Cristo, asombrados de la confianza que ha depositado en nosotros y ante la gracia que ha depositado en nuestras manos, ungidas y consagradas para la tarea. Cristo es fiel y nos confirma en la vocación de salvar a los hombres, de llevarlos a Él y congregarlos en torno a Él, como aquellas gentes que se agolpaban junto a Jesús buscando la Vida. Esta es nuestra preciosa tarea, que no se puede comparar con nada de lo que hemos dejado por seguir a Jesús. Nuestro tiempo no es fácil —ningún tiempo lo es— para evangelizar; no lo fue al inicio de la Iglesia no lo fue en la época de san Juan de Ávila. Pero Cristo ha subido a tu barca y a la mía, y ha comenzado a predicar desde nuestras condiciones concretas de vida. El nos ha introducido en el mar abierto, confiados en su palabra echamos las redes y le ofrecemos nuestras pobres personas para la faena. Afiancemos nuestra confianza en él y colaboremos en su obra, en la que Él tiene la iniciativa.

Para esto es preciso, como dice Pablo a los presbíteros de Éfeso, cuidar de nosotros y del rebaño que el Espíritu Santo nos ha encargado guardar, como pastores de la Iglesia de Dios que él adquirió con la sangre de su Hijo (cf. Act 20, 17). No se puede definir con mayor concreción la grave responsabilidad de nuestro ministerio. La Iglesia que el Señor ha puesto en nuestras manos, los hombres y mujeres de nuestro querido pueblo, ha sido adquirida por la sangre de Cristo. No son propiedad nuestra; no podemos disponer de ellos a nuestro arbitrio. Pertenecen al Señor y han sido sellados con su Espíritu. Nuestro ministerio es espiritual en su sentido más pleno, porque es el mismo Espíritu quien lo ha puesto en nuestras manos con un encargo especial: cuidar de la propiedad de Cristo. Nadie es propietario, ni señor del pueblo que pastorea, que tiene todo el derecho a ser pastoreado por el mismo Espíritu que nos ungió el día de nuestra ordenación

¿Cómo hacerlo? Con entrañas de misericordia, como Jesús mismo. A este respecto dice nuestro Santo Patrono en una carta escrita a Fray Luis de Granada: “Por tanto, quien quisiere ser padre conviénele tener un corazón tierno y muy de carne para haber compasión de los hijos, lo cual es muy gran martirio (…). De arte que, si son buenos los hijos, dan un muy cuidadoso cuidado, y si salen malos, dan una tristeza muy triste. Y así, no es el corazón del padre sino un recelo continuo y una continua oración, encomendando al verdadero Padre la salud de sus hijos, teniendo colgada la vida de la vida de ellos, como san Pablo decía: Yo vivo si vosotros estáis en el Señor” (1 Tes 3,8) (Epistolario, epíst. 1ª).

Y, Fray Luis de Granada, comenta así estas palabras del maestro Ávila: “Y lo que de esto puedo, en suma, decir es que no sabré determinar con qué ganó más ánimas para Cristo, si con las palabras de su doctrina, o con la grandeza de la caridad y amor, acompañado de buenas obras, que a todos mostraba. Porque así los amaba y así se acomodaba a las necesidades de todos, como si fuese padre de todos, haciéndose, como el Apóstol dice, todas las cosas a todos para ayudar a todos. Consolaba a los tristes, esforzaba a los flacos, animaba los fuertes, socorría a los tentados, enseñaba a los ignorantes, despertaba a los perezosos, procuraba levantar a los caídos, más nunca con palabras ásperas, sino amorosas; no con ira, sino con espíritu de mansedumbre, como aconseja el Apóstol. Todas las necesidades de los prójimos tenía por suyas, y así las sentía y les procuraba el remedio que podía. Con esto se juntaba una singular humildad y mansedumbre, que son las dos virtudes que hacen a los hombres más amables; y, sobre todo, era tan señor de ira, que no pienso, por cosas que acaeciesen, que jamás le viese nadie airado; afligido, sí, por los males ajenos, gozándose con los que se gozan y llorando con los que lloran” (Vida del Padre Maestro Juan de Ávila, Madrid (Edibesa) 2000, p.50-51).

Reconocer que Cristo ha adquirido a su Iglesia con su sangre, la sangre de la Eucaristía que celebramos cada día, es aceptar también que cada uno de nosotros está llamado a dar su sangre, a gastar y descastar su vida entera, por ese mismo pueblo que Cristo se adquirió para sí. Por eso, en su exhortación a los presbíteros de Éfeso el apóstol Pablo alude a la imagen del Buen Pastor, utilizada por Cristo; y les recuerda que “se meterán entre vosotros lobos feroces que no tendrán piedad del rebaño”. El Buen Pastor no huye, dijo Jesús, cuando ve venir al lobo, aún a costa de su vida. San Pablo añade todavía una advertencia: “Incluso algunos de vosotros deformarán la doctrina y arrastrarán a los discípulos. Por eso, estad alerta”. Con temor y temblor debemos vivir este aviso del apóstol, que nos pone en guardia frente a todo intento de predicar un evangelio distinto del que hemos recibido en la Tradición viva de la Iglesia. La fidelidad del discípulo al Maestro es fidelidad a su Verdad, que no queda al arbitrio de nuestras interpretaciones personales, porque pertenece a Cristo y a su Pueblo santo. Sí, hermanos, nuestro pueblo debe recibir la verdad íntegra de Cristo, quien ha venido precisamente para eso, para dar testimonio de la Verdad. Y todo el que es de la Verdad escucha su voz.

 San Pablo nos exhorta también a cuidar de nosotros mismos para cuidar al rebaño. El Papa Francisco nos ha recordado que todos somos, en primer lugar, discípulos. Nunca dejamos de serlo. Nadie es maestro si abandona su condición de discípulo. Por eso, como presbíteros, debemos ser los primeros en ponernos a la escucha de la Verdad. No hay predicación verdadera sin acoger antes el Evangelio; no hay enseñanza sin haber abierto el alma, con el arado del Espíritu, a la siembra de la Verdad, que se realiza en la oración diaria, en el estudio asiduo, en la celebración de la Eucaristía y en el reconocimiento de nuestros pecados a los pies de Cristo. En su bula para el Año de la Misericordia, el Papa Francisco nos recuerda que “ser confesores no se improvisa. Se llega a serlo cuando, ante todo, nos hacemos penitentes en busca de perdón”. Dado que nuestro ministerio consiste en cuidar del rebaño, debemos cuidar, como dice el apóstol, en primer lugar, de nosotros mismos. Un cuidado que nos sitúa en el seguimiento de Cristo con humildad, con sencillez de corazón y en obediencia al Espíritu que nos ha ungido. Sólo así estaremos en disposición de dar la vida por el rebaño cuando se ve amenazado por lobos feroces.

San Pablo, y san Juan de Ávila, en su constante trato con los sacerdotes, podían decir que de día y de noche no habían cesado de aconsejar con lágrimas en los ojos a cada uno en particular. Sólo lloramos por nuestro pueblo cuando lo amamos de verdad y vislumbramos que puede perderse. Si dejamos de amar, si no es indiferente, nuestro corazón se endurece y se hace incapaz de llorar por quien corre el riesgo de abandonar el camino o se ha alejado de él. Examinemos nuestra caridad pastoral y, en este empeño por ser pastores del pueblo de Dios, pidamos a Cristo que nos duelan los males y los peligros de nuestras gentes, de manera que la salvación de cada persona que nos ha sido confiada sea un acicate para dar la vida por ella.

Quiero terminar con las palabras de san Pablo llenas de esperanza y de consuelo: “Os dejo en manos de Dios y de su palabra, que es gracia y tiene poder para edificaros y daros parte en la herencia de los santos” (Act 20, 32). Hermanos, nunca estamos solos, Dios nos cubre y protege con sus manos, como dice el salmo, y la palabra que nos dirige cada día es gracia que nos edifica como Iglesia diocesana y como presbiterio. Como miembros de un único presbiterio, os animo a edificarnos mutuamente con el testimonio de la caridad, con la comprensión mutua, con el afecto fraterno y sincero de quienes estamos unidos por el mismo sacramento. Amémonos de verdad y miremos a los que van por delante de nosotros, sirviendo al Señor con humildad; por ellos damos gracias a Dios hoy con alegría, porque, a pesar de las dificultades, no dejan de mirar a quien los llamó con infinita misericordia y los hizo pescadores de hombres.

Que la Madre de Cristo y Madre nuestra, madre de los sacerdotes, a quien san Juan de Ávila mostró una piedad tierna y filial, nos permita servir a Cristo con su misma actitud de esclava del Señor. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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