Sí a la vida humana

PlumaQueridos diocesanos:

 

El día 25 de marzo celebramos la solemnidad de la Anunciación del Señor. Al conmemorar el anuncio del ángel a la Virgen María y la Encarnación del Hijo de Dios, es decir el inicio de su vida humana, celebramos la Jornada por la Vida. Gracias a la acogida del anuncio del ángel por la Virgen, el Hijo de Dios se hizo carne de nuestra carne para caminar por nuestro mismo camino y conducirnos hacia la vida de Dios. En este acontecimiento salvífico se revela a la humanidad no sólo el amor infinito de Dios que “tanto amó al mundo que dio a su Hijo único” (Jn 3,16), sino también el valor incomparable de cada persona humana, pues, como dice el Concilio Vaticano II, “el Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre” (GS 22.).

Así pues, la Encarnación de Jesucristo ha elevado al nivel más alto la dignidad de la vida de cada persona humana. Como dice el Papa Francisco, “la sola razón es suficiente para reconocer el valor inviolable de cualquier vida humana, pero si además la miramos desde la fe, ‘toda violación de la dignidad personal del ser humano grita venganza delante de Dios y se configura como ofensa al Creador del hombre'” (EG 213). La fe cristiana descubre al hombre el incalculable valor de esta vida y abre la puerta a la esperanza de la Vida verdadera. Jesucristo revela al hombre el misterio del hombre: todo ser humano es creado por Dios por amor y para la vida en plenitud y eternidad.  La Iglesia, la madre con entrañas de misericordia, ha de anunciar siempre y en todo lugar a Jesucristo, el Evangelio de la Vida. Ahora bien: El Evangelio del amor de Dios al hombre, el Evangelio de la dignidad de la persona y el Evangelio de la vida son un único e indivisible Evangelio. Por ello el hombre, el hombre viviente, constituye el camino primero y fundamental de la Iglesia (Juan Pablo II).

 

La grandeza y dignidad de toda vida humana exigen que sea acogida con alegría y gratitud, que sea respetada y cuidada desde su inicio en la fecundación hasta la muerte natural. Los creyentes en Cristo debemos, de modo particular, defender y promover este derecho fundamental de todo ser humano a la vida, base de todo otro derecho humano. Y no podemos dejar de anunciar, incluso contracorriente, a los hombres de todos los tiempos este “evangelio”, fuente de esperanza inquebrantable y de verdadera alegría para cada época de la historia.

 

En esta Jornada por la vida demos gracias a Dios por el don de toda nueva vida. Pero esta Jornada nos llama también a implicarnos para crear una cultura de la vida: una cultura en la que toda vida humana sea acogida con alegría y gratitud frente a una mentalidad anticoncepcionista y el dramático descenso de la natalidad; una cultura en la que toda vida humana sea respetada desde su concepción hasta su muerte natural frente a una mentalidad abortista y eutanásica; y una cultura en la que la vida humana sea cuidada en todo momento, sobre todo cuando es más frágil e indefensa, cuidando al que sufre o está necesitado, al anciano o al moribundo. Trabajemos para que se recupere entre nosotros el don y sentido de la maternidad, como el gran don de Dios a la mujer, que la dignifica. Como Iglesia hemos de ofrecer medios para evitar que cualquier mujer, que se encuentre en situaciones muy duras por el embarazo, vea en el aborto la solución rápida a sus problemas y angustias.

 

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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